Haydée Milanés

Haydée Milanés / Foto: El Estornudo

En casa de Haydée Milanés hay que andar descalzo. Uno llega al apartamento, pasa y, a un costado de la entrada, debe dejar los zapatos donde ya hay una fila de calzados pertenecientes a la familia. Un amigo me lo había advertido, no me tomó por sorpresa. Por eso, antes de salir, fui a buscar en el fondo de la gaveta para la ropa interior unas bonitas medias de colores que hacía tiempo no usaba.

A las 11 am toco el timbre. Abre la puerta Alejandro Gutiérrez, manager y esposo de la artista. Alejandro lleva un short, una camisa y está descalzo. Dentro me presenta a «Haydeecita», la hija del matrimonio, que tiene seis años y que dice querer ser dentista como su tía paterna mientras mira una película de animados en la sala.

Alejandro me indica que vayamos a la cocina, que Haydée vendrá enseguida. Días antes, cuando quedamos para la entrevista, ambos me habían invitado a almorzar. A esa hora Gutiérrez comienza a deshuesar un pollo que luego nos comeremos y me brinda una copa de vino tinto. Con un cuchillo en la mano derecha me pregunta cómo es hacer periodismo independiente en Cuba. Seguimos esa ruta y hablamos de Cuba en general, de sus complejidades: «… de lo malo que se está poniendo la cosa».

Haydée Milanés entra a la cocina y me sorprende por la espalda. Me saluda con amabilidad y me pide perdón por la demora. «Es que me estaba duchando; mira la hora y es el segundo baño del día, hay mucho calor», dice. «No pasa nada», respondo.

Es más menuda y pequeña que como luce en fotos y videos. Está de domingo: pelo suelto y blusa ancha que le cae encima de un short de mezclilla. Atrapa el hilo de la conversación con rapidez, y se suma. Me pregunta si «Ale» ya me brindó «algo». Le enseño la copa de vino. «Voy a comerme una naranja, tengo hambre», dice, y descubro que habla bien bajito, con pausas, con todas las letras.

La charla de tres dura un rato más hasta que la cantante decide interrumpirla: «¿Quieres empezar ya?». Tomo mi vino y nos vamos a la sala. A Haydeecita la mudan hacia lo que debe ser un cuarto de estudio.

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Pablo Milanés nació en Bayamo. Por eso Haydée creció entre La Habana y esa ciudad oriental. Todos los veranos la familia viajaba a la provincia de Granma, donde el padre ofrecía conciertos. A la niña le encantaban esos viajes.

«Era como si fuera otro país, era otro ambiente, otras personas, otras frutas. Comía muchas frutas. Me regalaban mamoncillos, grosellas, una frutica que más nunca he visto. Nos bañábamos en un río. Aprendí a nadar con dos años».

A Haydée Milanés le gustaba jugar con muñecas, pero disfrutaba más los supuestos juegos de varones. Siempre estaba correteando, saltando muros, trepándose en los árboles. Recuerda: «De niña era muy física, me gustaban los juegos que fueran peligrosos, el desafío de hacer cosas que representaran un peligro. Me divertía eso».

Quería ser corredora, quería ser gimnasta, quería ser bailarina. Ella y su amiguita Cristina eran las más veloces en las clases de Educación Física. Incluso, dice: «Corríamos más que algunos varones». También disfrutaba medir sus fuerzas con los varones haciendo «el pulso».

«No veía que hubiera una diferencia entre hembras y varones. Fui muy rebelde en cuanto a eso y en casa nunca me pusieron freno. Siempre me sentí muy libre. Me molestaba mucho cuando había una regla o una diferencia que pudiera suponer una limitación por parte de la mujer. Siempre quise romperla».

Si bien su rebeldía no cambió, entendió algo: «Me di cuenta de que sí hay ciertas diferencias. El hombre tiene una fuerza física que la mujer no tiene. Quería hacer todo igual que ellos, cargar pesos, por ejemplo, y eso era imposible».

En casa repararon en que la hiperactividad de Haydée Milanés necesitaba otro espacio. De ahí que sus padres decidieran inscribirla en preescolar con tan solo tres años. La niña nunca estudió junto a alguien de su misma edad; siempre fue la más pequeña. Una decisión con la que ahora no está de acuerdo: «Es un poco violentar el camino de un niño».

Con seis años y en tercer grado, dos niveles por encima de lo que correspondía a su edad, comenzó en la escuela de música. Matriculó en Piano. «Era un rigor demasiado fuerte para mí. Muy exigente. Era demasiado pequeña para lidiar con todo eso», recuerda, y le viene a la cabeza el Solfeo: «Una asignatura muy técnica, es como la matemática de la música; las claves, el pentagrama, las notas, los valores de cada nota musical».

Además, en la sesión contraria, recibía las lecciones regulares. Mucho estudio tenía encima. «No era estudiosa, es una edad donde los niños lo que quieren es jugar». La academia era por entonces una piedra en los zapatos de Haydée Milanes, pero la música ya estaba en casa.

«Estuvo tan presente en mi vida que en muchos momentos no fui capaz de darme cuenta. La música estaba demasiado cerca: las descargas de mi papá en casa, con sus amigos; sus conciertos; mi padre componiendo… De pequeña hacíamos dúos, él me hacía las segundas voces».

Dos de sus hermanos ya estudiaban música. Sin embargo, Pablo Milanés quería que su hija fuera pintora y no músico. Tenía esa fantasía. El célebre cantautor es un gran admirador de las artes plásticas. «Tiene muchos libros de pintura», asegura Haydée, a quien le apasionaba pintar en aquellos tiempos.

Un día el padre encargó a su hija de 13 años la portada del disco Orígenes, donde está la famosa canción «El pecado original». «Quiero que te inspires en “Sueños”», dice Haydée que le dijo Pablo.

Quiero regresar

hacia el lugar donde nací

quiero recordar

quedarme allí

Así empieza «Sueños», y Haydée la tararea a pocos metros de mí. Es un tema que Pablo Milanés escribió inspirado en su niñez en Bayamo. «Por esa época perdí la frescura de pintar; tenía que pensar mucho y perdí esa espontaneidad de la pintura. Había hecho siete años de música en nivel elemental y me tocaba el pase a nivel medio (bachiller). Mi padre me dijo que pensara si quería seguir en la música o quería hacer las pruebas de San Alejandro. Después de siete años no iba a cambiar. Él estaba tentándome. Nunca me dijo que el mundo de la música era muy duro, pero quizás, en su interior, sí lo pensaba».

Haydée Milanés / Foto: El Estornudo

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Casi sin proponérselo, Haydée Milanés cultivó su oído musical. Todo lo que su padre escuchaba… Jugaba en el piso de la sala o veía televisión, y al fondo sonaba la banda sonora de Pablo. Así quedó deslumbrada con Elis Regina. «Es la más grande, por su canto, por su expresión, por su manera de moverse». También así descubrió a Gilberto Gil, Elba Ramalho, Milton Nascimento, Chico Buarque, Cat Stevens, Steve Wonder, entre otros. Aunque no solo eso escuchaba. Con sus amigos de la escuela intercambiaba música y pronto comenzó a asistir a los festivales de jazz que se celebraban en La Habana.

Corrían los primeros años de la década de los noventa y, cuando Pablo Milanés salía con su hija en el carro, Haydée le decía: «Mira, papi, esto es la Charanga Habanera, y esto, Paulito FG, y esto otro, Boyz II Men…» Esa música a Pablo no le llegaba por ninguna otra vía. «Se sorprendía con todo aquello», rememora Haydée.

P: ¿Te ha costado desprenderte de la aureola de tu padre?

HM: Mi padre es una cosa muy importante para mí. Es la voz que escuché desde pequeña y la que me inspiró. Es una marca fuerte en mi camino, pero una va creciendo y se va formando independientemente. A la misma vez que estaba muy conectada con él, tenía cosas nuevas que decir; había algo dentro de mí que era diferente y un artista es eso: una voz propia. Quería demostrar eso cuando empecé a cantar. Fue difícil porque la gente solo quería preguntarme por mi papá.

P: ¿Hasta dónde has llegado en esa ruptura?

HM: Hasta quitarme el apellido en mi primer disco. Decidí no cantar canciones de mi padre y caminar por otros lugares, buscarme a mí misma. Un estilo. Quería llegar a la gente sin que supieran que era la hija de Pablo Milanés. Fue imposible porque yo soy Haydée Milanés, pero soy la hija de Pablo Milanés. Me costó trabajo darme cuenta. Si me encuentro con el hijo de Caetano Veloso, le voy a preguntar por su padre, porque soy su admiradora. La gente no lo hace por mal; es natural que suceda así, que la gente te asocie con una figura tan grande.

P: ¿Es cierto que al principio de tu carrera te daba miedo cantar?

HM: Tremendo miedo. Todavía a veces me da. Soy una persona tímida que ha ido venciendo el miedo poco a poco. Enfrentarse a un público es un ejercicio bien fuerte. Hay que someterse a la mirada y al criterio de todos los que están en el teatro. Cuando cantas una canción tienes que vivir esa letra, esa música, meterte dentro de las emociones. El alma se desnuda. A veces no eres tú. La persona que se sube ahí no es Haydée o la mamá o la esposa o la amiga. Es un personaje. Pero, a la vez, es el mismo ser humano quien está interpretando esa canción. ¿Cómo manejas eso? Es bien complejo para mí porque trato de ser lo más sincera posible a la hora de cantar. Es como salir a un campo de batalla.

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El disco Palabras fue un parteaguas en la carrera de Haydée Milanés. Una idea que surgió en 2010, cuando la artista le propuso a Marta Valdés, una de las más importantes compositoras de las últimas seis décadas en la isla, grabar un álbum con algunas de sus canciones. Marta había visto cantar a Haydée en vivo, le gustaba el trabajo de la joven y aceptó la propuesta. Pero no fue hasta 2012 que Haydée Milanés estuvo lista para afrontar el reto.

«Me dio un disco con varios intérpretes cantando canciones suyas. De ahí seleccioné las que me gustaban y le dije que lo iba a grabar. Llamé a algunos amigos míos y fuimos directamente al estudio, sin mucha preparación. Eso puede suceder y puede que salgan cosas muy buenas, pero la obra de Marta es muy compleja y no merecía eso. Realmente ninguna música lo merece. Grabé dos canciones y la llamé. Sin oírlas me dijo: “Haydée, no quiero que hagas eso con mis canciones, no quiero escuchar nada de lo que has hecho, no me cojas mis canciones para el relajo. Si vas a hacer un disco con mis canciones, quiero que te aprendas todas las canciones en el piano, que te las estudies y, de ser posible, que seas tú misma la que hagas los arreglos. No quiero que pongas este disco en manos de ningún productor ni de ningún músico, quiero que lo hagas tú”. ¡Qué vergüenza tan grande sentí! “Marta, ¿estás segura que puedo asumir tu obra así?”, le pregunté. “Estoy segura de que lo puedes hacer”, me respondió».

Durante dos años Haydée Milanés estuvo estudiando la obra de Marta Valdés. Cuando estuvo lista, le avisó. En ese momento Marta decidió que cada semana iría por casa de Haydée para revisarle tres temas: ver cómo iba la melodía, la armonía, que las letras fueran las originales…

Marta llegaba con su guitarra y le decía a Haydée que cantara. Siempre había correcciones: «Esta armonía no es así, esa nota no es…, no me les pases plancha a mis melodías», decía. La idea de Marta era: «Te aprendes las canciones como son y luego las zafas a tu manera, pero las variantes que sean para mejor».

En medio del proceso de maduración del disco, Haydée Milanés quedó embarazada. «Fue un renacimiento mutuo. Marta llevaba muchos años sin tocar la guitarra y sintió una gran ilusión», cuenta. Meses después, cuando la barriga era ya notable, Marta regaló a su discípula una canción por su cumpleaños: «Pequeña Haydée».

«Llevaba años sin componer y ella se reconectó con la guitarra, con la composición», dice Haydée Milanés. «Finalmente se sintió feliz con el resultado del disco. A la par, fue un embarazo difícil porque tuve que hacer mucho reposo, tenía amenaza de aborto. Como no podía salir, me senté en el piano y estudié; aproveché esa quietud para encontrarme conmigo misma, con mi espiritualidad. Marta Valdés fue una escuela».

P: ¿Por qué le pusieron a la niña Haydée Oromí?

HM: Significa lluvia en yoruba. Alejandro y yo nos conocimos en un aguacero. Fernando Pérez era el director de la Muestra de Jóvenes Realizadores del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) y quería hacer un periódico. Le habían dicho que no había fondos para hacerlo, entonces organizó una serie de conciertos en el Cine Chaplin para recaudarlos. A la primera que llamó fue a mí. Cuando supe que me estaba localizando me emocioné porque pensé que era para ponerle música a alguna película suya —se ríe—. Yo no tenía ningún DVD y se me ocurrió la idea de que el ICAIC grabara ese concierto. Alejandro, asistente de dirección de Fernando, sería quien lo grabaría. Él quiso que nos conociéramos antes y quedamos en PM Records, los estudios de mi padre. El encuentro era a las 10 am y a las nueve estaba cayendo un tremendo aguacero. Llegamos los dos al mismo tiempo. Yo iba sin sombrilla y él me dijo: «Ven para que no te mojes». Parecía que había una dramaturgia en aquella escena. El día que nos enteramos de que estaba embarazada, cayó un aguacero muy fuerte también. La niña está muy relacionada con la lluvia.

P: ¿Crees en la religión yoruba entonces?

HM: Soy hija de Yemayá, pero mi familia nunca ha sido muy religiosa. Mi padre, nada, y mi madre, solo un poco, aunque no visitaba templos ni tenía padrinos. Todo empezó cuando me fui a New York a grabar mi disco con Descemer Bueno. Me quedé un tiempo en su apartamento. Él se había hecho santo recientemente y todas las mañanas se levantaba cantándoles, tocándoles los tambores tablas a sus deidades. Era una onda muy linda, muy espiritual. La primera vez que fui a consultarme con un Babalawo fue con Descemer. Antes de grabar el disco me dijo que fuéramos a ver si estaba Iré. No sabía lo que era eso; lo había escuchado, pero no tenía idea. Fuimos al Bronx para la casa de un Babalawo cubano.

P: Tu hija va creciendo, de alguna manera, su futuro será el futuro de Cuba. ¿Cómo ves lo que viene?

HM: No sé si quiero a mi hija en el futuro de Cuba. Ni siquiera sé si me quiero a mí misma en el futuro de Cuba. Porque hay cosas que quisiera que cambiaran, pero no sé si eso va a ser posible. Hay mucha resistencia al cambio. Hay mucha inconsciencia sobre los problemas que existen por parte del gobierno y por parte del propio pueblo. En muchos casos las personas no son conscientes de cuán mal está el país. El primer paso para cambiar las cosas es darse cuenta de cómo está el país. No es solo el problema de la gasolina, sino las cosas más profundas, los comportamientos. Tenemos que darnos cuenta de nuestros derechos. El país es de nosotros. Hay muchas cosas que no tenemos claras; hay muchas cosas que tenemos que aprender y concientizar. Veo bastante difícil que se haga un cambio real, porque se han hecho cambios demasiado superficiales. Es un paso para adelante y dos para atrás. No hay verdadera intención de los gobernantes de que haya un cambio verdadero. Es una pena porque es un país que adoro. La Habana es una ciudad que amo. Me da mucha tristeza una ciudad donde todos los días ves más destrucción, algo que ya no funciona más. Es un país especial, con muchísimas condiciones para estar bien, y sin embargo cada vez está peor. Me rompo la cabeza todos los días para ver cómo aportar algo para que el país esté mejor.

P: A lo largo de los años, tu padre ha sido admirado por su arte, pero también por su postura política. ¿Has heredado eso de él también?

HM: Estar cerca de él y ver su forma de ser y su forma de pensar me influyó. Siento gran admiración no solo por su arte, sino también por lo sincero que ha sido. Siempre ha dicho lo que ha pensado. Y es lo que yo he tratado de hacer. Uno siente miedo. Hay que reconocerlo. Es muy triste sentir miedo de decir una cosa o de criticar algo o poner de manifiesto algo. Creo que ese miedo es una mala señal. Gran parte de la responsabilidad en que este país no cambie, es de la gente. Hay mucho miedo. Aunque la gente se ha ido atreviendo a decir cosas… Pero hay mucho miedo todavía. Hay mucha gente de acuerdo con que esto siga por donde va, pero hay mucha gente que no dice las cosas por miedo. Una de las cosas que más me hace feliz es el movimiento de periodistas independientes. Ustedes son gente que sienten lo que está pasando en Cuba, gente con una objetividad, personas valientes. Cuba es bien compleja y hay que estar muy claro en todo lo que uno plantea. Se presta mucho para la confusión, para los malentendidos, para los extremismos. Me alegra mucho saber que hay personas que están ejerciendo el periodismo de una forma tan seria, tan consciente. Están arrojando luces sobre situaciones que habían permanecido silenciadas por mucho tiempo.

Haydée Milanés / Foto: El Estornudo

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«Esto no lo voy a sufrir más, esto lo voy a gozar», se dijo un día Haydée. Asumir ser hija de Pablo Milanés fue un drama interno que solo ella podía resolver. Años le tomó, hasta que lo logró. Esa reconciliación provocó el nacimiento de Amor, un disco en dos partes. Una primera edición donde canta 11 temas a dúo con Pablo Milanés y una segunda donde invitó a Fito Páez, Joaquín Sabina, Pedro Aznar, Silvia Pérez Cruz, entre otros importantes cantautores, para interpretar otras 16 canciones de su padre.

«El disco es un proceso de maduración, de aceptación, de asimilación. De dónde vengo yo, de quién soy hija. Me hace feliz porque es el cierre de un ciclo. Es un deseo de agradecimiento a mi padre por toda la música, por todo lo que significa para mí. Todo tiene su cara linda y su cara fea».

P: ¿Cómo fue cantar con tu padre?

HM: Tenemos una afinidad musical increíble. Tiene que ver con la genética, está en el timbre de la voz, en el vibrato, en las intenciones. A él lo estoy escuchando desde que soy una niña, él es el mi primer maestro. Nuestras voces empastan muy bien, suenan muy bonitas, es una cosa muy rica, muy disfrutable. Él también lo disfruta mucho. Con el primer volumen de Amor la gente sintió esa cosa bonita de padre e hija, esa afinidad, esa ternura, ese amor; la gente se arropó en ese canal de energía. A partir de ahí surgió la idea de darle continuidad al proyecto invitando a los demás. Era gente que yo seguía desde hace mucho tiempo, a unos los conocía y a otros no; gente que cabía dentro del estilo de las canciones de mi padre, gente con las que tenía ganas de cantar.

P: ¿Firmar con la disquera independiente Casete Digital es una declaración de principios?

HM: Cuando empecé pertenecí a una transnacional. Era muy joven. En ese momento nadie en Cuba tuvo esa suerte. A través de Descemer Bueno llegué a EMI Music. Pero era demasiado rebelde con todo este asunto de mi padre y el apellido. Y ellos no llevaron bien la idea de que mi disco se llamase Haydée. Una transnacional dice: «¿Cómo la hija de Pablo Milanés se va a querer llamar Haydée?» Y yo llevé muy mal el hecho de que ellos quisieran imponerme eso. En Inglaterra me presentaban como la hija de Pablo Milanés. «Oye, mira, yo soy Haydée, déjame tranquila». La cosa no fluyó. La relación no siguió bien y cada cual cogió por su camino. Me dije que más nunca iba a pertenecer a una trasnacional que me dijera lo que tengo que hacer. Eso ha cambiado hoy. Se pueden encontrar artistas haciendo cosas muy interesantes dentro de trasnacionales, como Natalia Lafourcade. La llegada a Casete Digital tiene que ver con esos comienzos míos en la EMI. Uno de los dueños de la disquera es Camilo Lara, uno de los principales directivos de la EMI en aquel entonces. Lynn Fainchtein, mi manager de aquella época, también es una de las dueñas de Casete.

P: En los últimos años te has centrado en el rescate de las tradiciones de la música cubana. ¿No te interesa lo contemporáneo?

HM: Sí me interesa lo contemporáneo y lo moderno, pero me preocupa mucho que se pierdan las raíces, las tradiciones, y que la gente que está haciendo lo moderno y lo contemporáneo no conozcan esas raíces. Si vas a hacer cosas modernas y contemporáneas tienes que conocer lo que se ha hecho antes. Es importante hacer cosas modernas, pero lo realmente importante es hacer cosas buenas, de calidad. Hay mucha gente que no es conocida y hay que rescatarla. También tiene que ver con lo político: hay muchos músicos que se fueron de Cuba y que se dejaron de escuchar en la isla por eso. Fellove es uno de ellos. Es muy penoso porque no hay cosa más cubana que Fellove. Una canción que dentro de cincuenta años siga diciendo algo, nunca dejará de ser moderna. El artista tiene que tener cuidado con lo que está de moda. No tengo nada en contra de lo nuevo, ni nada contra un género específico; en todos los géneros se pueden hacer cosas buenas y cosas malas.

P: ¿Piensas volver a componer?

HM: El hecho de trabajar con estas obras ha significado dejar a un lado la composición. Eso no significa que lo que estoy haciendo no sea un trabajo creativo, porque el hecho de producir un disco también lleva creación: pensar en los formatos, en los arreglos. Pero sí, tengo ganas de hacer canciones.

P: Hasta hace bien poco era impensable ver a un artista en Cuba prestándole atención a su imagen en las redes sociales. ¿Es una carga para ti esto?

HM: Desgraciadamente, esas cosas te alejan un poco de lo que es tu misión y tu esencia. Pero son cosas que definitivamente hay que aprender e incorporar. Cuando empecé no había que pensar en redes sociales. En cuanto a la imagen, en mi ingenuidad pensaba que eso no era importante, y de pronto iba a cantar y me ponía unas alpargatas y decía «no me voy a peinar». Pero he aprendido que hay que tener cuidado con la imagen, hay que tener una línea. He ido aprendiendo a cogerle el gusto. Hoy día hay que estar pendiente de todo, desde cómo te vistes hasta cómo te peinas, pero hay que trabajar esas cosas pensando en lo que uno quiere mostrar, en lo que uno es.

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Antes de cada concierto a Haydée Milanés le gusta estar sola. Se queda quieta en un sitio conversando consigo misma. Hace ejercicios de respiración para encontrarse… Ese instante es indispensable antes de salir a escena. «El ser humano necesita, a diario, momentos de paz, instantes de estar con uno mismo», dice. Ahí es cuando piensa qué va a decir, cómo quiere que sea el tono del concierto. «Ese es un momento mágico. El arte es una conexión de uno con la fuente de la creatividad del Universo: Dios. Y el artista es un vehículo para esa magia».