Ercilio Vento / Foto del autor

La ciudad de Matanzas está crucificada entre dos ladrones: La Habana y Varadero. Roban desde la atención turística hasta la estación cabecera de rutas interprovinciales. Y tratando de sacarle los clavos está un sesentón menudo al que la calvicie le lleva ventaja: Ercilio Vento. En su oficina, el Historiador de la Ciudad a ratos pierde la voz contra los martillos hidráulicos allá fuera. La urbe tricentenaria se prepara para un nuevo aniversario. 

Ercilio conoce a la «Atenas de Cuba» como pocos, la conoce en cada lengua que la ha nombrado: bantú, arará, yorubá, calabar. Por eso y por una serie de negaciones, se ve a sí mismo como un cubano extraño: no toma ron, no es adicto a la cerveza, no le gusta el béisbol, no sabe bailar. Supera, por otra parte, los 50 vuelos al extranjero y ha escrito unos 30 libros.

En un asiento de otro siglo, que le queda inmenso, fuerza la vista tras los espejuelos para leer en la laptop. Hay, a sus pies, una lápida quebrada.

Ercilio no cree en el matrimonio. Para él es un contrato, apenas eso. Ercilio se ha casado nueve veces. Nueve contratos.

—Y todos bonitos —acota.

A su esposa actual, Maritza, la lleva en su celular, en una foto que muestra con orgullo. Él, heptagenario; ella, una bella doctora muchos años menor.

—Tú tienes muy mal gusto —le dice Ercilio a ella, socarrón—. Y yo lo tengo muy bueno.

Arnaldo Mirabal, periodista matancero que lo ve tanto en eventos como en las ceñidas aceras de la ciudad, diagnostica —ojos brillosos— que lo de Ercilio con las mujeres bonitas es un vicio.

Hay días en que van por la calle y Maritza, la doctora, le pregunta:

—¿Tú conoces a esa muchacha?

—Sí, estuve con ella.

—¿Y a fulanita?

—También.

—¿Y a menganita?

—También.

Dice Ercilio:

—Nunca le he negado las relaciones que he tenido. Eso es pasado. ¿Qué voy a hacer, cortarme las venas?

Otra cosa:

—Jamás le abro la cartera, jamás le reviso el teléfono, jamás le pregunto con quién está hablando.

Después de nueve matrimonios ya lo ha visto todo, y no cree necesario engañar a nadie: cuando las cosas no funcionan, no funcionan, no hay por qué aferrarse.

De los cinco escudos nobiliarios entregados a los ancestros de Ercilio, uno enarbolaba el compromiso de defender a las doncellas desvalidas.

—Viste, mi amor —le dice a su esposa—, tengo que defender a las doncellas desvalidas.

Ercilio se ha compuesto un árbol genealógico con más de 600 personas; sus ancestros más remotos son dos Papas: Julio II y Sixto IV. De ahí en adelante hay princesas, duques, condes.

A veces cae en sus manos tinta azul y alguien en la oficina le advierte que se ha manchado. Ercilio riposta que no, que en verdad se ha cortado.

—Por fastidiar, que conste, por fastidiar.

***

—Van a hacer una autopsia, ¿quieres venir?

—Dale.

Ercilio tenía 13 años y no se hizo esperar tras la invitación de su primo. Pedaleó hasta el cementerio y se presentó ante el médico legista. El fiñe explicó que un pariente suyo trabajaba allí y confesó su interés por esa clase de cosas: abrir cadáveres, por ejemplo.

—Los niños no ven eso.

—Pero yo sí.

—¿Y para que quieres ver eso?

—Porque yo quiero ser médico legal.

Llegados a un punto muerto en que ni Ercilio tenía intenciones de retirarse, ni el doctor de admitirlo en la autopsia, el juez presente intercedió por el muchacho alegando lo que le parecía una rara, pero sincera vocación.

—Cuando estuve en mi primera autopsia yo era así —dice Ercilio triunfante, distanciando una mano a metro y medio del piso—. Bueno, no he mejorado mucho de allá a esta fecha.

El médico lo dejó entrar bajo amenaza de que si vomitaba o le daban náuseas lo sacaría a patadas de allí. Y entró. El olor era punzante. Apretó los labios finos. Le alcanzaron guantes.

Se trataba de un ahogado, putrefacto.

—¿Tienes miedo?

—No.

—¿Te da asco?

—No me lo voy a comer.

Nunca sabremos si al doctor le conmovió la profunda mala leche de aquel comino ambulante o el temple o los ojos como platos sobre el cadáver abierto. El hecho es que al terminar le propuso asistir a próximas autopsias en calidad de ayudante: sostener escalpelos y pinzas, apuntar detalles de la muerte, abrir la carne fétida.

No había, en el mundo, un niño más feliz

***

En 2008 el cineasta Arturo Sotto tocó a la Oficina del Historiador, filmaba su road movie documental Breton es un bebé, que recoge vidas, tradiciones y sucesos insólitos a lo largo del país. Quería incluir la historia de una momia hallada en 1965 en un cementerio de Matanzas.

Fotos expuestas en el museo Palacio de Junco evidencian que el cuerpo, conservado con un tono carmelitoso, llevaba ropa al ser descubierto. Tenía bordadas las iniciales «JPL», pero la momia era huérfana: nadie le ponía flores o lloraba a la difunta.

Con el tiempo el nicho se deterioró y en 1980 un paciente psiquiátrico entró al cementerio, alargó un brazo entre dos hileras de ladrillos ausentes, y arrancó la cabeza. La llevó a su casa, martilló la frente de la mujer, quizá habló con ella. Una vez recuperado el cráneo, llamaron a Ercilio del Cementerio local —según cuenta en el largometraje— «para ver qué podía hacer».

Y entonces Ercilio se convirtió en detective del tiempo: la piel blanca de la mujer se sonrosaba bajo el sol del trópico, nunca supo qué era dar a luz, murió a los 56. La madre de Ercilio escuchaba semana a semana cada nuevo detalle con que la antropología le dibujaba, no ya una momia, sino una persona.

Durante las pesquisas, surgieron dudas sobre el destino del cuerpo. ¿A qué institución llevarlo? No se trataba de un simple muerto sino de una momia, no podía volver al cementerio, donde están los que regresan al polvo, como Dios manda.

Ercilio informó a su madre de aquellas desventuras. Ella, serena, dijo:

—Tráela para acá.

—¿Y dónde la ponemos?

—En mi cuarto.

Ninguno de los funcionarios implicados se opuso, contentos seguramente de haber resuelto el asunto sin una ruleta rusa de hospedajes entre ellos.

En los 70 Ercilio presidía la Sociedad Espeleológica matancera, y Eduardo Luis Labrada, un viejo reportero del entonces diario Adelante, la camagüeyana. Se encontraban reuniones mediante, y en una ocasión Labrada visitó la casa de su colega. Ercilio lo recibió en la sala junto a la momia. «Estaba estudiándola allí mismo», recuerda el camagüeyano, «y esa presencia me desconcertaba».

Ercilio Vento junto a la momia / Foto tomada de La Vanguardia

—¿Y a qué esposa le tocó convivir con la momia? —pregunto a Ercilio.

—A la segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima. Veinticinco años estuvo conmigo.

La supervivencia de la centenaria occisa por sobre cinco matrimonios explica la verdadera pasión de Ercilio: su trabajo.

—¡Pero nunca estuvo debajo ni arriba de la cama! —afirma.

Un vecino, hace mucho, le preguntó si ese fue el motivo de sus separaciones. La estadía de la momia junto a Ercilio es toda una leyenda urbana en Matanzas, refrenda Arnaldo Mirabal. En realidad, permaneció en la biblioteca de la casa, encerrada en un contenedor de doble pared.

—¿Temía que saliera?

—Era para aislarla del exterior, preservarla —aclara—. A mí me educaron sin miedo y yo hice igual con mi hijo: «La oscuridad es, simplemente, ausencia de luz», le decía de pequeño. «No hay Coco, no hay Hombre del Saco, no hay brujas».

Un día alguien se le acercó:

—Médico, ¿usted tiene en su casa a una persona que está muerta?

El entusiasmo de Ercilio por sus especialidades ha hecho de su hogar un repositorio de huesos. De modo que contestó que sí, naturalmente.

—No, no, pero es una persona que no ha perdido la carne –insistía el individuo—. Una señora bajita, gruesa, de pelo castaño.

A Ercilio le inquietó algo. «Ese dato —confiesa en el documental de Soto— no lo podía saber nadie, excepto yo».

—… Y tiene los ojos verdes.

—¿Y cómo está tan seguro de eso? —preguntó Ercilio.

—Porque la veo al lado suyo.

A inicios del nuevo siglo el Museo provincial ya había habilitado un salón exclusivo para la momia. Ercilio y su hijo la llevaron hasta la urna donde aún hoy reposa. Un manto azul la cubre del pecho a las rodillas. Aquel día, en el portal de la casona, el muchacho miró al padre:

—Yo supongo que tú sepas qué es lo que has hecho.

***

Hay algo de voyeur en lo que hace Ercilio. Ese asomarse a la vida de las gentes que no están, de abrir como un velo la piel. Voyeurismo extremo. ¿Es una extraña manía, una obsesión, querer saber qué hay dentro de los seres? Su fascinación incluye a humanos y bestias: asistido por filosos instrumentos practicó la taxidermia durante los tres años que dirigió un museo de historia natural.

Pero el interés de Ercilio no sólo reside en lo subcutáneo, sino también en lo subterráneo.

Su hijo tenía tres años cuando se vio en la boca de una cueva. Ercilio Vento asegura que cruzaron estas palabras:

—Pero, papá, ¿vamos a bajar a esa oscuridad?

—Sí, mijo. Usted tiene una linterna en la mano y yo otra. Cuando quiera la enciende.

Meterse en los poros del planeta es un hobby que ha ahondado en él desde que en 1969 realizó el catastro de cuevas matanceras al frente de 15 hombres pertenecientes a un «subgrupo» militar especializado. Allí trabó amistad con un joven primer teniente llamado Raciel Falcón.

—El secreto para la seguridad nacional que envolvió nuestro trabajo quizá ya no tenga efecto —considera Ercilio, quien realizó las topografías de mil 250 cavidades subterráneas y armó con ellas un registro (hoy digitalizado). Una empresa que solo podía ser afrontada) con la «profesionalidad, disciplina y organización» de Ercilio, según Eduardo Luis Labrada.

Al grupo de espeleología que dirige Labrada se le ocurrió una vez, regresando de un viaje a Viñales, hacer una noche en Matanzas, pero no tenían lugar de alojamiento.

—Ercilio facilitó los permisos para irnos a dormir a las Cuevas de Bellamar —cuenta Labrada.

Levantaron las tiendas acompañados por su anfitrión. ¿Cómo se mata el tiempo estando bajo tierra? ¿Detallando rocas, pictografías? Hablaron tal vez de Antonio Núñez Jiménez, considerado un redescubridor de Cuba, quien los había nombrado Delegados de la Fundación de la Naturaleza y el Hombre en sus respectivas provincias.

Labrada, que ha escrito y publicado sus memorias junto al naturalista barbudo, asegura que Núñez Jiménez estimaba a Ercilio. Al fallecer el científico y exguerrillero, Ercilio pasó a presidir la Sociedad Espeleológica de Cuba.

Núñez Jiménez, capitán del Ejército Rebelde que derrocó al dictador Fulgencio Batista, no la conoció entonces, pero había compartido época y exaltación con la madre de Ercilio. En 1958 ella le gritó cobarde a un jefe policial y su esposo pensó entonces en llevarse a todos a Caracas bajo el pretexto de dirigir la tienda «El Encanto» de la capital venezolana. Creía que no faltaba mucho para que algo le pasara a la mujer por insolente y, sobre todo, por integrar la guerrilla urbana que seguía a Fidel Castro.

Este 2018 hace 10 años que a Ercilio le falta su madre. Extraña la fuerza de su madre. Admira sobre todo la valentía y ese quizá es otro modo de recordarla. Quizá por eso le va tan bien con su esposa: «Ella no le teme a nada».

—Ni a ranas, ni a cucarachas —dice.

Maritza, a veces, lo ha esperado tras la puerta con su pistola en la mano, creyéndolo un intruso.

—Es de combate —se regodea—. Estuvo de misión médica en Venezuela, en el Orinoco, con las pirañas.

Más adelante revelará otra virtud que sostiene la relación:

—Ella cocina muy bien.

***

La momia de Matanzas persigue a Ercilio profesionalmente, y le ha dado mayor relieve curricular porque es la única de su clase en Cuba. Cuando llegó a sus manos, para reconstruirla y examinarla, escribió a expertos de medio mundo. Ahora está participando en The Cuban Mummy Project, un estudio colaborativo internacional sobre la presencia de seis momias en colecciones de la isla.

Aunque el clima húmedo es enemigo de la preservación natural de los cuerpos, dos egipcias y dos peruanas residen en Santiago de Cuba; en La Habana otra peruana; y en Matanzas la única momia artificial moderna.

Las siglas JPL en la ropa centenaria de la mujer respondían al nombre de Josefa Margarita Ponce de León. Ercilio visitó la catedral matancera infinidad de veces cotejando docenas de nombres antes de dar con el que era. Luego sabría que, aunque vivió en Matanzas casi toda su vida, murió en La Habana en 1872. La familia soltó dinero, que tenía a chorros, para momificarla. Querían que el cuerpo llegara imperturbable a su ciudad natal en el lento viaje del siglo XIX.

La calidad del trabajo la certifican los años, y eso entusiasmó a Ercilio:

—Acabé haciéndole un libro —y manotea lentamente.

Ercilio es poco expresivo, o al menos alguien que no se sorprende con cualquier cosa. Estos días anda feliz: halló, tras mucho buscar, una botella con un cuello bien largo. La necesita para sus réplicas de barcos a escala. Para hacer los barquitos primero fuera, desarmarlos y encerrarlos dentro de la botella se necesita paciencia. La tiene.

Tiene, además, una serie de elementos que lo hacen único:

a) No habría espacio en las camisas, y el cuerpo menudo de Ercilio podría desplomarse si decide usar, en un mismo día, las 62 condecoraciones que llevan su nombre.

b) Tiene un programa de historia en la televisión local. De modo que sabe cómo vestir para no incomodar a los camarógrafos.

c) Tiene la única cátedra en Cuba de paleopatología. En marzo 1969 descubrió las primeras pistas de sífilis en nativos cubanos, y estuvo a poco de apuntarse el mérito en el área de las Antillas, pero el dominicano Fernando Luna halló evidencias en la colección Krugger, de la Smithsoniana, y las publicó antes.

—No se me ocurre escamotearlo. Además, fue un amigo cercano —dice Ercilio—. Pero en Cuba, yo.

d) Tiene un método, de comparación antropométrica para probar la paternidad, validado por el Tribunal Supremo, que ha contribuido a decidir más de 500 casos. Aplicó el método a José Martí y María Mantilla en un polémico estudio que arrojó altísimas coincidencias.

e) Su hijo, médico intensivista que trabajó subcontratado por el gobierno cubano en Guatemala y Timor Oriental, y luego otra vez en aquel país del sudeste asiático, pero fuera de la misión oficial, vive ahora en Barcelona.

Ercilio contrae el rostro:

—Es mi única familia.

***

Ercilio se place en sofisticadas genealogías intelectuales.

Cursando Medicina en La Habana fue alumno—ayudante de Washington Rossell quien, a su vez, había sido alumno de Leontiev, uno de los médicos encargados de la custodia del cuerpo de Lenin.

—Junto a Washington Rossell aprendí interesantes técnicas de preparación que apliqué luego en Matanzas. Tuve el privilegio de preparar piezas para el museo de la Escuela de Medicina Girón, en la capital.

En su trabajo de tesis para ganar la especialidad fue el primer latinoamericano y el octavo investigador en crear un método propio para calcular la edad a través del estudio histológico de un hueso, técnica que le valió la asesoría del Dr. Douglas Ubelaker, antropólogo forense del FBI y Curador del Departamento de Antropología de la Smithsonian Institution.

A su vez, Ercilio se ha convertido en pieza fundamental dentro de las genealogías académicas que presumen algunos ex alumnos suyos en la Facultad de Derecho de la Universidad Camilo Cienfuegos de Matanzas o la Sede Medardo Vitier Guanche de Antropología Sociocultural.

Ercilio Vento / Foto tomada de Ecured

Así ocurre con Anicia Rodríguez, amén de haber agredido en cierta ocasión a Ercilio, como se verá más adelante. Hacia 1997 unos hallazgos arqueológicos en la antigua Iglesia de San Francisco de Paula trastornaron el ambiente adormilado de La Habana durante el Período Especial.

—La excavación la llevaba un equipo del Gabinete Arqueológico de la Oficina del Historiador (OHC), y Ercilio fue invitado para que nos diera una especie de entrenamiento en identificación de restos humanos –recuerda Rodríguez que, junto a tres colegas coordinó la logística para la estancia capitalina del matancero.

Gracias a la OHC, «que estaba en su etapa de esplendor», según Rodríguez, pudieron conseguirle alojamiento gratuito «en un hostalito muy chulo en la calle Mercaderes». Le sobrecogía la pasión de aquel experto conversador que «hacía cuentos reales de cómo los muertos podían hablar, o sea, cómo los antropólogos físicos sacaban información de los restos humanos en una escena. Algo así como CSI, pero en Cuba».

Rodríguez ve a Ercilio como un sabio, similar a «los primeros filósofos de la Antigua Grecia» aunque, a larga, ella dejó la Antropología Física por la Gestión del Patrimonio; es decir: ya no la traducción de los muertos, sino el comportamiento de los vivos con la obra de sus ancestros.

1997 fue para el Gabinete de Arqueología un año de manos y piernas sucias, de llegar tarde a casa, de palear y mover brochitas sobre las capas del tiempo. Fémures, tibias, cráneos. Junto a las conferencias de Ercilio, los especialistas aprendieron a identificar género y edad a partir de una pieza ósea, y a hacer mediciones antropológicas para determinar la talla de un sujeto. «En esos días solo respirábamos huesos», evoca Rodríguez.

Entre el agotamiento, el trabajo excesivo, las charlas y lecturas, el sueño es remanso. Y a veces extensión retorcida de la realidad. En su novela La mosca soldado, Marcio Veloz Maggiolo relata cómo un arqueólogo siente vivas las piezas de una excavación en República Dominicana.

En Cuba, Anicia Rodríguez soñó que un hombre andaba suelto matando mujeres. Era Ercilio Vento.

—Imagínate a ese hombrecito afable de asesino en serie.

Al descubrir su identidad, ella agarró una de las palas de construcción que usaban en la excavación. Y lo enfrentó con el metal terroso.

Sus amigas morían de la risa con la historia.

—Por supuesto —dice Rodríguez—, él no imagina que es el asesino de mi sueño.

***

En el bachillerato vio a otro estudiante hacer un cuchillo. «Yo puedo hacer esto», se dijo Ercilio. Ahora «crea» armas. Para reconocerlas y catalogarlas se vale de enciclopedias militares. A veces ve alguna que le gusta en películas de piratas o de guerras coloniales y congela la imagen, detalla cada centímetro de pantalla, retiene el modelo y va a su taller. La colección asciende a unas 80 piezas.

—Yo tengo de todo —dice—. Consigo el metal y fundo la réplica.

En 1983 dio otro paso: obtuvo su licencia de armas de fuego de carambola. Ese año se produjo en la ciudad de Matanzas una infiltración del grupo terrorista Alpha 66.

Se cerraron carreteras, las autoridades estaban como locas, se acuartelaron las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior, se activaron los Comités de Defensa de la Revolución, las Milicias…

El jefe de la policía, antiguo presidente del Tribunal Popular Provincial, habló con Ercilio: tres anticastristas habían caído en manos del gobierno. Quedaban dos por atrapar: se refugiaron en las afueras de la ciudad, una zona cercana al litoral donde años después se haría una termoeléctrica. El lugar era un queso suizo de rocas.

—¿Tienes los mapas de la cueva?

—No —aclaró Ercilio—, «la cueva» no: son 52.

—Ven conmigo a la unidad para que marques las entradas frente a quienes organizan el operativo.

Al llegar, Ercilio supo que había más de cinco mil efectivos movilizados; había buzos y helicópteros listos. Alguien con estrellas en los hombros apareció:

—¿Usted es el espeleólogo?

—Sí.

—Arme al espeleólogo —ordenó a un soldado—. ¿Está dispuesto a cumplir una misión? —volvió a preguntar.

—Normal.

—Va a llevar una compañía a la cueva…

—«Las cuevas» —acotó Ercilio entrando en un chaleco con cuatro cargadores—. Son 52.

—¿Usted pudiera peinarlas?

Se colgó un fusil AK. El tipo de las estrellas lo presentó ante un grupo de soldados como el compañero que los guiaría.

—Señores —empezó Ercilio—, esto es rapidito: son 16 kilómetros a pie.

La Cueva de la Perra es un desplome a 30 metros y la boca tiene el largo de una cuadra, el inicio de una garganta subterránea de un kilómetro. Un soldado avanzó y el jefe de compañía le pidió la linterna a Ercilio.

—Primera cosa: no presto la linterna —dijo—. Segunda: ¿usted conoce la cueva?

La sorpresa del oficial dio tiempo al espeleólogo:

—Deme un hombre que no tenga miedo.

Luego de esbozar un mapa de la caverna Ercilio miró al muchacho:

—¿Tú tienes hijos?

—Una niña.

—Saca la fotografía y mírala, porque ya tú y yo somos mártires.

¿Cómo reacciona alguien a quien le sueltan eso?

—Lo que vamos a hacer es esto —continuó Ercilio—: voy a ir delante, si me tiran y me dan, empieza a tirar al lugar de donde vengan las balas y te retiras. No me saques. Si estoy muerto no tiene sentido y si estoy herido tampoco, este es mi medio y sé moverme aquí.

Entraron en la oscuridad. Apenas alcanzaban a ver siluetas extrañas mientras los pasos se hundían en la blandura del guano. Ercilio iba dos metros adelante, llevaba el fusil en modo ráfaga, pero con el seguro; no quería que una alimaña o un espejismo de sombras lo hicieran halar el gatillo. Silencio. Solo respiraban. De vez en cuando, los chillidos de un murciélago se clavaban como alfileres bajo la piel de la tierra.

Ya lo habían pactado antes. Ercilio enfiló su linterna hacia el techo. En apenas segundos el soldado debía memorizar su entorno. Si los perseguidos disparaban, probablemente, lo harían hacia arriba, aunque también era posible que apuntaran contra Ercilio y su acompañante: el rebote de luz también los descubriría a ellos.

—¿Y qué pasó?

—Nada —admite el narrador y decepciona un tanto al periodista—. Peinamos aquello, pero al parecer los tipos creyeron que había entrado la compañía completa y huyeron por una claraboya.

Cuando volvió a la ciudad lo recibió Raciel Falcón, pero convertido en general:

—Tienes que tener un arma —le dijo—, consigue una que yo te resuelvo la licencia.

La licencia de Ercilio se la dio el comandante Ramiro Valdés.

—Hace poco la entregué; era un rollo para salir del país.

***

Ercilio ha concebido algunos métodos novedosos, pero a menudo estos no han sido más que caminos solitarios, ignorados por colegas dentro y fuera de Cuba. En 1986 publicó la primera recopilación sobre «El uso de sustancias tóxicas de origen animal y vegetal por oficiantes de la hechicería moderna».

—Sigue teniendo utilidad, sobre todo por el crédito que en Criminalística se le ha dado —asegura—. Con ese estudio he ayudado a resolver casos complejos y a llegar a tiempo para salvar vidas.

Sin embargo, los estudiosos no le hacen caso.

—Se les olvida en qué país viven —dispara Ercilio.

En 1998 se presentó en un congreso con un método para identificar traumatismos premorten en restos óseos. Aunque «atrajo la atención de forenses extranjeros», el único que lo ha aplicado es él.

—Los demás o no se interesaron o no le dieron crédito suficiente, cosa muy común como parte de la vanidad profesional.

Cuando regresó a Matanzas, tras graduarse en 1980, y casi hasta 1990, alternó entre un hospital y la prisión como psiquiatra forense.

—Mire –aclaraba a los reclusos—, yo no soy policía, no vengo a examinar si lo que dice es cierto o es falso, soy un médico y estamos tratando de conocer su estado mental.

Escuchar y guardarse los gestos, los impulsos; dejar que fluyera el relato aunque fuera escalofriante. Junto a una psicóloga y una psiquiatra, oyó historias de ladrones, homicidas, violadores. Luego de las tres entrevistas reglamentarias dictaminaban si, efectivamente, el recluso estaba chiflado o fingía. A veces los malos actores tenían reservado un palco en la morgue.

—Entonces, ¿cómo ocurrieron los hechos?

—Nada, doctor, la maté porque me tomó la cerveza.

—¿La muchacha de 15 años?

—Sí, ella dijo que se equivocó de vaso, pero se la tomó.

—…

—¡Y no me diga más nada, que yo sé que estoy muerto, que a mí me van a fusilar!

—Realmente, agradezco su comprensión.

Dice Ercilio que «el preso huele», el olor es fuerte. Lo rodeaba en la galera cerrada donde trabajaba con más de 30.

—Uno se encontraba allí los dolores más grandes de este mundo, y aprendía a valorar al ser humano en una medida muy intensa.

A veces llegaba en invierno y encontraba a los reclusos temblando, en short y camiseta. Les espetaba a los oficiales penitenciarios que quedaban suspendidas las entrevistas porque los presos no estaban vestidos adecuadamente.

—Eso se llama tortura.

—No han repartido la ropa de invierno aún —le explicaban.

—No me interesa —y se iba.

¿Qué motivaciones poseen a un criminal? ¿Cuáles a quien viola a una niña de cuatro años?

—El instinto, el descenso del ser humano a la bestia… Y me cansé, dije: «¡ya!, son muchos años».

En verdad dijo «ya» por otro motivo.

De vez en vez, un joven recluso caía del segundo piso de la litera; con el estruendo quedaba sobre el cemento frío como en trance, convulsionando. Ercilio dictaminaba que el reo había debutado con epilepsia «gran mal», y sugería que lo trasladaran al hospital.

—Ese es un descarado —mantenía un oficial penitenciario—. Lo voy a poner a cortar caña.

—Mayor, como usted sabe más que yo de medicina, lo dejo al frente de esto.

En Ercilio reside una violencia que drena como ironía; la suelta en voz baja, tranquilo. Una pizca de veneno invisible que pasma durante unos segundos las neuronas del adversario.

Ercilio Vento / Foto del autor

***

En los 80, Ercilio produjo estudios para el Ministerio de Salud Pública con nombres como estos: «Suicidio por estrangulamiento a lazo» (1982), «Algunas consideraciones sobre el envenenamiento con cianuro y la ingesta de sustancias medicamentosas» (1983), «Características del delito de la esfera sexual en Matanzas» (1985); «Retraso mental y delito» (1987); «La valoración ético-moral de los delincuentes en los conceptos hogar, madre y esposa» (1989).

¿De tanto mentarla, llevarla a casa, abrir y cerrar sus fauces sobre los hombres, la muerte lo visita a uno?

En el 88 Ercilio casi muere y, saliendo del abismo, le dejó a la Parca el riñón izquierdo, el bazo; conservó para sí la columna fracturada y el páncreas desgarrado.

—¿Dónde fue el accidente?

—En Jagüey.

Viajaba en auto, al lado del chofer. Iban a 90 kilómetros por hora cuando impactaron contra un tractor.

—Yo preví el accidente, sabía por dónde vendría el golpe.

Pegó el pecho y el torso a la carrocería, protegió el corazón y la aorta. Y llegó el impacto: un jalón olímpico de órganos y ligamentos.

Ercilio tuvo inmediata noción de su gravedad, pero dijo que lo llevaran para Matanzas.

—No llegas, son casi dos horas de carretera.

—Llévame —insistió Ercilio.

—El dolor te va a partir por el medio.

—El dolor no me va a partir por el medio porque tengo maneras de controlarlo –aseguró, pensando quizá que las técnicas de yoga le servirían de algo.

Entró a la ciudad «shockeado» por la pérdida de sangre.

Después vino un momento maravilloso para Ercilio: cuatro meses enclaustrado en su casa, leyendo. Aquella fue una de las dos ocasiones en que ha abandonado su trabajo. La otra fue por el dengue: la fiebre que a principios del siglo XX detuvo la construcción del Canal de Panamá.

A veces pasaba el rato rectificando a José Martí.

—Su griego era descuidado. Cometía errores comunes como puntuar la «i». En griego eso nunca se hace —dice Ercilio—. Nunca me aburro.

Asegura que duerme entre siete y ocho horas diarias.

—Lo que pasa es que tengo que leer mucho, y tengo que tener memoria para todo lo que leo. Las personas creen que soy una persona estudiosa. Pero apenas leo lo que me gusta.

—Cuántos libros lee al año.

—Sesenta como promedio. 

¿Todos le gustarán? 

—Pero nada, como he aprendido mis lenguas… 17 idiomas. Eso me da una ventaja enorme —y estira la «o» —. A veces estoy leyendo en la casa y salto del francés para el portugués.

Mientras el huracán Irma devoraba casas enteras en la costa norte matancera, Ercilio pasó el temporal entre su colección de Biblias, haciendo comparaciones entre las versiones Reina Valera, la Septuaginta, griega, y la Stuart, en hebreo.

—Me encanta el «Eskelet» («Eclesiastés», en griego).

«Entonces dije yo en mi corazón: como sucederá al loco me sucederá también a mí. ¿Para qué pues he trabajado hasta ahora por hacerme más sabio? Y dije en mi corazón que también esto era vanidad». Así reza el Eclesiastés.

Una mulata se asoma a la puerta de Ercilio. Pide permiso y pregunta por un libro de Historia de la Medicina. Se lo han mandado a consultar por la universidad y le han enviado con Ercilio.

—¿Qué sustancia tóxica ha consumido tu profesor?

La muchacha suelta una risita. Se trata de un libraco que, perfectamente, podría sustituir un bloque de construcción. Cientos de años de historia de la medicina entre tapa y tapa.

—Pasa por la tarde, que yo te cuento el resumen.

Desde una esquina Arnaldo Mirabal, el periodista matancero, tercia en la conversación:

—Siempre he dicho que Ercilio Vento es el ejemplo cubano de hombre renacentista.

—Eso me han dicho —susurra Ercilio, en el centro de la oficina.

—Me había dicho que ya no teme morir —digo.

—A los 70 años, luego de haber vivido una vida intensa, llena de experiencias únicas e irrepetibles, no se le teme ni a la muerte.

—Pero, algo debe provocarle escalofríos…

—Quizás una invalidez total o la pérdida de alguna habilidad —dice Ercilio y se reclina en su asiento—. Pero nunca pienso en eso, al que no tiene tanto tiempo para vivir le queda poco que temer y disimular.