Foto: Iván Martínez Herrera

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A esta hora de la tarde, cuando apenas son más de las dos, Isabel Reyes y su amiga Mercedes Sierra caminan con paso cansado frente a los comercios de la Avenida Uxmal, cerca del centro de Cancún, cada una con par de bultos en las manos. A su alrededor, interponiéndose en su camino, el enjambre propio de la ciudad, un reguero indetenible de estudiantes sumergidos en WhatsApp, mujeres con bolsas de compras, vendedores ambulantes, mendigos que tocan la flauta y gente que espera el bus bajo el ruido de los zanates.

Después de avanzar varios metros a lo largo de la Uxmal, Reyes y Sierra llegan frente a una hilera de tiendas pequeñas, de apariencia muy sencilla, de cuyas puertas cuelgan banderas cubanas. Afuera, a manera de bienvenida, un par de maniquíes exhiben las prendas más llamativas del día mientras un bafle mediano reproduce un tema de trap. Reyes y Sierra se asoman a los cristales de la primera tienda, ven algo adentro que les interesa y se pierden en su interior.

De por sí, las tiendas con banderas cubanas no difieren en lo absoluto del resto de comercios de esta parte de Cancún, una sucesión interminable de McDonald’s y KFC, pequeños y coloridos mercados, puestos de tacos y quesadillas, bares con karaoke y sucursales de banco. No obstante, lo que sí las hace resaltar ante los negocios vecinos es la fauna extraña que las rodea, una fauna curiosamente desencajada, como arrancada de otro lienzo, compuesta en esencia por las mulas cubanas, hombres y mujeres de casi todas las edades, provincias y condiciones que brincan el mar una vez cada equis cantidad de tiempo para comprar cosas que escasean o resultan caras en Cuba y revenderlas luego allá, de manera clandestina, a precios algo más elevados.

Es, claro está, el caso de Isabel Reyes y su amiga Mercedes Sierra, que dicho sea de paso no se llaman en realidad Isabel Reyes ni tampoco Mercedes Sierra, aunque nosotros haremos como que sí. Esta es la tercera vez en pocos meses que aterrizan como mulas y, justo al igual que ellas, en este exacto momento hay otros cientos de cubanos peinando como sabuesos las calles de la ciudad, sobre todo aquellas donde abundan los comercios baratos, con mercadería asequible. Es, evidentemente, el caso de estas tiendas, más bien tienditas, de cuyas puertas, como un llamado a corneta, cuelgan banderas cubanas.

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Foto: El Estornudo

Foto: Iván Martínez Herrera

Ni qué decir que el negocio de las mulas es ilegal. La ley es muy clara al respecto. Según la resolución 206-14 de la Aduana General de la República, en Cuba la importación con carácter comercial está sujeta a regulaciones muy específicas y solamente entidades autorizadas por el Estado tienen permitido realizarla. Por tanto, lo que venga al interior de los equipajes personales no puede usarse con fines lucrativos ni tampoco exceder en cantidad lo que normalmente demanda el uso personal o familiar, que en todo caso, para evitar dudas e interpretaciones subjetivas, la aduana se ha cuidado de regular de manera milimétrica.

Hasta ahí, en esencia, lo que plantea la ley. No obstante, la práctica dice otra cosa. Dice, por ejemplo, que el negocio de las mulas, evidentemente tolerado hasta el momento por las autoridades, parece marchar viento en popa, con cada día más cubanos apostándole todo. Podría decirse, también, que el negocio ha echado raíces tan largas que pareciera imposible a estas alturas comprender el oasis de la Isla sin la sombra de ese árbol.

Sucede que una parte considerable de lo que diariamente se compra y se vende en Cuba es de contrabando, lo sabe cualquiera con un mínimo de calle. Se trata de algo cotidiano, uno de los panes nuestros de cada día. Una causa inmediata para que todo esto ocurra parece eminentemente terrenal: muchos de los comercios a lo largo de la Isla están desabastecidos, sin apenas mucho que ofertar. Por si fuera poco, lo que se vende en las tiendas del Estado resulta caro, cuesta más de lo que en medio mundo, y eso en un país donde el salario promedio mensual no supera el equivalente de 30 dólares, que es, básicamente, el precio de un pantalón de mezclilla.

Por tanto, el contrabando, además de turbio y dañino e ilegal, supone también una industria de la subsistencia, la válvula de una olla de presión, la salida de emergencia ante una economía en coma y un mercado interno incapaz de enderezarse y entrar por el carril. Y precisamente en medio de ese hábitat confuso se abren paso las mulas cubanas, que son cualquiera, un maleante, un ingeniero, un abogado, un estudiante, una ama de casa, solo que ahora reconvertidos todos, de manera apresurada, en comerciantes amateur.

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Regresemos un momento a Isabel Reyes y Mercedes Sierra. ¿Quiénes son?

Reyes tiene un hijo, un divorcio, algo más de cincuenta años y un pasaporte español. Hace mucho sacó una carrera universitaria en la extinta Unión Soviética. Contrario a lo que soñó, echo casi toda la vida sentada detrás de un teclado, trabajando para el Estado. Ahora, mientras rebobina el casete en su cabeza, cree que no valió la pena. “Una vida entera”, dice, “y total, no he disfrutado nada”. Desde hace un par de meses está ociosa, tomándose un tiempo sabático. Es noble y quisquillosa. Como toda cabeza de familia, su vida gira en torno a qué poner sobre la mesa cuando caiga esta tarde-noche. Le pregunto por qué está en esto y responde que por el dinero, aunque tampoco es nada del otro mundo. Le pregunto entonces si no tiene miedo y no dice nada, solo levanta los hombros con expresión suspensiva y nada más.

Sierra no parece muy diferente. Es unos años más joven, está felizmente casada, tiene una niña pequeña y un pasaporte español. Trabaja en un polo científico porque le gusta lo que hace, porque el salario es una miseria. Tiene título de máster. La diferencia entre lo que cobra ahora como máster y lo que cobraba antes como ingeniera es de apenas 80 pesos, poco más de unos tres dólares. Su esposo es abogado, representante jurídico de una empresa, y hasta hace un tiempo atrás, como el sueldo tampoco le alcanza, vendía helado en los ratos libres. Ambos se la pasan inventando, buscando de dónde sacar los pesos y estirando los ahorros como goma de mascar. También está en lo de las mulas por necesidad y falta de opciones, no porque le guste. Es buena y apacible, quizás un tanto despistada. Al igual que Reyes, no tiene sonrisa de vendedor.

Foto: El Estornudo

Foto: Iván Martínez Herrera

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Los primeros cubanos que plantaron bandera en Cancún, dicen los que saben, fueron los músicos, hace años ya, pero fue más tarde, algo entrado los dos mil, cuando a medio país le dio por desenterrar a sus muertos para obtener pasaportes españoles y también después, cuando comenzaron a inundar la embajada para conseguir visas mexicanas, que empezaron a aterrizar en manada, la mayoría como mulas.

De eso hace más o menos cuatro, cinco años –dice un músico de avanzada.

No llegaremos a saber mucho de él, ni tan siquiera su nombre, pero sí que tras un tiempo de contrato decidió probar suerte y quedarse a vivir en la ciudad, no virar a Cuba. Desde entonces trabaja como dependiente en un pequeño restaurante de comida criolla de nombre El Rincón Cubano, ubicado a escasos metros de la Avenida Uxmal, en una zona que bien podría apodarse Pequeña Habana por la cantidad de cubanos que la merodean desde horas muy tempranas, apenas comienzan a colar las primeras cafeteras, y hasta ya caída la tarde, cuando algunos tramos de la ciudad, como este en particular, caen en un letargo gris.

Además de recitar el menú decenas de veces durante el día, anotar los pedidos de los clientes y traer y llevar platos por el trecho pequeño que separa la cocina de las mesas, el músico toca lo suyo de vez en cuando en algún club nocturno junto a un puñado de colegas, con lo que gana un dinero extra. De momento es feliz así, parece tener lo necesario. Es negro, alto y de semblante saludable, no hay indicios de que sobrepase los cincuenta y tiene una expresión despierta pero a la vez suave, relajada, como quien sabe que todo lleva su tiempo y por lo tanto no desespera, sino que va tranquilo, sacándole el jugo a las horas, siempre con algo entre manos.

Cuando llegaron las primeras mulas, dice, la ciudad, uno de los principales destinos turísticos del Caribe y por tanto uno de los rincones más caros del área, estaba pobremente acomodada para los cubanos, parcos y estrictos a la hora de gastar, simulacros de turistas con una mano delante y la otra detrás. En ese entonces había apenas un par de negocios baratos de los cuales agarrarse: un hotel, uno o dos restaurantes, un puñado de tienduchas. El resto de los comercios eran algo más caros, o no necesariamente caros, sino sencillamente por encima de lo permisible para los cubanos, que es otra cosa.

El hotelito Las Palmas, ubicado apenas una cuadra después de El Rincón Cubano, ofertaba en ese tiempo literas por cinco dólares la noche. Dado lo céntrico de su posición y lo barato de la tarifa, dormía casi siempre lleno. Como las compras en Cancún no eran rentables, los cubanos utilizaban la ciudad como trampolín. Desde el mismo hotelito, por ejemplo, salían autobuses a las cuatro de la mañana con destino Belice, cruzando la frontera sur, donde las cosas resultaban más accesibles. Apenas arribaban, las mulas se dirigían a los principales mercados de mayoreo y pasaban el día comprando cualquier cosa, lo que fuera, para después retornar a Cancún, organizarlo todo en grandes bultos y tomar el vuelo de regreso a Cuba, ahora con kilogramos de baratijas para vender. Un tiempo después, sin embargo, el tránsito constante de cubanos a través de la frontera llamó la atención de la Federal, que en lo adelante empezó a seguirles de cerca hasta finalmente declararles la guerra.

Fue a partir de entonces, con las autoridades enconadas y el tránsito fronterizo en vilo, que algunos propietarios locales, viendo la potencial mina de oro que representaba el contrabando de los cubanos, decidieron invertir para trasladar el negocio de las ventas a su patio, con lo que pusieron en marcha hotelitos económicos y varias paladares y tienditas de mayoreo, surtidas constantemente, a un ritmo imparable, con productos importados y siempre a muy bajos precios.

Gracias a eso, los cubanos comenzaron a hacerse parte habitual del paisaje de Cancún, sobre todo en los alrededores de las avenidas Uxmal y Tulum, donde están ubicados la mayor parte de comercios beneficiosos para ellos. Día tras día, desde bien temprano en la mañana y hasta después de caída la tarde, pueden verse grupitos de ellos, algunos más compactos, otros más desgajados, deambulando por las calles, entrando y saliendo de las tiendas, asomándose a las vidrieras, haciendo señas a algún taxi, siempre con una o varias bolsas en las manos y en busca de mercancías, en busca de cualquier cosa que puedan revender luego en Cuba para arañar unos pesos extra.

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Entonces: ¿qué compran y revenden las mulas? Todo lo que según las minuciosas normas aduaneras cubanas pueda ser entrado al país. Esta gente cubre desde el primero y hasta el último renglón de la ley sin dejar una letra al azar. La destilan, podría decirse. Desembarcan en las pistas y puertos cubanos kilogramos y kilogramos de blusas, calzoncillos, gorras, sandalias, labiales, jabones, celulares, lavadoras, aires acondicionados y hasta motocicletas.

Después, una vez superado el chequeo reglamentario de la aduana, los productos son puestos rápidamente en venta con precios superiores, a veces de manera sigilosa, el vendedor que propaga la voz entre su gente de confianza, todo con mucho sigilo, sin llamar demasiado la atención, pero otras sin tanto cuidado, promocionando abiertamente los artículos en sitios web donde se ofertan desde proteínas para el gimnasio hasta damas de compañía.

Foto: El Estornudo

Foto: Iván Martínez Herrera

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Isabel Reyes y Mercedes Sierra tienen un plan demoledor para los dos días y medios que pasan de compras en Cancún. Es más o menos así. El día uno, apenas llegan al aeropuerto, toman un autobús que las deja en una estación cerca del centro de la ciudad, desde donde hacen a pie el trecho que las separa del hotel. Luego de firmar el papeleo y soltar en la habitación el par de bultos con que viajan, se dirigen a alguno de los pequeños restaurantes de comida cubana que han abierto en la zona y ordenan un almuerzo lo suficientemente fuerte, que alcace para el resto de la jornada. Con tal de ahorrar, suelen hacer una sola comida al día, que les sale en unos cuatro, cinco dólares. Si a la noche les entra algo de hambre, se preparan un pan o compran alguna chuchería.

Apenas terminan el almuerzo arrancan a explorar las tiendas cubanas ubicadas en los alrededores. No son muchas, dice Reyes, quizás una docena, casi todas regadas a lo largo de un tramo de la Avenida Uxmal. Tampoco son amplias ni particularmente elegantes, más bien pequeños salones acondicionados en los que se vende ropa sobre todo, aunque también juegos de bisutería y alguna miscelánea de hogar. Pero el caso es que venden barato, por lo que generalmente están llenas de cubanos que llegan, saludan, miran con atención, preguntan precios, sacan cuentas, piden ver tal cosa, dicen que esa no, piden ver tal otra y al cabo de un rato, después de repasar uno por uno los percheros de las cuatro paredes, se van cargados con docenas y medias docenas de pulóveres, ajustadores, blusas, calzoncillos, carteras, pares de tenis y mucho más, casi siempre copias de otras marcas y de media calidad, llamando la atención de los locales, poco acostumbrados a ver extranjeros cargando bultos por la calle.

A continuación, después de barrer las tiendas cubanas y otras tantas que no son cubanas pero que igual se encuentran cerca y no difieren mucho de las primeras, Reyes y Sierra regresan al hotel, sueltan las bolsas, cogen un diez y regresan a la calle para tomar un combi o un taxi que las deje en alguna de las grandes plazas comerciales de la ciudad, donde pasan el resto de la tarde.

Las plazas, dice Sierra, son un suplicio, no tienen fin. Pasillos y pasillos que deberán andar y desandar en busca, sobre todo, de ofertas, de productos en rebaja, fuera de temporada, pero siempre más elegantes y de mayor calidad que los que encontrarán en las tiendas cubanas. Luego, ya entrada la noche, toman un taxi hasta el hotel, se bañan, comen alguna bobería y comienzan a vaciar bultos, a tachar listas, a organizar maletas y a planear el itinerario de la próxima jornada.

El día siguiente, y el otro más arriba, no difieren mucho del primero, solo que empiezan desde temprano, sobre las ocho y pico de la mañana, y arrancan con un desayuno. Pero el resto es todo igual: tienditas de las Avenida Uxmal, tienditas de las Avenida Tulum, una hora de descanso para el almuerzo y finalmente plaza comercial, en ese orden o al revés. Normalmente regresan una y otra vez por las mismas tiendas buscando productos de última hora, cosas que no había ayer pero por suerte hay hoy y que aún caben en las maletas antes de llegar al peso tope.

Es así todo el tiempo –dice Reyes-, cargando bultos de un lugar para el otro, sin parar. Ya yo no tengo edad para esto.

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Se trata, por lo demás, de un negocio con varios destinos. Las mulas van a Rusia, a México, a Estados Unidos, a Panamá, a Guyana, a Dominicana, a Ecuador, a Belice, a Perú y a dondequiera que dé negocio ir. Cualquier destino mejor abastecido que Cuba es un verdadero mercado en potencia. No obstante, aun así no funciona igual para todo el mundo. Los cubanos con pasaporte extranjero, aquellos con una segunda nacionalidad, no tienen mucho de qué preocuparse: como ciudadanos de un segundo país –en la mayoría de los casos España– pueden sacar pasaje para casi cualquier lugar que les venga en gana, escoger su puerto a conveniencia y largarse a lo suyo sin más.

Los que no tienen doble nacionalidad, sin embargo, lo llevan un poco más complicado. La mayoría intenta conseguirse una visa que les sirva de puente hasta algún país vecino. Una vez conseguida esta y con tierra buena a la vista, preparan los bultos y se lanzan al saqueo. Los que no la obtienen, aquellos que al final del día disponen únicamente de un pasaporte cubano y nada más, deben contentarse con ir a esos poquísimos lugares para los que no requieren ningún permiso especial, como es el caso de la fría y distante Rusia, la salvación para muchos.

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De vuelta en Cuba comienzan las ventas. “Ahora es cuando es”, dice Reyes al día siguiente, cuando ya desempacó la mercancía, la separó, llevó todo eso a un papel y le puso precio a cada cosa. Desfilarán por su casa varias amigas que comprarán algunas cosas para sí y se llevarán otras para venderlas entre sus conocidos. Por supuesto, no lo harán de gratis. Si Reyes pide 12 CUC por una blusa, las amigas tratarán de venderla en 13 o 14 o 15. Así todo el mundo gana: Reyes recibe ayuda en las ventas –que le hace falta, pues ella sola no puede con todo– y sus amigas hacen un poco de dinero promocionando los productos por ahí.

Según Sierra, el principal problema es que casi nadie paga al momento, sino por plazos que pueden alargarse hasta más de un mes, en dependencia de cada comprador. Es una práctica común desde hace años, cuando comenzaron los viajes de las mulas, y al parecer irrevocable a estas alturas. Por tanto, dice, los ingresos llegan a cuentagotas, un par de pesos hoy, un par de pesos mañana, y eso cayéndole detrás a la gente, recordándole a cada rato cuánto dinero les deben. Si se hacen las bobas, probablemente no les paguen. Así, claro está, las ganancias no siempre se ven. No obstante, aun con todos los riegos del oficio, el negocio sigue siendo más rentable que quedarse de brazos cruzados.

Después de hablar con ellas resulta obvio que ninguna de las dos se encuentra a gusto haciendo esto, más bien todo lo contrario, se dicen siempre que probablemente una vez más y ya, que no tienen fuerza para seguir, que todo es muy incierto y complicado, que no les gusta jugar con la ley, que no se sienten cómodas así, pero la verdad es que, con sus pros y sus contras, el negocio al menos les da para mantenerse a flote y sortear el precio de la vida en un país estancado que cada día se encarece más.

El “una vez más y ya”, al parecer, seguirá extendiéndose hasta nadie sabe cuándo.