Ariel Ruiz Urquiola / El Estornudo

Es la noche del 30 de junio. Día 15 de la huelga de hambre y sed del Doctor en Ciencias Biológicas Ariel Ruiz Urquiola, declarado “prisionero de conciencia” por Amnistía Internacional. Un militar se acerca a la cama 26 de la sala “K” para reclusos del Hospital Provincial “Abel Santamaría” de Pinar del Río.

-Ariel, ¿quieres helado?

-No, gracias. Yo estoy en huelga de hambre y sed. Es mi derecho inalienable tomar esa decisión. Es voluntario -responde.

El militar abandona la sala y, a través de la puerta, el científico escucha: “Déjenlo que se siga haciendo el guapito. Él va a tener que comer, él va a tener que regresar a la prisión, va a regresar a nosotros y en ese momento nos vamos a desquitar”, dice el “mayor Tito”, jefe militar de la sala que nunca se identificó con su nombre ante el prisionero y sus familiares.

El 16 de junio Ruiz Urquiola, 43 años, fue trasladado desde la prisión provincial de Pinar del Río hacia el hospital, luego de que la jefatura de la cárcel decidiera que su estado de salud era grave. Para entonces llevaba seis días de huelga, confinado en una celda de castigo.

“La celda era un espacio de cuatro metros cuadrados en el que yo solo cabía en una posición diagonal. Allí solo había una meseta de mampostería y un retrete tapado con un pomo plástico para que no salieran las ratas. No tenía agua. Me daban un colchón a las 10:00 pm y me lo quitaban a las 6:00 am”, cuenta Ruiz Urquiola.

La decimoquinta noche de huelga ingresan en el Hospital “Abel Santamaría” varios convictos y, al parecer, no hay disponibilidad en otras salas. Por primera vez en dos semanas Ruiz Urquiola tendrá compañía.

“En varios momentos -recuerda- llegaron presos enfermos al hospital y prefirieron mandarlos a una sala civil, esposados a una cama, con un oficial de guardia, a ponerlos junto conmigo, para que no vieran todo lo que me estaba ocurriendo”.

Al reo que colocan en la sala “K” le apodan “Choncho” y la primera noche que pasa en la cama contigua apenas habla con Ruiz Urquiola. Al otro día, mañana de domingo, se interesa por su caso. Después cuenta que su esposa, también presa, hace poco estuvo 11 días sin comer, también en huelga, pero que finalmente no consiguió nada con eso.

Choncho auxilia a su vecino cuando este quiere ir al baño. Lo ayuda a ponerse en pie y no lo deja caer cuando, al caminar, pierde el equilibrio. Le alcanza algún objeto necesario y conversa siempre que el biólogo tiene ganas y fuerzas para hacerlo.

En algún momento de ese domingo 1 de julio entra un doctor y le comunica a Ruiz Urquiola que han tomado la determinación de pasarlo a una sala de cuidados progresivos. “Yo estaba en una fase delicada de salud y ellos temían que me pudiera ocurrir algo en esa sala ‘K’ porque allí no había equipos de ventilación artificial”.

-No voy a ir a ningún lado, los signos vitales míos están perfectos, los resultados de los análisis dieron perfectos, no estoy desequilibrado y, además, es mi decisión propia estar en esta situación. Bastante que he aceptado la intervención médica de ustedes -le dice al médico.

El médico deja la sala y pocos instantes después entran el mayor Tito y un Teniente Coronel que se identificó como jefe provincial de prisiones en Pinar del Río.

-Ariel, el Tribunal Popular Provincial te ha otorgado una licencia extrapenal por tu estado de salud y eso significa tu libertad -le comunican.

-¿Licencia extrapenal? ¿A mí? Yo no he cometido ningún delito. ¿Eso significa que yo no tengo antecedentes penales?

-Para nosotros tú eres un preso primario, un preso sin antecedentes.

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A Ruiz Urquiola, condenado el 8 de mayo último a un año de privación de libertad por “desacato” a las autoridades, le fue conferida una licencia extrapenal basada en “un síndrome afectivo ansioso depresivo” diagnosticado por la Comisión de Aptitud para Regímenes Penitenciarios de la Comisión Médica Militar de Pinar del Río, adscrita a los servicios médicos del Ministerio del Interior.

Después de 16 días sin ingerir alimento ni beber agua, el científico abandonó por fin su huelga y fue remitido a un recinto civil del mismo hospital. Ahora se encuentra en su casa de La Habana acompañado por su hermana mayor y amigos cercanos. Aun cuando su sanción continúa legalmente vigente, pudiera cumplirla en su totalidad bajo licencia.

“Nunca pensé que iba a obtener la libertad. Estaba claro que iba a obtener la liberación de mi cuerpo, pero no la libertad. No sufrí en mis días de huelga; sabía a donde yo iba y no podía sufrir”, asegura.

Ruiz Urquiola tiene rapada la cabeza y está sentado en un colchón que su hermana Omara ha colocado en su cuarto, en el suelo. Viste shorts y camiseta sin mangas que dejan ver cómo su cuerpo ha adelgazado. Cuando lo detuvieron, a principios de mayo, rondaba los 80 kilogramos; hoy pesa 64.

Ariel Ruiz Urquiola / El Estornudo

A su lado tiene papeles y una botella plástica de agua. Sentado en el colchón y con la espalda apoyada en una almohada contra la pared, lee mensajes y atiende por teléfono a amigos y otras personas que llaman continuamente para interesarse por su salud y para felicitarlo por su libertad.

“He hecho un esfuerzo sobrehumano para regresar a una historia de conflictos porque esto no va a acabar. Ellos se quedaron dados y van a responder”, dice el ambientalista, que fue alejado por las autoridades de su finca y su proyecto de agroecológico en la Sierra del Infierno, Viñales.

No tiene miedo. Sostiene que es lo único que no hay que tener en la vida. Está completamente seguro de que el gobierno cubano vendrá de nuevo por él, pero asegura que ellos “ahora no saben cómo responder porque no tienen delante a un opositor, a un activista de derechos humanos, lo que tienen es a un hacedor”.

El día 2 julio, ya con el alta médica, Ruiz Urquiola se encuentra a la salida del hospital con dos vecinas que lo abrazan, lo besan y le hacen una foto. Las mujeres están asombradas de verlo con vida. Le dicen que, en Viñales, su pueblo, corrió el rumor de que estaba muerto. La foto es para mostrársela a todos.

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Después de varios días en la celda de castigo de la prisión provincial de Pinar del Río, sin bañarse, sin cepillarse los dientes, conviviendo con las ratas, Ruiz Urquiola llega al hospital “Abel Santamaría”.

Lo primero que le entregan es un jabón. Puede bañarse. Los militares le preguntan si necesita ayuda; él responde que de ellos no quiere nada.

“Luego me atiende un médico de tez negra y pelo desrizado. Le explico que estoy en esa situación voluntariamente y que no admito ningún tipo de violación sobre mi cuerpo para tratar de prorrogarme la vida”.

El médico, molesto, le dice:

-Cállate, aquí el que da órdenes soy yo.

“No le respondí. No voy a hablar con una persona que se hace pasar por médico y se expresa de esa manera”, rememora Ruiz Urquiola.

Instantes más tarde, otro doctor entabla en buenos términos un diálogo con el recluso.

-Si no accedes a hidratarte, nosotros vamos a tener que tomar medidas de fuerza contigo porque nosotros sí que no te vamos a dejar morir en este hospital. Nosotros no sabemos por qué tú estás así, ni qué pasó en la prisión.

Ruiz Urquiola accede a hidratarse para evitar que lo esposen en la cama o que le coloquen una camisa de fuerza. “No quería parecer un loco ni que me llevaran a una sala de psiquiatría”, explica.

Tras ese primer acercamiento comienza un calvario. El mayor Tito entra a la sala y delante de enfermeros y doctores empieza a gritar:

-Este preso tiene un perro muerto en la boca, tremenda peste tiene; hay que coger un escobillón y cepillarle la boca.

El biólogo había llegado al hospital sin pertenencias y decide comenzar a lavarse los dientes con una torunda de gasa y con el jabón que le habían entregado. Y así lo seguirá haciendo hasta su último día en la sala “K”. Una tía suya intentó hacerle llegar una jaba con efectos de aseo, pero fue en vano.

Cada día, a las horas del almuerzo y de la comida, un oficial abría las rejas de la sala “K” y le preguntaba a Ruiz Urquiola si quería comer. Pese a que este siempre decía que no, que estaba en huelga, el militar entraba, con la cabeza gacha, y colocaba una bandeja con alimentos en la mesita junto a la cama.

“Lo hacían -dice- para despertar mi apetito, para que me dieran los olores de la comida. Una cosa curiosa: nunca me ponían cuchara para comer”.

A veces mantenían allí la comida unas dos horas, otras solo 30 minutos. Luego comenzaron a llevarle meriendas líquidas.

“La merienda me la llevaban en una lata de malta marca Maravilla. La lata estaba picada con un abridor por los bordes, era filosa e irregular, estaba llena de pinchos y por dentro era cobriza, como si estuviera quemada. Ahí era donde querían que yo bebiera”.

Si Ruiz Urquiola se levantaba e iba al baño, un oficial entraba con él. Siempre que orinaba, los doctores anotaban la hora y la cantidad de centímetros cúbicos evacuados. Los militares también. Llevaban sendas historias clínicas. Registraban igualmente cada vez que hacía meditación y cuánto tiempo empleaba en ello.

El día 14 de huelga, el mayor Tito tuvo un desafuero con Ruiz Urquiola. El reo estaba muy débil y casi no podía caminar. Pero tenía que ir a otra sala para que le hicieran unos análisis.

De sus brazos colgaban dos sueros de rehidratación y caminaba a arrastra con ellos. Tito le dice que puede utilizar un sillón de ruedas. Ruiz Urquiola se niega, contesta que no quiere ayuda de militares. El Mayor, presa de la irritación, manda a esposarlo y le informa que el procedimiento penal del recinto hospitalario comprende que todos los presos tienen que ser esposados si van a trasladarse fuera de las salas de penados.

Casi sin poder sostenerse en pie, ve cómo Tito coloca en sus muñecas las esposas y a continuación las engancha al portasueros. “Yo seguí caminando, arrastrándome, y me cogió por detrás e intentó tirarme en el sillón de ruedas, pero yo soy más alto y a pesar de la debilidad no me caí. Y seguí arrastrándome hasta la consulta”, cuenta ahora el hombre que hace solo un par de meses trabajaba de sol a sol en su parcela en usufructo de las montañas y que hasta su expulsión en 2016 fue investigador adscrito a la Universidad de La Habana.

Dos días después le otorgan la licencia extrapenal. Unas horas antes de conocerse la decisión, el mayor Tito se había plantado una vez más ante la cama del científico en huelga de hambre y sed:

-Te compré este cepillo de dientes para que te laves.

-Por principios, con ese cepillo usted puede hacer cualquier cosa menos dármelo a mí – respondió Ruiz Urquiola.

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Ariel Ruiz Urquiola / El Estornudo

Tras 16 días de inanición voluntaria en protesta contra una pena de cárcel que considera injusta y un proceso judicial que estima, por lo menos, irregular, Ruiz Urquiola tomó la decisión de ir a recuperarse a su casa en La Habana y no su finca “El Infierno” de Viñales.

“Aún estoy débil y no quería estar en un ambiente agreste como es la naturaleza de Viñales. Aquí voy a estar acompañado de mis amigos. Viñales resucitaría ahora una serie de vivencias surrealistas”, asegura.

Sin embargo, el Dr. Ariel Ruiz Urquiola piensa regresar allá en unos días, en cuanto recupere peso y salud, para retomar el trabajo en la finca, donde, según le han dicho, hay incluso más animales de los que dejó.

Recuerda que una vez él estaba por motivos profesionales en Alemania y su hermana Omara, diagnosticada hace años con cáncer de mamas, le escribió: “Solamente el hecho de levantarse a ver el amanecer en la finca vale la pena para prorrogar la vida”.

Ariel Ruiz Urquiola / Foto: Cortesía de la familia