Johan Cruijff

Johan Cruijff

Uno de mis primeros recuerdos nítidos de Johan Cruijff es político. Tengo ocho años, vivo en un suburbio modernista en Amsterdam y el equipo nacional se acaba de clasificar para el Mundial en Argentina, el de 1978. Se monta una campaña nacional bajo el lema “Convenzamos a Cruijff” (“Trek Cruijff over de streep”). Todavía veo las pegatinas en los coches aparcados que nos molestan cuando jugamos al fútbol en la calle. En mi recuerdo, la iniciativa es progre: se trata de persuadir a Cruijff de que no vaya a Buenos Aires, donde desde 1976 reina una junta militar. Y en mi recuerdo —influido sin duda por el ambiente de izquierdismo radical que se vive en mi casa— la campaña es un éxito. Cruijff se queda; Holanda juega sin él; perdemos la final, malamente.

Este recuerdo tiene un pequeño problema: es falso. Me da vergüenza admitir que Johan ha tenido que morir para que me dé cuenta de ello. La historia verdadera es otra. Ya en el mundial alemán de 1974, donde Holanda también perdió la final, Cruijff anunció que se jubilaría antes del siguiente mundial. Además, había estado en Buenos Aires un par de años antes; no le había gustado nada. No se fiaba de los argentinos. Temía un secuestro. Y estaba harto de pasar temporadas largas fuera de casa, decía. Quería estar con su familia. Nadie ignoraba que su mujer, Danny, era celosa y se había mosqueado no poco cuando, tras una fiesta después de los cuartos de final en Alemania, la prensa amarilla había publicado un reportaje sobre Cruijff, Sekt y chicas desnudas.

Mi falso recuerdo es sintomático. A los holandeses nos encantaría que Cruijff, como orgullo nacional, se alineara con nuestros propios valores, sean cuales sean. Pero la verdad es que Johan nunca se dejó encasillar en nada ni por nadie. Siempre fue a su bola. En holandés hay un adjetivo, eigenwijs, que describe la combinación de independencia de carácter, arrogancia y tozudez que marcó todas las decisiones de Cruijff. (Como español no habría salido catalán sino más bien aragonés.) Por ejemplo, la de pasarse del Ajax al Feyenoord en 1983, después de su triunfal vuelta al equipo de Ámsterdam dos años antes. Dos años de sueño para un chaval de 12 años como yo: Cruijff saca al Ajax de una malísima racha; es la época del famoso penalti entre dos con Jesper Olsen, que Messi homenajeó hace poco. Pasarse al Feyenoord es lo peor. La rivalidad entre los dos equipos es más intensa que entre el Barcelona y el Madrid: los hinchas se matan entre sí, pero literalmente. Esa transferencia de Johan los hinchas del Ajax la experimentamos como una traición absoluta. Una cosa es que en el 73 fichara por el Barça. Pero ¿irse a Rotterdam? ¿Cómo se le ocurría? Era impensable.

El error era nuestro, desde luego. El concepto de traición presupone un concepto de lealtad. Y Cruijff no pensaba en términos de lealtad a ningún colectivo. No le debía nada a nadie. En 1968, apenas dos años después de debutar en el equipo nacional, amenazó con abandonarlo si la Asociación Nacional de Fútbol no le subía la compensación. Así de claro. Fueron incidentes como éste los que le valieron la fama de avaro, de que lo único que le interesaba era la pasta.

Me parece que es una lectura equivocada e injusta. La biografía de Cruijff es la de una emancipación radical. Es un chico de clase obrera que nace pobre, cuyo padre se le muere a los 12 años, y que seis años después será el segundo futbolista profesional a tiempo completo del país. Sabe lo que vale él y lo que valen las cosas. Si la lealtad al club y a su patria le importan poco es porque sabe que, en el fondo, valen bien poco. Y tiene razón, claro. Todos los que nos emocionamos con el Barça, el Ajax, la naranja mecánica o la Roja lo sabemos: es todo mentira. El Ajax y el Barça son, en efecto, més que un club: son poderosísimas empresas que cotizan en Bolsa. ¿Por qué rendirles lealtad ninguna? Y de patrias, mejor no hablar.

La lealtad del Cruijff —aquí sí, incondicional— no era a los colectivos, era al juego. Como jugador, Johan era un artista en el sentido estricto del término.  Asumía las limitaciones del medio —una cancha de fútbol, dos puertas, veintidós jugadores, noventa minutos, una pelota—, con tremenda seriedad, como desafíos desde los que ensanchar los márgenes de lo posible, de lopensable. ¿Por qué cada jugador tendría que aferrarse a una única posición? ¿Por qué no usar toda la superficie del zapato, interior y exterior, para jugar el balón? ¿Por qué no tirar un penalti indirecto? ¿Por qué no pensar en el portero como jugador ofensivo? Recuerdo la extrañeza que causó cuando, a mediados de los ochenta, ya como entrenador del Ajax, hizo que Stanley Menzo jugara como ahora lo hace Manuel Neuer.

Esa misma creatividad idiosincrática se le notaba en el habla. Su holandés, por más nativo que fuera, no era de este mundo, o al menos no de este país. No había nadie que se expresara como él, hasta tal punto que se tuvo que inventar un adjetivo, el cruyffiano, para designar su idioma. Su acento era claramente de la parte oriental de Amsterdam, donde se crió: duro, fuerte, directo, descarado. Pero empleaba un vocabulario semiculto, en construcciones sintácticas que se parecían a un edificio de Frank Gehry o un cuadro de Magritte. Combinaba partes de frases hechas diferentes para crear expresiones nuevas. Agregaba, quitaba o cambiaba preposiciones a voluntad. En vez de la primera persona del singular o plural (yo, nosotros), prefería emplear la segunda (tú). Su lenguaje daba risa, pero también fascinaba e imponía: le daban un aire de Yoda, oracular. Ayudaba su don de aforista: “Si nosotros tenemos la pelota, ellos no marcan”; “Mira: como mínimo, esa pelota tiene que pasar por entre los postes”; “Si quieres jugar más rápido puedes correr más, pero en el fondo la que determina la velocidad del juego es la pelota”; “Antes de cometer un error, no lo cometo”; “Tienes que tirar la pelota, porque si no, no metes gol”.

*Este artículo de Sebastián Faber fue originalmente publicado en ctxt, Contexto y Acción, con quien El Estornudo ha establecido un acuerdo para intercambiar contenidos.