Foto: d-cuba

Foto: d-cuba

Irma, uno de los huracanes más arrasadores del Mar Caribe, afectó el servicio del único proveedor de internet en Cuba. Una llovizna soporífera, en La Habana, humedece el aire de un edificio construido con material soviético, rudo y umbrío. Es lunes. El ciclón se ha ido, dejando tras de sí una ciudad indispuesta. Eugenia, nerviosa, está sentada en el recibidor, herméticamente cerrado, intentando conciliar el sueño a la luz jadeante de una vela. Lola seguramente prueba tranquilizarla dibujándole un lazo entre las piernas, pero Eugenia sigue sin encontrar calma.

En Chile, donde consiguiera trabajo poco serio, o menos serio y remunerado de lo que supondría una doctora, la hija Claudia espera noticias de la madre y de Lola. No conoce que lo más grave por lo que pasó Eugenia fue que, de madrugada, una ráfaga le abrió una ventana floja y tuvo que atravesarle un palo de escoba para no repetir el susto.

Lola, por su lado, durmió tan sedada en plena tormenta que Eugenia sintió que la única compañía con que podía contar la abandonaba. Quería decirle a su hija que no se preocupara en vano, pero tuvo que aguantárselo hasta una semana más tarde, cuando la hija se había inquietado porque, además de no saber de su madre, había perdido su empleo en Santiago de Chile. Eso alcanzó luego a decirle a Eugenia, tan pronto tuvo oportunidad.

La videollamada no deja de congelarse. A mediados de septiembre, una semana después del paso de Irma, en el hotel de la calle Tulipán el móvil de Eugenia capta una señal WiFi muy débil. La madre tiene que aplazar la conversación con su hija. Primero tiene que reconfortarse a sí misma. Vuelve a su apartamento. Por la noche, baja otra vez al hotel y tampoco logra conectarse.

Piensa que hay una vecina, con quien apenas ha entrado en confianza, que tiene internet en su computadora. Recién mudada al edificio, Eugenia no se siente cómoda pidiendo favores, pero se decide a cruzar el pasillo. Conversa durante quince minutos con su hija desempleada, quien le dice que no tiene por qué afligirse. Habrá más trabajos en Chile, sea en la capital o el desierto. Besos. Eugenia se despide excitada por una idea. Se voltea y le pregunta a la vecina.

¿Puedo traer a la gata solo un segundo para que mi niña la vea? —por favor.

Lola es una gata atigrada muy sociable, a la que Claudia le ponía lazos y le cantaba.

Mejor no, porque soy alérgica —le responden.

Aunque la vecina no lo sospeche, la gata es una urgencia.

Lola fármaco. Lola antidepresivo.

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Es algo injusto saber que Cuba fue uno de los primeros países en disfrutar del ferrocarril, televisión, radio y teléfono y hoy es uno de los últimos en alcanzar Internet. Los medios de prensa extranjeros insisten en que los cubanos presentan una de las peores tasas de conectividad del planeta, al tiempo que el gobierno esgrime los altos índices de educación de su pueblo.

El acceso, en las casas, estaba prohibido de facto. Solo podían tener internet algunos periodistas, académicos, miembros del buró político y empresarios del estado, así como extranjeros residentes en Cuba. Estos últimos pagaban siempre tarifas superiores a los cincuenta dólares mensuales por una conexión con límite temporal y una velocidad menor a los 512 kbps y con límite temporal, lo que escasamente alcanzaba para cargar Gmail en su versión estándar.

Un artículo de BBC comentaba que el embargo económico de Estados Unidos contra los cubanos frenó la importación de muchos equipos tecnológicos y agrietó la infraestructura necesaria. Mientras buena parte del resto del mundo se adentraba en el boom de la World Wide Web, el pueblo de la Isla intentaba que la seria crisis de los años noventa no lo asfixiara por completo.

Hubo una mejora súbita en 2015, cuando ETECSA, la única empresa de telecomunicaciones nacional, activó 35 puntos inalámbricos mediante WiFi en espacios públicos. No era libre o gratuito, ni siquiera lo ha sido en los aeropuertos internacionales cubanos, pero el servicio, bautizado como Nauta, también reducía las tarifas de 4.50 a 2 dólares por hora. Era un principio de algo.

El gobierno había prometido para 2020 facilitar la conexión de al menos la mitad de las viviendas del país. Abriendo camino por el fondo del mar, el cable de fibra óptica entre Venezuela y Cuba, ALBA-1, había empezado a parpadear en enero de 2013, después de años sin funcionar.

Según la agencia EFE, Cuba, con 11 millones de habitantes, tenía registradas 1.152.900 computadoras, de las cuales más de 600 mil estaban conectadas a la red.

Los artífices de Nauta crearon su versión casera, la llamaron —no esperemos menos ocurrencia— Nauta Hogar. Entre diciembre de 2016 y febrero de 2017, recibieron gratis el servicio 858 viviendas del municipio Habana Vieja. Era parte de una prueba piloto antes de iniciar la comercialización gradual. Se ofrecieron velocidades que iban de los 256 kilobytes por segundo a los 2 megabytes. La lentitud de la opción más baja, por 15 CUC mensuales, no tardó en incitar a las quejas.

A finales del año pasado, Nauta Hogar se extendió fuera de La Habana hasta las provincias Pinar del Río, Las Tunas, Holguín, Granma y Guantánamo. Traía un nuevo incentivo. Su mascarón de proa se resumía en el aumento de la velocidad menor de las tarifas a 1 Mb/s, sin alterar el precio. Las zonas donde se instaló fueron elegidas por las condiciones técnicas de sus redes telefónicas para la transmisión de datos.

Foto: La Demajagua

Foto: La Demajagua

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Un miércoles de diciembre, cuando 2017 expira, mi teléfono suena a las ocho y media de la mañana. Por el auricular, me saluda una voz femenina.

Buenos días, le habla ETECSA, ¿Está en casa la propietaria de la línea telefónica?

No, es mi madre, ella salió. — le digo.

Llamamos porque su zona cumple las condiciones para implementar el servicio de Nauta Hogar.

Los usuarios no solicitan el contrato. El monopolio los selecciona. Me estaban avisando que me había elegido.

Ajá, pero quiere decir que para solicitar el servicio debe ser la propietaria de la línea del teléfono quien vaya y firme los documentos.

Exacto, o que ella escriba una carta autorizándole a hacer el trámite, con sus respectivas identificaciones escritas en papel, además, si viene usted solo, debe traer el carnet de identidad de la propietaria.

Me anticipo al posible enredo burocrático.

Ah, no. Ella va a ir. Explíqueme de las tarifas.

Bueno, la más económica son 15 CUC por 30 horas mensuales, la segunda opción…

Descuide, me quedo con la primera.

Estaba al tanto de la información esencial. Los precios suben, pero lo que se paga es la rapidez y no la cantidad de horas de qué dispondrías, que son siempre treinta.

¿Va a hacer el contrato, qué día prefiere?

Mejor dígamelo usted, cuándo.

Podemos atenderlo el viernes, a las ocho y media de la mañana. ¿Le parece bien?

Perfecto.

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Viernes, ocho y veinte de la mañana. Oficina de ETECSA, calle San Pedro, municipio Plaza de la Revolución. Nos han citado a cinco vecinos. Soy el último de la fila.

La oficina ha programado los encuentros en dos grupos de cinco. Uno, el inicial, se atiende antes del mediodía, el otro, de una a cinco de la tarde.

Los cuatro clientes que se me adelantaron, y que probablemente hayan madrugado para encabezar el conjunto, son personas mayores que quizás no sepan ni qué es un software, lo cual no significa que vayan a recibir ayuda exclusiva. Uno de ellos usa bastón, camisa a cuadros de manga larga y sombrero de pesca. Está hablando de lo mal que le ha ido en el hotel de Tulipán con la aplicación de videollamadas y chat IMO, una de las más populares en Cuba.

Para muchos cubanos, Internet es solo otra forma de comunicarse con sus familiares en el extranjero. Lo escucha con atención un joven que acudía por otro trámite, de lentes a lo Harry Potter; la banda de su portafolios le atraviesa el Darth Vader de su camiseta. Todo un bonachón. Interviene con ánimos de sabiondo y explica al dolido auditorio que no es lo mismo 2Mb que uno, que luego lo barato sale caro.

No porque seamos solo cinco casos la demora es menor. Hemos pasado más de tres horas sin asiento, antes de que la representante del monopolio se ocupe del contrato nuestro y nos venda de una vez el módem.

Es una caja china, marca TP-LINK, seis pulgadas de largo, 4 puertos para laptops y computadora de escritorio LAN ADSL2, sin señal inalámbrica. De accesorios hay dos splitters, cables de red y teléfono, un CD y un manual. ETECSA lo vende todo por 29 CUC (el salario promedio íntegro de los cubanos). Por tratarse del primer mes, el contrato de 15 CUC es gratis.

Con el módem, viene una guía de instalación rápida. La información visual que ahí aparece, de los pasos hacia la configuración de red, se describen solo para Windows 7. Sin pausas, la representante explica dónde introducir el cable de línea, el de red, dónde, incluso, presionar el botón de encendido. Rubia artificial, pelo ondeado, con juego tintineante de pulseras, conecta splitter y alimentación y lo monta completo.

Le pregunto por las configuraciones del navegador, si son precisas. Ella, que parece tomarme por imbécil, repite el ejercicio demostrativo y dice que luego nada más es clickear “la bolita de Windows”. La bolita de Windows resulta ser el icono de Internet Explorer. No es que la rubia me lo esté simplificando a nivel kindergarten, es que en verdad no sabe más de lo que le enseñaron en un curso acelerado, como admitiría luego.

La instalación evidentemente es cosa de uno mismo, una infusión de autonomía que suministra ETECSA. No obstante, en los papeles que nos han entregado hay un número telefónico de atención a las dudas; por este nuevo vínculo me dicen que el servicio se activa entre las 72 horas después de firmado el contrato.

El domingo telefonearían. A la espera, ojeo las instrucciones. Voy, de esta manera, al Panel de control. Uso Windows 10, por lo que las imágenes de la guía no concuerdan. Me pierdo en el paso del Protocolo de Internet. Llamo a un amigo informático. Me habla del servidor DNS, es decir, me habla un rato en chino. Me quejo con él de que ese trabajo les debería tocar a los técnicos de la empresa, que en este país calamitoso nada funciona como debe, le digo que me imagino el lío que arman los viejos sin asesoría, aquellos que creen que el mouse es un postre. Él me dice que no me lamente más, porque soy un hombre afortunado que ahora tiene Internet en su casa. Y yo paro de quejarme, así, de un jab.

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Velocidades (Kbps) Tarifas:

1024/256* 15.00 CUC

2048/256 30.00 CUC

3072/512 50.00 CUC

4096/512 70.00 CUC1

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Foto: Nauta Cuba

Foto: Nauta Cuba

Una nota de Granma informaba el 16 de octubre de 2017 que el gobierno había ampliado las zonas para el servicio y que en La Habana, además del municipio Plaza de la Revolución, estaban incluyendo algunas áreas urbanas de La Lisa y del reparto de Miramar. Unas seis manzanas del municipio Playa.

El cotilleo puso en alerta a Cristina Rodríguez. De un momento a otro habría Nauta Hogar en su barrio. Su vecina de la derecha y la de la izquierda para entonces ya tenían conexión, lo cual decepciona a Cristina. Pero sucedió que llamaron del monopolio y ella no estaba en su casa. Iría un trabajador de Etecsa a avisarle en persona que había sido elegida y le notificaría de su turno.

En la oficina de atención en Miramar, Cristina y el resto de los clientes repasan video tutorial mientras esperan ser atendidos. Es la guía de instalación completa en formato audiovisual. Las imágenes son tan meticulosas que graban el momento en que uno, el actor, echa a andar la computadora pulsando el botón de encendido. La voz de una mujer en off narra cada uno de los movimientos.

A pesar del relato con final feliz, Cristina, que lleva cinco años trabajando con internet y máquinas, se perdía. Cómo se explica con transparencia a la gente sobre redes, dirección IP, aquello de lo que no conoce nada y en lo que apenas anda en pañales, prescindiendo de tecnicismos.

El país lleva tantos años al margen de lo que es Internet, que le urge una alfabetización digital, según Cristina.

A su lado se encontraba una rusa que comprendía aún menos el tutorial. De cualquier modo, Cristina —24 años, pómulos enrojecidos, espalda recta— llega a la casa, espera la llamada de activación, sigue los pasos al pie de la letra, pero no funcionan. Llama al número de las dudas. De ahí remiten al de la queja y de ahí a otro. Hay como una cadena de reportes, donde la oficina que toma nota de la reclamación no es la misma en la que se consulta, aunque en el proceso Cristina perciba un trato amable, del tipo que te dice con suavidad que des click encima de la pelotita de Windows (Botón de Inicio).

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Reseñas de la prensa oficialista dicen que en 2017 un 40 por ciento de los cubanos adquirieron alguna forma de acceso a internet, 37 por ciento más que en 2010. Cuatro millones y medio de celulares están activos y se contaron 250 mil conexiones a través de 500 puntos wifi. La hora de consumo disminuyó su costo a 1 CUC.

El año pasado, ETECSA activó 600 mil nuevas líneas de telefonía móvil, sirviendo a un total de 4,5 millones de dispositivos en poder de la población. Un periodista del diario Granma publica en Facebook que “Cuba fue el país de mayor crecimiento en dos categorías de conectividad digital, de acuerdo con el reporte Digital in 2017 Global Overview: presencia en redes sociales —con más de 2,7 millones de nuevos usuarios y 365% de incremento respecto al año precedente— y uso de móviles para acceder a las redes sociales —2,6 millones de nuevos usuarios y un aumento de 385%.”

Desde luego, donde las cifras fueron siempre irrisorias, cualquier multiplicación las exagera y las dramatiza. Cualquier añadido es ganancia para quien parte de cero.

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Esto es lo que Cristina Rodríguez dice y cree del servicio: “Si consumes las treinta horas antes de acabar el mes, pagas las extras que quieras a un dólar, el doble de la tarifa reflejada en el contrato2. El portal del usuario donde ingresas tu cuenta personal no tiene lógica, no sabes qué tocar en cada procedimiento. Su dirección es tan poco asociable como secure.nauta con slash y números. El contador de tiempo no se actualiza con lo que resta, sino con lo que vas gastando, uno tiene que calcular. A veces no hay internet, pasé tres noches seguidas sin poder conectarme. Le pides explicaciones a la oficina y te responden que debe haber congestión. Lo ideal sería que tuviéramos WiFi libre, o que en la casa costara cinco dólares, en vista de los salarios que tenemos, sin restricciones ninguna de sitios o duración y con un paquete de telefonía móvil. Treinta horas es una dosis mísera. Una sola persona consumiendo una hora diaria navega muy restringida, imagina una familia”.

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Son casi las nueve de la noche del día después de haber contratado Nauta Hogar o, quizás, de que Nauta Hogar me contratara, según se mire. A Eugenia también le habían vendido el módem, y yo me brindé para apoyarla con la instalación. Apoyarla, nunca mejor dicho.

Todos los cables, a mi llegada, están ya instalados. La computadora de escritorio, sin embargo, es un caparazón amarillento, que alguna vez fue blanco, pero la luz artificial lo ha corrompido. El monitor, lo mismo. Un tubo de rayos catódicos protegido por un abultado trasero de plástico. Eugenia se disculpa por el reguero. Tendrá unos cincuenta años, divorciada, y solo le debe orden a una gata que debe haber gastado una de sus siete vidas durmiendo.

El sistema operativo de su computadora es Windows XP, del cual vagamente recuerdo cómo llegar al Panel de control. Un obsoleto microprocesador Pentium 4 con 1Gb de memoria Ram. No puedo, de ninguna manera, socorrerla.

Sin dorarle la píldora le aviso de que, con su máquina, tampoco podría hacer videollamadas, necesitaría una webcam. Ella dice que no sabía eso, nunca se detuvieron a explicárselo. Le pregunto si tiene por casualidad una laptop. Contesta que su hija se la llevó a Chile. No hallo qué más decirle. Eugenia dice que no me preocupe, llamará a un técnico amigo suyo para que se las ingenie, mejor poco que nada.

¿Crees que treinta horas te alcancen?

Para hablar con mi hija, seguro no quiero más.

Eugenia se sienta en el sofá y se entretiene alisando con sus manos el pelo de Lola, que agradece, como se agradecen las cosas en Cuba, con un ronroneo débil.

1 El peso convertible CUC es una moneda cubana que se emplea en muchas de las operaciones de la economía doméstica. Equivale aproximadamente a 1 dólar USD, y a 24 pesos cubanos, la moneda oficial con que el estado paga el salario.

2 Las horas, aclara ETECSA, no son acumulativas. Si no consumes del todo la cuota de treinta o planeas ahorrarlas para más adelante las pierdes, al siguiente mes se recargan otras treinta, ni más ni menos. El monopolio lo que ofrece es una venta de horas adicionales más caras.