Miguel Díaz-Canel / Tampa Bay

Miguel Díaz-Canel / Tampa Bay

Raúl Castro no tiene a quién dejarle Cuba. Habiendo gobernado la isla más tiempo que ningún otro hombre, salvo su hermano, Raúl llega al final de su supuesto último término como jefe del Estado sin saber muy bien a cuál de los serviles cortesanos que lo rodean va a entregar el país que él mismo heredó de Fidel, como si hubiera sido parte del tesoro de su familia. Todavía existe la posibilidad, aunque en apariencia remota, de que no pudiendo escoger un sucesor confiable entre tantos nadies, Raúl decida seguir siendo presidente de Cuba hasta el día en que se caiga muerto. Lo más probable, sin embargo, es que no teniendo ningún Salomón entre sus posibles herederos, nada más que alfeñiques, Raúl se resigne a ser sucedido, aunque sea, en un primer momento, solo formalmente, por alguien que, hasta donde se ve, tiene la edad adecuada y ninguna otra cualidad para gobernar Cuba en un momento en que ni Salomón sabría cómo hacerlo, el rigurosamente inocuo Miguel Díaz-Canel, que fue puesto en la posición de vicepresidente primero, para sorpresa del país y quizás de él mismo, cuatro años atrás.

La actual posición de Díaz-Canel no es garantía de que vaya a convertirse en el quinto presidente de Cuba desde 1959. Todavía le queda tiempo de meter la pata, ofender o decepcionar a Raúl o, peor, dar alguna indicación de que no sería, si lo hacen presidente, tan dócil y gris como hasta ahora. Si se le escapa una nota de sinceridad o inteligencia, si susurra al oído de su esposa o su mejor amigo un chiste sobre Raúl, y la Seguridad del Estado lo oye, si le dice a alguien lo que haría como presidente si fuera presidente de verdad y no solo de mentiritas, Díaz-Canel irá a parar a donde están Carlos Aldana, Roberto Robaina y Carlos Lage, al fondo de la historia de la revolución, un paraje horrísono habitado por los cadáveres insepultos de antiguos príncipes comunistas, caídos súbitamente en desgracia y ejecutados con un gran golpe de sable por la furia de Fidel o la de Raúl. Díaz-Canel es casi el único sobreviviente de alguna relevancia entre los políticos de su generación, lo que indica que, si bien le faltan otros talentos, tiene sin dudas el de complacer a sus jefes o al menos, el de no causarles molestia o preocupación.

La carrera de Díaz-Canel ha sido portentosa por su mediocridad, pero la modestia de los cargos que ha ocupado hasta ahora lo ha protegido muy efectivamente, le ha servido para evitar el destructivo escrutinio al que fueron sometidos por Fidel y Raúl aquellos colocados por ellos mismos en posiciones de más notoriedad o poder. Siempre invisible, Díaz-Canel no llegó a ser primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas, una posición desde la que fueron catapultados Lage y Robaina al círculo íntimo de Fidel. Fue primer secretario del Partido Comunista en Villa Clara, y duró tanto en el puesto que parecía que Fidel se había olvidado completamente de él y de su provincia. Díaz-Canel observó desde la bucólica monotonía de las Villas cómo Lage se convertía en una suerte de primer ministro y administrador general de la miseria de Cuba, y Robaina, en canciller. Incluso, cuando Robaina cayó, Díaz-Canel vio a otro advenedizo, Felipe Pérez Roque, ser elevado a Ministro de Relaciones Exteriores.

En Santa Clara, Díaz-Canel adquirió cierta reputación de liberal e ilustrado, al menos en comparación con los energúmenos que le habían precedido y los que padecían provincias aún más desafortunadas. No es que Villa Clara se convirtiera en Massachusetts bajo su mando, pero Díaz-Canel, muy notablemente, toleró los espectáculos de travestismo en el célebre club El Mejunje, y el laborioso periodismo investigativo del programa Alta Tensión de la CMHW, dos rarezas en Cuba que, de haber aparecido en otro lugar, Camagüey, Granma, Santiago, habrían sido aniquiladas en el acto por la Seguridad del Estado, y todos esos revoltosos, las falsas Farah Marías y los periodistas investigativos, sacudidos hasta que se les quitara la pajarería o la ridícula idea de hacer periodismo. O bien Fidel no se enteró nunca de esos pecadillos políticos de Díaz-Canel, o bien decidió que un poco de Farah María y un poco, solo un poquito, de Abel Falcón y Xiomara Rodríguez, eran un precio justo a pagar para mantener a Villa Clara pacífica y obediente.

El premio que le dieron a Díaz-Canel por lograr que sólo la mitad de Villa Clara se fuera del país durante los años noventa, y la otra mitad siguiera marchando y dando alaridos revolucionarios, no fue un jugoso ministerio con un abultado presupuesto en dólares, sino Holguín, y un asiento en el Buró Político. No hay ninguna evidencia de que Holguín haya prosperado durante el consulado de Díaz-Canel, pero la provincia estaba ya en tal estado a su llegada que poco podría haber hecho él o cualquiera para hacer las cosas peores. Prudente, Díaz-Canel no se asoció en el Buró Político con Lage y Pérez Roque, que deberían haber sido, por edad si no por otra razón, sus leales aliados. Quizás Díaz-Canel intuyó que Lage y Pérez Roque tenían los días contados o bien aquellos sospecharon que los años pasados lejos de la capital habían convertido a Díaz-Canel en un nuevo, rozagante José Ramón Machado Ventura, del que debían cuidarse tanto como del Machado Ventura original, pero cuando el vicepresidente y el canciller de Cuba fueron sensacionalmente defenestrados en marzo del 2009, el primer secretario del Partido Comunista en Holguín los vio caer con la misma parsimonia con que había visto su ascenso.

La caída de Lage y Pérez Roque fue lo mejor que le pasó jamás a la carrera de Díaz-Canel. Sólo dos meses después, Raúl lo llevó para La Habana y le dio un ministerio, aunque fuera uno deleznable como Educación Superior. Cuando Raúl comenzó a buscar a alguien que no hubiera cumplido ya 80 para dejarle la jefatura del Estado en 2018, no vio muchos candidatos que fueran medianamente creíbles como presidente, que pudieran ir a las Naciones Unidas, o a las cumbres iberoamericanas, o a Moscú o Beijing sin avergonzar a Cuba y hacerla lucir incivilizada. Díaz-Canel, que no había sido ministro de nada importante, que no había gobernado ninguna de las dos ciudades más grandes del país, que no había estado involucrado en el planeamiento o la ejecución de la política internacional de Cuba o de su estrategia de defensa y seguridad, pero tenía menos de 70, y todos sus dientes y su pelo, y había sabido obedecer sin chistar durante treinta años, fue el elegido. Entre dientes, Díaz-Canel debe haberse quejado de su sempiterna mala suerte. Él sólo quería un ministerio.

Aún podría Raúl, incluso sin que Díaz-Canel haga nada, cambiar de parecer y escoger otro presidente. La nueva Asamblea Nacional que será soviéticamente designada a inicios del próximo año, será tan complaciente como la anterior, y votará por quien le digan que vote, y lo hará con gran gusto, nadie dirá ni pío. Raúl, que conservará todo el poder real desde su puesto de primer secretario del Partido Comunista, podría darle el puesto a cualquier otro de sus secuaces, qué importa a cuál, con tal de que no sea demasiado viejo, no vaya a ser que el nuevo presidente se muera a mitad de su término y haya que buscar otro a la carrera. No ha habido, sin embargo, ningún esfuerzo aparente para darle relevancia y lucimiento a ningún candidato alternativo a Díaz-Canel, mientras que a este lo han tenido durante cinco años dando vueltas por el país y pronunciando discursos en los congresos a los que ya Raúl no se toma el trabajo de asistir, como el de los periodistas. Hasta lo enviaron a Roma a saludar al Papa.

Algunos observadores en el extranjero insisten en que Raúl intentará elevar a su propio hijo, el coronel Alejandro Castro Espín, pero eso parece improbable, Raúl no es Kim Jong-il, va a guardar​ las apariencias. Castro Espín es prácticamente desconocido en Cuba, la mayoría de los cubanos nunca lo han visto ni lo han oído hablar, no ha tenido hasta ahora ningún puesto público importante, no es más que el hijo de su padre, aunque tenga ya un enorme poder. Será interesante observar dónde queda Castro Espín después de las elecciones, si sigue oculto en el corazón del aparato de seguridad, defensa y espionaje de Cuba, o si es sacado a la luz, es decir, a los titulares del Noticiero Nacional de Televisión, puesto en un sitio donde pueda ser visto y examinado por el país y quien quiera que quede en el mundo todavía interesado en el asunto, en el Consejo de Estado, o ministro de alguna cosa. Desde un puesto de más prominencia, Castro Espín representaría a su padre y al vocinglero fantasma de su tío, y estaría en punta para conquistar el poder cuando se le presente la ocasión, que puede ser tan pronto como la primera vez que Díaz-Canel diga ji y Raúl diga je.

Lo más deprimente de estas especulaciones es que no importa demasiado quién se convertirá en presidente de Cuba el año que viene. El título no tendrá valor mientras Raúl viva y controle el Buró Político del Partido, las Fuerzas Armadas y la Seguridad del Estado, y un cerrado círculo de generales y coroneles administre la economía del país, lo que queda en ella que todavía produce dinero en vez de derrocharlo. El poder del próximo presidente del Consejo de Estado será tan poco, que bien podrían darle el puesto a un notable, a Miguel Barniz, a Silvio Rodríguez, al dúo Buena Fe, a los dos, que la gente no notaría la diferencia entre ellos y Díaz-Canel o cualquier otro político. Un Salomón sería mucho pedir, pero Cuba necesitaría, después de Fidel y Raúl, alguien que tenga el coraje de sacudir al país hasta que se le quite la bobería que tiene. Un hombre, aunque sería mejor una mujer, que hubiera viajado por el mundo, y no sólo como parte de delegaciones oficiales, que haya leído extensamente, y no sólo discursos de Fidel y el diario del Che, sino, si se puede pedir, a Shakespeare, a Cervantes, a Dostoievsky, El Siglo de las Luces, que haya estudiado economía, derecho, finanzas, historia, ciencia política, filosofía, comunicación, en una universidad de verdad, no en una supuesta escuela del Partido. Más necesario aún sería que tuviera por los cubanos compasión y afecto, y, crucialmente, que comprendiera el significado, el júbilo y los beneficios de la libertad. Cuba, a fin de cuentas, no necesita un general ni un economista ni mucho menos una de esas inexplicables criaturas llamadas, en lengua de bárbaros, cuadros del Partido, un Díaz-Canel. Necesita un demócrata.

De esos, no hay ni uno solo en la corte de Raúl.