Chen y Luz María / Foto: El Estornudo

Chen y Luz María / Foto: El Estornudo

  1. Las nobles bestias

Hace un año, antes de que la maleza se cerrara sobre sí y la inmundicia fuera sustituida por el metálico aroma del silencio, en las inmediaciones del basurero llovía con saña y todos se acurrucaban como animales enfermos en el quimbo de Luz María, una choza putrefacta.

Chen comentaba algo sobre los cambios meteorológicos. Luz María despulgaba a su perro sin pelos. Y Yorgelis seguía destinando buena cantidad de sus fuerzas a mantener izada aquella especie de sonrisa sin vida que siempre, bajo cualquier circunstancia, le adornaba la cara y se la entristecía.

Permanecían adentro por pura convención. Quietos. Erizados. Nada indicaba que se estuvieran mojando menos que afuera. Los goterones caían del techo, gruesos y sensibles. Hasta que por suerte escampó y se desperezaron y aquel trance fue sustituido por un sol justiciero, que puso las cosas en su sitio.

Yorgelis salió a vender dos sacos de pomos plásticos que había recopilado. Luz María retomó la botella de aguardiente peleón. Y Chen volvió a su quimbo. Según él, a dormir. Aún faltaba una hora para que anocheciera y Chen decidiera subir al bote. Tenía calculado el tiempo en que llegaban los camiones del aeropuerto y de las Fuerzas Armadas. Los militares, por ejemplo, podían desechar patas y cabezas de puerco enteras, galones de mermelada, panes del mismo día. Chen prefería a los militares.

Luz María, mientras tanto, hablaba sola y preparaba los frijoles.

–¿En cuánto tiempo se ablandan?

–Metiéndole leña y leña hasta que se ablanden.

Se mostraba temerosa y miraba constantemente para la entrada del puente. Luego caminaba y luego volvía a detenerse. Después se agachaba, comenzaba a escardar la tierra. No paraba de beber. Y seguía escudriñando, al acecho.

–¿Tu madre cómo siguió?

Tres o cuatro días antes, su madre y su padrastro habían ido a visitarla. El padrastro de Luz María, un oriental cuarentón, había sido también su novio. Y fue Luz María, luego, quien lo unió con su madre. Una señora de 60 años que no conversaba nunca, que se movía de un lado a otro, cumpliendo diligencias por puro deber maternal, sin que nadie se lo ordenara, y que en una de esas, por desoír a su hija, echó un pomo embarrado de gasolina en la fogata de la noche y el látigo súbito de la candela se avivó tanto que le requemó la zona del párpado derecho.

Nadie se alarmó demasiado. Ni siquiera la señora.

–Está mejor –dijo Luz María–. Todavía tiene el ojo hinchado, pero yo se lo advertí.

Unos pollos salvajes picoteaban entre la mugre. El perro merodeaba al pie del árbol principal, un cedro varicoso y añejo. En el latón tiznado, los frijoles reverberaban a fuego lento. En la palangana con agua turbia, un pantalón en remojo se mezclaba con un nailon hediondo y a eso le llamaban lavar. Los restos de lluvia se disipaban. Cuando aquella quietud amenazaba con volverse definitiva, por la entrada del puente se asomó un hombre, en dirección a los quimbos.

–Ahí viene Huevo –chilló Luz María.

Y empezó a mugir. Fue hasta el perro. Después pidió que la protegieran. Tragó un buche de aguardiente e imploró, por Dios santo, que la protegieran. Volvió a mugir y a desesperarse, como sabiendo que nadie podía protegerla. Aun así, casi en un susurro, siguió suplicando que la protegieran, que, madre mía, la protegieran, que no, que de nuevo no y que la protegieran.

  1. El bote
El bote de 100 / Foto: El Estornudo

El bote de 100 / Foto: El Estornudo

El bote de 100 es el mayor vertedero de Cuba. 104 hectáreas cuadradas, el 80 por ciento de los residuos de La Habana –unas 1650 toneladas diarias–, y una capacidad de diseño de 7 millones 800 mil metros cúbicos. Desde su apertura, en 1976, fue considerado un “peligro medioambiental” y un “gran foco de contaminación”.

Es, o pretendió ser, un vertedero de relleno sanitario. La descomposición de la materia orgánica produce gas metano y, entre los espacios de la basura, el gas se acumula, combustiona. Durante décadas, los incendios han proliferado en el vertedero y la humareda fétida se ha extendido por los alrededores, hasta algunos barrios de Marianao o hasta la CUJAE, principal universidad de ciencias técnicas del país.

Para evitarlo, habría que aplastar la basura en cuanto se deposite en los huecos o gavetas. Habría que compactarla una y otra vez, y luego taparla con tierra, como si fuera un sándwich. La técnica del sándwich es lo que caracteriza a los vertederos de relleno sanitario.

El bote de 100, que comenzó siendo una laguna y ya alcanza cuatro o cinco pisos, ha tenido etapas mejores y peores, o peores y menos peores. Con equipamiento insuficiente, nulo en ocasiones, sin buldozer, sin compactadores, sin la infraestructura necesaria para el tratamiento de los gases tóxicos, la basura se ha acumulado, se ha desbordado y ha llegado casi a los portales de las casas cercanas al lugar. Seguir llamando vertedero al bote de 100 es, pues, un tecnicismo generoso. Cuando tales descontroles suceden, los vertederos pasan a ser basureros.

En el Período Especial la situación se agravó. Luego Comunales, la entidad encargada de la recogida y el mantenimiento de la basura, lograría autofinanciarse. Sin embargo, tras la centralización de la divisa en 2005, y la redistribución de los ingresos desde el nivel gubernamental, Comunales tuvo que empezar a competir con otras prioridades. Que eran muchas y urgentes –transporte, vivienda, servicios de educación y salud–, por lo que, desde enero de 2005 hasta junio de 2006, no recibió un centavo.

El vertedero, por supuesto, colapsó, y nunca logró recuperarse del todo. Llegaron a construirse terraplenes, viales, y hubo intentos de inversiones mixtas entre el gobierno cubano y empresas europeas, pero no fructificaron.

La industria del reciclaje sabe bien que la basura no es basura, sino dinero, y, a menor escala, como ejercicio de supervivencia, lo saben los sujetos comunes y corrientes. La materia prima más valorada es el aluminio, los metales. También el cristal, el plástico y, para algunos, la ropa, los restos de comida. Los metales se comercian con empresas de reciclaje, el plástico suele vendérsele a fábricas clandestinas de refrescos y la ropa, si no se destina para uso personal, se la ofertan entre ellos mismos.

En el bote de 100, un micromundo feroz, hay varios tipos de buzos o recolectores. Todos perseguidos por las autoridades. Si los apresan, son acusados de propagación de epidemias, pero luego los sueltan y ellos regresan, y luego los vuelven a apresar o apresan a otros que también regresan y si no regresan tampoco importa. Siempre hay nuevos que se suman al negocio de la inmundicia.

Es un círculo vicioso en el que las fuerzas del orden tienen las de perder. Primero porque alguien que decide irse a la basura a sobrevivir ya debe haberlo perdido todo. Poco le debe importar lo que suceda con él. Y segundo porque quizás la única solución verdadera sería lograr que todos o buena parte de los puestos laborales fueran más rentables que colectar desperdicios para revender. Y eso, en un país donde el salario promedio, unos veinticinco dólares mensuales, representa lo mismo que un par de días de sacrificio en el basurero, parece poco menos que imposible.

Suman decenas. Están los habaneros que viajan diariamente hasta la zona específica donde los camiones descargan la basura. Están los que deciden pernoctar durante tres o cuatro días, emprender maratónicas jornadas de recogida, luego recesar y luego volver. Están lo que llegan de otras provincias, suerte de nómadas como Yorgelis, que hacen estancia durante dos o tres meses, hasta que acumulan un dinero respetable. Y estaban los que vivían a tiempo completo en las inmediaciones: Luz María y Chen.

  1. Las inmediaciones

Desde afuera, los límites del bote semejaban los de un volcán de papel maché. Pared de basura sólida que crecía diagonalmente en busca de un punto concéntrico. Adentro, la lava. Ni siquiera era muy intrincado. Por Boyeros, siete u ocho cuadras después de la Avenida 100, se doblaba a la derecha y, al final de la callejuela, se cruzaba el puente.

Entre matojos tupidos que camuflaban, protegían y daban sombra, rodeado por una zanja truculenta que cuando llovía mucho se desbordaba, aquel promontorio pelón albergaba olores que alcanzaban su mayor simpleza química. No era que algo apestara. Era que las moléculas mismas que provocan el hedor se instalaban en las cerdas de la nariz, pinchaban el entendimiento. Llegaban a apestar los receptores: la propia nariz, el propio raciocinio.

Para aguantar el aire contaminado, el foso del hambre, los mosquitos en la noche y el calor impenitente, Luz María, Chen y cualquiera que pasara por allí tenía que anestesiarse con alcohol. Pero el alcohol era tanto que ya nadie se emborrachaba. La ebriedad, lo que sobreviene con ella, dictaba la norma.

–Le dije que se cambiara ese moño, que no me gusta –decía Chen.

–A mí me gusta –decía Luz María, y con un palillo se hurgaba en las uñas de los pies.

–Con el moño de ayer se veía más clásica, más cómica, más natural.

–¿Y cómo se ve ahora?

–Exagerando, inflando, esa no es ella –decía Chen.

–Ah, ya –decía Luz María, que aquel día, con unos flequillos que le caían a los lados, y un pañuelo azul en la cabeza, parecía una gitana.

–Ah ya de qué –decía Chen.

–Ah ya, ah ya –decía Luz María, y se levantaba y se iba a buscar a su perro.

–Yo lo hago para que se vea bonita, pero no me quiere hacer caso –decía Chen.

Luego Luz María regresaba y decía que la comida que le gustaba a Chen era la que ella hacía.

–Y a ti te gusta la que hago yo –decía Chen.

–Las comidas de nosotros son las que más nos gustan –decía Luz María.

Hablaban de comida con naturalidad, pero el manjar más rico en proteínas que pasó por los quimbos fue, en buen tiempo, una masa oscura y deformada de carne –pollo, según ellos–, hirviendo en agua borboteante, después de cuatro días en descomposición.

–Nosotros nos cocinamos de ambas partes –decía Chen–. Sazón con sazón.

Parecía un mensaje lascivo.

–¿Son novios ustedes? ¿Se gustan?

En los quimbos, las cosas no funcionaban de ese modo. Ni novios, ni gustos. Solo instintos.

–Una pulguita– decía Luz María, que acariciaba el lomo calvo, comido por la sarna, de su perro famélico.

–Amigos. Amigos que nos queremos mucho –decía Chen, haciendo creer que en los quimbos las cosas funcionaban de ese modo.

La desmemoria pesa como un hierro. Había mucho pasado olvidado en aquel presente duro y absoluto. La ley del bote –vidas precarias, pero desenfrenadas– imponía una forma muy esclava de la libertad.

  1. Luz María
Luz María en su cuarto / Foto: El Estornudo

Luz María en su cuarto / Foto: El Estornudo

Un filamento de mujer. Muñón de treinta y nueve años que parecía de sesenta y que lo que había vivido desbordaba cualquier edad.

Menos los colmillos, le faltaba el resto los dientes. Le faltaban pedazos de la oreja derecha. Tenía por senos dos pellejos secos. Los huesos, de tan salidos, parecían querer liberarse de la piel. Solidificada en sus comisuras, la saliva formaba una pasta blanca que nunca desaparecía. Si lloraba, no soltaba lágrimas. Si la obligaban a recordar algo de su vida anterior, lo contaba como si fuese una fábula o se tratara de otra persona, cercana a ella, pero no precisamente ella.

Había venido de Oriente en los noventa. Había sido bailarina en Varadero y luego en Tropicana. Había traído para La Habana a su madre y a su abuela. Cuando su abuela enfermó, tuvo que abandonar el trabajo. Cuando regresó, ya había perdido el puesto.

En algún momento conoció a su marido, y fue su marido quien la inició en el bote. Pero su marido había caído presos dos veces por recoger basura y ahora ella estaba sola y tenía cartas guardadas donde el marido le decía que la amaba y que lo esperara. Ella le enviaba a la cárcel ruedas de cigarros. Cuando su marido volviera, todo iba a recomponerse.

–Estoy cansada de pasar tanto trabajo –decía–, las hernias me duelen, las rodillas flojas.

Su quimbo estaba compuesto por cartones, sacos, tapas plásticas de cestos de basura, poliespuma, retazos de los más distintos materiales.

–Aquí me baño –decía–. Nadie me ve– y señalaba para un rincón oscuro. Un tablón superpuesto dividía el baño de lo que se suponía era la sala. Los objetos, los adornos, provenían en su totalidad del basurero: los vasos donde tomaba agua, los calderos donde fregaba, los muñecos de biscuits, los pomos de desodorante, los trapos amontonados en las esquinas.

No había orden ni método. Solo un afán desmedido por acumular desechos.

–En este televisor me entretengo a veces –una pantalla sola, encima de una mesa.

Había flores plásticas, volandas del Papa Juan Pablo II y del Kamasutra, DVD de series frívolas como Adicted to Love, y revistas de moda con la cara aséptica de una rubia sensual sonriendo en la rutilante portada rosa.

–Tejer también me entretiene. Estas las tejo yo –y tomaba una muñeca industrial, de goma.

Luz María no sabía decir siquiera en qué año estábamos. Razón suficiente para creerle cada palabra que salía de la caverna oscura, tremebunda y áspera que era su boca. Todo hombre que pasaba por allí terminaba teniendo sexo –o lo que fuera– con ella. Que era lo más cercano a una mujer. No es que la violaran. Es que copulaban, como animales.

Su barriga era un cuero hinchado. La costra era tan dura que parecía tener dos pieles. El ombligo sobresalía como el dial de la miseria. Y siempre, con algún creyón muy pálido, se pintaba la línea temblorosa de los labios y las bolsas rugosas debajo de las cejas.

  1. Chen
Chen en su cuarto / Foto: El Estornudo

Chen en su cuarto / Foto: El Estornudo

Tenía sesenta y cuatro años, costillas hasta en el esternón, el cinismo o la terrible indiferencia en la mirada, y una costura que le iba del ombligo a la ingle. Había sido albañil en Varadero. Había ayudado a construir hoteles como Sol Palmeras, que “arquitectónicamente, si lo miras desde arriba, parece una rosa.”

Era el decano del bote. Desde hacía ocho meses tenía un nuevo quimbo. Las autoridades le habían tumbado varios, y también había vivido allá arriba, a la intemperie durante año y medio. Según sus consejos, había que subir con él porque con él nadie se metía. “Ahí viene Chen culo roto”, “ahí viene Chen el maricón”, decían cuando llegaba, pero no eran más que bromas. Huevo, el delincuente al que muchos temían, era su ahijado, por eso Chen hacía y deshacía y nadie en el bote se permitía tocarlo. La policía ni siquiera lo apresaba, aunque no por respeto, sino por dejadez. Él lo sabía. No tenía caso reprenderlo.

–Si me sacan de aquí, me voy para allá. Y si me sacan de allá, vengo para aquí. Conmigo no hay maldad.

–¿Y si cierran el bote?

–Habrá que irse para el bote que pongan. Porque en el bote es donde hay que estar. Nosotros, los de esta clase.

–¿De qué clase?

–La clase baja. No en delincuencia. La clase honestamente mía, la honesta mía. El millonario está a una altura, el semimillonario a otra, y yo en el bote. Si te enseño donde dormí anoche, y dormí como un presidente. ¿Sabes por qué dormí como un presidente? Porque no tengo a nadie cayéndome atrás, no tengo que tener ninguna escolta. Me doy un traguito, me fumo un cigarro, pienso.

El Estado lo había internado un par de veces en La Colonia, centro para indigentes y discapacitados mentales ubicado relativamente cerca del vertedero. Pero Chen siempre se escapaba.

–Ahí se cagan encima. Yo tengo peste porque estoy en el bote, pero ellos tienen más peste que yo.

–Los locos me arañaban –decía Luz María, que también estuvo internada.

Chen se echaba sobre las raíces del cedro varicoso, tomaba de su oreja el lápiz de bodeguero y como un chamán se ponía a descifrar el verso de la charada.

–Animal que nace en la tierra y muere en el mar –leía.

Todos pensaban.

–La tortuga –decía Yorgelis.

–Puede ser. También el avión –decía Chen–. El avión se pierde en el mar.

–El río –decía Yorgelis.

–El río está bueno –decía Chen–. El río es 71 y anoche tiró el 76. María es la madre de Jesús y la primera madre que existe y lo tiró el Día de las Madres.

Luego sacaba otro papel y comenzaba:

–Animal que siempre vive volando. Clave: el viento.

–No sé –decía Yorgelis.

–El papalote, que es 74 –decía Chen–. Eso: 71 y 74.

Vestía siempre un pantalón verde olivo. De la viga del techo de su quimbo colgaba un Mickey Mouse.

  1. Yorgelis
Yorgelis / Foto: El Estornudo

Yorgelis / Foto: El Estornudo

Venía de El Cristo, un pueblo a la orilla de Santiago de Cuba. Trabajaba en la agricultura y vivía con su mamá. Fue un amigo quien le avisó del negocio del bote.

Ahora recopilaba pomos plásticos y lo vendía a una refresquera en Alquízar. Cuando creía haber reunido lo suficiente, volvía a su casa, le dejaba el dinero a su madre y regresaba a La Habana. Luz María y Chen lo habían acogido sin problemas. Él no era el único que pasaba temporadas en los quimbos. Él era el buzo de turno. Hablaba poco y se mantenía a la sombra. Tenía 24 años y quería leer algo. Libros o revistas, lo que fuera.

Hacía pocos días, la policía lo había confundido con un ratero y se lo había llevado preso. Él les dijo que no había estudiado, pero que conocía sus derechos, y que ellos tenían que decirle por qué lo detenían y de qué se le acusaba.

–Si no va la mujer que puso la denuncia, y dice que yo soy inocente, todavía estuviera ahí.

–¿Y tuviste miedo?

–No –interrumpía Chen–. Si tienes miedo aquí, vete para el cementerio y entiérrate tú mismo.

–No, no tenía –decía Yorgelis.

Quizás lo más doloroso y llamativo de su persona eran los pómulos y la nariz. Granos maduros de violentísimo acné, infestados por la asquerosidad del bote, le desfiguraban el rostro y lo convertían en un payaso sin audiencia. Bolas duras, pus cristalizado, pequeñas y enrojecidas pelotas de golf a las que, de haber estado por fuera de la piel, y no por dentro, se les hubiera zafado la rosca y se hubiesen podido desmontar.

  1. Las nobles bestias
Foto: El Estornudo

Foto: El Estornudo

Huevo no esperaba a emborracharse en los quimbos, sino que ya llegaba borracho. No medía más de uno ochenta. Era desgarbado y alardoso. Tanto se hablaba de él, tanto se invocaba, que podía ser tomado como una ficción. Traía un cuchillo entre el pantalón y la espalda. El cabo asomaba por fuera del pulóver.

Le preguntó a Luz María qué había de comida y cuando Luz María le dijo que frijoles se enfureció.

–¿Frijoles solos?

–Frijoles solos.

Chen salió de su quimbo. Era incapaz de compadecerse por nadie. Era rapaz.

–Saca el arroz que tienes –dijo Huevo.

–No tengo ningún arroz –dijo Luz María.

–¿Tengo que buscarlo? –dijo Huevo.

–Saca el arroz, Luz María –dijo Chen.

–¿Tengo que buscarlo? –repitió Huevo.

La lengua se le enredaba. Los ojos amarillos, inyectados en alcohol y soberbia.

–Es que no tengo ningún arroz –decía Luz María como el animalejo que era–. Pregúntale a cualquiera, no tengo ningún arroz.

Huevo se dirigió hasta el quimbo y Luz María lo persiguió.

–No entres ahí, maricón –dijo–. Tú no tienes nada que hacer ahí.

Huevo la apartó de un manotazo y Luz María rodó por el suelo. Chen observaba desde una esquina.

–Ella sabe cómo es él –dijo.

Huevo salió con una jaba de arroz y la mostró triunfante. Luego regó el arroz por la tierra y dijo:

–¿Este es el arroz que no tenías?

Luz María berreaba. Huevo fue hasta ella. Le preguntó que para qué jugaba con él. La tomó por los hombros y la sacudió. Le apretó la boca, la mordió, y metió la mano en lo que debía ser el sexo de Luz María, aquella hilacha. Mientras la entraba al quimbo, y Luz María se dejaba hacer, Chen viró la espalda y se perdió entre los trillos.

Caminó durante un rato, llegó a la báscula, que es donde pesan a los camiones antes de que descarguen, y subió al primer colector que entró. Matrícula: HUF 943.

Grupos de perros jíbaros pululaban en medio del paisaje lunar. El polvo blanco de los terraplenes, las gavetas, los montículos cuadriculados de basura, la exigua luz natural. Alrededor, las luces eléctricas de la ciudad chispeaban como un graderío en vilo.

Cuando el colector HUF 943 arribó a la zona de descarga, de la tierra emergieron cuerpecillos fragorosos, que poco o poco se irguieron con sus pinchos, farolas, linternas, y rodearon la pieza de volteo.

La mezcla putrefacta de desechos cayó, y los buzos la atacaron con agilidad. Llevaban botas, camisas de mangas largas, pañuelos sobre las orejas, y algunos tenían cascos de mineros. Con los pinchos, escarbaban hasta encontrar algún plástico o metal. Hurgaban en el ácido. El líquido negro corría como una baba. Todo lo que La Habana había descartado pasaba allí su última revisión.

Siguieron llegando camiones. Fue una jornada tranquila, sin violencia. En el bote se habían reportado machetazos, puñaladas, y también se habían encontrado un par de cadáveres. Pero, como norma, los buzos solían ayudarse. Si alguien colectaba alguna materia prima que no le servía para su negocio, se la cedía a otro.

Cuando Chen decidió bajar de nuevo, sobre las diez de la noche, ya Huevo roncaba en un rincón, desparramado, soltando estrepitosos bufidos. Luz María bailaba sola, cerca de la fogata. Tomó a Chen de la mano y le dijo que bailara con ella. Que cantara Álvaro Torres, y que lo cantara tan bien como él sabía hacerlo. Chen se negó al principio.

En aquel momento, no sabían nada de lo que iba pasar. Al año siguiente, Luz María fallecería de una infección vaginal, Chen desaparecería, y la maleza tupida se tragaría los quimbos. En aquel momento, ajenos, bailaban en medio de la desolación.

–Dame un beso –dijo Luz María.

–Estate quieta –dijo Chen.

–Hace un mes que no te bañas.

–Yo me baño todos los días.

–Te creo.

–Tienes que creerme.

–Bueno, dale, dame un beso.

Entonces Chen, fingiendo desgano, agarró a Luz María por la cintura. Puso los labios.

–Es lo que yo digo –dijo finalmente–. Que dos buenos siempre se unen.

Foto: El Estornudo

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