Gorki y Jimmy en la sala de ensayo de PPR / Foto: Dahian Cifuentes

Gorki y Jimmy en la sala de ensayo de PPR / Foto: Dahian Cifuentes

La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar…

Reinaldo Arenas

Son las nueve de la mañana. Una multitud de pajaritos cantan, disolutos en el perseverante verde que se interrumpe en mi ventana. Son días de lluvia. Lo que cae del cielo es agua hervida, dispuesta en abultadas gotas que, tras chocar con el suelo, expelen una cantidad imposible de líquido. La ropa se adhiere tanto al cuerpo que parece una insufrible segunda piel. Traspiro como un gorila, mientras ejerzo la labor más melancólica de todas: ver llover. Es nuestra primera mañana en La Habana, Cuba.

Doce horas antes, apenas salimos del avión, lo primero que vino a nuestras narices fue un tufo seco, como el que desprende un lugar en que hubo exceso de alcohol, tabaco y sexo. En Migración no tuvimos ningún inconveniente. Las agentes lucían anticuados sastres, verde militar, y una sonrisa que parecía impostada.

—¿De dónde vienen? —pregunta un viejo al que debemos entregarle un formulario en que juramos no traer nada indebido.

—De Bogotá —responde Tess.

—Si no trajo café, señorita, no entra a la isla —dice serio.

—Me dijeron que acá hay un café mejor que el colombiano —digo.

—Es cierto, pero para saberlo hay que comparar. ¡Bienvenidos a Cuba, Patria libre!

Después de tres horas de filas y de trámites para obtener las dos monedas locales logramos agarrar un taxi. Descubrimos, de golpe, que a partir de ese momento no solo seremos personas, sino también billeteras andantes. Afuera del aeropuerto una auténtica tormenta tropical. Justo cuando ya estamos entrando a La Habana se interrumpe la borrasca. Empieza a revelarse una urbe mística, sincrética, envejecida. Es un arquetípico set cinematográfico. Luces bajas y romería sin límites: la medianoche a la vuelta de la esquina y todas las puertas abiertas, la gente camina, bebe, juega, baila en mitad de la calle. Hay ropas colgadas en las fachadas y los enmarañados cables de luz cuelgan, amenazantes, en los postes.

***

Es sábado. Tenemos la cabeza estallada. La noche del viernes la bebimos toda. Despertamos al mediodía. Hiervo agua para un té. Pongo a freír plátanos maduros y organizo un arroz con unas albóndigas enlatadas que después descubriría asquerosas. Tomo una ducha y me visto lo más liviano posible. El calor no me deja pensar. Salgo a caminar con Tess. Tenemos una cita con amigos hasta ahora virtuales. En el primer bodegón abierto compramos un par de cervezas con el dignísimo objetivo de transformar la turbia resaca en una nueva borrachera. El sol es un castigo. Caminamos poco menos de dos horas por el municipio Playa, hasta dar con la dirección de nuestros amigos.

Entro en un edificio pequeño. Remoto. Deduzco que fue construido a mediados del siglo XX. Tiene tres pisos. Voy al departamento número cinco. Me sorprende las medidas de seguridad en la entrada del cinco. Tiene una reja con barrotes de prisión y la puerta es de metal. Hay un esténcil que dice: «La Paja Recold».

Golpeo fuertemente. Nadie responde. Quedamos en llegar a las 16:30. Miro el reloj. Son las 17:30. En el segundo piso veo una niña de unos diez años. Le pregunto si sabe quién vive ahí. Me pregunta si busco al rockero loco. Asiento con una mueca amistosa. Me dice que no sabe nada y me cierra la puerta en la cara.

En la entrada del edificio hay dos mujeres. Una se queja de problemas con su marido mientras la otra limpia sus largas y artificiales uñas. Les pregunto. Me dicen que espere. Al cabo de un rato una de las mujeres me dice que el que vive ahí casi no sale y que si salió no debe tardar. Decido subir una vez más. Esta vez golpeo más fuerte. Escucho pasos.

—¿Quién es? —pregunta una voz contundente.

Quien abre la puerta y la reja es un Charly García cubanizado. Me sonríe con ese bigotico albo tan particular. Está vestido de blanco. Lleva unas pulidísimas botas negras y unos elegantísimos tirantes. Su pantalón va remangado hacia afuera. De su fosa nasal derecha cuelga un piercing y en cada una de sus orejas danza, ermitaño, un pendiente.

—¡Gorki! —saludo efusivo.

—Hola. ¿Vienes solo? —abrazándome.

—No, mi compañera se quedó abajo porque hace un rato golpeé y nadie respondió.

—¿Y eso? —señalando el estampado de mi camiseta.

—Es Emiliano Zapata.

—Un guerrillero de mierda. ¿Con quién fue que hizo la revolución esa que jodió a México? —elevando su voz.

—Con Pancho Villa —respondo.

—Ese, otro hijo de puta chupa pinga.

***

Gorky y Renai de PPR / Foto: Dahian Cifuentes

Gorky y Renai de PPR / Foto: Dahian Cifuentes

Gorki tiene 47 años. Es el líder de Porno para Ricardo, una banda cubana de punk-rock. Opositora. Disidente. Y por eso perseguida, vigilada, criminalizada. PPR es bastante conocida. Ha tocado en varios países de Europa, en Estados Unidos, en México y Argentina. Pero muy poco en Cuba, donde por años sus recitales han sido vetados. PPR es célebre justamente por no poder tocar en su país, por la sencilla razón de que no la dejan.

Gorki vive en un apacible departamento, en el municipio habanero de Playa. Como en la gran mayoría de los hogares cubanos todo allí es antiguo, vetusto, con una estética que el mundo occidental conoce como vintage.

En el living dos sofás se comen la vista de los invitados. Uno más derruido que el otro, pero igual de cómodos. Sobre una pared blanca y en letra cursiva, alguien escribió, grande: «Gorki», con una estrella, a modo de punto final.

El techo debió haber sido pintado, por última vez, hace más de cuarenta años. Detrás de la puerta de seguridad hay cuatro equis, improvisadas con cintas negras y dispuestas en fila descendente. Varios esténciles, prolijamente diseñados, decoran las paredes: «Tú tachas mis cosas yo tacho las tuyas» y «Una chispa pa´ que explote».

La luz entra, radiante, por el balcón que da a la solitaria intersección de las calles 42 y 35. Una bandera de Venezuela cuelga, dispuesta al revés, como queriendo decir algo, y sobre el borde de la galería hay un puerco de plástico. Un puerco que se llama Fidel.

En la cocina una nevera alberga, en su estéril interior, dos botellones para agua. Uno vacío y otro a medio llenar. En el congelador una bolsa blanca permanece desbocada, dejando ver panes tiesos.

Hay una mesa de madera con potes de azúcar, sal, algo de café y una botella de ron vacía. En el lavaplatos un par de vasos descansan, desahuciados, y sobre la estufa una escrupulosa olleta resiste la oscuridad, con su estirado mango teñido de hollín.

Una calavera de cerámica observa la escasez con resignación.

Renay, el baterista de PPR, dice: «Al rock, nada ni nadie puede quitarle la dignidad». Y nos convida a tomar agua.

Al fondo del departamento se extienden tres habitaciones. La que ocupa Gorki: un colchón en el suelo y una buena cantidad de ropa colgada por todos lados. En otra, montañas de cajas y objetos anticuados hacen gala de un descuido detallado y garboso. La última habitación es una nave espacial. Está dividida en dos: un estudio de grabación con un par de computadoras que, para la tecnología de la isla, son de alta gama y varios afiches de bandas como Sex Pistols, Iggy Pop, The Beatles, Beck, Led Zeppelin y Eskoria.

Separada por un vidrio brota, de la nada, una esmerada sala de ensayos con perfecto aire acondicionado y una veintena de instrumentos, amplificadores y pedales. La puerta que comunica los dos recintos tiene las inscripciones: «Viva el diversionismo ideológico», «La pornografía: derecho del pueblo» y «Anal-quía».

***

Renay prepara café. Gorki come un pan que retiró del congelador. Son las ocho de la mañana. Pasamos toda la noche conversando y escuchando música. Tres litros de ron blanco Havana Club hacen parte de nuestro repertorio acumulado. «Estamos bien… protegidos por el rock», dice Gorki irónicamente. Prometemos volver para traer una memoria USB empachada de música difícil de conseguir en la isla.

Salimos con Renay.  Un calor húmedo y terrible se mezcla con olor a tabaco. Veo un bodegón. Pido tres cervezas. Nos instalamos en un parque. Renay nos cuenta sus pegas amorosas con una chica de República Checa. Hace cuentas con la diferencia horaria y decide que llamará una vez nos despidamos. Hablamos de José Lezama Lima y Reinaldo Arenas. Renay es Ingeniero Civil no practicante: por su participación en PPR lo echaron del trabajo, lo sacaron del Partido y, así, le partieron la vida. Su brillantez es inagotable.

En un semáforo nos arrojamos un hasta pronto. Renay se pierde en las inmediaciones de una calle que se derrite. Le pregunto a Tess qué piensa y me dice que nada. Yo le digo que creo que la distancia que separa a casi todo el mundo de Cuba es la misma que separa a los planetas.

Después de algunas cuadras vuelve a asaltarnos la sed. Fatalidad. Compro dos cervezas más. Nos sentamos frente al bodegón a disfrutarlas. Estamos cansados, pero tenemos confianza en que será la última parada antes de llegar a casa y doblegar la extenuación con el sueño.

Entonces un policía se para frente a nosotros. Hace ruidos con su intercomunicador. Llega una patrulla y nos obliga a subir a ella.

—¿Qué pasa oficial?

—Medidas de seguridad.

—¿Qué tipo de medidas de seguridad?

—Medidas, muchacho.

Tess calla, pero sus ojos me hablan. Desconfianza. Alarma. Agarro su mano y le digo que todo va a estar bien.

Pasadas las 11 de la mañana llegamos a la estación. Los policías se muestran amenazantes. Una foto de Fidel Castro da la bienvenida al recinto con una leyenda trilladísima sobre la Revolución. Personas esposadas esperan a que hagan algo con ellas. Otros lidian, íngrimos, contra oficiales inertes. Cuando el policía que nos recibe se percata de nuestra extranjería le baja dos cambios al trato. Yo le subo tres. Los que nos llevaron ya están otra vez, allá afuera, a la caza. Miro fijamente al policía preguntándole cuánto va a durar el capricho. Él baja la mirada. Siento que se siente vulnerable. Pasadas las 12, llegan dos personas de civil. Piden revisar nuestras mochilas. Las llevan a una oficina. Otro tipo de civil me pide calma, yo estoy calmado, pero todo me parece arbitrario.

«Así es acá y si no te gusta te vas», me dice. «Pues mire, bobalicón, si me pudiera ir ya estaría en una playa, pero usted no me deja», respondo. «¡Cállate!», me ordena.

Tess habla con un par de oficiales. Me acerco. Veo al tipo que me mandó a callar hablando con los dos que pidieron nuestros maletines. Voy hacia ellos. No quieren hablar conmigo. Piden hablar con «la muchacha». Le preguntan de dónde somos, a qué nos dedicamos, cuánto llevamos en Cuba, qué vinimos a hacer, qué tipo de relación tenemos. Registran la cámara, cuestionan nuestra grabadora de voz, confiscan la computadora. De la nada sale un tarrito blanco que jamás en nuestras treintañeras vidas habíamos visto. Ni Tess ni yo. «¿Qué es esto?» «Yo qué voy a saber», responde Tess. «Es muy raro», dice el tipo que me mandó callar. «Esto me huele a marihuana. ¿Consumieron?» «No consumimos». «¿Y entonces esto de dónde salió?» «Eso mismo nos preguntamos nosotros. Cuando entramos a la estación no teníamos eso encima». «Es muy raro», dice, mirándome con aura de poder. «Pues apareció, y es de ustedes ¿entienden?»

Uno de los oficiales de civil me lleva a un cuarto. Hay una imagen de Raúl Castro, magnificente. Amenazadora. El oficial pregunta de todo. Me dice que estoy detenido por sospecha de narcotráfico. Me río. El tipo se acomoda sobre su sillón inquisidor, apoya sus codos sobre la mesa, entrelaza los dedos de sus manos y me pregunta, con voz de juez a punto de emitir una condena: «¿A usted le gusta el rock?» No puedo creerlo. Vuelvo a reír. «Sí, maestro, por supuesto que sí me gusta», le respondo, acomodándome sobre mi sillita de procesado y apoyando mis codos y entrelazando los dedos de mis manos. El tipo continúa: «¿Quién es ese que lleva en su camiseta?» «Emiliano Zapata», le indico. «¿Un rockero?» Es imposible evitar reír. «No, maestro, un revolucionario mexicano».

Permanezco en ese salón unas tres horas. Cada tanto entra un nuevo tipo a hacerme las mismas inútiles preguntas. Pido ir al baño. Me permiten ir bajo custodia. Veo a Tess en el living de la estación. Los oficiales desaparecen y puedo sentarme a su lado. «¿Cómo estás?», pregunto. «Ya me quiero ir», dice. Se me ocurre una fabulosa idea: «¡Pues vámonos!» Entonces veo que los policías de guardia discuten entre sí, dando la espalda a nuestras pertenencias. Rápidamente entro a la oficina y las saco. Vuelvo al lado de Tess. «¿Vamos?» «Sí», dice, «sal tú primero». Agarro las cosas y salgo como si nada. De repente escucho silbatos. Me agarran entre cuatro. Me llevan a una celda. Un policía me empuja. Yo le devuelvo el empujón. Veo la furia en sus ojos. Le hago, también, mi mejor cara de furioso. Entrego todo a Tess. Me meten en un calabozo con otros 16 hombres.

Por suerte un pedazo de sol se filtraba al fondo de la celda. Cada quien se llegaba hasta allí cada tanto. Yo aproveché mi cuarto de hora, y el resto del tiempo estuve sentado, rabioso, envuelto en un silencio muy parecido al que sigue a la primera comunión.

Siete horas después me dirigirían al mismo salón donde está la gigantesca foto del general de Ejército o dictador de Cuba Raúl Castro Ruz.

En el salón me encuentro con Tess y tenemos a cuatro agentes de Contrainteligencia encima, dos antinarcóticos, otros tres cuya adscripción no identifico, uno de Inmigración, dos policías. Otra vez el mismo cuestionario que tanto Tess como yo, a esa altura, hemos respondido media docena de veces. Vuelvo a ver el tarrito blanco. Pienso que si tuviera droga jamás la guardaría en un tarro así. Tendría algo bien pulido, diseñado, algo que me incitara al alegre consumo. Una chica con bata blanca agarra la sustancia y la mete en un tubito de ensayo. Todos la miran. Le pone un químico azul. No pasa nada.

Un tipo —el más deficiente de todos— nos dice que necesitan que entreguemos muestras de orina individuales. «No las vamos a mezclar», le digo sardónicamente. Me quita la mirada. Nos explican que todo eso se va para un laboratorio y que si sale positivo podríamos ir presos de uno a tres años. Yo río. Tess me pisa por debajo de la mesa. Ella les asegura que ese tarrito no es de nosotros, que no tenemos ni la más remota idea de dónde salió. Yo sugiero que, si quieren, que me pasen el tarrito y que en un segundo les saco de la duda sobre si es o no marihuana. La palabra marihuana les causa estupor. Es una palabra satánica. Como indicar explícitamente cómo se hace un buen 69, o un beso negro, en un congreso del Opus Dei. No aceptan mi oferta. Tienen ganas de rompernos la cabeza. Nos intimidan: «El laboratorio se encargará de dictaminar qué es. Y ya saben: si sale positivo la prisión es de uno a tres años».

Documentos y citaciones autoridades / Foto: Dahian Cifuentes.

Documentos y citaciones autoridades / Foto: Dahian Cifuentes.

***

Doce personas mirándonos, cuestionándonos en un pequeño salón sin ventilación. Sudamos. Por primera vez en casi 12 horas de detención nos preguntan por Gorki. Empiezo a entender por dónde va el agua al molino. Hablamos de él: un tipo amable, sensato, inteligente. El mismo que antes preguntó si me gusta el rock vuelve y cae en la estupidez: «¿Es rockero?» «Sí, maestro, es rockero, un buen rockero, mire nada más cómo los tiene de nerviosos a todos ustedes», le digo. Pareciera que la palabra rock también les causara estupor. «¿Qué hacían con él?», consulta una voz parduzca. Entre Tess y yo reconstruimos todo. Les mostramos el material de la entrevista que hicimos. Los videos de PPR, con nosotros, charlando sobre muchas cosas. Brindando, cantando, discutiendo. Hasta nos dieron el gusto de verlos tocar algunos temas inéditos.

Ven todo el material que tenemos en la laptop de Tess: un viejo pescador al que llaman Mr. Hemingway nos cuenta chistes machistas y hace gala de su virilidad octogenaria en un malecón hirviente; en la calle Obispo, un verboso y veterano judío, que vive de la sinagoga a la que asiste, nos narra la historia de los judíos en Cuba; tres jóvenes musulmanes que nos recibieron en una mezquita de La Habana relatan sus experiencias de conversión al islam y lo extraño que resulta practicar esa religión en Cuba; por último, un viejo menesteroso que recoge latas en Centro Habana enumera las miserias de su vida y llora recordando a su madre. Es todo.

—¿Ustedes son turistas?

—Sí, obvio.

—Y todo este material, ¿por qué?

—Es nuestra manera de acercarnos a los lugares que visitamos. Nos gusta hablar con la gente, escuchar sus historias de vida, nos interesa generar lazos para entender mejor la idiosincrasia de la ciudad, o el país que nos recibe. Odiamos ese turismo frívolo de ver todo como algo exótico. No pretendemos tratar a los locales con cautelosas y lastimosas miradas, ni saludarlos con invisibles guantes de látex, ni darles limosnas. Básicamente aborrecemos el turismo que hace todo el mundo con sus teléfonos inteligentes y sus redes sociales y sus restaurantes caros y bares multilingües. Ni siquiera tenemos tarjetas de crédito —respondemos, desordenadamente.

—¿Y qué les interesa saber de Cuba?

—Nos interesa conversar con su gente, conocer la idiosincrasia del país a través de la cotidianidad de las personas de a pie: comer lo que comen los cubanos, escuchar lo que escuchan, reírnos de lo que se ríen, utilizar sus medios de transporte. Aprender, esencialmente lo que queremos es aprender. Y fue por eso que dimos con Gorki. Porque, les guste o no, él hace parte de este país y, como ustedes, tiene mucho para decir de él.

Llegan dos personas más con insignias del Ministerio del Interior. Balbucean cosas entre ellos mientras nosotros declaramos. «Tienen que esperar», nos dicen. «Esperar. Ese tal Gorki es una persona mala», comenta uno. «Mala no», digo, «es el mismísimo demonio para ustedes y me gustaría entender el porqué de semejante parafernalia…» «¿Parafer… qué?», me miran las 14 personas que nos rodean. Tess les cuenta qué quiere decir la palabra parafernalia. Uno de ellos se anima a responder: «Es malo porque está en contra de nuestro proyecto». «¿Y cuál es el proyecto de ustedes?», devuelvo. «Hermano», dice con soltura, «el Socialismo». El más viejo de todos notifica que se acabó el interrogatorio pero que debemos aguardar a que vengan otros agentes de Contrainteligencia. Al parecer no bastaba con los que ya estaban allí o, simplemente, la situación ya excedía la inteligencia de los presentes y debían llegar los verdaderos capos de la Inteligencia cubana, quienes iban a dar con la cuadratura del círculo o, lo que era lo mismo, con nuestro secreto y recién fundado proyecto contrarrevolucionario.

Nos separan otra vez. A Tess la suben para tomarle otra declaración. Yo me quedo en una oficina en la que ahora aparecen los hermanos Castro Ruz dándose un abrazo. Sonríen los dinosaurios. En la entrada un tipo me hostiga para que orine y yo no tengo ganas. Quiero cerrar mis ojos y descansar. Pasadas tres horas me indican que necesitan ir a nuestro lugar de residencia. Les digo que bueno, que no hay drama, que vayamos todos juntos. Me sacan al estacionamiento y ponen frente a mí dos autos particulares. Me suben en el primero, con tres hombres de civil, más el conductor; en el segundo se suben cuatro hombres uniformados. Me siento en una película de mafias. Como son la Ley no respetan las normas de tránsito. En el trayecto, alguien que casi es atropellado les grita algo y, frenando en seco, amagando abrir las puertas, los oficiales le recuerdan al pobre sujeto la existencia de su madre. Llegamos muy rápido a la casa, ubicada sobre la calle Tercera en Playa.

Suben los autos a la vereda. Bajan todos. Dos uniformados se quedan en la entrada del edificio. Suben conmigo los otros seis. Dos aguardan en la entrada del departamento y los demás ingresan conmigo. Me preguntan una docena de veces «¿Qué es esto?», haciendo referencia a diferentes cosas: chocolatinas y dulces colombianos, alfajores argentinos, bolsitas de té de manzanilla y boldo, implementos de aseo, etc. Abren la nevera y los convido a agua helada. Nadie me recibe. Yo me sirvo un vaso. Después vamos a mi habitación. Ven mi laptop y piden llevarla. Saco mi billetera con otros documentos y algo de dinero. Por las dudas. «¿Vamos?», me dicen los superagentes cubanos. Les digo que no, que debo entrar al baño. Me dicen que en la estación puedo entrar y les respondo que en esos baños no caga nadie. Generalmente, demoro deponiendo uno o dos minutos. Para mí es una transacción satisfactoria, pero me gusta que sea rápida. Esta vez demoro unos veinte minutos. Ellos permanecen en silencio. Aprovecho y me lavo las manos y los brazos y el rostro. Me pongo un poco de desodorante y me cepillo la boca. Miro a Emiliano Zapata y sonrío. Salgo, recojo lo que tengo que llevar y nos volvemos a embarcar para la estación. Volvemos a atravesar la madrugada habanera. Esta vez más rápido. Les pregunto por qué no tienen sirena, ya que eso me parece emocionante. Responden que para qué, que eso era muy caro y escandaloso y que, entre más desapercibidos pasaran, mejor.

Llegamos. El policía que quiere que orine me vuelve a fustigar. Me lleva a tomar agua. En tres horas he tomado unos cuatro litros de agua y las ganas no llegan. Tess sigue en la misma oficina rindiendo indagatoria frente a cuatro personas. Yo sigo con mis flamantes escoltas. Uno se sienta a mi lado y empieza a hablarme de fútbol. Me pregunta cómo están las cosas en Colombia. Que qué pienso de las FARC, para él —según sus propias palabras— esa guerrilla es lo mejor que le ha pasado al país de James Rodríguez, su ídolo. Me quedo callado. El tipo nunca comprendería. Que si me gustan las mujeres cubanas, que si las he probado y qué significado tiene en Colombia la palabra gonorrea. Hay un silencio, el cansancio empieza a pasarme factura. El tipo dice: «Nosotros creemos que tú estás encubriendo a Gorki y eso te complica. Eres un contrarrevolucionario. Además, te están abriendo el expediente por narcotráfico y, si los análisis salen positivos…» «Sí, ya sé», le digo, «de uno a tres años. Eso no me preocupa, creo que primero me deportarán». Ahora le pregunto si ha escuchado PPR. «No, no, no, nunca…», responde alterado. «Pues deberías. De verdad que deberías porque es música muy divertida». «Eso es contrarrevolucionario», indica. Yo levanto mis hombros y él se para diciéndome: «Tú eres contrarrevolucionario, ¿entendido?» «¿Es un cumplido? Gracias».

A esas alturas sumamos ya 17 horas detenidos. Ya hemos contado desde nuestras predilecciones gastronómicas hasta detalles íntimos de nuestra relación. Parecen niños pequeños escuchándonos y, cuando se acuerdan de que son la Ley, se ponen serios y hablan del tarrito blanco con la supuesta marihuana.

Veo a Tess. Viene custodiada por un agente de civil, quizá el único con media idea en la cabeza. Él me dice que suba, que es la hora de mi interrogatorio. Cinco personas me escuchan y una mujer, vestida con ordinario sastre militar, toma mis declaraciones en la computadora. Miro el reloj. Son las 4:30 de la mañana. La mujer dice, en voz baja, a uno de los tipos: «Todo coincide». Tess está detrás de mí. Les dice: «Me quiero ir ya, esto parece una broma, es ridículo e injusto». El policía que quiere que orine replica que, si yo no orino, no nos podemos ir. Tengo ganas de todo menos de orinar, pero, bueno, vamos a intentarlo. Me llevan a un baño asqueroso, lleno de mierda seca por todos lados. Paso media hora de mi vida ahí haciendo ruiditos para obligarme a mear, hasta que por fin sale un chorrito, el necesario. Se lo entrego y le digo al policía que no pude ordeñarme más. «Lo siento: cuando tengas los resultados espero verte para que nos riamos juntos», digo. «¿Y de qué nos vamos a reír?». «De toda esta estupidez. Mírate, deberías estar abrazando a tu esposa, sumergido en un sueño profundo, y no metido en un baño hediondo con un colombiano que no puede mear». Vuelvo a la oficina. Están imprimiendo expedientes. Veo cuatro palabras clave: «Gorki», «rebelión», «marihuana» y «narcotráfico». Solo me estremece la última. Firmamos todo no sin antes leer cuidadosamente. Rubriqué 11 veces los documentos membretados por la Seguridad del Estado cubano. Nos paramos a las 5:10 am. Dieciocho horas detenidos. Genial. Estamos más que cansados. Podridos del sueño. Pedimos los equipos y nos responden: «No, todo se quedará a dormir unos días aquí».

Saliendo nos encontramos con un anciano vestido de paño, con tres estrellas sobre la solapa de su camisa: «Mañana los esperamos a las 9:30 de la mañana. Si eso sale positivo, muchachos… Porque acá en Cuba eso no está permitido. Y, si no vienen, no nos va a molestar ir por ustedes».

En el estacionamiento nos esperan un auto con la puerta abierta y dos oficiales uniformados: «Los vamos a llevar hasta su casa». Qué amables.

***

Dice Céline, en alguna parte, que traicionar es fácil. Lo difícil es tener la ocasión. Me pregunto si alguno de los individuos que nos trató no habrá encontrado un espacio, tal vez no para traicionar, pero sí para dejar de cohabitar o reproducir la ficción política isleña.

***

Mural en Centro Habana/Foto: Dahian Cifuentes.

Mural en Centro Habana/Foto: Dahian Cifuentes.

9:30 am. Completamente alicaídos y aplastados psicológicamente volvemos a la estación. Quieren que firme un documento que lleva como título «Proceso penal en contra de (mi nombre, nacionalidad y número de pasaporte)». Pregunto qué significa eso y nadie da razón. No lo firmo. Traen a la misma inepta de la madrugada. La chica viene sonriente. Me explica que solo son palabras y que eso no tiene ninguna relevancia real: «Simplemente así se llama el procedimiento».

—A ver, señorita, un proceso penal en contra de alguien en cualquier lugar del mundo, con Socialismo o sin él, es un proceso penal. Es algo grave. De abogados y fiscales y condenas.

—No, acá en Cuba no es así —responde—. Solo son palabras, pero si los resultados salen positivos a lo mejor sí necesitarán abogados… Pero eso después, por ahora no. Firme, ya está muy comprometido, si no lo hace va a ser peor.

Con ocho ojos encima, no me animo a estampar mi rúbrica verdadera. Ciertamente, si el asunto no tiene ninguna relevancia «real», entonces puedo garabatear cualquier cosa que no tenga nada que ver conmigo: trazo una línea…

Después llega alguien de antinarcóticos con otros dos papeles que tenemos que firmar para que hagan los respectivos análisis de orina. Vuelvo a trazar la línea… Tess, más seria, firma de verdad. Salimos de la oficina y nos piden que esperemos, no sin antes designar un policía para que nos custodie. Ocho horas después nos llaman. «Pueden irse, pero mañana los esperamos a primera hora».

—¿Para qué? —discuto.

—Mañana llegan los resultados del peritaje.

—¿Y nuestros equipos?

—Los está examinando Contrainteligencia.

—¿Por qué no nos deportan ya? —reprocho.

—Hay que esperar los resultados. Si salen positivos hay que ver de cuánto es la condena.

—Condena esta lentitud —dice Tess.

—Tengan paciencia.

Volvemos al día siguiente. En el centro del patio de la estación, que ya no es solo estación sino también cuartel, fiscalía y prisión, un artista ha emplazado una estrella blanca y empieza a pintar el rostro de Fidel. Sus pinceladas agarran el ritmo del reggaetón que rompe los parlantes de su celular. Es 8 de agosto. El eterno, único e inolvidable Comandante en Jefe —así lo leí en el periódico oficial Granma— cumple 91 años el domingo 13. ¿No era que el anciano había muerto a finales de 2016? Pues no. Para ellos sigue vivo y se refieren a él como uno más que viste, baila, canta y gobierna.

Pasado el mediodía nos notifican que al día siguiente Tess tiene una cita con un fiscal y un abogado defensor. Cinco horas más echadas por la borda.

Volvemos. Por supuesto, un poquito más podridos, al día siguiente. Por enésima vez interrogan a Tess, mientras aparecen fiscal y abogado. A las 12 llega la fiscal. Van por la abogada, pero la moto vuelve sin ella. Resulta que la abogada es ciega, y acudirá con su madre. Envían un auto. Llegan a las 15. Como la abogada y su madre no han almorzado, el acaudalado y generoso Estado cubano las invita a comer en un comedor castrense por el que nosotros también hemos pasado. El asunto empieza a las 16. Cinco mujeres hacen la audiencia. Termina a las 17. Tess sale y me dice que nos creyeron todo. Le pregunto por qué habla como si hubiéramos mentido.

—El problema fue la reunión con Gorki: no soportan que extranjeros se reúnan con opositores de ese calibre y, por tanto, para sacarnos toda la información posible quieren imputarnos lo del frasquito con la supuesta marihuana. Bueno, para ser más específica, quieren imputártelo a ti —aclara Tess.

Mientras intercambiamos palabras de aclaración jurídica con la abogada, baja una oficial del Ministerio del Interior y nos dice que los peritajes tanto de nuestra orina como del frasquito han salido negativos. Tess se alegra. A mí todo esto me indigna más. Pregunto hasta cuándo tendrán retenidas nuestras cosas, y nos vuelven a citar para la entrega al día siguiente.

Efectivamente, estamos de vuelta al día siguiente. Una oficial nos dice que esperemos. ¿Esperar qué? «A que almuerce», responde, «tengo gastritis». «Nosotros tampoco hemos comido nada y estamos acá. Solo es que nos entregue las máquinas y chao». «No, debo comer», insiste. «Mire, ya todo esto pasó de ser un problema para convertirse en una burla, entréguenos las dichosas máquinas, que nuestra decisión es largarnos en el próximo vuelo que salga de esta condenada isla para cualquier país del mundo en donde uno pueda hablar con quien le cante. En donde conversar con la gente no sea delito». La oficial dice: «¿Se van a ir?» Le decimos que sí. En menos de diez minutos Tess firma un documento y recuperamos todo.

Antes de irnos, la oficial dice que tenemos que pasar por Inmigración para un chequeo de rutina, pero que eso tendrá lugar el día siguiente, a determinada hora, en tal lugar. Fidel, ya pintado en la pared, está sonriendo. Su mirada parece honesta.