Foto: M.

Foto: M.

No deja de ser curioso que sea en El Estornudo que yo escriba estas crónicas desde el confinamiento. Digo, porque estornudar no es uno de los síntomas más evidentes de haber contraído el virus, como sí lo son la tos, la cefalea y la disnea. Pero ¿quién sabe? El virus muta y así mismo irá mutando el aliento de estas crónicas, que es la masilla de su estilo, y mutaré yo mismo.

No fue la de hoy, día séptimo, una mañana plácida, porque no conseguía apartar la mente de lo que me tocaría hacer por la tarde. Del viaje. El periplo. La odisea. Se lo debía a C., ante todo, porque se lo había prometido. Pero también a M. y a Bruno, mis más próximos compañeros de infortunio.

Desde el pasado viernes solo he salido de casa unos breves minutos acompañando a Bruno. Lo hago siguiendo un escrupuloso ritual en varios movimientos, de los que casi todos transcurren en tempo de Allegro y a veces en Allegro prestissimo con fuoco por añadidura. Todos ellos están diseñados para evitar contactos indeseados con los materiales del ascensor y el vestíbulo del edificio. En esos paseos, dos al día, guardo mucha distancia con la gente a la que veo en la calle paseando a sus propios perros o volviendo de sus trabajos. A todos esos humanos los concibo, sin excepción, como peligrosos portadores de la peste. A veces, si van con el lacito amarillo con que se adornan en Cataluña los xenófobos regionales, son reos de doble peste y guardo una distancia consecuentemente mayor. Lo cierto es que en ninguna de esas incursiones me he visto en peligro, aunque cada vez vuelvo a casa convencido de haber enfermado y me lavo frenéticamente las manos cantando a gritos desgarradas cosas de La Lupe, mientras las burbujas que imagino cargaditas de la ponzoña se pierden por el sumidero.

Salí de casa a las cuatro en punto de la tarde. Había pasado un cuarto de hora antes encerrado en el baño. Bebí un vaso de Ballantine’s y pregunté varias veces al vacío por qué. M. me miraba con los ojos achinados por la sorna. No me pareció auspicioso ese toque chino saliendo yo, Ulises, al mar de la pandemia. ¡Es increíble lo poco en serio que me toma esta mujer, el desdén que mostraba por la gesta que iniciaba!

Creo haber mencionado antes aquí a C., el amigo que huyó a La Habana en uno de los últimos vuelos antes de que se declarara el estado de alarma en España, este estado de sitio de la Era Ñoña. Hablamos esa mañana, cuando esperaba el vuelo de Air France en el Charles de Gaulle. «Estoy comprando unos quesos», me informó. «A enemigo que huye, todo es Gruyère», le dije juntando varios dichos por los nervios de la hora. Reímos. «Hice una compra tremenda, antes de decidir mi fuga», me dijo C., «y no deberías desaprovecharla, porque hay muchas cosas de las que te gustan y que ningún hombre decente permitiría que se perdieran». Conociendo los gustos de C., tan semejantes a los míos, a pesar de que él estudió en los Camilitos, una escuela militar, y yo en la llamada Secundaria de la calle, supe que en algún momento iba a pasar por allí. Huelga decir que tengo copia de las llaves de su casa como él las tiene de la mía.

Salí de casa más embalado en Presto que en Allegro. El trayecto hasta la casa de C. lo hice con el corazón en un puño. Algunos transeúntes enfermos miraban con recelo la gorra de capitán de la Armada rusa que llevaba. No corría ni pizca de viento, de manera que la peste estaría estática en el aire instalada en esas minúsculas partículas de agua que son el UBER que las lleva y trae. Ahora, desde la ventaja retrospectiva, pienso que el trayecto no me llevó una hora como me pareció entonces, sino apenas dos cuartos, tal vez tres. Subí los cinco tramos de escalera dando zancadas, abrí la puerta, entré de un salto y me recosté contra la puerta cerrada sumido en la oscuridad. El corazón me latía como si acabara de asomarme al armario de la Primera dama de Cuba. Tenía la terrible sensación de que acababa de entrar a robar una tumba. Un saqueador, un merodeador, un profanador me sentía. Sentí pena por C., un amigo tan querido con el que he librado tantas batallas en plazas y sobremesas, como si lo hubiera perdido para siempre.

Pero tocaba apartar el dolor y el prurito. Soy una figurita en el paisaje de la pandemia y tengo que procurar alimento a los míos y hurtarle el lomo al virus y la muerte que trae. Tenía que actuar deprisa. Corrí a la nevera, abrí en el suelo las fauces de la bolsa de Ikea que llevaba y comencé a echarlo todo sin discriminar: embutidos y quesos, salmón y carne de cangrejo, burratas y tomatitos cherry, lasañas y anchoas, helados y filetes de atún. Vaciadas la nevera y el congelador, abrí la despensa. Allí no se guardaban productos perecederos, pero había foie y no iba yo a guardarle el foie a la rata que abandonó el barco. Había también verduras ya machucadas por el tiempo. Esas las guardé en otra bolsa más pequeña para tirarlas a la basura. Creo que no tardé más de diez minutos en tenerlo todo controlado, incluyendo la revisión de las luces y el agua, temiendo que algo hubiera quedado encendido o abierto dada la precipitación de la fuga. Ya por último, como que C. tiene una de las mejores bibliotecas privadas que visito, tomé prestados algunos libros. La caída de Constantinopla 1453, de sir Steven Runciman, por ejemplo, me pareció una lectura muy apropiada para acompañar la visitación de los periódicos de estos días con la peste.

Cumplida la misión, cargué la bolsa con mis trofeos, agarré la otra de basuras, respiré hondo y escapé a la calle. No sé qué tiempo me llevó volver a casa, desinfectarme como si fuera un liquidador de Chernóbil y ofrecer los víveres a M. Estaba emocionado, pálido y tenía otro vaso de Ballantine’s en la mano. Éste con hielo, porque el confinamiento será tan largo y doloroso que hasta el güisqui nos obligará a aguar.

«Exageras», sentenció M., cuando me vio enjugándome una lágrima por el orgullo de la gesta vencida y la pena por la pérdida de mi amigo. Y tal vez lleve razón, pienso ahora, si se considera que el apartamento de C. está en el número 15 de mi calle y yo vivo en el 11, de manera que son veinticuatro pasos de puerta a puerta, y que en el instante en que entré a casa cargando son su legado, él y M. mantenían una animada charla por FaceTime, ese otro mar por el que navegan las penas y la risa de los hombres.