Yuyú / Foto: Cortesía del entrevistado

Yuyú / Foto: Cortesía del entrevistado

Cuando Yuyú1 salió de Buenos Aires junto al Flaco, con la intención de cruzar el río Bravo, sin diario, motocicleta, ni espíritu aventurero, le daba lo mismo una fiesta que un velorio. Morirse, claro, no estaba en sus planes.

¡¿Qué me podía pasar, que me agarraran y me deportaran?! —dice mientras encoge los hombros y hace una mueca con sus labios.

¿Tan mal estabas? —le pregunto.

No, en comparación con otros, yo estaba bien. Tenía estabilidad, un trabajito y hasta me había casado, pero no quería seguir viviendo en Argentina. Un frío de madre… Ahorré un dinerito y mi hermano me dijo: «Dale, avanza y ven pa’cá, lo que sea lo resolvemos por el camino».

Poco menos de 14 mil kilómetros separaban el allá argentino de Yuyú del acá miamense de su hermano, donde comparte hoy —coronita sudada en mano— la historia de una conquista continental. Afuera, un aguacero ventoso amenaza con echar a volar los globos de la terraza y aplaza la fiesta infantil que nos ha reunido en esta sala, pero favorece un ambiente de intimidad.

La conversación empieza con una pregunta común, casi cliché, entre los cubanos de la Florida: ¿Cuánto tiempo llevan ustedes?

Cada quien responde: un año y cinco meses, un año y un mes… Yuyú compite y gana:

Pues yo fui el último, llegué este 11 de abril.

¿Entraste por reunificación familiar? —pregunto.

¡Qué va! Así entré yo —se adelanta el anfitrión, su amigo, músico devenido técnico en aires acondicionados—. Este salió caminando de Argentina para Miami.

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Según cifras oficiales, unos tres mil 500 cubanos viven en Argentina*. En Chile, han sido legalizados unos cinco mil, mientras que otros tantos llegaron a Uruguay solo en 2018. Todos esos nuevos habitantes del Cono Sur han debido acostumbrarse al verano en fin de año y a los abrigos en julio y agosto.

«Igual yo estoy feliz», dice Yamileydi Rodríguez, profesora de inglés, desde Montevideo. «Por ahora trabajo en un laboratorio fregando todo tipo de utensilios, mientras mi marido y mi hijo están en una compañía de superfiestas. Empezaron cargando cajas en el puerto, cuando los escogían. Poco a poco nos anivelaremos y ahorraremos para montar nuestro negocio. Con lo que ganamos nos alcanza para pagar la renta, planificar la comida del mes: ¡podemos comer carne de res!, y hacer alguna que otra salidita. Llegamos gracias a mi hermano, que nos prestó el dinero para todo el recorrido».

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Yuyú partió el 9 de enero de 2018 desde Argentina. Fueron 92 días de viaje hasta el sur de la Florida: «la tierra prometida».

Sin demasiadas penas ni glorias transcurrió el largo trayecto sudamericano. De autobús en autobús, carreteras van y carreteras vienen. «Todo fue tranquilo. Vaya, eran días enteros rodando y siempre es incómodo, pero nada malo pasó. Yo me montaba, le pagaba al chofer un par de dólares más, me ponía la gorra en la cara y a dormir. Hablar lo menos posible para que no te identifiquen como extranjero, y así la policía o migración ni te nota», cuenta.

Buenos Aires, Valparaíso, Antofagasta, Lima, Quito, Cali… Yuyú y el Flaco rodando por la Ruta Panamericana como ciudadanos continentales, inseparables, unidos como la plata en las raíces de los Andes. Una semana y pico les tomó llegar a la ciudad portuaria de Turbo, en Colombia.

Atravesaron en lancha el golfo de Urabá, salpicados por las aguas del Mar Caribe. En dos horas y media estaban en Capurganá; otro sorbo de mar y terminaron justo donde los bríos vacacionistas suelen dar paso a la acritud de la ruta del migrante, playa Mariquita: antesala de cuatro días y tres noches en el Darién. «Esa selva, madre mía, de verdad yo pensé que de ahí no salía».

Yuyú sabía de antemano el nombre, había escuchado sobre el calor y la humedad que acechan en esa selva montañosa que los migrantes a menudo describen como un infierno. Evitó recordar las cifras de desdichados que no vivieron para contarlo y ajustó sus sentidos para conjurar los peligros y las mortificaciones de la travesía: caminar ligero de equipaje algo más de 100 kilómetros, bajo la lluvia y el sol, entre las nubes de mosquitos; procurar la invisibilidad en el territorio de «los indios asaltantes»; reprimir en su mente el acoso de serpientes, jaguares, traficantes de personas y de drogas que, por otra parte, nunca se presentaron en la realidad.

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Con toda seguridad, Yuyú no leyó un reporte que, por esos días, exactamente el 31 de enero, publicaba BBC Mundo sobre la experiencia de dos enviados especiales que estuvieron una semana en el Tapón del Darién. ¿Cuántas vidas ha cobrado ese paraje inhóspito? «No hay una cifra oficial, sino relatos fragmentados», aseguran los periodistas.

Entre las crónicas rotas de esas personas que han muerto lejos de casa está la del padre cubano y su hijo de 18 meses cuyos cuerpos fueron hallados en marzo de 2018 en Playa Cascajal, Panamá. De un final parecido se salvó el matrimonio de los cubanos Yaritza Estrada y Yan Guzmán, encontrados en el mes de octubre por la Policía Nacional de Colombia junto a su niño pequeño: sin dinero, hambrientos, deshidratados.

Diario de Cuba reportó cómo esta familia fue saqueada y luego abandonada por los traficantes. «Nos robaron todo, dañaron nuestro celular y nos dejaron sin agua ni alimentos». Ellos formaron parte de los mil 248 migrantes rescatados en la Selva del Darién entre enero y noviembre de 2018.

También en el golfo de Urabá, tras moverse desde Guyana hasta Colombia, fueron asesinados en septiembre de 2016 los jóvenes cubanos Dunieski Eliades Lastre y Edelvis Martínez Aguilar. A ella en presencia de su novio, Liover Santos Corria, quien logró zafarse, en el agua, de la cuerda con que lo ataron para que se ahogara.

Pero a la gente como Yuyú no le detiene el horror. Estos viajeros forzosos hacen caso omiso a las advertencias y se adentran, sin derechos ni garantías, en la jungla.

En tanto, el gobierno de Panamá tiene sus razones para no completar el tramo de carretera panamericana que debería atravesar la zona: hay que proteger una reserva de la biosfera; hay que velar por las culturas de los pueblos indígenas; hay que evitar el contagio de enfermedades.

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A la selva entramos 12, sin contar al guía: una mujer embarazada de ocho meses con su marido; un prieto enorme de Marianao junto con dos mujeres del mismo barrio; cinco africanos; el Flaco y yo.

¿Ocho meses de embarazo?

Anjá. Qué locura, ¡¿eh?! Se les metió en la cabeza que el chiquito tenía que nacer de este lado del charco.

Yuyú describe a sus compañeros de viaje africanos: «De esos que se tiran tres veces al día a rezar besando el piso».

«La parte colombiana fue más suave», dice. «A ver, caminamos casi 20 horas seguidas por el monte. En una de las lomas tardamos cuatro, sólo pa’ subirla…, y pa’ bajo es peor. Allí por poco queda el negrón de Marianao; Senén se llama. El pobre, diabético, no podía con los pies. Tenía berriao al guía porque siempre iba de último. Yo le decía: «Compadre, si te apuras un poquito, tienes tiempo luego para sentarte a coger un diez; no te quedes atrás. A la punta de la loma llegó, blanco como un papel, cuando yo llevaba como media hora tirao en la yerba, descansando».

«Cayendo la noche estábamos en el lugarcito donde había que dormir», prosigue Yuyú. «Yo llegué arrebatao de la pelazón; el pitusa que traía puesto acabó conmigo. Una de las muchachas que venía con Senén, después de lavarse en el río, dejó tirada una licra de florecitas y yo la recogí; con el pantalón no podía seguir. Ella me vio y me dijo: «Chico, deja esa que está sucia; yo tengo como cinco o seis más, nuevecitas, te voy a regalar una”. Igual me llevé la que ella soltó».

Yuyú había botado la mochila con su ropa cuando subía una de las lomas más altas de la travesía. «Casi todo el mundo», dice, «soltó equipaje; nos quedamos con un poco de comida. Pero las mujeres, tú sabes, se las arreglan para cargar sus cosas. La gente se lleva en esos viajes lo mejor que tiene. Luego de unos cuantos kilómetros empiezan a botarlo todo: ropa, zapatos… Todo menos el agua y la comida».

Según Yuyú, esa noche el guía repitió varias veces: «Cuando amanezca, vamos a cruzar el río, subir la loma que nos queda al frente, nos topamos otra vez con el río, y hay que seguir en favor de la corriente. Pa’lante hasta el primer pueblito de Panamá». Y advertía sobre una zona infestada de asaltantes: «Tenemos que pasar calladitos y con los ojos bien abiertos; si nos sienten, nos caen arriba. Y los retenes panameños son muchos, y sí están pa’ deportar gente; nos ven y enseguidita llaman el helicóptero».

Las instrucciones eran claras. En cuanto a la insistencia del guía, no hizo falta mayor explicación cuando no lo encontraron a la mañana siguiente. «Se suponía que nos cruzara completo, y el muy descarao ya había cobrado los 100 dólares por cabeza antes incluso de entrar a la selva».

¿Entonces?

«Despertamos a la gente, y si ustedes los vieran: ¡remolones como si estuvieran en una cama! Querían dormir otro poquito y ponerse a hacer desayuno. El Flaco y yo arrancamos solos. O eso pensamos», dice Yuyú.

«Al poco rato», continúa, «nos dimos cuenta de que los africanos nos seguían. Si nos parábamos, ellos paraban; si caminábamos, ellos caminaban. Nosotros queríamos quitárnoslos de arriba; eran muy casa sola. Se hacían los largos y no compartían; cuando todavía estábamos con el guía, se hizo una ponina para comprar comida y ellos no pusieron nada. En una de esas partes donde no se puede avanzar por el borde del río, que tienes que tirarte y nadar, a uno de ellos se lo llevó la corriente. El Flaco y yo pensamos que se había ahogado. Nos dio lástima, pero no nos tiramos a buscarlo. Con todos los trapos esos que tienen encima cómo no se van a enredar».

A esas alturas, lo único que Yuyú llevaba puesto eran los tenis, la licra nueva y un pulóver con bolsillo. «Ahí metí el dinero y el celular. El pasaporte lo envolví en un nailon y me lo puse con un cordón en la cabeza, por debajo de la gorra. En la cintura me amarré el abrigo y la licra de flores. Menos mal que la recogí. Porque la nueva era negra y cuando se combinaron el calor y los mosquitos me la tuve que quitar y engancharme las florecitas de colores», dice, y se echa a reír.

Yuyú sabe reírse de sí mismo.

***

Al pie de la letra siguieron Yuyú y el Flaco las instrucciones del guía ausente. Cruzaron el río, subieron y bajaron la loma, se toparon otra vez con el río y caminaron por la orilla en el sentido de la corriente. Anduvieron tres días y solo descansaron obligados por la oscuridad de las noches en el Darién.

Al amanecer de la cuarta jornada un camino de tierra los llevó hasta un descampado. Lo atravesaban cuando tomaron una pequeña pendiente. Al bajar se encontraron en un sitio lleno de mochilas, ripios de ropas y zapatos con hedor a sospecha. De poco servía ya cerrar el pico, andar como pisando cristales o intentar escapar.

«Yo me dije», dice ahora Yuyú: «“Por aquí deben estar los que asaltan”. Y en menos de lo que canta un gallo ya los teníamos arriba. Eran unos indios chiquiticos, yo creo que ni metro y medio medían, pero qué salaos… Algunos tenían armas de fuego, otros machetes, otros palos. Nos dieron hasta que nos caímos; claro que no demoramos mucho en llegar al piso; no había donde esconderse y ellos amenazaron con disparar. Les pedimos que pararan, dijimos que les íbamos a dar lo que traíamos. Uno de ellos le dijo al jefe: “Estos cubanos son los guías, vamos a matarlos”. Ahí saltamos y aclaramos que no, que éramos par de tipos normales intentando pasar, que estábamos solos, por nuestra cuenta. Les dimos todo el dinero que llevábamos, y nos dejaron ir».

«Hasta el pasaporte nos querían quitar. Me planté y les dije: “Compadres, y ustedes pa’ qué quieren esa basura; a nosotros porque no nos queda más remedio”».

Los asaltantes le quitaron 500 dólares. «Hay gente», dice, «que trata de esconder los verdes pero ellos ya lo saben. Te registran todos los huecos del cuerpo si les dices que no tienes nada. Es muy feo… Al que sonaron durísimo fue a uno de los africanos. Ellos seguían atrás de nosotros, y allí fueron a parar también. Por eso los indios decían que el Flaco y yo éramos los guías. El tema es que el tipo había escondido el dinero en la costura del pantalón; qué manera de aguantar golpes. Total, para nada».

Unos kilómetros más adelante encontraron un guardia del Servicio Nacional de Fronteras panameño. «De milagro no nos vio», suelta Yuyú.

Entre enero y octubre de 2018, el Servicio Nacional de Migración de Panamá expulsó, repatrió o aplicó la medida de retorno voluntario a 161 cubanos. El número fue mayor solo para venezolanos, colombianos y nicaragüenses. En febrero de este año una caravana de casi 400 cubanos se encaraba con los guardias fronterizos pidiendo que les dejaran reunirse a otro grupo de migrantes isleños que ya había ingresado al país. El objetivo declarado era atravesar el istmo para continuar hacia Estados Unidos.

Yuyú y el Flaco optaron por esconderse en los yerbazales y luego, en una encrucijada, tomaron el trillo de la derecha, que los llevó hasta un platanal en medio de la selva. «Aquello nos salvó la vida», dice. «El Flaco estaba asustado, porque lo más probable es que fueran de los guardias. Pero, oye, nosotros estábamos muertos de hambre, teníamos 48 horas sin comer».

Cuenta Yuyú que había allí una caseta con leña, fósforos, cartuchos de escopeta, una olla, sal y galones de agua. «Agarramos y hervimos plátanos, comimos rápido todo lo que pudimos y regresamos por donde mismo. En la división del caminito nos metimos entonces por el trillo de la izquierda, y ese nos llevó otra vez al río».

Algo semejante a la Providencia volvió a socorrer a Yuyú y al Flaco: «Cuando vimos una carretera, ya no teníamos ni fuerza para alegrarnos. Nos tiramos boca arriba en la cuneta y pedimos al Cielo no morirnos allí. Y nos oyó. Pasó un taxista que nos recogió de puro favor: montó a dos tipos desconocidos, sucios y magullados; uno, flaco en el pellejo, y otro, calvo con una licra rota de florecitas. Y nos llevó hasta el pueblito donde vivía María».

¿Quién es María? —pregunto.

Una mujer que recogía a quienes pasaban por esa zona y les cobraba 250 dólares por un papel que evitaba la deportación durante un mes.

En casa de María se reencontró con la mujer embarazada y su marido, a quienes había dejado de ver hacía ya varias jornadas. «No parió en la selva», dice Yuyú. «Le dio un dolor, y los dos terminaron entregándose al retén; los sacaron en helicóptero y más tarde se les escaparon a los guardias otra vez».

Yuyú no esperó papel alguno. «Era muy caro y no garantizaba nada, solo un poco de tiempo. Supimos de una forma rápida para cruzar a Costa Rica. Nos embarramos los dedos de tinta y dijimos que nos habían tomado las huellas al salir de Panamá, pero que no tenían modelos para entregar en ese momento, así que nos registraron y nos dijeron que podíamos avanzar».

Pero antes descansaron en casa del taxista que los había recogido en la ruta. «Él y su familia eran cristianos». Yuyú y El Flaco tenían los pies «hechos sangre».

Fueron los 100 dólares mejor invertidos.

¿De dónde los sacaste?

¿De dónde si no? Me prestaron un teléfono, llamé a mi hermano y al poco rato ya estaba recogiendo dinero para seguir el viaje. Nos quedamos tres días en casa de Florencio, que así se llamaba ese hombre bueno. Nos dio comida, ropa, zapatos y hasta fue a una farmacia y nos compró pomadas para los pies. Después nos dio instrucciones sobre la mejor vía para continuar, y un tremendo adelantón en su carro.

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En Costa Rica estuvieron otros tres días; les bastó con seguir ciertos trillos que evitaban a los guardias. Mucho cuidado, pero ningún sobresalto en Nicaragua. Tampoco en Honduras, ni en Guatemala. Una vez en la frontera mexicana, en Tapachula, estado de Chiapas, debieron esperar 13 días por un salvoconducto que les permitiera continuar hacia el norte.

En México se separaron Yuyú y su compinche. La mujer del Flaco, mexicana, le esperaba para intentar ser felices allí, juntitos los dos. Se sumaba el Flaco a una comunidad que supera ya los 20 000 cubanos emigrados y que, según el norteamericano Pew Research Center, creció un 560 por ciento entre 2010 y 2016.

«A las seis de la tarde», narra Yuyú, «me subí al primer bus en Tapachula. En 36 horas estaba en la frontera con Estados Unidos. De coyotes nada. Después de los 100 dólares que me tumbó el guía del Darién, yo no le pagué a nadie más para que me encaminara. Averigüé con la gente, por mi cuenta. Me enteré de que coyotes sobraban, y que escaseaban los levantadores. Los que llevan a la gente por carretera; los boteros ilegales de los emigrantes ilegales, vaya. Con ellos se ensaña más la policía. A mí lo último que me tocó fue la cárcel. En Laredo caí el 25 de febrero».

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En Laredo, ya del lado norteamericano, Yuyú permaneció 45 días retenido. Al principio compartió celda con otros tres cubanos, pero estos luego se fueron: «Les dio pánico y echaron la carta pidiendo deportación inmediata. Son unos buzones largos», sonríe Yuyú, «si metes la carta ya no la puedes sacar; hay gente que se acobarda en un momento y la tira…, luego se le pasa, pero ya no hay remedio, de cabeza para atrás».

En los centros de retención el ambiente no resulta precisamente amable. Según Yuyú, «hay pandillas, cárteles de droga… gente mala ligada con infelices que solo quieren salir de su desgracia, o de la vida que llevaban, porque nos les cuadra y ya». Pero en esos días lo más importante para Yuyú era que su historia funcionara ante las autoridades migratorias estadounidenses.

«Había uno que tenía un expediente preparado con las cosas que había hecho, era… ¿cómo le dicen…? Disidente, sí. Protestaba en Cuba, ponía carteles y todo eso; pero a ese le dijeron que no, lo deportaron. Cuando me preguntaron por qué estaba pidiendo refugio, les dije que yo tenía un pipa de cerveza y me buscaba mi dinerito, pero la policía me tenía fichao y en el último encontronazo me dieron golpes hasta partirme dos costillas…». Y con eso bastó para que fuera aceptado el caso de asilo y Yuyú fuera liberado bajo fianza.

Durante el año fiscal 2018, la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras (CBP, en inglés) registró siete mil 79 cubanos que entraron por la frontera con México. En los últimos seis meses, lo que va del año fiscal 2019, seis mil 289 «Cuban inadmissibles» (sin documentos) han ingresado solicitando asilo por la frontera sudoeste. Hasta julio de 2018, los tribunales de inmigración en Estados Unidos tenían 746 mil peticiones de asilo pendientes, lo que supone un atraso récord. Yuyú es uno de esos solicitantes.

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Durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, Lee F. Cissna, director del Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS, en inglés), aseguró: «Nosotros entrevistamos a las personas y si vemos que en verdad tienen miedo de regresar a su país, y pasan esa revisión, entonces quizás su caso pueda ser presentado ante un juez».

De acuerdo con la Secretaría de Gobernación de México, en 2016, cuando todavía los migrantes de la isla utilizaban aquel país apenas como trampolín para aterrizar en suelo estadounidense, se tramitaron 43 peticiones de refugio. En 2017 la cifra llegó a 796, mientras que, entre enero y septiembre de 2018, otros 127 ciudadanos de Cuba solicitaron refugio en el país azteca. Presumiblemente, México se convirtió, por lo menos al principio, en una opción para quienes de pronto ya no tenían entrada privilegiada en los Estados Unidos.

Lo innegable es que se ha reducido notablemente el flujo marítimo de inmigrantes cubanos desde que Barack Obama canceló, en enero de 2017, la política de «Pies secos-Pies mojados» establecida por Bill Clinton en 1995. En el año fiscal 2017, la Guardia Costera repatrió a mil 532 balseros cubanos, mientras que en 2018 la cifra fue de 384.

Solo los cubanos que obtienen una visa —en cualquiera de sus categorías—, y llegan a Estados Unidos con la intención de quedarse, acceden con relativa facilidad al derecho de aplicar, pasado un año y un día, a la vigente Ley de Ajuste Cubano, aprobada en 1966. El desafío consiste en subsistir durante el tiempo necesario para conseguir la Residencia Permanente.

Si se revisa detalladamente la Matriz de Migración Bilateral que publica el Banco Mundial, un total de cinco millones 316 mil* cubanos han sido reportados como migrantes en su peregrinar por 163 países a partir de 1960. La cifra es superior, según Worldometers, a la población respectiva de unos 110 estados nacionales.

En septiembre último, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, declaró en Nueva York : «Los cubanos viajamos de manera creciente, no emigramos de manera masiva». Pero, según datos del Department of Homeland Security (DHS) en su Anuario de Estadísticas de Inmigración 2017, un total de 185 mil 47 cubanos recibieron la Residencia Permanente en el período 2015-2017, los años de la crisis migratoria cubana vía Sudamérica y Centroamérica.

*Cubanos Residentes En El Extranjero (facilitado Por Proyecto Inventario)

Incluso, de acuerdo con las cifras más recientes publicadas por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) de Cuba, unos 183 mil 100 cubanos residían permanentemente fuera del país entre 2008 y 2016. En tanto, el Observatorio Permanente de la Inmigración del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social del Gobierno de España contabiliza 417 l mi358 cubanos autorizados a residir en la madre patria (2009-2018).

De manera muy conservadora puede afirmarse que el 13.1 por ciento de la población cubana actual es emigrante. Todavía más, los números apuntan que en la última década han partido más cubanos que nunca en toda la historia del país.

Tras el 17 de diciembre de 2014, cuando se inició el deshielo de las relaciones Cuba-Estados Unidos, miles de cubanos se olieron el fin de concesiones migratorias («Pies secos-Pies mojados») y vendieron sus propiedades para tratar de llegar a los Estados Unidos cruzando hasta nueve fronteras desde Ecuador. O desde Guyana. Tanto fue así que el cambio de moneda (en la calle) fluctuó entre 94 y 98 centavos de CUC (peso cubano convertible) por dólar americano, mientras las tasas de cambio oficiales se mantenían en 86 centavos por dólar.

Con el gobierno de Donald Trump la historia es otra. Todo indica que el número de cubanos con Residencia Permanente será menor para el período 2018-2020. Más aún tras el cierre de la oficina de Ciudadanía e Inmigración en la embajada de Estados Unidos en La Habana. La actual administración ha manifestado también su intención de eliminar el programa de Lotería de Visas, conocido popularmente en Cuba como «el bombo».

Cubanos Con Residencia Permanente En EE.UU. 1960 2017

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Dos mil dólares después, más la fianza, Yuyú permanece en un limbo legal y espera aún por un status migratorio. Vive ahora en un apartamento de dos cuartos, «de lo más bonito», asegura, con su hermano y su cuñada, quienes dejaron el efficciency donde habitaban cuando él llegó. «Pagamos 900 mensual», dice.

Eso está muy bueno, tu hermano seguro consiguió un Plan 8 —le digo.

No sé qué es eso. Todavía estoy perdío.

Tienes que sacar la licencia de conducción rápido, aunque no manejes ni tengas carro.

¿Pa’ qué?

Porque dicen que la mordida del seguro es más chiquita cuando llevas más tiempo con la licencia.

Ah, mira, lo voy a hacerdice Yuyú

El permiso de trabajo me llegó rápido.

¿En qué estás trabajando?

De cabillero en una brigada de construcción. Lo más pesado es la posición. Uno trabaja así, echado pa’lante —se para, dobla el tronco con las piernas sin flexionar y suelta los brazos hasta el piso, simulando amarres— y ya estuve enfermo. A la gente que esté muy vieja o enferma yo le digo que no venga pa´cá.

¿Qué te pasó?

Se me pusieron las rodillas así de hinchadas —sentado otra vez, pone las dos manos en forma de toronja grande—. Imagínate, esto es un cuerpo raro, ancho pa’rriba, con barriga y flaco de patas. Por suerte yo tengo seguro médico. Y ya no me ha vuelto a pasar.

¿Y los otros que se metieron en la selva contigo, supiste algo de ellos?

De los cinco africanos no. Pero de los otros sí. El Flaco sigue guapeando en México con su mujer. A la embarazada de ocho meses y a su marido los sacaron de la prisión en Laredo, antes que a mí; a estas alturas deben de haber logrado su sueño de tener un hijo americano. Y Senén (el negrón diabético que se quedaba atrás junto con las dos muchachas que me regalaron la licra) estuvo cinco meses preso, pero ya anda por allá por Texas. El otro día hablamos por teléfono.

Yuyú tiene en Cuba una hija: «Siete años». Y tiene un sueño: «A esa sí la quiero traer, y la madre me dijo que sí, que la dejaba. Tengo que esperar, por supuesto, a que me llegue la residencia y a tener una mujer buena, que la quiera y la cuide también». Sus padres, los viejos, son otro asunto: «Esos aquí no se acostumbran. Les arreglé el baño y la cocina antes de irme. Me faltó ponerles un aire acondicionado. Les mando 50 dólares todas las semanas para que se alimenten bien».

Hacia el final de nuestra conversación, Yuyú recuerda sus tiempos de pesca submarina, con escopeta, que es lo que más le gusta. Cuenta su asombro al encontrar en Facebook unas fotos del río de Las Turbinas, donde empezó a nadar y aprendió a vivir.

Más tarde, entrada la noche, dice:

Yo no soy de los más inteligentes, pero tampoco de los más brutos. Lo que tengo que hacer es montar mi propia compañía para la construcción.

1 Yuyú es el seudónimo elegido para este trabajo por un cubano que llegó en abril de 2018 a Estados Unidos y prefiere mantener oculta se identidad pues aún espera por la definición de su status migratorio.