Ilustración: Robiert Luque Pérez

Ilustración: Robiert Luque Pérez

A la casa de Teófilo Stevenson en el Reparto Flores, municipio Playa, la llaman la Embajada de Las Tunas en La Habana. Cuando los amigos y conocidos lo visitan, Stevenson les prepara un colchón en el suelo, a los pies del estante empolvado que guarda sus tres medallas olímpicas, todas de oro.

Es marzo de 2012. Hay sol. Hay humedad. Al fondo de la casa, una piscina vacía, sucia. Más al fondo, el mar. Es un día especial y el almanaque, aguantado de una puntilla, tiene circulado el número 29. Hoy Stevenson cumple sesenta años.

Los convidados hablan alto. Hay bulla. El anfitrión, siempre sonriente, prepara una caldosa cerca de la costa. Viste una bolchevique blanca y una guayabera que poco o nada combina con sus pantalones deportivos. Tiene, además, los ojos medio chinos, dos tragos de ron en el estómago, callos en los nudillos, canas que adornan su cabello, y está presto para la atención de todos. Es pura diligencia.

En el recibidor hay una fotografía ampliada en la que Fidel Castro levanta la mano izquierda enguantada de Stevenson. Castro barbudo y enfundado en uniforme verde olivo, como siempre. Teófilo luce una camiseta roja y su cara está rasurada. Ambos muestran una sonrisa a medias, de pose. La imagen bien pudo ser tomada en 1972 o en 1976 o en 1980.

De las paredes cuelgan otros marcos y las vitrinas cargan trofeos, viejos guantes de entrenamiento y una réplica de un cinturón de campeón profesional otorgada por el Consejo Mundial de Boxeo. Hay también otras muchas preseas, la mayoría de oro.

Cada mañana, entre dulces y amargas, el considerado mejor boxeador amateur de todos los tiempos se despierta en una casa situada a casi setecientos kilómetros al oeste de donde todo comenzó.

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La casa donde nació Teófilo, en 1952, era apenas un insignificante adorno entre el desamparo arquitectónico de un pueblo que alguien hizo llamar, irresponsablemente, Delicias. Arbustos grandes y pequeños, charcos y fango tras la lluvia, aves, lagartos, ruidos extraños en la noche –a veces perturbadores silencios– y neblina en la mañana.

Delicias era azúcar por esos días y es azúcar por estos. Hoy es un territorio detenido en el tiempo, representado, en cada diploma o reconocimiento, por el central azucarero que los norteamericanos construyeron en el lugar, uno de tantos a lo largo de Cuba. Los gringos honraron a la comunidad y bautizaron al coloso como Delicias. Los revolucionarios ensalzaron la figura de Antonio Guiteras después.

A seis kilómetros del municipio Puerto Padre, hoy Las tunas, antes provincia de Oriente, está Delicias, la dulce tierra del tercer hijo –los dos primeros fallecieron en edades tempranas- de Teófilo Stevenson Parsons y Dolores Lawrence. Un matrimonio humilde: el padre exboxeador, astillero y obrero; la madre costurera y ama de casa.

Parsons, un negro robusto, alto, de facciones anchas y pómulos salientes, emigró desde la isla caribeña San Vicente y las Granadinas en la década de los años 20. Lawrence, cubana, más fina, menos erosionada por los años, era hija de inmigrantes de San Cristóbal y Nieves.

Stevenson Jr. era el líder de la tropa, que sumaba además a varios primos, todos bajo el mismo techo. De su niñez se dicen muchas cosas. Que buscaba problemas que luego debía resolver uno de sus hermanos, Ramonín. Que hablaba un inglés perfecto, lo cual difiere completamente de la articulación de su español en la adultez. Que templaba yeguas y que tumbaba de un solo golpe a un caballo.

Narran que tras uno de sus primeros sparrings corrió hasta su pequeña casa, se escondió debajo de su catre y que lo estuvieron buscando durante horas. Que entró al boxeo porque su primer entrenador, John Herrera, era amigo de su padre. Que intentó hacer swings en el béisbol. Que su tacto, bate en mano, no fue ni por asomo parecido a la contundencia de sus puños luego.

Eso sí, de hiperactivo se pasaba. Tiraba piedras a los tejados, robaba la proteína de los platos de sus familiares, hablaba como loro en clases, se fugaba para ir a mataperrear. Era la candela. Así lo recuerdan las pocas personas que lo conocieron de pequeño y aún se mantienen con vida en Delicias.

Su postura inquieta, agitada, descontrolada, hizo que entrara en escena el viejo Herrera, un moreno que endulzaba a sus discípulos contándole sus glorias pasadas: cuando fue campeón nacional peso pesado entre 1931 y 1935. También hablaba de Eligio Sardiñas, Kid Chocolate, y de Gerardo González, Kid Gavilán.

John encaminó al mulato con puños de acero, alimentado con melaza pura: ese que convertía en cenizas a los demonios, ese que martillaba con su recto de derecha, ese que heredó el poder de sus ancestros. John endiosó a quien todos pasaron a llamar Pirolo: ese que dejó físicamente por varias décadas a su añorada Delicias; angosta, lodosa y apagada.

Stevenson tuvo su primer combate oficial en 1966, con catorce años. Herrera no guió al novel Pirolo, quien perdió en tarjetas. Sería el verdadero inicio de todo.

Ilustración: Robiert Luque Pérez

Ilustración: Robiert Luque Pérez

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Que sí, que no. Que pudo haber sido, que era imposible. Que no hubiese durado un round, que el nocaut llegaba en cuatro. Que uno era más rápido y el otro más lento. Que uno golpeaba más duro y el otro guardaba mejores combinaciones.

No se supo qué final hubiese deparado la nunca realizada pelea entre Teófilo y Muhammad Alí. Entre uno tímido y uno charlatán. Entre el mejor de esto y el mejor de aquello. Entre Pirolo y El Bocazas. Entre dos eternos campeones.

–Ganábamos nosotros. No tengo dudas. Nunca echábamos un combate para perder –dice tajantemente Alcides Sagarra.

Sagarra actualmente no funge como adiestrador. Hoy no grita ni presiona en La Finca de El Wajay ni pega cachetadas ni lanza palabrotas en las esquinas durante un duelo. Sagarra fue por espacio de casi dos décadas el entrenador principal de Stevenson. Pocos lo conocieron como él.

–Tenía amplias posibilidades de ganar la que fue bautizada como la pelea del siglo. La situación en aquel momento le favorecía –dice el periodista Elio Menéndez.

Menéndez actualmente no funge como cronista. Hoy no golpea las teclas ni valora a diario sobre este o aquel deporte, no se emociona como antes con las victorias. Los éxitos de los últimos tiempos no le hacen palpitar. La soledad lo habita y hablar de vez en cuando de Stevenson lo devuelve a sus días más felices.

Alcides y el soviético Andrei Chervonenko fueron los únicos hombres en el mundo que pudieron aconsejar al joven de Delicias en septiembre de 1972. Si bien Sagarra es considerado el padre de la Escuela Cubana de Boxeo, a Chervonenko se le podría llamar el padrino de tal academia pública. El ucraniano fue el coach que más confianza le dio a Stevenson. Pidió personalmente desarrollarlo, cuando, solo unos meses de llegar Stevenson a la preselección nacional, le querían dar de baja.

Corrían las olimpiadas de Munich y el cubano tenía ante sí el mayor reto de su, hasta el momento, corta trayectoria deportiva. En la otra esquina del ring, impetuoso, se movía un fajador nombrado Duane Bobbick, favorito de la división y quien lo había derrotado meses antes. Bobbick era en realidad la Esperanza Blanca, el tipo rudo invicto en cincuenta y cinco duelos anteriores que debía continuar el reinado de Estados Unidos en la categoría de más de 81 kilogramos.

Muhammad Ali (Roma 1960), Joe Frazier (Tokio 1964) y George Foreman (México 1968) habían dominado en las últimas tres citas bajo los cinco aros. Tres negros. Rivales entre ellos después. Tres mastodontes que dejaron la escena lista para el siguiente.

Cuartos de final. El murmullo bajaba de las tribunas.

–La pelea fue cerrada. El primer round estuvo bastante parejo –recuerda Sagarra, que no olvida las recomendaciones que le brindó a su pupilo desde la esquina, toalla en mano y el corazón entre los dientes.

El segundo asalto dejó ventaja para el norteamericano. Ambos se mezclaron en un duelo incesante, con constantes intercambios.

–Tercer episodio del combate: derecha de Stevenson, a la lona Duane. Derecha de Stevenson, otra vez. Derecha de Stevenson. Tres fueron demasiadas. La Esperanza Blanca se quedó en blanco –recuerda Menéndez.

Ese día comenzó la leyenda, no antes ni luego. Leyenda que creció en Montreal 1976 y Moscú 1980. Leyenda que cerró su carrera en 1986, en Reno, con su tercer título mundial. El tres sería su número ideal: tres títulos olímpicos y tres campeonatos del mundo.

–Teo está inscrito en el listado de grandes entre los grandes. Él está en ese nivel de Sugar Ray Robinson, de Joe Luis, de Sugar Ray Leonard, del mismo Ali; Stevenson está ahí –dice Sagarra,  emocionado, satisfecho con su obra maestra.

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Tiempo después de su retiro oficial en 1988, en algún lugar de la mayor de las Antillas, dos mulatos, en extremo atractivos, se tutean. Las canas develan que el tiempo, todo implacable, pasó. Acaso intentan moverse sobre un cuadrilátero.

Uno se nota más lento y su cuerpo está visiblemente debilitado. Esconde, apenas, un trastorno neurodegenerativo crónico. El otro se mantiene a distancia, sabe que el duelo que bien pudo haber sido no fue y que son momentos para enseñarle al mundo dos amplias sonrisas y para poner frente a frente a los contrincantes de la más grande pelea que nunca existió.

Algo sudados, expresaron fuera del ring:

–Él es el mejor entre los aficionados y yo entre los profesionales –dijo El Bocazas.

–Todo habría terminado en empate –dijo Pirolo.

Terminaron compartiendo unos mojitos.

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La fama le llegó temprano a Pirolo. Era mujeriego, fiestero, tomador, también era desprendido. Dado a conversar con quien se lo pidiese, no importaba si conocido o no. Un tipo de pueblo, el típico bonachón.

–Muchos hablaban que si tomaba, que si esto o lo otro, y yo me pregunto: “¿Qué cubano no se toma un buche de ron o baila y canta?” –dice Sagarra.

Stevenson invitaba a sus amigos a su residencia en Playa y cerraba las puertas con cadenas para que la fiesta no terminara hasta que su cuerpo no soportara una gota más de alcohol. El juego de dominó solo acababa con su victoria. A Puerto Padre llegaba con una maleta repleta de ropa y regresaba con las manos vacías para La Habana. Cuando los boxeadores cubanos –los de su tiempo y los de años después–tenían problemas, era a él al primero que llamaban.

–Conocí al verdadero Stevenson en 1992, antes de los Juegos Olímpicos en Barcelona. Allí comprendí el corazón inmenso que tenía. Era un hombre que siempre pensaba en el resto, a costa, incluso, de quitarse lo suyo. Soy capaz de certificar que fue más grande como persona que como boxeador, lo cual parecería una locura –dice Menéndez.

Era fanático de los Van Van. Su cantante favorito era El Nene, líder y voz de la ya extinta Los Jóvenes clásicos del Son. Su canción preferida era la Lupe, del Comandante Juan Almeida Bosque, otro luchador.

–Ya me voy de tu tierra, mexicana bonita, bondadosa y gentil, y lo hago emocionado, como si en ella dejara un pedazo de mí –dice, algo emocionada, Fraimaris Arias, su segunda esposa y su viuda, y quien muchas veces fue su pareja de canto.

Arias, madre de su segundo y último hijo, acompañó a Stevenson durante casi dos décadas. Se conocieron en un viaje, en un avión. Ella quedó sorprendida con la elegancia del mulato de seis pies y tres pulgadas. Él no dudó en cortejar a la joven sentada dos filas delante.

–Lo recuerdo con sus maracas en las manos, le encantaba hacer sonar sus maracas. La bolchevique la comenzó a usar porque le gustaba El Nene. Cada vez que El Nene salía en televisión se mandaba a correr como un niño –comenta Fraimaris.

A Teófilo le hechizaba la música. Fue un romántico eterno, la salsa lo ponía a bailar, las rancheras a tararear, incluso, alguna vez se le vio en un concierto del grupo Gente de Zona. Subió a la tarima y tiró su pasillo.

Pero su hobby era cocinar. Por ejemplo, le encantaban los mariscos, el pollo con salsa china, la caldosa criolla con mucha vianda, el cerdo en cazuela, y su plato favorito era el asado en agua.

–Me ayudaba en la casa, pero que yo no lo mandara. Si yo le decía algo, me respondía con su voz gruesa: “Yo lo hago, pero no me mandes” –dice Arias, que lo recuerda cariñoso, entregado.

Así era Stevenson, también algo obstinado.

Ilustración: Robiert Luque Pérez

Ilustración: Robiert Luque Pérez

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Es La Habana, junio de 2012. Stevenson descansa en su residencia del reparto Flores cerca de una fotografía ampliada en la que Fidel levanta su mano izquierda. La imagen bien pudo ser tomada en 1972 o en 1976 o en 1980: el largo ciclo olímpico en el que se convirtió en rey de la división de más de 81 kilogramos y cimentó su leyenda.

Es día 11 y tiene sesenta años, todos vividos con total intensidad. En su niñez retozó en los arrabales de su Delicias natal, en su poblado La Grúa; en su adolescencia aprendió cómo dominar el arte de los puños; cautivó al mundo durante su paso por la juventud; bailó, cantó, ayudó a sus semejantes y regaló amor en su adultez.

La casa en el municipio Playa tiene una puerta carmelita, con dos cerraduras. En el portal, hay varias macetas con plantas sedientas, expuestas al sol. El comedor no es tan grande como podría pensarse y la mesa de cuatro sillas es rectangular. En la cocina faltan algunas lozas.

Teófilo planea asistir a las olimpiadas de Londres. El boxeo cubano tiene una gran meta en la ciudad del Big Ben, apuntalar al país en la tabla general. Cuatro años antes, en Beijing, la delegación cubana en conjunto sumó apenas dos medallas de oro. Menos, incluso, que el total de Stevenson.

Hay sol y humedad. Hace alrededor de tres semanas, el 21 de mayo, falleció Douglas Rodríguez, uno de sus grandes amigos y medallista olímpico y campeón mundial. Stevenson se hizo cargo de todo el proceso del entierro.

Es lunes, y un ataque cardíaco sorprende repentinamente a Pirolo en horas de la tarde. Las alarmas se encienden y es conducido de urgencia al hospital CIMEQ. Cada esfuerzo resulta insuficiente.

Ironías de la vida, a Stevenson le falló su órgano más grande, el corazón.