Son cerca de las once de la mañana del 23 de febrero de 2016 y la cafetería Krispy Kreme, ubicada en la intersección de la 49 y la 16, ciudad de Hialeah, parece poco menos que desierta. Su interior es pequeño, de paredes anaranjadas y ambiente acogedor, sobriamente iluminado, con apenas cinco o seis mesas y una interminable lista pop como fondo musical. Dispersos por las esquinas, un par de clientes que hojean ejemplares del Miami Herald o juguetean con los celulares mientras esperan sus pedidos. Una dependienta de gestos rápidos aprovecha la hora muerta para limpiar.

Foto: Cortesía del autor

Roberto Rodríguez / Foto: Cortesía de Lupe Martínez, hija de Roberto Rodríguez.

En uno de los rincones más apartados del local está sentado el viejo Roberto Rodríguez Rigó: 89 años, complexión fuerte, cabellera abundante cuidadosamente peinada hacia atrás. Viste camisa azul bien planchada, pantalones negros con filo y zapatos muy elegantes. Mirado así, de lejos, ofrece una imagen algo férrea y señorial, cualquiera diría gansteril, aunque quizás solo sea el efecto frío e impersonal que producen las gafas de aviador sobre el conjunto de su rostro. En cualquier caso, no sería de locos decir que el viejo parece ciertamente un tipo duro, o al menos la ruina silenciosa de lo que alguna vez fue un tipo duro.

Frente a él, sobre la mesa, un plato con rosquillas y un vaso grande de café.

Mira esto –dice después de un rato, con voz apagada y temblorosa, señalando despectivamente el vaso plástico–. Los americanos creen que esto es café, pero qué va. Café de verdad el de Cuba. Te lo digo yo, papo, cincuenta años después.

De alguna manera, casi todo lo que debemos saber sobre el viejo está escondido en esa frase. Primero, que lleva casi cincuenta años en los Estados Unidos, desde que en 1967 se marchara definitivamente de Cuba para reunirse con su esposa y dos hijos (el mayor de ellos, Roberto Rodríguez Díaz, uno de los “niños Pedro/Peter Pan”), pero también huyendo de la cárcel por conspirar contra la Revolución. Segundo, que desde entonces ha vivido anclado siempre en la añoranza.

Sin embargo, su añoranza no es ya a estas alturas dolorosa ni mucho menos de lamento y mano en el pecho, porque eso, dice, es para gente vaga sin nada que hacer. Es más bien tranquila y resignada, espontánea. Hace un rato, por ejemplo, cuando tenía la cabeza sabe Dios en qué lugar, tras llevarse el vaso a la boca y sentir el gusto aguado del café de los americanos, volvió de repente en sí.

¿Cincuenta años ya, Roberto?

Cincuenta años ya –responde despacio, como midiéndole el peso a las palabras.

¿Y la extraña?

¿Que si la extraño? Tú no sabes nada, mijo.

¿No ha pensado en regresar?

¿A Cuba? No, qué va. Dios me libre.

¿Por qué?

Porque tengo miedo de ir.

¿Y ese miedo?

Imagínate. Por las cosas que hice allá.

***

La infancia del viejo Rodríguez no fue fácil. Desde bien temprano, plena época del Machadato, se vio obligado a dejar la escuela para ponerse a trabajar, porque el padre, un mujeriego tremendo enfundado siempre en trajes de hilo blanco, desapareció un buen día tras una discusión con su madre y ya nunca más se supo de él. Si se le pregunta, lo que mejor recuerda de aquella época es que mataban a la gente como perros en la calle. Por eso ahora le dice a Robertico que si escucha un tiroteo cuando vaya a Cuba, corra enseguida a trancarse y no salga ni a coger fresco, y aunque el hijo le jure que allá no hay tiroteos, él le dice: “Sió, usted cállese y hágame caso”.

De joven, el viejo echó las horas como dependiente en bares, hoteles y cabarets. En aquel tiempo su vida era un poco loca: noches consecutivas de juerga en clubes nocturnos, con par de botellas sobre la mesa y mujeres en el regazo. Un día, sin embargo, tras despertar con una jaqueca insoportable, fue dando tumbos hasta el baño, abrió el grifo, se enjuagó largamente la cara, quedó mirando su reflejo en el espejo mientras las gotas le corrían por el rostro, los brazos extendidos sobre el lavamanos, y pensó: “¿Qué estás haciendo, Roberto? Esta vida ya no. Tranquilízate, anda.”

Fue entonces que conoció a Guadalupe Díaz, con quien se casó en agosto de 1948, tras dos años de noviazgo. Rápidamente dejó las malas noches y se fue a trabajar con el suegro, convirtiéndose así en vendedor de McKay Auto Parts, empresa de importación y venta de piezas para coches Ford. Un par de meses después, haciendo uso de sus ahorros, más un préstamo del suegro, estrenó casa en el reparto habanero de Monterrey. El 15 de mayo de 1950 nació su primogénito, Roberto Rodríguez Díaz, y siete años más tarde, su hija Lupe.

Durante esa década, la del cincuenta, el viejo se mantuvo al margen de la política, quizá porque era partidario de Grau, que, “contrario a lo que se comenta, no era afeminado, sino amanerado, que es distinto, porque bien puestos que los tenía, ¿oíste?, y si no que le pregunten a Fidel, que ni se atrevió a sacarlo del país”.

Luego, en una ocasión, un primo quiso enrolarlo en el cuerpo de perseguidoras de la policía batistiana, pero la madre le dijo: “¡Ni loco! ¡Dios te libre!”. Tampoco, durante todo ese tiempo, intentó ayudar a los rebeldes, y es que definitivamente, dirá después, lo suyo era vivir tranquilo y hacer un poco de dinero.

Todo iría normal, al menos para él, hasta el triunfo de la Revolución. Entonces vinieron tiempos convulsos, de muchos cambios, demasiados para su gusto, y entre tanta ley y discurso el hombre comenzó a temer que Cuba se tomara en serio el cuento aquel del martillo y la hoz. Por eso mismo, hacia 1960, decidió entrar en la subversión: “Porque una cosa es ser revolucionario, y otra muy distinta es ser comunista”.

***

Si el viejo Rodríguez se esfumase de repente de la silla y viniese a aparecer en medio de La Habana, probablemente nadie repararía en él, salvo por un par de detalles. El primero: las gafas de aviador que hasta hace un instante llevaba colgadas al rostro. El segundo: el olor plácido a suavizante que brota de sus ropas. Fuera de eso, pocos se atreverían a poner en duda que ha vivido siempre en Cuba, porque, eso sí, sin importar desde qué ángulo se le mire, ciertamente no ha perdido la esencia.

Sucede que, salvo por aquellos primeros trece años en Nueva York, el viejo apenas ha salido de Miami, que es, si se quiere, como decir que apenas ha salido de La Habana (salvando las distancias, claro está). Quizá por eso viste formal, como lo haría un mayor en Cuba, y no sport, a manera de short, pulóver y zapatillas deportivas, como aquel señor calvo (presuntamente norteamericano, dado su acento) que hojea un Miami Herald tres mesas más allá. Quizá por eso prefiere echar un partido de dominó antes que sentarse a ver uno de basketball. Quizá por eso, para rematar, ni siquiera su inglés es bueno, porque lo habla, sí, pero digamos que pisoteado.

***

Justo por esa época, año 1960, comenzó a correrse el rumor entre las familias cubanas, mayoritariamente aquellas de clase media, de que el Estado suprimiría el derecho de patria potestad, haciéndose cargo a partir de entonces de la educación de los menores, pero también albergándolos desde edades tempranas en centros aislados, enviando a algunos a la Unión Soviética y adoctrinándolos a todos en la ideología comunista.

Hacia mediados de noviembre del año siguiente, 1961, un hermano marista, profesor del Colegio de La Víbora, visitó temprano un día la casa de la familia Rodríguez para reafirmar el comentario que corría de boca en boca.

¿Qué les dijo?

Que en Cuba se venía un comunismo completo y que nos quitarían a los hijos mayores de seis años.

Se habrán asustado.

¡Ah! –hace un gesto tremendo–. Imagínate que te digan eso. De repente creímos que mandarían a Robertico allá, bien lejos, a la Unión Soviética, vaya uno a saber para qué.

Su hija, apenas poco más de cuatro años, de momento no corría peligro.

Mi mujer, sobre todo, fue la que más se asustó –añade después.

Dicho así, parece como si el viejo no hubiese temido nada, pero en realidad sí temió, y bastante, solo que a ratos, cuando uno menos se lo imagina, monta en silencio su personaje y comienza a dárselas de tipo duro.

¿Fue el Marista quien les habló de la operación para sacar a los niños de Cuba?

Sí, él mismo.

¿Qué les dijo exactamente?

Que la Operación salvaría a mi hijo. Que aquí, en los Estados Unidos, la Iglesia le daría de todo: casa, comida, educación, y que ya después, si la cosa no se arreglaba en Cuba y se le hacía difícil regresar, podríamos venir Lupe, Lupita y yo junto a él.

¿Y de quién fue la decisión de enviarlo?

Del propio Robertico.

¿No de ustedes?

No, no, de eso nada. Nosotros le preguntamos si quería irse, porque no quisimos obligarlo, sino dejarlo todo en sus manos, y él estuvo de acuerdo. Entonces me viré y le dije al Hermano: “Bueno… si él quiere, entonces que vaya”.

¿Y el Marista qué hizo? ¿Le dio alguna instrucción?

En ese momento, no. Solo dijo que ya nos avisaría luego, cuando estuviese todo listo.

Pocos días después, padre e hijo caminaron por la calle Neptuno, en Centro Habana, hasta llegar frente al cartel de presentación de la óptica El Prisma. Se trataba a todas luces de un sitio tranquilo, silencioso, con poco tráfico de personas; justamente el tipo de lugar del que nadie nunca sospecharía. Además de los trabajadores del local, la única presencia se debía a un matrimonio que no decidía cuáles gafas comprar.

Buenos días –saludó el dependiente a los recién llegados–. ¿En qué puedo ayudarlos?

Buenos días. Venimos buscando espejuelos calobar claros.

¿Cómo dice?

Que venimos buscando espejuelos calobar claros –dijo Rodríguez como si nada, dándole a entender que sabía exactamente lo que significaba su pedido.

En un momento lo atendemos, señor –y recibió seña de que esperaran sentados en las butacas hasta que no quedara nadie en el local.

Minutos más tarde, siendo ya los únicos clientes en el recinto, el dependiente colgó el cartel de Cerrado en la puerta, echó llave al cerrojo y bajó las cortinas de las ventanas, para finalmente guiarlos a ambos hasta la segunda planta del edificio, donde otros dos señores los esperaban. Tras los saludos de cortesía y habiéndose identificado el viejo como amigo del hermano marista, uno de los hombres le dijo que esperara un segundo, pues tenía algo para él.

Enseguida bajó del estante una caja pequeña llena de papeles y, tras revolver un momento en su interior, sacó el pasaporte y la visa que Robertico necesitaba para viajar y me los entregó. Eso fue todo. Nada más estuvimos allí un par de minutos, para no llamar mucho la atención.

¿Recuerda el día que su hijo partió?

¿Cómo no me voy a acordar? Fue pocas semanas después, a finales de diciembre del 61. En ese entonces yo trabajaba en Vía Blanca, donde estaba la concesionaria Ford, que más tarde pasó a ser de autos checoslovacos y ahora dice Robertico que es de Peugeot. Por el mediodía le pedí permiso a mi jefe (que era comunista pero buena persona, mira tú lo que son las cosas), para ir a despedirme del niño y me lo dio, pero a las afueras del aeropuerto me tropecé con un miliciano que no quería dejarme parquear y ahí perdí tiempo cantidad. Al final, cuando logré llegar a la terminal, él ya estaba del otro lado de la “pecera”, sin poder salir, y solo le pude hacer así –hace con la mano un gesto triste de adiós.

Conforme lo cuenta, el viejo se abstrae. Pierde la mirada en ese punto fijo del suelo que es la nada y se queda callado, girando inconscientemente el vaso de café sobre la superficie de la mesa. Durante ese instante, que parece eterno y fugaz al mismo tiempo, apenas da la impresión de que esté sentado en un rincón de la Krispy Kreme, en pleno corazón de Hialeah en 2016, sino más bien 55 años atrás, en la tarde-noche del 30 de diciembre de 1961, de pie a las afueras del aeropuerto de Rancho Boyeros, impotente y asustado, viendo al hijo que se va.

¿Cómo llevaron la ausencia en casa?

Terrible –dice mientras parece volver al presente-, porque teníamos a Lupita, pero igual nos faltaba él.

Imagino cuánto lo habrán extrañado.

Muchacho, figúrate que a cada rato la niña se levantaba en medio de la madrugada y salía corriendo para el cuarto de nosotros diciendo que había soñado con el hermano. ¿Tú sabes cómo nos ponía eso? A millón. Y fueron seis años, no creas. En todo ese tiempo lloramos mucho, a veces hasta en secreto, vaya. La verdad es que yo no veía llegar el día del reencuentro.

¿Se comunicaban regularmente?

De vez en cuando él llamaba por teléfono; no mucho, porque las comunicaciones no eran tan fáciles como ahora, menos con los Estados Unidos. Nosotros también le escribíamos cuando podíamos pero era de madre, déjame decirte.

¿Qué les contaba él?

Que estaba bien. Incluso en ocasiones mandaba alguna que otra foto, y para nosotros se veía todo muy normal, porque nunca nos dijo nada. Nunca.

***

Hoy en día el viejo es conserje de un edificio en Hialeah, el mismo donde tiene un pequeño apartamento. Vive allí solo desde hace once años, cuando su esposa falleció, aunque en realidad eso de vivir es muy subjetivo, porque él mismo, por ejemplo, no es que viva, sino que “anda prestado en este mundo”. Le pregunto qué significa eso y responde que una vez, poco después de muerta Guadalupe, tuvo en mente suicidarse, pero tanto lo pensó que cuando vino a darse cuenta ya los hijos le habían escondido el revólver que solía guardar en una de las gavetas del cuarto. Desde entonces, sin mujer y sin revólver, al viejo no le queda otra que echar pacientemente los días que le restan.

Por el momento, sus únicas distracciones son leer el periódico, ver algo de televisión y dedicarse a las labores de conserje. Allá, en el edificio donde trabaja, vela porque todo esté limpio y funcionando. También recoge los pagos de alquiler a fin de mes. Cuando algún inquilino lo llama y le dice: “Roberto, viejo, ven acá, que tal cosa no sirve, él va y trata de solucionarlo. “Porque, claro, en los Estados Unidos los problemas de las casas son boberías, nada que cualquiera con los ojos vendados y una buena caja de herramientas no pueda resolver”, dice. Además, “si la cosa se complica, uno llama a cualquier compañía de servicios, que hay muchas, montones, y entonces ellos envían a alguien, y en menos de un par de horas, ¡pum!”, problema resuelto.

***

Una mañana de 1960 tocaron temprano a la puerta de la casa de Monterrey. Serían no más de las siete. Desconfiado, Roberto fue hasta la sala y entreabrió ligeramente las ventanas para ver quién llamaba a esa hora. Tras una breve ojeada al exterior, encontró hombres en uniformes verde olivo apostados frente a varias viviendas del barrio, la suya incluida. Algo nervioso por lo que pudiera ocurrir, pidió a Lupe que se quedara tranquila y velara por los niños. Echó entonces un último vistazo alrededor de la habitación y, tras comprobar que todo estaba en orden, se dirigió a abrir la puerta.

Un mulato grande, teniente, creo, me dijo que venían a hacer un registro buscando armas. Entraron casi que a la fuerza. Revolvieron todo y lo único que encontraron fueron 700 pesos que había escondido hacía tiempo en un chucho de la luz.

¿Y esto? –preguntó el teniente, tomando el pequeño bulto de billetes en sus manos.

Lo guardo ahí porque no quiero ponerlo en el banco –respondió él, procurando más que nada mantener la calma.

Preocupado porque el teniente insistiese en su búsqueda, el viejo aprovechó que el teniente parecía distraído mientras contaba el dinero para jugarse su mejor carta con otro oficial, mulato también. Esperó pacientemente hasta que sus miradas tropezasen y le hizo entonces una seña masónica. Si le respondía, seguramente estaría salvado. Si no, ya habría que ver.

Sin embargo, para su sorpresa, el mulato respondió.

¡Nada más imagínate mi alivio! –exclama abriendo los ojos y llevándose las manos a la cabeza, como quien se gana un billete de lotería–, porque el caso es que al teniente aquel se le ocurrió de pronto registrar una bóveda de la Santa Bárbara que teníamos en una esquina de la sala. Gracias a Dios el mulato se dio cuenta por la expresión de mi cara de que si la revisaban encontrarían algo que no debían y, por suerte, decidió intervenir a mi favor.

Teniente, con el mayor respeto, pero una santa es sagrada. Mejor no se meta con ella.

Sorprendido por la insolencia de su subordinado y sin nada que responder, el teniente miró a su alrededor y pareció llamarse a conciencia. A continuación, visiblemente molesto, dejó sobre la mesa el dinero que recién había encontrado escondido en el chucho de la luz, para luego farfullar algo en voz baja y enfilar hacia la calle, seguido del resto de sus oficiales. El último en salir fue el mulato masón. Antes de cruzar la puerta echó al viejo una mirada muy seria, como quien dice “te salvé”, y entonces siguió su camino sin más, cerrando la puerta tras de sí.

¿Y lo salvó? ¿Escondía algo la virgen?

Una pistola que tenía guardada desde hacía tiempo, por si acaso, y también una carta de Tony Varona1, a quien conocía de antes. Nunca le supe el nombre ni nada, pero siempre que rezo pido por él, porque se portó muy bien conmigo.

¿Qué hizo con la carta y el revólver?

Tan pronto se fueron lo saqué todo de debajo de la virgen y corrí a enterrarlo en el patio. Entonces me puse a pensar en serio que aquello había que pararlo y decidí unirme a ARAC, Acción Revolucionaria Anticomunista.

¿Quiénes la integraban?

Algunos eran del 26 de Julio, gente que había peleado contra Batista pero que no estaban muy de acuerdo con el rumbo de la Revolución. También había ex-oficiales de la dictadura, no malas personas, aunque sí es cierto que durante esa época hubo muchos crímenes.

Cuando dice “rumbo de la Revolución”, ¿se refiere al socialismo?

Claro, porque eso es un tape. Mira, mijo, el socialismo es la antesala del comunismo, lo que claro, primero entran con él para que la gente diga: “Coño, qué buenos son”, porque ofrecen mucho aunque al final no dan nada, y ya después pasan al comunismo, que es cuando aprietan de verdad.

¿Era una organización grande ARAC?

Imagínate que la lista de contactos tenía cerca de doscientas y pico de personas, todas bárbaras, entre ellos tres chinos que todos los días me llevaban la leche para los muchachos –se ríe–. Con ellos tuve momentos que nunca creí fuese a vivir, vaya.

¿Con los chinos?

No, chico, qué chinos de qué: con todos…

¿Y qué quiere decir? ¿Participó en algún atentado?

No, no. Atentados no hicimos ninguno, porque eso era buscarse un paquete. Había planes para atacar algunos lugares, como una base militar que quedaba cerca de mi casa, en Monterrey, pero en realidad no estábamos preparados para eso.

¿Quiénes querían atacarla?

Eso fue idea de Aruca, uno de los hombres de ARAC.

Vamos a asaltar la base soviética esa que está allá atrás –le dijo Aruca un día a Roberto mientras tomaban cerveza.

¿Apoyaba usted la idea?

Por supuesto que no.

Mira, compadre –le dijo el viejo a Aruca, dejando la botella sobre la mesa y poniéndose serio–, la base tiene cerca de cincuenta hombres, treinta de ellos rusos. Supongamos que matamos a veinte de los soviéticos y a diez cubanos, y que quizá, si tenemos una suerte del carajo, solo nos maten a cuatro o cinco de nosotros, vaya. Tomamos la base, okey, pero cuando la hayamos tomado, ¿qué hacemos?

¿Cómo? –preguntó Aruca, visiblemente descolocado.

Sí, dime: ya tomamos la base., ¿qué hacemos ahora?

Nada, ¿verdad?, porque viene Fidel, la bombardea y ya. No seas loco, anda –le respondió.

Pero bueno, yo no quería cortarle las alas así a la fuerza, para que no se acomplejara. Entonces le dije: “Mira, vamos a buscar al resto de la gente para que te convenzas”. Fuimos y tocamos a la puerta del primero. “Coño, Roberto, tengo a la niña con fiebre, compadre. Yo quisiera ir, pero imagínate tú”. No hay problema. Seguimos para el otro. “No me lo vas a creer, Roberto, pero la mujer mía está como descompuesta, tengo que vigilarla”. Al final, creo que solo dieciséis estaban dispuestos a acompañarnos. Por eso digo que atacar una base de esa categoría con tan pocos hombres era una locura, aun con armas buenas, porque las teníamos.

¿Y cómo las conseguían?

Con un hombre de Guane, Don Pedro Goicochea se llamaba. Ese me vendió cuatro: una pistola calibre 45, dos Lugger alemanas y una Stark; doscientos pesos en total. Aunque también le comprábamos armas a los milicianos, para que sepas.

¿A los milicianos?

Sí, señor. Ellos se las robaban para luego venderlas. Por eso después se las quitaron a todo el mundo.

Entonces, dígame, ¿qué hacía en ARAC?

Varias cosas. Por ejemplo, ayudé a pasar cuatro hombres para el Escambray, para que se alzaran contra Fidel.

¿Cuándo fue eso?

Entre el 61 y el 62. Los llevé en carro con un pariente mío hasta Santa Clara. Antes de salir de La Habana, el que organizaba todo me dio una pieza de veinte centavos partida a la mitad y dijo: “Cuando llegues allá, ve a tal lugar y pregunta: ¿alguien tiene cambio para veinte centavos?, que un hombre va a sacar la otra mitad de la moneda que llevas ahí y la va a pegar con la tuya para ver si encajan. Déjale los hombres a ese, que ya se encarga él del resto”. Y así mismo fue. También repartí panfletos por varios lugares y hasta exploté transformadores.

¿Qué decían los panfletos?

Algo así como: “Con la libertad del pueblo, lograremos una nueva Cuba2.

¿Y lo de los transformadores, cómo era?

Eso fue ya en el 66, un año antes de irme, y siempre de noche. Aruca manejaba y yo iba en el asiento de al lado, disparándoles con la escopeta. Así apagamos San Miguel del Padrón tres veces, pero nada de un pedacito, sino San Miguel completo, desde la Virgen del Camino hasta la otra punta.

¿Y nunca los cogieron?

Nunca, pero déjame decirte que a veces tiraba hasta temblando, porque aquello no era fácil.

¿Tenía miedo?

Claro, papo. ¿Cómo no lo iba a tener? Date cuenta que si nos cogían estábamos perdidos; entonces sí que no tendríamos chance de nada. Ya después paramos, cuando nos enteramos que estaban vigilándonos.

¿Cómo lo supieron?

Por Remy, una hermana mía comunista y militar. Ella fue quien me avisó. No solo sabía que estaba en contacto con ARAC, sino que hasta mi apodo era Fernando, con eso te lo digo todo. Cuando hablamos, dijo que me arreglaría los papeles para ayudarme a salir del país, pero que nunca, ni muerto, regresara en una invasión, porque entonces no haría nada por ayudarme.

¿No tenía diferencias con ella por comunista?

No, qué va. Nosotros nos queríamos y respetábamos mucho. Ella simpatizaba con la Revolución y tenía sus cosas, pero nunca intentó convencerme de nada y conmigo no pudo ser mejor.

¿Y entonces? ¿Le arregló los papeles?

Sí. Me cambió el nombre y la fecha de nacimiento. Me puso Roberto Rodríguez Díaz, el nombre de Robertico, y en vez del 8 se septiembre, Día de la Caridad, el 15. Así fue como pude salir la segunda vez, en el 67.

¿Ya lo había intentado antes?

En el 66, pero a última hora no me dejaron subir al avión y solo pudieron irse mi esposa y la niña.

¿Por qué no le dejaron subir?

No sé. Ya cuando iba a embarcar un oficial dijo que de momento no podía salir, porque antes debían revisar bien los documentos míos. Así me tuvieron aguantado un año. Después, antes de marcharme, tuve hasta que entregar la casa y el carro, porque de lo contrario, ni soñando.

***

A cada rato el viejo se deja a sí mismo con la palabra en la boca para atender a la pantalla del televisor que está situado en la pared, justo a mis espaldas. Descubro que le encantan los deportes y que, además, todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para salir a recoger el periódico, luego entra y se calienta una jarra de leche que toma muy despacio, arrebujado en una butaca, mientras despacha las páginas deportivas.

Gusta del béisbol y también del fútbol y el boxeo. Antes hinchaba por los Almendares, cuando los tiempos de Enrique Moreno, Sandalio Consuegra y Willy Miranda. Ahora, por los Marlins de Miami, y aunque hace años ya no va al estadio, tiene una fe tremenda en el bárbaro de José Fernández, un pitcher cubano que es la revelación de las Grandes Ligas. Dice que el tipo será un rey, “uno de veinte y veinticinco juegos ganados por temporada”, pongámosle el cuño, “porque lo que tiene en ese brazo es oro, que Dios se lo bendiga”.

Lamentablemente, Fernández morirá meses después, en pleno ascenso a la gloria, al estrellarse de noche en la costa miamense mientras pilotaba una lancha rápida.

Para rematar, el viejo es fanático del Fútbol Club Barcelona y también de Lionel Messi. Le digo que no conozco a ningún otro viejo cubano de noventa años admirador de Messi, al menos no hasta el momento, y dice él que “ah, mira tú”, que ese enano es lo máximo, “lo mejor del mundo, y pregunta a continuación si vi el penal de hace unos días, cuando dejó loco al portero. Dice, asimismo, que la gente puede pensar como quiera porque al final está en su derecho, pero que en la vida real, vamos a ser francos, “Maradona no le llega ni a las chancletas”.

***

¿Qué hizo cuando llegó a los Estados Unidos, Roberto?

Fui para Nueva York, donde estaban Lupe y los niños. Enseguida mi hermana mandó una carta diciendo que me estaban buscando, pero que al menos ella quedaba tranquila porque sabía que ya estaba a salvo.

¿Y el reencuentro con su hijo?

¡Ah! Volver a verlo fue descomunal, vaya; una alegría que no se puede describir.

¿Lo encontró muy cambiado?

Un poco, sí, porque claro, fueron seis años hasta que nos vimos, pero en esencia era el mismo niño para mí. Se manejaba en los Estados Unidos con una soltura increíble. Lo conocía todo, era como el guía de nosotros. Cuando llegué, me regaló unos zapatos carmelitas preciosos, de lo más lindo que he visto en la vida.

Fue en el show María Elvira Confronta, muy popular en Miami, donde su hijo dio a conocer públicamente, en agosto de 2005, detalles de sus vivencias dentro de la Operación Pedro/Peter Pan, incluidos los abusos sexuales sufridos a manos de Monseñor Bryan O. Walsh, principal organizador, y también de un trabajador social mexicano.

Fue a través de ese programa que Roberto se enteró de todo.

¿Puede hablarme de ese momento?

Imagínate, fue muy doloroso. Me sorprendió mucho, porque yo no sabía nada.

Obviamente no se siente cómodo hablando al respecto. De repente se ha puesto serio, incluso algo esquivo, como a la defensiva.

Cuando me enteré de todo lo que pasó en casa de la familia americana y luego con el sacerdote y ese otro, me puse mal. Yo te digo que los curas no son buenos. Muchos aquí hicieron lo que les dio la gana. El niño jamás nos habló de eso, y por lo que nos escribía antes en las cartas, tampoco podíamos sospecharlo. Ese día fue que lo supimos todo.

¿Y no notó nada extraño en él durante esos años?

No, la verdad es que no. Sí recuerdo que poco después de llegar yo, le pedí me llevara a casa de los Pangerl para conocerlos y agradecerles por haberlo acogido, pero él se negó. Enseguida dijo que me olvidara de ellos, que allá no se nos había perdido nada, y como él siempre ha tenido su carácter, yo no quise remover más las cosas ni volví a mencionar el tema.

¿Quién cree que estuvo detrás de la Operación?

Eso fue cosa de Mongo y Polita Grau. Ellos ayudaron a prepararla y promoverla. Pero ya te digo, ese día, frente al televisor, fue cuando yo supe de verdad qué cosa era la Operación Peter Pan.

***

Hasta hace dos años el viejo no se sentía tan solo. Entonces cogía el carro y se iba a jugar a un pequeño casino que queda por Hialeah y, sin importar si ganaba o perdía, al final pedía una de esas hamburgers bien grandes, de las que vienen con papas fritas y Coca Cola, y así más o menos se entretenía. Sin embargo, ya ni eso. Ahora lo mata la soledad. Los hijos lo visitan de vez en cuando, cierto, pero él cree que podrían venir más. Tampoco es que se queje, porque el viejo no es hombre de andarse quejando. Sabe muy bien que ambos trabajan y tienen que hacer sus vidas, “pero quizá, no sé podrían acompañarlo un poco más, “no te digo que mucho, vaya, pero sí un poco más, porque ser viejo y sentirse solo es del carajo, déjame decirte.

***

Entonces no piensa ir a Cuba.

No, qué va. Además, acuérdate que Remy dijo que me estaban buscando.

Pero eso fue hace cincuenta años.

Eso mismo dice Robertico, pero no, tengo miedo.

¿Qué cree que le pueda pasar?

No sé. Fácilmente me sale un atravesado por ahí.

¿Qué tipo de atravesado?

Uno nunca sabe, mijo. Pero quiero que sepas que a pesar de todo yo extraño tanto que no eres capaz de imaginarlo. Cuba era una taza de oro, la envidia de América Latina. Linda, ¡bah!, que no te puedo contar.

¿Qué es lo que extraña?

Todo, todo –responde con gesto ansioso–, pero más que nada a la gente, a las personas que conocí allá. Date cuenta que a los vecinos yo los quería como familia, porque cuando Lupe y Lupita se marcharon en el 66, fueron ellos quienes me ayudaron a resistir. Había una que todas las mañanas me regalaba un poquito de café, porque sabía que llegaba tardísimo y muy cansado de los viajes por carretera, y así. Todas esas cosas las extraño yo.

¿Le molesta que su hijo vaya a Cuba, Roberto?

Yo no me pongo bravo porque él vaya, sino porque intente luego convencerme de cosas que no son.

Por ejemplo.

De que aquello está bueno, por ejemplo.

¿Y eso le dice él, que aquello está bueno?

Lo ha dicho, y yo te digo que no, perdóname.

¿Por qué cree eso?

Porque donde hay hambre no hay felicidad.

¿De dónde saca que en Cuba hay hambre?

De la gente que viene de allá y hace los cuentos. Pero además, no hay una sola entrevista en la que los padres no digan que tienen que salir a trabajar desde muy temprano e incluso robar y estar inventando para dar de comer a sus hijos.

-–¿Y eso dónde lo ve?

En la televisión. Y no me vengas ahora con que la televisión, que yo sé reconocer muy bien cuando es propaganda pero también cuando es realidad. Es lo que le digo siempre a Robertico: “No trates de taparme los ojos, mijo, que ya tengo 89 años y he vivido mucho.

***

Antes de marcharse, el viejo hace un chiste.

Escucha esto: va una americana a Cuba y se empata de noche con un negro. Se lo lleva para el hotel, tú sabes, y después de aquello, le pregunta el nombre al tipo. El tipo le dice que no, que ni muerto. Pero la americana le dice “dale, chico, dímelo, que quiero saberlo”. Entonces el negro le dice que le prometa que no le va a dar gracia. Ella le promete que no se va a reír y el negro le dice que se llama Nieve. La americana se muere de la risa y entonces el negro le dice “¿viste?, sabía que cuando lo supieras te ibas a reír”. “Pero si a mí lo que me da gracia no es el nombre”, dice ella, “sino la cara que va a poner mi esposo cuando le diga que vi diez pulgadas de nieve en La Habana”.

La gracia del chiste, el verdadero show, está en el desparpajo con que el viejo lo cuenta. Durante ese instante último, que es muy breve, hace gala de una desvergüenza tremendamente lujuriosa y tierna a la vez, como si en realidad lo que buscara con desespero fuese a alguien capaz de creerlo divertido y maldito aún, y no como el anciano solitario y achacoso que la mayoría parece ver.

Al final no permite que pague la cuenta. Dice que haga el favor y guarde eso, que él aún tiene para encargarse. Luego se levanta muy despacio de su asiento y hace un gesto como de dolor de columna. Pregunta si estaba bueno el chiste y pide que no deje de contarlo en Cuba, porque a la gente le va a encantar. Entonces, presto ya, tiende la mano para despedirse y comienza a alejarse lentamente en dirección a la salida del Krispy Kreme, repitiéndose a sí mismo en voz baja y con expresión ladina aquello de “diez pulgadas de nieve en La Habana, ¡ja!”, dejando tras sus pasos, suspendido en el aire, el sonido exquisito de la risa de los viejos.

*Tony Varona: Primer Ministro durante el Gobierno Auténtico de Carlos Prío Socarrás (1948-1952). Fundador y dirigente del movimiento Rescate Revolucionario. Formó parte, además, del Consejo Revolucionario Cubano que tomaría el poder en la Isla de haber triunfado la invasión de Bahía de Cochinos.