Chocolate MC

Chocolate MC

Yosvany Arismin Sierra Hernández, o Chocolate, no proviene de una familia obrera, criada en un bloque del este habanero sostenido por una ideología de hormigón. Creció en el polvoriento barrio de Los Sitios. Rodeado por un ambiente musical, lejos de consigas y fanfarrias, su tío abuelo es Richard Egües, flautista y arreglista de la orquesta Aragón. Iba en camino de ser un muchacho obediente, hasta que pronto se cansaría de los estudios secundarios por culpa de la música.

La familia de Chocolate vivía en Reunión 10, entre Antón Recio y San Nicolás. Atrás del edificio está la iglesia de San Judas Tadeo. Dicen que es un santo milagroso. Era un niño normal. No era conflictivo. Su familia es muy decente. Desde chiquito se había hecho santo igual que su hermana. Andaban junticos vestidos de blanco –dice Lázara Paumier, enfermera y vecina de la calle San Nicolás.

Chocolate se fugaba de la escuela a cambio de pescozones maternos y en la discoteca Rumba de Mantilla, en las afueras de La Habana, escuchó por primera vez los temas de Elvis Manuel, quien se convirtió en su guía de por vida a pesar de una muerte prematura.

Entre 2007 y 2008, las rimas agresivas y contaminantes del fenómeno Elvis Manuel ensordecían las calles o festejos, sin que el joven recibiera promoción. La Tuba o El ditú ambientaban solares y balcones con la fuerza de una sonoridad salvaje e incomparable. Elvis logró transformarse en una leyenda precoz tras un año de producción alternativa.

El clímax previo de una publicidad clandestina había sucedido en 1994. Aquel verano de agosto, el trovador Carlos Varela presentó su disco Como los peces en el teatro Karl Marx. Sin tener constancia en la radio o una presencia televisiva, el cantautor y su grupo Señal en el asfalto repletaron el “teatro de los grandes acontecimientos”. Miles de jóvenes de diversos estratos sociales corearon letras de acento épico-sentimental como Foto de familia, El leñador sin bosque, La política no cabe en la azucarera.

La consagración de Carlos Varela se produjo en contra o a pesar de los medios de difusión masiva. Ya él lo silbaba en Memorias (1988): “A veces me pasan en la radio/ a veces nada más…”. Llorón para unos, calculador para otros y rebelde para la mayoría, luego de los conciertos se produjo “El Maleconazo”, seguido por la “Crisis de los balseros”. El disco de Carlos Varela anunció la catarsis postergada.

Sin manejar la posibilidad de una cobertura favorable, Elvis Manuel perdió la paciencia y se lanzó a cruzar el mar en busca del sueño americano, a cuenta y riesgo de su juventud. Tras la desaparición física de su inspirador, Chocolate decidió continuar el legado del Rey de los callejones, evocando las veces que se subían juntos al palomar de la casa de Elvis en Los Pinos (Alta Habana) y se embriagaban para fantasear con las alturas.

Baby Lores se tatuó el rostro de Fidel en un hombro. Chocolate inscribió en su pecho el nombre de Elvis Manuel Martínez Nodarse (La Habana, 1990-Estrecho de la Florida, 2008). Nada más anti-estratégico para un camaleón delicado que fijar en su piel una imagen de culto a la personalidad, a  la “razón de estado”. Nada más estimulante que llevar en carne propia un nombre-símbolo de la intuición del espíritu underground como Elvis Manuel.

Primero muerto que sencillo

Chocolate MC insiste en colocar la soberbia del ritmo por encima de la frescura de sus letras, donde la agresividad oral fluye sin justificaciones ni arrepentimientos de su extracción marginal o condición racial. De ahí el éxito popular de temas como Guachineo (2015), Mi palón divino (2017) o Bajanda (2018). Estos desahogos mentales o físicos involucran al oyente o al bailador en una atmósfera trepidante.

Soy feo, soy negro, pero soy tu asesino”, le riposta a una maldita que lo desafía en maniobras eróticas. Chocolate reconoce sin tapujos los (sus) pecados como virtudes capitales de esos mortales que sobreviven lejos de la simulación cotidiana, dispuestos a ser rechazados en los predios de lo formalmente correcto.

También prioriza la construcción del mito, en detrimento de convertirse en otro cliché que intenta ser lo que nunca podría llegar a ser en el terreno de batalla sonora. “El perreo” no se reduce a la propuesta musical, sino al performance mediático donde el personaje cobra relevancia debido a una polémica en serie.

El cambio de look es uno de sus ardides para evitar el bostezo de los fans. Por eso le dio un nuevo aire a su imagen y exhibió su “Pelón Divino”: el nombre del pelado como parodia a uno de sus hits. “Quién no se cansa de ser un prieto con el techo endemoniao”, le acotaría el propio Choco al barbero que alisó su cabello rígido.

Por ello se hizo la Keratina sin complejos machistas. Por ello se dio el gustazo de protagonizar un derroche de frivolidad kitsch al promover en las redes sociales un mensaje de amor a su novia cubana Daine: “Mi nene, mi niña, mi bebé. Gracias por estar en mi vida. Pa qué decir que te quiero, si la verdad es que te amo”.

La vida es una banalidad. Esta certeza la niegan en vano muchos intelectuales de gabinete, quizás más frívolos que Chocolate. “Yo soy de dónde crece la yerba”, reconoció el músico al contemplar una fotografía de Bob Marley con sus dreadlocks. Fumando marihuana ante una cámara, Choco deja constancia de que lo censuraron en Cuba. Nunca le permitieron dar un concierto ni tampoco perteneció a ninguna empresa artística afiliada al Ministerio de Cultura.

La persecución al reguetón no es más que hipocresía colectiva. Ya sabemos de los vínculos gubernamentales entre tolerancia y corrupción, anonimato y fortuna, glamour y control. No es noticia que el turismo sexual garantiza los ingresos oficiales a costa de un género fogoso o vulgar como el reguetón. Y nos preguntamos: ¿qué diferencia hay entre una sociedad podrida y Chocolate MC, quien se considera “drogadicto, bandolero y enfermo” en un gesto antropofágico?

Tal auge y permanencia del reguetón como la música de un pueblo sin edad, reafirma la preeminencia de una Cuba marginal, inmune a esos afanosos proyectos escolares como “Universidad para todos” o la cacareada e inútil “Batalla de ideas”.

El desacato apolítico se instaló en la Nueva Cuba para quedarse y predominar. ¿Será el reguetón más indecente o tramposo que la política? Algo con lo que flirteamos inescrupulosamente, más allá de la eticidad o los buenos modales.

En el reparto la parto

Hereje fashion o paparazzi heavy, este francotirador de La Zona Wifi Cubana abre fuego contra los escaladores que embrujan a los homosexuales ricos para satisfacer sus caprichos eróticos o ansias de conducir flamantes autos. Al detonar el rumor solapado de los secretos a voces, Chocolate MC revierte la homofobia en una alegoría de esa prostitución masculina que prende en el país.

Mentiras que son verdades o verdades que son mentiras, el tono jocoso-diabólico de estas directas retratan la urgencia de fulminar el silencio como el derecho al pataleo que tienen los ahorcados. Así, mientras ciertos jerarcas cuidan su perfil de figuras públicas, en el mundo bajo los bisexuales o bugarrones de cloaca se limpian con lo que digan quienes los pillan en su lujurioso quehacer.

Basta pasar una noche en el cabaret Las Vegas, ubicado en la frontera entre el Vedado y Centro Habana. Allí las mujeres bellas y travestis son fantasmas en la noche de trasluz sin el piano acompañante de Bola de Nieve. Allí, los presidiarios baratos se disputan a extranjeros con pinta de locas sueltas, similar a las chicas que brindan servicios en centros nocturnos como Macumba Habana o La Cecilia.

La Casa de la Música de Galiano, cabaret del Hotel Capri, Café Cantante: distracciones a precios absurdos para los cubanos de a pie. Zonas de tolerancia; lícitos excesos. Antros provisionales del vicio, traducidos a la jerga oficial como pilares que sustentan la etiqueta legal de “industria del ocio”.

En su tiradera online, Chocolate MC declara que no es un esclavo de nadie. He ahí su delito como artista que procura un margen de libertad en cualquier sitio donde resida o trabaje con su arma disponible: la música de los perdedores sociales. Esos que lo valoran como alguien dotado para brincar por encima de los obstáculos que se interponen en el trayecto y lograr cuanto les fue negado a otros.

Poco importa si sus directas en tiempo real resultan meras ficciones publicitarias o ajustes de cuentas reales. Lo que urge atesorar es el saldo verdaderamente simbólico de sus disparos a quemarropa, dorados por la píldora chismográfica de un lenguaje obsceno plagado de dichos.

Destapar ollas fermentadas genera un morbo compartido en ámbitos pudorosos; una costumbre en no-lugares donde las no-personas hablan en neo-lengua, sin aspirar a entenderse y tocar fondo en aras de distinguir una luz al final del túnel.

Nada cómico ni complaciente late en la esencia del falso careo, aunque parezcan morcillas risibles en boca de un humorista de bajo calibre. No todo es reír y cantar en el trasiego de sus directas. La noche del 21 de noviembre, David Calzado agredió a “Chocolate” en el Cubatonazo 2018.

El origen de la trifulca remite a los insultos propinados al director de la Charanga Habanera, a quien juzgó de sodomita. Otras fuentes reportaron que fueron uno o varios integrantes de la orquesta quienes atacaron a Chocolate. ¿Fin de la historia?

La crítica personalizada resulta peligrosa; más si lacera el orgullo profesional o moral del sujeto aludido. Chocolate actúa como un suicida que ignora los límites. Chocolate horroriza a personas refinadas y cautiva a la gente paralizada de miedo. ¿Quién no respeta o teme algo pasado o futuro? “Soy penco, pero con talento”, admite, cuando los rivales alardean de sus puños dorados. Chocolate MC sería el más desestabilizador de los cobardes que sofocan al terror.

Los golpes no enseñan, excitan”, objetaría el reguetonero con alma de rapero, cercano a “La partidera” del Hip-Hop cubano de la “nueva escuela”. Ello lo sitúa en una zona de nadie, difusa para musicólogos especializados en reseñar cancioneros de somníferos prefabricados en lo sonoramente consentido.

Entre las culturas alternativas y el discurso hegemónico, surge un abismo productor de himnos urbanos: El rap es guerra (Los Aldeanos), ¿Quién tiró la tiza? (“El Mola”) o el tumbao de Esto no es un campismo (Chocolate MC). El poder soslaya que la exclusión es otro poder que neutraliza a la inclusión forzada.

Quién dudaría del vampirismo musical, ni de la existencia de artistas, productores o managers que chupan sangre ajena. Chocolate MC fustiga a portadores de sortijas y gangarrias, quienes añoran lucir macizas cadenas de oro en el cuello para fingir ser los perros de un amo poderoso. Como si el mejor amigo de un reguetonero debiera ser un joyero.

Durante una velada que protagonizó “El Chacal” en el bar-restaurante Don Cangrejo, cierta belleza con labios púrpura comentó que los joyeros eran los socios fuertes de Alexander Delgado, jefe y líder de la banda Gente de Zona. La belleza movía la cadera con suavidad, trago en mano, por gajes del oficio. Al vaciar la copa de sangría, la belleza huyó de los curiosos impedidos de acordar precios con ella.

La belleza de la langosta roja solo aparece cuando se la echa en agua hirviendo…y la naturaleza cambia las cosas y el carbón se transmuta en diamantes y la basura es oro…y llevar un anillo en la nariz es fantástico”, dice Andy Warhol en Mi filosofía de A a B y de B a A.

El autoproclamado “Rey de los Reparteros” ha pernoctado en prisiones cubanas o centros de retención norteamericanos; se hospeda en suites de hoteles de Roma, Moscú, Nueva York. Conoce demasiado el ascenso y las recaídas para ensimismarse con la nación portátil en la que ancló y exhala su furia.

Chocolate no flaquea en advertirles a los cubanos de Miami que, procurando respirar en tierra ajena, terminan envidiándose y pisoteándose unos a otros. Ni vacila en confesar: “A mí no se me ha olvidado nada. Tengo las imágenes plasmadas. Quizás hoy tengo más que ayer, aunque en realidad yo nunca he tenido nada”. Si algo entorpece o imposibilita el sosiego de memoriosos incómodos, dados a trabajar bajo presión, es no poder olvidar y exorcizar los demonios.

Con frecuencia, Chocolate MC sueña que está rendido sobre una alfombra que se hunde en el océano y, de inmediato, comienza a buscar los diamantes perdidos. Una vez tuvo el espejismo de hallar una roca que reflejaba la imagen de Elvis Manuel. Intentó sacarla de su hábitat y llevársela a casa, pero la roca pesaba tanto que solo ofrecía la opción de incrustarse a ella como un erizo si deseaban atraparla.