Edel Rodríguez / Foto: Deborah Feingold

Edel Rodríguez / Foto: Deborah Feingold

En el verano de 2017 la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) organizó un evento de medios latinos en el corazón de Manhattan y al cabo de tres jornadas Edel Rodríguez cerró las charlas y los debates con una conferencia magistral. Yo estaba presente. Edel hablaba poco, peros sus piezas, expuestas a través de un proyector, arrasaban entre los asistentes y hacían que el grueso del público se hundiera dos palmos en sus respectivos asientos, un tanto estupefactos y gozosos, con la incontrastable sensación de que, ciertamente, todos los que estábamos allí, hiciéramos lo que hiciéramos, merecíamos a lo sumo el puesto de conferencistas o ponentes rasos y de que las palabras o el silencio final le pertenecían por goleada a ese señor parco y milimétricamente ingenioso.

Una semana después, domingo en la tarde, hubo una fiesta de jazz y salsa en Williamsburg, el barrio hipster de Brooklyn, y Edel estaba en el patio del lugar tomándose una cerveza, creo, y hablando de cualquier cosa con algunas personas que lo reconocían, aunque había otras que no lo reconocían en lo absoluto y seguían de largo. A fin de cuentas, Edel es un artista que pinta, diseña e ilustra, no es alguien que conduzca un reallity, y esto, por otra parte, era Nueva York, donde con algo de suerte puedes compartir la barra del bar o cruzarte en la calle con Matt Damon o Diana Ross (es un poco un decir).

Lo que me asombró de Edel Rodríguez esa tarde –un hombre que, si quieres verlo así, está en la cima– es que proyectaba una sencillez que no es la sencillez que sucede a la consagración y al triunfo definitivo, o sea, no es el típico gesto automático del hombre que sabe que le va bien, que le va mejor que a todos, que tiene una virtud que no tiene nadie, o que tienen muy pocos, y que por tanto debe comportarse como un tipo modesto, como si tal cosa no fuera, como si él no creyese o no se tomara tan en serio que, en efecto, es todo lo que es.

Edel se mantenía en un estado innato de la espontaneidad. No estaba asumiendo su rol desde la reflexión consciente. Desde luego, él sabe lo que es, el ilustrador más solicitado de Estados Unidos, la mano y el ojo mordaz que con rigor estético muy fino e identificable ha ridiculizado a Donald Trump en varias de las portadas de los medios más importantes del mundo, pero lo que no parecía entender es cómo eso podría intervenir o torcer lo que él era ya desde antes. Su acento en castellano es un acento rural cubano; íntegro y sin dobleces, el acento para siempre congelado de un niño que se exilia, un tono que ha sobrevivido a la cadencia uniforme del éxito, porque si queda aún alguna verdad más o menos absoluta en Occidente es que todos los que triunfan pronuncian igual.

A los ocho años, en 1980, Edel subió junto a su familia a una lancha en el puerto del Mariel y cruzó el Estrecho de la Florida durante el mayor éxodo migratorio de la Revolución cubana. Hoy, casi cuarenta años después, este artista visual reivindica a toda costa su condición cultural de emigrante. En otras ocasiones ha dicho que tiene a Cuba metida en la planta de los pies, el meridiano de su obra en buena medida.

En 1994 se graduó de diseño en el Pratt Institute de Nueva York y desde entonces su carrera ha ido en constante ascenso. Edel ha representado al presidente estadounidense como un bebé en pañales meciéndose encima de una bomba nuclear en compañía de Kim Jong-un, o bien como un golfista de dinero que golpea la bola del planeta Tierra y la manda a la mierda, o bien como un desquiciado que, cuchillo en mano, decapita la Estatua de la Libertad.

En tiempos donde Trump y sus desmanes desesperan a la opinión pública un día sí y otro también, estas ilustraciones son los típicos golpes certeros, con la dosis justa de humor y subversión, capaz de devolver el favor y desesperar a un megalómano de manual como el magnate neoyorkino.

La obra de Edel Rodríguez, la cual comprende una vasta iconografía que va desde el Che Guevara con audífonos de iPhone hasta Mao Zedong o Muamar el Gadafi derritiéndose tras su muerte, ha sido expuesta en ciudades como Los Ángeles, Nueva York, Filadelfia, Dallas, Toronto o Madrid, y sus pinturas son habituales en las portadas de medios como TIME, Newsweek, The New Yorker o The New York Times.

Edel Rodríguez / Foto: Deborah Feingold

Edel Rodríguez / Foto: Deborah Feingold

-¿Cuánto tiempo te puede tomar una de tus ilustraciones de Trump?

-Las ilustraciones que hago por mi cuenta y pongo en las redes sociales me pueden tomar nada más que media hora o una hora. Es un proceso directo, me entra la idea y la termino rápido, con la fuerza del momento. Las portadas de las revistas llevan un proceso más complicado, porque primero tengo que hacer bocetos, presentarlos, esperar por la respuesta. Cuando me dicen cuál es la línea que encaja en esa edición, me puedo demorar medio día o un día más.

-¿Cómo se logra entregar en, pongamos una semana, cuatro ilustraciones sobre un mismo tema como lo hiciste en enero último con las portadas de Trump en Time, DerSpiegel, Epoca y NewStatesman?

-En esa semana que mencionas hice tres portadas, la cuarta fue un dibujo que ya estaba terminado. Además, yo tengo más encargos para otros clientes. Libros, afiches. Trabajo mucho y constante, entre las cosas comisionadas, mis propias pinturas y otros proyectos.

-¿Trabajas de noche o de día, tienes algún ritual, alguna manía?

-Yo no tengo método ni plan. Me levanto a las ocho o a las nueve de la mañana. Leo mensajes, las noticias, a veces dibujo algo personal. Entre una cosa y otra me entran las ideas y las trazo rápido. Así me paso el día, con los dibujos, leyendo libros y artículos, tirando fotos y haciendo un poco más hasta la medianoche.

-Has dicho que la ilustración se trata de contar un tema difícil de una manera sencilla. Ahora bien, ¿tienes algún tipo de método o conciencia muy clara sobre cómo piensas tus piezas o eres completamente intuitivo? ¿Cuánto hay de oficio y cuánto, digamos, de inspiración?

-Bueno, ya en este punto tengo procesos, pero son intuitivos. No conozco de música, pero he oído que los músicos de jazz entran en su zona. Es como si todo lo que saben y han estudiado encajara en un momento con la intuición y empezaran a crear de una forma mística que no se explica. A veces yo me siento así, en un tipo de zona creativa. Dibujo una cosa, después otra, vea una conexión, una inspiración, algo que me asusta, algo que siento que tal vez no se debe dibujar, pero quiero que el mundo lo vea.

-Pareciera que es un tema que se agota, pero te las arreglas para seguir creando portadas ingeniosas alrededor de Trump. ¿Hay más? ¿Has sentido ya que podrías comenzar a repetir algunos motivos o ideas?

-Seguro que hay más. Una de las cosas que yo siempre he hecho con mi trabajo es cambiar, no repetir las cosas, o darle una nueva vuelta. En cierta forma es para no aburrirme con lo que hago. Inventar, encontrar algo nuevo es lo que me anima del arte. La revista Der Spiegel, específicamente, quiere que cada portada llegue a una estación nueva. Si te fijas, eso es lo que ha ocurrido en cada una.

-El escritor Richard Hine dijo en Twitter que Trump ama ser portada de revistas, pero quizás un poco menos cuando las ilustras tú. ¿Crees que Trump haya memorizado tu nombre? ¿Te ha llegado alguna referencia de algún comentario suyo o de su equipo?

-Creo que Trump y su gente tienen cosas más importantes de qué preocuparse, pero claro que se entera de las portadas, porque TIME es un ícono, tan importante para su ego. Igual no creo que haga una conexión entre la portada y el artista. Mucha gente que no está al tanto cree que las portadas aparecen del aire o de la propia revista, no entienden que detrás de ellas existe un artista. Una de las cosas que me gusta es pensar en ese momento en que Trump busca la portada por primera vez, excitado porque sale en TIME, pero después ve el dibujo y su ego decae. Quien único ha dicho algo es Donald Trump Jr. Puso la portada de las bolas de demolición en su cuenta de Twitter y le dio las gracias a TIME. Estaba buscando algo de promoción, a pesar de que es un insulto visual.

-Si un medio partidario de Trump te pidiera una ilustración positiva de él, ¿la harías?

-No lo haría. Muchas veces he rechazado varios trabajos que me han encargado. Digo que no, tengo derecho a hacer lo que quiera. Esa es la maravilla de este país, la libertad.

-Luego de la portada de Der Spiegel en que Trump descabeza la Estatua de la Libertad, declaraste que las reacciones de los usuarios te “tenían un poquito en shock”. ¿Te deprimen o entristecen las reacciones adversas? ¿Cómo maneja uno de puertas para adentro tanto revuelo mediático?

Bueno, la forma en que yo trato a mis obras es que ellas tienen su propia vida. Las suelto al mundo y las miro con cierto asombro. Creo que se deben juzgar y discutir por lo que son, no por lo que soy yo, porque la verdad es que el público es gente extraña que no me conoce. Cuando ciertas personas te atacan, cuando te dicen que eres basura, que eres un comunista escondido, que te deberías haber ahogado en el mar, cosas así, racistas, claro que te va a dar cierto shock. Yo nunca he visto una obra de arte que me haya dado ganas de escribirle al artista e insultarle. Las obras de arte son lo que son, algo que aparece en el mundo para provocar pensamientos, discusiones, una conversación. Las reacciones no me deprimen, la verdad es que me mantengo muy enfocado en las ideas, en mi trabajo, y en un diálogo artístico constante con las obras del pasado. Mis artistas favoritos trabajan así, en un lugar donde las ideas viven y resaltan y ni ellos mismos saben lo que está pasando.

-Esa misma portada de Der Spiegel, según cuentas, originalmente mostraba a Trump no con traje sino con una túnica negra como los verdugos del Estado Islámico. ¿Cómo se negocian esos detalles entre la línea editorial de un medio y la obra del autor?

Esa portada comenzó en mi cuenta de Twitter, con un dibujo a modo de comentario personal. Tuvo mucha reaccion de mis seguidores, ahí Der Spiegel lo vio y me pidieron permiso para publicarlo en su portada. Me sorprendió que la quisieran publicar, pero después de haber conocido al editor entendí por qué. Es una persona que cree en la libertad artística y en confrontar la fuerza con fuerza. Tenemos una buena relación y pensamos igual. Hasta ahora todo ha salido como yo he querido. Los clientes entienden que esto es una opinión personal, que la prensa me entrevista cada vez que sale una portada, y que tengo que creer en lo que dibujo para defenderlo.

-Has dicho que las reacciones más virulentas a estas últimas ilustraciones han llegado desde la comunidad cubana de Miami partidaria de Trump. ¿Por qué crees que sucede esto?

Parece que ven los dibujos, se animan, y cuando leen que soy cubano se enojan más. Me han calificado como mismo califican en Cuba a los disidentes. Tal vez son las mismas personas, solo que ahora están del lado de acá y no cambiaron su vocabulario.

-¿En qué punto está Gusano, tu libro ilustrado sobre tu niñez y salida de Cuba por el puerto del Mariel?

Estoy a punto de enviarle una propuesta a mis editores.

-Algunos artistas cubanos del exilio, igualmente contrarios al castrismo, se niegan a ir a la isla y presentar su obra. Casa de las Américas, sin embargo, te organizó una exposición y, según hablamos, fue extremadamente emocionante para ti. Hay un debate importante sobre esto. Si tuvieran alguna posibilidad, la que sea, ¿los artistas cubanos del exilio deben ir o no a Cuba?

Los artistas deben hacer lo que ellos quieran. Ir o no ir. Yo, por mi parte, pienso que las cosas solo van a cambiar a través del diálogo y con el ejemplo que lleven otros a Cuba. Mis charlas y mi exposición en La Habana estuvieron llenas de juventud, muchachos que querían conocer qué pasaba afuera, en el mundo, cómo mejorar sus vidas. Yo fui a hablar con ellos. Quería que vieran que soy cubano como ellos y darles esperanza a los artistas jóvenes. Que vieran lo que he podido hacer en Estados Unidos y en el mundo, y que entiendan la libertad artística que eso representa. De todo eso se aprende, y así poco a poco llegamos al punto donde todos queremos llegar.

-Tu anhelo es “ilustrar algún día una portada sobre la llegada de la democracia a Cuba dibujando a José Martí”. ¿Ya tienes pensada esa ilustración? ¿Cómo sería, la imaginas?

No la tengo hecha, yo trabajo con la emoción y las cosas del día. Seguiré esperando ese momento.