Un día feliz / Reynier Leyva Novo

Un día feliz / Reynier Leyva Novo

Uno

La artista multidisciplinaria cubanoamericana Coco Fusco fue devuelta a Estados Unidos, cuando pretendía asistir a la 13 Bienal de La Habana. Fusco, profesora de la Universidad de la Florida, no rebasó la sala de inmigración del Aeropuerto Internacional José Martí. ¿Qué arma traería escondida en la cabeza? A Coco también le habían impedido entrar a la Isla en mayo del pasado año, cuando pensaba intervenir en la # OO Bienal, un proyecto ideado por Luis Manuel Otero.

«No soy una planta viva, un queso, un narcótico o una publicación pornográfica, pero el acto de expresar opiniones críticas sobre las medidas represivas contra los artistas me convierte en una materia prohibida en Cuba». Vale amplificar el testimonio de Coco Fusco (n.1960), decepcionada de la naturaleza totalitaria de su país de origen; un garrote del cual no ha conseguido librarse, ni siquiera al crecer en Estados Unidos.

«Tanía Bruguera anunció sorpresas. ¡Hay que estar alertas!», advirtió un guardián de la política cultural. Pero el eco de la sospecha se desvaneció en trasiegos de ida y vuelta: Tania Bruguera no hizo acto de presencia en una Bienal con Decreto.

¿Quién tendría ganas de consumir ofertas incluidas en el menú oficial del suceso de la plástica cubana bajo esos truenos rompe nubes? Aunque nadie se inmutó con el caso Coco Fusco. Somos masoquistas amnésicos, cínicos, hedonistas. Olvidamos las humillaciones políticas que experimentan los otros en un parpadeo.

Dos

Gabriel Orozco, el «mexicano cosmopolita», retornó a La Habana para ofrecernos una lección de nimiedad preciosista. Tras observar las medias de las veladoras que trabajan en el Museo Nacional de Bellas Artes (Edificio de Arte Universal), Orozco concibió una serie de piezas bidimensionales. Así, decoró las paredes con objetos de cartón, que aparentaban representar falos, pelotas, muslos, puñales. Una manipulación ideal para quienes prefieren controversias de etiqueta.

Un arte povera de alta costura plástica. Un erotismo sutil, diseñado a la medida de los cazadores de excesos. Ninguna intervención más oportuna para una bienal que eligió potenciar el rejuego formal por encima de la indagación sociopolítica.

«El hombre piensa como vive», postula el axioma marxista. Gabriel Orozco no posee cicatrices totalitarias ni arrastra lesiones financieras. He ahí el no-problema de su no-evasión contextual, al intervenir en un feudo de la contaminación ideológica. Estos son los globetrotters imprescindibles en la escena cubana contemporánea.

Tres

El personaje incógnito pudo ser Vuk Cosic (n, 1966), pionero del net.art y creador del término. En la Bienal anterior este obsequio de la ignorancia o la distracción recayó sobre la artista del performance Orlan, quien recorrió el tablero plástico e, incluso, el Instituto Superior de Arte sin que algunos la reconocieran. Vuk Cosic exhibió sencillez durante una charla entre amigos ofrecida en Fanguito Estudio.

Lo saludable de la intervención resultó la nula mediación institucional o sugestión publicitaria en cuestiones de buscar audiencia. El arqueólogo esloveno recapituló los sesenta años de la Inteligencia Artificial y la esencia de los añejos «nuevos medios»; el nexo entre movimiento net.art y punk, contracultura y mercado, resistencia outsider y mainstream con sus absurdas escalas de valores.

Según Cosik, Internet era el lugar del arte. Trabajar en la red como una salida de la realidad que lo agobiaba: el mundillo artístico y la egomanía de sus artífices. Por lo cual, el net.art debe existir fuera de la galería. El monitor del ordenador reemplaza al cuadro colgado en la pared esperando por un comprador.

Cuatro

La metáfora apolítica, tautológica y pacifista estuvo a cargo de Tamara Campo (Pinar del Río, 1971), invitada por vez primera a la muestra oficial. Era un ambiente pulcro que convidaba a la meditación, el sosiego o a una limpieza interior. Grabadora de oficio con obsesiones instalativas, Tamara sobrevive lidiando en solitario a contracorriente de movidas ideológicas, universalistas o amiguistas.

Aunque la indiferencia que emanó de Blanco (2019) implicó un contraste en relación con los turbulentos vínculos entre artistas e instituciones que precedieron a esta Bienal. Lejos de poses arribistas, la instalación sugería un revival del famoso lema heredado del Mayo francés: «Ser feliz en medio de la guerra».

«Del blanco al silencio absoluto: recuperar nuestro tiempo, compartir ese espacio de tolerancia, tan necesario como un baño de luz», asevera un fragmento del statement que secunda a la pieza. Los artistas le suman elocuencia y calidez a la fría parquedad de obras concebidas desde el extrañamiento.

En periodos de agonía colectiva, algunos prefieren el recogimiento espiritual o una apatía zen. Aunque sabemos que «no siempre las buenas intenciones fueron buenas acciones», así en el arte como en la vida. Ni lo privado y lo público coinciden en forma y contenido.

Blanco era una escapatoria gestual sublime para unos o varios; ridícula para otros.

Cinco

Las Bienales de La Habana han sido un espacio de lujo para artistas relegados del Caribe y el resto del mundo. Una especie de matrioska periférica donde cabe todo para bien o para mal. Esta versión insistió en acopiar las sobras de arte contemporáneo recicladas en los rincones apartados del circuito, incluyendo a Cuba. Un trance habitual en un convocatoria relajada para unos y cerrada para otros. Aquí anidan conceptualistas latinoamericanos de bajo perfil o sin reservas de ideas.

Al desplazarse a territorios como Regla, Luyanó, Guanabacoa, Matanzas o Pinar del Río, el espectador común se perdió el show de extramuros. La imposibilidad de moverse en la capital con un transporte caótico impidió una valoración general de un suceso barroco por exceso y minimalista por defecto.

Había que ser un nuevo rico ávido de registrarlo todo para que la 13 Bienal de La Habana tuviera un ojo de excepción en cada perímetro expositivo. Entre los vapores de abril y el ahorro de combustible, las distancias aumentaron, tal si las sedes fueran Ciudad México o Beijing. El arte emprendía vuelo hacia otra galaxia.

Seis

La falta de un núcleo expositivo constituyó el talón de Aquiles de la Bienal. En esta ocasión, varios Premios Nacionales de Artes Plásticas resultaron invitados a la muestra central. ¿Por qué figuras como José Villa, René Francisco Rodríguez, Manuel Mendive y José A. Toirac no intervinieron en una curaduría presta a titularse El desafío de los matices?

Los artistas laureados parecían reos separados en prisión por una misma causa que los enfrentaba. Fingir autonomía “entre iguales” justificaba el reto curatorial: hallarle un nexo a una dirección de la mirada inspirada por algo más que el arte.

HB. Exposición de Arte Cubano Contemporáneo tuvo su clímax en la planta alta del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Era la gran apuesta por reanimar un mercado interno en un país que no tiene propiamente una Feria de Arte.

En HB participaron Galería Habana, Génesis, Galerías de Arte y, por supuesto, el Fondo Cubano de Bienes Culturales. Allí se aglomeraron productores tan disímiles que no había espacio para simular una frontera entre teoría del arte y práctica mercantil. Solo primó un límite entre artistas fichados anti-Decreto 349 y los otros.

De implementar una Feria de Arte Cubano, la Bienal podría realizarse cada cinco años o desaparecer. Ya es hora de conocer la dictadura del mercado. Si la Bienal se revela como una plataforma inapropiada para generar locuras, una Feria de Arte Cubano serviría de estímulo para exquisitos y violentos, culpables e inocentes, amigos y enemigos que se piden la cabeza por tener un power virtual.

Siete

La Bienal parecía un salón de arte cubano contemporáneo expandido, con invitados extranjeros respetables: el propio Gabriel Orozco, gestor de piezas cerebrales a la altura de Mis manos son mi corazón (1991), Piedra que cede (1992) o Papalotes negros (1997); Leila Alaoui (París, 1982-Burkina Faso, 2016); la performers guatemalteca Regina José Galindo, ganadora del León de Oro en la Bienal de Venecia 2005; Lucila Aguilar (Ciudad de México, 1967) o la ucraniana Zhanna Kadyrova (Kiev, 1981). Esta última representó a Galería Continua en la sede habanera del cine Águila de Oro en el Barrio Chino.

«La bienal está triste», expresó alguien en la subsede del Pabellón Cuba. El comentarista se refería con asombro al sentido común de los coordinadores del evento, quienes convocaron al inspirado Alejandro Campins (Manzanillo, 1981), junto a Dania González Sanabria, Dayana Trigo y José Manuel Mesías, nacidos en 1990, cuya obra y carrera empiezan a ganar terreno en la jungla legitimadora.

¿Conocerán en las oficinas del Centro de Arte Wifredo Lam las piezas de Camila Ramírez Lobón (n.1995) o será un nombre en la relación de quienes firmaron una carta en desacuerdo con el Decreto 349?. Sin embargo, la estudiante del Instituto Superior de Arte fue incluida en De un fanático de Rockefeller a un discípulo de Kruschov. Historias contadas por artistas, una curaduría de Abel González Fernández como antídoto para aplacar el síndrome de las listas negras, pauta acatada por ejecutores bienaleros destinados a preservar el orden y la limpieza.

Más allá de listados negros o grises, la insubordinación de Abel González marca una línea divisoria entre lo que desean los productores alternativos y lo que exige la nomenclatura rectora del arte para sostener un diálogo. Pero la cuota de racionamiento crítico es tan alta como la hambruna que se avecina. José Lezama Lima sostenía que Cuba era un país frustrado en lo esencial político. La era post349 lo ratifica. Habrá que ser un vegetariano ejemplar o subsistir al margen.

Ocho

El proyecto Detrás del Muro (Escenario Líquido) constituyó una decepción de la Bienal. Tan sugerente como atractivo en otras versiones, la dificultad y estímulo de intervenir la calle terminó en una galería sin paredes animada con piezas museables carentes de gancho visual o ideotemático. Entre quienes desistieron participar, y la separación dispuesta entre las obras, el transeúnte acababa exhausto de recorrer el malecón habanero, procurando hallar un daiquirí en un eterno verano.

La sangre de Caín, performance, de Carlos Martiel, generó expectativas si consideramos un título apocalíptico y fulminante en el papel. Pero todo se redujo a una falsa jaula en la vía pública donde el artista permaneció alrededor de una hora, ante la mirada distante de quienes no entendieron el sentido del presunto castigo.

Carlos Martiel (n.1989), un productor visual de maleta, se impuso una penitencia efímera entre hilos con sangre impregnada de artistas que se manifestaron contra el Decreto 349. Un compromiso en apariencia y frugalidad conceptual en esencia. Era el arte de evitar mancharse las manos. Sentado en el muro frente a su ventilada prisión, el accionista negro vestido de blanco fumaba satisfecho, mientras los paseantes avanzaban como huyendo del mañana.

Quizá el vestuario y la postura hierática del performers aludían a esa presencia vertiginosa de las Damas de Blanco clamando por las calles. Tal vez este guiño, real o no, impedirá que La sangre de Caín se coagule en la nadahistoria insular.

Nueve

El Corredor cultural de Calle Línea se erigió sepulturero del Proyecto Detrás del Muro, tentativa meritoria de Juan Delgado Calzadilla por añadirle a la Bienal un soplo de arte público. El tráfico se detuvo para uso de la Compañía Acosta Danza y su energía juvenil; Carlos Díaz y teatro El Público; Nelda Castillo y el Ciervo Encantado, entre otros. El Corredor…, curado por Vilma Bartolomé, entró al asfalto con pasos de baile, una pantalla donde reflejar la impaciencia, desahogos físicos.

En el portal del cine-teatro Trianón, Yailene Sierra interpretó de modo magistral Una zapatera en construcción, un monólogo de Fabián Suárez en homenaje a los 500 años de la fundación de La Habana. Un texto políticamente correcto que votaba «Sí» por el matrimonio igualitario; «Sí» por varones que encarnan a mujeres como Imperio, Estrellita, Mila Kaos; «Sí» por hembras que esperan por los machos. Una zapatera…evitó mezclar erotismo con política en busca del lirismo popular.

Al igual confluyeron los tambores y la conga; el atracón visual de carne fresca brindado por chicas selfies y la invocación religiosa. «La bienal es un carnaval. Tiene que ser un carnaval», bromeó el veterano curador Nelson Herrera Ysla. El Corredor cultural… lo reafirmó. Solo faltó la embriaguez para coronar un despelote en nombre del arte, pero una divinidad suprimió la venta de bebidas alcohólicas.

Luciendo una camisa roja, el Viceministro de Cultura Fernando Rojas repartió abrazos a protagonistas confiables. Flotaba en un estado de gracia. La calle era de los revolucionarios. Les pertenecía por entero, al precio ideoestético necesario. Tania Bruguera y Luis Manuel Otero Alcántara se hallaban fuera del país. Otros se cuidaban el pellejo. La ideologización de la plástica cubana era un hecho consumado, a la vista de quienes todavía la persiguen, disfrutan y juzgan.

Diez

Obviar un gesto censurable de antemano pudo ser la premisa estratégica de Un día feliz, exhibición de Reynier Leyva Novo curada por Jorge Peré en galería El Oficio. “El Chino” Novo fue uno de los artistas descartados por los comisarios de la Bienal con una mayor visibilidad en el marco alternativo del evento, sazonado por la escasez de posturas cuestionadoras.

En Un día feliz no se abusó de la reproducción del icono, sino que se reservó su lugar a la fantasía del espectador, quien se encargaría de completar la escena fotográfica o mantenerla mutilada. Lo pongo o lo quito, lo inmortalizo o lo borro de la memoria. Reynier Leyva Novo indaga en torno a eso que Max Weber denominó la «rutinización del carisma», ilustrada por la supresión gráfica de Fidel Castro, un adorado tormento para sus devotos e infieles, quienes rivalizan en el andamio político.

A contrapelo del artista funcionario que asume un rol épico, Novo se colocó en el lugar de los estadistas-oradores que no toleran dobles en sus intervenciones. Esa tradición personalista de eliminar a quienes te igualan o superan ante los otros rige el juego visual. Pero éste no cristaliza a expensas de una venganza inútil, sino desde la ironía sutil de imágenes donde ausencia y presencia desisten pulsear.

Reynier Leyva Novo es cruel en el contenido y glamuroso en la forma. Si la política es sucia, por qué mostrarla en carne viva. Tan solo para decepcionar al cinismo estético. Aquí radica el peso de la culpa o densa levedad de sus maniobras cult.

«Hay amores de jefes que matan como líderes muertos que amo», declararía un experto en reescribir la historia en aras de su instinto de conservación. “El Chino” Novo aplicó a sus amigos un principio de autosoberanía hegemónica: otorgarle el grado de «Hombres Invisibles» a cómplices que se antojan inoportunos.

Once

Los Open Studio fueron un bálsamo para aliviar el control institucional sobre los shows clandestinos. “Copán”, un productor underground, abrió las puertas de su casa y organizó una velada para dar a conocer su quehacer plástico y audiovisual. Había videos realizados a raperos que andan por el mundo como Maikel Xtremo (Miami) o Bárbaro “El Urbano” Vargas (Finlandia). Incluso, se podría fundar una Agencia Cubana de Rap en la diáspora, liderada por Randee Akozta, “El enano”, Al2, “El B”, “El Libre”.

De esta manera, percibimos que el rap contestatario respira más allá de la frontera insular, sin olvidar las calles donde surgió y a la que siguen cantándole con una mezcla de osadía, añoranza, desconcierto. Apremia habilitar una plataforma donde un público mayor vea clips al estilo de Toxicity, Fatalidad política, Brújula, hechos para promover discos de “El Urbano” Vargas, “Maikel Xtremo”, La Alianza.

Doce

La pieza emblemática fue un remix de la V Bienal de La Habana (1994). Regata, de Alexis Leyva Machado (Kcho), fue emplazada en la planta baja del Edificio de Arte Cubano en el Museo Nacional de Bellas Artes. Otra vez se instaló una travesía imaginaria de barquitos, cartones de huevos, chancletas. Dichos «artilugios de la desesperación» graficaban una balsa, reencontrando el camino de la nostalgia de una Isla que se repite con una población flotante a la deriva.

Otra vez sucumbió el emblemático artista cubano de la década del noventa, quien terminó de diputado al Parlamento hasta que lo relegaron a un cargo simbólico por razones archivadas. Kcho retornó, a pesar de todo. Kcho resurgió como un ave fénix de la escena visual. ¿A quién le importa que el fenómeno de los balseros lo haya convertido en otro síntoma del folclor antillano?

¿Por qué volver a exponer Regata (1993) tras sufrir un agotamiento retórico? Para reactivar el acento povera de un triunfador precoz o refrescarle a la memoria colectiva que la solución migratoria se instauró entre nosotros para quedarse.

El ademán retrocuratorial de la afligida Bienal fue un trauma sociopolítico del pasado vigente. Regata se trueca en figuración simbólica para tramar la «denuncia sin denunciar».

Trece

Tras cuatro años de reposo, la Bienal de La Habana consiguió gritar: «¡Respiro!» Una tarea de choque cumplida sin el encanto del riesgo. Otra forma de ir al seguro, lo que garantiza la inseguridad de evocarla como un tornado piadoso de todo lo que pudo haber sido y no fue.

Para festejar un vuelco liberador, la Bienal suceso necesitaría renunciar a la función de bisagra entre intransigencia política y carencias financieras como obstáculos o pretextos. El mito de que la mala yerba progresa en suelos estériles es una trampa perfecta. Nuestra teoría y práctica perdió el aura de encumbrar a la Nueva Cuba como el ombligo del mundo o la llave del golfo.

La 13 Bienal de La Habana parecía un Titanic construido en el trópico, repleto de corsarios y piratas, naufragando con su carga de sueños forjados a mitad de los años ochenta. Una quimera extenuada de tanto autoreciclarse. Un lienzo con periódicos nacionales, visto en el climatizado Taller Gorría, recapitulaba un estado de ánimo probienal: «Creer en la nada antes de no creer en nada».