Ranfis Suárez. Depende (2017).

«Rockefeller murió a los 101 años con una fortuna de 3,5 billones de dólares, después de trabajar toda una vida. María Gabriela, primera hija de Hugo Chávez, posee una fortuna de 4,5 billones de dólares, según la revista Forbes, sin haber trabajado. Esa es la diferencia entre capitalismo y socialismo», escribe un periodista peruano en un post de Facebook titulado ¡INDIGNANTE!

Pienso en esta nota al llegar a Fábrica de Arte Cubano, negocio privado fiel al credo estatal de hallar una armonía entre capitalismo salvaje y socialismo irreal. Una antigua fábrica de aceite de cocina transformada en un gran laboratorio de creación inter-disciplinario, que expone lo mejor del arte contemporáneo de Cuba con un marcado enfoque socio-comunitario. Eso proclama su portal web, donde también se identifica al recinto como un club nocturno que acoge galas artísticas.

El arte es la pantalla de la FAC como saldo de su eslogan. Allí coinciden una función teatral, un concierto del showman Pancho Céspedes, desfiles de modas, sesiones de jazz, espectáculos de humor o danza y una conferencia-performance de poesía visual, ofrecida por un académico de la Universidad de Pensilvania. Dicha variedad de propuestas interactúa en el deslinde arquitectónico, aunque el sonido puede desconcentrar al espectador no contaminado.

Una exposición colectiva de «arte joven» es el motivo de otra visita. Entro gratis y me dan una tarjeta blanca VIP que debo devolver a la salida para librarme de una diversidad vigilada. Al dejar atrás la Fábrica uno concientiza de inmediato que la diferencia es una trampa cultural hecha por la manufactura política para incubar trucos redentores.

Las salas de exhibición en la Fábrica cobijan lienzos mal pintados, objetos mínimos vaciados de aura minimal, esculturas instalativas pobres de ideas. Un repertorio de soportes regido por guiños comerciales prefabricados y tasados a precio del vendedor. Si el apoliticismo rosa exige o merece un réquiem, la FAC lo interpreta a diario en múltiples registros visuales, gestuales, sonoros.

La arbitrariedad del arte se respira en las muestras seriales de Fábrica. Por ello, cada exposición de curaduría elástica con productores emergentes se mantiene acompañada de figuras visibles en el circuito local. Llámese el conceptualista satírico Lázaro Saavedra, la morbosidad exquisita de René Peña o el pintor Carlos Quintana haciendo featuring con el fotógrafo Enrique Rotemberg.

Los ademanes plásticos que desfilan por esta pasarela constituyen un alivio para el mercadeo del arte en Cuba, varado entre un marasmo institucional y las gestiones de los artistas. Ya sabemos que estos prefieren recibir a los compradores en sus estudios; una forma de evadir los descuentos que acabarán en las arcas del Estado. Por algo, los galeristas de oficio tratan de mantener una distancia entre sus clientes y los productores visuales que conforman su staff.

Mientras perduran los tiempos muertos en asuntos de money, la Fábrica es una esperanza. El medio busca restaurar las finanzas de quienes ostentan una apariencia conceptual que oculta la esencia comercial. La promiscuidad del mercado se adecua al perfil psicosocial de la FAC, sitio donde cohabitan lo alto y lo bajo en materia de precios y jerarquía artística. No es raro que hallen compradores tanto un artista de la síntesis como reproductores de cánones de belleza inspirados en la receta feminista de «azúcar, flores y muchos colores».

Así, el juicio acrítico de un jerarca mercantil o un heredero extravagante incide en que una compra recale en un Hotel Museo de Nueva York o en una residencia particular. Vender arte en un supermercado es un arma de doble filo, ya que un salvamento económico está lejos de otorgar peldaños en la escala de valores.

De forma abierta o de incógnitos, numerosas celebridades se han dado una vuelta por la Fábrica de Arte Cubano, y no pocas han adquirido piezas allí expuestas. La pasarela de artistas renombrados como Mick Jagger, Bon Jovi o Katy Perry es un marketing impensable en locales del circuito oficial como Galería Habana, Galería Servando o La Acacia. Lo demás, es un andamiaje ilusionista.

La situación del mercado del arte en Cuba coloca a la Fábrica en la mirilla de los  productores visuales privados de rumbos comerciales altos o bajos. Esos a quienes les da lo mismo trabajar para un cliente dueño de una fortuna al margen del contexto artístico o negociar en serio con galeristas de gama alta como Sean Kelly.

La FAC forma parte del itinerario turístico para un forastero de clase media que desea captar el pulso sociocultural de la isla, sin prejuicios sobre mezclar lo culto y lo popular, lo banal y lo experimental, el flirteo prosaico y la convención diplomática. También la visitan extranjeros con miopía política avanzada, pues nada más reconfortante que pasar una noche en Fábrica atrincherado en el limbo tropical.

TripAdvisor etiquetó al multiespacio liderado por el músico X Alfonso entre los sitios de La Habana más frecuentados por el turismo, junto a plazas emblemáticas como el Malecón o el Casco Histórico. Al romperse el nudo de la triada arte, no-arte y dinero, ningún prejuicio ético logra interponerse en la ruta allanada.

A la FAC asisten los hijos de papá y los hijos… del teléfono móvil, los selfies y las  plazas de recreo juvenil. En esta pecera hiperquinética sin agua flotan los síntomas o fenómenos de la inclusión o la exclusión: sean niños bitongos, marginales reintegrados, hackers de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), lesbianas periféricas recién casadas, filólogos reparteros, madres solteras, disidentes moderados, nuevos ricos de izquierda, devotos a la ciencia ficción.

En un laberinto sin espejos la sensación de paraíso recobrado desaparece. Lo que se impone es un clímax de infierno reconfortante. La variedad de licores «a mano» de infelices con la garganta seca es un show de payasos fuera del circo. Un proverbio chino del tipo «el sediento sueña que bebe» activa una bomba de tiempo que se resiste a explotar.

Entre un encierro forzado y un claustro voluntario dorado por la píldora del divertimento, hay un resquicio minúsculo, muy minúsculo. Al mirarse y verse las caras sin que el auxilio del diálogo acuda a ellos, los ciudadanos desclasados ávidos del paripé fashion terminan por despreciar a sus iguales.

La FAC es una alternativa para sublimar una realidad privada de futuro, vidas regidas por el hastío. Allí cualquiera puede hacerse la idea de que todo cambiará al compás del son, el pop-rock, la música electrónica, urbana, la fiebre de Cimafunk o las tandas de videos-clips. El sueño de una pluralidad imposible se percibe al trocarse la censura en nostalgia, trance que genera comentarios de pasillo. Esta impresión cundió una noche que Al2 “El Aldeano” merodeaba con sus fieles seguidores por el lugar.

Al2 era otro espectador impedido de tomar el micrófono. Parecía un extranjero en una zona donde el rap contestatario fue desterrado. Atrás había quedado la época de Los Aldeanos en el club Barbarán, los puños arriba, un desahogo en playa Jibacoa durante el festival Rotilla, la Batalla de los Gallos. Al2 solo podía sentarse en un rincón y emborracharse para olvidar.

Por otro lado, Bian Oscar Rodríguez Galá, «El B», lanza desde Estados Unidos sus dardos envenenados. Se hace viral en las redes sociales con una versión del tema ¡Viva Cuba libre! Fustiga un rosario de tibiezas, voluntarismos, decretos. Vislumbra el crucero Libertad zarpando de la bahía de La Habana con una carga de espejismos.

En diciembre de 2018, la FAC recibió la orden de que el dúo de hip hop La Alianza no cantara durante los 45 minutos que le habían concedido. La intervención formaría parte del Festival Eyeife, organizado por PM Records. No era un desacato al guión original, hasta que una voz de arriba neutralizó parte del programa.

Ranfis Suárez y José Ángel Toirac, Premio Nacional de Artes Plásticas 2018, han tenido que retirar o sustituir piezas de la Fábrica. Ambos sospechan que las esforzadas y amables curadoras son inocentes. De hecho, la vetada instalación Depende (2017), de Ranfis, ya se había expuesto en el evento oficial Noviembre Fotográfico.

El Decreto 349 se postergó en teoría y se aplica en la práctica. Burla el acuerdo hecho entre sujetos críticos y connotados funcionarios de la nomenclatura. La FAC mira de reojo el proceso, anota, calla. Hasta podría cerrar sus puertas por incapacidad política para acoger lo cuestionador o lo inquietante.

Paladines endiosados de la cultura cubana nunca han ofrecido un concierto en Fábrica. Tales serían los casos de José María Vitier o Amaury Pérez Vidal, hijos de familias ilustres. La FAC es demasiado adolescente, superficial y promiscua para aliados en cofradías espirituales. «Con unos o varios que se quieran basta», diría un confesional Amaury fumándose un habano y quitándole el polvo a un disco de Frank Sinatra con más de 60 años de existencia.

En cuanto a las propuestas sonoras de FAC, músicos de respeto lamentan la presencia de figurines de la sopa transparente como David Blanco, su hermano Ernesto o Adrián Berazaín; un desatino que tiende a soslayar cantautores del estilo de David Torrens o Ray Fernández. Aquí tampoco se presentan bandas insignias del rock cubano, ya sea Viento Solar o Zeus. Lo que en realidad ignoramos es si la causa es un NO del comisario musical en FAC o una evasiva de los ausentes.

Si la farándula ancla en Fábrica no es porque se exponga lo mejor del arte cubano, sino porque no tienen a dónde ir a pasar un rato. Y los músicos del patio amenizan las veladas porque no tienen espacios dónde trabajar para sobrevivir.

¿De qué vale declarar a la FAC territorio libre de reguetón, cuando los jóvenes concientizaron el ocaso de la timba cubana? ¿Cuántos rescatan del olvido a la bruja sin sentimiento de NG la Banda? Ahora los himnos urbanos son de Chocolate MC, El Chacal, Jacob Forever, El Micha Ft Lenier Mesa, Yomil & El Dany, incluyendo con repulsión a Los 4 del pedantesco Jorge Junior. ¿Intocables?

La censura complementa a la mojigatería totalitaria cuando Luis Manuel Otero es conminado a retirarse del emporio situado a unos pasos del Puente de Hierro que sobrevuela los astilleros de Chullima, límite que separa a Miramar del Vedado habanero. Allí todavía se construyen artefactos marítimos para cebar quimeras, inspirando el tufo de las aguas contaminadas que salen al mar en cámara lenta.

Encarnando al personaje de Miss Bienal, Luis Manuel Otero recorrió la ciudad en el marco de la 12 Bienal de La Habana (2015). Era una bailarina del cabaret Tropicana que representaba al artista como la Gran Puta del happening. Ella hacía auto-stop para arribar a conferencias, exposiciones o se tiraba fotos con galeristas, coleccionistas o comisarios atraídos por el exotismo de la falsa vedette.

Miss Bienal personificó la médula del arte cubano revertido en una postal turística. Disfraz sin máscara o coartada lujuriosa como un road movie a golpe de plumas, cosméticos. Travestismo de la condición marginal en barniz glamuroso. Si «el mejor invento de los españoles es la mulata», según el poeta y crítico  Osvaldo Sánchez, Miss Bienal anheló convertirse en símbolo de la folclorización antillana.

Para qué hermetizar el aparato conceptual de una maniobra publicitaria entre palmeras salvajes, si la idea es robarse el show tratando de impactar con el menor esfuerzo. ¿Era sensato ordenar que la Miss Bienal de Luis Manuel Otero abandonara la FAC por hallarse fuera de lugar, cuando encontraba un refugio?

El pasaje ratificó la sumisión del aparato organizativo de la FAC a los compañeros que los atienden. Falacia donde colindan intransigencia política y tiranía mercantil. Una hermandad que fusiona lo peor del capitalismo y del socialismo, treta donde rentabilidad e intolerancia sitúan la expresión artística al borde de un colapso.

A medida que transcurre la noche, la FAC se repleta de gente oculta por los rincones o detenida por azar en áreas visibles. La bebida es cara y muchos guardan como oro la tarjeta de consumo. Si la pierdes, necesitarás abonar treinta pesos en moneda convertible (CUC) o amanecer quién sabe dónde hasta pagar el monto. Si la distracción es una premisa del goce, aquí se revierte en un trance incómodo.

La solución de un abstemio involuntario sería arrancarle pasillos a una nórdica lechosa, incapaz de relacionar el cuerpo y la mente al ritmo de una timba brava. O está el caso de una trigueña robusta, meneándose solitaria en la pista, quien le pregunta a un rubio extraviado: «¿Tú eres cubano?», y el «Sí» de quien buscaba  a sus colegas perdidos la decepciona. Una escena ideal para replicarle a la cazadora falta de puntería: «¿Y tú eres una mujer con vagina, muchacha?»

«Nunca confíes en las lágrimas de una gorda ni en un cadete insertado», agregaría sospechoso El Recolector de Datos Ridículos.

«Subieron los precios de los tragos. Se han vuelto impagables. Son más vasos y trozos de hielo que bebida. La cerveza se acaba. Voy a tener que echar ron en preservativos como hacen otros para coger tremenda nota», dice Daniel Quesada, reportero freelance adicto a la FAC.

El «marcado enfoque social y comunitario» de la FAC queda justificado con sus actividades infantiles diurnas. Se imparten cursos de verano gratuitos acerca de cocina, introducción a las artes. También hay fiestas para regocijo de los infantes procedentes de disímiles estratos sociales. La FAC aporta su granito de arena en la tarea de reconstruir al hombrecito nuevo.

A propósito del factor comunitario, Fábrica podría sacrificar un día de la semana con entrada libre a un público sin presupuesto ni vestuario chic. Ellos también tienen derecho a flotar en un hervidero light, poco dado a fulminar barreras clasistas, sexuales, raciales. Sería una oportunidad para demostrar que la FAC aprieta pero no ahoga a los perdedores sociales, gente cansada de pernoctar sobre la yerba de la calle G o en el muro del Malecón. Aquí solamente liberan toxinas depresivas quienes poseen un excedente monetario para gozar lo que puedas gozar.

A raíz del tornado que golpeó a municipios habaneros la noche del 27 de enero, la FAC acopió y distribuyó donaciones que muchos brindaron para llevar a los damnificados. Alguien diría que es posible tapar el sol con un dedo o saldar cuentas éticas en nombre de una filantropía colectiva. Cuando urge asistir a quienes lo han perdido todo, el vedetismo de los que tienen más pasa a un segundo plano.

Cuba, dicen, es un país único. Una ideología, un partido, una antinación de almas migratorias que añoran reencontrar el cuerpo de la patria y, por supuesto, una Fábrica de Arte Cubano. Esa barricada de sujetos unidos bajo un mismo techo, elenco mutante con actores de pacotilla que se creen ricos al respirar financieramente, mientras los asfixiados deliran creyendo que son felices. La FAC garantiza un atracón de poses que produce mierda artificial hecha para vender como souvenir turístico.