maleta

Dos segundos después de tocar el timbre, Yoan abrió la puerta. “¿Qué bolá?”. “Todo en talla”. Afecto y lenguaje criollo en Montreal Nord. De pronto, el inconfundible sonido de mi lengua natal, pero maltratada en esta ocasión por acentos de otras regiones, me laceró los oídos. “¿La televisión está hablando en español?”, pregunté. “Sí: es Telemundo”. Cual vampiro al que le enseñan un crucifijo latino, abrí los ojos con pánico. “¿Por qué? No, no contestes. Solo quítalo”. “¿Qué hay de malo con la televisión en español?”, preguntó él mientras le ponía fin a aquel sonido espeluznante. Podría haber contestado muchas cosas pero me fui por la versión más simple: “Digamos que yo soy como Martí: si está Telemundo, no sé; yo no puedo entrar”.

Mientras Yoan preparaba algo de comer y hablaba de cosas sin sentido (“…Camagüey…antena…Telemundo…desde chiquito”), yo inspeccionaba con la mirada el apartamento y agradecía en secreto el no haber tenido que vivir nunca en Montreal Nord. A diferencia del resto del mundo, en Montreal – cual Corea – mientras más al sur se viva, mejor. Luego de ingerir el improvisado alimento y sacudirme las manos sentí que el momento había llegado. “¿Estamos listos?”. Yoan respiró profundo y con la misma entonación que usaba para contestar “seremos como el Che” cuando vivíamos en el verdadero sur, entonó un heroico “vamo’ a meterle”.

Preparar una maleta para Cuba debería ser una licenciatura en la universidad. Mejor: un doctorado. “PhD in Packing Suitcases for Cuba”. A alguna universidad en el mundo le tiene que parecer interesante el hecho de que un pueblo tan dividido en creencias como el cubano, al que símbolos, conceptos y términos le provoca cosas muy diferentes según el bando que haya decidido representar ese año, una palabra casi infantil logre sin embargo aunarlos a todos en un sentimiento común de satisfacción, felicidad y positivismo: pacotilla.

No intente negar que al leer esa palabra siente usted una brisa que le corre por el cuello y lo embarga una sensación de esperanza e ilusión. La pacotilla es la Navidad del cubano. Ese olor a yuma que tiene el producto en cuestión (incluso la jaba en la que viene envuelto) es la felicidad (del lado de acá obviamente que no olemos nada: hay que ir a Cuba, vivir allá un tiempo y recibir pacotilla para saber cómo huele la felicidad). ¿Qué importa lo que hayan traído? Vino de afuera y eso es lo que importa. Será atesorado y reverenciado como recordatorio necesario de que en el mundo hay cosas de colores, olores, sonidos y texturas diferentes. Incluso, en ocasiones, de una talla muy parecida a la de uno. Larga vida a la pacotilla.

Del otro lado de la operación la cosa no es tan paradisíaca. Aunque sea una vez al año (incluso a veces nos saltamos alguno), los elfos de Papá Noel tenemos un trabajo extremadamente arduo. Nada es más tenso (“¿me quitarán este queso en la aduana?”), más terrible (“¡no me cabe la mitad de las cosas!”), más físicamente demandante (“¿puedo llevar una bicicleta estática por arriba?”), más estresante (“faltan dos días y no he comprado los zapatos de los trillizos de Graciela”), más oculto (“que ningún cubano se entere que voy para Cuba que me cae aquí con un paquetico de dos libras”) que preparar una maleta de 23 kilogramos cuyo “único” propósito será satisfacer a todas las personas que uno conoce en su aldea natal.

Volvamos a Montreal Nord. Veinte minutos después Yoan y yo teníamos frente a nosotros una maleta abierta sin nada dentro y más pacotilla que la que entró a toda Cuba en el año 1993 regada por toda la sala. “¿De dónde sacas tantas cosas?”, pregunté. “Hace seis meses que almaceno todo lo que pueda servir para Cuba”. “¿Estás loco? Esto es Canadá: ¡todo lo que veas sirve para Cuba!”. “Ya sé. La mitad de las cosas de mi casa son de la basura, por ejemplo”. “Eso no es decir mucho: esta gente bota las cosas sin usar. Desde computadoras hasta juegos de cuarto.” “Y uno pensando que la familia en Camagüey se gastó un ojo de la cara en un juego de cuarto feísimo”. Pusimos cara de tranca los dos. “Y al final uno termina integrándose a ese circo también”, agregué. “Una vez tuve que botar un televisor inmenso en perfecto estado. Poner aquellas 55 pulgadas en la nieve es una de las cosas más dolorosas que he hecho en mi vida. Con lo bien que caería eso en Cuba. Pero ¿cómo voy a mandar eso?…”. “Pero bueno, nada de lo de la maleta es de la basura”, dijo Yoan con voz de Mariana Grajales. “No, claro que no: es del Dollarama”, reí.

“Empecemos por las cosas caras”. Toda maleta hacia Cuba está compuesta por tres artículos caros (una laptop, los zapatos de la graduación de alguna prima cercana, cadenas de oro de dudoso gusto…), otros tres específicos (la batería de un celular determinado, el único peróxido que le sienta a la prima porque no puede graduarse con ese pelo como lo tiene, las pastillas de la presión del papá…), muchos otros del Dollarama (desde caramelos hasta vitaminas pasando por el pellizco de la prima), decenas de pares de medias unitalla y maquinitas de afeitar para los vecinos y los familiares no tan cercanos pero que siempre están ahí el día de abrir la maleta, así como otra serie de productos que a nadie normal se le ocurriría llevar a otro país pero que en esa época están “desaparecidos” en Cuba (le dejo a usted poner los ejemplos). Al menos esto es en las primeras maletas (como es el caso de Yoan); ya con el tiempo la cosa se relaja y uno empieza a llevar cosas más secundarias pero no por eso menos esperadas (trapitos de cocina, todos los libros de Harry Potter, un set de 40 esmaltes diferentes para la prima que nunca ejerció de lo que se graduó y ahora pinta uñas…).

“No sé si irme para Miami”, dijo de pronto Yoan mientras ponía un perfume dentro de una media que ponía a su vez dentro de un zapato. Listo: la confección de la maleta empezaba a traer revelaciones. “Yoan: tú vives en Montreal Nord, no hablas francés ni inglés, ves Telemundo y te pasas la vida hablando de Camagüey: todos sabemos que terminarás en el peor barrio de Hialeah”. “¿No te decepcionarás de mí?”. “No: tu nombre empieza con Y. Nadie espera nada importante de ustedes”. Sonreímos. Y de esta manera tan jovial abordamos finalmente un tema que a ambos nos inquietaba desde hacía tiempo.

Uno tiene pocos conocidos cubanos por estos lares, la mayoría de los cuales nunca habrían sido amigos de uno en Cuba por carecer de intereses comunes. Pero de este lado del mundo, con la aldea natal tan lejos, cualquiera que se sepa la letra de la Calabacita de verano se vuelve, más que amigo, familia. Por eso cuando uno de ellos se va, esa separación de personas que se conocieron precisamente por estar separados, duele un poquito más. Pero al mismo tiempo, duele en un lugar en el que ya uno está cansado de sentir dolor, así que tomárselo con chistes es lo mejor que se puede hacer. O lo único.

Una hora después, cuando la maleta estaba ya casi llena y sin embargo la sala seguía repleta de cosas, las ganas de hacer chistes eran mucho menores. “¡Si le llevo este rompecabezas al niño le tengo que llevar esta Barbie a la hermana o si no no puedo llevar ninguno de los dos!”, gritó Yoan y tiró ambos juguetes al piso. “Hey, hey, relájate. O la graduación de tu prima o los niños. Y con los que no se pueda hacer nada les recargas el teléfono”. “Es que quiero quedar bien con todo el mundo”, dijo. Había llegado ese momento en que la maleta para Cuba en vez de hacerte feliz te deprime. En que en vez de ver el vaso medio lleno, lo ves medio vacío. Pero para eso estaba yo ahí esa noche en Montreal Nord.

“Macho, con Cuba nunca vamos a quedar bien. Nunca”, dije mientras me sentaba a su lado. “Siempre va a haber a quien no puedas llevarle algo y se va a poner bravo contigo. Siempre va a haber a quien no le recargues el celular y te diga que en el Período Especial le prestó azúcar a tu mamá. Siempre va a haber quien te va a escribir un correo diciéndote que qué lindo te ves en Canadá mientras tu tía se muere de hambre y te vas a quedar con ganas de decirle que qué pinga se cree él que opina sin saber en un asunto que no le toca. Con Cuba nunca vas a quedar bien. Y aún si pudieras llevarle a todo el mundo, si dejaras de comprarte cosas banales tú para comprarles cosas imprescindibles a ellos, si pudieras lograr imposibles y acabar tú solo con la pobreza de Cuba, al final seguirías siendo siempre “el que se fue” y te seguirían viendo como una especie de héroe pero también como una especie de traidor. Los Rolling Stones no van a venir a Montreal Nord a tocarte a ti: tú te fuiste a vivir “una vida fácil”. Los héroes y heroínas son ellos, no nosotros. Nosotros solo pagamos por sus cosas porque estamos llenos de dinero”.

“Yo una vez preparé un paquete enorme. Para diez personas. 1200 dólares. No me importaba: si ellos eran felices yo lo era. Como yo no puedo ir a Cuba me costaba 600 dólares más mandar todo aquello. Todo eso para que al final lo que llegara allá fueran vitaminas para uno, que ni curan nada ni dan siquiera para más de tres meses, o un reloj para la otra que dentro de un año no va a usar. Al final no mandé nada. Deshice el paquete y lo devolví todo. Y en cada tienda que dejaba algo me sentía que era un fracaso a mí mismo.

“Pero luego en un parque me di mi psicoterapia de emergencia. Me dije que yo era un niño huérfano de Marianao, que ha llegado muy lejos por sí solo y que no tengo que estar pagando cosas para limpiar una conciencia que no está realmente sucia. Ese Síndrome de Estocolmo/Ciudad de la Habana se tiene que acabar. Hay que ser feliz. Al final los que están del lado de allá (o muertos) que te quieren de verdad van a ser felices cuando tú los llames por teléfono y les digas que eres feliz. Y los que necesitan cosas para quererte son los mismos que te pedían merienda en la primaria y el día que no les dabas te gritaban “maricón”. No se merecen tu pacotilla.

“Y una vez que hagas tus paces con esto, que entiendas realmente que no tienes que llevarle nada a nadie ni expiar culpas por haberte ido, entonces y solo entonces, haz tu maleta. Y todo lo que quepa bien, y todo lo que no quepa también. Y vas a Cuba y cuando veas las caras de agradecimiento, sé feliz. E ignora las otras. Y un día trae a tu mamá y enséñale un país lindo que ella no pudo visitar nunca porque le tocó otra época o porque nunca quiso irse. Porque al final los padres han hecho con sus vidas también lo que les dio la gana. Y si tu mamá o tu tía se te muere antes y no solo no puedes traerla a que vea cómo luce un McDonald’s, sino que ni siquiera puedas ir al entierro… pues trágate la vocecita que te va a decir que eres un mal hijo por haberte ido y oblígate a ser feliz, de todas formas.

“Así es como se hace una maleta para Cuba y así es cómo se vive una vida de emigrante: quitándote las culpas, tomándote cuanta Coca Cola del olvido haya que tomarse, ignorando lo que haya que ignorar y siendo feliz así. Nunca vas a quedar bien con los demás, pero puedes intentar quedar bien contigo mismo”.

Esa es la maleta para Cuba: 23 kilogramos de pacotilla y miles de kilogramos de trauma que lamentablemente nadie te quita en la aduana.

“Ño: me fundí. Pon Telemundo o algo. Necesito volver a la parte en que hago chistes”, dije sacándome a mí mismo de donde me había metido. Yoan, que no decía una palabra desde hacía quince minutos, lloraba como si no hubiera un mañana. “Ya: deja la pajarería, viejo, anda”, le dije dándole un golpe.

Así que terminamos aquella maleta llenando los pocos huecos que quedaban con lo que encontrábamos, sin preocuparnos si eran Barbies o rollos de papel sanitario, mientras en la televisión una señora de mal carácter indicaba que la bicicleta debía pertenecer al esposo y no a la esposa.

“Estoy feliz por ir a Cuba”, dijo Yoan. “Y yo estoy feliz por ti”, dije genuinamente. “Y cuando regreses, si necesitas a alguien que te acompañe al Niágara…”. Nos abrazamos. “Te voy a extrañar, chiquito”, me dijo. “Y yo a ti. Al final nunca vimos ningún reno juntos. Pero estaré feliz por ti. Cada cual debe vivir donde sea más feliz. Además – y nunca le vayas a decir a nadie que yo dije esto – seguro Miami no es tan malo”. “¿Irás a visitarme?”. “Nunca”. Y casi en un susurro: “Claro, recuerda cuánto me gustan las croquetas”. Otro abrazo.

“Bueno, voy a buscar a la Doña”, dijo. “¿Disculpa?”. “La Doña es una cubana que vive a dos cuadras y que te dice cuánto pesa la maleta de solo cargarla si a cambio le llevas un paquetico a Cuba”. Yo iba a decir algo típico mío pero lo único que pude hacer fue empezar a reírme. “Ah, y no digas que somos pájaros que ella no sabe nada”, dijo antes de salir. ¿Ven lo que les digo? Este niño nunca ha puesto un pie en Canadá.

La Doña era una negra grande y corpulenta, de esas que uno se imagina vestida de traje típico cubano en la Plaza Vieja para darle besos a los extranjeros, pero que ahora usaba unas botas de invierno, dos abrigos, guantes y orejeras. Me miró seria con cara de “otro desviado”. Su paquetico (no me crean a mí pero estoy casi convencido de que eran cosas para hacer brujería) fue lo último que entró en esa maleta. “No te preocupes”, le dijo a Yoan, “con eso que puse ahí a ti nadie te va a tocar la maleta”. (Confirmado: era brujería).

Dos minutos después yo estaba parado encima de la maleta, empujando hacia abajo contra la base del ventilador de techo con todas mis fuerzas. La Doña, sentada sobre esta con los pies en el aire hacía fuerzas como si estuviera pariendo. Yoan, acostado completamente en el piso, intentaba cerrar el zipper y con cada centímetro que lograba avanzar nos sentíamos tanto victoriosos como más cercanos a la muerte por fatiga. Alguien gritó (casi en un susurro y en sílabas espaciadas) “esto nada más que lo pasamos los cubanos”.

Cuando finalmente logramos cerrar aquella maleta, los tres la rodeamos. La Doña la agarró por el asa, se aguantó la cintura con la otra mano, la cargó, la puso de nuevo en el piso y – con mirada seria y voz grave – sentenció: “21.8”. “¡¡¡¡¡Ahhhhhh!!!!!”, gritamos Yoan y yo, saltando de alegría.

Y así, en el norte de Montreal, con Telemundo de fondo, la Doctora Honoris Causa La Doña le dio su título a dos nuevos graduados del “PhD in Packing Suitcases for Cuba”.