Santiago / Foto: Mario Luis Reyes

Santiago / Foto: Mario Luis Reyes

Santiago Álvarez Cruz vive en Punta de Piedra, una pequeña comunidad costera a unos tres kilómetros del pueblo de Bahía Honda. Podría haber vivido a cincuenta millas del mar que nada cambiaría en esta historia, porque Santiago, a diferencia de sus vecinos, no es pescador sino luthier, músico, y escritor de décimas y sonetos.

Para llegar a Punta de Piedras hay que caminar por una carretera asfaltada durante poco más de media hora, si se mantiene el paso constante. Los ómnibus deben entrar tres veces al día pero no siempre cumplen con el horario. Por el camino hay dos fábricas, unas pocas casas, muchos perros, guanajos, gallinas, pollos y algunos gatos, pero no hay ni un solo árbol que proteja del sol. Los vecinos suelen pasar en bicicleta en cualquiera de las direcciones del camino.

Solo de un lado de la calle hay casas continuamente. Del otro, algunas viviendas diseminadas, el mar y un hostal pequeño. En el hostal actualmente solo se pueden hospedar cubanos porque hace unos años un turista amaneció muerto en una de las habitaciones y decidieron cerrarlo al mercado internacional. Santiago cuenta que ahí, cuando venía Polo Montañez, se sentaban a tomar ron y tocar la guitarra.

Santiago está contento de que yo venga a conocerlo. Hace unos años que por problemas de salud apenas fabrica guitarras. Al indagar sobre él, lo primero que hacen los vecinos es señalarse la sien con el dedo índice. Me dicen que es muy inteligente, y talentoso, así como toda su familia. Que si hubiera tenido más suerte, o simplemente nacido en otra parte, seguramente habría conocido el éxito y la fama.

Pero nada de eso sucedió. Hoy Santiago pasa sus días de jubilado atendiendo las plantas de su casa, alimentando a un cerdo y fabricando, esporádicamente, guitarras a personas muy especiales. Ahora mismo construye una para su hija Idania, que vive hace años en Miami, donde trabaja en un restaurante durante el día y canta en un grupo de música cubana en las noches. Dunia, su segunda hija, trabaja en la oficina de comercio del pueblo de Bahía Honda. Y Santiaguito, el menor, se dedica a arreglar equipos electrodomésticos. Los tres, y su esposa Miguelina, son excelentes cantantes.

Santiago y Miguelina / Foto: Mario Luis Reyes

Santiago y Miguelina / Foto: Mario Luis Reyes

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Dunia, quien casualmente pasó hoy a visitar a sus padres, me recibe sentada en el portal de la casa. Santiago se está afeitando, me dice. Hace un rato se sentía mal, afiebrado, pero se tomó unas pastillas y se recuperó.

Santiago, de estatura media y cuerpo menudo aparece con una gorra, chancletas, short y camiseta. Me llaman la atención sus cejas, extremadamente pobladas, y sus brazos, los que a pesar de la edad mantienen rastros de musculatura. Su rostro luce cansado. Es el rostro de un artista en retiro.

Santiago busca una caja rectangular. La abre y empieza a colocar todos los diplomas que hay dentro sobre la mesa del comedor de su casa. Hace hincapié en uno que le entregó Armando Hart en el Salón Solidaridad del Hotel Nacional hace más de veinte años. Venía acompañado por unas medallas-doradas-rectangulares-en-una-caja-de-terciopelo. Se atormenta, quiere enseñarme las medallas. Dunia interrumpe y dice que cuando era niña las utilizaba para jugar. Santiago se va durante unos diez minutos a buscarlas, junto a su hija y esposa. No aparecen.

Ahora busca dos discos con audiovisuales para mostrarme cómo trabaja. El primero está estropeado. Lo limpia y lo pone en el DVD de su casa. Aprieta todo el tiempo el botón de Play. Dunia le dice que eso no resuelve nada, que el disco no sirve. Él dice que cuando aprieta ese botón a veces funciona. Ahí pasa un rato hasta que se rinde. El disco contiene un documental que se llama El mago de las maderas, lo hizo su amigo Lorenzo Suárez.

El otro audiovisual, de unos siete minutos, lo realizaron unos suizos. Este sí se reproduce. Aparece él en su taller explicando cómo se fabrica una guitarra. El material se proyectó en una galería de ese país europeo donde se expusieron tres de sus guitarras. Cada minuto aparece un cartel que dice: Santiago Guitarrenbauer, Kuba.

Santiago le hace décimas a cada uno de los instrumentos que fabrica.

Nace un instrumento nuevo,

Otro más de mi cosecha

Una guitarra que está hecha

De un cedro rojo y longevo

Esa no nació de un huevo

Ni de un parto maternal

Con amor artesanal

Mis manos la enamoraron

Y luego la bautizaron

Con un Son tradicional.

***

Lo primero que se hace de una guitarra es el brazo, se le marcan los moldes y con un serrucho se corta la madera sobrante. Luego se le da forma con una trincha. Tras varias horas de lija, el brazo finalmente se coloca sobre la mesa de trabajo, se le pega el zoquete y se deja añejar unos días. Más tarde, con el calador y la trincha, se le da la forma a la cabeza y se sigue el mismo procedimiento.

Para la tapa y el fondo es necesario buscar láminas de madera y rebajarlas hasta que queden lo suficientemente finas. Con unas plantillas –son más de 50 tipos– el luthier marca los moldes. A veces, por la escasez, las tapas están hechas de hasta cuatro pedazos de madera, pero lo ideal sería de una única pieza, o dos. Terminada la tapa, se pega en el brazo y se coloca el aro.

El aro es una de las partes más difíciles, porque consta de finas piezas de madera a las que hay que jorobar para dar las formas curvas de la guitarra. Para esto, Santiago inventó un artefacto que consiste en una plancha metálica doblada sobre sí misma, un cilindro ovalado que unido a una resistencia de fogón se calienta enseguida. Los pedazos de madera hay que mojarlos para ablandarlos, y luego, al pegarlos al artefacto caliente, van cediendo poco a poco. Alguna vez se parte alguno, pero casi nunca.

Luego se colocan unos tacos o dentellones para unir mejor la tapa con los aros. Los pegamentos para esto se los envía su hija desde Estados Unidos o algunos amigos que tiene en Europa. Así, coloca la guitarra sobre la mesa de trabajo durante varios días, con unos bloques de piedra dentro para fijarla, porque con los calores teme que se deforme.

 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Lo último es el fondo, que debe quedar un poco arqueado buscando una mejor resonancia. Luego las clavijas, cejilla, trastes, cuerdas y puente. Las cuerdas y las clavijas siempre han escaseado en Cuba. Los trastes y la cejilla Santiago los hace de cualquier material: huesos de algún animal muerto, pedazos de plástico de cubos de pintura o de yogurt.

Los adornos de la roseta los fabrica todos artesanalmente, con pedacitos de madera que va encajando de uno en uno. Esto le puede tomar mucho tiempo.

Santiago explica que para hacer una guitarra la madera debe ser añeja o, de lo contrario, hay que dejarla añejar. La madera de guitarras debe tener al menos diez años. Y, al igual que el ron, las guitarras, mientras más añejas, mejor.

Las maderas por lo general se las regalan sus amigos.

Si tú analizas bien, una guitarra se hace de los desechos que dejan los carpinteros –dice–. A veces van a sacar una persiana de cedro y les queda una lasquita que no les da el grueso y la tiran, y yo la recojo, y me sirve para el instrumento.

Antes, a través de instituciones culturales, conseguía los pianos viejos que ya se iban a botar. Los vecinos frecuentemente pasan a dejarle pedazos de madera que se encuentran.

Por lo general trabaja con teca, nogal, cedro, majagua, caoba antillana, pino abeto y palisandro.

Una vez me regalaron un chiforrober y no sé ni cuántas guitarras le saqué.

 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

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Santiago nació en mayo de 1945 en el poblado de La Mulata, a unos 25 kilómetros de Punta de Piedras, donde vive actualmente. Allí estudió hasta el sexto grado, en la época en que la letra entraba con sangre, cuenta. Para los exámenes lo obligaban a aprenderse hasta nueve páginas por ambas caras, y por una sola falta de ortografía lo podían suspender.

Cuando era niño, su hermano mayor, quien cantaba muy bien la música mexicana, se empeñó en tener una guitarra. El padre trabajaba manejando un carro en el que acopiaba leche de los vegueríos de La Palma y La Mulata, la cual llevaba para la cremería Lucero en La Habana, y aprovechaba, mientras descargaban las cantinas y las fregaban, para visitar el taller que tenían los gallegos Antonio Blanco y Alberto del Rio en Monte 408, donde fabricaban guitarras.

Allí, viaje tras viaje, fue aprendiendo, hasta que pudo terminar su primera guitarra, que le quedo feúcha, sonaba muy finito y no daba notas ni afinaba.

El problema es que para eso hay que tener unas medidas muy precisas, y también el viejo había hecho la guitarra toda de caoba, y no puede ser así –explica Santiago–. El frente tiene que ser de madera estoposa, para que compagine con lo sólido de la madera trasera.

Entonces los gallegos le dieron a su padre una tapa de pino noruego, madera que rescataban de unas cajas de bacalao que venían del país nórdico en aquella época. Ya con la tapa nueva, y las medidas ajustadas, la guitarra mejoró mucho. Al punto de que una vez fue al pueblo la orquesta de Yiyo Gómez, y al salir su hermano tocando la guitarra, el propio Yiyo se enamoró de ella.

Poco a poco el viejo fue perfeccionándose. A su lado, Santiago observaba todos los pasos y lo ayudaba en las cosas más simples. Ya a los doce años se embulló y fabricó su primera guitarra. Poco tiempo después había superado a su padre.

A día de hoy asegura haber hecho más de tres mil piezas entre guitarras, laúdes, tres, bandurrias, requintos y cuatros.

***

En el patio de su casa tiene Santiago una suerte de taller donde fabrica los instrumentos. En realidad es una pequeña casa de madera semiderruida. Antes trabajaba en otra semejante, pero los ciclones Gustav e Ike la tumbaron en 2008. En las paredes tiene fotos de sus padres, de su hija con el grupo musical en Miami y un pequeño poster de Annia Linares dedicado a él.

Su historia familiar ha sido dolorosa. De sus ocho hermanos, tres quedaron inválidos desde muy pequeños y otro nació con retraso mental.

La vieja mía sufrió muchísimo, luchando con mis tres hermanitos. Uno murió a los 18 años, otro a los 21 y otro a los 14. Imagínate, todos esos años dedicada exclusivamente a ellos. El factor RH de la sangre de mis padres no era compatible y fue un milagro que no tuviéramos todos problemas. Era alterno, nacía uno con problemas y el otro no.

Pero esa no fue la única desgracia en la vida de Santiago. Cuando tenía 19 años, en 1964, lo llamaron al Servicio Militar. Allí lo alistaron en un batallón, y el camión en que iba de madrugada a cortar caña con su unidad terminó volcado. Santiago cayó en la cuneta de la carretera. Hubo 4 muertos y 17 heridos. Con algunas vértebras de la columna averiadas, no tuvieron otra alternativa que darle la baja del ejército.

Pasé un año, pero que rindió por diez.

También me cuenta que se robaron el cadáver de su madre del cementerio. Dice que se le achicó tanto el corazón que le quedó del tamaño de una nuez, y por eso murió. Y que, al parecer, de tantos medicamentos que consumió, le sucedió algo en el organismo que tras dos años de enterrada no se corrompió el cadáver.

Es casi imperceptible, pero los ojos de Santiago comienzan a lagrimear. No le sale la voz. Cuando se recupera, continúa:

Después de que mi viejita murió cambió mi vida, y después murió el viejo, de tristeza. Sesenta años de matrimonio.

Los sepultureros decidieron buscar un nylon grande, echar ahí el cuerpo y ponerlo al sol durante un año, argumentando que así se corrompería. Pasado el tiempo, cuando fueron a buscarlo había desaparecido. Santiago apenas puede contarlo.

Se comenta que esos cuerpos pueden costar hasta 20,000 dólares, que los compran Iglesias clandestinas adoradoras de Satanás. A su hermano mayor, el que cantaba canciones mexicanas, también le robaron la cabeza.

Se ensañaron con mi familia –murmura.

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 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

En el pueblo de La Mulata, con apenas diez años, ya Santiago trabajaba en lo que apareciera para conseguir un poco de dinero que aportar a la familia.

Me daba lo mismo chapear un monte que limpiar zapatos.

Pero lo que recuerda con más alegría son los circos ambulantes que pasaban por el pueblo y le ofrecían cantar en las funciones a cambio de dos pesos cubanos.

Ya en ese entonces hasta hacía mis decimitas. Los cirqueros querían llevarme, pero la viejita mía era muy celosa con sus hijos y por eso no lo permitía.

También evoca, con particular emoción, cuando a finales de 1959 se presentó un grupo de personas reclutando niños campesinos de la zona de Vueltabajo que tuvieran algún talento musical para un espectáculo de televisión por el fin de año. Finalmente captaron a 25 muchachos, de los cuales él fue el primero, porque ya con 14 años se había dado a conocer en los propios circos donde cantaba eventualmente.

En el coro yo era el principal, tocaba una guitarrita hecha por mí, imagínate –me dice emocionado–. Nos llevaron para La Habana y nos hospedaron en un Lyceum que estaba en Calzada y 8. Allí ensayábamos villancicos con un maestro muy bueno. Yo hacía solista y coro. Nos llevaron a varios lugares, como el Coney Island, que era precioso. Allí canté mexicano y me regalaron un dinero. Finalmente nos llevaron al programa de televisión, los locutores era German Pinelli y Consuelito Vidal. El programa quedó lindísimo. Pinelli me dijo: “Coño, que guajirito más feo”, y yo le dije que él era más feo que yo. Nos hicieron una serie de fotos y reportajes para El Diario de la Marina, que todavía estaba vigente. También nos dieron regalos. Ahora en el museo de La Palma están las fotos, creo. Hay que preguntar bien, pero la última noticia es que estaban allí. Antes estuvieron en el museo de Bahía Honda.

Este espectáculo se transmitió por el canal CMBF, en el episodio llamado Los guajiritos cantores de El Show del Bar Melódico Osvaldo Farrés. Lo que a Santiago le pareció una eternidad de aprendizaje y descubrimientos en La Habana duró apenas nueve días. Pero todavía lo recuerda como uno de los momentos más felices de su vida.

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 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

En el Pueblo de Bahía Honda también vive Diosdado. Nació ciego y, como Santiago, aprendió a escribir décimas, a cantar y a tocar instrumentos. Tiene la capacidad de recordar con exactitud la fecha de todos los acontecimientos de su vida y, lo que es más sorprendente, se gana la vida reparando equipos electrodomésticos.

Diosdado y Santiago tocaron juntos durante muchos años. Lo visito una mañana y le pido que me hable de su amigo.

Conocí a Santiago en el año 75. Él siempre se dedicó a la música y fabricaba instrumentos, muy buenos. Incluso algunos extranjeros venían a comprarlos. Nosotros en ese entonces nos vinculamos con una agrupación campesina que se llamaba Rumores de la Montaña. Por problemas disciplinarios se disolvió, pero el 1 de febrero de 1978 él y yo fundamos otro grupo, lo llamamos Cantares de mi Cuba. Él siempre trabajó en la empresa pecuaria, como camionero, pero a la par llevó la música. Yo como artista no lo quiero mejor. Tiene canciones muy bonitas, como una que se llama Vámonos pa’ allá compay. Es sobrino de un poeta muy famoso de antes del triunfo de la Revolución, que se llamaba Jacobo Álvarez, “El guajiro solitario”. Él es descendiente de esa cuna. Para mí es uno de los mejores exponentes de la música campesina en la provincia. Tuvo con su esposa Miguelina un dúo impecable, que se llamó Los felices. Lo mismo cantaban boleros, guajiras, música tradicional. Sus instrumentos los han usado muchos músicos de Pinar del Rio. Yo tengo un laúd que él me regaló el miércoles 21 de febrero de 1996, y está tocando todavía. Nosotros tocábamos en las noches campesinas de la Casa de la Cultura, que eran todos los miércoles. También fuimos a la televisión. Estuvimos el sábado 26 de mayo de 1984 en un programa que se llamaba Mediodía en Camponuevo. También en otro del canal 6 que se radió el jueves 19 de febrero de 1976. Actuamos en La Leña, Ovas, Mantua, Quiñones, Los Cayos, Las Pozas y el Central Pablo de la Torriente. Hicimos seis grabaciones en Radio Guamá, en el programa de aficionados campesinos que se transmitía todos los sábados a las 12 y 27 del día. Santiago es un buen hombre, buen hijo, buen padre, buen amigo.

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Mientras Santiago está preparando café, me cuenta cómo conoció a Miguelina.

Él manejaba un camión y ella trabajaba en un peladero, en un barrio a diez kilómetros de Punta de Piedra llamado San Miguel. Ella estaba pelando guayabas y sacando casquitos, los que él debía recoger en el camión para llevarlos a la fábrica La Conchita en Pinar del Rio. Por ese entonces Santiago estaba recién divorciado de su primera esposa, con quien tuvo una hija. Me cuenta que estaba herido todavía, porque padeció mucho aquella separación. No es difícil notar, luego de un rato hablando con él, que es un hombre muy sensible.

Cuando la vi pelando con su mano zurda le dije: “Ay, mira, si es zurda. ¿Usted es zurda para todo?”

Para darte una galleta también –respondió Miguelina.

Pues dámela, y así me acaricias –replico Santiago.

Luego me explica:

Yo era un poco relambión, pero ahí comenzamos a conversar, hasta que nos enamoramos. Era el año 70. Nos casamos enseguida y formamos el dúo Los Felices.

¿Por qué Los Felices?

Porque éramos esposos –me contesta.

Mientras hablamos Miguelina pasa a cada rato cerca de nosotros, pero no interrumpe la conversación de ningún modo. Pareciera que ni siquiera nos escucha. En un momento Santiago se dirige a ella para preguntarle algo, y yo aprovecho para integrarla al diálogo.

¿Cuántos años tuvieron el dúo?

Comenzamos oficialmente en 1976, en Las Tunas, en una jornada cucalambeana –dice Santiago–. Ya desde antes Miguelina cantaba. Ella es de los Contino, una familia muy respetada por su tradición musical.

Miguelina mira hacia nosotros, se acomoda en la silla:

Él se puso a cantar una canción en la casa siendo novio mío y yo le hice el dúo. Ahí comenzamos. Luego de casarnos, un señor que se llamaba Becerra nos captó, y empezamos en las Noches Campesinas de la Casa de la Cultura, luego en los Festivales Municipales, Provinciales y hasta Nacionales de Artistas Aficionados. También en las Asambleas del Partido. Hacíamos hasta controversias nosotros dos. Con regularidad cantamos durante más de 15 años.

Lo que marcó el final del dúo Los Felices fue el nacimiento de los hijos. Con Idania cargaban hacia todas partes, pero luego Dunia y Santiaguito se llevaban solo 15 meses, y no era fácil andar con tantos niños pequeños por toda Cuba. En algunos casos no les ponían transporte de regreso y tenían que arreglárselas en la carretera con los muchachos. Cuando los dejaban en la casa, los niños sufrían, principalmente Santiaguito.

El varón estaba muy apegado a mí– me cuenta Miguelina–. Se quedaba llorando cuando me iba, una vez se enfermó y cogió un trauma tal que, si yo entraba al baño y no me veía, se ponía a llorar. Le dije a Santiago que teníamos que terminar con el dúo, porque me daba miedo que se me enfermara de los nervios.

Desde entonces solo cantan en algunas fiestas o cuando los visitan algunos amigos. Hace poco los invitaron a un evento en Pinar del Río. Estaban emocionados por lo que sería su último concierto juntos, pero la guagua que los debía recoger no pasó y se quedaron con las maletas hechas.

Santiago le propone a Miguelina cantar una guajira, para que yo los escuche. Es de Julio Brito, me dicen. Con esta han clasificado para muchos festivales nacionales.

***

En Pinar del Río hay un nombre que, si se menciona, paraliza a cualquier persona que lo escuche. 16 años después de su muerte, los habitantes de esta zona aún se estremecen ante el recuerdo de Polo Montañez.

Decir que Polo y Santiago fueron amigos sería exagerado, pero sí compartieron en más de una ocasión cuando el guajiro de El Brujito visitaba Bahía Honda. La primera vez que compartieron ya Polo era famoso, y Santiago andaba de farra, tocando la guitarra por las cercanías de Punta de Piedras, cuando lo montaron en un carro y lo llevaron al Motel para que conociera al reconocido compositor. Esa noche la pasaron entre ron, música y conversación.

Yo lo admiro muchísimo, imagínate que ese hombre hizo un concierto aquí en Bahía Honda y fueron más de 40,000 personas –me dice Santiago–. A mí me dijo un músico de su grupo que una de las canciones que escribió fue inspirada en mí. Él me tenía mucho aprecio. Varios integrantes de su orquesta tocan hoy en día con instrumentos míos.

Una mañana, mientras Santiago cepillaba unos pedazos de madera que se convertirían en guitarra, escuchó la noticia del accidente. Cuenta que le entró un dolor de cabeza que no pudo trabajar más. La tristeza le duró mucho tiempo.

Hoy estás en tu montón

De estrellas mirando el mundo

Gravitando en lo fecundo

De cada composición

Lates en el corazón

De tu terruño natal

Y el guajiro natural

Partió para redimirse

De la muerte y convertirse

En un símbolo inmortal

Con sus décimas dedicadas a Polo ganó un concurso en Las Tunas, auspiciado por el Centro Iberoamericano de la Décima, pero nunca recibió los 1000 pesos del premio.

Parece que se perdieron por el camino, gente que estuvo allí me dijo que el premio lo había ganado yo. He indagado por la CTC, por Cultura, por la ANAP, pero nada. No se sabe a dónde fue a parar –comenta decepcionado.

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 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Hubo una época durante sus últimos años de trabajo, cuando ya no era chofer ni hacía guardias para una empresa de la comunidad, en que Santiago siempre andaba de juerga. Lo buscaban a diario para tocar en cuanta fiesta se celebrara por esos montes. Hasta que empezó a sentirse dependiente al alcohol y dejó de un tirón las dos cosas. Ahora solo toma, a veces, Guayabita del Pinar. Dice que es buena para el corazón.

Los accidentes y las enfermedades lo han perseguido a lo largo de su vida. Después del incidente en el Servicio Militar, del cual todavía tiene secuelas, sufrió otro mucho más grave. Fue a principios de los años 90, cuando se trepó en una guácima para atrapar a unos pollos y se resbaló y cayó sobre un fregadero. Estuvo a un milímetro de partirse la médula, cuenta.

Esa vez perdí el conocimiento, lo vi todo negro. Me enyesaron completo y me mandaron para el Hospital Provincial de Pinar del Rio. Me vieron grave. Allí reconocí a un enfermero que conocía y le pedí que, si me iba a quedar inválido, me echara un veneno muy fuerte por la manguera del suero y me matara. Yo soy muy activo, no resistiría dejar de caminar. Pero bueno, a los pocos meses ya estaba caminando, aunque me quedaron tres vértebras corridas.

Tantos trabajos duros en varios momentos de su vida también han minado la salud de Santiago. Por los años setenta apenas dormía tres o cuatro horas al día. Se levantaba a las tres de la madrugada, iba en el camión que manejaba hacia La Coloma, en Pinar del Río, a buscar mercancías, regresaba a Bahía Honda y de ahí seguía hacia La Habana, a Lawton, a cargar dulces o a La Polar en busca de hielo, porque entonces no había en el pueblo.

Para soportar tanto viaje cargaba con un pomo de café y tres cajas de cigarros que se fumaba en el día. Me dice que se fumó una revista de más de 100 páginas que le regaló un amigo poeta que vivía en La Habana, porque el papel era bueno, y eran los tiempos en que no se conseguían cigarros, salvo las 4 cajas que daban por la bodega para el mes. Miguelina, con el papel de la revista y picaduras que él conseguía, le torcía entre 50 y 60 cigarrillos cada tarde para que los fumara al día siguiente.

También cogía papel de estraza de bodega y le untaba pasta de dientes para que quemara bien. Con toda la metralla que fumé no sé ni cómo estoy vivo. Era mucho el vicio –cuenta con un dejo de arrepentimiento.

Hace 35 años, cuando no había cumplido siquiera los cuarenta, le dio un ataque respiratorio que casi lo mata. Estaba en el Central Orozco (Pablo de la Torriente Brau) cargando un escaparate con el propósito de desarmarlo para hacer guitarras cuando perdió el aire. Y así fue manejando hasta la casa, a 25 kilómetros de distancia. Al llegar lo montaron en un jeep y lo mandaron para un hospital de La Habana. Los médicos no podían creer que había soportado todo ese tiempo. Lo operaron, y después de eso no volvió a fumar nunca.

Los pulmones, confiesa, los tiene muy afectados todavía. Tampoco se ha protegido nunca la boca ni la nariz durante el tiempo que pasa dando lija en su pequeño taller.

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Lorenzo Suárez es un hombre alto y delgado, de ademanes refinados y hablar pausado. Durante toda la década de los 90 fue asesor literario en la Casa de Cultura de Bahía Honda, y actualmente se desempeña como director de la Casa de la Décima Celestino García, en Pinar del Río. Aprovecho una de sus visitas a La Habana para que me cuente sobre Santiago, con quien mantiene una relación muy cercana.

Cuando llegué a Bahía Honda en 1990 ya Santiago había acumulado historia con el dúo Los Felices. Una de las cosas que más me sorprendió fue cómo toda su familia estaba relacionada con el arte, por lo que los bauticé como “La familia cucalambeana”. Él siempre ha sido un gran amante de la décima y la literatura en general.

Con lo que no esperaba encontrarse Lorenzo, tras conocer al Santiago poeta, fue con los instrumentos musicales, de excelente factura, tanto estética como sonora, que fabricaba el humilde luthier en su taller.

Fue sorprendente cuando vi los instrumentos musicales de su autoría, dotados de una gran calidad, en especial las guitarras, laudes y tres, que son los más típicos de los campos cubanos.

También Lorenzo trabó una gran amistad con el resto de la familia, hasta convertirse en un asiduo visitante de la casa.

Eso me sirvió para estar más cerca de su obra literaria y musical –dice–. No se puede hablar de la música y la improvisación en Bahía Honda sin mencionarlos a todos ellos, muy populares en las fiestas campesinas y las jornadas cucalambeanas que se hacían en la localidad.

A Santiago, en específico, lo considera un “excelente guitarrista y cantante”. Además, se enorgullece de haber realizado un documental sobre este poeta-luthier y de haber colaborado en la edición de su libro, titulado Con octosílabas alas, al que califica como “un cuaderno muy sencillo, pero con una calidad poética elevada”.

También Santiago, por su parte, bebió mucho de las tertulias literarias que organizaba Lorenzo en la comunidad por esa época, lo que le sirvió para conocer otros referentes poéticos, y así perfeccionar sus composiciones.

Ellos tuvieron en Bahía Honda gran popularidad durante muchos años. Ya no están activos, pero son una leyenda del punto cubano y de la música campesina. Es una familia realmente increíble –comenta Lorenzo antes de despedirnos, siempre entregado a la difusión de los talentos poco conocidos del país.

 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

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En el año 1999 unos amigos españoles le propusieron que reuniera una parte de sus décimas para publicarlas como libro en España. Ellos corrieron con los gastos y le trajeron un centenar de ejemplares. Hablo del cuaderno poético titulado Con octosílabas alas. Organizaron una pequeña presentación en su casa, a cargo de Lorenzo Suárez, en la que se vendieron algunos ejemplares y otros fueron regalados a personas cercanas.

Ahora Santiago recopila en una libreta el resto de sus décimas.

Cuenta que ya no fabrica tantas guitarras por sus problemas cardiacos, que lo fatigan mucho, pero este año, en apenas cuatro meses, ya va por la tercera. Pasa todos los días por su maltrecho taller, cuando se aburre en la casa. Nunca ha tenido un aprendiz, porque ese oficio requiere mucho tiempo.

Es un trabajo muy lindo –me dice.

Lorenzo Suarez lo llamó “El mago de las maderas”, y Jesús Orta Ruiz, “El orfebre de las maderas”. También le han dicho “El artesano decimista”.

Si cobrara por los títulos, fuese millonario –bromea orgulloso.

Está ansioso por conocer a Pancho Amat, de quien afirma que es el mejor tresero del mundo. Él está seguro de que en algún momento Pancho va a visitarlo, porque es un hombre muy humilde, sencillo, que atiende mucho a los artistas. Incluso le hizo unas décimas para cuando venga a verlo. Me pide que si alguna vez lo veo le cuente de él, y de sus décimas, y que le diga que lo visite, que él fabrica laúdes.

Finalmente, debajo de las plantillas de guitarras que guarda en el taller encuentra sus medallas. Las fotografío. Está feliz. Luego me enseña sus plantas: mangos, aguacates, tamarindos, plátanos, ciruelas, café. Me explica el proceso del café, desde la siembra hasta la colada.

Te voy a decir una cosa, si hoy tuviera que vivir cantando prefiero chapear montes. Yo ya no puedo. No me gusta, solo lo hago por compromiso. A veces vienen los muchachos, me tomo un buchito de ron, y me ayuda. Pero ya no me gusta.

Ahora dedica una parte de su tiempo a escribir un libro sobre su vida. Se llamará Cronología de un artista olvidado. Me lee el prólogo, que escribió él mismo. Cuenta que desde niño se interesó por el arte. También que decidió escribir el libro porque el olvido y el abandono han prevalecido por parte de quienes debieron atenderlo. Dice que solo quiere que se sepa que ese artista olvidado existió, y trató de poner en lo más alto la cultura de su país.

Mientras Santiago lo lee, desde el portal de su casa suena una guitarra, y suena triste. El prólogo está escrito en pasado. Donde debía decir existe, dice existió.