Fidel Castro y Mijail Gorbachov a Cuba, el 2 de abril de 1989

Fidel Castro y Mijail Gorbachov en Cuba, el 2 de abril de 1989 / Foto: Reuters

Hace treinta años la historia global dio un giro que todavía a muchos cuesta asimilar. La caída del muro de Berlín fue un evento espectacular y poco previsible, pero que estuvo antecedido por una serie de reformas y revueltas en Europa del Este: la perestroika y la glasnost de Mijaíl Gorbachov en la URSS, el movimiento Solidaridad en Polonia –que logró su legalización en abril de ese año e impulsó la apertura parlamentaria que permitió la llegada al gobierno de Tadeuz Mazowiecki–, las manifestaciones antisoviéticas en las repúblicas del Báltico o el homenaje, en Budapest, a Imre Nagy y los mártires de la Revolución húngara de 1956.

Varios de los jefes de Estado de los socialismos reales debieron renunciar poco antes o poco después del 9 de noviembre de 1989. Erich Honecker dimitió en octubre de ese año, pocas semanas antes del derrumbe. El húngaro János Kádar renunció desde fines de 1988 y murió en julio del año siguiente, sin ver la caída del muro. El checo Gustáv Húsak debió ceder la jefatura del partido comunista en diciembre de 1987, aunque retuvo la presidencia hasta fines de 1989. El polaco Wojciech Jaruselsky también delegó en dos sucesores la dirigencia del partido y el Consejo de Estado desde el verano de 1989, aunque abandonó definitivamente el poder en 1990, cuando lo sucedió Lech Walesa.

Todas aquellas remociones, meses antes de la caída del Muro de Berlín, serían suficientes para dar la razón a Ágnes Heller y Ferenc Féher, quienes siempre sostuvieron que lo que sucedió en Europa del Este en los 80 fue un conjunto de revoluciones contra los regímenes del socialismo real. Frente a una corriente historiográfica favorable al relanzamiento de la nueva hegemonía rusa, bajo el gobierno de Vladimir Putin, que sostiene que la URSS cayó por la «traición» de Mijaíl Gorbachov y la conspiración de los poderes occidentales, una mirada más atenta al estallido de aquellas sociedades civiles, durante los 80, apunta a la experiencia de revoluciones que precedieron a los tránsitos democráticos de la década siguiente.

La caída del muro aceleró el derrumbe del bloque soviético que, a fines de año, se volvió irreversible con la Revolución de Terciopelo checa, la elección presidencial de Václav Havel y el derrocamiento del régimen de Nicolae Ceausescu en Rumanía. Mientras tenían lugar aquellos fenómenos que sus mismos protagonistas llamaban «revoluciones», del otro lado del Atlántico, la «Revolución» por antonomasia de la Guerra Fría latinoamericana, elegía un camino diametralmente opuesto. Cuba, la única nación integrante del campo socialista en el hemisferio occidental, se convertiría en uno de los principales focos de resistencia al cambio global iniciado aquel año.

Sin embargo, el 89 también tuvo lugar en Cuba y el fin de la Guerra Fría, a pesar de ser oficialmente negado –Granma habló de «tiroteos» en la Plaza de Tiananmén y de «apertura de fronteras» en Alemania–, se experimentó a su manera en la isla. El año había comenzado con el regreso de las tropas cubanas de Angola, tras la derrota de la última ofensiva sudafricana en Cuito-Cuanavale y la firma, en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, del acuerdo cuatripartito que reconocía la independencia de Namibia. Aquella atmósfera triunfal que rodeaba al fin del apartheid en Sudáfrica se veía enturbiada, a ojos del liderazgo cubano, por las reformas de Gorbachov, su buena relación con Ronald Reagan y el triunfo de George Bush en las elecciones de 1988.

Fidel Castro, que se había reunido con Gorbachov dos veces en 1986, en Moscú, donde volvió a recibir la «Orden Lenin», y otra vez más en 1987, cuando consiguió un préstamo de 450 millones de dólares, comenzaba a hacer más explícito su rechazo a la perestroika. En 1988, por ejemplo, había declarado que para Cuba era inquietante el proceso de liberalización en la Unión Soviética y Europa del Este porque la isla «no estaba a 90 millas de Odessa sino de Miami». El viaje de Gorbachov, acompañado del entonces canciller Eduard Shevarnadze y el primer ministro Nikolái Ryzhkov, en abril de 1989, fue pensado para limar asperezas pero tuvo como consecuencia la precipitación de la ruptura.

En una tensísima conferencia de prensa, Castro y Gorbachov mostraron diversas posiciones sobre el conflicto de Centroamérica. Como en Angola, los soviéticos querían avanzar en la distensión con Estados Unidos y Occidente, mientras Cuba demandaba más apoyo de Moscú para sostener los regímenes de la isla, Nicaragua, Panamá y la guerrilla salvadoreña. Durante la visita, la delegación soviética planteó el tema de las crecientes acusaciones de narcotráfico que recogía la prensa de Estados Unidos. Castro, que siempre negó cualquier operación de tráfico de drogas por el territorio de la isla, estaba inquieto por el proceso judicial abierto en Miami contra Reinaldo Ruiz, un empresario cubano exiliado, que operaba en Panamá, y que había puesto en contacto al coronel Antonio de la Guardia y al general Arnaldo Ochoa con Pablo Escobar, a través de su primo, Miguel Ruiz Poo, oficial del Ministerio del Interior.

Las llamadas «Causas 1 y 2», en el verano de 1989, fueron un reflejo perverso del cambio global en la isla. El proceso culminó con la ejecución de Ochoa, De la Guardia y dos de sus subordinados, más largas condenas de prisión para una docena de oficiales y la destitución de José Abrantes, Ministro del Interior, quien pronto moriría de un infarto en la cárcel. Pero la purga, como hoy sabemos, fue mucho más extensa que la lista de indiciados en ambas causas: decenas de oficiales del Ministerio del Interior y funcionarios de otras dependencias fueron arrestados o removidos. A la vez que se desactivaba la conexión cubana del tráfico de cocaína a Estados Unidos, que Washington agradecía, se subordinaba plenamente el Ministerio del Interior a las Fuerzas Armadas y se lanzaba una campaña contra la corrupción, el mercado y el pluralismo político.

En el discurso del 26 de julio de ese año en Camagüey, Castro formuló por primera vez la letanía mediática de los años siguientes: aunque el socialismo real desapareciera en el mundo, continuaría vigente en Cuba. La isla sola se convertiría en garante del equilibrio mundial o, como dirá la «Declaración al Pueblo de Cuba», a fines de aquel año, «primero se hundiría la isla en el mar antes de consentir en arriar las banderas de la Revolución y el Socialismo». Esa era la respuesta de La Habana no sólo a sus enemigos históricos sino a muchos aliados, como los gobiernos iberoamericanos, que la instaban a iniciar un proceso moderado de reformas económicas y políticas.

Aun así, el efecto de las democratizaciones en Europa del Este y América Latina era perceptible en algunos sectores de la isla, especialmente, en la cultura y el periodismo. 1989, año de la muerte de Nicolás Guillén, figura central del canon literario socialista, fue también el de la entrada en escena de una nueva generación de artistas e intelectuales que cuestionaba la ideología oficial y la política cultural del régimen. Proyectos alternativos como Castillo de la fuerza y Paideia, que convergieron en dar visibilidad a los cambios en Europa del Este, que ocultaba la prensa oficial –publicaciones como Novedades de Moscú y Sputnik, fueron prohibidas en Cuba a principios de agosto– y múltiples intentos de una glasnost a la cubana en la prensa de la isla comenzaron a ser hostigados o boicoteados por el poder.

El año culminó con dos ceremonias que no ocultaban su sentido de duelo por el fin de la Guerra Fría: el regreso de decenas de miles de estudiantes y trabajadores afincados en la URSS y Europa del Este y las exequias colectivas de los soldados cubanos caídos en Angola, que tuvieron lugar en El Cacahual, la tumba de Antonio Maceo. En su discurso en aquel acto, Castro reiteró sus críticas al liderazgo reformista de la Unión Soviética y Europa del Este y propuso la fórmula retórica que utilizaría el funcionariado de la isla a partir de entonces: en Cuba, la patria, la Revolución y el socialismo «estaban indisolublemente unidos». El socialismo real debía ser eterno, al costo que fuese necesario. Unos días después, en la Universidad de la Habana, pondría nombre y apellidos a ese costo: «periodo especial en tiempos de paz».