Legna Rodríguez / Foto: Cortesía de la autora

Legna Rodríguez / Foto: Cortesía de la autora

Una cosa indispensable: tener un lugar.

Sin lugar no hay benevolencia.

Henri Michaux

1

Cuando Carlos Manuel Álvarez me pidió que llevara una columna en El Estornudo, sobre Miami o sobre lo que yo quisiera, le respondí sin pensarlo que sí, que sobre Miami of course, porque yo tenía muchísimo que decir de Miami. Porque yo tenía mucha rabia y mucho que decir. Porque a mí me contagiaron la rabia cuando decidí que quería ser escritora, en Camagüey. Porque la escritura es rabia y a mí me gustaría escribir siempre con rabia.

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No se puede escribir y esconder los dientes. Hay que enseñar los dientes o de lo contrario, no escribir. Yo no tengo dinero para blanquearme los dientes y tampoco tengo dinero para comprar armas. Dicen que la venta de armas se ha disparado. Yo tengo los dientes medio amarillos. Un diente más amarillo que otro. Después del embarazo, varias caries que ya limpié.

3

El tiempo pasó y la rabia fue cediendo. Cualquier escritor puede darse cuenta de cómo empieza a cambiar su relato, dando pie a algo que no se esperaba. Yo vi que la cosa empezaba a cambiar y no hice nada al respecto porque quería ver hasta dónde iba a llegar. Como diría el refrán: me senté en mi propia puerta a ver mi entierro. Hoy veo que la falta de rabia es completa, total, original. Aunque a veces todavía enseño un colmillo o un pedazo de hueso o la encía. Así que el libro se termina aquí. Hay que cortar por lo sano.

4

Incluso convencí a Carlos Manuel para que me dejara meter una crónica en forma de poema, porque la idea de todo esto es hacer un libro como resultado del proceso. La crónica en versos octosílabos la escribí primero y después me fui a una gasolinera a transcribirla para sufrir en carne propia la falta de clientes, la falta de trabajo. Al fin y al cabo, la Olivetti Lettera 32 fue comprada para eso, para escribir cartas y poemas y actas de matrimonio al momento, por el precio que la gente quisiera. En el año 2010, durante un curso de filosofía que tomé en La Torre, el proyecto editorial de Reina María Rodríguez, aprendí que lo que ha pasado se llama fuga. Es extraordinario.

5

La enfermedad que se ha desatado en todas partes, como parte de una crisis del sistema de salud mundial, como parte de una crisis absolutamente corporal, me coloca en un tipo de segmento AB que empieza en el punto A pero no termina en el punto B. Dicho de un modo prosaico: en un callejón sin salida.

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¿Cómo voy a escribir sobre un lugar sin fotografiar (ojo mediante) el lugar? ¿Cómo voy a escribir sobre Miami sin fotografiar Miami? No se trata de ver para creer, sino de ver para escribir. Imaginar para escribir sería, en este caso, una idea tan romántica como un poema. No hablo de forma sino de contenido. Los poemas son construcciones románticas. Los críticos creen que la música de Miles Davis era romántica, sin ser sentimental, y yo pienso lo mismo de un buen poema, pero una crónica no es un poema.

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Epidemia, la película de 1995 con Duftin Hoffman, Morgan Freeman y Kevin Spacey, está en el tercer lugar entre las películas más vistas en Netflix esta semana. Supongo que la semana que viene estará en el primer lugar. Las personas han empezado a extrapolar el morbo de la realidad hacia un relato de ficción de hace 25 años. En mi casa también hemos visto la película, que empieza con una cita del premio nobel Joshua Lederberg: «La mayor amenaza para el dominio continuo del hombre en el planeta es el virus».

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Desde el primer quédate en casa que vi en televisión y en redes sociales, decidí que esa era la única vacuna real y efectiva que teníamos por el momento. Le pregunté a Tana Oshima lo que ella pensaba, como siempre hago desde que la conozco. Aquí no tengo a Soleida Ríos para que me consuele con poemas de Henri Michaux por teléfono a las ocho de la mañana, pero tengo a Tana Oshima. Las personas confían unas en otras, estén donde estén. Tana Oshima me dijo lo mismo: quédate en casa. Entonces nos hicimos una foto los tres juntos, para la posteridad, sosteniendo las palabras de la única frase acondicionadora: quédate en casa. Agarrando esas palabras, preservándolas. Cada uno con su palabra en las manos. Las palabras tienen fuerza pero no son vacunas. Quedarnos en casa y no recibir visitas tampoco es un poema, los poemas no salvan.

9

De hecho, llevo meses sin escribir un solo poema que valga la pena. Todos los poemas que he escrito dan fe de algo que no es poesía. He tratado de ser honesta cada vez que me he puesto a escribir, pensando que en ese esfuerzo, no en la honestidad, pudiera haber algún tipo de equilibrio. Y de pronto han empezado a morir personas. Los videos de gente muriendo en todo el mundo son también una plaga viral que se expande en nuestras memorias virtuales, y peor, se actualiza en nuestras memorias como antivirus troyano, sin serlo.

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La alegría de vivir, el dibujo maravilloso de Henri Mattise, muestra a un grupo de personas que se abrazan, se besan, están desnudas, hacen música y danzan alrededor de nada, porque no hace falta nada para estar alegres, solo vivir. Los rodea un paisaje natural de árboles y flores. Allá lejos, tal vez, un mar azul. Eso azul no es el mar. ¿Por qué no? Es el horizonte. El mar y el horizonte son lo mismo. No son lo mismo. Sí son. No son.

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Antes de mudarme a La Habana yo vivía en Camagüey y me pasaba horas, días, semanas, sin salir de mi casa. Adentro de la casa igual, me pasaba días sin salir del cuarto, solo salía a bañarme y a comer mi ración de arroz, mi bolita de pan o mi azúcar prieta con limón del patio. En ese momento uno no sabe lo que está pasando, pero es evidente que uno lleva un estilo de vida más o menos zen. Arroz blanco, pan y agua. Leer, mal comer, dormir, despertar. Escribí, además de otros, un libro donde hay un poema que se llama como el dibujo de Mattise: La alegría de vivir.

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Antes de mudarme a Miami yo vivía en La Habana y me pasaba horas, días, semanas, sin salir de un pequeño apartamento en Centro Habana que alquilaba por 60 dólares mensuales. Pagaba aquel alquiler con el dinero ganado gracias a algún premio, pero el dinero no alcanzaba para mucho más, así que no salía y punto. Tampoco conocía a nadie. Unas pocas personas y fin. La dueña del apartamento vivía en el primer apartamento del cuarto piso del edificio y a veces me tocaba la puerta para saber si todo estaba bien. En ese momento uno no sabe lo que está pasando, pero es evidente que uno lleva un estilo de vida más o menos zen. Pan, huevos cocidos y agua. Leer, mal comer, dormir, despertar. Un contexto donde lo mejor de la vida es escribir.

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Antes de que empezara la cuarentena como medida para contener el contagio por Coronavirus, yo me pasaba horas, días, semanas, sin salir de cada uno de los estudios en los que he vivido en Miami. Las pocas personas que conozco son las personas que más me gustan. Un día las conozco y si me gustan, sigo conociéndolas. No tengo sed de conocer gente. Soy como mismo era cuando tenía tres años. Me quedo en una esquina y me entretengo con un objeto. Paso las páginas, me aburro, veo una película, me aburro, pienso en los celajes. En ese momento uno no sabe lo que está pasando, pero es evidente que el estilo de vida más o menos zen continúa. Un contexto donde lo mejor de la vida, todavía, sigue siendo escribir. Llevas tres horas pensando en los celajes. Sí, llevo tres horas pensando en los celajes.

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Lo único extraño de la cuarentena, lo único triste e irremediable, es la sensación de mal. Allá afuera hay un mal. En el asfalto, el mal. En las superficies metálicas y plásticas, el mal. Sobre las cabezas, el mal. En la ropa de la gente y en sus abrigos de invierno y en sus trajes de verano, el mal. En el arroz, en el pan, en el agua, entre las manos, el mal. Alrededor de los animales, el mal. Alrededor de los árboles, el mal. En los espacios vacíos, el mal. Al aire libre, el mal. En la inmensa banalidad, mientras tanto, el mal. Adueñándose de tu mente, para siempre, el mal. Un mal pantagruélico. Un mal más peor.

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No extraño un tiempo de multitudes. No estoy bien en multitudes. Pero extraño lo exiguo, lo poco, lo pequeño de planear, incluso a largo plazo: ir en abril al museo, ir en mayo a la casa de Yeline, llevar al niño al zoológico, hacer el plan de la fiesta, reuniones de seis personas. Los planes, por ahora, se acabaron.

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Cada 12 años llega el Año de la Rata y con él la multiplicación de mis años de nacida. Cuatro ciclos atrás era 1984, mi año de nacimiento. Este año también es el Año de la Rata y hubiera sido hermoso si no estuviéramos como estamos, medio asustados algunos y aterrorizados otros, exactamente igual que un ratón de laboratorio en una jaula con una puerta de camuflaje. Varios libros se publicarían, un libro se escribiría, muchos deseos se cumplirían. Los deseos, por ahora, se acabaron.

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Según el Árbol del Mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos a los ratones están vinculados augurios de muerte, destrucción, guerra, peste, hambre, enfermedad y pobreza; los griegos fabricaban monedas con la representación de un ratón, que se usaban como amuletos contra todo lo malo, en Egipto temían ver al ratón en determinado día (y por el contrario, el ratón blanco era considerado como un buen augurio). No estoy segura de que Virginia Woolf le tuviera miedo a los ratones, me da la impresión de que más bien les tenía asco.

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Según la astrología china, la rata (shǔ) era bienvenida en tiempos antiguos como un protector y traedor de prosperidad material. Es el primero de los animales del ciclo de 12 años que aparece en el zodíaco chino relacionado al calendario chino. En la mitología hindú, una rata es el vehículo del dios Ganesha. Según Virginia Woolf, para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio.

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Extraño saber que vivo en Miami. La certeza de Miami y de lo que significa: que a mi hijo no le falta lo indispensable, que puedo escribir o decir lo que me dé la gana, que puedo tener acceso a lo que me dé la gana, que puedo ir a donde quiera, que puedo entender, con absoluto albedrío, qué significa albedrío. Pero también que estoy lejos, que estoy separada, que estoy donde no nací, que estoy donde no aprendí a hablar. Podría ser excitante.

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El aislamiento coincide con una situación no lógica de la mente. Nadie en sus cabales se aísla, por el contrario, el ser humano potencia la idea de compartir. Incluso una persona antisocial, que no esté bien en las multitudes ni le interese conocer gente, extrañará un poco salir al sol, corretear, saludar a sus cercanos, tropezar con alguien, reírse por casualidad, tocar cuerpos. Los amigos, por ahora, se acabaron.

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Los amigos (el sintagma) me recuerdan una canción del dominicano Juan Luis Guerra, una canción llena de flores. Traigo las flores a mi relato porque las necesito. Necesito un búcaro lleno de flores. No necesito a un florero pasando por la calle, vendiendo flores hermosas, cantando, improvisando, pregonando. No necesito a un hombre que empuja una carretilla de palo llena de flores blancas, incluso flores de muerto, lirios, azucenas. Lo que deseo es el búcaro, con agua y flores. Construir la belleza al alcance de la mano. Construir la emoción.

22

He bailado esa canción de los noventa en círculo junto a gente conocida y desconocida que tal vez no conozca nunca, pero me gustan. He bailado junto a personas que no volveré a ver. Es una canción de los noventa que ya nadie oye. De todos me acuerdo desde mi cuarto propio. Un cuarto propio de un metro cuadrado que he construido en el aislamiento para darle a la escritura un motivo que no tiene.

23

No hay ningún motivo para escribir a no ser el deseo de escribir. Un deseo-virus enfermizo, inmunológico.

24

No hay floreros en Miami empujando carretillas pero hay puestos de flores en las gasolineras. Los que venden esas flores son latinos, emigrantes, exiliados. Las flores huelen a flores pero también huelen a exilio. Es un olor que molesta, a veces, en contraste con la belleza que uno quiere construir. Es un olor con un peso, con cierta sustancia no identificada. Esas flores, para mí, han dejado de oler.

25

El 15 de diciembre de 2017, con tres meses y pico de embarazo, cumplí 33 años en Miami y Soleida Ríos me mandó un email en el que había 33 flores, pero no las organizó por orden alfabético, lo que me hizo más feliz, porque la imaginé sonriendo, recordando nombres de flores como mismo José Kozer recuerda nombres de pájaros: azahar, ixora coccinea, amapola, clavel, girasol, violeta, lirio, magnolia, nomeolvides, jazmín, asfódelo, radiante, príncipe negro, extrañarrosa, rabo de gato, fitonia, siempreviva, nenúfar, flamboyán, buganvilia, orquídea, azucena, terciopelo, gladiolo, alhelí, geranio, mariposa, margarita, romerillo, narciso, madreselva, camelia, calabaza.

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Acaso la escritura sea, con suerte y un ganchito, el más perfecto ejercicio de memoria.

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Mi habitación propia se resume a un escritorio. Lo que he puesto encima de él vendría a ser su esencia.  Escritorio, Miami. En la pared, un dibujo de Sergio Chávez llamado En el Caribe. Sergio Chávez, artista cubano residente en Miami, dibujó el mapa de Cuba, la península de la Florida y el mar. Flotando en el estrecho, un hombre desnudo a merced del agua. Cuando miro el dibujo también dejo de ver y de sentir y de pensar.

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Al lado del dibujo de Sergio Chávez colgué un dibujo del artista camagüeyano Osmar Yero. Es un hombre-búcaro triste al que le salen flores del cuerpo. Trae puestos zapatos y pantalón de vestir. Su cuerpo-caja tiene agujeros por donde asoman botones. El tallo de las flores ha brotado de la tierra y se le ha ido enredando, desde abajo por dentro del pantalón. Su cabeza, inclinada ligeramente, denota un estado de ánimo melancólico. El dibujo fue hecho en el año 2008 con pasteles y café. Café cubano.

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Otros accesorios sobre el escritorio podrían estimular mis deseos: 33 libros viejos para niños que traje de Cuba o que he conseguido a través de amigos, un reloj, una matrioska rusa que le compré a un señor en la Calle Ocho de Miami, un cofre con la foto de mis abuelos, un frasco de perfume con agua bendita, un disco externo de dos terabytes lleno de películas, una laptop y una silla. Lo virtual es un adorno. Los 33 libros son: Los payasos, Cuentos de animales, Juegos y otros poemas, Negrita, El caballito blanco, Las viejitas de las sombrillas, Antología de la narrativa infantil cubana, De las Rastrirrañas y las Miñocorras, Un elefante en la cuerda floja, La isla del tesoro, La defensa de Chipre, Los tres mosqueteros, La noche, La niña que iluminó la noche, El papá de noche, Palomar, Peter Pan y Wendy, Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn, Mujercitas, Hombrecitos, Oros viejos, Había una vez, La cuerda floja, El bolso amarillo, Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, Me importa un comino el rey Pepino, Momo, Pippa Mediaslargas, Ronja la hija del bandolero, Los niños más encantadores del mundo, El hobbit, Los pájaros de la noche, Uiplalá.

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A esta altura me olvidé del virus y de las medidas tomadas por el gobierno de Estados Unidos para que no se propague. Ya dieron toque de queda en Miami Beach. Mi tía, una doctora especialista en medicina general y en neonatología, que trabaja en Miami cuidando ancianos, se pasa el día dándonos consejos por WhatsApp: mantener distancia y las manos limpias. Siempre me ha gustado lo meticuloso.

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Tenemos una caja de guantes para ponérnoslos si salimos pero no tenemos nasobucos. Compramos una caja de nasobucos el 12 de marzo pero no llega hasta el 30 de abril. Los nasobucos harán un viaje de más de cuarenta días aproximadamente. Teníamos la esperanza de que en llegando se hubiera acabado la cuarentena. La caja con mil nasobucos costó alrededor de 20 dólares más el costo de envío, pero ese enlace ya no está disponible y no sabemos a ciencia cierta cuántos nasobucos llegarán en realidad.

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Veo Miami a través de las fotos urbanas de Ramón Williams, de William Riera y de Rainy Silvestre, tres fotógrafos cubanos que se dedican, como yo, a mirar. Las fotos de cada uno son completamente distintas a las de los otros dos, sin embargo veo Miami, registro un lugar donde he vivido atravesando túneles de presión. Hago zapping entre las fotos y pienso: yo pasé por ahí, qué chiquito es el mundo, imposible, de esa árbol no me acuerdo, ¡¿pero cómo!?

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El fotógrafo cubano William Riera, que hace un tipo de fotografía documental, me dijo públicamente que la foto suya que yo eligiera sería mía. Pienso elegir una pieza fotográfica hecha en Wynwood, Miami, donde hay dos esculturas renacentistas al lado de una silla giratoria y un cartel en el medio de las esculturas que dice BEWARE. O, por el contrario, la imagen magnífica, distante de Miami, de un paisaje chino con dos montañas asiáticas y dos jóvenes asiáticos que se persiguen en una curva amorosa.

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El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en un artículo publicado en El País, recomienda a los países de Europa y Estados Unidos tomar el ejemplo de los países asiáticos frente al Coronavirus, que no cerraron frontera ni dejaron de trabajar. A las 20:00 horas del 23 de marzo de 2020 siguen aterrizando y despegando aviones en el aeropuerto de Miami.

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Jugar a los exploradores y hacer casas de campaña suena divertido, excéntrico y delicioso, mientras no formen parte del campo de casas de campaña de la Calle Siete y la Avenida Quince en el northwest de Miami. ¿Las personas que viven ahí  (eufemismo) fueron las primeras en contagiarse o no se contagiarán nunca? ¿Alguien lo sabrá?

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Tenemos una bolsa de raíces de jengibre en el refrigerador pero nos da miedo usarlas y que se acabe. Tenemos dos frascos de miel con propóleos en una gaveta pero nos da miedo usarlos y que se acaben. Tenemos limones y una cabeza de ajo pero no se toca. Tenemos dos frascos de vitamina C, de 500 gramos y de 1000 gramos respectivamente. Nos quedan prenatales y multivitaminas para mujeres. Tenemos cantidad de películas pero nos da miedo ver películas. Tampoco tenemos deseos de leer. Tenemos tres docenas de huevos y eso sí estamos usándolo. Es demasiado.

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Hace un año exacto de nuestra primera salida sin el niño después de que el niño naciera. Casi tenía diez meses. Lo dejamos en casa de los abuelos. Fuimos al concierto de violín que dio Alfredo Triff en el Centro Cultural Español de Miami: Mindtrance. A los diez minutos de empezar el concierto, el bebé empezó a llorar y nos llamaron por teléfono. Yo me quise quedar para ver el concierto completo y escribir sobre él pero al final no escribí. Nunca había visto a Alfredo Triff y a Rosie Inguanzo juntos, quiero decir actuando, tocando, violentando, sobre un escenario en vivo. A la dramaturgia del nuevo álbum de Alfredo Triff, descrito como un viaje electrónico en la mente, se añadía el concierto acapella de un bebé en un apartamento de la Pequeña Habana. Sus decibeles se oyeron en el Down Town.

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En Miami he conocido a cleptómanos y fanfarrones, a negociantes y delincuentes, a dinosaurios y lagartijas. He conocido, por el contrario, a personas que pudiera comparar con curvas amorosas o montañas o túneles de presión o flores. Si fuera atacada por el virus, violada por su fibrosis y paralizada por un par de alvéolos congestionados, querría agradecer a los segundos con un pensamiento nítido de cero peso y cero palabras.

39

No es broma cuando digo que mi hijo es mi presidente.

40

Tampoco es broma cuando digo que mi hijo es mi antivirus.