Fidelito en su carnicería / Foto: El Estornudo

Fidelito en su carnicería / Foto: El Estornudo

El carnicero se llama Fidel y su carnicería, 26 de Julio: una especie de cuartel inexpugnable en los bajos de un estoico edificio de microbrigada. El reparto, fiel a los preceptos estéticos del realismo socialista, fue construido a mediados de los años ochenta, después de que un ciclón destruyera las casas de la línea costera del pueblo y el Estado decidiese compensar a los damnificados con esta nueva comunidad, juiciosamente resguardada a un par de kilómetros del mar.

Alrededor de la carnicería, los edificios son de cinco plantas y en sus techos destacan varios tanques de agua, algunos desvencijados palomares de madera y una friolera de antenas ilegales descaradamente públicas que captan la transmisión de las televisoras de Miami. Cuelgan ropas de los balcones enrejados y hay latones de basura desbordados en la acera.

Cárdenas —dos horas de carretera al este de La Habana— es uno de los municipios más grandes de Cuba y, ubicado a menos de quince kilómetros de un polo turístico como Varadero, uno de los más prósperos también. El acceso directo a la divisa y el vasto mercado negro creado a partir del robo de suministros en los hoteles ha permitido que el pueblo continúe creciendo en barriadas mal asfaltadas pero con lujosos caserones de mampostería.

Aquí no hay sistema de alcantarillado y por las calles transitan constantemente ómnibus de trabajadores, bicicletas y coches de caballos. Hay un puerto, una famosa fábrica de ron, un hotel en el que se izó por primera vez la bandera cubana a mediados del siglo XIX, una estación de trenes, una terminal de ómnibus, y la comida, aunque más cara, no es tan difícil de conseguir como en el resto del país.

Reparto donde se encuentra la carnicería de Fidelito (local en azul) / Foto: El Estornudo

Uno de los integrantes de la red de circulación de alimentos en el municipio es Fidel Albelo. Al final de la calle Tenería, con las puertas del establecimiento abiertas, parapetado detrás del mostrador de granito, representa al sheriff de la zona. Su relación e influencia en la vida de las dos mil personas y las seiscientas familias que están bajo su jurisdicción es mucho más alta y efectiva que la de otros servidores públicos —bodegueros, carteros, farmacéuticos— e incluso que la de los enfermeros y doctores del consultorio médico, lo que en Cuba es un mérito inigualable.

Esto quizás se deba a que Fidel, a sus cincuenta, calvo, piel blanca, un escaparate de seis pies de altura, ha pasado más tiempo en la carnicería que en cualquier otro sitio, exceptuando, desde 2004, el cementerio del pueblo. La unidad 26 de julio ha sido su único centro de trabajo. A los veinte, en 1987, debutó en el local. No conoce otra cosa, pero de aquí lo conoce todo.

El grueso de los vecinos mantiene con él un vínculo extrañamente íntimo entre enemigos antagónicos como un consumidor y un carnicero. Le llevan café en un termo, le aceptan los chistes más subidos de tono, y se gritan y se saludan a voz en cuello en plena calle con palabras de genuino afecto disfrazadas de insultos, como «maricón» o «singao» o «me cago en tu madre». No es que no sepan que Fidel roba y que roba de la mercancía que debe tocarles a ellos. Es quizás que, ya que ellos roban en sus trabajos para sobrevivir, saben que Fidel también tiene que hacerlo en el suyo, o que a Fidel no le tiembla la mano a la hora de echarle en la jaba una pieza de pollo más de la cuota a la familia de bajos recursos que lo necesita, o que la persona que es Fidel —su polivalente carisma, un carácter brusco que contagia como una virosis letal, el cumplimiento estricto de su código ético de la calle, que exige ser buen hijo, mejor padre y maleante astuto— los seduce y embruja y, en fin, terminan por quererlo. Pasadas unas horas en su compañía, esta parece ser la hipótesis más sólida.

—Cada cual tiene, cómo decir, su don profesional —dice. Se sube el pulóver y se pasa la mano por la barriga enorme—. Hay que batirse detrás de un mostrador y despacharle a dos mil consumidores para saber lo que es. Y no son dos mil consumidores que están contentos. Son dos mil consumidores que siempre están bravos, porque ¿quién en Cuba va a una carnicería contento?, si ya la gente sabe lo que le va a tocar. Vienen predispuestos, vienen molestos ya —la voz gruesa, una actitud de reposo—. Y cuando les despachas se van peor. Y con razón. Porque no es solo la mierda que les toca, el pollito, el huevito, la libra de picadillo. Es que, de la mierda que les toca, tú tienes que robar. De lo que asignan, tú tienes que sacar lo tuyo. Ahí, al vivo. ¿Y cómo tú mantienes contentos a dos mil consumidores a los que les vas a dar un sablazo? Ah, ah… —concluye, y deja la pregunta en el aire, sin revelar su secreto.

Aquí en Cárdenas, como en cualquier carnicería estatal, los productos principales son subvencionados, y cada consumidor tiene derecho a una cuota de alimentos racionados a través de la tarjeta de abastecimiento. A saber: una libra de pollo en meses alternos y seis onzas de pollo en sustitución del pescado, algunas onzas indeterminadas de picadillo de soya, o la exorbitante cifra de cinco huevos normados al mes.

Desde hace unos nueve años, el Estado liberalizó también la venta de huevos y suprimió otros cinco huevos adicionales que distribuía de mano propia con la canasta básica. El gobierno creyó que el suministro alcanzaría para todos. Los hechos, sin embargo, son irrefutables.

Un botón de muestra: en marzo de 2015, diecinueve trabajadores de las empresas de Acopio y Distribución y de Comercio de La Habana enfrentaron los delitos de malversación, apropiación indebida, falsificación de documentos bancarios y posibles penas entre ocho y veinte años por el robo de ocho millones de huevos. El barco de la administración pública en Cuba es apenas un cascote de hierro herrumbroso encallado en el mangle de la supervivencia personal.

Esto explica por qué el día que el huevo llega a las unidades de venta —mercaditos, bodegas, cafeterías— se dirime entre los compradores una verdadera batalla campal. Hoy es un día de esos en el reparto de Cárdenas. Justo en la esquina de la carnicería de Fidel hay una piquera de coches, y por la calle transitan continuamente caballos famélicos que pulen el asfalto con sus cascos.

Impulsados por la necesidad, emergen vecinos presurosos de cada paso de escalera. La voz se ha corrido. El barrio es una colmena caótica. Una larga fila cuchicheante, inquieta y molesta de treinta personas se reúne a mitad de cuadra, fuera de la carnicería. Es temprano en la mañana, y los clientes que suelen disputarse el huevo liberado son siempre los mismos. Por lo general, amas de casa, abuelas puntillosas, señores jubilados.

El cuadro es pintorescamente costumbrista y, en cierta medida, tierno. Fidel los conoce de sobra y ellos conocen a Fidel. La fila se desdobla y por momentos se traba en nudos de tres o cuatro o se curva y se enrosca sobre sí como una boa en digestión sobre la acera. La gente lleva sus jabas de tela colgadas del antebrazo y sus bolsas desechables apretadas en un puño o guardadas en el bolsillo trasero del pantalón. En la fila hay varias señoras asiduas a las que Fidel les ha colgado sus respectivos sobrenombres, y ahora los grita. Mireya es Mireya La Plebeya. Y Victoria es Vito Corleone. Fidel les despacha y se marchan satisfechas.

Comienza luego una breve discusión en torno a una de las cuestiones filosóficas sin respuesta en la práctica ancestral de las filas: si es lícito o no que alguien le marque a un tercero para que, llegado el momento, ese tercero compre sus huevos sin esfuerzo alguno. Y si alguien puede comprar en nombre de un tercero, tal como pretende hacer ahora una de las señoras.

—¡Aquí nadie va a comprar en nombre de nadie! —vocifera Fidel— Lo digo todos los meses.

La carnicería es un apartamento de microbrigada rediseñado. Detrás del mostrador pegajoso hay dos banquetas y una nevera verde oxidada cuyos manubrios recuerdan los viejos refrigeradores americanos Westinghouse que hasta hace muy poco dieron pelea en Cuba, un país que por necesidad quedó convertido en el parque temático de los autos clásicos y los electrodomésticos de los años cincuenta. También hay cartones en el suelo, miles de huevos amontonados contra la pared y, en una esquina, un cajón con picadillo de soya. Hay además una habitación contigua que debería fungir como almacén, pero Fidel, que no almacena nada, la ha transformado en un taller de mecánica.

En la fila, los ánimos se caldean. El descaro es mucho, dice alguien, siempre se quedan los mismos con los huevos.

—Con este desorden no puedo despachar. Se me controlan, o cierro y no hay huevo para nadie hoy.

No exagera. Aunque la carnicería tiene un horario definido, de ocho de la mañana a doce del día y de tres de la tarde a siete de la noche, Fidel puede cerrarla y abrirla cuando le viene en ganas, cuando es más funcional tenerla abierta o cerrada, y no cuando la norma dice que es. No parece haber en todo el pueblo un establecimiento público que sea tan privado como su carnicería. Esa debe ser una de las razones por las que, a pesar de todo, funciona, dentro de lo que puede funcionar una carnicería que solo de vez en vez recibe productos y que, cuando los recibe, no alcanzan.

***

En 2014, la Empresa Avícola Provincial de Matanzas, encargada del suministro de huevos, llegó a decir que la escasez se debía al estrés de las gallinas, afectadas por las bajas temperaturas, el escaso sol y los fuertes vientos. Aquí, nadie le va a pedir cuentas al otro porque nadie quiere que se las pidan a él. Los grandes casos de corrupción cubanos tienen algo en común: nunca se publica la cifra exacta de las pérdidas. Justamente ese vacío informativo, ese pudoroso dato ausente, revela la magnitud del robo.

A mediados de 2011, Ofelia Liptak, directora de Río Zaza, una importante empresa de comercio de alimentos, fue condenada a cinco años de cárcel junto a otros diez funcionarios. Según la nota publicada por el diario Granma, los enjuiciados «desviaron o permitieron el desvío de materias primas del destino previsto, falsearon información, adulteraron documentos y realizaron otras actividades fraudulentas, con abuso de las atribuciones y contenidos propios de los cargos que desempeñaban, para beneficiar los intereses lucrativos de individuos inescrupulosos en detrimento de los intereses del pueblo y la economía del país».

Ese mismo año, el Tribunal Provincial de La Habana condenó a 15 años de privación de libertad al Ministro de la Industria Alimenticia, Alejandro Roca Iglesias, quien compraba con sobreprecios jugos, leches y otros alimentos a una empresa chilena —propiedad del exjefe de la escolta de Salvador Allende— que empleaba a su hijo. Cuántos millones de dólares se perdieron en estas escaramuzas es algo que Granma —uno de los periódicos más discretos del mundo, lo que no es precisamente una virtud tratándose de un periódico— se va a llevar a la tumba.

En contraste, si hay un arte que el cubano conoce perfectamente bien, es el robo chiquito. Sabe cuánto mide, cuánto pesa, cuáles son los riesgos y beneficios, puesto que no hay casi nadie que no lo haya puesto en práctica al menos una vez. La fina red de malversaciones constantes y pequeñas, más que algún tipo de acto inmoral, se ha convertido en un heroico método de resistencia ante la ineptitud y la hipocresía estatal. O así lo percibe la gente. Compran de manera furtiva la carne de res que algún matarife ofrece en el mercado negro o que algún enfermero o administrador ha robado en los hospitales de la dieta asignada a los pacientes. El kilogramo de leche en polvo, que en las tiendas recaudadoras de divisas cuesta casi seis dólares o 150 pesos cubanos, un cuarto del salario mensual promedio, puede encontrarse en la calle a tres dólares o 75 pesos.

Es lógico que una base material devastada no pueda producir escandalosos millonarios de guante blanco. Cuba es un país secuestrado por un régimen político cuyos planes de desarrollo económico no parecieron ser nunca otra cosa que el último capricho de Fidel Castro por superar nuestro congénito subdesarrollo tropical a través de vías que, no importa cuán fantasiosas o grandilocuentes fueran, solo no podían oler bajo ningún concepto a capitalismo.

Lo que hay en Cuba es una repartición de la escasez, una distribución equitativa de la malversación. El socialismo improductivo nos volvió cultos en las escuelas y ladrones en los puestos de trabajo. Todavía en julio de 2017 los capos ciudadanos del delito podían ser dos empleados de una tienda de Trinidad, una villa histórica al centro de la Isla, condenados a 14 años de prisión por robar una cantidad de cemento valorada en 4.7 millones de pesos, unos 195.833 dólares. Esos son nuestros liliputienses golpes maestros.

Ya a comienzos de la década del 2000, el propio Fidel Castro declaró en alguno de sus discursos que ciertas medidas fiscalizadoras aplicadas en ese momento —como poner a un grupo de trabajadores a vigilar a otro grupo de trabajadores en las gasolineras de las ciudades— arrojaban un fraude millonario, la pérdida de 100.000 dólares diarios, una montaña de mínimos. Y todo esto antes de que el grupo de trabajadores dedicados a controlar también se sumara al juego, lo que, naturalmente, sucedió.

La gran divisa política ha sido que nadie se enriquezca demasiado para no desbalancear el bote de la escasez generalizada, lo que garantiza el status quo. El sistema entendió que podía perpetuarse si socializaba la corrupción y el desvío de 100.000 dólares diarios, ya que de algo la gente tenía que vivir, se repartía de a un dólar por bolsillo, nunca más. El cubano ha logrado sobrevivir —sobre todo después de la caída del bloque soviético— gracias a las libras de arroz, los buches de detergente, las descongeladas pechugas de pollo o los tres o cuatro litros de yogurt que, cada vez que pudo, desvió del lugar al que el Estado quería que fueran para ponerlos en la despensa o en la mesa de sus casas.

Es lo que a la larga buscaba la Revolución, una colectividad laboriosa en función del bien común.

***

Fidel tiene asignadas unas cuarenta y cinco cajas de huevos mensuales para venta normada y unas diez cajas para venta liberada. Cada caja trae ocho cartones de huevos y cada cartón trae treinta huevos. Esto hace un total de 10 800 huevos normados y apenas 2 400 liberados, a poco más de un huevo por vecino.Los huevos normados cuestan quince centavos moneda nacional cada unidad, menos de un centavo de dólar. Los huevos adicionales, antes de que el Estado los suprimiera, costaban noventa centavos, y los huevos de venta liberada, un peso y diez. Los huevos revendidos en el mercado negro fluctúan entre dos pesos y dos cincuenta.

Como muchos, Fidel ha encontrado mecanismos para paliar hasta cierto punto la escasez y despejar con el menor daño emocional posible para los consumidores toda esa ecuación confusa de huevos liberados y huevos normados y huevos adicionales que ya no hay.

—Esto es simple: si el huevo se cae, se rompe. Y si no alcanza, no alcanza, por más vueltas que le des. Este problema y este debate son porque la cuenta no da.

En teoría, el primero que llegue puede comprar las diez cajas de huevo liberado, pero Fidel ha impuesto sus propias regulaciones. No vende a nadie más de dos cartones, una política astuta que ha encontrado el justo equilibrio entre el suministro a los clientes y el lucro personal.

—Si viene el dulcero de un negocio particular y me pide todos los huevos, yo tendría que dárselos, pero ¿y lo mío qué? —dice mientras despacha la mercancía y con su bolígrafo de tinta azul marca cruces en las tarjetas de abastecimiento—. ¿Yo no voy a luchar lo mío? Nadie me puede decir nada. Si un inspector me pregunta por qué lo hago le digo que cómo voy a dejar a esas viejitas sin huevos, que están ahí desde las ocho de la mañana. ¿Quién me discute eso?

Sobre el mediodía, una vez vendidos los cartones que se van a vender, y una vez guardados los cartones que se van a guardar, la agitación cede y el frente de la carnicería se vacía. Hay claras de huevo roto derramadas en el suelo. El sol no golpea tan fuerte. Sentado en una alta banqueta de hierro, detrás del mostrador pegajoso, Fidel deja todo en su lugar y observa el barrio con tranquilidad.

No es recomendable que se quede a solas consigo. Fidel es un portento de metro ochenta y trescientas libras que, sin compañía, puede volverse poco menos que una pasa. Su voz es grave, pero más grave es su silencio. Puede representar tanto al carnicero bonachón y rebosante del pueblo pacífico de provincias, como a Bill Cutting, el terrible matarife de Gangs of New York que lleva el resentimiento inyectado en el ojo. Hay una razón para todo esto. En la pared de la derecha, encima de la romana y la caja del picadillo, cerca de un televisor roto, destaca un pequeño altar con un crucifijo, un ramo de rosas amarillas y el retrato ampliado de un niño de diez años.

Fidel se va al fondo de la carnicería, donde ha montado el taller de mecánica para su Volkswagen de 1990 y su moto TS-250. Apoyado en el capó del auto, zafa la bomba de petróleo que se ha tupido, toma aire y empieza a soplar.

***

Los directorios de restaurantes de La Habana recogen que La Mina, sita en Obispo #109 Esq. Oficios, «es una casona colonial que recrea un ambiente tan criollo como la comida cubana tradicional. Con un patio que sobresale por el verdor de su vegetación, el pozo y la presencia de pavos reales, cuenta con acogedores salones adornados con coloridos vitrales y un rústico mobiliario con taburetes, diseño de marquetería y talabarterías cubanas».

Avalado por esas credenciales cliché, y ubicado en la Habana Vieja, normalmente repleta de turistas con camisas de colores vivos, cámaras fotográficas colgadas al cuello, pantalones cortos y pantorrillas pálidas, La Mina tiene todas las papeletas para ser lo que es: una próspera fuente de dólares.

En el verano de 2004, en un cumpleaños colectivo de los trabajadores del restaurante, con cerveza y música y comida y amigos de amigos, Raúl Suárez, dependiente, conversa con la hija de la cocinera y con el novio de la hija de la cocinera, que se llama Adrián, tiene 23 años, vive en Centro Habana, y escucha con atención todo lo que Raúl tiene para decir. Cómo en La Mina alteran los precios de los platos y multan a los turistas, cómo los empleados compran la carne o la bebida a menor precio en el mercado negro y la revenden en el restaurante con una ganancia limpia para ellos, y cómo todo el dinero que él hace ahí, y más, lo guarda en una caja fuerte en casa de su hermana en provincia.

Raúl y Adrián empiezan a intimar. El muchacho es simpático y a Raúl le gusta que esté pendiente de sus habladurías. Además, los dos crían perros y apuestan en peleas clandestinas. Transcurren un par de meses de aquel cumpleaños y Raúl tiene que ir un día a Cárdenas, el pueblo de su hermana, a comprar un ejemplar de raza. A última hora su consejero se ausenta y echa mano de Adrián para que lo acompañe.

Tras dos horas y media de viaje, llegan a la casa de la hermana. Se llama Nancy Suárez, tiene 36 años y es divorciada. Nancy vive con su madre, de 60, y con Ronald, de diez, el hijo que tuvo con Fidel Albelo, quien fuera su esposo. La familia y el invitado almuerzan y conversan. Luego Adrián pasa al patio y al baño y mira todo eso con detenimiento. Un rato después, los dos hombres se despiden y se van.

***

A las seis de la tarde, llega Peyuco con su hijo. Fidel, embarrado de grasa y envuelto en un salvaje olor a petróleo, interrumpe lo que está haciendo y los atiende:

—¡Dime, Peyuco! ¡Dime, viejo, qué te pasa!

Peyuco, un señor menudo y añoso, necesita que Fidel mueva sus contactos en la Empresa Municipal de Comercio para que un funcionario amigo suyo firme una carta falsa admitiendo que el hijo de Peyuco trabaja en la entidad.

—¡Eso no tiene problema, Peyuco, viejo!

El hijo de Peyuco va a salir del país por segunda vez y necesita constancia de un centro laboral para que le otorguen el visado. Ya lo hicieron así en la primera ocasión y resultó de maravillas.

—Mañana a las siete espérame en mi casa. Cuando yo cierre la carnicería, vamos a ver al socio y él te firma la carta esa que hace falta.

El hijo de Peyuco ya tiene veintidós años y para Fidel es un muchacho especial. Era el amigo de la infancia de su hijo.

Fidel tuvo una hija siendo apenas un adolescente, tuvo un hijo con Nancy Suárez, su primer matrimonio, y tiene también una hija de once con su esposa actual. Hoy la niña, sin ninguna razón aparente, le ha dedicado una postal de regalo donde seguramente le ha dicho lo mucho que le quiere, y Fidel espera ansioso llegar a la casa para sentarse a leerla mientras bebe unas líneas de whisky. Vive en una propiedad amplísima: la sala cargada de adornos, un televisor plasma de cuarenta pulgadas, tres cuartos con aire acondicionado, baño azulejado, cocina con nevera y refrigerador, y un patio techado con un horno para asados y un perro con cara de pocos amigos, raza pitbull o bull terrier.

Después de treinta años de carnicero, a nadie le asombra que Fidel lleve una vida holgada, pero en realidad, dice, la mayor parte de su dinero viene de la compra y venta de carros, motos y piezas de repuesto. Es obvio que, si todo lo que tiene viniera de sus mañas en la carnicería, no habría durado tanto en el puesto. Sin embargo, cuánto dinero gana por una cosa, y cuánto por la otra, no es algo que alcancemos a saber. Ese es su mayor secreto y no piensa confesarlo. Mantiene sus coartadas.

Todo lo que llega a decir son cosas como esta:

—Cuando un camión trae la carne, y tú la vas a desmenuzar y a despachar, a ti por lógica te tiene que sobrar un pedazo. En el mismo gramaje tú vas cepillando lo tuyo. ¿Me vas entendiendo? Y el Estado sabe eso. Sabe que yo tengo que vivir porque lo que pagan no alcanza. Pero eso al Estado no le importa.

—El Estado te deja correr.

—Sí. Ahora, lo que no puedes es querer correr y saltar. ¿Tú quieres ver que yo me empingue y le explote la cabeza a alguien? —Me mira con rostro intransigente—. Que vengan aquí y me propongan cien libras de carne de res.

—Sí.

—El Estado no perdona eso, te parte las patas.

Fidel se refiere a la receptación ilegal y al hurto y sacrificio de ganado mayor —específicamente vacuno—, tipificado desde 1979 en el Código Penal. Este delito puede acarrear incluso hasta ocho años de prisión. No en vano, uno de los principios rectores de la chanza cubana dicta que matar una vaca se paga más caro que matar una persona.

A la llegada de Fidel Castro al poder, en Cuba había seis millones de habitantes y la misma cantidad de cabezas de ganado; en 2019 somos 11 millones y las cifras oficiales dicen que hay dos millones de cabezas menos que hace sesenta años. En septiembre de 2015, el gobierno indultó a unos 3 500 presos por la visita del Papa Francisco, pero la amnistía no incluyó a asesinos, violadores, pederastas violentos y –sí– ladrones carniceros ilegales de ganador mayor. Así de grave es robarse una vaca cubana.

Las carnicerías, como cualquier puesto gastronómico, de comercio, o de abastecimiento, son bombas de tiempo, pero Fidel no tiene aún sanciones administrativas en su expediente, ninguna ilegalidad probada y ni un solo antecedente delictivo.

En 2003 —recuerda— pasó su momento más tenso. El Jefe del Departamento de Hurto y Sacrificio en la Policía del municipio (sí, hay un departamento solo para eso) lo citó a su oficina para interrogarlo con una técnica muy usual entre la inteligencia interna: aparentar que saben más de lo que en realidad saben.

Yo sé en lo que tú andas, le dijo. Fidel le preguntó que en qué él andaba y el oficial le contestó que tenía información de que estaba receptando carne de res para revenderla. Fidel le dijo que se equivocaba. El oficial le dijo que cómo entonces Fidel iba a llevar el nivel de vida que llevaba, con carro, moto, casa de lujo. Fidel le dijo que le iba a hablar con el corazón. Es verdad que él tenía sus comodidades, y es verdad que él hacía sus negocios y que vendía sus libras de carne, o de pollo, o sus cartones de huevo cuando llegaban a la carnicería. Eso era verdad, todo el mundo lo sabía.

Ahora, le preguntó, si usted tuviera las cosas que tengo yo, si usted viviera como vivo yo, ¿usted se metiera en la candela de aceptar carne sacrificada? No, dijo el oficial. ¿Entonces por qué usted cree que yo lo haría?, preguntó Fidel. El oficial asintió, resignado. Luego le dijo que al que velan no escapa y Fidel le contestó que el que nada debe, nada teme.

Un par de años después, los papeles se invirtieron. Un vecino seriote del barrio, llamado Efraín, le propuso que se integrara a la Seguridad del Estado, a las filas de la Revolución. Fidel tenía la fachada idónea. Era sociable, un tipo de negocios, no un corrupto desmedido, al menos en apariencia, la gente creía en él, y, además, su carnicería era la desembocadura del caudaloso río de los chismes del barrio. O sea, que si pasaba algo subido de tono, más allá de los cuernos (nunca mejor dicho) de turno, Fidel sería el primero en enterarse.

Pensó durante varios días cómo justificar su respuesta.

—Que era no, por supuesto, pero a esa gente tú no le puedes dar un «no» cualquiera —dice. Así que la encapsuló lo mejor posible. El trámite fue corto:

«Yo no puedo servirle a un gobierno que no fusiló a los que asesinaron a mi hijo.»

Fidelito en la tumba de su hijo / Foto: El Estornudo

***

El 4 de noviembre de 2004 Adrián bordea junto a dos amigos el litoral noroccidental del país en el tren de Hershey, que va desde La Habana hasta muy cerca de Cárdenas. En Santa Cruz del Norte, un pueblo intermedio, uno de los amigos se arrepiente y regresa. Al mediodía, Adrián llega con Alain, apenas un muchacho, a casa de Nancy, y le dicen que vienen de Oriente y que no saben cómo seguir para La Habana. Nancy los hace pasar a la sala, les prepara dos panes con tortilla, jugo de fruta natural, les regala sesenta pesos a cada uno y les indica el trayecto.

Ella tiene que ir a una tienda, ellos salen con ella, se despiden, pero enseguida ambos rodean la manzana y vuelven a la casa. Les abre la madre de Nancy. La empujan y la extorsionan. Le piden la contraseña de la caja fuerte de su hijo. La señora no sabe. La presionan un poco más. La señora gime, asustada. Toman de la cocina un cuchillo de carnicero que Fidel dejó tras separarse de Nancy. Apuñalan a la señora, la degüellan. Arrastran el cuerpo y lo esconden debajo de la cama.

Esperan agazapados unas cinco horas. Cuando Nancy regresa de su rutina del día, la agarran y la golpean en la cabeza. Aturdida, probablemente sin entender aún lo que está ocurriendo, les dice que esperen un segundo, que el cochero que la trajo está afuera y tiene que pagarle. Adrián sale a la calle y paga con veinte pesos de los que Nancy le había regalado.

Alain está un poco asustado ya. Parece, por un segundo, haber caído en la cuenta de lo que hicieron, o quién sabe cómo exactamente es que vacila un asesino antes de seguir adelante. Adrián, que es despiadado, lo azuza. Siguen moliendo a Nancy a golpes. Debe ser un instante dividido. Si dices la clave, sabes que es tu fin. Si no la dices, te acribillan más. ¿Qué hacer? Decirla. Nancy la dice.

Ya tienen el dinero, los fajos de dólares que durante años Raúl ha acumulado multando a los comensales de La Mina. Los tipos la cosen a puñaladas. Adrián le dice a Alain que la degüelle. Alain le dice que ya está muerta, que no hay que ensañarse. Adrián le insiste. Alain le tiene miedo, sabe que Adrián es capaz de matarlo a él también. Luego, en el juzgado, Adrián llegará a confesarlo: estuvo a punto de asesinar a su amigo.

Así que Alain degüella a Nancy y, cuando ya se van, el niño Ronald, que viene de la escuela, toca la puerta. Los asesinos dirán que forcejeó, y que logró arañarle el brazo a uno de ellos con el bisturí de afilarle la punta a los lápices. Como apenas tenía diez años, no cortarle el cuello fue el único gesto de supuesta compasión.

***

Es domingo, media mañana en el cementerio de Cárdenas. El sol cae sobre los nichos discretos y los panteones de mármol viejo, dándole un poco de calor a los muertos.

Dos minutos. Es el margen de tiempo que, según el oficial de instrucción, tras reconstruir el caso, hubiera salvado al niño. Llegar dos minutos más tarde.

—Lo que yo pienso, después de haber pensado tantas cosas, es que él nació para vivir lo que vivió —dice Fidel. Parquea la moto y se zafa el casco—. Tú no tienes una idea de los lugares en los que esta cabeza se ha metido, lugares oscuros de verdad.

Tras la muerte del hijo, Fidel intentó ahorcarse en la carnicería atado a la nevera con unas sogas viejas. Pero Ronald, desde algún lugar, se le apareció y le habló y le dijo que eso era una cobardía. Fidel reconstruye esta escena improbable con marcado dolor.

—En la vida todo tiene nombre. Si te gustan los hombres, tú eres maricón. Si te gustan las mujeres, eres lesbiana. Si se te muere el marido, eres viuda. Si se te muere la madre, eres huérfano. Y si se te muere un hijo, ¿cómo se llama eso? No se llama, no hay forma. Eso no tiene nombre.

Fidel pensó llevarse los restos de Ronald para la casa, pero, como no podía, se fue él a la casa de los restos de Ronald. Ha levantado un panteón fastuoso en la primera calle del cementerio, probablemente el sitio de peregrinación más popular del pueblo de Cárdenas.

Es una construcción robusta de tres metros de alto y cuatro de ancho, con un pequeño ático y una cruz blanca de mármol macizo. Sobre el techo, con letras de cemento, el nombre del hijo en altas. La lápida reza: “ESTE PANTEÓN FUE CONSTRUIDO A LA MEMORIA DEL NIÑO RONALD ALBELO SUÁREZ QUE OFRENDÓ SU VIDA EN DEFENSA DE SU MAMÁ Y SU ABUELA SIENDO VÍCTIMAS LOS 3 DE UN CRUEL ASESINATO. SE LO DEDICA SU PAPÁ QUE LO ADORA Y NUNCA LO OLVIDARÁ”.

Fidel abre la reja de entrada y camina hacia el osario del niño Ronald.

—¡Eh! —chifla—. ¡Llegó papá! ¿Cómo estás, mi hijo?

Tumba de Ronald / Foto: El Estornudo

El osario está manchado en una esquina por los besos de Fidel. También está manchada la pared, justo donde reposa su cabeza cuando se sienta en el piso.

Adrián y Alain, los asesinos de su hijo, fueron condenados a cadena perpetua y recluidos en la sección de máxima seguridad del Combinado del Este, en La Habana. Fidel los quería muertos. En otro momento, muy probablemente los habrían fusilado. Sin embargo, el asesinato ocurrió apenas un año después de que a manera de escarmiento, tras varios robos de embarcaciones con el fin de llegar a la Florida, Fidel Castro ordenara fusilar en un juicio sumario de apenas cuarenta y ocho horas a tres jóvenes que habían secuestrado una lancha de transporte con treinta pasajeros a bordo, pero que no infringieron daño físico alguno. El escándalo internacional alcanzó para que el gobierno se lo pensara dos veces. Desde entonces, aunque constitucionalmente permanezca vigente, no se ha aplicado la pena máxima a ningún condenado.

Rabioso por lo que considera una injusticia —fusilar a quien no hay que fusilar y no fusilar a quien hay que fusilar—, Fidel le silba a los muertos en el cementerio. Ha celebrado el cumpleaños de Ronald aquí, las fiestas de Navidad, el Día de los Padres. Pone música, pica el cake, sirve el refresco y prepara los panes con pasta de bocadito. Pero luego ha desistido, porque sabe que a la larga la comida se la comen los gatos.

—Yo converso mucho con él, le cuento mis problemas, los negocios en la carnicería —dice sentado en el piso—. Él está al tanto de todo eso. Y él sabe que tiene que cuidar a su madre y a su abuelita, él lo sabe.

Fidel hace una pausa, se pasa la mano por la cara.

—A ver, yo no estoy loco. Él no me oye, eso lo tengo claro. Él está en otra dimensión. Pero a mí me alivia.

Los miles de dólares que gastó construyéndole al hijo un panteón del tamaño de su dolor es un homenaje que ha podido ser posible porque Fidel es carnicero y negociante. Casi cualquier otro padre se hubiese tenido que conformar con una tumba modesta, extraviada en los senderos interiores del camposanto, con alguna breve inscripción que la lluvia y el viento ya se hubiesen encargado de borrar.

Fidel camina por el cementerio y ejerce de guía turístico. Conoce cada rincón y también cada negocio que los sepultureros manejan entre las sombras. Hace un par de años, en el pueblo removieron desde los empleados más rasos hasta los funcionarios más importantes de la Empresa de Servicios Comunales por la venta ilegal de propiedades y terrenos en el cementerio. De hecho, el panteón de Fidel, como tantos, está construido en el parterre, una línea de césped que debió mantenerse intocada. Pero hasta eso se ha vendido.

—El panteón del niño es sagrado, con eso nadie se mete.

Fidel lo dice porque el pueblo es una de las cunas del abakuá en Cuba, la sociedad secreta ñáñiga que provino de África, específicamente del sudeste de Nigeria, y que desde comienzos del siglo XIX rápidamente se extendió entre la masa esclava del occidente de la Isla y entre los mulatos y blancos de extracción humilde.

La influencia de los espíritus en las ceremonias religiosas de la cofradía es mayúscula, son el eje rector del culto litúrgico. De ahí que hoy, en una época en que los códigos éticos del abakuá parecen haberse resquebrajado («cualquiera que trabaje en Varadero y robe en los hoteles y pague cuatro pesos ya se hace miembro o funda un plante nuevo», dice Fidel, quien pertenece a un plante desde muchacho), la profanación de tumbas esté a la orden del día.

Los huesos de los muertos tienen valor y en el cementerio del pueblo son constantemente vendidos a los abakuá. Fidel conversa ahora con uno de los sepultureros, un mulato cincuentón de mediana estatura, oculto entre los nichos, que trabaja desde hace casi una hora en una tumba abierta.

En un país donde ningún trabajo estatal vale por el salario —entre veinte y veinticinco dólares al mes como promedio—, sino por la tajada extra que ofrezca, los sepultureros descaradamente mudan a las tumbas recientes las cruces, los ángeles de mármol y las inscripciones en latín de los vistosos y ya decadentes panteones de la aristocracia decimonónica y la burguesía republicana. Hay solo una cantidad de motivos bien hechos, y rotan al mejor contendiente.

Cuatro ángeles alados, que originalmente custodiaban el panteón de un famoso jefe de la policía del pueblo, baleado por unos delincuentes en la década del ‘40, pasaron a manos de Fidel. Vendió dos en mil dólares, a un comprador de La Habana, y los otros dos vigilan ahora el osario del niño Ronald.

Al preguntarle por qué no encargó sus ángeles a algún escultor, Fidel va hasta un panteón aledaño al suyo y señala un ángel fundido en molde ordinario, erosionado, sin las elegantes várices del mármol, con el cuerpo diminuto y la cabeza exageradamente grande. No se distinguen los dedos y mucho menos las cutículas, y los pliegues de las alas son torpes, de un grosor vulgar.

—Yo no quiero eso para mi hijo —sentencia.

***

La corrupción chica en Cuba ya no se reconoce como tal. Remite al estado primario de las relaciones personales, incluso afectivas. Es el motor sin épica de una sociedad zorruna que se traviste aún con el maquillaje de su drama político y su peso histórico reciente pero que para sus adentros funciona de manera tribal, como una pandilla de rateros.

Fidel aparta sus files de huevo, un vecino le pide ayuda para falsificar un papel administrativo, la policía quiere condenarlo porque piensan que roba lo suficiente, pero luego quiere reclutarlo porque creen que no roba tanto como para considerarlo una falta moral, el leit motiv del asesinato de su hijo es el robo del dinero de un tío que también había robado parte de ese dinero al Estado, y en el cementerio, a su vez, se roban los huesos de los muertos para los rituales de una sociedad secreta, o zafan alguna pieza atornillada al luto de una familia para ponerla en el luto de otra, o venden ilegal una bóveda o un tramo de césped a algún buen postor desesperado, y así, porque así es como las cosas son —el cerco de las engañifas, los rejuegos diarios de supervivencia—, la corrupción prosaica te contiene, y tu drama, cualquiera que este sea, tiene que dirimirse en esos predios. Su peso letal es aparentar que no es ninguno.

Cerca del mediodía, Fidel trepa a su TS-250, se despide de los sepultureros y atraviesa el pueblo en veinte minutos, aunque bien pudo haberlo atravesado en diez, si no fuese por la cantidad de personas que lo paran en la calle para saludarlo. Algunos de ellos visitarán mañana la carnicería, ya sea para comprar huevos, para proponer algún negocio de piezas de carros, o para pedir algún favor al que difícilmente Fidel se niegue.

Llega a la casa, parquea la moto, cuelga el casco en un mueble de la sala y sigue directo a la cocina. Saca del refrigerador un pedazo de tortilla de papas. Mastica opíparamente. Es un portento de metro ochenta y trescientas libras que mira las cosas como un buda feroz.

Nota: Este texto forma parte del libro Perdimos (Planeta 2019), una compilación de crónicas editadas por Diego Fonseca y Martín Caparrós sobre las formas específicas de corrupción en distintos países latinoamericanos.