El alcohol y la Revolución cubana

"Cadena de favores" (2005). Denis Izquierdo.

«En la década del sesenta los jóvenes no tomábamos en las fiestas. Yo viví esa época. Se le echaba ron al agua y se elaboraba el famoso “ponche”. Con eso bailábamos y nos divertíamos la noche entera hasta el amanecer. La juventud no estaba alcoholizada. El rock and roll y la moda llenaban nuestras vidas. Ser hippie no significada ser un adicto. La enajenación era de cierto modo contracultural».

Esto me contaba el memorioso Jesús del Pino Machín, ingeniero melómano, cuando le comenté mi interés en sugerir una historia del alcoholismo en Cuba. Ese vicio que golpea sin derribar a la sociedad isleña. Esa tabla de salvación para flotar en tierra firme. Jesús del Pino me hablaba de sus hijos ansiosos por largarse a dónde fuera, de los nuevos tiempos, del reguetón.

La división de la familia, debida al primer éxodo, provocó que los jóvenes se reunieran para compartir carencias afectivas y vicios prohibidos como escuchar a The Beatles, hablar en inglés o hacer el amor en los portales. Esa generación se embebió de la libertad que se respiraba en los sesenta. El romanticismo les caló tan hondo que el amor por las drogas tardó en llegar. Sin embargo, el discurso hegemónico verde olivo liquidó la resaca del mayo francés del 68.

«Caribe», «Polo, el panadero» o «Cuba, el loco» eran borrachos desahuciados de mi barrio. Los adolescentes y jóvenes veían aquello como algo de viejos frustrados. La costumbre de beber parecía algo proveniente de un planeta desconocido. Esos muchachones montaban bicicletas, patines, chivichanas; practicaban deportes; asistían a las fiestas de los sábados: allí bailaban con Bee Gees, Roberto Carlos, José Feliciano. Eran los finales de la década del setenta.

Una tarde entré por curiosidad al bar del Hotel Comodoro en Miramar. Había una señora en un extremo de la barra; bebía absorta en sus cavilaciones. Parecía expulsada del mundo. Era la cantante Moraima Secada. ¿Qué significa eso?, me pregunté al salir. «La Mora» iba a trabajar esa noche. Tal vez quería decir otra cosa.

Algunos testimonios sugieren que el alcoholismo se fue metiendo cada vez más en la piel de la sociedad cubana a medida que avanzó el «proceso revolucionario». En un intento de compensar la intolerancia política con el goce en masa, se reemplazó el trago a puertas cerradas por la cerveza a granel. Esta ha sido gran protagonista de los carnavales, los bailables populares, y desde luego ha garantizado los navajazos entre los nuevos actores sociales.

Recuerdo las anécdotas de Los Van Van, con «El Lele», tocando en el Círculo Social Obrero Félix Elmuza en Playa de Marianao. El espendrú (o síndrome de Ángela Davis), los pantalones de corte «campana», los zapatos plataforma o los botines de charol se movían al ritmo de «La bola de humo» o «Yuya Martínez». Mientras los bitongos quedaban en casa, los guapos del Cerro, Buenavista o Cocosolo invadían la pista. Probar fuerza en el baile de pareja era más urgente que beber. El caminao y las miradas desafiantes prevalecían; cosa de exhibir el ego marginal.

Veinte años después, en el apogeo de la timba brava como etiqueta de producción nacional, los bailadores devenidos jineteros y proxenetas copaban el Palacio de la Salsa, en el cabaret Copa Room del Hotel Riviera. Se acabó la guapería y comenzó el despelote. Los buscavidas con alma de murciélagos pedían disculpas si tropezaban con un cubanito decente pensando que era extranjero; al compás, vigilaban a sus mujeres, por si algún loco nativo se les pegaba.

A partir de las doce de la noche un mar de ron y cerveza inundaba el recinto. El público ebrio lo mismo deliraba con José Luis Cortés y NG La Banda o Manolín, «El médico de la salsa», que con Pachito Alonso y sus Kini Kini o Rojitas, un falso sofocador. Perder la cabeza garantiza desatar el cuerpo.

En privado bebían intelectuales que se resistieron a participar de la colectivización marginal. Se aislaron para tomar distancia de un mundo ajeno a su interés por compartir ideas, dudas, objeciones. La disfuncionalidad política que se instauró, generó una oleada de alcoholismo en una clase media alta que abandonó el país. De un tirón, se divorciaron de la masa y bracearon en licores. Al embriagarse entre cuatro paredes, el diletante lo representó «el alcohólico desconocido» o «de élite».

Los intelectuales que se quedaron se han valido del trago para pernoctar en el gran closet político. En púbico, culpan de todos los males a incapaces o mediocres que usan sus relaciones para escalar o avasallar a otros. En privado, sacan la procesión interior a coger aire, aunque asegurándose de cerrar antes puertas y ventanas. Así, la misma bebida se vuelve contra ellos cuando las instancias superiores deciden sacarlos del juego, producto de los grados de inconveniencia alcanzados.

Nada más imprudente para un funcionario gubernamental que beber en público. Cómo entonces descalificar a los sujetos cegados por la nebulosa del autoengaño. Cómo fingir ignorancia en materia de vinos y licores ante sus catadores espías.

A mitad de los años ochenta contemplé un pasaje que mezclaba de un modo aberrante las nociones de alcoholismo, revolución y atención al pueblo. Habían llevado una pipa de cerveza a un barrio marginal, aledaño al Centro Deportivo de Alto Rendimiento Cerro Pelado en Alta Habana. Quién estaba al frente de la actividad era el ex-boxeador Pedro Orlando Reyes, conocido vecino de la zona y delegado de esta circunscripción ante el Poder Popular de Ciudad Habana.

La odisea para el consumo era digna de filmar. Tan respetado como querido, Pedro Orlando Reyes hizo malabares e impuso carácter para no suspender la jornada de esparcimiento. Al final la gente tomó y se toleró, con amagos de violencia entre mujeres rivales. En un ataque de celos, «La Conga» estuvo a punto de batirse con Yiya, una pelirroja que había tenido un romance con su marido Andrés. Pero algo misterioso detuvo la bronca.

Tratando de impedir la bronca, Andrés vacilaba el morbo. A esos tipos les encanta que las mujeres se fajen por ellos. Eso forma parte de su ritual erótico. La noticia fue que no necesitó venir la policía. Nunca olvidaré aquella locura en que la cerveza de pipa era un pedazo de carne que le tiran al perro tirado en la calle.

No sería ocioso evocar un llamado que hacían los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), en una etapa de furor demagógico: «Hay trabajo voluntario el domingo». A lo que se le agregaba una coletilla: «Y también hay una pipa de cerveza, compañeros». Moraleja: la asistencia estaba asegurada. Casi se podría establecer un vínculo armónico entre lealtad a la Patria y fidelidad a los principios de ebriedad: esa que no transa con desafectos que toman la bebida del enemigo.

A propósito de cerveza y agresividad, la bebida ha cobrado víctimas en el deporte. En 1988, ocurrió un hecho violento fuera del cuadrilátero que costó la vida de Ángel Milián, único peso completo cubano que venció al tricampeón olímpico de boxeo Teófilo Stevenson Lawrence (Las Tunas, 1952-Ciudad Habana, 2012). Cuentan que Milián era soberbio y abusador a costa de su nombre y su fuerza en los puños, como también abundan testimonios que confirman la adicción alcohólica de Teófilo.

El forzudo Milián, oriundo de Taco Taco en Pinar del Río, murió en una fiesta cervecera en la localidad habanera de Bejucal, víctima de las puñaladas que le propinó un desconocido de pocas libras y baja estatura a quien el púgil había agredido. Se rumoró entonces que Milián le había arrebatado un vaso de cerveza a un Don Nadie, que revirtió la supuesta debilidad en ajuste de cuentas.

Otros deportistas fallecieron en accidentes de tránsito, como el lanzador José Antonio Huelga o el luchador Raúl Cascaret, presumiblemente por conducir en estado de embriaguez. Entre los desafortunados, se encuentra igualmente Douglas Rodríguez, uno de los fajadores más corajudos, desinteresados, humildes de la década del setenta. A Douglas lo mató el alcohol de bodega. Un pequeño gigante del pasado reciente que sobrevive en «Blues del boxeador», tema de Carlos Varela, su vecino en el barrio del Vedado.

La paradoja se ilustra con una anécdota del ex-lanzador Braudilio Vinent. Bayiyo contaba que una noche invitó a «El Señor Pelotero», Luis Giraldo Casanova, a tomarse una caja de cerveza, con intenciones de maniatarlo para el duelo que sostendrían Santiago de Cuba y Pinar del Río. Al siguiente día, Casanova le recetó tres jonrones a «El Meteoro de la Maya». Parece que la última solución de la Comisión Nacional de Béisbol será emborrachar al equipo Cuba; quizás así los jugadores consigan relajar la presión política y retomen la senda del triunfo.

En los noventa escasearon los alimentos y la luz eléctrica, pero no faltaron la bebida y los cigarros. Las cucharas perdieron su valor de uso; tomaron un nuevo giro ridículo aquellas escenas de Alicia en el pueblo de maravillas (1989): los cubiertos encadenados a las mesas del restaurante del cabaret y la ropa estampada con huevos fritos.

Para 1994, la hambruna y el alcoholismo quizás desataron «El Maleconazo». El país estaba hipnotizado por los alambiques clandestinos donde se destilaba alcohol de farmacia. Aun ebrios, los cubanos sacaron fuerzas para romper tiendas, armar balsas y buscar otros horizontes. En aquellos improvisados artefactos marinos no podían faltar los pomos de agua, pero tampoco las botellas de ron. La utilidad de ambos líquidos se equiparó en el momento crucial.

En los noventa desapareció el papel y, en consecuencia, las revistas y los periódicos, aunque surgió la «Ficción del Período Especial», término acuñado por la hispanista norteamericana Esther Whitfield. Muchas editoriales españolas hicieron detonar el llamado «boom cubano». Se publicaron narradores que reflejaban tal desencanto: Pedro Juan Gutiérrez, Antonio José Ponte, Leonardo Padura, Ena Lucia Portela.

Fue llamativo el éxito comercial de Zoé Valdés (nacida en 1959), por sus novelas La nada cotidiana (1995) o Te di la vida entera (1996). Denigrada pero leída, Zoé representó el paradigma de lo que la oficialidad cultural en la isla tachó de porno-política o mercadeo oportunista. El fantasma de Reinaldo Arenas reencarnó en la lengua soez de una mujer con espuelas para triunfar en la literatura de aeropuerto.

En Te di la vida entera, alguien irrumpe en un bar habanero y le pide al dependiente: «Ponme una “mentirita”, tigre». «¿Cómo que una “mentirita”?», replicó el barman. «Un Cubalibre, compadre», aclaró el cliente entre dientes. En los culebrones de Zoé Valdés no hay un desmontaje de la racionalidad ideológica, sino una recreación sucia del absurdo pos-socialista desde un choteo hiperbólico. Ese desahogo orgánico de los ciudadanos de a pie que luchan con la realidad.

La caída del muro, el derrumbe del campo socialista y la desaparición de la URSS dejaron a Cuba varada en la célebre «Opción cero». Ello se plasmó en cuentos y novelas sobre la decadencia insular. Si hubo una herencia soviética, reinventada por miles de habitantes del Trópico, esa fue la alcoholización. Un tópico; recurrente por naturaleza.

Ese legado soviético se remonta a la época de Pedro El Grande. Por aquellos tiempos, el Zar de Rusia mandaba a colocar en cada butaca de los teatros una botella de vodka. En lo que la gente disfrutaba conciertos de música clásica, el ballet o la ópera, también podía beber. Los nobles rusos eran los más cultos y los más alcohólicos. Se igualaban entonces la embriaguez y el espíritu.

Cada 28 de septiembre los cubanos celebran el aniversario de la creación de los CDR. Las veladas sirven para homenajean al símbolo-insignia de la vigilancia revolucionaria y, de paso, para tomar ron. Cada cederista honra, al despedirse del festejo militante, cierto grafiti jocoso: «Me voy con la satisfacción del beber cumplido».

Lo más increíble que hizo un cubano con la bebida fue hacerse pasar por mareado, para criticar la Mesa Redonda en un escenario oficial como el teatro Karl Marx. El pretexto era un análisis en torno a la fluctuación de la bolsa de valores en Chipre. Esta idea se le ocurrió al humorista Nelson Gudín con su monólogo El borracho, sátira política que calentó las redes sociales y se instaló en los hogares por intermedio del Paquete Semanal, alternativa a la televisión cubana y placebo para la desconexión crónica de la isla.

El borracho (2014) es una bomba de tiempo que no explota en el espacio donde se activa. Bajito de estatura y sin ejecutar piruetas cómicas, el personaje de «El Bacán (de la vida)» abandona una butaca de la platea para subir a escena como si fuera a dar un discurso. Tropieza con él mismo y cabecea, trago en mano. Se tambalea, pero no se cae.

Un antihéroe surgido del pueblo funcionó como alegoría de la Revolución cubana.

Solo un actor que habla en nombre de un loco o de un desquiciado por los malos vicios podría decir ante un micrófono en el teatro Karl Marx: «¿Y de mi Cuba qué? No me puedo quejar». Solo una descarga nebulosa tan sutil podría cuestionar el triunfalismo demagógico de la arenga política televisiva. Esa armonía de juicios que disecciona problemas ajenos y sublima los propios. Tal vez la televisión es otro modo de convocar al turismo ávido por descubrir el Paraíso.

Nuestras catarsis emotivas suelen estar animadas por el truco etílico. Estas vienen a ser las ocasiones donde el tapujo corre el peligro de transformarse en confesión. Dicho ardid salpica y empapa el melodrama feminista ¿Por qué lloran mis amigas? (2017), largometraje de ficción dirigido por Magda González Grau.

Muchos años después, cuatro ex-colegas de estudios se reencuentran para evocar los buenos tiempos de su adolescencia próxima a la juventud. Hay pudín diplomático, ensalada fría y aceitunas, pero en casa de Irene, la anfitriona, también hay ron, vino, whisky o cerveza. Las mujeres hacen un brindis inicial. Ni siquiera la conservadora Gloria titubea al levantar una copa.

Otra vez la bebida funge como medio para vencer el miedo al ridículo. Está Yara, experta en darle una vuelta a las cosas, la Juana de Arco que empuña su fe en la reivindicación del «hombre nuevo». Ella es quien menos bebe, y mantiene el aplomo. Carmen revela que acaba de salir de prisión por robar medicamentos en el laboratorio donde trabajaba. Irene dice que ama a Cecilia en lugar de a Ramón. Gloria se cree la más desdichada de las criaturas por tener un hijo con Sida y, según juzga ella, «maricón». Es la que más bebe; se deprime; se va antes, y luego regresa temblorosa bajo la lluvia. Necesitaba un abrazo. «Tengo miedo hasta de salir de mi casa», admite Gloria Ricardo. No logra salir de sí misma; encuentra en la bebida el elixir del valor para seguir en pie.

Las amigas dialogan, se agreden o callan en una trama basada en los clichés de la tolerancia y la diferencia. La represión del conflicto está en el hecho de que toman a media máquina, dejan las botellas casi llenas, terminan por ceder. Ellas no beben para olvidar sino para recordar.

Añoraban romper sus urnas de silencio. Al suavizarse el drama, emerge un happy end. Si las cómplices hubieran vaciado dos o tres botellas o Gloria no hubiese vuelto, el relato habría merecido otro cierre. ¿Por qué otro happy end?

Cadena de favores (2005) resultó un acontecimiento performático donde lo sensitivo, lo teatral y lo minimal facilitaron la generación de un ambiente regido por el zorreo morboso. Esta intervención del artista Denis Izquierdo respondió a los pretextos del crítico Harold Rosenberg cuando utilizó la categoría «objeto de ansiedad» para explicar un resonador mental del arte contemporáneo.

La pieza consistió en una tina de vino en cuyo interior hay una modelo desnuda con el licor hasta el cuello. Mediante absorbentes multicolores, los espectadores debían reducir el nivel del líquido si aspiraban al goce de una contemplación gratis. La chica se movía sinuosa y eufórica. Miraba a todos sin verlos. El público asistente activó la zona erótica sin prejuicios a la contaminación de fluidos.

Hombres y mujeres, cultos e iletrados, cautelosos y atrevidos, se lanzaron a des-cubrir a la joven que se movía, con lascivia y timidez, inmersa en el recipiente. Sin embargo, mientras más crecía el deseo por extender la visión, más se intensificaba la frustración del público al comprobar que el nivel del vino no bajaba. La muchacha, que soportaba el frío con sensualidad, continuaba siendo un misterio para quienes pretendían grabar cada detalle de su anatomía en la memoria.

La chica dentro de la tina era una flor de fango entre lo posible y lo imposible. Un divertimento para reflexionar sobre la nada que rodea al sujeto aferrado al vicio en busca de la felicidad. Una vez más el suplicio de Tántalo.

Tras el ofrecimiento desinteresado de una satisfacción colectiva, se oculta la gran mentira.

Al final, el vacío resultó el protagonista de esta provocación a las bajas pasiones. Los unos tuvieron que irse con el rabo entre las piernas; las lesbianas reprimidas volvieron desconsoladas al closet. Cerradas las puertas de la galería Carmelo González, solo quedó la desazón. El fracaso de una tarde lujuriosa.

La acción representó el vicio en su arista vulnerable, al sumarle la ansiedad y el control de la experiencia. Un guiño a la falacia de interpretar el acto del voyeur como un placer duradero. Una burla a la cadena formada por los eslabones de la farándula, la banalidad y el consumo de lo que aparezca. Algo semejante al gesto de señalar el precio de sobrevivir a la deriva, según lo que hallemos en el camino.

En lo trágico y en lo cómico, entre jóvenes, adultos y viejos, el sentido del humor y el alcohol han salvado al cubano. Unos beben para sobreponerse al rigor de las carencias; otros para gozar lo que pueda gozarse. Unos para borrar las pesadillas, otros para soñar despiertos; unos para fingir bienestar, otros para doblegar el terror. Los usos y abusos de la bebida permiten volar, planear, caer…