Alex Roque / Foto: Javier Roque

Aquella mañana de julio de 1962, de pie frente a la escalerilla del avión, Alex López recordaría el día, apenas dos o tres años atrás, cuando pidió de regalo a sus padres una cámara fotográfica. El padre, como era de esperarse, quiso saber entonces para qué quería él una cámara y López, seguro de sí, respondió que para ir al aeropuerto de La Habana a tomarles fotos a los aviones, pero sobre todo a los cubanos, porque algún día él viajaría por el mundo y lo haría como dirigente de Cubana de Aviación.

El caso es que ahora, 55 años después y mientras camina por la 5ta Avenida de Miramar, López ríe cuando hace el cuento y ríe, valga aclarar, no por lo ingenuo que pueda parecer, sino por lo bien que profetizó, pues hasta el día de hoy, 1ro de octubre de 2016, ha puesto pie no solo en 129 países sino que además, por si fuera poco, ejerció durante algún tiempo como representante en los Estados Unidos de Cubana de Aviación.

–Yo soy así –dice luego, soberbio, mientras cruzamos la calle–. Cuando me pongo una meta es para lograrla. Me vuelvo criminal, vaya. Me pongo metas muy duras para probarme siempre que estoy vivo.

A sus 67 años López es de esos hombres que aparenta ser un tanto más joven de lo que en realidad es. No sobrepasa los 1.70 de estatura y lleva encima un ligero sobrepeso, pero aun así se muestra ágil, activo, de movimientos rápidos. Camina siempre erguido, con pasos cortos pero rítmicos, y al conversar da la impresión de ser alguien altivo, aunque también bastante extrovertido. Parece, asimismo, el tipo de persona a la que poco gustan los rodeos, y si por casualidad deja escapar alguna frase con dardo, se excusa irónicamente con un “disculpa mi francés”.

Más tarde, hacia el final del encuentro, López va a jactarse incluso de ser un hombre exitoso, alguien capaz de sacar dinero de allí donde se lo proponga, pero también resulta obvio que su jactancia no es grosera en lo absoluto, sino más bien pintoresca, porque López es, ante todo, un hombre práctico y sencillo, alguien que sin darle demasiada importancia al hecho de ser dueño y presidente de la agencia de viajes Interplanner Travels, fundada por él en 1974, llega al restaurante en camiseta deportiva, short y sandalias como si nada, y que solo más tarde, ante un ligero descuido, dejará notar una cadena de oro, muy fina y elegante, que lleva colgada al cuello.

En cualquier caso, lo cierto es que allá donde entra la gente le reconoce y sale sonriente a saludarlo mientras él, solícito, encuentra tiempo para todos. Eso sí, no le gusta que lo traten de usted, al menos no quienes le inspiran confianza. Prefiere casi siempre que lo tuteen.

–¿Lo de siempre, Alex? –pregunta una de las camareras a su entrada al restaurante, después de un saludo cómplice.

–Lo de siempre, querida. Y, además, una copa de vino para mí –responde él y se dirige hacia una de las mesas más apartadas del lugar.

Alejandro López Viejo, matancero de nacimiento, fue uno de los más de 14.000 niños cubanos que emigraron solos, durante los primeros años de la Revolución y como parte de la Operación Pedro/Peter Pan, hacia los Estados Unidos, donde reside desde entonces. La historia de su ida, y también la de sus cientos de regresos, comenzó aquella mañana de julio de 1962 cuando, de pie frente a la escalerilla del avión, recordara la vieja profecía.

***

La historia de López, o el punto en el que su historia comenzó a ser de alguna manera relevante, arranca, como arrancó de alguna manera casi todo lo que conocemos, con los sucesos del 1ro de enero de 1959. Entonces con diez años por cumplir y alumno de una escuela administrada por estadounidenses, López era incapaz de comprender lo que suponía una revolución ni mucho menos los sismos y rupturas que vendrían a continuación, pero sí al menos lo bastante despierto como para notar esos cambios menores, y acaso sintomáticos, del entorno más cercano.

–En mi escuela estaban el hijo del Alcalde, el del Gobernador, los hijos de varios cónsules, y todos desaparecieron así –hace un chasquido de dedos–, de un día para otro. Fueron tiempos de mucha confusión. Se escuchaba por todos lados que había que irse, que vendrían grandes problemas. Luego los colegios fueron intervenidos por el gobierno, un buen número de profesores y monjas se marcharon del país y muchos padres decidieron sacar a sus hijos de las escuelas, como fue mi caso. También empezó a correrse el rumor famoso aquel sobre la pérdida de la patria potestad. Se decía que a los niños se los llevarían desde chiquitos para la Unión Soviética y todas esas cosas –cuenta él y toma un sorbo de vino.

Para López, sin embargo, que miraba todo con ojos de niño, la Revolución suponía en aquel momento más una aventura briosa que un cambio brusco de poder. Y nada definía tanto la aventura como la Campaña de Alfabetización.

–Yo apenas tenía edad para ir, pero aun así quería, porque la campaña era para mí una cosa extraordinaria, algo increíble que hacía la Revolución. En ese entonces yo estaba fascinado por los faroles de los alfabetizadores y tanto pedí uno que un día mi padre cogió un pomo grande de aceitunas, le hizo el ribete de arriba con un pedazo de cartón, le pasó un cable de lado a lado para poder agarrarlo y le puso dentro una vela, y así me iba yo por la calle con otros tres o cuatro muchachos, cantando aquello de Somos la Brigada Conrado Benítez, somos la vanguardia de la Revolución… Y mira qué cosa tan absurda: ya para ese momento estaba yo esperando la visa para salir del país.

Esto último, por supuesto, nos lleva a la certeza de que ya desde algún tiempo atrás la familia de López había tomado la decisión de enviarlo al extranjero, presumiblemente, si nos guiamos por otros casos, de manera temporal, hasta que la Revolución cayera. Lo cierto, en cualquier caso, es que dicha decisión parece haber sido movida, más que nada, por la enorme desconfianza que despertaron el nuevo proceso y sus movimientos cada vez más paralelos al comunismo dentro de una fracción nada despreciable de la antaña clase media cubana, a la que pertenecía la familia López.

–Yo recuerdo el día que Fidel entró a La Habana y dio su primer discurso, aquel muy famoso de la paloma, cuando dijo que la Revolución era para el pueblo y con el pueblo, pues ese día estábamos todos en casa mirando la televisión y fue entonces que escuché a mi madre decir por primera vez: “hay que irse, porque esto va para el comunismo”. En qué lo basó, no tengo la menor idea, pero ciertamente acertó. Y fue luego, cuando comenzó a correrse el rumor sobre la patria potestad, que me dijo muy tajante: “te vas, tienes que irte”. A partir de entonces no quiso que me quedara más tiempo en Cuba y todos en casa parecían estar de acuerdo, excepto mi padre.

–¿No le preguntaron su opinión?

–¿Qué opinión voy a dar yo con doce, trece años? Mi madre me convenció de que estaba en peligro. Eso fue todo.

Más tarde, López dirá que no sabe a ciencia cierta cómo se enteró su familia de la operación para sacar a los niños del país, ni mucho menos a través de quién llegó a ella.

–Lo que yo sí recuerdo es que un día fui con mis padres a casa de un hombre de aspecto bien siniestro con quien hablaron para ponerme en la lista de las visas waivers. Después, con los años, supe que aquel hombre era uno de los contactos de Polita (Grau) en Matanzas. La visa la recogimos a las pocas semanas, en la parroquia de la Iglesia de San Carlos. Fue a partir de entonces que comencé a vivir con miedo, esperando que llegara de un momento a otro alguna motocicleta con el aviso de partida. Cualquier motor que pasaba por la calle hacía que me dejara de latir el corazón. Hasta que llegó. El telegrama decía que me presentara en Inmigración, en el centro de Matanzas. Allá tuve que ir con mis padres para buscar mi nombre en una lista que pegaban en la puerta del local, a la vista de todo el pueblo, y ver cuándo me marchaba.

–¿Qué recuerda de sus últimos días en Cuba?

–Mucho silencio en casa, un silencio de tumba, como si todos estuviesen reservándose lo que realmente pensaban. Sin embargo, no puedo decir que me sentí mal, porque en realidad eso no sucedió hasta el día de la partida, cuando vi a mis padres llorando al otro lado de la “pecera”, y también más tarde, cuando subí la escalerilla del avión. Esos últimos días los pasamos más bien como a la espera y la tarde antes de partir tuvimos una cena familiar en el mirador del Puente de Bacunayagua. Y hablando de comida –señala a la camarera que se acerca con los platos, el suyo un especial de albóndigas y ensalada de vegetales.

López se disculpa entonces y hace una pausa para probar su pedido, seguido de un sincero gesto de satisfacción. Somos los únicos a esta hora en el restaurante y el tiempo parece concentrarse sobre él. Tras tomar otro sorbo de vino y limpiarse los labios con la servilleta, continúa su relato.

–La salida fue el 4 de julio del 62. Partimos para La Habana muy temprano en la mañana, mucho antes de que el barrio despertara. Yo iba con traje beige y corbata carmelita. Mi madre llevaba el mismo vestido que usó cuando tomé la primera comunión: negro completo, los bolsillos dos cestas de flores blancas. Tía tenía puesto otro vestido floreado y papi llevaba pantalón negro y guayabera blanca. Lo recuerdo todo perfectamente. Antes de entrar a la “pecera” me dijeron que hiciera caso allá en los Estados Unidos, que no llorara y que más tarde, cuando anunciaran la salida del vuelo, subiera las escaleras sin mirar atrás. Ya una vez dentro era imposible hablar con ellos, ni siquiera por entre las rendijas, porque los milicianos no lo permitían, nos metían miedo, decían que si intentábamos conversar con los de afuera no podríamos irnos, cosas que a lo mejor eran mentira, quién sabe, pero sí sé que era un lugar feo, estéril. Después nos registraban los documentos, el equipaje y hasta nos quitaban cosas. Yo lo perdí todo: reloj, cadena, anillo, y no pude recuperar nada, ellos decían que sacar esas cosas iba en contra de la ley. Más tarde, cuando llegó la hora de abordar, tomé aire y subí las escaleras, pero justo cuando iba por la mitad bajé, porque me entró miedo. Sin embargo, bajé de espaldas, para no mirar atrás, como me habían dicho antes. Fue al pie de la escalerilla, cuando vi de nuevo aquel pájaro inmenso de acero en toda su magnitud, que tomé impulso y subí completo, pero siempre sin mirar atrás.

–¿Y el vuelo?

–Fue el primero y el más horrible de mi vida. Salió a las 11:45 de la mañana, era el 422 de la Pan American Airways. Recuerdo mucha confusión más que nada, y también mirar por la ventanilla y ver a Cuba alejarse y las palmas hacerse diminutas. Adentro éramos como diez niños, los demás todos adultos. Ellos gritaban de alegría por irse y nosotros, los más pequeños, tristes, llorando, un contraste muy extraño. Al poco rato vino una azafata, me dio un chicle, luego una Coca Cola, y cuando vine a darme cuenta estábamos aterrizando. Antes de salir de Cuba los padres nos habían dicho que al arribar al aeropuerto debíamos preguntar por un tal George, pero cuando llegamos él aún no estaba, así que comencé a dar vueltas por el pasillo de la Aduana hasta que apareció. Me acuerdo que traía galleticas dulces y un potecito de leche para cada uno y que después de organizarnos nos montó en un autobús y nos llevó para los campamentos –y prueba otro bocado de su comida.

–¿En cuál lo dejaron?

–Por mi edad (13) creo que debía haberme tocado el de Florida City, pero se encontraba a tope en ese momento. Entonces me llevaron para Matecumbe, que por regla general era para los varones mayores, los de 15, 16 y 17 años.

–¿Cómo era allá?

–Un infierno verde, que es el mote que se le ha quedado. Estaba ubicado en medio de los Everglades. Aquello era terraplenes, tierra, fango, animales, gatos monteses. Vivíamos en casas de campaña de lona del ejército y dormíamos en literas de tres niveles. Como yo fui de los últimos en llegar me tocó arriba. El techo de la carpa me quedaba a un par de palmos de la cara, una cosa espantosa. Las necesidades teníamos que hacerlas en el monte porque los baños siempre estaban rotos, no eran suficientes como para 500 muchachos. Había también un comedor grande, una capilla de iglesia y la enfermería. Un par de maestras cubanas impartían clases por las mañanas, pero muy malas, aquello era todo un relajo. Estando allí me encontré con un muchacho de mi reparto que era unos años mayor que yo, él también se había ido de Cuba mediante la Operación. Mientras estuve en Matecumbe él fue mi “protector”, porque si eras jovencito y carne fresca te violaban.

–¿Quiénes?

–Los mayores, que se aprovechaban de los menores.

–Pero usted estaba protegido por el muchacho.

–Él me protegía, sí, pero como pago tenía que servirle –responde con tono frío, dejando sobre el plato el tenedor que recién disponía llevarse a la boca.

López busca entonces la copa, bebe otro sorbo de vino y se toca los labios con la servilleta. En momentos como este, cuando nadie habla, casi que podría palparse el silencio. A nuestro alrededor apenas se escuchan el rumor apagado del sistema de ventilación, el murmullo distante de las camareras y una música muy suave que corre a bajo volumen. López, por su parte, se nota ligeramente alterado aunque sabrá dominarse siempre.

–¿Eso quiere decir que abusó él de usted?

–Claro. De alguna manera tenía que pagarle, pero yo prefería pagar al que me cuidaba antes que ser abusado por el resto.

Y luego:

–También que éramos muy pocos los menores. Pero los mayores igual estaban entre sí, eran hombres que necesitaban tener relaciones de una forma o de otra. Y lo mismo sucedía con algunos curas, sobre todo con el padre Joaquín Guerrero, con quien tuve problemas.

–¿Qué problemas?

–Él me violó varias veces. Iba por las noches hasta la litera, me tapaba la boca y se ponía a tocarme los genitales.

–¿Cómo es posible que sucediera eso, si en el campamento había más curas y muchachos por doquier?

–Porque ellos eran los jefes –y hace un gesto como si la respuesta fuese obvia–. ¿Quién iba a decir? Cuando yo me confesé ante el párroco del campamento y le conté lo mal que me sentía y las cosas que estaban sucediendo, me preguntó él: “¿te está ocurriendo esto con el padre Joaquín Guerrero?”. O sea, él sabía, pero no podía hacer nada porque yo se lo contaba dentro de la confesión, que es sagrada.

–¿Abusaba Guerrero solo de los menores, o también de los mayores?

–Yo recuerdo a otros tres muchachos, menores ellos, que tuvieron la misma situación con él. No obstante, eso también ocurría en otros campamentos, no solo en Matecumbe.

–¿Llegó alguna vez a acusarlo formalmente?

–No –responde mientras juega con la servilleta–. No quise abrir esas heridas, pero sí sé que fue acusado una vez y que la iglesia tuvo que pagar buen dinero por su causa. Él murió hace años ya. Murió de cáncer en la garganta, como dije que iba a ser.

Toma entonces nuevamente la copa en su mano y bebe algo de vino, los sorbos siempre pequeños. Durante los minutos siguientes conversa sobre el par de meses intermedios que pasó en el campamento de Florida City, hasta que cumplió 14 años y no tuvo otra opción que retornar a Matecumbe.

–Era mejor en cuanto a condiciones, porque se trataba de casas en las que un matrimonio cubano cuidaba de varios niños. Yo estuve en dos, primero con los Arias, después con los Baiza. Podría decir que ayudé mucho allá. Como el resto de los niños eran más chiquitos, les enseñaba a planchar, a fregar, a hacer las cosas de la casa. La escuela también era mejor, con pupitres y todo, y los profesores bastante buenos.

–¿Había abusos en el campamento?

–No que yo sepa. Allí me sentí siempre a salvo.

De vez en cuando, tal vez inconscientemente, López mira su plato, pero tampoco hace por seguir comiendo.

–Al poco tiempo de regresar a Matecumbe me trasladaron para el campamento Opa Locka, que fue el último donde estuve. Era como una base del ejército, con naves de dormitorios, buena comida, varones nada más. La escuela, que era dirigida por monjas, no quedaba allí, sino afuera, en la ciudad.

–¿Pudo comunicarse con sus padres en todo ese tiempo?

–Sí, siempre que podía los llamaba. En mi caso era más fácil porque mi abuela era la directora telefónica de Matanzas. Hablaba bastante con ella y a veces con mis padres, aunque no mucho, porque ya para entonces les habían cortado el teléfono acá en Cuba. Recuerdo que durante la primera llamada, estando en Matecumbe, les pedí que me sacaran del “infierno verde”, que me dejaran regresar.

–¿Y qué dijeron ellos?

–Que eso no era posible. “Nosotros vamos para allá”, me respondieron. Y tardaron cinco años para lograrlo, ya ves –dice, no sin pesar.

–¿Les habló durante esas llamadas de los abusos?

–No, no tenía ningún sentido preocuparlos. Igual no podían hacer nada.

En Opa Locka, sabremos a continuación, las cosas tampoco fueron color de rosas.

–Guerrero se aparecía de vez en cuando por allí y eso hacía que yo entrara en pánico, porque él se reía en mi cara, con una risa bien vil. El caso es que un día, estando en la escuela, dejé que se fuera el autobús. Al poco rato una de las monjas me encontró y preguntó qué sucedía, que por qué no me había ido con el resto, y decidí entonces contarle de los abusos. No sé cómo, pero el punto es que los demás muchachos terminaron enterándose de todo y a los pocos días me acorralaron en una esquina del campamento, terminada ya la cena, y comenzaron a golpearme con palos y piedras, diciendo que era un mentiroso por haber acusado al cura de abusador.

–Porque había buena relación entre Guerrero y el resto de los muchachos.

–Por supuesto –sonríe irónicamente–. Para quien no tuvo la experiencia que yo, el cura era muy bueno. Ya después el padre Maximiliano, que era el director del campamento, intervino y decidió que lo mejor era sacarme de allí, primero por mi seguridad y segundo por mantener la paz. Me enviaron entonces a Ohio, supuestamente a una de esas becas donde, según les prometían a los padres en Cuba, continuaríamos nuestros estudios, pero cuando aterricé allá descubrí que no me habían enviado a ninguna beca, sino a un orfelinato de niños con problemas psicológicos: el Saint Joseph Orphanage, en la ciudad de Dayton.

Alza a continuación la mano para ordenar más vino. No ha vuelto siquiera a mirar la comida.

Para su propia sorpresa, no obstante, el Saint Joseph Orphanage, con todo y la mentira que supuso, vino a convertírsele en una especie de refugio, aquel lugar donde, después de un par de años inciertos e inseguros, encontró finalmente algo de paz.

–Yo creo que hasta cierto punto ese fue mi mejor tiempo dentro de la Operación, porque era todo muy tranquilo, además de que aprendí mucho con las monjas. La madre Mary Agathonia, la directora, me ponía siempre llamadas a Cuba para que hablara con mi familia y hasta se sentaba a conversar largos ratos conmigo. Además, los muchachos tampoco es que estuviesen locos. Eran niños abandonados por sus padres que tenían problemas psicológicos, nada más, y ese ni siquiera era mi caso. Yo estaba allí sencillamente por una cuestión política.

Meses después de su llegada al orfanato, la trabajadora social que atendía su caso consiguió una familia norteamericana de crianza para él, los Mulvihill, con quienes se fue a New Jersey durante casi dos años, hasta la llegada de sus padres a los Estados Unidos.

–Ella era enfermera y él maestro de Biología. Cuando me llevaron consigo ya tenían la primera de sus cinco hijas, todavía muy chiquita.

–¿Cómo fue el tiempo con ellos?

–Muy bueno –responde rápidamente, esbozando una sonrisa por primera vez en mucho rato–. Llegó incluso un momento de complacimiento en el que comencé a quererlos como se quiere a la familia, y en el high school fui siempre popularísimo, quizá porque era el único latino por todo aquello.

Cinco años con sus respectivos meses y días debieron transcurrir para que López, ahora un adolescente de 18 años, se reencontrara con sus padres. Hasta ese entonces el contacto entre los tres se había visto reducido siempre a alguna que otra carta esporádica y a una llamada mensual.

–Me enteré una noche de carnaval. Cuando llegué a casa de los Mulvihill, tarde ya, me dijeron que mi madre había llegado. Lo hizo a través de los Vuelos de la Libertad. Meses antes yo le había escrito a la Primera Dama, a la señora Johnson, pidiéndole de favor que no dejaran de poner a mis padres en la lista de personas a reclamar. A los pocos días recibí respuesta de la Casa Blanca. Decía que no había motivo para preocuparse, que ambos serían prioridad. Y en efecto. A los pocos días de su llegada hablé con ella por teléfono. Estaba en Miami. Lo primero que hice fue preguntarle por mi padre. Dijo que le habían negado la salida hasta que entregara la casa y el carro, pero aun así llegó bastante rápido, como a los cuatro días. Después de eso fueron los dos para New Jersey.

–¿Y el reencuentro cómo fue?

Antes de contestar, López hace una pausa muy larga en la que, suponemos, se traslada inconscientemente a escena.

–Cuando los vi por primera vez no sentí nada –hace un gesto vago con la boca mientras mira a ningún lugar–. Eran como dos extraños para mí. Enseguida se pusieron a discutir. Él le echaba la culpa de la separación a ella, ella a él. En realidad fue horrible.

Toma la copa y bebe otro poco de vino. El plato de comida frente a él, enfriándose, todavía intacto.

–¿Se fue a vivir con ellos de inmediato?

–Sí. El gobierno norteamericano les dio dinero el primer mes para rentar un apartamento. Además, la Iglesia Presbiteriana local anunció que había llegado una familia cubana necesitada y mucha gente nos ayudó, sobre todo los Mulvihill y mis compañeros de high school. Papi comenzó a trabajar apenas a los tres días como asistente en una fábrica y terminó años después como capataz de la farmacéutica Johnson & Johnson, en la propia New Jersey. Mi madre también tuvo un par de empleos durante algún tiempo y hasta yo me iba a un restaurante por las tardes, después de la escuela, a pelar papas, limpiar mesas y hacer lo que fuese necesario por tal de mantenernos a flote económicamente. Hice todo lo que estuvo a mi alcance por encaminarlos y al año y medio, cuando creí que ya estaban aclimatados, les dije que me iba.

–¿Cómo se tomaron la noticia?

–Como la traición más grande de la vida, porque ellos creyeron que aun después de cinco años de separación todo seguiría igual, pero la verdad es que no. Para ese entonces ya yo había aprendido a independizarme y hasta mi cultura había cambiado. Además, tampoco es que soportara la relación entre ellos. Yo tenía necesidad de irme y finalmente me marché.

***

Lo próximo que sabremos de López es que se largará a estudiar Pedagogía en la UCLA, en la soleada California, justo cuando el campus bullía con el nombre de Angela Davis. Par de años después saldrá graduado como profesor de español, aunque en realidad no ejercerá nunca, sino que decidirá desviar los rieles para iniciarse en el fascinante mundo del turismo.

Lo que sigue a continuación supone entonces un retrato bastante fiel de la personalidad de López. Porque López empezó en el turismo desde abajo pero llegó arriba bien rápido y lo hizo, básicamente, asegurando que sabía hacer cosas que en realidad no sabía pero que aprendió muy pronto sobre la marcha, probablemente sin que nadie se diese cuenta. No obstante, eso, el arrojo y la irreverencia, no serán los signos verdaderos de López, por más que lo parezcan. Lo que realmente terminará definiendo siempre a este hombre será su determinación, una determinación plana, minuciosamente blindada. Solo eso parece explicar el hecho de que en muy poco tiempo López haya llegado a ser, entre otras cosas, Director de Viajes de la OEA y del Banco Interamericano de Desarrollo, para más tarde, en 1974 y ya con algo de experiencia, lanzar su compañía, Interplanner Travels, pionera dentro de la industria estadounidense en el turismo con países socialistas, negocio un tanto suicida.

–A partir de ese momento nadie en todo los Estados Unidos pudo comparárseme haciendo arreglos turísticos con China y con la URSS. ¿Por qué? Porque sencillamente no había locos como yo dispuestos a marcarse con el comunismo.

–Y usted no lo temía.

–Yo no le tengo miedo a nada ni a nadie, ni siquiera a la muerte –responderá todo espléndido.

Interplanner Travels, sin embargo, escondía otro propósito, un propósito hasta entonces callado. Porque a López lo que en realidad le interesaba no era el turismo con los chinos ni tampoco con los soviéticos, por más que resultasen atractivos los negocios con ellos. López llevaba años dándole vueltas a una idea hasta ese momento poco probable pero que justo ahora, con el ascenso de Jimmy Carter al poder y su tono más cordial, comenzaba a cobrar cuerpo: la de regresar a Cuba, cerrada aún a los exiliados.

-Yo me había impuesto regresar de una forma u otra y si lo conseguí fue debido a la reputación que me gané trabajando con los países comunistas. Fue gracias a eso que poco después, cuando comenzó la apertura de viajes entre ambos países, me llamaron de la misión de Cuba en las Naciones Unidas para estudiar la posibilidad de abrir lazos turísticos con los Estados Unidos, justo como ya hacía yo con China y la URSS.

–Y por supuesto dijo que sí.

–Inmediatamente. Entiende que yo me puse en el lugar específico para lograr mi propósito. Lo hice conscientemente. Y regresé. Lo logré. Vine por primera vez hace 40 años, cuando los primeros viajes de la comunidad cubanoamericana.

–¿Cómo fue el regreso?

–Al comienzo tenía miedo, porque iba a regresar a un lugar del que me había ido con mucho miedo años atrás, siendo todavía un niño, pero en realidad desapareció enseguida. Apenas llegué me fui a Matanzas. Allá caminé por la ciudad, visité la casa de mi familia, hablé con los vecinos y la gente del barrio. Fueron ellos quienes me contaron que cuando mi madre regresó del aeropuerto el día de mi partida, fue de casa en casa gritando: “¡no sé lo que he hecho, no sé lo que he hecho!”.

–¿Ella nunca se lo contó?

–No. Ella nunca se arrepintió de nada conmigo –dice con cierta dureza, casi con enfado.

Desde esa primera vez, a finales de la década de los setenta, López ha volado a Cuba cientos y cientos de veces, y vendrá a decirlo más tarde así, con uno de esos gestos de ya perdí la cuenta.

–La cantidad de delegaciones y personalidades que he traído yo a este país ha sido increíble: Steven Spielberg, Kevin Costner, más recientemente el Alcalde de Houston. Fui, además, uno de los mediadores de los juegos de béisbol entre los equipos de Cuba y los Orioles de Baltimore y quien organizó los viajes del padre de Elián mientras el niño estuvo en Miami. Gracias a mi trabajo he podido hasta reunirme con altas figuras del gobierno cubano, entre ellos el Comandante en Jefe Fidel Castro, con quien he conversado y cenado varias veces.

–¿Habló alguna vez con Fidel sobre la Operación?

–Eso no, porque en realidad nunca estuvimos a solas. Pero sí recuerdo una conversación que tuvimos en una ocasión, durante una visita de los Maceítos acá, en que él quiso saber cómo me sentía yo respecto a Cuba. Le expliqué: “Comandante, cuando yo vengo a Cuba vengo de mi casa, y cuando me voy de Cuba voy para mi casa”. Me preguntó él: “¿qué tú consideras tu casa?”. Le respondí: “donde vivo y trabajo, donde me siento protegido, donde tengo mi almohada”. Y entonces Fidel me dijo: “eso está muy bien, pero recuerda que este también es tu país y que aquí tendrás siempre una almohada” –cuenta emocionado antes de tomar un sorbo de vino.

La de López, sin embargo, no será una emoción exaltada aunque sí limpia y reposada. Una emoción honesta. No será difícil deducir, por lo tanto, que López pertenece a ese clan osado pero igualmente inconcebible, ilógico casi, de hijos del exilio admiradores de la Revolución y también de Fidel Castro.

–Después que crecí y me di cuenta de lo que estaba pasando, que aprendí a discernir lo justo de lo injusto, sí, comencé a simpatizar con el proceso. Y por Fidel he sentido siempre una admiración increíble. Fidel es un hombre sumamente inteligente, alguien con mucha visión. Desde luego, tiene seguidores y detractores como todos los líderes, pero yo creo que si a él se le hubiese dado la posibilidad de no estar bloqueado, Cuba sería diferente, muchísimo más avanzada.

No obstante, todo lo anterior conlleva un precio. El punto es que si eres hijo del exilio durante una época, la década del 70, todavía radical, en la que el estrecho de la Florida parece un istmo insalvable desde ambos lados, no puedes lanzarte a negociar con países comunistas, tantear una relación entre Cuba, su emigración y los Estados Unidos, o respaldar a la Revolución y a su máximo líder digamos que así de gratis. Todo lo anterior, todavía en la década del 70 y aun un poco después, conlleva un precio, un precio que supone como mínimo la sospecha, como máximo el estorbo.

–Hubo un tiempo en que la CIA y el FBI quisieron reclutarme. Me contactaron varias veces, incluso estando aquí, en La Habana, sentado en el Malecón. Querían entrenarme para que sirviera como espía y vendiera información. Por supuesto, me negué desde el principio. Pero aun así siguieron intentándolo hasta que se dieron cuenta que ya no tenía caso. También estuve amenazado de muerte durante muchos años por Alpha 66, que le metía anónimos a mis padres por debajo de la puerta diciendo que yo era “el próximo”, sobre todo después del asesinato de Carlos Muñiz, a quien conocí personalmente. Así que, bien visto, puedo hasta presumir de haber compartido lista con Fidel –dice, y suponemos que con orgullo.

Más tarde, preguntado si sintió miedo o algo semejante al miedo tras saberse amenazado, confesará.

–De alguna manera yo he sentido siempre que voy a ser “el próximo”. No he vivido nunca en paz, sino a la espera de que me maten, de que me maten los de la contrarrevolución, pero igual, no les tengo miedo.

–¿Llegaron a realizarle algún atentado, o todo quedó en amenazas?

–Agresiones contra mi oficina, amenazas de bomba, atentados. Una tarde salía del garaje de mi trabajo, en Washington, y en eso entraron dos hombres montados en una moto. No los pude identificar porque ambos llevaban casco. Al momento saltaron sobre mí y comenzaron a golpearme mientras gritaban: “¡Comunista! ¡Tú eres amigo de Sánchez Parodi!”, que era en aquel momento el primer jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington. Pero total, luego lo reporté a la policía como si nada –dirá entonces con ese desdén suyo que le hiela la sangre a cualquiera.

Alex Roque / Foto: Javier Roque

***

A medida que discurre el encuentro habrá un tópico que saldrá a relucir cada cierto tiempo, como en flashazos, y que supondrá siempre un cambio de tono en la voz de López o un cierto pesar en su rostro: la relación con sus padres, ese tajo mal curado.

Hay, de hecho, una escena muy ilustrativa, una escena de 2009, que sintetizará como nada esa suerte de vacío, no total pero sí real, que mediará siempre entre López y sus padres hasta la muerte de estos. Ese año, tras haberles conseguido la repatriación a Cuba, López decidió adelantárseles para darles él mismo la bienvenida en La Habana y, una vez los tuvo de frente, les dijo, acaso como protesta tardía: “Aquí les entrego lo que ustedes me quitaron”.

–Después de la Operación, la relación con ellos nunca volvió a ser la misma, al menos no de mi parte hacia ellos. Hubo un enfriamiento de lo que es el cariño, el amor, la aceptación.

–¿Y no le entristecía eso?

–Sí, pero se sobrevive –dice, y bebe otro poco de vino.

–¿Alguna vez les habló sobre las experiencias de aquellos años?

–Casi nada, porque eran heridas muy profundas que preferí no desenterrar. Date cuenta que durante ese tiempo yo me sentí abandonado, indefenso, que no podía decir “mami” ni “papi”, que debí campeármelas por mi cuenta para sobrevivir.

–Pero precisamente por eso, ¿no era demasiado como para guardárselo usted solo?

–Si supieras, en realidad me ha hecho un hombre muy fuerte. Sí lo he conversado con mi pareja y con algunos amigos, pero no con ellos, sobre todo porque no quería provocarles ningún sentimiento de culpa.

–¿Cree que se sintieron ellos culpables de algo?

–No sé, no sé, no sé. Yo creo, pero no lo sé de seguro, que mi madre pensaba que mi homosexualidad vino por esas experiencias y eso no es correcto. Yo nací homosexual.

***

El tiempo pasa y López comienza a mirar a intervalos el reloj, aunque no hace en ningún momento ademán de dar por terminado el encuentro. Hace unos minutos ha llegado al restaurante una pareja y ha tomado asiento varias mesas más allá, disminuyendo un poco esa atmósfera cerrada y como de eco que reinaba sobre la nuestra. Seguimos conversando un rato más sobre nada en particular, sino sencillamente eso: conversando.

Sabremos así, por ejemplo, que López no tiene hijos de sangre pero sí de sentimiento; que nunca, desde que dejó de formar parte del programa de la Operación, en 1967, ha vuelto a poner pie en una iglesia; que le parece increíble, increíble en el sentido de ridículo, que le hayan levantado un monumento en Miami a Monseñor Brian O. Walsh, principal rostro del éxodo; que siempre se ha preguntado qué habría sido de él de haberse quedado en Cuba, que cuando todo termine sus cenizas serán echadas al San Juan, en Matanzas, de vuelta a sus inicios, y que nunca ha tenido eso que otros nombran patria.

–Yo soy cubano nacionalizado en los Estados Unidos, lo que se dice cubano guion americano, pero en realidad es ahí donde yo vivo, sobre el guion, porque ambos países me son necesarios, claro, pero aun así no creo pertenecer del todo a ninguno. No sé, sencillamente no me siento aceptado por completo ni aquí ni allá.

Y eso, la no pertenencia, el desarraigo final, es lo último que sabremos de él. Apenas instantes después alguien lo llama al celular y, tras unos segundos de conversación, López se disculpa porque ha llegado la hora de marcharse. Levanta entonces la mano en dirección a una de las camareras, hace seña para que le traiga la cuenta y termina gustoso el poco de vino que queda en la copa. Por la expresión de su rostro se deduce que seguramente, de haber contado con tiempo, hubiese ordenado más. El plato de albóndigas y ensalada de vegetales, en cambio, sigue casi intacto frente a él, apenas como lo trajeron. Tan solo llegó a probar par de bocados. La camarera repara en ello rápidamente y pregunta si encontró algo mal en la comida. López, pródigo en cortesía, le responde que no, querida, que todo estaba exquisito, que perdió el apetito recordando el pasado, solo eso, pero que nada de qué preocuparse, porque regresará pronto, como siempre, y volverá a pedir lo mismo.