Rafael Almanza / Foto: Yoe Suárez

Rafael Almanza / Foto: Yoe Suárez

La poblada curvatura de sus cejas revela un enfado añejo. El verde de sus ojos es un golpe de dureza que se suaviza en la encanecida amplitud de la barba.

El socialismo real o monárquico tiene una clase dominante, la Nomenclatura, o como defino yo siguiendo a mi pueblo, la Clase Mayimbe —dice Rafael Almanza (Camagüey, 1957), patriarca de la intelectualidad antisistémica en Cuba, quien recibe a los curiosos sin camisa, vestido de juicios recios: «Para ser comunista hay que ser hijo de puta».

Porque siempre me doy, me pertenezco:

Porque aprendí a entregarme cuando intacta

Mi juventud se poseía extensa,

Lanzada hacia el cenit como un clavel

Fiero y constante, es que me siento mío,

Con todos los dibujos de mi rostro

Como promesas del espíritu.

Ahora estoy de moda y la gente quiere verme —me dice en un largo pasillo de su vetusta casona—. No encuentro la hora de volver a mi soledad.

Este 2018 le otorgaron el Premio Nacional de Literatura Independiente Gastón Baquero. En menos de un mes llegaron tres peticiones de entrevistas, recientemente fue invitado a impartir un taller en La Habana, le ha nacido un proyecto con la artista performática Tania Bruguera. Debe ser como regresar a aquel tiempo en que hizo curaduría de exposiciones, escribió decenas de catálogos o armó libretos de ópera.

Si Almanza tuviera que vivir en otro lugar, le gustaría que fuera en Alemania, para asistir cada año a conciertos de Wagner. «Para escapar de tanta bulla».

Fíjate, que hasta yo mismo hablo alto, grito.

Acomodado en un butacón de madera, escucha los acordes finales de una pieza de Olivier Messian que pasan por la televisión. Mientras graba el documental sobre su músico favorito, se lamenta de que en Cuba no sepan apreciar la música clásica, y se rasca el torso desnudo.

La pasividad es lo que ha hecho que los cubanos vivamos en tanta ignominia: Machado, Batista, Fidel.

«Félix Varela empezó a taladrar mi conciencia con un término sospechoso: tranquilista», escribió Almanza en su artículo «La pasividad en Cuba»: «la pasividad es siempre, en primer plano, un estado de irresponsabilidad mental».

Almanza protestó en una ocasión por la contaminación en la panadería aledaña a su casa, la misma que ha habitado su familia desde 1937. La jurista de la empresa correspondiente le respondió que no importaba, porque producían pan para el pueblo. «Hasta siempre, Comandante», se lee en la fachada de la panadería.

Una de las pruebas del fracaso socialista —opinó en el artículo de marras— es la incapacidad para generar una idea jurídica alternativa a la liberal: «se sigue hablando de república, constitución, elecciones, parlamentos, ejecutivos, incluso tribunales: como fantasmagoría. La Revolución, sostienen, hace la ley, y por lo tanto no está sometida a la ley, a ninguna ley, ni a la que acaban de dictar».

Unos ancianos, a punto de morir, ya sin nada que perder, «deciden hacer algo». Como pueden, llegan hasta las oficinas del Partido Comunista (PCC) en Camagüey y piden entrevistarse con Jorge Luis Tapia, secretario provincial. Cuando el político aparece, los moribundos, con sus últimas fuerzas, le dan una tunda que incluye pomazos de suero y apuñalamientos con escalpelos.

Pero ese cuento lo tengo en la cabeza —dice Almanza, que ríe como un niño—, no lo he escrito aún.

En varios de sus relatos, ondea una prosa barroca que se atreve a anteponer, digamos, un adjetivo a un verbo. Otras piezas rozan el absurdo o desafían lo que fue. Uno puede encontrarse un remake distópico de la historia bíblica de Adán y la serpiente: nunca hubo mordida de fruta alguna y el padre aconseja a Abel que no se case.

Un aire místico, con referentes religiosos, atraviesa el libro Fívulas y peróvulas, de Ediciones Homagno, donde Almanza reúne su narrativa. Otra veta, con luz oscura, revela pasajes autobiográficos que no escatiman en lo filosófico, como si el autor reviera su vida e intentara analizarla cual partido de voleibol: errores, jugadas de engaño, anotaciones.

La hipérbole deriva, en ciertas ocasiones, hacia un montaje casi teatral. Los escenarios están despintados, no remiten a un espacio concreto sino a estados interiores. La poética de Almanza es eso, una hipérbole gaseiforme.

***

Rafael Almanza / Foto: Yoe Suárez

Rafael Almanza / Foto: Yoe Suárez

A los seis años, en 1963, salió por primera vez de Camagüey, rumbo a La Habana. Aquel lento viaje en ómnibus por la Carretera Central le reveló el tamaño del país y, finalmente, de su capital. A los nueve escribió «algo» sobre el 10 de Octubre, día de la independencia, y entre los aplausos de su padre, panadero, y su madre, maestra primaria, por primera vez se consideró escritor. A los once lo vistieron de mambí y se sintió bisnieto del soldado Miguel Escobar, del Ejército Libertador.

Estas son las marcas en la infancia de Almanza: el tamaño de una isla, el goce de la escritura, la insurrección en sangre. «De niño, quise ser mayor. No tengo el culto por la infancia de Eliseo Diego, ni recuerdo demasiado», apunta como si aquella actitud no pintara, exactamente, al hombre que hoy es.

Dice Almanza que «desde los 14 conocía el medio literario y artístico del país, y sabía que el escritor era un esclavo del gobierno». «No pude resolverme a ser esclavo», había escrito José María Heredia. «Así, a los 18, desistí de estudiar la carrera de Letras que estúpidamente había pedido y me habían otorgado, siendo el segundo expediente de mi Preuniversitario».

Renunciando a Letras, quiso optar por Arquitectura. «Pero usted no tiene derecho», le dijeron.

Entonces le ofrecieron una carrera de Economía en la Unión Soviética. «Aunque siempre apuntaron que yo no tenía méritos para eso», relata Almanza, quien entonces debió estudiar un año el idioma ruso. A veces palabrejas de esa lengua saltan en el diálogo como una violenta cabra montesa.

«Me sometieron a un interrogatorio de unas seis horas en el que me encontraron ideológicamente defectuoso», rememora.

Almanza tenía 19 años y no era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Su familia no tenía integración revolucionaria. El padre ni siquiera era miembro de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR); tampoco sus tíos. «De manera que me libraron de pasar cinco años en el paraíso soviético de la borrachera y la violencia interétnica, donde los estudiantes cubanos tenían que decir que eran puertorriqueños para sobrevivir al desprecio».

Regresó a Camagüey en 1977. Su retorno estuvo signado por el ingreso a la carrera de Economía en la recién inaugurada Universidad de la provincia. «Y allí transcurrieron los peores años de mi vida».

Almanza inició un proceso para militar en la UJC. Ingresar a esa organización era determinante para alcanzar, por ejemplo, prebendas recreativas asignadas por las organizaciones estudiantiles o un puesto laboral. De otro lado, eran los militantes quienes más debían marchar o doblar el lomo en labores agrícolas. Pero por encima de eso, era una marca social en la época: se trataba de si estabas o no integrado al proceso político socialista. Y ese calificativo, integrado, luego pesaba a la hora de acceder a permisos de salida del país lo mismo que ascender a cargos y responsabilidades comunitarias o laborales.

«Pasé por un test de la Seguridad del Estado y fui declarado sospechoso. Lo divertido es que seguía siendo tan estúpido como para creerme revolucionario, cuando los revolucionarios me decían que de ninguna manera podía serlo», dice. Finalmente le negaron la membresía.

«Yo había declarado que el Partido Comunista no tenía que dirigir la sociedad, y pretendía, en la práctica, que la Federación Estudiantil Universitaria fuese independiente de las organizaciones comunistas». En 1980 el decano de la Facultad de Economía nombró, a través de la Resolución número 186, la Comisión Disciplinaria que analizaría la infracción de carácter moral y social del estudiante Rafael Gabriel Almanza Alonso.

Las entrevistas a profesores y compañeros de aula se extendieron por varios días. Una Asamblea Estudiantil analizó al joven en el Proceso de Profundización de la Conciencia Revolucionaria.

«El susodicho alumno cometió en diferentes momentos actos de liberalismo al expresarse sobre profesores y dirigentes de la Facultad», señalaba el acta, y más adelante le adjudicaba «planteamientos que lo sitúan en posiciones francamente autosuficientes».

El documento final del proceso, que acabó con su separación por un año de la educación superior, ahora está publicado en versión facsimilar dentro de Fívulas y peróvulas, con apuntes del propio Almanza. «Convertí mi acta de expulsión en el primer ready made cubano», dice, con los ojos achinados de tanto reír. Transfigurar las desgracias en algo útil es un modo de sanar, pero es también una forma de perpetuar el suceso en la memoria. Si el creador pretende hacer de ello arte es porque no quiere que ese pequeño sismo personal pase desapercibido para otros. Perpetuar puede ser un arma de doble filo: la memoria como fijador del dolor.

Aunque primero la Asamblea pidió la expulsión, luego dictó un año de ausencia. Almanza cree que influyó el hecho de estar en cuarto y sus calificaciones merecedoras de Diploma de Oro. «No iban a botar el dinero gastado en el futuro siervo», acota. Medio año pasó cargando, acomodando y desempolvando libros en el almacén de la Universidad. Huelga decir que sin remuneración. Seis meses para pensar, escuchando los comentarios del resto de los alumnos.

La presión familiar lo empujó a que se reincorporara, terminada la sanción, y acabara la carrera.

En realidad todo el tiempo los comunistas y sus empleados me valoraron correctamente… —dice como si estuviera mirando hacia atrás—. No era ni podía ser jamás un revolucionario. Yo era discípulo de Martí. Una mezcla de lucidez martiana y familiar, y de estupidez marxista y fidelista adquirida, pero desechable.

Sin embargo, estudió el marxismo más allá de lo que obligaba el sistema educacional revolucionario.

En mi adolescencia lo detesté, me parecía lo que es: algo vulgar, violento, incompatible con los valores de la poesía. También era yo un creyente natural, aunque con muchas dudas. Al entrar a la Universidad me propuse tomar el minotauro por los tarritos y revisar el marxismo a fondo durante los seis años que estuve en ese infierno. Soy tal vez de los pocos cubanos que ha leído El Capital completo, que ha estudiado todos los textos fundamentales y el marxismo de Marx, ese que pretendía ser una ciencia. Y para nada me arrepiento.

Este año, en el 200 aniversario del natalicio del filósofo alemán, los medios cubanos repiten el nombre. Almanza asegura que el marxismo de los intelectuales y políticos nacionales es pura ideología, que el marxismo está colado en el pensamiento universal actual de esa manera, que de cuando en cuando uno escucha hablar al presidente norteamericano en un estilo marxista, aunque no lo sepa. Dice, además, que la vieja idea del exilio, que Cuba se sublevará cuando acabemos de morir de hambre, es otro de los fracasos del marxismo: «y siguen sin saberlo».

Como ciudadano, ¿sacó provecho de sus lecturas?

Supe que el llamado socialismo real era dos veces irreal, porque no funcionaba y porque no era marxista. Al inicio creí que no funcionaba porque la propiedad era estatal y no social (los teóricos de la Perestroika pensaron lo mismo). Finalmente entendí que no puede haber propiedad social sobre los medios de producción, puesto que los productores no tienen la menor intención de ejercer esa propiedad. O sea, que el mejor marxismo me llevó a abandonar el socialismo. El socialismo es imposible.

Almanza considera que el «análisis de clase» (que pide no confundir con la «lucha de clases») es el punto fuerte de la teoría marxista, pero, insiste, ningún análisis de clase conduce a la inevitabilidad del socialismo. En su opinión, ocurre a la inversa: el proletariado se extingue como clase y con ese fenómeno desaparece la legitimidad del sistema.

***

Hay años que, como el segundo que define al atleta ganador, sellan el futuro. 1981 fue ese año para Almanza por tres sucesos.

a) Cumple la condena universitaria. b) Entra a su casa y su vida el joven poeta y comunista avileño Carlos Sotuyo, uno de sus seres humanos favoritos. Alguien los presentó y «desde el primer momento», dice Almanza, fueron los mejores amigos. c) Comienza a idear el ensayo En torno al pensamiento económico de José Martí, en el que sus conocimientos marxistas fueron, paradójicamente, el fondo teórico para probar que el Héroe Nacional nada tenía que ver con el marxismo.

Cada uno de esos tres momentos serán fundamentales en el camino que el autor recorrerá en breve, como si el destino no fuera otra cosa que una sumatoria de pasados muy puntuales.

El alumno sancionado finalmente egresó con Diploma de Oro; sin embargo, lo iban a ubicar, con el último lugar del escalafón, en un remoto central azucarero. Almanza se las arregló para quedarse en el Complejo Agroindustrial de la ciudad de Florida (CAF), a 45 minutos en auto de la capital provincial.

Allí colaboró en una investigación sobre las estructuras de dirección en ese modelo de agroindustria copiado de los soviéticos. Para él fue una aventura decisiva. Advirtió que los mejores dirigentes con que trabajaba eran neutralizados o aniquilados por la naturaleza del sistema.

En medio de aquella decepción viajó a La Habana. El gobierno iniciaba el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, que Almanza compara con la perestroika soviética. Asistió a la inauguración, en 1984, de la casa-museo de José Lezama Lima, un escritor maldito por la Revolución, para entonces ya fallecido y rehabilitado luego de casi dos décadas de censura. Entre los asistentes reconoció a una pareja de ancianos. Fina García Marruz y Cintio Vitier.

«Ellos influyeron en mí como escritor antes de conocerlos, por la calidad de sus obras», explica Almanza. «La poesía de Fina me hablaba directamente al corazón, como la voz de una madre. Con Jorge Mañach, Cintio es el martiano del siglo XX y es, también, el armador de una idea de Orígenes, defensor permanente de Lezama, uno de los grandes críticos del idioma». Fueron quizá la poesía o el propio Martí quienes llevaron al veinteañero a acercarse, como quien siente confianza porque tiene amigos en común.

La conexión pasó de la admiración a la complicidad cuando la pareja lo aceptó «como un poeta real y tuvieron un diálogo familiar, de iguales». Nadie, excepto Sotuyo, conocía a Almanza como escritor. Retornó a Camagüey caminando sobre las nubes. Pero, ya en el CAF, regresaba a una especie de inframundo depresivo.

«Me avergonzaba», dice, «constatar que lo que había sangrado en la teoría lo sabían los obreros y los campesinos de sobra: “Rafael, el socialismo es un fracaso, porque el ojo del amo es el que engorda el caballo”. Me llené de la sabiduría y del sufrimiento del pueblo, y acabé con un desprecio total por la teoría y los teóricos.

No obstante, durante su período en el CAF, publicó un par de «trabajillos en importantes revistas de economía». «En 1987 renuncié a tanta gloria y a cualquier salario», recuerda. «Me negué a cumplir los 30 intentando salvar lo que había que hundir».

Por esos años, Sotuyo renunció a su cátedra de Química en la universidad ISACA, de Ciego de Ávila, y rompió con el gobierno. «Entonces los amigos avileños de él y los míos, camagüeyanos, armamos un grupo informal de profesionales contestatarios llamado Homagno. Nos reuníamos para debatir y sacarnos las vendas de la ideología».

A la par, su relación con Fina y Cintio crecía, curiosamente, siendo Almanza ya a esas alturas un opositor declarado, y siendo Cintio un conocido apologeta de la Revolución. Quizá por ello el camagüeyano prefiere fijar la memoria en la influencia que ejercieron sobre él en el orden religioso. «Para esa fecha mi materialismo dialéctico empezaba a cuartearse ante las realidades de la vida y las pulsiones de fe que siempre tuve». Cintio, como todo el Grupo Orígenes, percibió los ataques del socialismo ateo contra su obra profundamente católica. No abandonó sus creencias.

La fe religiosa de Almanza y la fe en un movimiento intelectual autónomo vivieron, respectivamente, clímax y anticlímax en un mismo año: 1988. La primera tuvo un nombre de mujer que el escritor oculta; la segunda, decepción de grupo.

Veinticuatro poemas escribió a la dama sin nombre, reunidos en una sección de El gran camino de la vida. «Me enamoré y fui convertido a la fe por la alegría de esa experiencia», relata. «Fue la evidencia de que soy amado por el Amor, al que llamamos Dios. Mi poesía dice lo esencial de eso y se entiende, o no».

Dormiste sobre mi pecho tanta paz

Que llegué a sospechar que tú escuchabas

Oscura, clandestinamente

El ritmo de mi vigilia, atenta y sola.

No inscribió mi palabra en tu conciencia

Su recado furtivo

Ni el testimonio de mi luz fluyó

Hasta tu sede hermética.

Fue también en 1988 cuando Jesús David Curbelo regresó a Camagüey tras egresar de la Universidad Central de Las Villas. Fue quizá sobre ese año que coincidió en peñas literarias y cine clubes con Almanza.

«Nos dimos cuenta de que teníamos bastantes cosas en común. Sin apenas notarlo nos fuimos haciendo amigos», cuenta Curbelo, quien por años ha dirigido eventos e instituciones culturales estatales. «Almanza es, lo he dicho a viva voz o por escrito, uno de los mejores lectores que conozco, y un curioso polemista, de esos que poseen la rara virtud de provocarnos a pensar, aunque estemos en desacuerdo con lo que dice».

La empatía fue definitoria. Curbelo y Daniel Morales lo invitaron a fundar Antenas Segunda Época.

«Me involucré por presión de mis amigos», asegura Almanza. «Los funcionarios del Instituto Cubano del Libro prometieron que podíamos hacer una revista independiente, o algo así. Nunca lo creí, pero me pareció que debía apoyar el intento».

Rafael Almanza / Foto: Yoe Suárez

Rafael Almanza / Foto: Yoe Suárez

En 1990 el Ministerio de Cultura (Mincult) decidió transformar las Empresas Provinciales del Libro, solo destinadas al aspecto comercial, en Centros Provinciales del Libro y la Literatura (CPLL). Por eso surgió un departamento de Literatura en esas instituciones. El de Camagüey proyectó inaugurar una editorial, Ácana, y una revista, Antenas Segunda Época, tras «múltiples reuniones entre dirigentes de Cultura, la Uneac y un grupo de escritores locales», explica Curbelo.

Almanza fue el editor principal, mecanografió y diseñó aquel primer número. No lo cuenta, pero imagino el escepticismo abriéndole paso, de a poco, a una esperanza infundada, mientras la revista tomaba forma en retículas, créditos, titulares, teclazo a teclazo.

«Cuando ya íbamos a imprimir, el Difunto declaró el Período Especial, cuya primera medida fue y esto no se recuerda, pero es de lo más significativo ahorrar suprimiendo muchas revistas literarias del país. Con todo, pudo imprimirse algo, muy deformado, que arruinaba mi diseño», dice Almanza, pero, inconforme con este resumen, insiste en que Fidel Castro quería ahogar aquella protesta: «Y lo logró».

Curbelo cree que el número inicial «se complicó» gracias a una trimurti institucional: «La suspicacia ideológica de autoridades de Cultura, el Partido y la Seguridad del Estado —quizá no precisamente en ese orden— fue azuzada, supongo, por el provincianismo y la mezquindad que suelen abundar en los medios culturales. El primer número tenía algunos aspectos que la censura encontró “peligrosos”: un monólogo de José Rodríguez Lastre sobre los dolores de la separación provocados por el exilio y unas ilustraciones del entonces joven Agustín Bejarano que los entendidos hallaron demasiado eróticas para una revista decente».

El oficial de la Seguridad del Estado que atendía Cultura sumó otro detalle condenador del número: unos poemas del «católico» y «contrarrevolucionario» Cintio Vitier. Lo manifestó en un encuentro con Curbelo, aunque reconoce que nunca se calificó a Antenas Segunda Época con la palabra «gusana» delante de él.

Almanza, por su parte, asegura que la revista fue declarada «gusana» y «pornográfica». «Lo peor no fue la reacción de los funcionarios, sino la de los escritores. Excepto el dramaturgo José Rodríguez Lastre, nadie nos apoyó. Ahí están los que nos dejaron solos a Daniel Morales y a mí, cada día más enajenados en su papelito dieciochesco de Escritores Áulicos».

¿Qué sucedió con el equipo creador? —pregunto a Curbelo.

A pesar del enorme consejo de redacción que figura en el machón, en Antenas solo trabajamos Almanza, Daniel Morales, Alejandro Montesinos, Jesús Lozada, Luis Álvarez y yo. Sobre nosotros recayeron las mayores presiones y fuimos, sin duda, el eje de conflictos y malos entendidos que vinieron después. Almanza, Daniel, Alejandro y yo, renunciamos a colaborar con el nuevo equipo, Lozada se mudó a La Habana por esos días. Principalmente a causa de chismes y falsas acusaciones. Almanza y Daniel fueron detenidos por la Seguridad del Estado y pernoctaron unos días en Villa María Luisa1. A mí me hicieron varios llamados de atención y, por último, el episodio redundó en mi trabajo, pues en buena ley era el único vinculado laboralmente a Cultura: disolvieron la oficina municipal de Literatura que dirigía y me pasaron a trabajar a una Casa de Cultura como asesor literario.

Luis Álvarez, a quien le fue conferido el Premio Nacional de Literatura meses antes de mis entrevistas con Almanza, «prefirió sumarse a una nueva fase del proyecto».

Después del primer número —agrega Curbelo— hubo algunos más (en un formato horrible y renunciando a las bondades de la tecnología que habíamos empleado para volver al linotipo y las galeras), hasta que en 1996 o 97 el Mincult dispuso la creación de una revista cultural en cada provincia.

El fracaso de la Antenas original es, para Almanza, un momento vergonzoso de la literatura cubana. A la frustración, a manera de onda expansiva emocional, se unió la partida de Morales al exilio. Años después supo que había nacido otra Antenas, «burocrática e inútil».

Curbelo, quien comenzó a trabajar en el CPLL luego de años ganándose la vida «de forma más irregular», la dirigía: «Retomé la revista, pero con otro equipo, y más como una tarea que una pasión intelectual».

Cintio Vitier permaneció mudo en La Habana, quizá ajeno al breve aleteo del magazine y a los ojos venosos de Almanza quien, en 1992, durante el período de mayor represión por su actividad cívica e intelectual, escribió estas líneas en De la almendra:

«Esculpir la sed» —me dijo Cintio.

«Ama y haz lo que quieras» —recordó Fina.

Santos son.

«Más allá de la política o de la ideología, incluso más acá del pensamiento religioso o la poesía, me siento un discípulo de Cintio», sostiene un cuarto de siglo después. «Es un vínculo del alma, que es lo que importa. En buena lid, los escudos de Almanza se abren como abrazos ante un fidelista como él».

***

Fidel Castro, Comandante en Jefe, Primer Secretario del Comité Central del PCC y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, decreta en 1990 el llamado Período Especial. Se trata, en verdad, de la peor crisis económica en la historia contemporánea de Cuba. Ese año inicia la vida editorial de Almanza, precisamente, con un ensayo muy relacionado con el trasfondo la catástrofe nacional: En torno al pensamiento económico de José Martí.

Dice el escritor que el libro fue sacado de la editorial de Ciencias Sociales por órdenes del general Abrantes, al frente del Ministerio del Interior (Minint), y no se sabía si iba a ser publicado. Finalmente entró a imprenta, pero apenas empezaba el calvario literario de Almanza. En la reflexión martiana glosada por él era central esta idea: «no habría independencia verdadera sin progreso económico». Tal frase, escrita en la década de los 80, cuando el país alcanzó ciertos niveles de bienestar, no parecía problemática. Ahora bien, el libro salió de imprenta en los umbrales del crack económico.

Por eso fue perseguido durante ocho años —dice Almanza—. Así, aunque no niego cosas que Marx desarrolló, quedé en martiano puro, libre de todo marxismo, o al menos eso creo.

Almanza escribió en su primer libro que durante los últimos 12 años de vida de Martí la idea del progreso económico adquirió tres cualidades: la importancia como «instrumento de lucha contra el colonialismo económico imperialista», la «vinculación definitiva (…) con la justicia social y su alianza estratégica con el proletariado económico». En medio de eso, aseguró que la «visión pos-liberal de las relaciones económicas internacionales» convirtió a Martí en «precursor del Nuevo Orden Económico Internacional».

En torno al pensamiento económico de José Martí fue la primera pieza de una trilogía ensayística producida en tres décadas distintas y que integrarían Los hechos del Apóstol (volumen finalizado en 1994 aunque vio la luz pasados más de diez años, tras ganar el Premio Vitral) y Hombre y tecnología en José Martí (Editorial Oriente, 2001).

¿Qué has encontrado en Martí que tanto lo mencionas?

Desde los seis años de edad, cuando mi mamá empezó a leerme La Edad de Oro, mi fascinación con Martí no ha hecho sino crecer y crecer. Mucha de la lucidez que se me atribuye no es otra cosa sino la lucidez martiana, convenientemente actualizada. Mis amigos exiliados se pasman de cómo pronostico lo que ocurre en Estados Unidos, donde nunca he puesto un pie: es que yo he leído las crónicas norteamericanas de Martí. Martí no es para todo el mundo. Hay quienes no tienen noción del amor, o al menos no como ágape, como entrega, y para esas personas es un loco o un farsante. Son millones y millones. Pero ellos no dirigen el universo. El universo fue creado y se mantiene por una Entrega.

Para Almanza, el cubano que no ha conectado con Martí es por falta de información, por estar prisionero del icono oficial, «que es un fraude», o «porque no conoce o no reconoce (hay gente que no la conoce, pero respeta) la Realidad de la Entrega».

Un cubano que desecha a Martí equivale a un ateniense que le dio la espalda a Sócrates. El cubano tiene el privilegio de vivir, no ya de conocer, el Amor Universal en una persona que no es Cristo, que fue un hombre sin condición divina, pero que vivió la condición divina del hombre con una fidelidad absoluta.

El proyecto de progreso económico propuesto para Latinoamérica por el independentista cubano, y que Almanza reseñó, era «intrínsecamente distinto al del desarrollo norteamericano y europeo: aquí no debían repetirse esos errores: la abundancia debía estar equitativamente distribuida y la libertad debía ser real, no meramente jurídica». Esa clase de observaciones, extrapoladas al momento de la crisis noventera, pudieron condenar al libro a los ojos de los comisarios culturales.

Tras la caída del bloque comunista, Cuba quedó en un aislamiento comercial y político solo experimentado, y ya casi en el olvido por quienes lo vivieron, en los tempranos 60. Washington reforzó la presión económica en el momento en que el socialismo isleño se tambaleaba al borde del abismo. La sensación de plaza sitiada se hizo más vívida a medida que la falta de alimentos y los apagones oscurecían cada vez más la larga noche de los años 90.

La sumatoria de esas variables se concretó mayormente en el abandono del país y, menos, en un aumento de la actividad opositora al régimen. Parecía que nunca hubo mejor momento para cambiar Cuba —por reformas o derrocamiento. En ese contexto, el Grupo de amigos no hacía otra cosa que reunirse y conversar con los compañeros de trabajo o de barrio, dice Almanza.

Entonces, ¿por qué eran considerados tan subversivos?

Los jóvenes no pueden entenderlo. Las cosas no estaban claras como ahora; habíamos sido hechizados por la ideología, y la expresión sincera y el debate colectivo arruinaban esa brujería. De otro lado, al descubrir y declarar ciertas verdades, se las facilitábamos a los menos capaces o valientes. Lo que hacíamos era peligroso para la existencia de una sociedad sin derechos, incluso sin la idea del derecho. Miles de cubanos siguen siendo reprimidos por la misma razón. El Grupo, en buena medida por mis conocimientos sobre Martí, no se quedaba en una reacción contra el socialismo: descubría en nuestras tradiciones nacionales una posibilidad de democracia sincera, y la predicaba.

He aquí un dato: la Declaración de los Derechos de 1948 fue propuesta por Guy Pérez-Cisneros a nombre de la República de Cuba bajo inspiración martiana. Hoy La Habana reprime cualquier iniciativa sobre Derechos Humanos fuera de su égida. La Declaración de los años 40 deja claro que cumplir con unos no autoriza a suprimir otros.

Practicábamos las dos libertades básicas: la de expresión y la de reunión. Ni siquiera llegamos a la asociación, que es el próximo paso. Si no hay estos derechos, no existe ninguno, simplemente porque no hay modo de definir y defender cualquier otro.

***

Y se inscribió en karate sin querer ser karateka.

Para recibir clases y ejercitarse en la Sociedad de Educación Patriótico Militar de Camagüey necesitaba una firma de un centro laboral, pero ya Almanza era un paria. Entonces conversó con Fredy, el miembro de la Seguridad del Estado que lo atendía. El estado policial cubano llegó a tal punto que se asignaba un agente a cada literato de cierta relevancia, mayormente miembros de la Unión de Escritores y Artistas (Uneac).

Fue en una fiesta de esa organización, a la que Almanza nunca perteneció, donde le presentaron a un blanco cincuentón, rígido, enérgico e hiperquinético llamado Fredy. Era una tarde veraniega de 1988. En 2017 un par de amistades convencieron a Almanza de redactar sus memorias en torno al agente para la antología El compañero que me atiende (Editorial Hypermedia), sobre la vigilancia a intelectuales cubanos por el Minint.

Fredy «me sometió al mismo gardeo a presión», relata, «que a otros ciudadanos que no informábamos de nuestra existencia a la Seguridad, pero sí de lo que pensábamos a nuestros conciudadanos. Los detalles me los ahorro porque son comunes: abrazos en la calle, visita a domicilio con abrazos, saludos a la familia, abrazos, interrogatorios cada vez más punzantes, abrazos, advertencias, gestiones para ayudarte porque te han botado del trabajo».

«Aunque su oficio mismo era, y es, intolerable para cualquiera que tenga una idea del culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre», Almanza perdona a su agente. Es el único que lo hace en la antología.

Fredy firmó el documento que permitía a Almanza inscribirse en el karate. Lo miró de arriba abajo:

«—¿Tú crees que vas a poder con uno de nosotros?

Solo quiero aprender a parar el primer golpe».

Durante los 90, a los miembros del Grupo los amenazaron íntima y públicamente, los privaron del trabajo. Las circunstancias les obligaron a emigrar a algunos.

Tras un registro en su casa, Almanza fue apresado en 1991. En el calabozo donde pasó tres días vivió una experiencia de iluminación que es incapaz de explicar. Aquello lo hizo avanzar un poco más en su largo camino de conversión.

En 1993 estuvo una tarde detenido, acusado de «vagancia habitual» y, finalmente, un día entero en 1996 por auspiciar y ser anfitrión de la Peña del Júcaro Martiano. En ese año, tras la muerte de su madre, decidió aceptar su bautismo católico infantil.

«Mi cristianismo es el de Martí, no el de los obispos actuales». De inmediato acota Almanza: «Pero soy fiel a la iglesia de Roma como asamblea histórica del Amor Universal de Cristo».

¿Ante el desarraigo del decadente contexto socialista, logró sentirse parte de algo mayor en la hermandad cristiana? Los 90 cubanos son conocidos por la explosión religiosa, especialmente de colectividades de base bíblica, reprimidas por el Estado décadas atrás. ¿Cuántos cubanos hallaron guía en Dios cuando la victoria indudable del Comunismo ya no era tan segura?

En ese contexto, lo que aconteció a Carlos Sotuyo prensó las pocas ilusiones de Almanza sobre un posible cambio en el país. Su amigo, integrante del Movimiento por los Derechos Humanos en Ciego de Ávila, fue reprimido y quedó sin casa con una mujer y dos hijas pequeñas a cuestas.

Partir definitivamente de la isla fue la puerta de escape. “Emigró contra su voluntad», asegura Almanza. «Él y yo hemos mantenido la unidad y la funcionalidad de ese grupo de hermanos que sigue existiendo y actuando, dentro y fuera de Ediciones Homagno. Ahí Carlos tiene publicados dos perfectos y poderosos poemarios. Nunca hizo vida literaria, pero siguen frescos frente a una cantidad espantosa de literatura de época, muerta».

Sotuyo ha sido clave para que Almanza y los siete ancianos que llegó a tener en su familia pudieran sobrevivir. Hoy ejerce como profesor de matemáticas en Miami y «sus dos hijas son geniales», afirma Almanza orgulloso, como si se tratasen de los hijos que no tuvo. «Hasta los 50 estuve peleando con Dios por tener hijos. A esa edad mi padre me tuvo, y para mí era un límite. Después que lo pasé dejé de orar por eso».

Socarronamente, el diálogo con Fredy lo había anunciado: los golpes llegarían, imparables, a lo largo de los 90. El karate no sirvió más que para nombrar un poema. «Kempo».

El miedo lastraba al Grupo. «No a la policía», ha escrito Almanza en su crónica Controversia con el compañero que nos atiende, «sino a la posibilidad del error».

Eran jóvenes de fe. Toda su generación. «Educados en la fe revolucionaria», continúa, «y con esa fe natural botamos el fanatismo revolucionario que deformaba nuestra naturaleza de hombres libres. No otra cosa habían hecho nuestros Padres Fundadores de Guáimaro cuando abandonaron la falsa fe en la monarquía como emblema de Dios».

Hacia 1987 le nacieron a Almanza unas estrofas, burlonas primero, luego trágicas, «escritas en una parodia del estilo coloquial que se había convertido en la expresión natural de la mediocridad totalitaria, y en las que sometía a contraste la fe en el gobierno con el resultado de sus acciones».

Mira el hombre en deleite la cúpula del cielo

Las caderas de su esposa, el meandro del río

Los ojos almendrados de su hijo

La curva omnipresente en todo cuanto existe,

La dulce comunión. Pero los monjes

Dialécticos insisten en el cartabón terrible

Y dan deseos de matar

Noventa grados absolutos.

En 1990 y 1991 Almanza ganó con el poemario Libro de Jóveno y un cuaderno de cuentos, respectivamente, el concurso Roque Dalton que convocaba la Uneac avileña. Para la entrega del premio, y con la esperanza de ver a Sotuyo, quien ya tenía prohibido salir de la provincia por su activismo político, viajó a la ciudad de Morón. En el hotel de igual nombre, en tertulias nocturnas, lo conoció el escritor Francis Sánchez.

«Entonces no tuve una especial empatía por él», cuenta. «Lo veía más cerca del jurado, con Francisco López Sacha. Fue un evento muy curioso. Lo clausuró un enviado del Partido, un machetero negro y grande que creía que estaba despidiendo a un pelotón que iba a la guerra».

Luego Sánchez empezó a escuchar rumores de autores avileños, molestos porque se hubiera premiado en «nuestro» concurso a un «tipo con desviaciones», decían.

«Me empezó a caer bien ese tal Almanza».

Por último, un día se enteró de que «en aquel evento la Seguridad del Estado le había tendido una emboscada a donde lo llevó una escritora para sacarle ciertas palabritas».

«Y acabó por caerme bien».

La Mata Hari socialista, como Almanza la nombra, le había pedido que leyera en su casa unos poemas. Almanza sacó un papel:

¡Qué diáfanas son estas mañanas de estío

Cuando todos repetimos, por si acaso, lo mismo!

Y qué perversas las opiniones distintas

Que no aparecen en los diarios, aunque de todas formas

Nos vamos a enterar. Y qué solemnes

Son los ritos ambiguos de la palabra escolástica

Profesados por ateos de academia, y cuán homéricas

Las concepciones históricas donde los buenos son santos

Y se equivocan sólo para instruirnos

En el arte difícil de la contrición.

Y qué tranquilo es vivir estando todos de acuerdo

En cada cosa y todo, en unanimidad

Y en una nimiedad.

Al otro día es posible que ya los agentes conocieran sobre «Kempo», el poema épico-político escrito entre 1987 y 1988, que marcó la medianía confrontacional de Almanza contra el estado de cosas en Cuba.

Mata a tu Stalin interior

Leyendo en cada aurora a José Martí.

La Persona y la Patria.

La persona de la Patria, y la Patria

De cada persona, he ahí un culto mayor.

Y empezó la cacería literaria.

«Kempo» permaneció sin estructura por años, hasta que Almanza decidió transcribirlo en digital al darse el golpe de estado contra Gorbachov, en agosto de 1991. Ese año Almanza fue detenido por la policía política en su centro laboral, Justo cuando imprimía la última página del libro El gran camino de la vida en una versión que sustituía el «Kempo» por un espacio en blanco, autocensurado.

Almanza cree que la Seguridad avileña sabía todo sobre él mayormente gracias a la aludida escritora. La mujer lo sedujo en camas de hoteles que «pagaba ella, es decir, su amante de la Seguridad», según supo después el poeta camagüeyano.

En el registro practicado en su casa ocuparon los poemarios Libro de Jóveno y Tecnología Erótica, «pero buscaban el “Kempo”, como lo llamábamos en clave los amigos», ha escrito Almanza. Aquel poema «constituía el cuerpo del delito de “propaganda enemiga”» por el cual lo procesarían.

Permaneció en una celda tres días (o cuatro, según apunta en notas a El gran camino de la vida). Pero su amigo Eudel Cepero y otros salvaron el extenso poema, que aún estaba en el maletín de trabajo del autor, en la empresa donde escribía programas de computación. «Kempo» continuó oculto durante años por un anciano celador a quien apenas Almanza saludaba.

Reformamos, proscribimos

Modelamos, instruimos

Conformamos, destruimos

Destinamos, despedimos

Desviamos, excedimos

Exportamos, asumimos

Libertamos, reprimimos

Principiamos, concluimos.

Nosotros somos el gobierno real.

Nosotros Soy el Poder Popular.

Cuba Libre, castíganos a todos por cobardes.

Kempo es un vocablo japonés. En el karate se lee como «camino del puño».

Camagüey, abril y mayo de 2018

1 Cuartel de los órganos de la Seguridad del Estado en Ciudad de Camagüey, próximo a la Plaza de la Revolución.