Foto: Havana Times

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Busca a JS. Dile que te bajaron del avión. No, ve a la oficina de la aerolínea. Dile a alguien que vaya contigo hasta la puerta. Dile que te bajaron del avión y que estás esperando el equipaje.

En Aeroméxico dicen que no. Que no hace falta.

—Dile a Seguridad, en la Puerta oeste, que te bajaron del avión. Que te den la maleta.

Mientras la agente de turno arrastraba el equipaje por los pasillos interiores del Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana, hasta la Puerta oeste, el vuelo 0452 de la aerolínea Aeroméxico aterrizaba en Ciudad de México, a las 17:57 horas, con 42 minutos de retraso.

Dos horas y media antes de la salida del avión Boeing 737 de La Habana, tres periodistas habían chequeado sus boletos. Primero dos. Luego otro1. Y habían pasado de inmediato hasta las taquillas de Inmigración, donde las autoridades cubanas les impidieron abordar su vuelo.

—Camine hacia atrás —le dijeron a M. en el ventanillo.

Me volví y la interrogué con un gesto: “¿Qué pasa?”

“No sé”, atinó a responder con los hombros.

—Espere atrás —dijo, sin sorpresa, el funcionario que chequeaba mis documentos.

Entonces miró a su compañera con la misma expresión dubitativa que había lanzado yo a M. pocos segundos antes. Ella asintió con la cabeza y comenzó a telefonear. Dijo algo, tres palabras. Cuando colgó, dos mujeres se habían levantado de sus puestos, en las oficinas de Inmigración, y habían alcanzado las taquillas.

De un solo gesto tomaron los pasaportes y los boletos de viaje.2

—Sígannos —dijeron, y ensayaron un gesto de poder.

Diez minutos después, la funcionaria menos hosca nos ordenó pasar.

—Tengo que informarles que hoy no viajarán.

—¿Por qué?

—No sabemos. Solo ejecutamos órdenes. Aquí dice —apuntó a la pantalla de su computadora— que no pueden viajar.

—¿Ya les dijiste que no viajarán hoy? —interrumpió desde la puerta la funcionaria más vieja, con ademanes de capataz.

—Sí, ya lo saben.

—No podemos viajar hoy. ¿Y mañana? ¿Y pasado mañana?

—No. No pueden viajar mientras exista la restricción.

—¿Qué restricción?

—Esta.

***

El artículo 25 de la actual Ley Migratoria señala que “toda persona que se encuentre en el territorio nacional, no puede salir del país” mientras se halle:

  1. “sujeto a proceso penal”,
  2. “pendiente al cumplimiento de una sanción o medida de seguridad”,
  3. “pendiente al cumplimiento del Servicio Militar”.

O, cuando:

  1. “razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen”,
  2. “tenga obligaciones con el Estado cubano o responsabilidad civil”,
  3. carezca de “la autorización establecida, en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo” o “la información oficial”,
  4. se trate de menor de edad o persona incapaz, sin presentar la debida autorización firmada por Notario Público,
  5. “por otras razones de interés público lo determinen las autoridades facultadas”, o,
  6. incumpla los requisitos de la actual Ley Migratoria.

Si no estamos sujetos a proceso penal, si no debemos consumar ninguna sanción, si hace años cumplí el servicio militar y M. declinó su cumplimiento en el marco de la ley, si no tenemos deudas ni otras responsabilidades civiles con el Estado cubano, si no necesitamos autorizaciones laborales, si no poseemos información oficial, si, es evidente, no somos menores de edad ni personas mentalmente incapaces, si cumplimos los requisitos de la actual Ley Migratoria, M. y yo tenemos dos opciones:

  1. razones de Defensa y Seguridad Nacional aconsejan prohibir nuestra salida del país, o
  2. las autoridades facultadas prohíben nuestra salida por razones de interés público.

***

—Buenos días —saludamos después de atravesar el pasillo que dirige a la oficina de Información.

—Buenos días, por segunda vez —respondió un tipo común, sentado en la sala de espera de Inmigración, municipio Playa.

—¿Por segunda vez? —dudé. Él entornó sus gafas.

—Por segunda vez. ¿Ustedes no durmieron en un hostal de El Vedado? ¿No se quedaron en una casa de la calle H?

—Sí —meneamos la cabeza.

—Cuando salieron del cuarto, esta mañana, yo estaba desayunando en la mesa. Y ustedes dijeron “Buenos días”.

—Ah, sí…

—¿Qué hacen aquí?

—Nada. Venimos a pedir información.

Un rayo congelado atravesó el estómago de M. Pero yo no me alarmé: nada que haya visto antes, nada que haya supuesto antes, me desconcierta demasiado. Su compañía, de todas formas, despejaba el fantasma de la paranoia: a mí, de estar solo, jamás me habrían creído la historia del tipo ubicuo.

Es verdad: lo vimos sentado, de espaldas, a las 7:00 a.m. Nos obligó a verlo, de frente, una hora después. Pero comprendimos que estaba en el hostal solo porque él decía que estaba, porque sabía que nosotros también estuvimos allí. De lo contrario, no habríamos podido reconocerlo.

—Pregúntale a la mujer de la casa quién era ese hombre —balbuceó M.

—¿Para qué? ¿Crees que era de la Seguridad?

Ella asintió.

—No voy a preguntar. Yo sé que era de la Seguridad. Y estaba haciendo acto de presencia. Y ella —la dueña del hostal— seguro que también es de la Seguridad.

Seguimos hasta el final del pasillo, donde algún funcionario vendría a avivar la inquietud. El patio —que era a la vez salón de espera— estaba casi vacío. Por precaución, M. y yo no volvimos a mirar a la entrada. Sin cola mediante, una mujer ociosa, en un buró, frente a una computadora, dijo que podía atendernos.

—¿Qué son ustedes?

—Periodistas.

Entonces frunció el ceño. Entonces dijo:

— Esperen afuera, que voy a investigar.

M. pasó primero. Puesto que no tiene multas, que jamás se ha peleado en las calles, jamás ha estado presa ni sometida a juicio, jamás ha cometido delito, la funcionaria concluyó, después de un sondeo banal, que M. no podía viajar porque era “baja muy reciente en su centro laboral”. Aunque esa era —aclaró— su conclusión muy personal.

—Pero yo salí del periódico Vanguardia hace tres meses. Y después viajé a Perú —sostuve en mi turno.

—¿No tendrás una multa de tránsito?

—No. Yo no tengo licencia de conducción. Ni carro.

—¿Qué sector atendías en el periódico?

—Cultura.

Luego hizo silencio. Se puso el lapicero en la boca y espetó:

—Se me olvidó lo otro que iba a preguntarte.

***

Los fiscales merodean en el parqueo. Bajo los techos de fibrocemento la Fiscalía General de la República celebra, a módicos precios, una venta de productos alimenticios e higiénicos. La dirección, o el sindicato, del máximo órgano garante de la legalidad en Cuba trajo a casa una inusitada feria, esgrimiendo, quizás, la cercanía de aniversarios cerrados: en el historial revolucionario alguien nació, alguien murió, algún hecho aconteció.

A pesar del revuelo, una fiscal se unió a los compañeros de Atención a la Población.

—Entréguenme la carta. Otro fiscal investigará y les dará respuesta en 60 días hábiles o más.

—¿Pero usted no es fiscal? —dije. A M. el estrés la había enmudecido.

—Sí, yo soy fiscal.

—Entonces conoce las leyes del país.

—Sí, claro.

—¿Esta prohibición, sin notificación previa ni proceso mediante, no es ilegal? —inquirí.

—Por favor, no me pongas en esa situación —dijo con amabilidad—. Espera que te den una respuesta.

—¿En 60 días hábiles o más?

—Sí. En 60 días o más.

***

El guardia señaló sin contemplación: “Hoy no se atiende más público”. Y, al momento, nos fuimos de la sede del Ministerio del Interior, donde uno cree que las apelaciones nunca serán atendidas. En Santa Clara, sin embargo, la oficina de Atención a la Población, de la delegación Provincial del Minint, reclutó a una amable oficial, capaz de convencer al público sobre la justeza de ciertas decisiones o del compromiso que le asiste a ese órgano en la investigación y el esclarecimiento de cada caso.

A nuestra hora, después de atravesar una zigzagueante cola, la mayor Mayelín —que eran su grado y su nombre— leyó la carta que habíamos escrito dos noches antes. No indagó innecesariamente. No preguntó adónde íbamos, a qué, quiénes éramos o qué hacíamos. Aseguró que, por obligación, tenía que ofrecernos una respuesta.

—Llamen mañana martes, después de la 1:00 p.m., y les diré por qué tienen una prohibición de salida temporal del país.

Dos días después aún no había respuesta. Al cabo del jueves, llamó ella misma:

—Carlos, no pueden salir del país por sus actividades3 con IPYS (Instituto Prensa y Sociedad, de Perú) y Taz Panter, de Alemania —dijo con su rara voz, incapaz de enjuiciar.

—¿Y no recibiremos notificación escrita?

—No.

—¿Cuándo sabremos que cesó la prohibición, si es que cesa?

—Vayan periódicamente a Inmigración y pregunten. Allí les dirán.

Le mencioné la falta de legalidad en esos procedimientos. Pero ella se disculpó por no tener más información. Y colgó suavemente el teléfono.

Un minuto después, llamé a M., que se volvió a quejar, sin estupor. Lo mismo que yo, no viaja por razones de interés público.

No viaja porque abre la boca, hace una mueca, mira a la cámara, levanta la mano, raya el papel, teclea una frase, entinta una cuartilla, y sacude la seguridad nacional.

1 Se trata de Joan Manuel Núñez Díaz, periodista de Diario de Cuba.

2Al terminar sus operaciones, las funcionarias devolvieron los pasaportes, pero se negaron a entregar los boletos de viaje.

3Actividadesse refiere a dos talleres de periodismo celebrados en Lima y Berlín. M. participó en ambos, pero yo solo asistí al taller de Perú.