Ojos desnudos, 1992 / Abigail González

Ojos desnudos, 1992 / Abigail González

No hay mucha casualidad en que dos personajes se repitan en un arco temporal tan amplio, no como copia y calco, debo decir. Sucede en Heart of Darkness, de Conrad, y en Apocalypse Now, de Coppola. Marlow es Willard en la película y Kurtz conserva su nombre intacto. La vitalidad y consecución de estos personajes tiene como base el arquetipo de la degeneración humana. Cada vez que pienso la Cuba del siglo XXI se activan tres referentes en mí: Matrix y el saludo de Morfeo, «bienvenido al desierto de lo real»; el tema «Welcome to the Jungle», de Guns N´ Roses, y el capitán Willard de Apocalypse Now. La jungla y el almendrón; la guagua y la jungla; la cola y la jungla. La jungla y las escenas del corto Utopía

Desierto y jungla. Ambos pueden imaginarse en pocas palabras, en alucinación y delirio. Febrilidad y ausencia total de voluntad. El capitán Willard de Apocalipsis Now no quería permanecer en Vietnam, pero tampoco concebía quedarse en los Estados Unidos. Admira al coronel Kurtz, pero lo ultima en nombre de algo que ya no cree y que para colmo juzga estúpido. El capitán Willard es la encarnación del sinsentido, del extravío de la noción de lo correcto.

Calentamiento / Analia Amaya y Humberto Díaz

Calentamiento / Analia Amaya y Humberto Díaz

En los dominios de la sensibilidad «qué importa» se pierden los límites, o lo que es más exacto, no existen nociones rectoras dispuestas a refrendar un juicio de valor. Las ideas de lo bueno y lo malo se corrompen, se vician de un sentido que sólo es explicable a través del cinismo en su connotación de renuncia.

Cuba —que se ha visto arrastrada a un estado de espesa violencia, ya por la paranoia y la creencia en un enemigo externo e interno, ya por la propia situación económica, ya por la violencia que ejerce el Estado— lleva más de medio siglo viviendo en situación de guerra permanente. Ese mismo escenario es descrito por Enmanuel Villa: «El estado de guerra suspende la moral; despoja a las instituciones y a las obligaciones eternas de su eternidad y, desde entonces, anula en lo provisorio los imperativos incondicionales (…) La guerra no se sitúa solamente como la mayor entre las interpelaciones de la moral. Ella la torna ridícula. El arte de prever y de ganar por todos los medios la guerra (…) se impone desde entonces como el ejercicio mismo de la razón».

En la Cuba de hoy la noción del juicio moral no existe o en el mejor de los casos es ridículo.

Esa pérdida del referente, o ese vaciamiento de contenido que se trasluce en la actitud del capitán Willard, es una condición que la politología del siglo XX cataloga como impolítica. Roberto Espósito, filósofo italiano, reubica para la teoría el término «impolítico» traído de una tradición que viene de Thomas Mann y pasa por Hanna Arendt y Hermann Broch. Para Espósito lo impolítico está indisolublemente asociado a la desesperación, el límite, y la «experiencia extrema».

En tal sentido, lo impolítico implica una pérdida completa del referente o una ausencia de relación, de ahí que constantemente se hable de un estado de no representación, de opacamiento del sujeto. Un contexto sin representación carece de realidad. Es eso que muchos teóricos llaman Nullpunkt, donde nada es manejable. Es lo más cercano a la locura y al universo simbólico en tanto anulación del ego. En esta condición son naturales la ceguera y la mudez en su plenitud.

Se trata del exceso, de un estadío que está más allá del bien y del mal, de la serenidad, de la pasividad, del sustraerse, de la afirmación, de lo apolítico. Más allá de la ética. Hablamos, en suma, del reino de la violencia, justo donde mora, despreciador y sin brújula, el capitán Willard. «Esta ausencia en el presente, este desdoblamiento del presente respecto de sí mismo, este descarte de lo que también existe y que es todo lo que existe, puede asumir el nombre de impolítico», concluye Espósito, de manera espectacular, el segundo capítulo de su libro Categorías de lo impolítico.

Rafael Rojas, por su parte, realiza una certera interpretación del nudo teórico de Espósito. «Cuando la política se vuelve escatología y se identifica con dimensiones ajenas a la presencia vital, como el silencio, la ascesis, el exilio o la muerte, surge entonces, no la “antipolítica”, que es política mal practicada, o la “apolítica”, que es la utopía del neutral, sino la “impolítica”, el reino de la ausencia, el funcionamiento público de una comunidad que no puede ser representada».

El horror meridianus, también le dicen. El éxtasis del desdén, agrego. El Nullpunkt o grado cero de la ética, donde no existe marco para un juicio moral.

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La casa de Ezequiel Suárez es uno de los escenarios de Con jamón, lechuga y pitipuá, un enorme conjunto de  fotografías analógicas realizadas por Leandro Feal y Claudio Fuentes en 2008. Se trata de fotos donde varios jóvenes de la farándula habanera posan desnudos y con aplastante desdén —ni enfáticos ni deseantes, como en Calígula— ante las cámaras de ambos fotógrafos, quienes también se autorretratan. Los «sets» escogidos no pueden verse más underground y trasha, como si cuerpos y espacios, en su enrarecimiento, hablaran o se rieran del estado ruinoso que los rodea. Campo de escombros: material y moral. Guiño millennial a PM en clave postal de los cincuenta.

Estos artistas saben que solo queda el recurso del mohín perverso de la desnudez frente al poder, un gesto diogenista que en su naturaleza efímera constituye un statement de libertad. Una depravación indiferente respecto al criterio de autoridad y la doxa. Una manera de ser guerrillero urbano desde una postura aparentemente inocua y sexista.

Estas fotos remiten a la siguiente anécdota de Sloterdijk: «No mucho antes de que muriera Adorno (…) estaba el filósofo a punto de comenzar su lección magistral, cuando un grupo de manifestantes le impidió acceder al podium. (…) Entre los manifestantes destacaban unas jóvenes estudiantes que, como protesta ante el pensador, habían descubierto sus pechos. Lo que allí había era la mera carne desnuda que ejercía la ‘crítica’…Cinismo en acción. No era el poder desnudo lo que hacía enmudecer al filósofo, sino la violencia del desnudo (…). Allí donde los encubrimientos son constitutivos de una cultura; allí donde la vida en sociedad está sometida a una coacción de mentira, en la expresión real de la verdad aparece un momento agresivo, un desnudamiento que no es bienvenido. Solo una desnudez radical y una carencia de ocultaciones de las cosas nos liberan de la necesidad de la sospecha desconfiada. El pretender llegar a la ‘verdad desnuda’ es uno de los motivos de la sensibilidad desesperada que quiere rasgar el velo de los convencionalismos, las mentiras, las abstracciones y las discreciones para acceder a la cosa.  (…) Una amalgama de cinismo, sexismo, «objetividad» y psicologismo constituye el ambiente de la superestructura de Occidente: el ambiente de la decadencia, un ambiente bueno para estrafalarios y para la filosofía».

Y para el arte, añado. Un escenario ideal para los artistas, quienes, probablemente en la mente de Sloterdijk, encarnan aquellos seres extravagantes que el filósofo alemán menciona. De algún modo, sus palabras prefiguran esta serie de Leandro y Claudio, no otra. Ello ocurre cuando, lo que pudiera tratarse únicamente de divertimento, capta el humor y la actitud de una sociedad que no da más.

Esta serie viene acompañada. Pienso en Calentamiento, vídeo de Analía Amaya y Humberto Díaz donde reproducen las posiciones del Kamasutra, así como otro en que se dan cientos de besos en primer plano; la fotografía escatológica de Abigail González; el desnudo casi porno de Nadal Antelmo; el desenfado de Robin Martínez; la clásica fotografía de René Peña (me erizo) de 1994 en la que se «mete» un cuchillo en la zona de los genitales; Carlos José García y el travestismo conceptual de sus portadas PlayBeuys.

Fotografía de René Peña

Fotografía de René Peña

Si el desnudo es una herramienta para proclamar un escenario de libertad y de desentendimiento del poder, unido al hecho de que estamos viviendo una época más somática que racional, entonces la operatoria de publicar fotos de un artista desnudo, como ha ocurrido recientemente con Luis Manuel Otero, es algo carente de sentido y absolutamente inefectivo en la Cuba de hoy. Y el gesto regresa como boomerang a los predios del poder. Tratando de ganar la guerra por todos los medios, el Estado pierde la razón.

*Este texto forma parte de un libro de la autora aún inédito: Cuba: Arte y Autismo moral (lo muerto no puede morir)