Foto: Emmanuel Martín Hernández

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En 1994 llegaron los termos de cerveza a granel a Santiago de Cuba, y apenas cinco años después aparecieron los negociantes callejeros fabricando cerveza de botella.

En los 80 ya existían los termos, pero en los carnavales. La jarra de cerveza de 750 mililitros costaba un peso y la cerveza de botella, 60 centavos. Te la servían en jarros pergas encerados –cuenta Miguelito Ferrer, a quien llamaremos con seudónimo como al resto de los personajes que aquí aparecen.

Este trabajador de 53 años de la fábrica de cerveza de la ciudad recuerda que en 1992 y 1993, los años más duros del Periodo Especial, no hubo carnavales en Santiago.

Ahora que lo pienso bien, sí había termos fuera de fecha de carnaval –dice–. Estaban ubicados en puntos fijos. En El Copa había uno, y también en Avenida Martí, en el Caney y en el Reparto el Congreso. Pueden que existieran otros, ahora no recuerdo.

¿Y la cerveza de termo era igual que la de ahora?

No, era de buena calidad. Cada termo tenía un sistema de refrigeración, la cerveza salía fría, y era buena, buena.

Foto: Emmanuel Martín Hernández

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Santiago fue la ciudad que más generales mambises aportó a las Guerras de Independencia, y Frank País, un joven indómito de solo 22 años, dirigía el foco de insurrección clandestino más importante del país durante la lucha contra Batista, hasta que lo asesinaron en julio de 1957. Con varios barrios marginales dispersos por el territorio, y los interminables apagones, la apatía, la escasez de diversión, comida y ropa típica del Periodo Especial, los altos dirigentes sospechaban revueltas y temían el aumento de la delincuencia en su Ciudad Héroe, el bastión último que no podía caer ni claudicar.

Así que, en 1992, enviaron estratégicamente a Juan Carlos Robinson como Primer Secretario del Partido Comunista Provincial. Robinson era un negrazo simpático de un metro noventa de estatura, mujeriego, jugador, bebedor, conguero, bailador, y fanático número uno del equipo de béisbol de Santiago donde militaba Antonio Pacheco, el Capitán de Capitanes de la selección nacional.

Robinson comenzó a poner termos de cerveza en varios barrios de la ciudad, a cualquier hora del día y cualquier día de la semana. No solo en los sitios más marginales, sino también en el virulento Sueño. Vista Alegre fue el único barrio que no gozó de ese gentil gesto. El espectáculo se componía de tipos en chancletas y camisetas, tumultos y, casi siempre, peleas y trifulcas y muertos por puñaladas. El orine corría por la calle y el bloqueo yuma era el culpable de nuestra severa crisis económica y sus consecuencias.

La programación de las más de diez salas de cines mermó considerablemente y éstas se fueron deteriorando. No había petróleo. Había alumbrones, no apagones, o sea, que a veces el fluido eléctrico lo ponían cuatro horas al día. Sin aire acondicionado, sin materia prima para la reparación, y sin personal técnico alguno, los cines se fueron a bolina.

Entonces cuatro tipos –Luis Castillo, El Mellizo, Soto y El Mago– se hicieron de videos VHS y condicionaron las salas de sus casas y empezaron a programar películas a un precio de cinco pesos la entrada por persona. En solo tres años estos distribuidores piratas de cintas hollywoodenses se compraron flamantes automóviles americanos. Los dirigentes se hacían de la vista gorda, al menos la gente se entretenía.

Similar destino disfrutaron los DJs. En 1995 aparecieron tres afamados pone música: Arielito, Eddy y El Habanero. Algunos de estos cines deteriorados, y centros culturales como el Latinoamericano o el Ateneo Cultural, eran los espacios donde sonaban los hits de discotecas de la época.

La bebida del momento fue el llamado Cubalibre, que ya venía preparado y mezclado en botellas de refresco de 250ml y que ponía boca abajo al más bizarro de los bebedores. Quienes tenían en aquel entonces entre 14 y 19 años, y ahora rondan entre 35 y 40, recuerdan esas salidas con mucha nostalgia. Había hambre, pero también había diversión. Ambas en grandes cantidades.

Cuando la situación económica fue mejorando a partir de 1999, y cierta tensión socio-política comenzó a apaciguarse, algún dirigente anónimo prohibió las salas de cine caseras y Vilma Espín dijo que las discotecas particulares eran criaderos de corrupción y drogas. Las clausuraron, por supuesto. Arielito, Eddy y El Habanero emigraron del país.

Fue entonces que apareció el primer fabricante clandestino de cerveza de botella.

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Las primeras máquinas surgieron en Holguín y Camagüey. Un amigo mío palmero las vio, les hizo fotos, dibujó los planos y me los trajo –cuenta el arquitecto más refinado de este negocio en todo Santiago.

Llamémosle Pedro Robles.

¿Y cómo te convertiste en el arquitecto de estos aparatos?

Esa gente de Holguín mezclaba el CO2 con la cerveza, pero sin ningún medidor, a ojo de buen cubero. Las tandas demoraban mucho en hacerse. Entonces nosotros ideamos algo mejor.

Pedro consiguió un tonel vacío de cerveza dispensada al cual le cabían seis cajas de botellas. Cada caja traía 24 unidades. Le hizo una abertura al tonel, lo conectó a un balón de gas de CO2, después le hizo otras dos aberturas frontales y, como en la fábrica original, donde las cervezas vacías se vuelven a rellenar, le puso una especie de dos plumas a presión.

El tonel de aluminio, además, iba dentro de un tanque plástico que se llenaba con hielo, lo que hacía que la cerveza se espesara y saliera mejor por las plumas. En la parte de arriba del tonel se insertaba un reloj que medía la presión, una correa y una pluma más o menos del tamaño de un timón de carro. Ahí se mezclaba el CO2 con la cerveza a granel, controlando la medida perfecta entre cerveza cruda y gas.

Pedro montó su taller en las afueras de la ciudad. El negocio lo componían un fregador que limpiaba las botellas y les quitaba las etiquetas viejas, y un preparador que al comienzo era Pedro, aunque luego fue adiestrando a otros. El preparador llenaba las botellas y las pasaba al enchapador. La enchapadora casera, soldada con hierro, fue construida por el propio Pedro.

En una esquina del local había una especie de tina con agua a temperatura bien alta, alimentada por un calentador eléctrico. En la tina se colocaba la caja de cerveza ya envasada y enchapada para pasteurizarla, un proceso que tomaba diez minutos. La caja se tapaba con un saco, porque en cada pasteurización se reventaban una o dos botellas y al principio algunos de los trabajadores sufrieron cortes.

A las cervezas, ya frías, le estampaban luego las clásicas etiquetas marca Hatuey. De esta fábrica se obtenía muchas veces no solo las etiquetas, sino también las chapas y en ocasiones la cerveza cruda.

Foto: Emmanuel Martín Hernández

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Entre 2000 y 2012 los precios de las cajas de cerveza bastardas fueron subiendo escalonadamente. De 120 pesos a 140, a 150, a 170 y finalmente a 180. Pero Pedro llegó, incluso, más allá, y se inventó las máquinas para hacer refrescos dispensados, un aparato mucho más sencillo. Los refrescos no había que pasteurizarlos ni etiquetarlos.

Los fabricantes de refresco vendían la caja a 25 pesos y los compradores, a su vez, vendían la unidad a dos pesos en sus casas o sus cafeterías. Pedro no se metió nunca en la venta de refrescos, solo armaba las máquinas, que en la calle cobraron fama inmediata. Empezaron a encargarle y llegó a vender cerca de 40 máquinas de cerveza y refresco. Las de cerveza costaban 4 000 pesos, y las de refresco, 2 000.

De varios puntos del país vinieron a pedirle, y fue ahí cuando Pedro se achantó. Uno de sus trabajadores, su primo Julio Frómeta, se independizó en 2001, a los veinte años, y con los ahorros montó su propia fábrica y llevó la distribución aún más lejos.

Frómeta abastecía a las casas, que tenían tiros de cervezas a diez pesos la botella, y a las posadas de citas, donde se vendían dos cervezas por 25 pesos. Por otra parte, él mismo llevaba el producto a las fiestas populares y a los rapiditos nocturnos, y también venían a comprarle de los municipios La Maya, San Luis, y las barriadas de El Cobre, Boniato, El Caney, el balneario Siboney, etc.

Frómeta tuvo que doblar las horas de trabajo, y también los turnos y el personal. Cuando no podía comprar las cervezas en los termos o la fábrica Hatuey, iba hasta donde fuese, dígase Palma Soriano o Contramaestre, y también a otros provincias como Guantánamo y Bayamo. Para fin de año, o en los carnavales, la producción se multiplicaba. En dos años de negocio ya Frómeta se había comprado un Chevrolet 55.

Lo mejor que le pudo pasar a Julio fue que ese carro se rompiera y se consiguiese un mecánico inútil. Julio se duerme cuando maneja, tiene un don para eso. Estás conversando con él y a los diez minutos tiene los ojos cerrados –dice sonriente su mejor amigo, Alberto Rodríguez, compañero de tráfico y orgías y fiestas.

Frómeta también remodeló su casa. Quienes viven en Cuba saben lo costoso que es construir, pintar las paredes, conseguir muebles, comprarse un TV pantalla plana o un equipo de música. Él logró todo eso con su negocio. Llegó a convertirse en el principal productor de cerveza de todo Santiago de Cuba.

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Lázaro Expósito Canto fue nombrado en 2009 Primer Secretario del Partido en la provincia. El dirigente, el primero en salir de la cama y el último en llegar a su casa, traía un solo objetivo: arreglar la ciudad y volverla más próspera. Claro, esto dentro de los cánones comunistas de un país pobre.

Expósito inició rápidamente sus afamados shows “Operación Susto”. Se levantaba por la madrugada, acompañado de su séquito y de reporteros del canal Tele Turquino y se iba a las fábricas provinciales o a los centros de elaboración de alimentos. La transmisión de estos eventos alcanzó un gran rating debido a lo chistoso y arriesgado de la propuesta. Entonces varios programas de la televisión local de Miami, bastiones informativos del exilio cubano, tomaron los videos y empezaron a criticar el hazmerreír de las situaciones que ahí se mostraban.

A Expósito lo llamaron sus superiores y le prohibieron que continuara con los videos, pero ya el dirigente había empezado una campaña para eliminar la corrupción.

En 2013 explotó el Director de Producción y uno de los piperos de la fábrica Hatuey. Ambos fueron sancionados y enjuiciados. La investigación policial continuó y, como un castillo de naipes, empezaron a caer las fábricas ilegales de cerveza. Frómeta terminó en prisión junto a otros tres colegas.

¿Qué se hace en la prisión? –le pregunto hoy.

Jugar mucho parchís, damas, cartas, siló, 21, dominó, ajedrez. Y hablar mucha mierda, es lo que más se hace. Pero yo realmente no estaba en una cárcel de rigor. Yo, los otros tres fabricantes, el jefe de producción y el pipero cumplimos cinco meses de prisión preventiva, esperando juicio.

Ya estás libre de la sanción.

A nosotros cuatro se nos sancionó por receptación del robo y nos echaron dos años y medio de prisión domiciliar. El jefe de producción se pagó una salida ilegal y se fue del país antes del juicio, nadie jamás ha sabido de él. Al pipero le echaron ocho años.

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En 2006, Juan Carlos Robinson fue acusado de corrupción y sancionado con diez años de prisión. Lo liberaron en 2010.

En 2015, Miguelito Ferrer, el trabajador de la fábrica Hatuey, aceptó la invitación de un amigo y visitó Italia durante tres meses. Desde que regresó, vive frustrado y amargado, todo le da roña.

Tú quisieras ver en qué condiciones está la fábrica de Cerveza Hatuey y la Fábrica de Ron que era de Bacardí –dice–. ¡Qué condiciones más insalubres! Todo es un desastre. ¿Quieres que te diga una cosa? A los Bacardí esa fábrica no les interesa para nada.

¿Tú crees?

A los americanos no les interesa para nada Cuba, eso es un cuento. A Cuba vienen, en su mejor momento, cuatro millones de turistas al año. Pues a las playas de Miami van 35 millones. ¿Tú has viajado, verdad? Cuando estuve en Italia comí de todo. La yuca la importan de Costa Rica, los aguacates de Sudáfrica. Y allá hay buenos vinos, brandy, whiskies. Créeme, ni a los Bacardí ni a los americanos les importa para nada ni la fábrica ni Cuba.

Pero dicen que los Bacardí jamás han logrado hacer el ron que hacían aquí.

Sí, ¿y qué?

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Arielito, el DJ santiguero de los 90, de vez en cuando se reúne en Miami con viejos amigos y pone música.

Alberto Rodríguez, el amigo de Julio Frómeta, vendió el Chevrolet 56 que le había regalado su hermana jinetera que vive en Alemania y se compró una visa para Ecuador. Allí consiguió residencia y trabajó como custodio en un condominio. Luego unos malandros lo convencieron de subir a Estados Unidos y cuando iba por Ciudad de México la policía lo arrestó y lo deportaron a Cuba. De nuevo cayó en baja.

¿Tú te acuerdas de aquellos tiempos, bro? –dice ahora, refiriéndose a los años del negocio de la cerveza–. Las putas nos sobraban a Julio y a mí, siempre estábamos de fiesta. Con el carro pa la playa, pa los carnavales. Siempre teníamos dinero, siempre teníamos jevas. Ya estamos viejos, asere.

No estamos viejos, somos unos chamas todavía.

Ahhh –responde, y parece derrotado, sin fe.

Foto: Emmanuel Martín Hernández

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Pedro Robles, por su parte, tiene 60 años y hoy se gana la vida como soldador de rejas. Siempre anda todo andrajoso y lleno de grasa y polvo. Al final del día, se fríe dos huevos y se los come con pan y refresco. Luego se toma un café, se fuma un cigarro y sueña que la embajada de España le da de pronto la nacionalidad. Logra entonces llegar a Estados Unidos, donde se pasa tres meses trabajando, ahorra 3 000 dólares y viene forrado para Cuba. Todos los días, desde hace cuatro años, tiene esa idea en la cabeza. Es su máximo aliciente para continuar viviendo.

Julito derrochó mucho dinero, mucho dinero, él lo sabe, no ahorró nada –dice Pedro sobre su primo.

Todos derrocharon dinero, Pedro, tú también. Cuando uno es joven cree que será joven siempre –le digo.

Y tú –pregunta–, ¿cuándo te vas tú?

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Lázaro Expósito sigue llegando cada día a las cinco y media de la madrugada a su oficina, y ahí afuera, en el edificio central del Partido Provincial, se reúne también cada día un grupo de personas para hacerle peticiones, entregarle cartas con quejas o plantearle personalmente algún problema específico. Ha sido el único Secretario de Santiago que en muchos años se ha ganado ese cariño y esa confianza.

Él intenta dirigir y arreglar una ciudad en la que, como en cualquier otra ciudad del país, escasean los alimentos, el transporte público es un desastre y la corrupción y la malversación imperan en todos los centros de trabajos estatales. Pero la Ciudad Héroe, piensa Expósito, no puede caer jamás.

La otra cara de la moneda, Julio Frómeta, se concentró en un solo propósito después de la sanción: vender su carro y pagarse una salida a los Estados Unidos. Pero en enero de 2017 Barack Obama puso fin al decreto “Pies secos, Pies mojados” y Julio, literalmente, sucumbió.

¿Qué yo hice de malo? –pregunta–. Dime… mírame a los ojos y dime… dime si fabricar cerveza es algo malo.

Ahora Julio bisnea cualquier cosa en la calle. Vive del invento y el trapicheo, y no ha perdido la capacidad de ligar a cada rato cualquier puta.