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Casi a sus setenta años, Pedro Juan Gutiérrez no pasa de moda. Hace décadas surfea la cresta de la ola, sin caerse, y afirma que “dentro de cien años, tal vez más, aún se leerá Trilogía sucia de La Habana”, su libro cumbre. Él mismo se ha definido como un “long-seller”, que “vende un poco cada año y gana nuevos adeptos”. Mientras eso ocurra, no tendrá de qué preocuparse.

Los detractores de su obra lo tildan de vulgar, obsceno, simplista. Sus partidarios lo consideran heredero de Bukowski. Ni siquiera Roberto Bolaño, tal vez el mejor escritor de su época, crítico implacable, se abstuvo de la comparación. En un artículo publicado a finales de 2002, poco antes de morir, expresó:

“A Pedro Juan Gutiérrez la crítica lo llama el Bukowski de La Habana y, en efecto, hay muchas cosas que el cubano comparte con el norteamericano: una vida de múltiples trabajos, (…) un éxito tardío, una escritura sencilla, (…) unos temas comunes, como las mujeres, el alcohol y la lucha por sobrevivir una semana más”.

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Antes de convertirse en un “long-seller” mundial, Pedro Juan Gutiérrez fue, durante más de un cuarto de siglo, reportero de los medios cubanos. Y aunque entre gitanos no se leen las manos, él no rehúye de las entrevistas, tal vez por “solidaridad congénita”, como ha confesado. Reconoce el aporte del periodismo a su literatura. “Fue un entrenamiento fundamental, tienes que manejar el idioma con muchísimo cuidado”, dice.

“La otra lección es pensar muy bien lo que vas a publicar, porque una vez que lo hiciste ya no hay marcha atrás: si metiste la pata no hay arreglo, y eso es excelente para la disciplina. El periodismo te enseña a respetar al lector, a escribir despacio, previendo la repercusión de tu obra. También aceptas que hay gente a la que le gustará el trabajo, y mucha gente a la que no, y aprendes a ignorarlo, que no te importe”.

—¿Respetar al lector? Usted ha dicho en otras ocasiones que no piensa en ellos.

—Respetar no es igual que complacerlos, que editar lo que «vende». Yo no escribo con ese sentido comercial. Lo hago por una necesidad interior muy fuerte, porque si callo, exploto. También uno va cambiando. Ya no soy el mismo de hace 20 años, cuando comencé. Las circunstancias han cambiado, y yo también lo he hecho interiormente; por tanto, tengo que escribir lo que me toca ahora. Si a la gente le gusta o no, no me interesa. Lo sostengo otra vez: uno nunca puede pensar en el lector. Tú escribes contigo mismo, para ti, lo que tienes necesidad de decir.

Sin embargo, Pedro Juan es un autor ampliamente popular. Él mismo reconoce que quienes tienen sus libros “lo cuidan mucho, tratan de no perderlos, de no deshacerse de ellos; y eso es una buena señal de que los aprecian”.

Con los años, ¿la popularidad ha moldeado su manera de escribir?

—Yo no temo dejar de gustar. Me mantengo relajado, tengo la misma rutina de siempre, sigo en Centro Habana… Salgo unos meses al extranjero, y vuelvo. Yo no puedo estar mucho tiempo afuera, porque soy esencialmente cubano. Llevo mi vida normal, así que ningún miedo. Hay escritores que tras un gran éxito se bloquean. A Patrick Suskind, el autor de El perfume: historia de un asesino, le pasó. Después de ese libro no escribió nada más. A mí no me ha pasado eso. Tampoco soy un best-seller. Mis editores dicen que soy un «long-seller», que vende un poco cada año y gana nuevos adeptos.

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En 2002, Bolaño decía: “Su imagen pública no puede ser más contradictoria: hay quienes ven en él al escritor priápico por excelencia, el producto caribeño ideal. En este sentido Gutiérrez es como un Prometeo sexual desencadenado. (…) Sé de lectores que se preguntan de dónde saca este fauno tiempo para escribir, si parece estar templando todo el día”.

—¿En qué momento escribe usted?

—Lo hago por la mañana. No desayuno, solo un poquito de café en el estómago vacío. Nada más. Me siento tres o cuatro horas, que aprovecho muy bien, y luego me dedico a hacer mi vida. Yo tengo que escribir a mano. Los poemas son más fáciles, salen por la noche, salen a cualquier hora, a mano siempre… y los cuentos también.

Algunos achacan el éxito del escritor únicamente a la crudeza testimonial de su obra. Las escenas sexuales descarnadas, la decadencia de la ciudad, el placer físico como única fuga ante la desesperación. Pedro Juan insiste. “No me interesan las zonas iluminadas”, dice en el prólogo de uno de sus libros. “No me interesa el lado bonito y simpático de la gente, el que todos mostramos satisfechos y sonrientes. No. Me interesa indagar en las crispaciones, los remordimientos, las tormentas, lo inexplicable, los callejones sin salida donde nos metemos sin saber por qué. Es decir, lo que todos ocultamos. Creo que el lado oscuro revela más que el lado luminoso.”

—¿Cuál es su principal escollo para abordar la intimidad?

—Eso sale mecánicamente con los personajes. Los vas conociendo, intimas con ellos… y cada cual es como es, cada cual se expresa a su manera. Es decir, no tienes que pensar las órdenes, porque cada uno se va independizando y se va expresando por sí mismo. Y tú lo que haces es caerle atrás, tratar que no se te adelanten demasiado, escribir con disciplina lo que te van diciendo.

—O sea, los personajes le dan órdenes…

—Sí. Por lo general, cuando se provoca eso en la novela, enseguida fluye. A veces te demoras unas páginas, pero luego están caminando solitos, y uno lo que hace es acompañarlos. Así es relativamente fácil. Pero tienes que dejarlos que corran, que hagan su vida a su manera.

—De todos sus personajes, el más icónico es Pedro Juan, su alter ego. ¿Podemos esperar nuevas historias de él?

—Recientemente se publicó en Cuba El nido de la serpiente, donde aparece adolescente, en los años 60 y 70, en Matanzas. El próximo año saldrá aquí Fabián y el caos, que es un relato muy fuerte de Pedro Juan joven, con menos de 20 años.

El reloj literario del autor parece correr a la inversa. El personaje comenzó como un hombre maduro en los años 90, y ahora, dos décadas después, luce como un jovenzuelo. Es paradójico, o no: mientras el escritor envejece, su creación marcha hacia la pubertad. Pedro Juan es consciente del proceso. En uno de sus últimos cuentos, (se) describe: “Me paré delante del espejo. Y sí. Por primera vez en mi vida vi mis arrugas, las cejas completamente blancas, la calva en toda la cabeza, la piel manchada por el exceso de sol, los labios estrechos y ya nada carnosos, los ojos un poco hundidos. Y ya no había músculos. Todavía los hombros más o menos se mantenían alzados, pero nada de músculos. Así que era cierto. El envejecimiento estaba ahí”.

—En sus libros, hemos seguido casi toda la vida de Pedro Juan, pero falta la vejez. ¿Podremos ver, finalmente, la ancianidad o muerte del personaje?

—Vamos a ver… qué pasa. Quizás.

Pedro Juan alza los hombros y se desentiende un tanto de la conversación. La pregunta no parece haberle gustado.

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En 1998, la editorial Anagrama, una de las más importantes de Iberoamérica, publicó Trilogía…, todo un sucedo editorial aclamado tanto por la crítica como por los lectores. Su éxito internacional contrastaba con su invisibilidad interna.

“Trilogía… fue muy mal recibido por los funcionarios”, comenta, por las personas que decidían qué publicar y qué no. Le hicieron una lectura muy politizada. A partir de ahí hubo un periodo de escasez mía en las editoriales cubanas. Era como si Pedro Juan Gutiérrez no existiera.”

—Pero eso ha cambiado en los últimos años…

—Sí. Con el tiempo, poco a poco, se han ido relajando. Ya se han publicado casi todos mis títulos.

—Pero falta Trilogía…, su obra cumbre. ¿Ve cercana esa posibilidad?

—He tenido contacto con un par de editoriales cubanas. No quiero adelantar mucho, pero es muy posible que se edite. Quizás este sea un buen momento… para lectores maduros, no para lectores superficiales.

—Para el público cubano llegaría con 20 años de atraso. ¿No le parece un poco tarde?

Trilogía… está escrita de tal manera, que dentro de cien años se leerá todavía, quizás más. Hay un factor humano, una esencia poética, por encima de todo lo demás. Y eso es lo que salva a la literatura. Es lo que salva, por ejemplo, a Dostoievski. Hoy, casi un siglo y medio después, podemos leer y disfrutar Crimen y Castigo, sin ser rusos ni vivir en el siglo XIX. Yo pienso que con Trilogía… pasa lo mismo, igual que con El Rey de La Habana y mis otras historias.

Es Pedro Juan, a sus 67: Las cejas completamente blancas, la calva en toda la cabeza, la piel manchada por el exceso de sol”.

Por: René Camilo García Rivera.