Foto: El Estornudo

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Un buen día, Alberto López Ajuria decidió irse al mar. Tenía trece años y ya estaba cansado de cazar cangrejos y pescar peces pequeños en la orilla como los demás muchachos de su edad. “Un tiburón, voy a pescar un tiburón”, dijo. Pidió prestado uno de los botes que cuidaban los viejos pescadores de Cojímar por dos pesos al mes, llamó a un amigo y juntos lo echaron al agua.

Melena, ¿tú sabes lo que estás haciendo?

Ya he oído cómo se pesca. ¡Hoy cogemos un tiburón!

Entonces a Alberto no se le llamaba de otra forma que no fuese Melena. Jamás tuvo el pelo largo, pero siempre le gustó andar desaliñado, con su pelo de mulato hecho un lío. Tiempo después lo llamarían de otras formas: Ajuria, Capitán Ajuria y, recientemente, el Capi. A sus ochenta y cuatro años, todos aquellos que alguna vez lo conocieron por Melena están muertos.

¡Melena, cayó uno!

Alberto agarró la soga e intentó recordar para qué servía. Enlazó la cabeza del tiburón, jaló con todas sus fuerzas hasta que la mitad del animal estuvo fuera del agua, y amarró la soga al tolete del bote. La bestia se retorcía con vigor mientras luchaba contra la asfixia, sacudiendo la embarcación. Los niños agarraron palos y comenzaron a golpearla una y otra vez hasta que, tras varios minutos de chapoteo, dejó de moverse. Alberto se sintió orgulloso. Sus brazos flacuchos y cortos habían resistido más que el tiburón…

Lo llevamos hasta la orilla y se lo vendimos a una compañía que los salaba y después lo vendía como “bacalao sin espinas”. Nosotros recibimos un peso. En aquel momento no importaba si el tiburón medía un metro o cuatro, siempre te pagaban un peso –cuenta Alberto, y se empina a la botella de cerveza que tiene en la mano.

En el parque, repleto de personas, se escuchan sus historias, solo interrumpidas por el sonido de las olas que rompen en las piedras del Malecón de Cojímar. Quienes no le prestan atención permanecen callados e impasibles frente a sus teléfonos; aprovechando al máximo su hora de Internet. Alberto también se conecta aquí de vez en cuando para hablar con su hijo, El Tobi, que ahora vive en Chile “y al fin ha encontrado trabajo”. Otras veces solo viene a sentir la brisa del mar.

Yo era asmático y por eso mi madre me trajo a Cojímar. Un médico le había dicho que para ponerme bien necesitaba el aire del mar. Tenía como dos años cuando vinimos, je. Aquel médico estaba clarito. Yo necesitaba el mar…

Su madre era una mujer negra de armas tomar. Se ganaba la vida recaudando votos para los políticos locales y limpiando las casas de los ricos. En una de esas casas conoció al padre de su hijo, un blanco ricachón que moriría asesinado dos años más tarde, sin haber reconocido jamás al niño.

Alberto tuvo una infancia feliz entre los pescadores y los cuidados de su madre. Siempre fue pequeño y delgado, pero compensaba la huesuda constitución con la ligereza y la rapidez de sus movimientos. Caminaba descalzo y sin problemas entre las piedras afiladas de la costa junto a los hijos de pescadores que, tiempo después, también se dedicarían a lo mismo.

Apenas alcanzó el segundo grado antes de abandonar la escuela y dedicarse a la pesca. Vivía en la playa del Cachón, un terrenito de arena en la misma boca de la bahía de Cojímar. Allí tenían sus casas los pescadores más pobres, levantadas todas con letreros de Coca-Cola y palos viejos enterrados en la arena. En ese ambiente Alberto pasó su niñez. Eso sí, siempre sin llamar la atención del Sargento Casares.

El Sargento era el patriarca de Cojímar: un mulato de malas pulgas que bajo su gorra de Guardia Jurado se acomodaba el cabello con una media negra, para estirarse el pelo y parecer más blanco. Aquel hombre era el mandamás en todo el Este de la Habana, alguien que infundía terror entre los pobladores con tal de mantener el orden. Si se enteraba de que alguien había robado una gallina, machete en mano decía: “Voy a darle la vuelta a la manzana y cuando llegue aquí quiero que me digan dónde está la gallina”. Y así era. Para no perder su feudo, Casares nunca aceptó los ascensos de grado que le propusieron. Dicen que en 1959 fue condenado a casi 30 años de prisión por los tribunales revolucionarios, y que salió de la cárcel ya muy viejo, a vivir sus últimos días en Estados Unidos.

Pese a la disciplina impuesta a golpe de tiros y machete, Alberto se sentía a gusto en su pueblo, sobre todo cuando se celebraba alguna fiesta cojimera, lo cual a veces consistía en robar un chivo o un conejo de las enormes fincas de los hacendados y comérselo en la noche. Pero a la semana siguiente había que avisarle del robo al dueño y pagarle bien caro el animal. También asistía todos los 16 de julio a la procesión de la Virgen del Carmen, patrona de los navegantes.

Cojímar antes era un pueblo chiquito y tenía sus fiestas y sus cosas, muy distintas a las de la gente de La Habana –dice Alberto, como si Cojímar no fuese aún un pueblo pequeño, de poco más de cuatro kilómetros cuadrados y a solo siete del centro de la capital.

Desde el parque ve la playa del Cachón y recuerda cómo entraba el mar a su choza en tiempos de huracanes. Cuando comenzaba la inundación, él y su madre subían con sus pocas pertenencias sobre cajas superpuestas, de manera que las cosas casi llegaban al techo. Muchos años después, los canales de Venecia le traerían a la mente aquellas imágenes.

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***

¿Otra cerveza? Es que las ideas vienen mejor a la cabeza con un poco de alcohol –me dice y nos vamos al bar de enfrente. Sin la sombra de los árboles del parque el sol quema con violencia, aunque a Alberto, como a todos los pescadores de este pueblo, parece importarle poco.

Yo siempre he estado al sol. El sol me da energía –y muestra sus brazos flacuchos, de los que cuelga una piel ya caída, pero tostada y áspera como cuero curtido. Otra vez en el parque comienza a beber a grande sorbos.

Beber siempre fue cosa de pescadores. Fue bebiendo que conocí a Hemingway.

Ernest Hemingway era un cojimero más. Casi todas las semanas se aparecía en su yate Pilar y lo dejaba cerca de la garita del telégrafo. De ahí caminaba hasta La Leonera, el viejo atracadero donde los pescadores se reunían después de cada jornada a tomar alcohol y contar historias de peces capturados y mujeres conquistadas. Allí lo esperaban Alberto y sus amigos, listos para rendirle pleitesía y escuchar sus anécdotas de las guerras en Europa y sobre las agujas y tiburones de medidas improbables que decía pescar.

Por entonces Alberto sabía muy poco de aquel viejo americano. Se hablaba de que había ganado un premio muy importante y de que era un escritor famoso, amigo de estrellas de cine como Errol Flynn, a quien invitó cierta vez a La Leonera. Pero a Alberto nada de eso le interesaba. El gran atractivo de Hemingway era su dinero, con el cual pagaba la embriaguez de todos los pescadores a cambio de que le escuchasen.

En Cojímar consideraban a Hemingway una deidad que por capricho se había enamorado de un pueblito pesquero. Tras haber vaciado la primera botella de ron, el americano ordenaba a Gregorio, el patrón de su yate, repartir trozos de aguja y emperador entre sus compañeros. Después de la segunda botella se marchaba borracho a su embarcación.

¡Me voy a cazar… submarinos nazis! –decía intentando recordar el castellano.

Deja la borrachera, que ya la guerra se acabó –le gritaban divertidos los pescadores desde La Leonera mientras lo veían irse caminando de tropezón en tropezón.

Él era el tipo. Todo un personaje. Era como Dios, pero borracho. Nos decía muchas mentiras, y nosotros, de ignorantes, se las creíamos casi todas.

Alberto, como todos los cojimeros, tiene la manía de acentuar los apellidos que no son propios de los latinos. Hemingway es aquí Hemingüéy, como Einstein es Einsteín.

Desde su banco en el parque señala la glorieta que en Cojímar le hicieron a su Dios. Mientras hablamos, un grupo de turistas asiáticos se toman selfies junto al busto del viejo escritor.

Recuerdo cuando vinieron a hacer la película de El Viejo y el Mar. Fue todo un espectáculo en el pueblo ver cómo la filmaban. Yo vi la película, pero no he leído el libro. Al final, sé de qué trata y creo que Hemingway narra ahí una gran verdad. El pescao más grande se le va al pescador…

Entre los pescadores la mala racha es como una enfermedad contagiosa. Volver muchas veces con las manos vacías significaba pescar solo en el mar. Y Alberto sabía lo triste de aquello. Eran los difíciles años 50, y tras casi una semana de sequía decidió encomendarse a todos los santos. Compró una estatuilla de la Virgen de la Caridad, le puso unas velas, rezó por una buena pesca y se fue al mar. Regresó sin pescado y sin palangre. Enojado, ató a la Virgen a una piedra y la hundió en el mar. Intentó entonces pedirles a San Lázaro y a Santa Bárbara. Tampoco funcionó. Después de enviar al agua a medio martirologio terminó por convertirse al ateísmo.

Al fin, un buen día, comenzó una racha tan buena que todos querían acompañarle a pescar.

Coño, Melena, llévame contigo –le dijo un amigo al que todos llamaban Window.

Window no pescaba nada desde hacía dos semanas y por eso se había endeudado hasta el cuello. Todos evitaban salir al mar con él, pero Alberto, tras muchos ruegos, aceptó. Ya en el agua lanzaron los palangres esperando que picaran los pejes prietos que pasaban por Cojímar en esa época del año; sin embargo, algo más grande pareció morder el anzuelo.

Ambos lo trabajaron durante horas y, sin darse cuenta, habían navegado casi siete kilómetros al oeste. De pronto el cordel se rompió y la presa, que hasta el momento se hallaba en lo profundo, saltó. Era una aguja colosal, de casi 8 metros de largo. Alberto tomo el arpón con la seguridad de quien nunca ha errado un tiro.

Y fallé. Esa fue la aguja más grande que he visto, y pude haberla pescado de no ser por la mala suerte de aquel hombre. Sea como sea, Hemingway tenía razón en eso: el pescao más grande se le va al pescador.

***

Desde el parque puede verse la base de pesca, ubicada al otro lado de la bahía. Allí, en la misma desembocadura del río Cojímar, atracan las embarcaciones de los pescadores. El río es pequeño, estrecho y de aguas quietas. Más bien parece un charco sucio y verdoso. Uno de sus costados revela un viejo muelle de tablas sueltas, puestas sobre estacas que desaparecen entre el mangle. Dicen que una vez cierto pescador cayó al agua con tan mala suerte que una de las estacas se le enterró en el culo. Después de varios días de sufrimiento el hombre murió de la infección. Nadie recuerda quién fue o cuándo sucedió. Cosas de pueblos pequeños.

En el muelle, una fila de viejas lanchas se pierde en el manglar. Todas llevan a un lado el nombre que las identifica: La Masiel, El Zorro, Flor del Cauto, Juliette, Leinard… Sobre las siete de la noche, cuando el sol comienza a caer, parten hasta desvanecerse en el horizonte. Pasan la noche lejos y regresan bien entrada la mañana del día siguiente. Entonces les esperan en la base unos viejos que alguna vez fueron pescadores y ahora se dedican a quitar las escamas y las tripas de los peces capturados.

Alberto mira hacia allá durante un rato, termina la cerveza y refunfuña.

Ni loco pongo yo un pie ahí. Ese lugar es una falta de respeto para quienes vivimos y sabemos lo que se nos prometió. A mí nadie puede hacerme un cuento. Yo estuve cuando Fidel habló con nosotros.

Mientras fue un simple pescador, Alberto jamás se vio como un joven revolucionario. Sus amigos le hablaban de la lucha en la Sierra Maestra y de los cambios que traería la Revolución, pero él no entendía nada. La política le importaba un carajo, y eso lo aprendió de su madre. Sin embargo, a veces asistía por curiosidad a las manifestaciones donde sus compañeros coreaban “¡Viva Fidel!” ¿Quién era realmente ese Fidel?, se preguntaba.

Durante los primeros meses de 1959 el Comandante barbudo vivió en Cojímar, en una residencia cómoda y medianamente ostentosa conocida por Rancho Alto. Los trajines de la pesca habían impedido que Alberto lo viera hasta que, sin avisar, Fidel se apareció en el Cachón. Venía rodeado de hombres melenudos con uniformes verdes y de otros que parecían anotar en pequeños cuadernos cada una de sus palabras. Al verlo, todos los pescadores se agruparon en torno suyo. Alberto logró sentarse en la popa de uno de los botes que descansaban en la arena, a solo un metro de él.

A ver, ¿qué es lo que ustedes necesitan? –les preguntó Fidel.

Coño, qué alto es este tipo. Es un gigante”, pensó Alberto sin quitarle la vista de encima.

Mire, nosotros vivimos muy mal. Nuestras casas son de palos –dijo un pescador.

También queremos que cuando nos perdamos en el mar por el mal tiempo alguien vaya a buscarnos. No es común que alguien se muera allá afuera, pero a cada rato tenemos que salir a buscar gente –dijo otro.

Después de escucharlos a todos, Fidel prometió que les daría materiales para que ellos mismos construyeran sus casas. Propuso también crear una cooperativa de pescadores y destinar una lancha de rescate.

Y ni carajo. Las casas no se hicieron nunca por falta de organización. La cooperativa empezó muy bien y ya ves, ahora es esa cosa de allá atrás. De la lancha de rescate no sé ahora, pero al principio funcionó.

***

Los hombres llegan a la base pesquera para alistar sus botes. En cinco horas van a encontrarse a casi seis millas de la bahía. Si algún motor se rompiera en mar abierto siempre puede llamarse al 107 para pedir la lancha de rescate, pero lo más probable es que del otro lado de la línea respondan con que lo sienten, pero que ahora no tienen combustible. Queda entonces la opción de pedir ayuda a otro pescador por el celular. Antes, cuando en Cuba no había telefonía móvil, se dieron casos en que los varados terminaban por llegar a aguas estadounidenses, donde la Guardia Costera les hundía la barca y los mandaba de regreso en avión.

A poco más de cien metros de la base está MercoMar, una empresa estatal que abastece a los hoteles con lo que le compra diariamente a los pescadores. Por cada kilogramo de masa limpia pagan cerca de 68 pesos cubanos, sin importar la calidad de la carne. Un precio irrisorio comparado con los 72 pesos cubanos por libra que vale en el mercado informal. En tiempos de mala racha es difícil sobrevivir. El dinero debe repartirse entre el dueño de la embarcación, sus dos o tres marinos, el combustible y un fondo en caso de roturas.

Hoy pueden verse varios botes en tierra. Algunos están siendo reparados, otros aguardan por un permiso de restauración. Hay quien lleva once meses sin salir al mar en espera de que el Estado cubano le autorice a cambiar su viejo motor de tractor adaptado por otro no tan viejo. Con los años, las trabas burocráticas se han integrado con éxito hasta en lo más simple e irrelevante.

Coño, me jode mucho verlos. Hay hombres que todavía viven de lo que pescan, que dependen de eso para llevarles dinero a sus familias. No estamos tan mal como antes de la Revolución porque siempre queda robar, hacer cosas ilegales… pero estamos muy mal –me dice y se vuelve de espaldas a la bahía.

***

Foto: El Estornudo

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¿Esa es una grabadora, no? –pregunta Alberto–. La primera vez que vi una fue a mis 29 años y en Cuba casi nadie las tenía. Se la vi a un japonés, de cuando los japoneses vinieron a enseñarnos a pescar a los cubanos. Aquel hombre mantenía comunicación con su esposa a través de grabaciones en lugar de cartas, y después recibía de allá otro casetico grabado por su familia…

Los japoneses enseñaron a pescar el atún en alta mar a los cubanos que más tarde formarían la Flota Atunera de Cuba. A Alberto le agradaban sus profesores, aunque apenas comprendía qué decían. Hablaban todo el tiempo en inglés, pero ya sobre los barcos, mientras navegaban, no podían evitar alguna que otra frase en su lengua materna. Los marinos cubanos poco a poco se apropiaron de aquellas palabras en ambos idiomas y las modificaron según lo que entendían. Así, lamp se convirtió en “lampo”, y el tiburón dentuzo azul, que era como le llamaban antes a esa especie, en “maira”.

Cuando Alberto ingresó a la academia Naval del Mariel en los sesenta, comprendió que la vida podía ser más que un pequeño bote sujeto al azar de las buenas y malas rachas. Había salido antes de Cojimar a superarse en el mundo de la pesca, pero siempre en vano. Su segundo grado de escolaridad y otros tantos tropiezos burocráticos le impedían estudiar más allá del nivel primario. Donde llegaba le pedían un título, un papel que validara sus conocimientos. Hasta entonces él sabía poco más que leer y escribir. Al enterarse de que la matrícula a la Academia Naval exigía vencer exámenes de Matemáticas, Fisica, Astronomía y Geografía, se limitó a pedir un tiempo.

Los cojimeros más viejos recuerdan que Alberto anduvo como loco durante un año y medio. No hablaba con nadie, apenas andaba por la calle y, cuando lo hacía, era con un libro entre sus manos. En el portal de su nueva casa, en los ómnibus, en el parque, en un bar. Todo el tiempo leyendo. A veces se iba a la playa, buscaba la sombra de un árbol y comenzaba a tomar notas en papeles.

Comprendí que los libros son los mejores maestros. Ellos me enseñaron, por eso no me gusta decir que soy autodidacta. Cuando me presenté a los exámenes los aprobé todos y me aceptaron en la Academia Naval. El conocimiento vale más que un título. ¡Qué cosas tiene la vida! Yo, casi un analfabeto, estudiando para Capitán. Nada de lo que he hecho supera eso. Ese es mi orgullo –me dice algo melancólico y con la mirada gacha. De pronto, alza la cabeza y sonríe con los únicos tres dientes de su boca, largos y amarillentos–. ¡Vamos por otro par de cervezas! Pago yo.

Cuando Alberto comandó su primer barco ya nadie le llamaba Melena o Alberto, sino Capitán. Capitán Ajuria. Ahora conocía todos los secretos del cielo y de los mares. Orientado por las estrellas y las cartas náuticas se iba por las aguas de México, Canadá, Brasil, Japón y la costa norte africana. Perseguía los cardúmenes de atún. A veces corría delante de las tormentas para aprovechar la confusión de los peces que le huyen al mal tiempo, lo que le ganó fama de temerario entre sus hombres.

Navegó en muchos barcos con tripulaciones distintas. Por lo general, tenía bajo su mando entre treinta y cuarenta marinos a los cuales debía proteger, pero también mandar.

Capitán, viene una tormenta y todos allá abajo están preocupados –le comentó cierta vez un marino.

Se aproximaba, en efecto, una tormenta a gran velocidad y era casi imposible escapársele. Toda la tripulación estaba reunida en la cubierta, nerviosa, en espera de una orden. Alberto necesitaba algo de tiempo para pensar hacia dónde dirigirse. Tiempo, solo un poco. Las opciones de esquivar con éxito los fuertes vientos y las aguas turbulentas eran escasas. Sintió miedo y se avergonzó por no prever tal situación. Estaba tan nervioso como sus hombres.

¿Capitán? –le dijo el marino en espera de una respuesta.

Alberto se paró firme y miró hacia los nubarrones que ya se advertían a lo lejos.

Dile a la tripulación que esperen mis órdenes. El tiempo esta feo, pero va a ponerse peor.

Aquel hombre palideció ante esas palabras y bajó corriendo a hablarle a los demás.

Quizás se me fue un poco la mano, pero un Capitán no puede dejar que sus hombres le sientan el miedo.

Poco después logró evadir la tormenta.

Cuando estaba en el mar, Alberto se olvidaba de su país, de su mujer, de sus hijos. Prefería imaginar que la tierra no existía, que el mundo era todo de agua salada y la humanidad un grupo de hombres encima de un barco. Pensar lo contrario significaba perder el juicio, volverse loco. Un día, uno de sus hombres escuchó a otro marinos especular sobre qué podrían estar haciendo sus mujeres en los ocho meses que llevaban lejos de casa. Temió porque la suya le hubiese puesto los cuernos y horas más tarde se ahorcó. Durante los cuatro meses que tardó en regresar a Cuba, Alberto guardó el cadáver en uno de los congeladores donde almacenaba los atunes…

En el mar la vida sigue igual. Después de diez meses fuera de mi hogar, llegaba para andar de fiesta en fiesta y disfrutar lo que pudiera. Me iba con mi familia a un hotelito que me asignaban por el trabajo hasta que me llamaban y me decían: “Ajuria, partes en una semana”. Hubo años en los que no disfruté un mes entero con mi mujer y mis hijos. Esa es la vida del marino, y no me arrepiento de haberla tomado.

***

¡El Capitán Ajuria! ¡Coño, qué clase de tipo! Ese viejo que tienes al lado, así, arrugado y hecho mierda, es un pingú! –me dice Gerardo, 71 años, mientras bebe ron barato en el bar ubicado frente al parque.

Dime, ¿cómo andas? –le saluda Alberto con frialdad, pero Gerardo se ha pasado de tragos y no lo escucha.

-¿Él no te ha hecho los cuentos? Ese hombre es un héroe, un tipo duro. Dile que te cuente cómo se le escapó en los setenta a las lanchas de los yanquis que lo estaban persiguiendo para meterlo preso. ¡De película! Aquí todos nos enteramos.

Alberto me guiña un ojo, se despide de Gerardo y sale del bar cerveza en mano.

No le hagas caso. Yo no lo conozco, pero eso es para que veas cómo se riegan las historias en un pueblo pequeño.

***

Las costas del Perú se avistaban desde la proa y Alberto ya preparaba su discurso. Debía pedir permiso a las autoridades peruanas en nombre del estado cubano para pescar atún en sus aguas, pero la oratoria diplomática no era lo suyo. Llegó a puerto y a la primera persona que vio le dijo:

Mire, yo no conozco aquí a nadie. Búsqueme a los funcionarios más importantes y dígales que un Capitán cubano viene con regalos para ellos.

Tras dos horas de espera, llegó el Alcalde de la ciudad con su mujer y el funcionario de la marina peruana con mayor rango por aquellos lares. Alberto les obsequió un centenar de kilogramos del mejor pescado que llevaba a bordo y la autorización que buscaba no tardó en aparecer.

Ya en plena faena pesquera, poco después de haber mandado a lanzar los palangres cerca del cardumen, una llamada por radio le ordenó que regresara cuanto antes al puerto del que había salido. Así lo hizo, y encontró sobre el muelle al funcionario de la marina esperándolo. Sudaba mucho.

Capitán, he recibido un telegrama. Los americanos han dado la orden de apresar a todos los barcos cubanos que se encuentren en nuestras aguas–. Al oír aquello, Alberto trago en seco–. Dígame, ¿cuánto le demora a usted desatracar y ponerse en aguas internacionales?

Alberto hizo sus cálculos y dio una respuesta.

Pues bien, le doy ese tiempo. Ni un minuto más.

Sin pensarlo dos veces preparó el barco y zarpó.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. Después la gente empezó a hablar de aventuras, de persecuciones, de los americanos cayéndome atrás y yo navegando en zigzag para que no me cogieran. Yo no me le escapé a nadie, pero el cubano es inventor. ¡El cubano es del carajo! –dice entre carcajadas.

La tarde ha caído a golpe de cervezas. Es hora de que Alberto regrese a su casa y prepare algo de comer. Me pide que le acompañe. A nuestras espaldas, las primeras lanchas comienzan a salir de la bahía.

Lejos del parque, Cojimar parece un pueblo fantasma recién abandonado por sus moradores. Las calles están vacías. No se escucha el conversar de las personas en las esquinas, tan clásico en cualquier otro lugar de La Habana. Apenas pasa un auto o dos bicicletas. Nada más. Todos parecen recluidos en sus casas. No hay música ni televisores encendidos. Solo silencio.

Ahora que el sol se está yendo es que los muchachos van a la costa a bañarse y a divertirse –me explica mientras caminamos.

Todos los días, a partir de las seis de la tarde, los cojimeros aprovechan y se van a la orilla del mar. Los padres llevan a sus hijos pequeños a bañarse, mientras los adolescentes compiten entre ellos haciendo acrobacias en el aire, justo antes de caer al agua.

La vida en Cojimar es tan tranquila que parece triste. No hay nada que hacer, no hay lugares dónde divertirse. Antes los muchachitos iban a una discoteca por aquí, pero tuvieron que cerrarla porque todas las noches terminaba en broncas y puñaladas. ¡Hasta muertos hubo! ¿Tú crees que eso es normal? La gente necesita ver cosas lindas, conocer algo más que esta mierda.

***

Foto: El Estornudo

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Demasiado espacio para los espectadores y poco para los gladiadores”, pensó Alberto cuando tuvo delante de sí el Coliseo romano. Lo imaginaba mucho más grande. Al menos así lo había visto en una película en la que Bruce Lee pateaba sin compasión a Chuck Norris. Cerca de allí, en la Basílica de San Pedro, Alberto sintió que un aura mística estremecía su cuerpo y pensó que aquel lugar era sagrado hasta para quien no cree en Dios. Roma, en general, fue una grata experiencia. La amalgama de tiempos históricos le hacía parecer, ciertamente, eterna. Fue entonces que decidió tomarse muchas fotos para que en el futuro, cuando contara sus historias, nadie lo tomara por un “viejo loco”.

Milán y Venecia también le agradaron. En la última vivió un mes entero, pero a los siete días las góndolas perdieron su atractivo.

Esos canales son agua turbia y llena de mierda. Mejor el mar.

Solo en Japón pudo resistir ocho meses sin aburrirse. Su primera impresión del país fue en la ruta del tren Tokio-Nigata, donde vio de un lado un paisaje nevado y al otro el verdor de la primavera. Además, el Pacifico era su océano favorito, el más grande y difícil de cruzar.

Cierta vez, mientras pasaba por Terranova, Alberto mandó a parar la embarcación. Algunos de sus hombres salieron a cubierta, pero el resto demoró. El interior del barco les resguardaba del clima gélido del norte, así que subieron lentamente, de uno en uno. Solo cuando estuvieron todos juntos, intrigados sobre el motivo de la parada, el Capitán se decidió a hablar.

Los reuní porque no quiero que anden por ahí sin percatarse de las cosas grandes de este mundo que les pasan por al lado. Justo bajo sus pies está hundido el Titanic. Fue el barco más grande de su tiempo y no sobrevivió al primer viaje.

Los marineros no entendieron mucho de aquella curiosidad de la que les hablaba su Capitán. Lo harían a los pocos años, cuando James Cameron rodara una historia de amor ambientada en la tragedia del Titanic.

Después de tanto tiempo en esos lugares, cuando regresaba a Cuba me sentía muy mal porque aquí no había cambiado nada. Bueno, sí, para peor. Cada año veía que estábamos más jodidos y atrasados. Yo vi cómo el puerto de Las Palmas, en Gran Canaria, creció una barbaridad desde la última vez que lo había visto. Llegaba a Cuba y todo era al revés. Los muelles que dejé atrás ahora estaban destruidos –dice mientras abre el candado que protege la reja de su casa.

***

Las tablas, los papeles y los libros por todo el suelo hacen que la casa parezca más pequeña de lo que realmente es. Tiene un portal, dos cuartos a un lado del pasillo y un pequeño patio trasero. La casa fue un regalo de Celia Sánchez a la difunta mujer de Alberto, que era una reconocida maestra del poblado.

Siéntate ahí mismo –y señala una mesa chiquita y baja que suele usar como silla–. Aquí vivo estable desde que me retiré en 1994. Pero la cosa estaba mala y mi pensión de jubilado era de 300 pesos. Por suerte, como Capitán me habían dado un carro y me hice taxista para sobrevivir. Yo ya estaba viejo para esas cosas y terminé por dejarlo al año. Es difícil vivir con 300 pesos, pero vivir con mil también lo es. Las cosas o están muy caras o no las hay.

Pese a todo, Cojimar recibe en verano, como mínimo, un ómnibus cargado de turistas. Suelen bajarse frente al restaurante La Terraza, donde han oído que se reunía Hemingway con los pescadores.

Sí, pero, ¿y qué? Este pueblo tiene mucho más que un restaurante donde les venden la comida más cara que en los restaurantes más caros de sus países. Aquí todo se ha convertido en ron y dólares. Una barra de mala muerte para que los cojimeros tomen ron barato y un restaurante para estafar a los turistas y sacarles el dinero. Ellos van, comen y después se los llevan. Es como si evitaran el contacto de los extranjeros con la gente del pueblo, y nosotros tenemos mucho que ofrecer. Cojimar es una mina de oro.

Alberto sueña todos los días con Cojimar. Le gusta pensar en las cosas que haría si le dejasen el pueblo bajo su mando, como si fuese un barco y él su Capitán. Lo primero sería rescatar el Torneo de la Pesca de la Aguja, que antes se celebraba en sus aguas. Se dice que Fidel Castro compitió y ganó el máximo título individual con 286.68 puntos repartidos en cinco piezas.

Por aquella época, los días del torneo eran festivos. Vendían comida y bebidas por todas partes, los muchachos hacían juegos en la calle y tocaba la banda del pueblo. En la tarde, las personas se reunían para observar cómo colgaban las agujas de la competencia en exhibición. Hoy el torneo se celebra en la Marina Hemingway, donde pescan y manejan yates los turistas.

En los sueños de Alberto el Castillito de Cojímar ocuparía el lugar de La Terraza. Ubicado justo al frente de la glorieta de Hemingway, el Castillito se convertiría en un restaurante de alta cocina, con dependientes vestidos a la usanza del siglo XVIII, cuando los criollos cubanos lucharon contra los buques ingleses que tomaron La Habana.

El Castillito tiene un pasado singular. Sus atalayas y grandes bloques de piedra erigidos sobre un morro fueron construidos por la corona española para evitar más incursiones del corsario francés Jaques de Sores, quien ya había devastado Cojímar. Dicen que las ruinas del Castillito serán reparadas en cuanto aparezca algún presupuesto. Mientras tanto, solo es una pequeña y vieja fortaleza colonial abandonada. En una de sus paredes interiores, una sugerente frase del Che Guevara: “No hay tareas difíciles, sino hombres incapaces”.

La lista de Alberto concluye con la construcción de un puerto de yates en la bahía, aunque, en realidad, nada de esto lo complace.

¿Por qué ya no tenemos una Flota de Pesca? –se pregunta– ¿Por qué el pescao es algo que solo se pueden pagar los turistas? Yo rescataría la Flota y pescaría para el pueblo.

Después de otro rato de conversación, Alberto me despide.

Ha sido bonito recordar. La gente debiera sentarse un día y hacerlo. Sí, porque cuando uno recuerda cosas buenas, sueña cosas buenas.

Luego cierra la reja de su casa.

Tal vez hoy, cuando se vaya a la cama, el viejo Capitán sueñe con el Coliseo romano, los paisajes de Japón, el Pacífico, las tormentas. O quizás solo sueñe con aquel día en que, cansado de cazar cangrejos y peces en la orilla, decidió irse a la mar en busca de un tiburón.