Yimit Ramírez / Ilustración: Yimit Ramírez

Yimit Ramírez / Ilustración: Yimit Ramírez

Yimit ha encontrado el golpe exacto para espabilar su viejo iPhone 4. Una forma ni tan dura ni tan blanda de darle contra su muslo y que el display táctil no se parta en cien trozos. El golpe, seco, traduce dos angustias de corta y larga alfombra: no escuchar a su interlocutor, querer salir adelante y no lograrlo. ¡Pak! Ni tan corto ni tan largo.

Hace un par de años Yimit caminaba por una calle de Londres. Por un barrio pobre de Londres, de frikis y jamaicanos y no había almorzado. De pronto ve en un carro de basura una caja con las dimensiones de una laptop. Yimit agarra la caja, y se suelta a sí mismo una especie de chiste: “ehhhh, me encontré una laptop”. La caja pesa, adentro hay un 90 % de probabilidad de que haya una laptop de verdad. Ni siquiera mira a los lados. Abre la caja y ve que adentro hay algo. Todos hemos oído que eso sucede en Europa, y un cubano que puede salir y regresar de su país, como norma, sí sabe qué hacer con un equipo que funciona a media máquina encontrado en un latón de basura.

Yimit camina hasta la casa del amigo que le da albergue, ya no puede aguantar las ganas de ver si se ganó esta rara lotería. Se mete al cuarto, echa a un lado la caja, saca la cosa cuadrada y delgada, y es ahí que se da cuenta de que no es una laptop. Es un escáner. ¡Un escáner! Igual de súper. Conecta el escáner a la corriente y a su vieja Asus. No funciona. Pero que no funcione un escáner no es prueba suficiente de que no sirva. Comienza a mirar cada centímetro del cuerpo del equipo, como de niño miraba cada centímetro de un juguete minutos antes de decidir abrirlo para ver su funcionamiento. En la parte posterior del aparato encuentra una especie de conmutador echado hacia la izquierda, Yimit prueba echarlo a la derecha. Vuelve a conectar el equipo, se enciende una luz, coloca su pasaporte, la luz lame el pasaporte, la señal pasa del escáner a su vieja laptop y la información va quedando en la pantalla. Funciona. Según Yimit el escáner estaba al cien por ciento, pero a los ingleses, a los jamaiquinos, a los frikis, le faltó ese plus que hace falta para encontrar algo así.

¡Pak! El golpe del iPhone sobre su muslo es apenas un “tock” de medio segundo para el sujeto que habla al otro lado. Yimit queda con él para verse el lunes. Hoy es domingo. Un día sin conexión a internet, y por tanto de bajo perfil en la campaña de Quiero Hacer Una Película (QHUP). Se trata de un posible productor asociado, y para ser un productor asociado hace falta entrar con más de mil euros. Yimit cuelga y no muestra sobresalto. Han pasado más de treinta días de esta intensa campaña y ya le han rodeado una decena de productores asociados. Algunos con el dinero en la mano, otros con apenas entusiasmo y cierta capacidad de gestionarlos, pero la mayoría no ha quedado con la presa, o la mayoría sigue rodeándolo sin dar el paso definitivo que sería depositar el dichoso dinero en la cuenta de la plataforma española Verkami. Quedarse con la presa quiere decir que –además de las recompensas o presentes que suelen recibir los mecenas–, la película podría rendirle beneficios, que su inversión podría recuperarse. Lo que Yimit pide, 8000 euros, para su primer filme de largometraje, es uno de los retos más grandes en cuanto a crowdfunding que ha enfrentado un realizador audiovisual desde Cuba. A la altura de este domingo 13 de noviembre, su equipo tenía más del 50% por ciento de dinero acumulado. Se puede decir que el muchacho pasó el límite, gracias a una campaña más innovadora que planificada con reglas y cartabones.

Quiero hacer una película / Facebook

Quiero hacer una película / Facebook

Desde su paso por el Instituto Superior de Diseño, Yimit comenzó a criar una suerte de simpatía encontrada. Mientras la masa de estudiantes se ocupaba en hacer cumplir el plan curricular de clases, el Yimit conectaba todas las computadoras del laboratorio para generar una granja de renderización en un ejercicio de expresión propia. La bella o la bestia, en animación 3D, obtuvo una mención en la 7ma Muestra Joven. Así que media facultad comenzó a alimentar hacia él cierta relación de amor-odio. No solo tenía energías para emplearse en otra cosa que superaba su marco estudiantil, sino que utilizaba los medios escolares. Como si fuera poco, lo que hacía tenía ingenio y era, como toda obra, un reflejo de su autor. Un trozo de mierda cae en un perfecto baño de lozas, cortinas y cuadros mikis. Todo un medio adverso que le hace cuestionarse su identidad residual. El mojón, luego de un severo complejo, se rebela ensuciándolo todo, desde el borde del inodoro hasta lo que alcanza al reventar en un gran salto mortal, embarrando y mandando todo literalmente a la mierda. La bella o la bestia, en cierto modo, era un dardo contra la propia escuela, contra del diseño, a favor del caos, contra la corrección sistémica. No sería arriesgado decir que el propio Yimit, ante su procedencia social –una familia de trabajadores de San Antonio de los Baños– se sintiese una mierda. No sería el primero ante una sociedad con desigualdades, en una Escuela con desigualdades latentes, y un ego con ansias de empoderarse y hacerse justicia. Lo que el Yimit llama “hacer tu propio viaje”.

Según el decano de los crowdfundings audiovisuales en Cuba, Jorge Molina –con dos exitosas campañas en sus espaldas, realizadas completamente en solitario, desde una oficina con internet gratuito en la Escuela Internacional de Cine–: “para realizar un buen crowdfunding harían falta dos requisitos: o ser muy conocido, o hacer una campaña verdaderamente buena”. En su caso particular se cumple el primer requisito. Molina ha conversado con casi todos los cineastas del mundo. A casi todos los cineastas del mundo, farsantes, conocidos, desconocidos pero brillantes, les ha mostrado su obra. Y una ínfima parte de esos cineastas del mundo son los que lo ayudan, por eso no trata nunca de superar lo que cree posible para el umbral de conocimiento que calcula sobre su obra. Molina aconseja fijar una cifra posible, pragmática. Su techo hasta la fecha ha sido de 3500 euros, bajo una petición de 3000. En sus dos eventos anteriores ha logrado superar la cifra fijada, y lo narra como si fuese su capacidad de satisfacer a una mujer en una escala del 1 al 10. O sea, Molina dice que es capaz siempre de llevarla al 12. Ante los 8000 que fijó Yimit, Molina se rasca la cabeza y hace una mueca de incrédulo. Pero lo cierto es que Yimit, en menos de 40 días ha logrado superarlo en más de dos cuerpos.

Quiero hacer una película / Facebook

Quiero hacer una película / Facebook

Yimit Ramírez y Pilar Natalie viven en concubinato en un edificio apuntalado por rieles de acero cercano a la calle 23. Este domingo desayunan peras enlatadas. Pero otras veces no desayunan nada. Tampoco almuerzan. A veces comen. Sólo un imperativo decide si desayunan o no, su estómago. Su estómago es un pistón que los presiona a levantar el trasero de la silla e ir estirando las extremidades hasta la cocina. Aunque el alquiler incluye refrigerador y teléfono, tienen que esperar un timbre cuando alguien los llama. El primer timbre suena para una señora mediounidad que, en algún lugar del edificio lleno de apartamentos pocos ventilados como el suyo de un solo cuarto, sala, baño y cocina, ofrece consultas cartománticas. Pilar prefiere que le llamen Naty antes que Pilar. Según Naty, el que suele cocinar es Yimit (una figura que últimamente se repite es esa cada vez menos extraña fórmula en la cual la mujer se libera de la cocina, y el hombre se libera de la mujer empoderándose de la cocina, de modo que hay un punto en que el hombre no se siente atado a una mujer por no tener quien le cocine o le lave).

Yimit sigue su corazón. Naty también. Ambos son graduados de la escuela de diseño que ha revolucionado la imagen corporativa de este país a partir de la transición económica que sobrevino después de la caída del socialismo en Rusia. Según ella, la poción conjunta es que ninguno anule al otro. Yimit y Naty parecen –falsamente– dos adolescentes que han conseguido librarse de sus padres durante un verano. La cocina tiene una semana de platos sin fregar, el cesto de basura está rebosado de basura y cascarones de huevo. La cama dejó de tenderse hace quince días, huele a ropa sucia, los balances están arrinconados. Sobre la cómoda del cuarto hay un libro de Jorge Luis Borges. Según Naty, dice Yimit que Borges habló de lo general, del universo, de las cartografías, y que Cortázar habló de lo particular, de lo minúsculo. Tienen una gran ventana situada a solo un metro y medio de la cabecera de la cama por donde de noche se ven las estrellas y entra el aroma salado de las olas que se rompen ante el malecón. Sin embargo, no les llega la Wifi, y Yimit tiene que caminar unas tres cuadras buscándola en su lento iPhone 4.

Ilustración: Yimit Ramírez

Ilustración: Yimit Ramírez

“Fue por haber visto Tiburón de Spilberg, y yo soñaba con tiburón y cocodrilos, las dos cosas. Con los cocodrilos había dos sueños. En uno iba por el río San Antonio pasando así, normal, y el tipo estaba flotando en aguas intermedias, ni arriba ni abajo, flotando así como la maja desnuda, y cuando me veía se mandaba a correr para arriba de mí, y era una persecución de pinga. El otro era que yo estaba en un bosque súper lindo paseando, con una pila de troncos en el piso, y yo saltaba y saltaba, y cuando ya llevaba mucho rato en eso me daba cuenta que esos troncos eran cocodrilos gigantes. Y hace unos días soñé que por error en la recompensa de 10 poníamos la recompensa de mil. O sea que ya estaba así y no se podía cambiar. Y yo ¿¿¿¿QUEEEEE????”.

Mientras se redacta esta nota Yimit debió superar las 200 caricaturas, el fuerte inesperado de esta campaña. Con ellas, argumenta Marta María Ramírez –gestora de prensa, community manager de QHUP–, él ha demostrado que es un tipo multitask, que no es un improvisado y que mediante el trabajo ha llevado su labor y creatividad a la máxima tensión. El beneficio para el mecenas es inmediato aun cuando la campaña no logre triunfar. Yimit saca una foto de su computadora o móvil. La coloca en la pantalla. Agarra una delgada caja de cartón corrugado de una cocina de gas que encontró en la calle y la posa sobre sus piernas. Con un lápiz traza líneas, saca una forma, exagera un rasgo, otro más. Y en menos de 10 minutos está hecha en bruto.

Yimit tiene el escáner que se encontró en aquel barrio de Londres, pero entre tanto ajetreo ha olvidado traérselo de San Antonio de los Baños. Así que ha hecho casi toda su campaña usando el móvil y una app que permite un escanear. “Mira como es la bolá”: le saca una foto oblicua al dibujo en función de la mejor fuente de luz que tiene cerca, la app le permite llevarla a una posición horizontal, luego la transmite a la máquina vía USB, la pasa por Photoshop y la colorea. Media hora después está la caricatura.

Todos los días, entre conexión nauta o conexión gratis y otras gestiones de producción, hace 6 o 7. Pero el día que más hizo fue de 19. Algunas caricaturas parten de rasgos externos, otras son conceptuales y buscan un viaje al interior del alma de esas personas. Y son las que el Yimit prefiere y se agradece a sí mismo. Algunas, aunque pertenezcan a tipos que le caen mal, funcionan como figuraciones del ojo tras el ojo. Nunca ha sido un caricaturista profesional, pero desde las aulas del ISDI se entretenía haciéndole caricaturas a sus compañeros y profesores. A algunos les lee en los ojos de la fotografía que envían. Los mira y sabe si son susceptibles de molestarse si les saca todo lo que tienen dentro.

“Esto es como estar con ellos un rato, porque uno siente lo que son, o si es un gran amigo mío, como esta jeva que estoy dibujando ahora, es empingao, porque es como volver a estar ahí con ella, que hace rato no veo, porque vive en Madrid”. Termina la foto en que su amiga posa con un bebé, y comienza otra perteneciente a una periodista: “esta jevita, por ejemplo, uno sabe que está un poco para la bonitancia, mírale el pelo planchaito, ahora mismo puedo botarle los ojos para los lados o hacerle los dientes grandísimos, pero como no es amiga mía, y como siento que se puede molestar, y como hoy no estoy para joder, mejor me quedo en lo que veo en la superficie, y trato de que salga bonita; y es que esto siempre es un poco follow the flow”.

Yimit muestra otra caricatura terminada ya, se trata de un rostro que simula un lapicero: “este tipo es un lapicero, y al mismo tiempo es un pobre tipo”. En otra caricatura tiene a una chica con cara de tigre y rabo de tigre: “esta es una socita mía que es una tigresa”. “Trato de divertirme, de jugar. Dibujar me desestresa”. El Yimit enciende un viejo ventilador a sus espaldas. Entre la silla y la mesa hay justo el espacio para que entren sus rodillas. A la pregunta de si de vez en cuando no padece el mal de diseñador, responde que no conoce cuál es el mal del diseñador.

El mal del diseñador es ese por el cual a una persona que está demasiado tiempo sentada se le comienzan a crear unas lesiones en el ano. Naty, que diseña en el otro lado de la mesa comiendo peras en almíbar, dice que a ellos nunca se le han creado esas lesiones. Y que esas lesiones seguramente le surgen al periodista por algún tipo de hemorroides. Naty nació en Holguín y vivió allí el tiempo suficiente como para conservar su acento holguinero a velocidad crucero. Al graduarse quedó saltando por aquí y por allá y no le fue mal. En Holguín no hay campo para el diseño; en La Habana puede vivir de lo que estudió bajo estándares de calidad superiores a los que puede aspirar en el Oriente del país. Pertenece a una mini empresa de compañeros egresados que asumen encargos de diseño para otras empresas, tanto nacionales como extranjeras. Hay algo en Naty quieto y tremendo, su inocencia. Una inocencia blanca y chata como un papel. Aun cuando vea caer La Habana, aun cuando vea morir a toda la humanidad, seguiría inocente, con la mirada limpia y uniforme. Su madre padece desde hace un tiempo un linfoma de Hopkings y por las noches, cuando apagan las luces del salón del Hospital, no piensa en la campaña, ni en el futuro, sino en escribir.

A las 9 de la noche apagan las luces de la sala del hospital, no queda otra que pensar, su mamá cierra los ojos buscando el sueño. Por la ventana entran sonidos de la calle y contra las persianas se ven luces de autos que pasan por la calle. Naty abre el Word de su móvil y escribe y pule cada frase: “Me miras con las cejas arqueadas. Puedo ver la concentración en tu cara y se me olvida que yo también debería concentrarme. Cierro los ojos por un momento, buscando tranquilidad en la brillante oscuridad. Ahí estás, todavía mirando, rebuscando algún signo delator en mí. Me entrego otra vez con estos análisis, como me pasa cuando intento poner la mente en blanco. Me decido a mirarte a los ojos y a descubrir. Tengo que ganar esto. Me pregunto qué técnica estarás usando para adivinar mis pensamientos. Capto un indicio de sonrisa en tus ojos y me molesta que sea posible que tengas ya la ventaja. Cambio mi expresión para confundirte. Parece funcionar. Has vuelto a levantar las cejas”.

La periodista y experta en redes Marta María Ramírez tiene un corazón tatuado en el pecho, dos pescados en un brazo y otros motivitos en piernas, espalda y brazos. Nunca se pone ajustadores y cuando levanta un brazo es bastante fácil reconocer que se le ve un seno. Tiene la encía oscura y fuma H. Upmans todo el tiempo, todo el tiempo, y es precisamente ahí, cuando se lleva el cigarro a la boca, cuando le muestra su seno pequeño al universo. Hace promoción para La Marca, un taller de tatuajes de autor, pero también suele estar en diferentes proyectos. Marta María casi siempre tiene una pluma de pájaro colgándole en la oreja y, hace unos años, vio morir de cáncer a su novio, el trovador Jorge García. Decidió no repetir con más nadie los planes que diseñó con él, por ejemplo, el tener hijos, y entró en lo que parece ser su gran pasión, su espejo en abismo, el feminismo y activismo pro LGTB.

Marta María Ramírez, community manager de la campaña de crowdfunding del proyecto. Ilustración: Yimit Ramírez.

Marta María Ramírez, community manager de la campaña de crowdfunding del proyecto. Ilustración: Yimit Ramírez.

Quiso estar sola para siempre, pero muy pocas veces está sola, o quieta. Cuando miras hacia la derecha Marta María está en la izquierda, y cuando miras a la izquierda está en la derecha; si abres una puerta, cualquier puerta, es posible que allí dentro esté Marta María, con un cigarro en los dedos –entre hipster y friki–, ceniza sobre la ropa y cientos de volantes en las manos. Se juntó a Yimit porque la estaba “quemando”. “Yo me decía, ¿ay quién es este muchacho con mi mismo apellido que me está quemando? ¿Quién es?”.

La primera obra del Yimit que vio en la Muestra Joven ICAIC fue Jurasic Cube, luego La bella o la bestiaHombres verdes y Reflexiones. Yimit y Marta María se hablan como despegados del suelo. Marta dice: “Y tuve la sensación, en ese minuto, de que en él había alguien con una potencialidad absoluta”. Y Yimit exclama: “¡Qué fuerte, no sabía que era con Jurasic Cube!”. Luego de varios encuentros, y de compartir en cientos de sitios, Yimit la llamó a hacer las redes sociales de QHUP. Y con esto rompió lo que parecía una regla en los crowfundings del audiovisual cubano: que la campaña la hace solo el autista director de la película. El Yimit la llama “mamá”. Y Marta María no para de sonreír. Es alegre, muy alegre, y profundamente perdida en ese campo de alegrías y alegrías que la protege del desierto que está allá afuera desde que Jorge se fue.

Semanas extenuantes e interminables bajo chorros de agua y humo en el rodaje de Blade Runner, el clásico irrepetible de Ridley Scott. Molestos, incómodos, perversos, entre ataques de tos y asma, los técnicos idearon un complot en contra del director. Uno encontró una entrevista que concedió aquel a un diario inglés declarando que prefería trabajar con ingleses, y colocó cientos de fotocopias en el carro del té. Los eléctricos, escenógrafos, carpinteros, luminotécnicos, gente que trabaja muy duro, con los ojos aguados de tanto toser, comenzaron a señalarlo y llamarlo antiamericano, un término, sino igual de significativo, bastante parecido al de ahora. Imprimieron pulóveres con letreros que decían el equivalente cubano a “¡Jefe nuestro ni una pinga!”. Y ahí surgió lo que se conoce en Hollywood como la primera guerra (dato sin verificar) de t-shirt, pues para que no trascendiera, la producción ejecutiva –sin perder el sentido del humor– imprimió otra serie de pulóveres con la inscripción: “La xenofobia es una mierda”. (El director del documental que registra este suceso se cuidó de recrear el uso del pulóver a favor de Ridley en el pecho americano de una sexy rubia).

Treinta y cuatro años después, en Rápido y Furioso 8, Yimit participó en una guerra con ligeras similitudes, cuyo corolario terminó en una caricatura suya de Vin Diesel diciendo “Yo escucho Radio 10”, contra la prohibición en el rodaje de la emisora clandestina Radio 10 de la cual fue fundador junto a otros 5 compañeros (Se le llamó Radio 10 porque en el dial de los walkie-talkies el canal 10 había quedado vacío. Era un espacio que nunca era ocupado por ninguno de los departamentos. Mientras más se hacía popular la “emisora” menos se escuchaban las ordenes de cohesión).

Más de 100 asistentes de producción, la mayoría chicas cultas, profesionales y emprendedoras con hermosos y dorados pechos que llenaban de arrojo y dignidad la protesta, hicieron ponina para llevar al rodaje sus pulóveres pro libertad de expresión. Según Yimit lo genial de Radio 10 fue crear una emisora donde cualquiera podría ser locutor y hablar de lo que le viniera en ganas tanto para palear la monotonía, como protestar contra el absurdo almuerzo suministrado sin esta pizca de cariño por la empresa estatal Palco.

Detrás de la falta de guion hay un concepto que Yimit enuncia con frecuencia: “follow the flow”, que es algo así como “sigue tu [propio] flujo”. Yimit sigue su flujo cuando habla con palabras propias y sucias de problemas universales, cuando hace caricaturas, cuando ve el guion como una tiranía contra la que siente la necesidad de imponer su pasión por captar el azar, el devenir caótico, la fuga, lo único. “Ese tipo de película [sin guion] a mí me seducía mucho antes de que yo supiera que se hacían así, porque tienen más fuerza. Atrapan lo que es la espontaneidad, eso se nota, y está de pinga. No somos tan perfectos como para planificar una experiencia completa”.

Los referentes más potentes de ese método de trabajo con que cuenta Yimit son indiscutibles: el animador japonés Hayao Miyasaki y el austriaco Ulrich Seidl, ambos exponentes exitosos de que de un rodaje caótico y abierto a lo imponderable se pueden sacar peripecias realmente inesperadas sin que por eso el espectador deje de reconocerse, emocionarse e incluso sufrir. A la pregunta de si no tiene miedo de entregar al final un bodrio caótico, Yimit podría responder lo mismo que Ridley Scott cuando llegaba al set y mandaba a rehacerlo todo por una corazonada: “Mi trabajo es lograr lo que prometí”.

La fórmula Yimit combina contingentemente las dos variantes que enumera Jorge Molina. No es ni A ni B, sino una rueda que baja por la colina. Tener una campaña ingeniosa por un lado y ser, por el otro, un tipo multitareas, conocido en diferentes campos como el diseño, las artes plásticas, el cine, le ha servido para correr su campo de batalla hacia la zona comunicacional pura. Cada mecenas atraído por el truco de las caricaturas, contagia a otro mecenas sin que este conozca necesariamente al Yimit. La innovación en abstracto acaso ha sido la huella cool que queda en la imagen de presentación de cada mecenas en Facebook (como red social tipo) capaz de atraer a otro y sumarlo. Pero está lo imponderable, lo intransferible, que hace a una campaña diferente a otra.

Lo intransferible acaso es el flow que Yimit mostró no solo al hacer las caricaturas, sino al reconocerlas como elemento proa, aun sin estar concebido en el proyecto original de la plataforma Verkami. Esto es, en general, la metáfora general de toda la campaña ¿De qué color, cuál es el calibre, cuánto mide, el flow de Yimit? Jorge Molina tiene una frase que gusta blandir al respecto: “yo hago públicas mis ideas porque nadie las va a filmar como yo”.

Según Marta María y Yimit, la mayor cantidad de aportaciones provienen de amigos, y de cubanos de la diáspora. Entre los mecenas hay que incluir también a los 15 diseñadores de carteles que –siguiendo pautas de distribución en mercados potenciales identificados por la productora Camelia Farfán, como Francia, Alemania, Latinoamérica y Estados Unidos– donarán sus piezas como recompensas (nombres del top ten del diseño cubano como Raupa, y Nelson Ponce), y a otros que se han sumado sin ser convocados. Por otra parte, el Yimit tiene un universo bastante abierto, que le ha ayudado no sólo a acceder a la micro ayuda, sino a ampliar su horizonte de posibilidades, e internacionalizar su espíritu. “Viví con Claudia, mi ex novia, todo un año en Madrid y allí pude conocer a mucha gente. Pero en un año uno no puede hacer la cantidad de amigos que tengo yo, si no fuera porque Claudia es una muchacha genial que me permitió heredar sus amistades de toda la vida”.

Mónica Pita fuma Hollywoods verdes mentolados. Tiene un pelo rizo y alegre, que contrasta con un semblante severo, desmitificador, masculino, que no le atrae muchos conversadores y la mantiene aislada. Tiene la caja de cigarros sobre la mesa y a cada rato pasa alguien y le pide uno. No usa bolso, sino una mochila genérica para laptop y espacio para muchas cosas más. Está sentada en la mesa de QHUP, en la Feria Castillos en el Aire, organizada a propósito de la semana Ibsen de la embajada del reino de Noruega en Cuba. Con una tijera recorta las tarjetas de presentación que Yimit, Naty y Marta María acomodan sobre una plataforma de madera echada en el piso. Mientras recorta explica que su entrada en QHUP no se produce por generación espontánea. Viene luego de conocer a gente como Yimit, Tony, Neisy, y Camelia de ejercicios en la EICTV y otras producciones en las que ha participado. Conocerlos como los conoce y verlos ahora trabajar juntos le resultó “impresionante”, y no quiso quedarse fuera.

Mónica Pita, primera productora asociada. Ilustración: Yimit Ramírez.

Mónica Pita, primera productora asociada. Ilustración: Yimit Ramírez.crew

Mónica, no cumple con los requisitos del mecenas medio, ni con los del mecenas extraordinario, ni con los del supermecenas. Es cubana, anda en guaguas y almendrones y no pertenece a la diáspora, pero aun así fue la primera en pagar los 1000 euros para convertirse en productora asociada y tener una participación activa en el proyecto. Así describe su atracción por la historia más allá del equipo que la compone: “El cubano tiene miles de problemas que no tienen que ver con una cuestión política, y esta película es de amor, de amar libremente, y dejar que los sentimientos lleguen”.

El dinero de Mónica ya está puesto, pero fue “un problema porque no tenemos cuentas bancarias en el extranjero. Y gran parte de las personas interesadas y que quieren apoyar viven en Cuba, son amigos e incluso artistas y cineastas que no tienen un fondo en el extranjero para aportar. Entonces, yo tengo 20 pesos en mis bolsillos, pero ¿de qué manera los hago llegar?”.

Si Mónica está en lo cierto, usar la plataforma española Verkami, y no otra, con sus limitaciones (fecha límite contra una cantidad fijada, y devolución a los mecenas si no se consigue), no sólo está vinculado con la imposibilidad de hacer transferencias financieras hacia Cuba a través de bancos internacionales bloqueados por el embargo americano contra la Isla. También se vincula a la imposibilidad de desarrollar una actividad así en Cuba ya sea por razones técnicas, o de “seguridad nacional”. Generar una colecta pública dentro del país para un asunto privado como una película que sigue su propio flow, escaparía del control Estatal.

“Yo hablé con un amigo, y le dije que el dinero estaba en Cuba, que lo ingresara a Verkami y que yo se lo iba a devolver. Apareció una amistad que salía en esta fecha, y le envié el dinero. Pero esta fue una gran suerte que no sucede siempre. Posiblemente con la gente [en Cuba] interesada en aportar ya hubiésemos acabado con esta odisea”. Cuando Yimit entró a la Feria Castillos en el Aire, instalada en un gimnasio de Centro Habana, Mónica le habló de otras personas interesadas en participar, y que algunas eran puro globo, pero otras no. La Mónica del pelo alegre no es la Mónica del semblante duro. Al parecer son dos Mónicas en una. Su semblante seco y desmitificador que la mantiene aislada da la impresión de que Mónica, lo que menos quiere en este mundo, es estar aislada y necesita un flujo al cual unirse. Alguien pasa, le pide el último cigarro y aplasta la caja. Y está sola allí un rato con la caja aplastada, hasta que Yimit le termina una caricatura grande en papel cartucho, sonríe y se vuelve a quedar sola. Luego se pone de pie, agarra su mochila y se va. Sobre QHUP y la posibilidad de perder ese dinero dijo “lo que me quita el sueño se queda fuera de mi cuarto, sobre esto tengo como una sensación y estoy siguiendo esa sensación”. “Soy Mónica Alejandra Pita Santos, amiga de todos. Tengo 47 años”.

Quiero Hacer Una Película se comenzó a hacer cuando Yimit se tomaba un año sabático fuera de la EICTV. Antes del rodaje de Rápido y Furioso 8, donde repartía meriendas y liquido hidratante, llamó a la actriz Neysi Alpizar y Toni Alonso e ideó el siguiente detonante: Tony, un mirón con vocación y genes de espía, filma a Neisy desde debajo de su propia cama. Ella acepta jugar y se implica. Y nace una historia de amor. Para comenzar el rodaje Yimit fue a Central Producciones y les pidió prestados una cámara y un dispositivo de sonido. Los camarógrafos son los mismos actores que improvisan y hasta se dirigen según la pauta y energía de la escena. “No hay ninguna cámara extradiegética en la película. No hay nada sobre trípode, siempre la tiene algún personaje”. “Y así empezó, y una vez que empezó ya no hay forma de pararlo. Porque es una película que es de proceso de experiencia, de la realidad de la vida de nosotros, y si tú lo paras y vamos a buscar presupuesto en los mercados de no sé qué y no sé cuánto, y espera a que llegue diciembre que es que sale la convocatoria de los noruegos, entonces no haces nada”.

En la misma película Neysi y Tony se presentan con sus propios nombres, e inician un crowdfunding de ocho mil euros para hacer una película con el material filmado. En la película, dice Yimit, aparecerán los quince carteles, los mecenas, los mirones, los periodistas, las entrevistas del crowdfunding real. La vida tal y como la vivimos, sin guion.

“Tengo películas pensadas que no valen tanto dinero. Y voy haciendo. Porque no puedo parar. Esto suena romántico, cada vez que se lo digo a alguien me parece un mojón. Pero yo lo siento un poco ahí, cuando no me voy a jugar fútbol, o me tiro a una piscina, pero tengo que estar, como digo yo, ejecutando. Estar vivo, ¿entiendes?”.

*Este texto fue anteriormente publicado en la revista Cachivache Media