Foto: José Balboa

Foto: José Balboa

En unas de las secuencias iniciales de Memorias del subdesarrollo (1968), Sergio Malabre despide en el aeropuerto a familiares que se iban a Estados Unidos. Un paso sin insultos, golpes, huevos lanzados. Mientras el protagonista de Memorias…volvía a su apartamento de cuello y corbata en una guagua, ya estaba fuera del juego hablando en off; ya lograba respirar el declive del individualismo burgués, para ver instaurar una noción potenciada after59: la división de la familia.

La politización de la familia insular ha tenido catarsis melodramáticas. Una ocurrió en el serial televisivo En silencio ha tenido que ser (1979), panfleto lacrimógeno de espionaje que sedujo a los cubanos, amén de radicalismos ideológicos. Resulta sintomática la escena donde el padre de Fernando le pregunta antes de fallecer: “Dime la verdad: ¿estás con nosotros o no estás con nosotros?”.

Atrapado por una situación límite, el hijo asiente bajando la cabeza en el último suspiro. Al instante de la mímica, su padre moría en paz con él; acto seguido, Fernando le toma una mano y cierra los ojos humedecidos.

Durante años, el padre de Fernando sufrió engañado con que su hijo era desafecto a la revolución, cuando en realidad era un agente de la Seguridad del Estado. De antihéroe abatido en Memorias del subdesarrollo al héroe anónimo de En silencio…, el actor Sergio Corrieri representó a dos arquetipos de la infelicidad en tiempos difíciles: los que permanecen consternados, rabiosos y los dispuestos a vindicar su condición de espías, pese a conllevar el dolor en el seno del hogar.

A los ojos del imaginario popular, el agente “David” sacrificaba la admiración y el respeto de su padre por una “causa mayor”: el “proceso revolucionario”. Se imponía la conciencia colectiva de un país en transición, que aspiraba a construir una sociedad perfecta abocada en subordinar lo privado a lo público.

De fundador del Grupo Teatro Escambray (1968) a Presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (1990-2008). Una lectura ingenua de la historia lamentaría que Sergio Corrieri dejó la actuación. Algunos lo recuerdan como el Alberto Delgado Delgado de El hombre de Maisinicú (1978), colgado de una guásima por la banda de “Cheíto” León, que lo linchó por ser agente del G2.

La Revolución Cubana excluyó a la familia al delinear un repertorio de trampas, para alcanzar longevidad al precio humano que fuera necesario. Cuántos de “los nuestros” perdieron a seres queridos, cazando saboteadores de un voluntarismo unipersonal o en cruzadas internacionalistas por diversas latitudes.

Todo para acumular desventuras que no cabrían en una pantalla. Cuánta carne de cañón fue devorada por tierras remotas. Cuántos hombres sobreviven dementes, harapientos o muertos de miedo después de vencerlo extraviados en una selva.

En la Unión está la fuerza” fue un eslogan que precedió al “Divide y vencerás”. La intransigencia por arrancar el tronco republicano de raíz, dio lugar a una involución de los matices. Un dilema que necesitó años para recordar que en la comunicación humana había una palabrita casi un tabú nombrada “diferencia”.

Asumir la “diferencia” era una cuestión de conveniencia. Cuando aíslan a ciertos reclusos por causas políticas de los presos comunes, urge marcar una diferencia entre los que actúan políticamente y quienes se burlan con torpeza de las leyes.

Un “preso de conciencia” (término nunca reconocido oficialmente en Cuba) no debe equipararse a un delincuente en careos sobre derechos humanos y reconciliación nacional. La contaminación impuesta tiene doble filo. Lo mejor para el gobierno cubano es que un “preso político” cumpla o se vaya del país. Mientras que los comunes se integran esperanzados al sistema de reeducación.

No pocas veces escuchamos testimonios acerca de envíos de reclusos oriundos de la capital a centros penitenciarios como Ariza (Cienfuegos), Kilo 7 (Camagüey) o Boniato (Santiago de Cuba). Ello también ocurre a la inversa, los internos del extremo oriental son traídos jolongo en mano a prisiones habaneras.

Dichas “cordilleras” o mudanzas provisionales dificultan las visitas. Por lo cual, padres o cónyuges de reclusos viejos, enfermos o de bajos recursos económicos no consiguen hacer los viajes inter-provinciales para verlos y llevarles algo.

Rafael Solano, quien fue director de la Agencia de Prensa Independiente Havana Press, me confesó: “La disidencia está penetrada por la Seguridad del Estado. Aquí nadie sabe quién es quién. El socio periodista puede ser tu socio informante del aparato”, dijo con repugnancia aquel reportero perspicaz, sencillo y valiente.

El síndrome de la sospecha tenía dividida y maniatada a la disidencia interna. Luego de citaciones, detenciones, encarcelamientos, Rafael Solano emigró a España donde recibió asilo como perseguido político. Aunque no fue su caso, muchos buscavidas utilizaban la oposición como vía para irse de Cuba en avión.

Un dicho entre la disidencia instaba, “hay que tumbarle la visa a los americanos”. La crisis material-espiritual en sectores desfavorecidos provoca que la pseudo-ideología sirva de trampolín para sobrevivir; otra manera de proteger a la familia.

La pregunta que el padre del agente “David” le hiciera a su hijo Fernando antes de morir en el folletín En silencio ha tenido que ser, se la hacen los vivos y bobos de la oposición pacífica: “¿estás con nosotros o no estás con nosotros?”. Un recelo que generó un trauma nacional: “¿tu trabajas para la Seguridad del Estado?”.

Mario Vargas Llosa reprocha la delación como un ademán moral en La ciudad y los perros (1963). Ricardo Arana, uno de los personajes apodado “El Esclavo”, denuncia el robo de un examen de química en el Colegio Militar Leoncio Prado donde estaba internado. “El Jaguar” aprovecha una práctica de tiro para matar a “El Esclavo”, ya que su código ético dicta que “los delatores deben morir”. Alberto Fernández, “El Poeta”, lo sospecha y denuncia a los superiores a los integrantes de “El Círculo” que lidera “El Jaguar” por fumar o beber alcohol en los dormitorios.

El Jaguar” lucha con “El Poeta”, sin informarle al teniente Gamboa que Alberto escribe novelitas pornográficas y cartas de amor a cambo de dinero y cigarrillos. Para el agresivo y odiado personaje, la delación constituía el peor de los crímenes. “Yo no soy un soplón”, repetía “El Jaguar”, temiendo convertirse en otro de ellos.

La ciudad y los perros, debut novelístico del precoz Vargas Llosa, cuestiona el aprendizaje que conduce a sedimentar el caudillismo populista defendido por las izquierdas latinoamericanas. Al compás que refuta el espionaje rústico o sofisticado, producto de utilizar la delación como un arma individual o colectiva.

Uno más lejos del otro

Luis Camnitzer, productor visual híbrido, sostiene que la competitividad potencia la deshonestidad en un contorno de arenas movedizas. A pesar de que el arte contemporáneo no es un deporte, quién negaría que la obra y carrera de un artista es parecida a una carrera de cien metros: todos quieren arribar primero a la meta, aunque nunca alcancen a ser una leyenda viva similar a “El rayo” Usain Bolt.

La familia simbólica del arte cubano contemporáneo constituye una red de micro-poderes subordinada al macro-poder de la política cultural diseñada por la revolución. Hablamos de una trayectoria desestabilizada por oleadas migratorias, que han provocado un reordenamiento del arte visual y sus nóminas de lujo.

Con la involución de los matices desatada a través del radicalismo socialista, el individualismo burgués dio paso al individualismo proletario institucionalizado. Cada gestión a cuenta y riesgo sería bien recibida de fungir a toque de proyectos que respondieran a la demanda de los “nuevos tiempos”, fuera del clandestinaje.

Por este camino, descollaría la separación entre artistas formados en las escuelas creadas por la revolución y quienes brotaban al margen de los pasos académicos y sus tutores. Era difícil discernir qué terminaría por llevar la batuta: el conocimiento de los artistas-profesores o las orientaciones de la política cultural.

El conflicto entre instruidos y autodidactas ha sido una guerra silenciosa, tras las bambalinas del flirteo entre apocalípticos e integrados a la cultura oficial. Avanzada la década de los noventa, el artista visual, crítico y curador Antonio Eligio Fernández (Tonel), un intelectual orgánico de la ínsula, distinguió un “isacentrismo” que rozaba el habanocentrismo en la dinámica visual de la época.

Los mimados y vapuleados noventa fueron algo más que unos o varios clichés y etiquetas de sus críticos. Ya sea un regreso al oficio del arte como reivindicación del paradigma estético, generación de la cautela o un mote eufemístico para identificar la relación arte-poder imperante como “Los hijos del maltrato”. El vicio hiperbólico disfraza los pliegues.

Del Instituto Superior de Arte tal vez salió lo mejor en los decenios del 90 y 2000, pero no era lo único que existía. Ni tampoco estaban concentrados en La Habana todos los talentos de provincia. Pero los jóvenes partían tras un milagro en la urbe. No era igual quitarse el churre de las uñas a los pies de la Sierra Maestra, que aprender a confeccionar un dossier en primer año del ISA; o asimilar la malicia plástica de René Francisco, Eduardo Ponjuán, Lázaro Saavedra o José Toirac.

Espacio Aglutinador se implementó en 1994, entre otras cosas, de contraparte al sectarismo académico que cebaban instituciones y especialistas. No solo malditos y postergados exhibieron en casa de Sandra Ceballos y Ezequiel O. Suárez, sino quienes preferían una gestualidad basada en un libertinaje de forma y contenido.

Tal despotismo profesionalizador azotó la alternatividad del arte hecho en Cuba y cebó el divisionismo entre quienes habían pasado escuelas de arte y otros que provenían de saberes antagónicos o paralelos. Sin embargo, el rasgo que define a las instituciones locales ha sido priorizar lo académicamente consentido y políticamente correcto; anti-modelo donde encartonamiento y desparpajo chocan.

Más que alimentar una fractura entre “artistas de escuela” y autodidactas, lo que debería interesar a la hegemonía cultural es incitar una disparidad en asuntos de tensiones entre arte y política, voluntad de autonomía y dependencia, compromiso o relajación de los productores visuales con esas condicionantes que los rebasan.

Por diversos motivos, no puede o no debe primar un consenso de insatisfacción ante las instancias rectoras, esas que le viabilizan u obstaculizan desarrollar sin interrupciones la obra o carrera de cualquier mortal que sueña producir arte. De cierta manera, a los hegémonos les conviene que los exquisitos sean cada vez más exquisitos y los violentos cada vez más violentos para evitar confabulaciones.

Ningún triunfador exquisito de la diáspora era más apropiado para ser rehabilitado en su terruño simbólico que Tomás Sánchez Requeiro. El Ministerio de Cultura con Abel Prieto al mando, estuvo tras él hasta convencerlo de que volviera a exponer en Cuba luego de veintisiete años e imponiendo un sello en el mercado.

La fuerza del poder cautiva al ideario sentimental de sus hijos pródigos, fulminados por la nostalgia. Tomás Sánchez era el gurú del masaje retiniano; traía una ecología zen que los cubanos necesitaban para servirles de terapia. Atrás quedaban los basureros, crucifixiones, saltimbanquis, monstruos. El boom comercial como mascarada artística gusta posicionarse en terreno de nadie o limbo estratégico, para alcanzar el nirvana postpolítico de la liberación.

Esas obras que integraban la exposición Notas al paso (Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, abril-mayo 2014) parecían ilustraciones concebidas para la National Geographic Magazine. El mantra de las olas, Roca Bruja o El Fraile y las monjas trocaban el canto del poeta desterrado José María Heredia: obviaban los “horrores del mundo moral” a favor de las “bellezas del físico mundo”.

Sublimación del caos o paisaje en fuga del lienzo, para oscilar entre la geografía virgen y el barniz piadoso. Las fotografías ecológicas distraían al voyeur escéptico, quien fracasaba en su vaga tentativa de percibir las huellas del resentimiento.

Los dramas éticos-estéticos ya se antojan inoperantes entre nosotros, cuando sobran aperitivos y licores. Notas al paso pudo titularse El banquete de Tomás. Juntos pero no revueltos, vimos coincidir en la planta baja del centro Wifredo Lam a obesos políticos, nuevos ricos y nuevos pobres en un aquelarre consumista, que desconcertó a eventólogos hambrientos que asisten sin falta a las exposiciones.

En el paroxismo de su virtualidad, el arte contemporáneo restituye la antigua fábula del Rey loco que salió desnudo a la calle y nadie se atrevió a confesar lo que veía. O, peor aún, el mayor número aseguraba que el Rey Loco iba vestido.

Comenta el artista Guillermo Portieles, residente en el camino entre Miami y La Habana, que el anti-sistémico vegetariano Arturo Cuenca quisiera exponer en Cuba, tal lo hizo un zorro apagafuegos como Glexis Novoa, a quien le prohibieron una muestra en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales y después expuso en el Museo Nacional de Bellas Artes. La cosas como son (2016) fue un ademán cínicamente correcto, sin bombos ni platillos oficiales como en el caso Tomás.

Tendría sentido que Arturo Cuenca y Juan-Sí Gonzáles probaran la frescura de una pieza como Yo no te digo cree, yo te digo lee (1987), intervención realizada en el parque de 23 y G, la heladería Coppelia, el patio de la Universidad de La Habana y el Parque Central. Tendría lógica deliberar la vigencia o caducidad de palabras como duda, amistad, vigilancia, desconfianza, solidaridad, amor. Deberían conservarse o desaparecer del vocabulario en nuestro entorno social.

Juan-Sí González encabezó la serie Malditos de la postguerra (2016-2018), coordinada por Sandra Ceballos en su Espacio Aglutinador. El catálogo reunió a sospechosos habituales de contravenciones, llámese Amaury Pacheco del Monte (Omni Poeta), Ángel Delgado, Alberto Casado, Luis Manuel Otero Alcántara, Tania Bruguera, Luis Trápaga o Jesús Hernández Güero, entre otros.

Los funcionarios de la política cultural emergen por combatir los disturbios organizados con misiles en las pupilas. Su tarea es rastrear y mostrar lindezas en galerías comerciales, exigiéndoles tanta rentabilidad económica como lealtad política; tal si fueran campos de caña o sindicatos obreros. El control es un “estado de ánimo” que resucita como un ave fénix.

La involución de los matices considera a la fusión de personalidades y actitudes frente al arte y la vida como una anarquía peligrosa e insensata, que merece ser combatida y exterminada. Poco importa si la comunidad artística rechaza el Decreto 349 por una vía u otra. Las artes visuales seguirán excluidas del cuentapropismo; ellas propician autonomía económica, política, social, espiritual.

Quienes opten por el desacato o un diálogo aseguran raciones de coerción o apatía, conforme a la receta de “aplicación discrecional” sazonada por los “compañeros” que los atiendan. ¿Y quiénes son los artistas para incidir en el curso de la historia, mascullarían entre dientes los fiscales de cuello blanco? “¿Por qué manejar un lenguaje norcoreano al estilo quinquenio gris?”, nota Sandra Ceballos en su respuesta a Jorge Ángel Hernández, director del sello editorial Artecubano.

La nomenclatura reciclada de la Nueva Cuba subvalora a Mario Vargas Llosa, cuando percibe que una dictadura revertida en dictablanda es un Estado de Excepción. Aprieta y afloja con oportunidad. Un remedio tan infalible como la risa.

Retro-posdata

Entre la paranoia y la inseguridad, fluctúa el vínculo de las instituciones que representan el arte con la política cultural. Expuestas al vaivén hegemónico, las instituciones del contexto artístico adolecen de perfil propio. No hay transparencia en las normas establecidas, para fijar límites entre lo permisible y lo censurable. Un ejercicio de exorcizar la costumbre equivaldría a la sustitución de un equipo de trabajo, que ignora o subestima los fantasmas de una presunta osadía laboral.

Los espacios del arte contemporáneo, sin condiciones materiales ni tecnología de punta son parásitos y, a la vez, donan sangre a las entidades jerárquicas, acorde al estado del tiempo político reinante. ¿Quién tiró la piedra? ¿Quién escondió la mano? Los Maquiavelos y los Poncio Pilatos salen ilesos con frecuencia, hasta que el “ogro filantrópico” decida cortar los hilos de sus marionetas.

¿Contrarrevolucionario? ¿Gusano? ¿Contravenciones? ¿Quién localiza el territorio del arte en el mapa insular? ¿Quiénes serían las dianas de los próximos disparos? La política cultural de la revolución es tan ambigua e impredecible como el Decreto 349. Su validez radica en unir antes que separar al gremio artístico, falsamente hermanado por distintos medios y fines mediante el poder de la inconformidad