Foto: Internet

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A inicios de la Revolución Cubana se crearon campos de trabajo para homosexuales, religiosos, desafectos al régimen, llamados UMAP. En el cincuentenario del cierre de esos establecimientos, un ex confinado revela su historia.

***

El chofer apagó el autobús y el metal se sacudió como un perro mojado.

Valentín Amador1 abrió los ojos y tardó unos segundos en entender los gritos de los guardias:

¡Bajando, bajando!

Un manotazo en el hombro lo regresó de la modorra. Al incorporarse sintió jaloncitos en los pelos del cogote, pegados a la cabecera del asiento por la mugre y el sudor luego de horas de viaje.

Desde los años 50 todas sus hermanas habían dejado el país. Sus padres lo iban a llevar con ellas a Estados Unidos en 1962.

Pero en octubre de ese año tiran la «Cortina de Hierro»: suspenden los vuelos directos —cuenta Valentín.

Por aquellos años, el gobierno cubano retendría a los varones entre 15 y 26 años para cumplir el Servicio Militar Obligatorio (SMO), previniendo de este modo que al emigrar a Estados Unidos fueran reclutados para la intervención en Vietnam.

Valentín tenía 16 años cuando recibió una citación del Comité Militar 705, en el verano del 66. El sitio de concentración, indicaba el papel, sería el estadio de fútbol «Pedro Marrero».

A las cinco de la madrugada familiares y acompañantes llenaban las gradas; en el campo deportivo, militares y reclutas. Estaba a punto de empezar, en junio de 1966, el segundo tiempo, el segundo llamado de ese partido macabro: las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP)2.

Un joven, en las filas, preguntó a dónde los llevaban. La respuesta fue el silencio. También para las familias la ubicación de las UMAP se trataría como secreto militar. A Valentín le ordenaron entrar en una Leiland. Contó entre 20 y 40 de esos buses esperando por ellos, todos nuevecitos. Lleno uno, se marchaba; luego venía otro a tragar más reclutas.

La Leiland arrancó y dentro nadie hablaba.

El grupo era vigilado por dos militares delante, y otro al fondo. A través de las ventanas enrejadas Valentín se percató de que la caravana avanzaba bajo custodia de la policía motorizada.

Alguien pidió bajar. Los oficiales respondieron que debía orinar o cagar en los escalones de la puerta trasera, que estaba clausurada, que no paraban por nadie. «Pobres Leiland, nuevecitas», piensa Valentín.

En algún punto del viaje dejó que el sueño le acomodara las nalgas y la espalda como L mal pronunciada. Los autos en la Carretera Central remedaban de vez en cuando el sonido de un moscardón apurado. Horas y más horas.

¡Bajando, bajando! —oyó a lo lejos.

Valentín, ya abajo, sintió que alguien lo miraba, como él a los otros cuando estaba aún sentado. Sintió que era personaje de una película extraña en que los planos y las acciones se repetían hasta el infinito.

Junto a una caseta de adobe y guano reseco leyó «Mamanantuabo», en un cartel de madera.

Los dejaron hacinados en un cuartucho con una única puerta; lleno de barrotes.

De ahí los repartirían en camiones, como vegetales, a las unidades de La Señorita y Mertrec…

¡Noc, noc!

Valentín, encorvado sobre la mesa de la cocina, detiene ahora la historia. Alguien toca a la puerta. La abre lentamente, como con un temor añejo, de más de 50 años.

Papá, ¡contra! —bufa un hombre del otro lado—. ¡Acaba de abrirme!

***

La música empieza a sonar cerca de Laguna Grande. Los vecinos salen con el olor a carne asada, aunque seguramente rehúyen del fotógrafo que anda clic-clic por dondequiera. Este se abstiene quizá de fotografiar a los reclutas UMAP hablando con los lugareños, o la llegada de los jeeps del jefe de Estado Mayor.

Un rato después, el fotorreportero de la revista Verde Olivo, tal vez con algo de grasa en los dedos, se pone a obturar de nuevo. Primero: tres bloques compactos de reclutas frente a una tribuna. Luego: el paso al frente de cuatro macheteros UMAP destacados en la «VI Zafra del Pueblo». Sus fuertes brazos serán premiados con motos, relojes y radios. Hay discursos sucesivos, hasta llegar al del jefe de Estado Mayor, primer capitán José Q. Sandino:

Esto es un reflejo de lo que son las UMAP, y desbarata la sarta de mentiras echadas a rodar por los enemigos de la Revolución, que tratan de presentarla como una institución de sometimiento. Para nosotros, gozan de igual consideración los combatientes de la Sierra, como los compañeros que recién se incorporan a nuestras filas. Lo que nos interesa es su disposición para contribuir en la construcción de la sociedad socialista.

Ilustrador: Frank Isaac García

Ilustrador: Frank Isaac García

El fotorreportaje aparecido en las páginas de Verde Olivo muestra en segundos planos a niños y mujeres, sentados, atentos. Atrezzo. El periodista repite que en el acto hubo alegría. En las fotos la gente se ve seria.

Observen a los cuadros de mando —continúa el hombre en el estrado—. Ellos viven como ustedes, como hermanos de ustedes, y el mayor interés es ayudarlos. Ellos tienen la obligación de tratarlos con el mayor respeto, guiarlos por el buen camino y luchar junto a ustedes. Esperamos vernos en la guerra de los cañaverales para ganarle la batalla al imperialismo cumpliendo con el deber, para llevar la Revolución hacia adelante, ¡y decirle al Comandante en Jefe que cumpliremos todas las tareas que se nos asignen!

En abril de 1967, meses después de que el fotógrafo retratara al jefe de Estado Mayor en Laguna Grande, la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA)3 revelaría este informe:

Del examen de dichas denuncias, la Comisión ha venido al conocimiento de los siguientes hechos:

h) Que existen en Cuba campos de concentración donde son recluidos numerosos presos políticos, para que realicen trabajos forzados y reciban adoctrinación política obligatoria;

(…)  el Gobierno de Cuba creó un nuevo sistema penitenciario que en la práctica constituye un sistema de explotación igual a la esclavitud. Bajo el nombre de «Unidades Militares de Ayuda a la Producción» más conocido por UMAP, se recluta en forma masiva a los jóvenes que no se integran en las organizaciones del sistema para trasladarlos a las granjas estatales, que son verdaderos campos de concentración, con el fin de obligarlos a trabajar gratuitamente para el Estado.

Los dirigentes del régimen han mostrado mucho interés en probar que estas Unidades no (…) constituyen un nuevo sistema penitenciario. El jefe de las UMAP en discurso que pronunció en marzo de 1966, aseguró que los integrantes de estas unidades «son militares y no presos políticos como se ha querido pretender». (…).

Los jóvenes son reclutados a la fuerza por simple disposición de la Policía, sin que se les celebre ningún juicio, ni se les permita defenderse. Tan pronto son detenidos los trasladan a alguna granja estatal para incorporarlos a la correspondiente Unidad Militar de Ayuda a la Producción. En muchas ocasiones los familiares son notificados semanas o meses después de haberse realizado la detención. Los jóvenes reclutados están obligados a trabajar gratuitamente en la granja estatal por más de ocho horas diarias y reciben un tratamiento igual al que se da en Cuba a los presos políticos.

(…) se calcula que más de 30 000 jóvenes están incorporados a tales unidades. Este sistema cumple dos objetivos:    

a) facilitar mano de obra gratuita al Estado y

b) castigar a los jóvenes que se niegan a incorporarse a las organizaciones comunistas.

El documento de la OEA (con todo y errores de fecha, imprecisiones) revela la preocupación por parte de la comunidad internacional respecto a las UMAP.

Fidel Castro, en un discurso pronunciado el 13 de marzo de 1966 en la escalinata de la Universidad de La Habana, mencionó públicamente el acrónimo. Un mes después, los diarios El Mundo y Granma publicaron4, a página completa, dos reportajes laudatorios sobre los campamentos.

Las UMAP eran tema recurrente en las casonas que ocupaba la comunidad de diplomáticos en Miramar, El Vedado y Siboney. El escritor británico Graham Greene, de visita en La Habana, fue testigo de ello.

En noviembre de 1966, a casi un año del primer llamado, la agencia United Press International (UPI) publicaba una nota y fotografías firmadas por Paul Kidd. El reportero canadiense, que había entrado al país con una credencial de Southam News, se infiltró en un campamento cercano al batey El Dos, del municipio Céspedes, Camagüey. Fue expulsado de Cuba, pero conservó sus notas y los negativos. Ese año ganó el Premio María Moors Cabot, de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

¿Es posible que ese ciclón mediático-diplomático generara altas presiones en el Palacio de la Revolución?

En una foto de las que tomó Jesús González, aquel octubre de 1966 cerca de Laguna Grande, hay un joven UMAP y un oficial estrechando sus manos. Al fondo, muy cerca del rostro engafado del militar, asoma un retrato de Stalin.

***

A las cinco de la madrugada Valentín se lanzó de la hamaca. Se puso el pantalón y la camisa, encartonada por el sudor viejo, con el monograma UMAP a relieve. Llevaba casi un mes aquí y aún no recibía visitas. Se sentó un momento en la cama y paseó los ojos adormilados por la barraca. Dijo para sus adentros: «Esto está lleno de delincuentes y maricones… con sus maridos». Cerca de él, tres ex-oficiales del Ejército Rebelde en condición de reclutas que se alistaban con prontitud. «Y estos están aquí castigados».

El escritor y ex-UMAP Félix Luis Viera ha insistido luego en que el Estado violó por entonces su propia Ley de SMO al enviar a aquellos campamentos hombres mayores de 27 años, incluidos militares y funcionarios públicos acusados de vivir «la dolce vita». Entonces, ¿eran las UMAP una simple variante al SMO, una entidad reeducadora, un purgatorio ideológico de la Revolución, o un lugar de castigo? Según el ensayista Rafael Hernández, la idea original era que, en un futuro, también pasaran por allí «estudiantes que no se portaban bien en sus escuelas».

El teniente Benito se asomó a la barraca y aguijoneó con gritos a los rezagados. A Valentín no le gustaba la gente que no mira a la cara. «Era malo». Sacó esta conclusión tras la primera quincena en la UMAP, que pasó aprendiendo a marchar y a saludar marcialmente, y quizá la confirmó en los meses posteriores, cuando los armaron con limas, guatacas, machetes, y los pusieron a limpiar caña.

Cuando Valentín dejó la barraca, ya no le impresionaban las cercas de más de dos metros, de púa contra púa, en forma de Y. Ni las postas elevadas, con soldados de armas largas, «que no quitarían hasta una visita del comandante Juan Almeida bosque», rememora.

Se había habituado a ese paisaje. Ni siquiera ya le daba escalofríos la certeza de que el pelo de alambre naciera a medio metro bajo tierra5.

Camino al cañaveral, por un terraplén, sentía menos ardientes los tajos en las piernas de los primeros días. «Se me iba el machete y me cortaba. No sabía, y el trabajo era agotador». Tome un adolescente citadino, ponga una guámpara en sus manos, botas en sus pies, hágalo trabajar bajo el sol cubano por más de ocho horas, en medio de un laberinto de filos cortantes. ¿Qué puede ocurrir? La Revolución tendría un «Héroe del Trabajo» o un renegado en ciernes.

Una tarde, en el campo, un grito detuvo la orquesta de machetazos. Valentín corrió, como todos: alguien de su barraca se había cortado un dedo.

El show no duró mucho, unos militares corrieron con el accidentado. Los Cabos UMAP (reclutas del primer llamado que monitoreaban a los nuevos) la emprendieron a empujones con el público hasta que volvieron todos al corte. Valentín no se explicaba cómo esos con quienes compartía la misma barraca eran tan… «Pero con el tiempo, cuando nos conocieron, cambiaron», dice ahora, refrenándose.

Después que llegó la carreta del almuerzo se internó un poco más en el cañaveral. Un cuerpo gigante se notaba entre las hojas. «Un haitiano se aparecía a vendernos queques durísimos», cuenta.

Compró dos. Comió uno.

De vuelta al campamento, buscó al joven sin dedo. Estaba en su hamaca, feliz, le dijo que ahora sí que no iba al campo, que le dolió mucho cuando le cortaron el tendón.

Valentín sacó el queque de un bolsillo, lo partió y se fue.

A las 10 de la noche ordenaron silencio, se tiró en la hamaca y quizás lloró.

Erlyn, el hijo de Valentín, se queda un rato escuchando una vez más las historias de su padre.

Yo entiendo el porqué de sus miedos ante mis comentarios políticos y sobre el gobierno —dice mientras manipula el celular—. Su historia influyó en mi vida, en la forma en que miro el Sistema, cómo respondo y cómo me desarrollo dentro de él.

Para Erlyn, el «gobierno» es, simplemente, la «dictadura». Y su padre no es sino un ex-preso UMAP.

Desde que naces te están diciendo que el Sistema es único, es verdadero, pero luego de conocer lo de mi papá y otros tantos me doy cuenta que esta historia está mal contada. La historia la cuentan los vencedores.

Pasaron muchos años hasta que un día Erlyn creyó escuchar que el haber pasado por las UMAP se consideraba una razón suficiente para recibir refugio político en Estados Unidos. Convenció a su padre de escribir sus vivencias y enviarlas a la Sección de Intereses de Washington en La Habana.

Vimos por ahí una vía de escape.

***

En mi barraca decidimos sacar a los delincuentes y a los homosexuales de allí. Nos robaban cosas y entre los bandoleros de las diferentes barracas se tiraban orine y mierda —relata Valentín.

Hubo diálogos con los jefes, y al final se quedaron solo los muchachos de Playas de Marianao, La Habana, entre ellos Tony González, que años después haría la voz de Elpidio Valdés, el más popular héroe de dibujos animados en Cuba.

Hubo fugados, «que cogían enseguida». Acababan en una Unidad de Reeducación, la misma que usaban para reclutas del Servicio Militar regular. Era en el municipio camagüeyano Morón: un lugar nombrado, extrañamente, Edén.

Ni el cansancio ni la indisciplina desgastaron a Valentín. De hecho, en el segundo semestre de 1968 lo sumaron a un grupo que fue movido hacia la capital. «Por el buen trabajo que han hecho se ganaron ir a La Habana», les dijeron.

Lo primero que hizo en la capital fue dar pico hasta sacar tepe, un plastón de tierra que luego montarían en uno, dos, tres camiones soviéticos, de diez ruedas. Todo eso lo descargarían en sitios que aún hoy Valentín teme revelar. El objetivo era esconder de aviones enemigos que nunca llegaron las decenas de refugios que hicieron de La Habana un queso suizo.

Aquel plan gubernamental de fortificaciones explotó la mano de obra de los reclutas UMAP para abaratar los costos de tan ambicioso proyecto defensivo. Así, los brazos flacuchos de Valentín se estremecieron lo mismo con un chipijama de 20 libras rompiendo rocas bajo tierra que armando explosivos.

Rocamonita con cápsulas detonantes y mecha lenta —precisa—. Un paquete con un fulminante.

Aunque a veces lograba escaparse unas horas de la unidad, cierto día, definitorio, no pudo hacerlo, y eso hoy aún le duele.

Mi viejo se muere en el 69 y nadie pudo localizarme por lo secreto que era el trabajo que hacíamos. Yo estaba metido en casa de la puñeta.

Hubiera cambiado todos los días de fuga por ayudar a su madre, por tomarle la mano al viejo. Por drenar su dolor en casa. No lo pudo hacer hasta el 23 de junio de 1969, cuando al fin lo licenciaron. Se sintió todavía más infortunado al saber que, de haberse quedado en Camagüey, lo hubieran retenido solo hasta el otoño del 68, fecha en que se desactivaron las UMAP.

Señala el ensayista Rafael Hernández que, a fines de 1966, el capitán Quintín Pino, jefe de la Dirección Política de la Defensa Antiaérea, investigó los métodos y condiciones de vida en los campamentos de la UMAP. Impresionado por lo que vio, el oficial involucró a un grupo de estudiantes de años superiores de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, al frente del cual estaba María Elena Solé.

El equipo entrevistó y clasificó en particular a los gays: «con la orientación de desmovilizar a la mayoría lo antes posible, así como asesorar a los oficiales respecto al trato recomendable hacia los que permanecían en las UMAP, facilitar la comunicación y minimizar los conflictos».

Ilustrador: Frank Isaac García

Ilustrador: Frank Isaac García

Así, en los primeros meses de 1967, fueron licenciados los reclutas de mayor edad, o cuya desmovilización fue recomendada, algunos antes de cumplir un año en las unidades. Las condiciones de los campamentos, en general, cambiaron; se hicieron menos rigurosas las medidas de seguridad, refiere Hernández, matiz corroborado por el pastor bautista y ex-UMAP Alberto González en su libro Dios no entra en mi oficina.

«A fines de ese año 1967, se designó al Capitán Felipe Guerra, también combatiente de la Sierra, y a la sazón Jefe de Personal del MINFAR, para que relevara a Quintín. En junio de 1968, los reclutas que permanecían en las unidades fueron licenciados en masa», indica Hernández. «En septiembre de ese año, las UMAP fueron oficialmente suprimidas».

El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal esparció con su libro En Cuba el mito de que Fidel Castro en persona se infiltró, onda agente 07, en los campamentos y comprobó los abusos.

***

1995, un restart. Valentín se reencontró con sus hermanas.

Más de 30 años pasó la familia con el mar de por medio. La primera visa se la negaron a Valentín; esperó lo que correspondía y volvió a solicitarla. Cuando estamparon el cuño con el águila en su pasaporte no lo podía creer. Luego se acostumbró a ir y venir, hasta cuatro veces.

En Estados Unidos, Valentín repasaba las facciones de sus hermanas, sus semblantes velados por la larga ausencia.

Fue en 2012 que Valentín mandó finalmente la carta a la entonces Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana. Contaba en ella los horrores de la UMAP con la esperanza de obtener un permiso de salida del país.

¿Para usted?

No —me dice y busca con la mirada a Erlyn; está en la sala hablando sobre arreglos en la cafetería por cuenta propia que piensa abrir—. Porque este se me quiere ir, y es el único que tengo.

A mi papá le troncharon su juventud, fue sacado de la escuela y luego, como un ladrón o un asesino, llevado a ese campo de concentración. Eso bastó para inculcar un miedo que lleva arraigado en su vida —me explica más tarde Erlyn—. Pero en la Sección de Intereses no importó nada de eso y, en unos meses, nos negaron la posibilidad de entrevista. No insistimos más.

Con una frustración que aún le punza adentro, Erlyn se pregunta cómo puede alguien dudar del calificativo de preso político para quienes pasaron por las UMAP. Por un lado, ve el sistema cubano como arbitrario y, por otro, el gringo, también, como injusto. El pasado del padre no pudo resolver el futuro del hijo. Y Valentín suspira:

Los americanos son del carajo.

La polarización del tema UMAP es una muestra de cómo Cuba enfrentará las sombras de su pasado reciente. ¿Cómo contar un país y no una fábula del mismo?

Hay consenso sobre la existencia de torturas en los campamentos, especialmente durante el primero de los dos llamados UMAP. Lo confirma alguien como el pastor Alberto González, que por su vocación espiritual prefiere alejarse de la política, y un exiliado como el novelista Félix Luis Viera.

Hay consenso en cuanto al error que representaron esas unidades para la clase política del país. Según Raúl Suárez, pastor simpatizante del gobierno, «por el sufrimiento causado a quienes pasamos por ella», porque ofreció «una imagen en el país, y también fuera, que contrastaba sensiblemente con el sentido humanista de la obra revolucionaria». Según la Asociación de Ex Confinados de la UMAP, asentada en la Florida, porque revela el carácter totalitario del castrismo.

Hay consenso en la necesidad de desagravio. Muchos esperan que el Estado pida perdón.

Hay consenso respecto a que eran (o se concibieron) como campos de trabajo y de adoctrinamiento político. Lo expresa el Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1967, y un año antes la prensa oficial al aceptar que en las noches se daban clases de «instrucción revolucionaria»6.

Hay consenso acerca de que el motivo de concentración en las UMAP fue de tipo ideológico.

Los consensos entre opuestos —a veces pura coincidencia— son cardinales en un país sin diálogo consigo mismo. Esas líneas que se cruzan son trascendentales: la fibra de la memoria se vigoriza en ellas.

El saldo de las UMAP fue de 72 muertes por torturas y ejecuciones, 180 suicidios, y 507 enviados a hospitales psiquiátricos, según el escritor Norberto Fuentes, quien se movió en las más altas esferas del gobierno cubano durante su tiempo en la isla. A su vez, Félix Luis Viera, quien ha editado y escrito textos sobre las UMAP, reconoce que no puede asegurar la existencia de ejecuciones extrajudiciales.

Por otra parte, quizá el principal desacuerdo radique en la nomenclatura del episodio. ¿Fueron las UMAP campos de concentración o no?

En el libro Gulag. A History, Anne Applebaum traza una genealogía de los campos de concentración que arranca en la Cuba colonial, con el capitán general Valeriano Weyler. Esa línea sigue en la isla con el confinamiento de japoneses, alemanes e italianos durante el primer gobierno de Fulgencio Batista, tras la entrada de Cuba en la II Guerra Mundial.

Para Applebaum los campos de concentración recluyen individuos «no por lo que hayan hecho, sino por quiénes son. A diferencia de los campos para delincuentes comunes o prisioneros de guerra, los de concentración nacen para una categoría peculiar de prisionero civil no criminal, el miembro de un grupo “enemigo”, o en todo caso de una categoría de personas que, por su raza o presunta posición política, era considerada extremadamente peligrosa o prescindible socialmente». Tal concepto aplica a las UMAP.

Ahora bien, recordemos que los campos de concentración y de exterminio de la II Guerra Mundial no tenían solo esos fines, ni mismo significado. Los campamentos creados por el socialismo cubano admiten solo una comparación parcial con los del nazismo. El investigador norteamericano Joseph Tabhaz, en un artículo sobre el tema asegura que las UMAP no podrían catalogarse como campos de exterminio: allí no se buscaba la muerte de los internos.

Quedarían por analizar otras peculiaridades. ¿Es un campo de concentración aquel que tiene una fecha de entrada y una de salida? En los ejemplos cubanos de la Colonia y la República ya mencionados, el final de la retención coincidiría con el final de las hostilidades en curso. ¿Se puede hablar de confinamiento, cuando los mandos concibieron el otorgamiento de (ciertamente escasos) pases? Las instalaciones penitenciarias también los otorgan. ¿Hubo tratamiento delictivo para con los movilizados? A diferencia de otras unidades del SMO, estos era vigilados en las UMAP por soldados con armas largas; las instalaciones estaban rodeadas de un cerco de más de dos metros, rematados con púas; varios testimonios aseguran que los reclutas fueron a menudo detenidos en las calles o sacados de sus casas en operativos que más bien parecían secuestros. ¿Hubo trabajo forzado o semiesclavitud en las UMAP? Jornadas agrícolas de más de 8 horas, y en algunos casos 12 (que violaban las leyes laborales de varios países, entre ellas las de Cuba y casi todos sus aliados del Bloque Comunista), por apenas siete pesos mensuales, en medio de deplorables condiciones logísticas… Las preguntas y posibles respuestas se alzan como un muro incorpóreo en nuestras conciencias.

El muro divide al país real y sus reflejos.

1 Valentín pidió no ser retratado para este texto.

2 Contando el primer llamado, las UMAP se extendieron desde 1965 hasta 1968.

3 En 1962 Cuba había salido de la OEA ante la presión de Estados Unidos y otros miembros de la organización, como parte de una escalada de conflictos políticos y diplomáticos. El argumento definitivo fue la adopción por el gobierno de La Habana del sistema socialista y su acercamiento bloque soviético.

4 Ediciones de ambos medios correspondientes al 14 de abril de 1966.

5 Uno de los reclutas cavó hasta esa profundidad y aun allí encontró alambre de púas, asegura Valentín.

6 Luis Báez: “Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP)”, Granma, 14 de abril de 1966.