Foto: Cortesía de la autora

Foto: Cortesía de la autora

Por supuesto que en 1987 Win Wenders no tenía la menor idea, cuando hizo su propio cielo y su propia película, que a mí me gustaría tanto como para conversar hoy con él y hacer mía su narrativa, transformarla, y encima de eso hablar de Miami, algo que me hace incompetente, ya sabemos lo fabuloso que puede llegar a ser hablar de esta ciudad.

En el cielo de Miami hay aviones y carteles. La luna no cuenta, ni las estrellas, ni los meteoritos. No caen meteoritos en Miami. La luna muta sus fases con una economía de recursos típica del cielo veraniego de Miami, donde el verano, igual que en Cuba, es eterno.

Los más de cien aviones por hora que despegan y aterrizan en Miami traen multitudes de todo tipo que se acercan a Miami con complicidad. Aquellos que aterrizan en lo cierto, dan fe de la importancia de las aerolíneas. Otros, un poco menos. Otros, como yo, que aterricé en la casa de unas amigas, diferentes a Miami en su bondad, solo pueden dar fe de lo bien que lo hacen los pilotos. Se trata, específicamente, del cielo.

Hay en las casas de Miami falsos techos, y en el cielo de Miami falsos cielos. La película de Wenders empieza así, con un plano donde se ve la ciudad desde arriba, lo mismo que uno ve al llegar a Miami: la ciudad desde arriba. Uno no imagina ni por un segundo que ese cielo donde uno está parado es el mismo cielo donde está parado un cartel que dice I love Café Bustelo con una tipografía gigante y un corazón gigante de un color rojo tomate como el rojo tomate de las cajas de Quaker gratis para embarazadas y niños de uno a cinco años.

Nada es gratis en Miami, como tampoco es gratis ningún fotograma en las películas de Win Wenders. Inmediatamente después aparece un hombre en un edificio mirando a los peatones debajo. Al hombre se le salen, discretas, unas alas. Entre los peatones hay una niña que mira hacia arriba y lo descubre, me atrevo a decir que se asombra, igual que yo al distinguir el enorme cartel cinético que promueve el lanzamiento del último iPhone de la temporada.

El edificio donde está parado el ángel, digámoslo así, es una iglesia. Varios niños también descubren al ángel. Soy la mujer que a continuación lleva en bicicleta a su hija y piensa: Por fin loca, por fin nunca más sola. Por fin loca, por fin redimida. Por fin loca, por fin en paz. Por fin una luz interior.

Detrás del cartel de Café Bustelo, unos cuantos edificios detrás, aparece el edificio de Wells Fargo, alto como siete pinos, un paradigma. Como todo desde que mi hijo nació gira alrededor de él, mis pensamientos se pierden en su futuro, y en preguntarme qué haría yo si mi hijo trabajara en esas oficinas altas, altísimas, tan cercanas al cielo y tan lejanas de él. La respuesta no llega nunca a mis pensamientos. Los ojos se me van hacia la próxima promoción. Como una fórmula matemática, podríamos deducir que: una promoción + una promoción + 100 promociones es = a Miami.

Pero nada es igual a Miami. Nada se parece a este lugar del que los amigos, los menos amigos y los desconocidos, han salido huyendo aunque luego sientan nostalgia del idioma, de la gente, del calor, de lo grotesco.

Wenders lo sabía, en 1987. Yo tenía tres años, en 1987. Llovía sobre mi casa y ahora sigue lloviendo sobre esta casa que es un apartamento (alquilado) y hay que renovar ese alquiler todos los años con el temor de que suban el precio un poquito más. Todos tienen ese temor, en Miami. A todos se les nota el miedo en la mirada cada vez que pasa un año. La lluvia de Miami puede ser amarga o dulce y no depende exactamente de la lluvia. Depende del costo del alquiler que estés pagando en ese momento. La lluvia viene de arriba y las promociones vienen de arriba. El cielo lo aguanta todo.

El cartel del último Maserati salta a la vista de aquella persona que prefiera Maserati a Chevrolet o Suzuki. Para mí que no prefiero ni el primero ni el segundo ni el tercero, salta a la vista igual porque da la impresión de que nos estrellaremos contra el pobre Maserati, indefenso. La niña en el avión de Wenders que pronto aterrizará en Berlín no tiene miedo a estrellarse. Los niños no tienen miedo, ni siquiera cuando van en un avión que aterrizará en Miami y cambiará sus vidas, siempre para mejor, una vida llena de oportunidades. A los niños no les salta a la vista ningún cartel.

No obstante, en Miami no faltan los carteles para niños, colgados del último piso de un rascacielos. Se trata de un cartel que asegura a las mujeres preñadas un parto feliz en un hospital perfecto que es una cápsula del tiempo con paredes acondicionadas y todo tipo de equipos sobrenaturales: espejos retrovisores, pinzas de última generación, inyecciones instantáneas, enfermeras maternales, café orgánico en las habitaciones y un obstetra maravilloso que sacará a tu hijo tomándolo por los hombros con una maniobra suave en el último minuto de tu trabajo de parto. Nada de eso dice el cartel, pero uno lo imagina después de ver la sonrisa de la mujer en la foto. Una mujer de revista que probablemente jamás ha estado preñada y que vive, con toda probabilidad, en cualquier lugar del mundo distinto de Miami.

Lo importante de todo esto es que la promoción proviene de una campaña para vendernos cierto Seguro Médico que nos asegurará el porvenir. Ya conocen la palabra porvenir. Es una palabra asociada a Miami, una palabra vigente.

En 2017, treinta años después de que Win Wenders hiciera la película, yo estaba embarazada y confundí un globo aerostático de promoción con una nave espacial extraterrestre o un OVNI, algo así. Me asusté tanto y me aguanté con tal fuerza la barriga para proteger al bebé de la invasión marciana que no relacioné aquel globo con una vulgar promoción turística. La escena se estaba desarrollando en Miami Beach y mi ingenuidad no supo interpretar el mensaje. El cielo era perfecto ese día. Yo estaba leyendo un libro para niños sobre un niño llamado Kenny que mira el cielo por una ventana. A los escritores para niños también les gusta hablar del cielo, igual que a Win Wenders. O tal vez Win Wenders sea solo un realizador de películas infantiles. Como yo, que soy una realizadora de cine frustrada, con una película en mente que nada tiene que ver con el cielo y sí con la tierra. Con el manto freático, diría yo.

El libro para niños se llamaba, como es lógico, La ventana de Kenny. Su autor era el famoso escritor e ilustrador de libros para niños Maurice Sendak. Se me ocurre imaginar una promoción de 5 metros x 5 metros, cuadrada y maximizada, de los libros de Maurice Sendak o del rostro viejo de Maurice Sendak, en cualquiera de los rascacielos del Down Town de Miami, junto a la promoción del último Maserati, por ejemplo, sin quitarle protagonismo al Maserati, no quiero eso, solo igualándolo en estatura y brillo y buena resolución.

Pero Maurice Sendak ha muerto, igual que uno de los actores de la película de Win Wenders que he tenido la nostalgia de recordar. El actor buenísimo que interpretó a Hitler en El Hundimiento, que se quedó para siempre con ese epíteto y que me mira con el rabo del ojo desde la pantalla o la película que sea. Su rabo del ojo al acecho, violador. Bruno Ganz, Bruno Ganz. Pero Bruno Ganz ha muerto y El cielo sobre Berlín no es una película de Netflix ni de Sling ni de Hulu ni de Vudu ni de Amazon. El cielo sobre Berlín es, para colmo, en blanco y negro.

Tengo miedo del costo del alquiler pero no tengo miedo a decir que, por el contrario, algunos carteles en el cielo de Miami, vistos de cerca y de lejos, son tan atractivos como algo que te gusta mucho y que lo reprimes durante días, conteniéndolo para que te enloquezca. Es el caso de aquella bandera que ondeó en el viento con la imagen de las Ibeyis, promocionando un concierto único en no sé cuáles arenas, al que yo, por supuesto, no pude ir.

Ondearon las Ibeyis durante algunas semanas entre las nubes, bajo la lluvia, a ras del sol. Dándolo todo en un cartel que si no era lumínico a mí me pareció lumínico y hasta hologramático. Eran ellas o unas mujeres preciosas, muy salvajes y muy mulatas, bien típicas y bien kitsch, fascinando a los pilotos y a los copilotos de los aviones y de los automóviles y de los Maseratis y hasta de las bicicletas que van bajo los puentes con personas muy pobres al timón.

Al revés de la promoción de una emisora de radio de reguetón que la mayoría de los cubanos y de los latinoamericanos que viven en Miami escucha. El cartel que promociona a esta emisora está puesto en su lugar desde antes de que yo saliera embarazada. Es un cartel horrible, pixelado, plantado en la esquina de la avenida 27 y la US1. Hay en el cartel tres cabezas y no son las cabezas de los tres cerditos aunque los tres cerditos eran unos cerditos con tremenda inteligencia. Estas cabezas responden a los nombres de Daddy Yankee, Ozuna y Nicky Jam. Tres cabezas inteligentes que estoy cansada de ver cada vez que voy a casa de mis amigas y regreso por la 27 cruzando la US1. Es posible que muchas personas no alberguen el mismo cansancio que yo.

Los personajes de la película de Wenders están cansados y obcecados. Solo les favorece mirar el mundo desde arriba, aunque el único ojo que puede hacer eso es el del director, los personajes como tal vagan ciegos de locación en locación. Me pregunto si en Miami vagamos ciegos de locación en locación, de estatus migratorio en estatus migratorio, de oficina en oficina, hasta conseguir el deseado pasaporte negro. Una ceguera cinematográfica es tentadora mientras no se convierta en ceguera real. El cine de Wenders como espejo y el espejo como prismas bajo el sol. Soy propensa a la nostalgia y al enamoramiento. Adivina de quién estoy enamorada ahora.

Aunque lo parezca, no estoy enamorada del último iPhone Xs Max. Estoy enamorada del cartel del iPhone y de su significante. Perpleja ante el cartel que logra meterte ideas en la cabeza del tipo necesitas un teléfono mejor, o del tipo a mí me gustan los teléfonos antiguos, porque aunque esa idea empiece con la frase me gusta, a continuación le sigue una afirmación que representa al común denominador de una conciencia social generalizada: un teléfono dura un año (o menos).

Para el minuto trece de la película (no quisiera hacer aquí una narración de ella) el ángel o espíritu que representa Bruno Ganz le dice al otro ángel: siempre que hemos participado en algo, ha sido fingiendo. Después de eso no sabría cómo mirar Miami sin pensar en Win Wenders, Bruno Ganz, o Peter Handke, guionista también de El cielo sobre Berlín.

De las pantallas enormes sobre el college de la 27 avenida y la calle 8 en el sur de Miami ni hablar. Olvido las veces que me he preguntado cuántos accidentes diarios habrá provocado semejante distracción. Lo olvido y vuelvo a preguntármelo, cada vez que las veo. En esas pantallas se promocionan las virtudes del Miami Dade College. Se invita a la gente a entrar a su Instagram, a su Facebook y a su Twitter, para que la gente vea de lo que el Miami Dade College es capaz.

Todo bien con su capacidad y aptitud, pero esas pantallas, por favor, son un peligro para la ciudad completa. Son planas y muy planas, y son un peligro para la ciudad completa. Son lo mismo que El cielo sobre Berlín, la película que hizo Win Wenders en 1987: un peligro para la ciudad completa. Solo que la ciudad completa no gusta de la película de Win Wenders tanto como de las distracciones de unas pantallas estúpidas en un semáforo que no descansa, un semáforo que es un hormiguero.

El último de los mohicanos fue una avioneta en la playa de los perros que voló sobre mi cabeza arrastrando una tela negra con la palabra TROJAN escrita en tipografía blanca. Imagínate una sábana negra talla King y una tipografía clásica normal justificada en Bold. No embellecía sino que afeaba el mar. Aquello no tenía sentido. La promoción estaba destinada a una marca de condones que traducida al español sería Troyano.

No es justo que nos vendan un Troyano en la única media hora que hemos conseguido salir del apartamento (alquilado) para venir a jugar un rato, como niños antojadizos, frente al mar. No es justo que la avioneta haga semejante ruido, inquietando esa paz que no se encuentra en otra cosa que no sea el mar, el horizonte.

Es de muy mal gusto pasear una sábana negra sobre las cabezas que han venido a relajarse a una orilla que es una orilla dentro de otra orilla dentro de otra orilla. El encabronamiento, por suerte, no supera a la poesía. La poesía, por desgracia, está llena de cacofonía.

Los condones Troyano tienen varias medidas y precios. En su página web se enorgullecen de que el público haya depositado su confianza en ellos desde hace noventa años. Son condones hechos de látex de alta calidad y cada condón es probado electrónicamente para asegurar su consistencia. Los ángeles en la escena de Wenders, muy cerca del principio, quisieran, por una vez, entusiasmarse también con el mal.

Después del minuto 85, en El cielo sobre Berlín todo cambia: un ángel le da la mano a un hombre que lleva media hora hablando solo.He visto la película cien veces pero ahora, que quiero verla bajo el cielo de Miami, el reproductor falla y me niega el final en colores que he estado esperando. Moraleja: no esperes nada bajo el cielo de Miami. Llueve. Hace fresco. Mi hijo repite sílabas.

La vida es irónica: esta tarde he ido al supermercado Publix con el cochecito del bebé a cuestas, embelleciendo por donde pasa, y me he detenido en la línea llamada Coffee para llevarme alguno de los tipos de café que ahí se venden, leo como mínimo quince nombres. Los más baratos son La llave y Pilón. Bustelo también es barato pero La llave y Pilón le ganan. Me decido por Bustelo aunque más vale malo conocido que bueno por conocer. Recuerdo en mi memoria el enorme cartel con fondo amarillo, flotando en medio de los rascacielos de Miami, pienso un momento en Win Wenders decidiéndose como yo por uno u otro café, y no encuentro ninguna razón para no llevarme a casa este café tan chic, tan popular y americano y módico, al mismo tiempo.