Surizaday y sus compañeros en la entrada del Centro de Salud en una actividad para niños / Foto: Cortesía de la entrevistada

Surizaday y sus compañeros en la entrada del Centro de Salud en una actividad para niños / Foto: Cortesía de la entrevistada

Hay algo que un médico de Rio o de São Paulo no está dispuesto a hacer y que un médico cubano, de La Habana o de cualquier otra parte, hará sin pensarlo dos veces, a lo sumo dos veces. Esto es: marcharse a un pueblo de solo 15 mil almas, perdido en los yermos miserables del Nordeste de Brasil, para curar a los pobres incurables por solo 2 987.56 reales al mes.

El médico brasileño tiene una consulta, un piso, un auto, una familia, o bien tiene sus guardias de interno en una clínica privada, o en un hospital urbano, y todo lo anterior, el éxito profesional y las comodidades, aguarda en su futuro más o menos infalible. O eso piensa él. En todo caso, tiene un salario cuatro o cinco veces superior a la cifra de su colega cubano. Tiene a sus enfermos de clase media, con sus dolencias cosmopolitas, domesticadas: hipertensión, diabetes, stress, insomnio, infartos masivos, derrames cerebrales, cánceres de la próstata y del recto. Dos veces por semana quizá atiende los balazos y las cuchilladas, o las enfermedades venéreas y los abortos furtivos, que se recetan entre sí los pobres de la ciudad. En realidad, al doctor carioca o paulista debe vencerle la certidumbre de que hay bastante sufrimiento, innumerables traumas e infecciones, por aquí cerca, en las grandes urbes del litoral, como para que él y sus colegas tengan que tomarse la molestia de partir —en desmedro de sus oportunidades de ascenso social— al Interior, al Sur, al Norte; al Matto Grosso, al Paraná, al Maranhão; a la Selva o al Sertão, que es desde siempre tierra de ignaros y de garrapatas y de un sol imposible.

I. Retorno

A su vez, el médico cubano puede que haya nacido y vivido hasta casi los 30 en un municipio de campo sin mayores pretensiones, un apeadero o una estación de paso sobre la estrecha Carretera Central que atraviesa el país, entre la macilenta ciudad de Pinar del Río y el inaccesible límite occidental de la isla.

En cierto modo, desde allí no hay más que un paso hasta el fin del mundo.

Rafael Bardal es ese médico1. Con 29 años, en noviembre de 2016, le llega por fin la “oportunidad” de tomar en La Habana un curso de preparación para “cumplir misión en Brasil, como parte de la colaboración cubana en el Programa Mais Médicos”. Durante un mes asiste en la Unidad Central de Colaboración Médica a sesiones de idioma portugués impartidas por profesores brasileños. También recibe capacitación sobre las especificidades del contexto: enfermedades endémicas, funcionamiento del sistema de salud, el tipo de faena a realizar en comunidades recónditas de la nación sudamericana.

Tras aprobar los exámenes de idioma y de medicina, Bardal firma el contrato de entrada a Mais Médicos: 2 987.56 reales por mes, o sea, entre 700 y 900 dólares de los más de 3 000 que recibirá el gobierno cubano por sus servicios2. También lo hace su esposa, Isabel Caudillo, y en enero de 2017 viajan juntos a Brasilia. Pasan otro mes en la capital. Se hospedan en el Hotel Nacional y admiran las diáfanas líneas arquitectónicas, el delirio racional de Oscar Niemeyer, mientras la Policía Federal tramita sus documentos y son habilitadas un par de cuentas en el Banco do Brasil, imprescindibles para devengar sus respectivos salarios y luego transferir en euros parte de ese dinero al Banco Popular de Ahorro de Cuba.

Durante casi dos años Bardal y su esposa practicarán su profesión y se harán compañía en una seca municipalidad nordestina, próxima a la villa de Juazeiro, en el vértice interior de un triángulo imaginario cuyos puntos ribereños serían Salvador de Bahia, a unas ocho horas, y Recife, capital del estado de Pernambuco. El sitio exacto no se nombrará aquí, pero sépase que es uno de esos pueblos del sertón acosado desde siempre por “las sequías, las plagas, la desidia”3. Un municipio de paja y pedregal cuyo alto cielo atraviesan los urubúes y cuya gente no ha dejado jamás de pasarla canutas a la espera del juicio final.

La vida allí trascurrirá según lo previsto, es decir, entre el asombro y la prudencia, atenazando lo mejor que se puede la contingencia y la falibilidad del prójimo con las pinzas de la ciencia y la práctica médicas, hasta el 14 de noviembre de 2018. Ese día, las autoridades cubanas anunciarían el repliegue apresurado de más de 8 400 colaboradores en Mais Médicos4 a raíz de la temprana ruptura con el presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, enemigo instintivo del Partido de los Trabajadores (PT) y de cualquier otro aliado de La Habana en aquel país.

I. Exilio

Dra. Surizaday Fernández

Dra. Surizaday Fernández/ Foto: Cortesía de la entrevistada

El 12 de agosto de 2017, después de ocho meses de espera en La Habana, la doctora Surizaday Fernández llegó a Brasil. Había sido seleccionada para participar del Programa Mais Médicos. Lo primero que le extrañó, ya en suelo brasileño, fue la ausencia de delegados cubanos en su recibimiento. Ese detalle no la turbó demasiado: había estado desde 2012 hasta 2016 cumpliendo misión en Venezuela, y ya conocía el comportamiento de estos funcionarios; además, que no aparecieran era una buena señal puesto que el rol de estas personas consistía habitualmente en controlar más que en ayudar.

Los brasileños, en ese sentido, sí se comportaron a la altura. Le dieron la bienvenida, también la hospedaron durante 19 días en el lujoso Hotel Nacional de Brasilia, se mostraron atentos. Al cabo de una semana apareció el primer cubano, una funcionaria cuyo encargo recibía el nombre de “Atención al Colaborador” y que informó a Surizaday que a partir de ese momento debía rendirle cuentas a ella, es decir, justo lo contrario de lo que su título suponía.

II. Retorno

A fines de noviembre pasado, Bardal y Caudillo retornaron a La Habana tras nueve horas de vuelo en un avión de Cubana de Aviación, como parte de un operativo —totalmente a cargo del gobierno isleño— que supuestamente trasladó a 7 635 colaboradores5 en menos de un mes, antes de que Bolsonaro fuera investido el 1 de enero en Planalto.

Bardal repasa ahora sus motivaciones para integrarse a Mais Médicos:

a) «Quería trabajar en otros lugares, probarme bajo otros sistemas y métodos de trabajo. Ver cuánto podía hacer sin el respaldo de un sistema de salud tan sobreprotector y rígido como el nuestro»;

b) «Había cumplido 29 años y aún no tenía casa propia, ni mis padres tenían su casa. Quería comprar mi casa y la realidad es que trabajando por 1 460 pesos cubanos mensuales6 nunca lo iba a conseguir»;

c) «Quería viajar, conocer otros países y culturas, me encanta la idea de aprender otros idiomas…»

En realidad, la principal razón para enrolarse en Mais Médicos —confiesa enseguida— era, es b): «No consigues mejorar tu vida ni obtener bienes con solo ejercer tu profesión en este país (Cuba). Solo sé de Medicina, no quiero ser negociante, zapatero, criador de puercos; ni arreglar celulares ni comprar ‘cualquier pedacito de oro’, para poder llegar a fin de mes», dice Bardal.

En tanto, las razones que justificaban el lanzamiento de Mais Médicos en octubre de 2013 eran un país, Brasil, que supera los 8.5 millones de kilómetros cuadrados y los 200 millones de habitantes y que, aun cuando constituye la economía más grande de Latinoamérica, y una de las más pujantes a nivel mundial, presenta amplios márgenes de desigualdad. Hace un lustro, el déficit de personal en la atención básica de salud se calculaba oficialmente en unas 54 000 vacantes, más otras 26 000 que debían crearse de inmediato, sobre todo en zonas apartadas, incluidos distritos indígenas. Buena parte del territorio brasileño jamás ha conocido práctica médica sistemática ni infraestructura sanitaria alguna, de modo que el gobierno de Dilma Rousseff se dispuso a pagar salarios en torno a los 3 000 euros mensuales para importar médicos españoles, portugueses o cubanos, dispuestos a trabajar en cualquier punto de la geografía brasileña.

«En Cuba, nuestro sistema socialista no da valor a los conocimientos adquiridos ni a los años de estudio», dice Bardal. «Cuando todos somos iguales, el esfuerzo personal no da resultado. Y si la solución está en dejar a tu familia y tu tierra para mejorar tu vida futura, entonces la necesidad toma la decisión por ti».

Visto en retrospectiva, la participación de Bardal, y de muchos otros colegas suyos, en Mais Médicos se nos presenta como el efecto programado no de una causa eficiente, no de alguna necesidad imperiosa y categórica, sino de por lo menos un par de carencias empíricas y distantes entre sí, dos tremendos desamparos que van a cruzarse sobre el andurrial nordestino: por un lado, una comunidad postergada, donde la atención médica resulta a todas luces deficitaria; por otro, un joven doctor que llega como forastero al lugar más improbable para conseguirse un futuro.

II. Exilio

El destino final de Surizaday resultó ser el municipio Cunha Porã, cuyo nombre significa “mujer bonita” en lengua tupí y cuya población escasamente supera los 11 000 habitantes. Ubicado en el interior de Santa Catarina, un pequeño estado al sur de Brasil, pero 13 veces más grande que La Habana, Cunha Porã se convirtió en otra isla para Surizaday. Desde su llegada, hasta noviembre de 2018, cuando se anunció el fin de la misión, solo se encontraría con los encargados cubanos en par de ocasiones, para lo cual tuvo que recorrer 92 kilómetros, porque por su municipio nunca aparecieron.

Al llegar, la Prefectura ayudó a conseguir hospedaje: «Un departamento bien acondicionado, equipado con todo lo necesario y más». También la Prefectura corría con los gastos de luz, gas, Internet y alimentación. Para esto último se le asignaban 954 reales cada mes, que no siempre alcanzaban, por lo que tenía que echar mano de su salario de 2 976.26 reales7.

Surizaday era la única cubana en ese distrito, un lugar tranquilo, rodeado de puro campo, donde vio por primera vez en su vida las heladas en invierno. Pero más que con el idioma o el clima, su choque fue con la cultura cerrada de aquella región, donde más de la mitad de los habitantes son de origen alemán y austriaco. «Muy prejuiciosos, y sobre todo racistas», dice.

El respeto lo fue ganando con el tiempo. Tal vez por ser extranjera, tal vez por tener la piel solo un poco más oscura, tal vez por ofrecer atención gratuita, muchas veces los habitantes de Cunha Porã no confiaban en sus diagnósticos y se iban a las costosas consultas privadas. Luego, con frecuencia, regresaban, pues los doctores privados acertaban menos.

Las condiciones de trabajo eran buenas. La ubicaron en una Unidad de Salud, especie de consultorio algo más pequeño que una clínica donde contaba con computadora, impresora, las historias clínicas digitalizadas. Es decir, condiciones básicas que en Cuba son vistas como auténticos lujos, un país que se reconoce a sí mismo como potencia médica, que ingresa aproximadamente 11 000 millones de dólares anuales por la exportación de servicios de salud mientras, por ejemplo, no garantiza condiciones higiénicas básicas en gran parte de sus instalaciones sanitarias.

En medio de un panorama político convulso, con una presidenta depuesta mediante impeachmet¸ y con el candidato electoral favorito, y socio de Cuba, acusado de corrupción, Surizaday sentía que el Programa tenía sus días contados.

III. Retorno

En febrero de 2017, Bardal se traslada con su esposa al sertón bahiano. Va con la esperanza de curar sus propias taras económicas, pero en los meses siguientes se empeña, ante todo, en conocer ese «pueblito de ladrillos rojos, en medio de una región semidesértica catalogada como de extrema pobreza, pero con gente alegre, muy acogedora». Eran los antiguos predios del Barón de Cañabrava; una rancia demarcación de hombres a caballo: vaqueros, revoltosos, cangaceiros, y de hombres a pie: indios, negros esclavos o libertos, romeros, pobres diablos en busca impenitente de algún dios.

Aquellas personas le parecieron al inicio cubanos que, por una inexplicable razón, hablaban otra lengua. Sin embargo, dice Bardal: «Primero te preguntaban si Fidel era bueno o malo, y después sobre el clima de Cuba. Fuera de ahí, no les interesaba más nada de nuestro país».

Enseguida, la secretaría de salud del municipio lo asigna a una de las cinco unidades básicas bajo su jurisdicción. Bardal coincide con algunos colegas brasileños no inscriptos en Mais Médicos, quienes «por hacer muy poco» ganan 12 000 reales. Ellos trabajan media jornada; los cubanos trabajan ocho horas diarias durante cuatro días a la semana. El quinto se supone «de estudio», aunque para la mayoría es también «de descanso». Bardal es en cierto modo un privilegiado. Además de los 2987.56 reales de su contrato original, recibe de la Prefectura otros 1 850 reales por «ayuda de moradía», con los cuales paga alquiler, agua, electricidad, internet, gas, y alimentación. «Como buen cubano», dice, «ese dinero me daba para añadir algo más a mis ahorros destinados para Cuba».

No parece desacertado, ni resulta en modo alguno escandaloso, admitir que algo distingue al misionero oficial cubano8, y lo aparta con un empellón tanto del clásico prototipo religioso, encarnado por los jesuitas, como del molde revolucionario, asociado a lo quijotesco y, más fervorosamente, a los avatares del Che Guevara en el Tercer Mundo. Lo que ofrece un estatuto inesperado, irónico y absurdo al médico cubano en misión no es que reciba un salario y algunas prebendas, casi siempre magras, aunque relativamente jugosas dada la precariedad nacional, sino esta suspensión de la existencia o de la idea de la existencia individual a que se somete, este paréntesis vital en que queda atrapado mientras dura su ordalía, es decir, el concurso de sus modestos esfuerzos en otras tierras del mundo.

«Como buen cubano», dice Bardal, «ese dinero me daba para añadir algo más a mis ahorros destinados para Cuba».

En todo caso, él se muestra satisfecho por la labor cumplida allí. Deplora el destino sin remedio de aquella comunidad y las reglas del juego a que sus habitantes deben atenerse. «Nos enfrentamos a una población cuyo principal problema era la total ignorancia, enfermedad intratable…» En la zona había paludismo, pero Bardal elige describir la situación desde una especie de alergia ética o política: «Un sistema de prefecturas y líderes políticos corruptos, que solo veía votos electorales y no personas. La pobreza extrema, en su mayor esplendor. Sin agua potable, comunidades rurales sin electricidad, niños de todas las edades recibiendo clases en la misma aula. Alta mortalidad infantil y alto índice de maternidad entre adolescentes».

Bardal ve cómo, frecuentemente, los pacientes compran «varios fármacos que crean más problemas de los que solucionan» y cómo agotan sus ahorros con curanderos o con médicos privados que cobran 300 reales por consulta y que a menudo «indican decenas de exámenes inútiles»

«Estos médicos», asegura Bardal, «cuando recibían remisiones u órdenes de ingreso de nosotros, los cubanos, rompían nuestros papeles y, por contradecirnos, mandaban a los pacientes para su casa, no sin antes decirles que nosotros no sabíamos nada de medicina, que éramos locos o que todo lo indicado por nosotros estaba mal, aunque después ellos mandaban el mismo medicamento con otro nombre comercial».

En una ocasión, le retiran el tratamiento ordenado por Bardal a una embarazada que hasta entonces marchaba sin complicaciones: hace una eclampsia, ingresa en terapia intensiva, casi muere. Otra chica, a punto de dar a luz, es remitida por el médico cubano a un hospital de la zona para realizarle una cesárea. Ella ve cómo un facultativo brasileño rompe los pliegos de Bardal y los arroja a la basura. Es enviada a casa. Esa noche comienza el trabajo de parto y acude nuevamente al hospital; el bebé no está en posición y el alumbramiento, en manos de un enfermero, porque el doctor brasileño está durmiendo a esa hora, se complica. El enfermero utiliza fórceps, pero el bebé viene en posición transversal, así que le perfora el abdomen. El niño muere.

La negligencia no tendrá mayores consecuencias para el médico de guardia. «Si querían podían demandarlo», dice Bardal que dijo el hombre. «Él tenía los mejores abogados; la familia del óbito no tenía dinero para enfrentársele».

Hay todavía más notas melodramáticas, si se quiere, en el relato de Bardal. «Situaciones bien tristes», dice, «personas que lloraban porque yo tomaba café en su humilde casa, porque acercaba la silla a mi buró y los examinaba con mis manos».

Con esa materia se construye tanto la leyenda misionera que trasmiten los medios oficiales cubanos como, al parecer, los momentos más entrañables en la experiencia individual de alguien que, por la razón que sea, toma la decisión de alejarse de su familia para auxiliar desconocidos.

«El médico brasileño», dice Bardal, «ni siquiera los miraba a los ojos y mucho menos los tocaba. Visité muchas comunidades rurales y más de una vez se me llenaron los ojos de lágrimas con las condiciones en que vivían aquellas personas».

III. Exilio

Los acontecimientos no hicieron más que precipitarse. El 8 de abril de 2018, Luiz Inácio Lula, líder en las encuestas rumbo a la presidencia, ingresaba en prisión; el 28 de octubre, el exmilitar Jair Bolsonaro ganaba las elecciones en segunda vuelta. La suerte estaba echada.

Solo dos semanas después de la victoria electoral, a mes y medio de asumir como presidente de Brasil, un cruce de tuits hizo que todo saltara por los aires. Bolsonaro ponía tres condiciones al gobierno cubano: 1) pago íntegro del salario a los médicos; 2) autorización para que sus familiares vivieran con ellos; 3) reválida de los títulos en Brasil.

Como era de esperar, al gobierno de Miguel Díaz-Canel le pareció, más que inaceptable, ofensivo.

Surizaday caminaba por una gélida calle del municipio Cunha Porã cuando recibió el mensaje de un compañero. Se dirigía al trabajo. Pero su misión terminaba.

«A pesar de que Bolsonaro pudo haber hecho las cosas de manera diferente, es decir, pudo ser más respetuoso, no dejaba de estar en lo cierto, en ningún país tu puedes ejercer la medicina sin revalidar el título», dice quien tampoco entiende que un tercero, en este caso el Estado cubano, se quede con el 70% del salario que le correspondía por su trabajo.

En su opinión La Habana debió ser más flexible, pero la intransigencia expresada por el presidente isleño no le sorprendió. Además de conocer muy bien a sus gobernantes, los coordinadores de la misión ya le habían advertido que se olvidara de un aumento de salario, que eso no iba a ocurrir.

Surizaday, sentada en el centro, junto a sus compañeros del Centro de Salud en su dedpedida tras el cierre del programa / Foto: Cortesía de la entrevistada

Surizaday, sentada en el centro, junto a sus compañeros del Centro de Salud en su despedida tras el cierre del programa / Foto: Cortesía de la entrevistada

IV. Retorno

«Fuera del ámbito laboral», dice, «hicimos muchas buenas amistades, personas con las que convivíamos y con quienes asistíamos a fiestas, cumpleaños, juegos de fútbol o de voley; hacíamos viajes o comidas, etc. Personas a las que siempre recordaré con cariño».

Pero el segundo año de Bardal y su esposa en aquellas tierras también estuvo marcado por la polarización y la virulencia retórica de una campaña electoral encendida con los tizones de la crisis política e institucional brasileña.

Bardal escucha por entonces el nombre de Jair Bolsonaro, candidato de ultraderecha.

«Lo primero que vi de él», recuerda, «fue un video en Internet donde maltrataba a una mujer y le decía que él no la violaría a ella por ser muy fea. También declaraciones en que hablaba de los pobres, los negros, la comunidad gay, los comunistas, etc., como plagas para Brasil, y que él erradicaría esas plagas. Promovía una cultura de todos armados para defenderse de los bandidos. Y sobre todo», enfatiza Bardal, «nunca se refirió a los médicos cubanos sin utilizar las comillas; siempre dijo que no éramos médicos, nos acusó de ser agentes de la seguridad, terrorista de Al Qaeda, esclavos del régimen, y cuanta ofensa era posible, siempre garantizándole al Colegio Médico de Brasil que él nos expulsaría».

Bardal no le ahorra flores al hombre que derrotó al PT tras el proceso judicial contra Lula da Silva. Su discurso era, dice, «xenofóbico, racista, agresivo contra todo, pero siempre usó a Dios como anzuelo para los pobres». Y, de este modo, Bardal vio a muchos menesterosos, negros, nordestinos que terminaron votando por Bolsonaro; todos, dice, al son que repicaban los curas católicos y los pastores de las iglesias evangélicas de la Asamblea de Deus.

IV. Exilio

«¿Alguna vez usted escuchó de la Empresa Comercializadora de Servicios Médicos?», me pregunta Surizaday una mañana vía Whatsapp. «Pues bien, esa es la empresa que se encarga de hacernos firmar en la Unidad Central de Colaboración Médica (UCCM) los contratos antes de salir de misión. Como ves, eso no es muy conocido en Cuba, y esa fue la primera vez que me sentí como una esclava».

Entonces tenía apenas 25 años, recién había terminado la carrera de medicina cuando la invitaron a formar parte de la misión médica cubana en Venezuela. Apareció un abogado con el contrato y le exigieron que fuera ella, con su propia letra, quien rotulara la cantidad de dinero a recibir. El contrato era inalterable, y Eugenio, un señor camagüeyano que trabaja en la UCCM, le aclaró varias veces que, si no le gustaba, no lo firmara, que la podían sustituir fácilmente por cualquiera de los miles de médicos que se gradúan cada año en la isla.

Esa fue la respuesta que recibieron ella y sus compañeros cada vez que presentaron alguna queja.

Pero en el contrato no decía que en Venezuela los mecanismos de control eran excesivos. Que iba a tener que compartir piso con un grupo de cubanos. Que no podía salir de su casa después de las 6:00 pm, que tendría que hacer guardias, en ocasiones cada tres días. Que la iban a llevar a actos políticos, que le iban a pedir que hiciera proselitismo a favor de Chávez y Maduro en tiempos de elecciones. Que podían estar días sin agua, sin gas, sin corriente, sin Internet, que no podrían salir del municipio correspondiente en los días de descanso, que no les permitirían tener amistad con venezolanos, mucho menos una relación amorosa. Que por eso, en muchos casos, se les inhabilitaría para ocupar cargos dentro de la misión, o que sencillamente se les cambiaría de localidad, o de estado.

De acuerdo con Surizaday, los coordinadores en Venezuela maltrataban a los médicos, los humillaban en presencia de los demás, les exigían alterar estadísticas para “cumplir” determinados planes; llamaban a las casas en la noche y pedían que se pusieran al teléfono de uno en uno para comprobar que no habían salido. Si alguien se atrevía a denunciar dichos excesos, los coordinadores hacían lo posible por sacarlo de la misión: entonces comenzaban periodos de supervisiones diarias, o sencillamente te declaraban como posible “desertor” o “líder negativo”.

Pero esos mismos coordinadores tenían amigos venezolanos, y salían en las noches con esos amigos, y bebían, y traspasaban las fronteras del municipio…

V. Retorno

De vuelta en casa, Bardal lamenta dos cosas: a) la habilidad política de Bolsonaro, quien a fin de cuentas no tendría que expulsar directamente a los médicos de la isla, sino que le bastaría con plantear “condiciones impensables para el gobierno cubano”; b) que, «infelizmente», el gobierno cubano no aceptara tales condiciones. Con el añadido, apunta, de que Bolsonaro terminaría quedando en todo esto como «la buena persona».

A mediados de noviembre, tras recibir un email con la decisión de Cuba, «todo comenzó a salirse de control», relata Bardal. Sobre cada uno de sus pasos gravitaban «presiones políticas, mediáticas, y los intereses económicos individuales».

La disyuntiva íntima podría describirse así: «Querías regresar con los tuyos, pero dejabas atrás una buena fuente de ingresos, planes para el futuro; sabías que regresarías a empezar de cero, a buscar otra misión que pudiera cubrir el vacío que esta dejaba en esos planes. A hacer guardias de nuevo por un salario irrisorio. A cumplir metas absurdas de programas como donaciones de sangre, gotas gruesas; la presión del PAMI9 y la responsabilidad que implica; a escribir todo el día papeles y más papeles… Todo eso», insiste Bardal, «por un salario decorativo que está miles de veces por debajo de lo que en realidad mereces».

«Por otro lado», continúa refiriéndose a las promesas de Bolsonaro, «la posibilidad de quedarte, de revalidar, de recibir cuanto mereces por tus conocimientos, de ser valorado por la sociedad, pero con el peso de estar ocho años lejos de tu familia10. Un tiempo en el cual no podrás estar presente si alguien fallece, se enferma, o simplemente te necesita por cualquier otro motivo».

V. Exilio

«Me quedé fría», dice Surizaday, «porque, aunque sabía que eso iba a pasar, nunca esperé que fuera tan pronto».

Sus compañeros entraron en pánico. Enseguida recibieron una declaración del Ministerio de Salud Pública de Cuba, la cual se les exigió firmar y entregar al secretario brasileño de Salud, algo que Surizaday no hizo, pues, dice, lo sintió como una amenaza.

Un año y tres meses después, llegaba el abrupto fin de un contrato como doctora en Brasil que había sido firmado por un periodo de tres años.

En ese momento sus pacientes brasileños, algunos de ellos descendientes de austriacos y alemanes que habían decidido vivir en aquel rincón del sur de Brasil, le pidieron que no regresara a Cuba, que no se dejara explotar.

Pero esa decisión ya ella la había tomado en secreto, como también un puñado de sus compañeros, y entre todos habían planeado apoyarse cuando el momento llegara.

Surizaday se convenció en julio de 2018, cuando regresó de vacaciones a Guanabacoa, La Habana, donde viven sus padres, su abuela, sus hermanos, sus sobrinos. Donde tiene su casa, en el reparto Mañana.

Durante ese mes encontró la situación de la isla muy desmejorada. Comenzó entonces a cuestionarse el destino del dinero aportado por ella y sus colegas desde Brasil y otras partes del mundo. «Yo vine aquí», dice, «para ayudar a mi familia. Aun así, yo creo que si el gobierno cubano se queda con el 70% de mi salario, pero lo utiliza para que mejore el país, no hay problema. Pero cuando yo fui de vacaciones aquello daba grima, en un año todo se había depauperado: ¿a dónde fue tanto dinero? A mí que no me digan que a Salud Pública, porque los hospitales están cada vez peor, y hay faltantes de medicamentos».

Antes, nunca pensó quedarse fuera de Cuba, confiesa Surizaday. «Pero cada vez que entraba a una tienda la veía totalmente desabastecida: no había carne, ni pollo, ni leche. Eso me chocó mucho, y me pregunté a qué estaba dedicando tantos años de mi vida, si ni mi familia ni mi país se estaban beneficiando. ¿A dónde va a parar todo ese dinero?», insiste.

Hoy dice sentirse indignada, como muchos otros, tanto en Brasil como en Venezuela. Afirma que en Cuba solo se sacrifican los de abajo. Y que está cansada de ver cosas que no están bien, y que siempre esas cosas se ocultan. Que no se siente traidora, porque sacrificarse por su familia y por su gente no es traicionar. Que los únicos traidores son los que no ayudan al país, los que hacen otra cosa con el dinero que ellos aportan.

VI. Retorno

En aquellos días, después de que la noticia saltara a los medios internacionales, se crearon varios grupos de Facebook y de WhatsApp donde los médicos isleños compartían su desasosiego. Las redes sociales eran un «caos», dice Bardal, «con la desinformación, las fake news de ambos lados».

«Entonces me decidí». A sus 31 años Rafael Bardal se dijo: «Regreso a Cuba y más adelante, cuando la necesidad tome otra vez la decisión por mí, entonces saldré a otra misión, contrato, o como quieran llamarlo, pero, mientras, al lado de mi gente».

El doctor Bardal elogia, desde su vivencia, el protocolo de evacuación. «Nunca antes recibí tantas atenciones en el hotel, nunca vi tanta delicadeza con nuestras pertenencias, tanta organización, tantas respuestas a cada inquietud de los médicos. Fueron individualizados varios casos de personas con situaciones personales (padres, hijos, enfermos en Cuba); a esos médicos se les sacaron pasajes comerciales y volaron de regreso lo más pronto posible».

El lunes de su retorno, Bardal se entera de que al avión que debía recogerlos no se le permite aterrizar en el aeropuerto de Salvador de Bahia. Enseguida aparecen audios por WhatsApp que aseguran que en el hotel donde permanecen Bardal y sus colegas hay «total caos»: protestas, llantos, periodistas asediando a los colaboradores. Bardal lee y escucha estas cosas mientras observa a su alrededor: los médicos, supuestamente en crisis, están bailando (“Hasta que se seque el Malecón”) con la música que reproducen sus móviles, se cuentan historias sobre los meses vividos en diferentes comunidades de Bahia, se embroman unos a otros por la cantidad de bultos que llevan para Cuba: alguien ha logrado, contra todo pronóstico, encasquetarse tres sombreros en la cabeza, y así se propone subir al avión, cuando al fin aterrice. «Pero nadie», dice Bardal, «daba gritos locos ni lloraba, todos sabíamos lo que estaba pasando».

«La mejor decisión que pude haber tomado, era la de regresar a puerto seguro, y no escuchar los cantos de sirena», repite una y otra vez alguien que, viéndose como el prudente Ulises, eligió amarrarse al palo mayor del barco y navegar de vuelta a Ítaca.

***

Raúl Castro recibe a médicos cubanos provenientes de Brasil en el aeropuerto de La Habana / Foto: Granma

Raúl Castro recibe a médicos cubanos provenientes de Brasil en el aeropuerto de La Habana / Foto: Granma

El 23 de noviembre salió el primer vuelo con médicos cubanos desde Brasilia. La mayor incertidumbre, dentro del shock, consistió en cómo traer todo lo que habían comprado, ya que por la precipitación de los acontecimientos el gobierno cubano solo les permitía en principio importar un equipaje de 45 kilogramos. Muchos vendieron lo que tenían a mitad de precio. Luego apareció una opción, podrían llevar todas sus pertenencias a Cuba pagando el sobrepeso. Algunos compraron nuevamente.

Según fuentes del oficialismo, en dicha operación se coordinaron la Aviación Civil, funcionarios de los ministerios cubanos de Exteriores y Salud Pública, y agentes sobre el terreno de la Seguridad de Estado a fin de lograr en el más breve lapso, y sin ayuda del gobierno brasileño, el repliegue de un personal que, aun con la colaboración del Ejército y la Policía, tardó meses en llegar hasta remotos enclaves del territorio sudamericano. Los vuelos de retorno a la isla partieron desde varios puntos: Brasilia, São Paulo, Rio de Janeiro, Manaos, Salvador de Bahia. A fines de noviembre un avión con periodistas cubanos a bordo realizó el viaje de ida y vuelta hasta la capital brasileña en menos de 24 horas. La aeronave regresó con más de tres centenares de médicos y, en sus bodegas, con un enorme volumen de importaciones correspondientes a meses de acumulación y, sobre todo, a las apresuradas compras de los últimos días. La prensa cubana no pasó del aeródromo porque no se le extendió visado; el único objetivo consistía en dar celebratoria fe del puente aéreo.

En total fueron 32 vuelos, el último aterrizó en La Habana en la mañana del 12 de diciembre. Es imposible calcular de manera independiente la cifra exacta de médicos que regresaron, porque el gobierno cubano no hizo públicas la cantidad de pasajeros de los últimos tres vuelos. Según el diario Granma, había 8 471 cooperantes en la nación sudamericana. En los primeros 29 vuelos regresaron 5 753 pasajeros. Según el estimado realizado por Proyecto Inventario, no habrían vuelto 2 106 cooperantes, el 21,7%, aunque la cifra oficial es mucho menos escandalosa (7 635 regresaron; 836 no lo hicieron). En ninguna de esas variantes se cuenta a quienes, luego de regresar a La Habana, retornaron a Brasil, librándose así de la categoría de “desertores”.

VI. Exilio

A su familia le avisó enseguida. Surizaday cuenta que la noticia los impactó, como era de esperar, porque nunca imaginaron que tomaría esa decisión, pero decidieron apoyarla. Solo su abuela le pregunta de tanto en tanto cuándo regresará.

Más tarde la contactaron los coordinadores de la misión. Les dijo que no regresaba. No la trataron mal, pero intentaron persuadirla en varias ocasiones. Le hablaron de sus seres queridos, de que no podría verlos en los próximos ocho años.

Sus amigos médicos la apoyaron, se apoyaron unos a otros, en esa suerte de destierro.

VII. Retorno

A estas alturas, Bardal esquiva la grandilocuencia de las versiones oficiales. Su única declaración de principios resulta ser íntima, neutral: «No me arrepiento de nada, hice lo que creí correcto. Tampoco critico a quien decidió quedarse y esperar a que la suerte le ofreciera una capacidad en el Programa Mais Médicos, o a quien prefirió cambiar su profesión para ser fazenderos, vendedores, o simplemente desempleados en Brasil, con el sueño de revalidar algún día. Cada quien fue y es libre de elegir, y mi prioridad siempre ha sido mi familia, por encima incluso de mis aspiraciones personales».

En todo caso, Bardal y su esposa lograron comprarse una vivienda en Cuba con los ahorros del primer año en Brasil, y la han reparado con los ahorros del segundo. Aún no se mudan, pero la casa ya es habitable.

Al llegar a la isla, Bardal fue recibido oficialmente «como un héroe». Fue aplaudido y felicitado, aunque él está casi seguro de que «alguno dijo en su momento»:

Mira al comemierda ese… Regresó.

Su padre sí que sonrió francamente al verle, y su madre lloró de alegría.

VII. Exilio

La vida de Surizaday ha entrado desde noviembre en un nuevo paréntesis, que ahora parece alargarse con puntos suspensivos… Aguarda por la convocatoria para los exámenes de revalidación de su título, unas pruebas muy difíciles que constan de dos momentos, uno teórico y otro práctico. La reválida debe realizarse a nivel nacional una vez al año, pero en 2018 se canceló, y hasta el momento las autoridades brasileñas no han hecho públicas las fechas de los exámenes correspondientes a 2019.

Hasta hace pocos días, Surizaday esperaba también la oportunidad de ocupar otra vez una plaza en Mais Médicos, entre las aproximadamente 800 que quedaron vacantes para médicos sin revalidación y por las cuales habrían podido optar los cubanos.

Sin embargo, el gobierno brasileño anunció este 6 de febrero que cerraría “en breve” el Programa, y que este sería reemplazado por un nuevo proyecto federal, aún en elaboración, para asegurar la atención de salud en “áreas de difícil provisión”. La secretaria de Gestión del Trabajo y Educación, Mayra Pinheiro, declaró además que “todas las vacantes del actual mandato fueron completadas por brasileños inscriptos”.

Luego de conocerse la noticia, el Ministerio de Salud Pública de Cuba emitió un comunicado el 12 de febrero en el que afirma que los médicos cubanos que decidieron quedarse en Brasil tras el fin de la misión pueden regresar a la isla, si así lo desean, e incorporarse al Sistema Nacional de Salud.

Surizaday asegura que ella no piensa volver, y que no cree que ninguno de sus compañeros lo haga. Que decidió quedarse para mejorar, para ayudar a su familia, para ser una persona libre y poder pensar, hacer, sentir, decir lo que le venga en gana. Además, no cree que en La Habana reciban con los brazos abiertos a quienes eventualmente regresen. Dice: «No van a poder moverse ni respirar, van a estar arriba de ellos todo el tiempo, y no volverán a salir de Cuba ni en los sueños».

Ahora lucha por la reapertura del parole para profesionales de la salud cubanos en Estados Unidos. Para ello se sumó al grupo de médicos que envió una carta al senador cubanoamericano Marcos Rubio (Republicano), la cual reunió más de 1 200 firmas. Ella se siente empoderada, se siente parte de esa lista, se siente libre. Comenta que están comunicándose con personas de peso, que están posicionándose en redes sociales, que se les han unido médicos residentes en Colombia y Venezuela. Insiste en que «no son ni dos ni tres».

Por lo pronto, Surizaday se ha mudado a un nuevo departamento en el municipio de Videira, también en el estado de Santa Catarina, donde ocupa su tiempo estudiando y trabajando en un mercado.

A sus 31 años es una mujer fuerte, que ha desempeñado casi toda su vida laboral en contextos complejos, lejos de su país y su familia. No tiene miedo, dice, «porque quien tiene amigos tiene un central».

Pero a veces se le hace un nudo en la garganta. Cuando se cruza con alguien y ese alguien la reconoce y le habla, y en vez de decirle Surizaday, o de decirle cubana, le dice doctora, solo esas veces, no logra contener el llanto.

Autores: Jesús Adonis Martínez y Mario Luis Reyes

Notas:

1 El nombre del protagonista, como el de su esposa, ha sido modificado a petición del mismo. Tampoco se identifican directamente su lugar de residencia en Cuba o la localidad donde laboró en Brasil. “Son datos que me comprometerían seriamente”, dice Bardal desde la isla, donde ya se ha reintegrado al sistema de salud cubano: “No quiero problemas”.

2 Según fuentes brasileñas, hacia el final de la participación oficial cubana en Mais Médicos el salario era de 11 865 reales por mes. Durante 2017 y 2018, el dólar fluctuó entre 3.0387 y 4.2150 reales, y promedió 3.4486 reales. El 14 de noviembre de 2018, fecha en que se anuncia la salida de Cuba, cerró a la baja: 3.7841 reales. Bardal, por su parte, señala que el cambio, según lo percibió en sus operaciones particulares, fluctuó entre 840 y 670 dólares.

3 La cita es de Mario Vargas Llosa: La guerra del fin del mundo (novela).

4 La participación cubana constituía en esa fecha poco más de la mitad de los 16 mil galenos integrados al programa.

5 Según el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, estos representan “más del 90 por ciento” del total; o sea, admitió: “hasta el momento no han regresado” 836 médicos.

6 Durante su estancia en Brasil, como el resto de médicos cubanos, Bardal continuó devengando en la isla su salario en moneda nacional.

7 Los salarios de uno y otro testimoniante muestran diferencias mínimas debidas, probablemente, a variaciones cambiarias, propias de diferentes momentos de integración al Programa.

8 Aunque últimamente venga a modalizarse con el término “colaboración”, la idea engañosa de la “misión” sigue ritmando el discurso cubano sobre Mais Médicos y otros programas en diferentes zonas del mundo. Se escamotea así el carácter transaccional de estos emprendimientos offshore, tanto para el individuo como para el país, que ingresa millones por este concepto, ya en divisas contantes y sonantes, ya en créditos más o menos ventajosos, ya en inversiones, ya en petróleo como en el caso de Venezuela.

9 Programa Materno Infantil.

10 Disposición de la ley migratoria, vigente desde 2013, según la cual aquellos que abandonen misiones o contratos oficiales en el exterior no podrán retornar a la isla en un lapso de ocho años.