Fanguito

Foto: Abraham Jiménez Enoa

En El Fanguito el pavimento discurre sin rigor. Lo demás –arterias de tierra que colisionan, pedruscos, chozas, carteles dignificando a la Revolución, a Fidel y Raúl Castro, basura– gravita en el río Almendares.

***

En cualquier hora laboral, la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz —calle L y 27— impedirá el ingreso de quien lleve la cabeza cubierta, pero si, por casualidad, alguien lo olvidara, la recepcionista de allí irá como muñeco de resorte a advertírselo en el acto. Es una mujer mayor, vestida con orden y anteojos, que asegura haber sido educadora, y que cada vez que se le presenta la ocasión da lecciones de urbanidad a las visitas.

La casa Don Fernando Ortiz es un puntito neocolonial en el tránsito del Hotel Colina al Habana Libre. Da la sensación de que si desapareciera de la geografía arquitectónica del Vedado no se notaría su falta, menos aún en la del presente, con los voraces incrementos de los restaurantes y los establecimientos privados; con más rótulos de neón aullando por los rincones turísticos de la ciudad.

Adentro se acumulan con respeto algunos legajos de la historia cubana. Viajamos hasta ella buscando destapar los orígenes de esos dominios sumidos en una nata espesa de indiferencia que los habaneros llaman El Fanguito. Una profesora —más de sesenta de edad, expresión grave— duda que se hayan dedicado investigaciones al barrio. Lo dice con la soberbia de quien se anticipa a una pérdida de tiempo.

Otra profesora, joven, look de artista de los setenta, se eclipsa por una puerta lateral después de admitir que tampoco podría esclarecer las raíces del barrio.

Acaso la información no está en los archivos, ni en el bagaje de algún catedrático, porque ha sido incorporada a una multimedia de La Habana, a un CD, aventuran las dos historiadoras, pero el compacto no aparece tras un registro de gavetas más bien frívolo. Solo se agachan, a veces, y hacen como si rebuscaran.

***

Nadie con quien hayamos contactado en las semanas de visitas puede confirmar los orígenes de El Fanguito. Las personas comentan que las viviendas empezaron a armarse como en un LEGO desidioso y terco antes de 1959, mucho antes de que la Fundación New 7 Wonders declarara a La Habana Ciudad Maravilla, un reconocimiento que han inflado en los medios oficiales como aerostato y que algunos habaneros cuestionan.

Una de las calles de El Fanguito cubiertas con asfalto lleva el nombre Prío Socarrás, presidente que fuera sustituido por el golpe militar del dictador Fulgencio Batista en 1952, y se suicidara en Miami con un revólver 38.

Ahora los pobladores del barrio conviven elaborando subterfugios; son nidos de termitas que los edificios vecinos preferirían eliminar porque les roban el fluido eléctrico y el suministro de agua, y presuntamente les ceban los impuestos. Ahora los pobladores del barrio preparan el almuerzo a mediodía, o marchan con los recipientes a recoger el hígado a la italiana y el potaje de frijoles del comedor para asistenciados, cucharean en calma, y siguen pisoteando normas, y habitando con la inexactitud histórica de siempre.

***

“Las aguas del Almendares antes de que el hombre moderno ocupara su cuenca eran puras y cristalinas. Hoy grandes trechos de su curso son verdaderas cloacas, sucias, pestilentes y altamente contaminadas”, esto lo apunta el fallecido doctor Antonio Núñez Jiménez, hace veinte años.

Río Almendares

Río Almendares. Foto: Abraham Jiménez Enoa

Nos hemos detenido en los márgenes de lodo, frente al fluir lento y menesteroso del río. Agua seca. Algunos reflejos vagos que se desgarran y tiemblan en la superficie. Durante la noche ocurren las subidas de mareas, entonces la masa líquida traga tierra, y en los bordes del Almendares, la gente sumerge las pantorrillas en sus propios hogares (el río tiene servicio a domicilio).

El barrio desearía que sucediera al revés. La tierra erial tachando río, proveyendo terreno donde levantar más chozas. El Almendares es marca registrada de la inmundicia de La Habana, ya desde hace años lo sabemos. Lo que ignorábamos, entre otras cosas, es que a unos metros de la orilla una muchacha arroja una manta al suelo y se deja caer para sestear, y que El Fanguito tiene un Comité de Defensa de la Revolución. La monumental organización de masas del país es tan masiva que está, inclusive, donde se prohíbe estar.

Pero, de momento, aún no llegamos a El Fanguito. Entre el lujo del Vedado y de Miramar, la cadena de construcciones torpes que observamos estriba al otro lado, en la orilla rocosa, con paredes de bloques de cemento desnudas. Parece un souvenir, una extraña miniatura que flota arriba de un corcho gríseo.

En el río un bote bascula por caricias de viento pobre. El bote no corre peligro de irse a la deriva porque un cabo lo sujeta a un muelle.

No hay otro camino ni otro recurso visibles para llegar a las viviendas, que la complicidad del bote y el Almendares.

Todavía sin convencimiento, buscamos ayuda de la gente. Un trío de adolescentes se sienta en un tronco de árbol derribado. Nos dicen — lo confirman—  que únicamente llegaríamos a través del río y de la embarcación. Y aseguran que si habláramos con alguien, haría, con gusto, el favor de cruzarnos.

Desde un apiñamiento de casuchas de El Fanguito, emerge el hombre que accede a trasportarnos en el bote. Tiene corte de cabello castrense (muchos de los varones del barrio exhiben el pelo corto, marcial), el rostro es simétrico y suave, los ojos como pequeños focos, viste una camiseta vieja y el color de su piel es del mestizaje indiscernible más común de los cubanos de provincias orientales, mulato e indio. Conversamos un rato, damos algunas explicaciones, y acepta el traslado sin pedir nada, sin preguntar siquiera de dónde venimos ni por qué. De cualquier forma, no hubiéramos podido responderle con precisión.

El río es llano, pero hermético.

***

En el bote está penetrando un agua al comienzo irresoluta, como si no quisiera disociarse del río, luego como si no le quedara más remedio que hacer exactamente lo que hace y se resignara a comportarse igual que todas las aguas, a reaccionar ante las fallas de las navegaciones. El agua del Almendares es un cristal con tal enigma y ausencia de color que recuerda los parabrisas de los automóviles que ocultan a un conductor homicida al volante.

El agua del Almendares es, en fin, amenaza. Me pregunto si penetra por un orificio o desperfecto de la quilla. Me pregunto si los botes presentan quillas. Me pregunto cómo reaccionaría yo si nos hundiéramos en este lugar que no se asemeja a ningún lugar en el cual me agradaría hundirme.

El hombre rema con naturalidad, y nosotros, los forasteros, los seres extraños del entorno, las moscas revoloteando, alejamos los pies del charco que se hincha inexorablemente desde el vientre de madera. Nosotros, probando derrotar el susto.

***

El paso por el río concluye donde se alza un muro de poros grises con salpicaduras de líquenes o de otro organismo verdoso.

Desde la proa ejecutamos un salto mediano a la cima de la pared. Después, la barriga del bote es una poceta mucho más inofensiva, el río es, mucho menos, la pantomima de un río.

El hombre nos indica que preguntemos por El Puro o por su esposa Yolanda, que son comunicativos, amables, que ellos viven allá arriba, señala.

Allá arriba, una cadena de bloques de cementos, una sola vivienda, inquebrantable.

***

A la construcción de El Puro se llega primero por una escalera que se empina hacia una calle del reparto burgués de Miramar, en la que otra escalera te devuelve abajo, como regurgitado, a las cercanías del Almendares. Ambas son un cinto polvoriento que rodea la base del edificio de la Empresa de Producciones Varias, Emprova.

A mitad del descenso, un grupo alegre comparte tragos de ron en vasos desechables. Nos explican que a la casa de El Puro y de Yolanda, se llega después de un pasillo y un tejado de zinc en el que se ha ovillado una gata buscando calor, como en una adaptación del título de Tennessee Williams.

Una mujer cobra el servicio del agua. Existe cierta comicidad obscena en que viviendo aquí haya que pagar por agua. Pero se conoce que los niveles de contaminación no permiten su consumo. Algunos de los pobladores de El Fanguito relatan que hace años un muchacho murió de infección, por lavarse una herida en el Almendares.

***

El nombre Almendares proviene de un Obispo, Enrique Almendaris, a quien quisieron honrar en La Habana perpetuándolo en el río.

Los aborígenes cubanos lo llamaron Casiguaguas; los colonizadores inaugurales, La Chorrera.

***

Yolanda, bajo la anémica luz vespertina, nos observa con recelo desde el vano de la puerta. La cobradora duda entre retirarse y pegar el oído, finge desinterés cuando explicamos que venimos por un reportaje de la vida en los alrededores del Almendares. La palabra reportaje descongela las figuras. La cobradora se va, lentamente, y Yolanda asoma más de su torso, como un busto vivo. Los brazos delgados y fibrosos. No tiene discreciones con la prensa, dice, pero pregunta para qué medio trabajamos. Cuando discutíamos propuestas, la de más aceptación había sido el nombre de El Estornudo, y con él nos identificamos en cada sitio al que fuimos, aún antes de que existiera la revista.

—Ah, no, a ese no lo he leído nunca—dice.

El interior de la vivienda, en contraste con la fachada que muestra hacia el paraje opuesto del Almendares, no es, para los estándares de Cuba, la penuria auténtica. El campo de visión, que entorpece la silueta de Yolanda, permite divisar el piso revestido de azulejos nuevos, los electrodomésticos nuevos, los muebles nuevos, el sofá nuevo en el cual la nieta de El Puro y Yolanda se acomoda para disfrutar de algún programa televisivo juvenil extranjero. La familia se ha ido acomodando de un modo u otro.

Yolanda explica que la familia no le teme al agua. Si el río crece no irrumpe en el hogar. Los dos nietos, mellizos, hembra y macho, aprendieron a cruzar el Almendares remando. Reman para ir a la escuela y regresar, horario de lunes a viernes. Reman para pasear. Reman si requieren algo que obtener de los vecinos de El Fanguito. Porque —dice su abuela— El Fanguito soluciona cualquier insuficiencia: la ironía es un pan bíblico en La Habana.

El Puro, trabajador ilícito del barrio vecino, había salido de casa.

Atraviesa el Almendares a diario.

A diario, a riesgo de hundirse.

El Puro construyó en los márgenes del río y fuera de los de la ley. Su hogar, pese al cobro de servicios y de representar un núcleo familiar para las libretas de abastecimiento, es plenamente ilegal. En documentos oficiales se registra como medio básico de Emprova. Ahí empezaron a construir, en ese terreno baldío a los pies del edificio de arquitectura fina. Ya nadie lograría sacar los kilos de presencia que levantaron imponiéndose ante el cristal intimidante del Almendares. Hay cinco edificios de microbrigadas que erigieron para la comunidad, sin embargo, las familias se aferran a su pedazo, uno tal vez esotérico.

Yolanda dice que de ofrecerle otro lugar cómodo donde mudarse, se marcharían de las orillas del río; en tanto, su casa permanece, su casa erguida, su casa resistiendo, su casa.

***

Celebran un cumpleaños. Aquellos que beben Havana Club y conversan a un lado de la escalera celebran un cumpleaños. Dicen que si somos periodistas reales les hagamos preguntas, que a ellos no les preocupa hablar. El que alza su voz rota es quien anda de aniversario. Está de pie y le hacen una rueda. Mulato, atlético, mediano, nariz de garfio, una aberración del futbolista Rio Ferdinand. Afirma que lleva siglos pescando en el río y no por ello se ha muerto. Que vive en tremenda pobreza y no por ello se ha muerto. Que vio de niño al dueño del león de El Fanguito, un artista circense, paseando al rey felino de las sabanas por el barrio. El melenudo y su domador, en cambio, ya murieron, y del animal nada más perduran las piezas dentales que la viuda del domador guarda con altivez en las mandíbulas de una escultura de su patio, otro félido de piedra que ruge mudo.

Un flaco blanco, tatuado, coloca su mano en el regazo de una mulata. El flaco habla de los cocodrilos que se han aparecido en El Fanguito, que quizá escaparan del parque zoológico de la calle 26, en Nuevo Vedado. Hay un negro, alto y rollizo, dentadura ancha, que como la mayoría del jolgorio afirma haberse criado en uno de los apartamentos de los terrenos usurpados a Emprova. Todos dicen que lo de los cocodrilos es cierto. El cumpleañeros asegura que hay más de increíble, como de ficción. Hubo un día en que una pareja de manatíes nadaba muy enamorada en el Almendares.

Ya en lo alto de la escalera, se vuelca la noche en el río, y el cumpleañeros explica a los otros, aclarándose la garganta: Todo lo que dijimos hoy, lo van a publicar en una revista que se llama El Tornillo.

***

El Puro, de nombre Ezequiel, tenía un agromercado en el cruce de las calles 11 y 26, que debió cerrar por las diligencias y el asedio de un general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, quien atacó la franja de legalidad del negocio. El Puro vive desde el año 1974 a orillas del Almendares. Había emigrado de Holguín a La Habana.

El Puro

El Puro. Foto: Abraham Jiménez Enoa

A Ezequiel le pertenecían tres botes. Debió vender uno para cubrir necesidades.

Sus nietos aprendieron a remar por su cuenta, observando al principio, imitando por último. La escuela más próxima es la de República de Cambodia, y es más sencillo para los abuelos que transiten hacia ella por el río, bogando.

—Se libran del problema del transporte público y del peligro del tráfico en la calle— dice Ezequiel.

Los abuelos les prohíben bañarse en el río.

Un día en que los mellizos jugaban, uno de los dos, Ezequiel no recuerda cuál, cayó al agua por accidente, pero acudieron a sacarlo pronto.

—Declaran que está limpio. Pero no. Todos los desagües desembocan en el río. De los hospitales, de la antigua fábrica de compotas Osito, de las casas. En el 74 eran aguas cristalinas. Cuando lo limpian hacen el trabajo incompleto, y cada lluvia que cae luego arrastra las suciedades y la inmundicia vuelve.

El 29 de Septiembre del 2006, el diario Juventud Rebelde publicaba: “(… ) Se ha producido una reducción en la contaminación del río y, por consiguiente, la mejora de la calidad de sus aguas, la reforestación de su faja hidrorreguladora y áreas aledañas, y el crecimiento de la educación ambiental entre las comunidades asentadas en sus márgenes, entre otros éxitos.”

También redactó: “El daño ha empezado a revertirse, lentamente, pero de manera firme, según políticas gubernamentales de larga data que han permitido ordenar estrategias de manejo que devuelvan al río su calidad.”

***

—¿Usted ha encontrado cocodrilos?

—Sí, por acá, sí. Una vez le arrojé piedras a uno, que es lanzarle granos de arroz a un zapato de cuero. Los han capturado la gente del barrio. Mi hijo me contó que se había encontrado con un ejemplar de dos metros. A ese bicho no lo conocimos. Intentamos atrapar a otro de metro y medio tirándole mallas. Forcejeó lo suficiente y consiguió escaparse.

—¿Qué? ¿Nunca han atacado a nadie?

—No que yo sepa.

De los manatíes, El Puro dijo haber visto tres, una familia. El padre, la madre y el hijo. Son animales mansos, mofletudos, blancuzcos. En alguna época, los colonizadores españoles los confundieron con sirenas; hace unos años, los pobladores de El Fanguito los confundieron con rinocerontes.

— ¿No siente miedo de sus nietos cruzando tanto el Almendares?

— Aunque me veas tranquilo y lejos, los vigilo. Vienen a almorzar, atraviesan el río, y yo no los pierdo de vista.

El río fertiliza tierras de los municipios de Santiago de las Vegas, Guanabacoa, Marianao y La Habana. Mide 45 kilómetros.

De acuerdo con Ezequiel, el fondo hosco, al centro del Almendares, hacia el corazón, alcanza los seis metros de profundidad.

***

En 2014, el Decreto-Ley No. 322, que modifica la ley No. 65, “Ley General de la vivienda”  del 23 de diciembre de 1988, permite la compra y venta de casas en Cuba. A orillas del Almendares, logran vender las construcciones. Ponen un precio muy alto porque cualquier precio sería elevado en esta zona insalubre; a veces, los más listos, haciendo balances, bajan los costos y consiguen el comprador. Algunas valen alrededor de 2 mil dólares, pero al final aparecen necesitados que las compran.

Necesitados necesitan necesitados.

Los que permanecen en el barrio, cuidan de los cerdos y las gallinas. Los cerdos chillan y apestan a coro detrás de las magras paredes, los delgados tabiques. Las gallinas reposan o riegan las plumas en los sofás de las salas.

Los que permanecen en el barrio, colocan las sillas desde horas de la mañana, a unos pasos del bordillo de la acera y conversan largamente. Hay tres mujeres, cada una con prendas de orishas, ninguna trabaja, ni se interesa por salir en busca de empleo.

Si le preguntamos, pensando en la fama de marginal del barrio, por los niveles de violencia que existen, ellas responden: “ay, hijo, nosotros no tenemos fuerzas ni para fajarnos”.

— Y la orquesta de La Charanga Habanera, que viene al barrio a ensayar sus canciones, ¿qué hace por la comunidad?

— Ensayan y punto.

— ¿Por qué el nombre de El Fanguito?

— Míralo tú mismo, estamos rodeados de fango.

***

El Fanguito es como un barranco en el que Isabel vive cuesta abajo. Delgada, con una cicatriz en el carrillo derecho que recorre casi desde el lóbulo de la oreja hasta el área del labio inferior. Desequilibrada, veleidosa, en breve accesible y espartana, en breve violenta y agresiva, brasa, candela. Nos dijeron en el barrio que unos días antes de entrevistarla, había cortado a su madre, una anciana débil y pastosa. Las peleas entre las dos mujeres se remontan a los tiempos de adolescencia, cuando Isabel no excedía los altercados verbales y recién se despojaba del uniforme de secundaria. Después se sucederían intervalos en la cárcel por escándalos en la calle y por riñas.

Isabel

Isabel. Foto: Abraham Jiménez Enoa

Isabel desasiéndose.

Tuvo dos hijos.

Enfermó de SIDA.

Existió un pasado en el que Isabel contaba con más curvas sensuales y libras a su favor; en él, hay hombres discutiendo con violencia por ella, y un ex novio celoso que le corta a navaja el rostro.

***

La calleja húmeda que conduce al apartamento de Isabel no causa impresión ninguna en comparación con la vivienda. A la inversa de varias de las construcciones aledañas, en particular, las más próximas al Almendares, que sus propietarios levantaron con materiales desechados o robados de algún sitio, en abandono o no, —tablas de madera incoherentes, piezas de hierro con óxido, tejas partidas—el apartamento de Isabel está hecho de mampostería, solo que cuando te introduces, se acaba.

Habría que visualizar tres personas repartiéndose un espacio de aproximadamente dieciséis metros cuadrados, restándole lo que ocupan los muebles y la cocina. Si lo imagináramos con determinada fidelidad, la imagen nos produciría alguna asfixia.

Dos pollos corretean a la entrada del apartamento, con ese ánimo universalmente estúpido de todos los pollos. Y un perro carmelita los persigue también como estúpido cuando se cansa de ladrarnos.

—No te preocupes, no muerde—dice Isabel con un resto de amabilidad, los ojos fieros detrás de un velo de tristeza.

—No le temo a los perros—le miento a medias.

—Este me colma la paciencia. Jode que te jode. Lo único que hace es joder como la vieja de allá atrás.

La vieja de allá atrás, la mujer que la trajo a este mundo, su madre.

A un costado del apartamento, hay un pasillo torcido a la izquierda. La anciana vive ahí, en un espacio imperceptible, insoportable. El pasillo lo complican, entre otros trastos, los baldes de plástico en los que orinan y defecan los miembros de la familia.

No tienen baños.

***

En un arranque colérico, Isabel dice que odia a su madre, que la hizo sufrir desde pequeña y ahora anda por el barrio despotricando, mintiendo del trato que recibe; que se inmiscuye en su privacidad cuanto se le antoja.

La fláccida anciana nos describió la situación con laconismo en el comedor para asistenciados El río: A la hija desempleada no le alcanza la ayuda que le brinda el estado por sus circunstancias, alrededor de doscientos pesos cubanos mensuales (menos de diez dólares); el mayor de los nietos, de dieciséis años y con retraso mental, apoya  la economía del hogar trabajando en la recogida de basura cuando sale de clases de una escuela especial.

—Y los muchachos, en medio de la bronca, ¿cómo se llevan con su abuela?

Isabel se enfría, vuelve a su estado más dulce, que nunca es —continuamente lo comprobaría— dulce del todo.

—Ellos se llevan de lo más bien, para que tú veas.

Para que yo vea, los niños sonríen en las fotografías de una de las paredes.

A lo sumo son ocho los muros que delimitan el apartamento. El que muestra como un collage de fotos es aquel al cual está arrimada la litera, donde duermen Isabel y sus dos hijos. Junto a Messi gambeteando en un póster artesanal, otros miembros de la familia. Hermanos, primos, tíos, padres, padrastros. Las fotos despiden lustros, décadas de distancia, como los que posan en ellas. Todos los que se abrazan o se juntan amistosos para el encuadre se han ido alejando. Incluso la Isabel del collage está apartada de la que conocimos. Una luminosidad distinta la cubre.

Las aguas del Almendares, cuando suben por la fuerza de las precipitaciones, inundan la entrada de su apartamento.

Isabel dice que de los hijos el que le provoca la mar de molestia es el más pequeño, que estudia en la secundaria y tiene mal genio permanente, aquello que los maestros definen como mala conducta. La talla de su pie es la 45. Un día extraordinario asistencia social vino —apenas atiende a los casos del barrio El Fanguito porque el total de trabajadores sociales no da abasto para los barrios habaneros vulnerables— con la nueva de que iban a entregarle unos zapatos para su hijo menor. Al conocer de la medida del pie que calzaba, la mujer de asistencia explicó que el par que traía consigo no coincidía, y le dio la espalda. Isabel cree que debió, mínimo, dejárselo para luego tratar de venderlo y así sacarle un poco de jugo a las generosidades del gobierno socialista. Porque una talla 45 es muy difícil de hallar en Cuba.

Nunca volverían con la oferta. Nunca volverían. Pero si hubiera obtenido los zapatos, si los hubiera vendido, nadie sabría decir en qué se emplearía la ganancia. O sí. Porque Isabel es alcohólica.

En la sala dormitorio apenas cabemos el oxígeno, Isabel, yo y los santos en los que cree. Otra asfixia comprime más los escasos intersticios. No la inopia del aire, sino la amenaza latente de algo. El techo desconchado muestra unas cabillas como huesos renegridos, es un organismo de yeso que sufre.

A las once de la mañana, Isabel está buscando una serenidad que no le llega, frotándose la nuca con la mano. En la muñeca macilenta, otra mano, la de Orula. Es en este momento que manotea y se tensa, y dice que contestó todo porque le caí bien pero sabe que la prensa no le solucionará nada. Y dice que cuando me retire saldrá en busca de su madre, que la vieja es muy chismosa por contarnos de su vida y la de sus hijos y, por eso, tiene que ponerla en el lugar que le corresponde, porque es un elemento perverso y quiere con odio visceral que desaparezca definitivamente.

En el lugar que le corresponde.

Cuando cambia de pronto a una señal triste, Isabel es la Isabel que desea morirse porque hace años no la enamora un hombre. Pregunta si yo creo que lo que he visto puede llamarse vida.

—¿Y tus hijos, Isabel? ¿Qué va a ser de ellos si te vas?

— Ellos, los niños, los niños estarán de maravillas.

Las fotos despiden lustros, décadas de distancia, como los que posan en ellas. Sonriendo.