Emilio Cueto / Foto: The Washington Post

Emilio Cueto / Foto: The Washington Post

Es un domingo de abril de 2017. Estamos en el Vedado, La Habana, subiendo lentamente por la Avenida de los Presidentes, casi desierta a esta hora, y a mi lado Emilio Cueto habla sin parar.

Para quienes no lo conocen, Cueto es un emigrado cubano de la vieja escuela, un reconocido abogado -retirado desde hace años- que durante décadas representó al Banco Interamericano de Desarrollo y a firmas de Wall Street. Eso de manera formal, porque Cueto, que vive solo y disfruta el teatro y le encanta viajar y habla cuatro idiomas con absoluto desenfado, es también uno de los mayores coleccionistas de memorabilia cubana, probablemente el mayor, y, por supuesto, quien dice un coleccionista dice un obsesionado.

La obsesión de Cueto es Cuba, de donde se marchó a los 17 años por motivos políticos y a donde no pudo regresar sino hasta más de una década después, aunque nunca para quedarse. Sin embargo, él ha llevado la obsesión a otro nivel, y la prueba es su casa, que, ubicada en un tramo de la Avenida Pensilvania, en Washington D.C., escapa por completo a cualquier sentido de la realidad. Le dicen la Emilioteca y es como una madriguera, solo que a escala humana y diametralmente visceral.

Emilioteca / Foto:Cubadebate

Emilioteca / Foto: Cubadebate

Adentro, desperdigados por todos los rincones, hay cientos de libros, cuadros, grabados, partituras, carteles, revistas, vinilos, tabaqueras, monedas, mapas, platos, corbatas, todos hechos o inspirados en Cuba, y cuando digo por todos los rincones quiero decir exactamente por todos los rincones, ya en las repisas de la sala, sobre los muebles del comedor, en las gavetas de los cuartos, en los estantes de la cocina, en el muro de la bañera, en los anaqueles del descansillo, colgando de las paredes, como si Cueto hubiese estado robándose el país de a poco durante los últimos 40 años y escondiéndolo con sigilo en su casa, primero de manera lógica, un libro en el librero, un grabado en la pared, una estatuilla en la repisa, así hasta que los libros, los grabados y las estatuillas comenzaron a multiplicarse, a no caber ni en los libreros ni en las paredes ni en las repisas y a desbordarse, a tomar por asalto los pisos, los clósets, los desvanes y cualquier esquina vacía, como ahora.

Pues en medio de ese mundo delirante, atrapado entre la Isla que fue, la que es y la que alguna vez pudo ser, vive Emilio Cueto Suárez, quien camina ahora a mi lado. No obstante, si de algo podemos estar seguros, es que la obsesión de este hombre por Cuba resulta un entramado peligroso de esperanzas, rencores y frustraciones, la crónica de una búsqueda agónica que explotó el 26 de abril de 1961, cuando emigró solo a los Estados Unidos mediante la Operación Pedro/Peter Pan con 17 años sobre sus huesos.

***

Ahora, 56 años después de marcharse por primera vez, Cueto habla sin parar. Habla de todo: de su afición por el teatro y la zarzuela, de la arquitectura del Vedado, probablemente única en el mundo, de su infancia y adolescencia, transcurridas en estas mismas calles, de su madre y de su hermana, con quienes vivía antes de irse, de su padre abogado, muerto muy temprano, del prestigioso Colegio de Belén, donde sacó el bachiller, del horror durante el gobierno de Batista y de la confianza puesta en los rebeldes.

Lo observo. Tiene ahora 73 años, una piel todavía tersa y ese aire limpio de quien ha pasado demasiado tiempo entre libros. Quizás por eso sus gestos son finos, dotados de cierto porte académico, y la mirada clara, incluso a veces luminosa. Camina generalmente despacio, con paso suave y regular, aunque por momentos se detiene en seco sin previo aviso para contar algún pasaje específico. Lleva el cabello de los costados mucho más largo que el de atrás y se lo peina de un lado al otro para ocultar la calvicie.

Sin dudas uno de los momentos más gloriosos de la historia de este país –dice en referencia al 1ro de enero del 59-. No conozco a nadie que diga lo contrario. Las calles abarrotadas, la gente como loca, todo el mundo feliz –. Y sigue hablando.

Su voz es limpia y llana, aunque más tarde, en momentos puntuales de enojo o arranque o excitación, adoptará poses medio dramáticas, con aires como de histeria. Fuera de eso, suele hablar casi siempre sin prisa, con una cadencia impasible, logrando una armonía plástica entre su boca, su rostro y sus gestos. Tiene dotes y ademanes de orador. Es un hombre astuto.

Y Fidel era el orgullo del Colegio de Belén, donde estudiaba yo –dice mientras cruzamos una calle-. Por eso el 8 de enero, cuando pasó por allá con la Caravana, algunos alumnos de la escuela se abrieron paso entre la muchedumbre hasta llegar a su lado y le entregaron la bandera del año de su graduación, que él tomó y besó sobre el tanque.

Por lo demás, hay un universo complejo en la manera con que Cueto habla sobre Fidel, algo que sucederá a todo lo largo de nuestro encuentro. En esos momentos, si uno le presta la suficiente atención y tiene una pequeña idea de dónde buscar, puede perfectamente rastrear la sombra de una antigua y enorme admiración, ahora deshecha, por supuesto, pero también mucho de fascinación. Uno llega a entender así, por ejemplo, que ya desde antes del triunfo de la Revolución Fidel Castro era un héroe para él, uno real, de carne y hueso, el hombre al otro lado del espejo. Solo algo así parece explicar el hecho de que aquel 8 de enero, en cuanto escuchó que ya estaba cerca, haya salido corriendo de su casa para treparse a un muro de la avenida 23 y verle pasar, o que haya seguido sembrado en el muro durante mucho rato después, los ojos fijos sobre la caravana, mientras la distancia se lo permitió.

Fidel era un hombre extraordinariamente dotado –continúa-, un hombre formado en valores cristianos occidentales que durante muchos años se encargó de enfatizar su ortodoxia. Él vio que Cuba necesitaba un cambio y trazó un programa muy justo, y no solo eso, sino que prometió regresar a la Constitución del 40, que era la expresión más progresista del pueblo.

Pero si algo llama realmente la atención cuando habla sobre Fidel, incluso después de todo lo que vendrá a continuación, es el deseo sincero que a veces deja entrever, aunque un poco a cuentagotas, de que las cosas hubiesen sido de otra manera, de que no se hubiesen trastocado al punto feroz en que lo hicieron.

No obstante, las cosas sucedieron como sucedieron, por lo que el desencanto de Cueto comenzó pronto, con los primeros albores de la Revolución.

En el mismo mes de enero –especifica luego-, cuando se firmó la Ley Once, una de las más injustas en toda la historia de la República de Cuba, con la cual la Universidad de Villanueva, donde quería estudiar yo, fue cuestionada de manera injusta por una supuesta colaboración con la dictadura.

Firmada el 14 de enero de 1959, la Ley Once del Ministerio de Educación, entre otras cosas, anuló los títulos expedidos por las universidades privadas (las habaneras Villanueva y La Salle incluidas) a partir del 30 de noviembre de 1956, con el argumento de que sus estudiantes no habían sufrido lo que algunos de las universidades públicas, suspendidos o expulsados por apoyar la insurgencia.

Lógicamente, cientos de alumnos y profesores denunciaron de inmediato lo injusto de la medida y recordaron al gobierno que ellos también, de una forma u otra, habían luchado contra Batista durante los últimos meses. Los desencuentros llegaron a tal punto que el propio Fidel Castro en persona debió salir más tarde a apagar las llamas del fuego, si bien la medida había despertado ya el recelo de muchos, preocupados desde entonces por cuál sería la postura de la Revolución ante la educación privada y religiosa, a la postre eliminadas.

Al mes siguiente, en febrero, un par de padres jesuitas que habían pasado los dos últimos años acompañando a los rebeldes en la Sierra Maestra y regresado tras el triunfo a sus deberes en Belén, se acercaron a Cueto y a otro puñado de muchachos. Querían alfabetizar a un grupo de jóvenes barbudos acuartelados en un campamento en Managua, en las afueras de La Habana, pero antes necesitaban gente dispuesta a ayudar.

Ustedes tienen el privilegio de la educación”nos dijeron. “Compártanlo”. Y por supuesto que levanté mi mano.

A partir de entonces, y pesar de no contar con la aprobación de su madre, acudió cada noche, después de terminadas las clases en Belén, al campamento, donde enseñó a decenas de guerrilleros mayores que él a leer y escribir. En abril, no obstante, los mismos oficiales a cargo del regimiento les hicieron saber que el Comandante Almeida no quería religiosos merodeando donde el ejército, por lo que fueron despedidos y enviados de vuelta a sus hogares.

Esa fue para mí la primera gran decepción de la Revolución –dice con amargura-, una revolución a la que poco antes había aplaudido como lo más grande pero que apenas en su cuarto mes rechazaba no mi demanda, sino mi aporte.

Los acontecimientos de los meses posteriores reforzaron la tónica inicial. La Revolución continuó avanzando imparable, como una roca colina abajo, amparada por millones de campesinos, obreros e intelectuales mientras otros, Cueto incluido, comenzaron a desencantarse cada vez más, y no solo a desencantarse sino también a sospechar del giro que tomaba el proceso, todo producto de una serie de eventos que fueron en su conjunto, dice él, como una luz amarilla de tráfico que no cesaba de parpadear.

La presencia cada vez más fuerte del Partido Socialista Popular dentro de los círculos de la nueva dirigencia, la confrontación entre la prensa y el gobierno, que comenzó a reaccionar de manera negativa ante las críticas; la renuncia en octubre del Comandante Huber Matos, un hombre muy querido por el pueblo, y también, antes o después, la del presidente Urrutia y otros importantes ministros; la postergación una y otra vez de las elecciones, el clima de tensión creciente con los Estados Unidos, el acercamiento político a la Unión Soviética…

Este último, más que ningún otro, acabó por despejar las dudas y dejar en claro cuál sería el camino en lo adelante. Para entonces, miles de cubanos, ya por prejuicio, por convicción o por influencia de una eficaz campaña internacional, despreciaban el comunismo y veían el arrimo a los soviéticos como el fin de la esperanza que antes albergaran.

Para quienes no éramos materialistas dialécticos no había nada peor que pudiera ocurrirle a este país, porque el comunismo pone un énfasis en lo social que aplasta lo individual, mata la iniciativa privada, limita profundamente a la sociedad, es incapaz de llenar toda una serie de necesidades materiales y espirituales propias del ser humano, además de que en aquella época era visto como el enemigo mortal de la religión. Por suerte, cuando aquí en Cuba comenzó a hablarse de comunismo ya eran de dominio público las historias sobre lo que sucedía en la Unión Soviética, o sea, se sabía de la discriminación a quien profesara creencias religiosas, de la prohibición de las escuelas privadas, del encarcelamiento a quien discrepara, de la imposibilidad de poseer propiedades. Nada de eso nos lo inventamos quienes estábamos en contra, sino que era real, estaba ahí.

Ya para mediados de 1960, con la maquinaria revolucionaria a toda marcha y muy diferente de como él la había esperado, Cueto comenzó a verse como un contrarrevolucionario en su sentido más literal.

No de acción pero sí de corazón, porque me sentí traicionado. Yo fui fidelista y creí en su programa. Él cambió de programa. Cuando Fidel dijo: “¿elecciones para qué?”, era para asustarse. Elecciones, puesto que ese era el deseo del pueblo, por lo que muchos habían luchado durante años, lo que él mismo había defendido en La historia me absolverá y prometido luego, en su período de rebelión. Por eso es que yo creo en la teoría de la Revolución traicionada. Ahí están sus textos de antes, ahí está el Programa Económico del Movimiento 26 de Julio. Cualquier persona sensata que los lea puede darse cuenta de las diferencias entre lo allí escrito y lo que sucedió después.

***

En cuanto Cueto comenzó a decepcionarse, su madre comenzó a temer.

Ella estaba muy asustada de que terminara preso por mis ideas políticas, por eso me pidió que saliera del país cuanto antes, que me fuera a España a estudiar por un tiempo, a hacerme abogado, pero que me fuera ya.

Y aceptó. No sabemos la razón exacta de por qué lo hizo, pero sí que aceptó y que el próximo par de meses, mientras tanto, los pasó intentando conseguir una visa para marcharse del país. Fue así como en febrero del 61, tras varios intentos inútiles, decidió recurrir a una vieja amiga de la familia, una señora de nombre María, con excelentes relaciones dentro de la embajada española.

Fui a verla a su casa, sería a principios de febrero. En cuanto llegué supe que ese mismo día, temprano en la mañana, había embarcado a sus hijos para los Estados Unidos. Estaba destruida. Aun así me recibió muy cariñosa y nos sentamos a conversar. Entonces le conté mis intenciones. Le dije que quería marcharme temporalmente a España, al menos hasta que cayera la Revolución, y que necesitaba su ayuda para conseguir una visa.

¿Qué dijo ella?

Que si el gobierno me estaba persiguiendo podía tenerme los papeles listos para esa misma tarde, pero que, de lo contrario, podía montarme en un avión rumbo a los Estados Unidos, donde tendría mejores posibilidades. Si aceptaba, no debía conversarlo con nadie que no fuera de mi familia ni tampoco hacerle preguntas, solo entregarle mi pasaporte y esperar que alguien me contactara.

Después de pensarlo un poco, accedió. Accedió, no obstante, no porque la idea de marcharse a los Estados Unidos le atrajera mucho más de lo que le atraía macharse a España, sino porque esa opción, en primer lugar, le permitía comprar tiempo. Cueto creía entonces que la Revolución terminaría pronto, que Fidel Castro, por un motivo u otro, no sobreviviría a sus medidas, y todo lo que deseaba era estar ahí, sentado en primera fila, cuando ello sucediera.

Y no solo para ver cómo terminaba todo, sino para ayudar a construir Cuba de la manera en que él la había soñado al principio.

En cualquier caso, lo cierto es que la conversación con María comenzó a quedar atrás y la Revolución, lejos de diluirse, seguía haciéndose más sólida. Así, a golpe de saltarnos varias semanas, llegamos al 13 de abril de 1961.

Apenas llegué a casa esa tarde mi madre me dio la noticia de que un sacerdote –no recuerdo el nombre ahora- me había llamado hacía un par de horas y que parecía algo urgente. Al sacerdote lo conocía de antes, pero tampoco mucho, por eso me extrañó que llamara. Como no tenía su número ni él tampoco lo había dejado, decidí ir a verlo más tarde, después de comida. En cuanto llegué me invitó a pasar y una vez ya adentro se sacó de un bolsillo mi pasaporte, el mismo que antes le había confiado a María, y me dijo toma, aquí lo tienes.

Qué relación había entre María y el sacerdote para que el pasaporte que Cueto le entregara a ella dos meses atrás apareciera de repente en manos de él, no lo sabremos nunca, aunque evidentemente algo había. Sin embargo, solo conocemos eso, que el pasaporte estaba ahora en manos del sacerdote y que este, sin esperar que Cueto reaccionara o encontrara la lógica detrás de aquel entramado, le hizo saber que todo estaba listo para que se marchara a los Estados Unidos cuatro días después, el 17 de abril.

Así fue como llegué yo a la Operación Pedro Pan –resume.

No obstante, la magnitud de los acontecimientos que se vinieron durante los días siguientes terminó por echar a la sombra cualquier ansiedad o incertidumbre o lo que sea que Cueto haya podido experimentar por lo súbito del viaje. Durante las próximas 84 horas, 8 aviones pilotados por exiliados cubanos bombardearon los aeropuertos militares de San Antonio de los Baños y Ciudad Libertad, además de un aeródromo en Santiago de Cuba, un airado Raúl Roa acusó a los Estados Unidos en pleno Nueva York de apadrinar una invasión militar contra la Isla, Fidel Castro rompió finalmente con las apariencias y proclamó –para sorpresa de unos pocos, dice Cueto irónicamente-, el carácter socialista de su Revolución, el ejército y las milicias cubanas se desparramaron de inmediato para cubrir hasta la última parcela de tierra y unos 1200 exiliados desembarcaron exitosamente por la costa sur de Matanzas con el objetivo de formar una cabeza de playa.

Todo ese frenesí apretujado en 84 horas.

Mientras tanto llegó el 17 de abril.

Pero no me pude ir. Cuando llegué a la agencia de pasajes me informaron que los vuelos comerciales estaban todos cancelados hasta nuevo aviso. Como era lógico, regresé para mi casa y fue entonces cuando me enteré que estaban encarcelando gente por todo el país. Enseguida cogí el teléfono y llamé a varios compañeros, muchachos opuestos a la Revolución, como yo, y efectivamente, todos presos. Por supuesto, mi madre entró en pánico al escuchar aquello, por eso decidió mandarme de inmediato para la casa de mi abuela. Tenía terminantemente prohibido salir a la calle y hablar por teléfono solo lo imprescindible, no fuese que las líneas estuviesen intervenidas. Una vez instalado allá comencé a seguir con detenimiento el curso de las acciones, a interesarme por lo que pasaba, y así hasta el 19, cuando para mi sorpresa, debo admitir, fueron derrotados los invasores, amigos míos algunos de ellos.

Dos o tres días después, mientras las aguas comenzaban a regresar lentamente a su cauce, Cueto telefoneó una vez más a la agencia de pasajes. Supo entonces que los vuelos reservados para el 17 habían sido trasladados para el 26.

Ese día desperté temprano. Aún estaba donde mi abuela, por precaución. En todo ese tiempo no me había movido de allí. Al poco rato mis tíos pasaron a recogerme en su carro y me llevaron para mi casa, en 25 y 2. Entré, fui a mi cuarto, cogí varias cosas que necesitaba, las guardé en una maleta, le di un beso a mi hermana y monté de nuevo en el auto. Mi madre nos acompañó al aeropuerto. No recuerdo ninguna palabra especial. La despedida en realidad fue bastante corta, apenas hubo tiempo de nada. Yo solo sé que me marchaba con la certeza de que regresar ya no sería fácil, mucho menos después de derrotada una invasión apoyada por los estadounidenses.

***

La experiencia de Cueto dentro del Programa para Niños Refugiados Cubanos sin Acompañantes, al que se acogían los menores que, como él, llegaban a los Estados Unidos mediante la Operación Pedro/Peter Pan, pero no tenían familiares con quienes quedarse, fue bastante corta y apenas tuvo contrastes.

Desde el primer momento me llevaron para un campamento ubicado en el barrio de Kendall, en Miami, donde estuve por un par de semanas. Era un edificio en forma de H, con dos pabellones: uno, el de las muchachas, supervisado por monjas ursulinas, el otro, de varones, por un matrimonio cubano.

¿Cuántos muchachos, más o menos?

Unos cuarenta en aquel momento, no muchos más.

¿Y qué hacían allí?

Nada. Como la estancia en los campamentos era una cosa transitoria y estaba todo tan mal organizado, no hacíamos nada, ni siquiera recibir clases, solo ver televisión, practicar un poco de deportes y pasar el tiempo en cosas de muchachos.

Lo próximo que sabemos es que unos meses después, en septiembre, Cueto, que ya antes había terminado el bachiller en Cuba, en el Colegio de Belén, se fue a hacer carrera gracias a Monseñor Leo Coady, obispo de Washington, quien le consiguió una plaza para que estudiara Ciencias Políticas en la universidad de su estado.

Entre el gobierno federal y el Programa para Niños Cubanos se encargaron de financiarme los dos primeros años de la carrera, o sea, hasta después de cumplidos los 18, que constituía la mayoría de edad. El gobierno pagaba las matrículas y el Programa el cuarto, la comida y un pequeño estipendio. El resto de los años los cubrí con un préstamo especial que se nos concedía a los cubanos y una beca que conseguí en la misma universidad.

¿Cómo diría que fueron esos primeros años lejos de casa?

Para mí la experiencia fue siempre buena, sobre todo porque había mucho que aprender. Incluso durante ese tiempo tuve la oportunidad de ir a Aviñón, a Roma, a España, por eso no puedo decir que sufrí, esa es la verdad. Ahora, las comunicaciones con mi familia sí que eran difíciles, las cartas demoraban mucho y solo podíamos hablar una vez al mes.

Y también hubo algo que le preocupó enormemente.

El hecho de que poco a poco mi madre y yo comenzamos a distanciarnos en cuanto a experiencias comunes.

¿Qué quiere decir?

Que ni yo entendía lo que pasaba en Cuba, porque ella me hablaba y escribía de cosas que yo desconocía por completo, que para mí no significaban nada, como las libretas de abastecimiento o los cupones de ropa, ni ella tampoco comprendía lo que le contaba yo. Era como que cada vez teníamos menos de qué hablar, ¿entiendes? Vivíamos en mundos diferentes y en ese sentido nos íbamos alejando.

***

A diferencia de muchos de los Pedro/Peter Pan, Cueto nunca logró reunirse con su madre y hermana en los Estados Unidos. Ambas, por una razón u otra, terminaron quedándose en Cuba.

En un inicio las dos quisieron marcharse, irse conmigo, pero fueron años muy complicados, sobre todo con el tema de los viajes, y al final nunca se dio. Por eso acabaron desistiendo después de algún tiempo y volcando sus vidas acá.

Durante el resto de la década de los 60 y comienzos de los 70, Cueto se licenció en Ciencias Políticas, caminó buena parte de Europa, se recibió de Máster en Argentina, se instaló en Nueva York, trabajó de paralegal en Wall Street y comenzó una carrera en Derecho. Por más que le hubiese gustado regresar al menos una vez para ver a su madre, resultó siempre imposible.

No había forma humana. El país estaba cerrado por completo para quienes habíamos decidido emigrar.

Curiosamente, cuando hace un rato decía que se marchaba con la certeza de que regresar ya no sería fácil, Cueto tenía toda la razón, y probablemente mucha más de lo que en aquel entonces sospechó. Bien visto, la frase puede hasta utilizarse como el exergo de su propia historia, la bandera de arranque del camino amargo y tortuoso que se le vino a continuación.

Sucedió así. El 16 de julio de 1973, 12 años después de marcharse a los Estados Unidos, Cueto llamó a Cuba para tropezarse con la noticia de que el día antes su madre había sufrido una trombosis. En ese mismo momento, mientras él hablaba por teléfono sentado en alguna habitación de Nueva York, ella agonizaba en La Habana sobre alguna cama de hospital. Sus probabilidades de sobrevivir, supo, eran escasas. Además, producto del ataque había quedado ciega y algo paralítica. Lógicamente, Cueto comenzó enseguida a buscar una vía para venir a verla. Lo normal, en otro contexto, hubiese sido telefonear a alguna aerolínea y reservar el primer vuelo con destino La Habana, solo que los exiliados cubanos, debido a su condición política, no podían contar con ello.

¿Qué hizo entonces?

Al día siguiente comencé una campaña internacional. Le envié cartas a Fidel, a Raúl Roa, a Armando Hart, a varias autoridades de Derechos Humanos, a ministros, a embajadas. A todos les pedía lo mismo: venir a ver a mi madre, que se moría en un hospital.

A pesar de lo urgente y sensible del caso, nadie respondió. Únicamente, en diciembre de 1973, o lo que es lo mismo, cinco meses después, la Oficina de Intereses de Cuba en los Estados Unidos, que, con una nota muy escueta, sin explicaciones de ningún tipo, le negó de plano el visado. Para ese entonces, su madre se recuperaba lentamente en el Hospital Manuel Fajardo, de La Habana, y aunque los reportes comenzaban a mostrar una ligera mejoría, su estado aún era preocupante.

Cueto, mientras tanto, continuó haciendo gestiones. Durante los próximos meses siguió escribiendo cartas casi diariamente y enviándolas a todas aquellas personas o instituciones, cubanas y extranjeras, que creía podían intervenir en su favor, y siguió, también, telefoneando sin piedad a la Oficina de Intereses de Cuba en los Estados Unidos, radicada en la embajada checa. Aun así no consiguió nada, como tampoco al año siguiente.

Era una cosa ilógica. Yo no pedía nada complicado. No pedía un plebiscito, ni libertad para los presos políticos, ni elecciones libres. Yo solo pedía venir a Cuba para ver a mi madre enferma.

Para peor, en 1975 su madre sufrió una segunda trombosis que, si bien logró rebasar, vino a empeorar su estado de salud, ya de por sí preocupante. Al cabo de dos años completamente malogrados, Cueto llegó a la conclusión de que difícilmente lograría algo desde los Estados Unidos, por lo que aceptó una oferta de trabajo de su bufete para ocupar una plaza en las oficinas de París.

Tras su arribo a la capital francesa, frecuentó hasta el cansancio la embajada cubana, abordó a cuanto funcionario de la Isla encontró en su camino, se entrevistó inútilmente con Carpentier y siguió enviando cartas sin parar, pero todo absolutamente en vano. Luego, para variar de táctica, decidió irse a probar suerte en la Unión Soviética, pensando que si él, un exiliado cubano, lograba atravesar el tamiz de la KGB, entonces ya no habría problemas para entrar a Cuba. Una vez de vuelta en París, se dio cuenta de que nada había cambiado.

A comienzos de 1977, cansado y frustrado después de cuatro años interminables desde que su madre sufriera la primera trombosis, lanzó un par de amenazas. De alguna manera debía llamar la atención. Primero amenazó con empezar una huelga de hambre y luego con encadenarse a una bandera cubana frente al edificio de la UNESCO cuando esta entrara en sesiones. Ambos desafíos pasaron totalmente inadvertidos.

No fue hasta agosto de ese mismo año, 1977, que el periodista Julio Ortega, nuevo embajador de Cuba en Francia, tomó cartas en el asunto y lo citó en su despacho, luego de recibir una carta firmada por Eugenio Ionesco, leyenda del teatro del absurdo, quien antes se había sensibilizado con el caso y decidido utilizar sus influencias. Aunque Ortega no tenía potestad para concederle un visado sin la previa aprobación de las autoridades en la Isla, prometió hacer todo lo que estuviera en sus manos para conseguirlo, y cumplió. Apenas a finales de la primera quincena del mes siguiente, en septiembre, la embajada contactó a Cueto en su oficina de París para informarle que su petición había sido aceptada. A continuación le preguntaron cuántos días deseaba pasar en Cuba, él dijo que veinte -el máximo que tenía permitido-, y se lo concedieron.

Después de 4 años, era casi increíble. En medio de su arrebato, Cueto no supo si llamar y decirle a su madre, no fuera que la noticia le disparara los nervios. En cambio, decidió ponerse en contacto con un tío suyo, a quien informó el día y la hora de su arribo. El próximo par de días, hasta la llegada del 17 de septiembre, los pasó ansioso, sin saber en qué ocupar su tiempo, contando las horas hasta aterrizar en el aeropuerto de Rancho Boyeros.

***

El 17 de septiembre de 1977, Cueto llegó a La Habana por primera vez después de 16 años, convirtiéndose en uno de los primeros exiliados en regresar a la Isla. El resto de los emigrados, salvo excepciones puntuales, no lo lograron hasta diciembre de 1978, cuando, después de meses de negociaciones entre el gobierno de Fidel Castro, la administración de Jimmy Carter y grupos de la diáspora, se crearon los llamados “vuelos de la comunidad”, gracias a los cuales miles de cubanos radicados en el exterior pudieron retornar a Cuba para visitar a sus familias.

Afuera de la terminal, como ya habían arreglado de antemano, lo esperaban su tío y un par de primos.

Su madre también.

Imagínate, una emoción enorme verla allí después de tantos años –dice.

Es, probablemente, la primera vez durante toda la conversación que Cueto sonríe, y que sonríe limpiamente.

Estaba sentada dentro del auto, en la parte de atrás, impaciente. En cuanto llegué a su lado, que escuchó mi voz, comenzó a besarme y a abrazarme y a tocarme la cara, a palpármela, para reconocerme, porque estaba ciega y no veía nada, solo sombras.

A pesar de la alegría inicial, de la felicidad por el reencuentro con los suyos después de tantos años en los que habían sabido de sí únicamente mediante cartas y llamadas ocasionales, el resto del viaje le regaló sorpresas bastante amargas. Solamente el tramo de recorrido del aeropuerto a su casa, en el barrio del Vedado, fue suficiente para que Cueto comprendiera que se encontraba frente a un país atrofiado, detenido en otra línea de tiempo, un país muy idéntico al que había dejado a sus espaldas más de una década atrás, solo que ahora bajo un filtro inamovible de consignas y languidez.

Lo mismo ocurrió cuando se bajó del auto frente a su casa.

Un shock tremendo. Ya desde afuera se notaba abandonada, pero adentro fue peor. Estaba todo roto, el televisor se escuchaba pero no se veía, los muebles, la pintura, aquello era un desastre. Al poco rato entré al cuarto de mi madre y vi que el techo se caía. Luego entré al mío y vi que permanecía exactamente como lo había dejado yo 16 años atrás. Abrí el escaparate y allí estaban mis uniformes, mis medallas, las libretas de la escuela, las gomas de borrar, el compás, nada sin mover, como cuando vas a la casa donde murió Dostoievski. Después de recorrer las habitaciones sentí una pena enorme: yo viviendo con cierta comodidad y mi madre en aquella miseria.

Cuando Cueto habla del regreso lo hace con un amasijo de sentimientos a punta de lengua, una mezcla muy visible, casi palpable, de angustia y enfado y dolor y sabe Dios cuántas cosas más. A veces, incluso, llora, aunque las lágrimas, salvo en una sola ocasión, rompen hacia adentro y no hacia afuera, asfixiándole los rasgos. Hace, además, un par de cuentos. Los cuentos son, a su manera, pequeñas crónicas de lo que también fue Cuba en los años setenta, historias de familias rotas, de carencias, de rigores innecesarios, de burocracia, de vicios ideológicos, de sacrificio y de frustración.

Por eso digo que fue una visita difícil, llena de emociones fuertes: ver el estado de mi madre, la precariedad de la casa, la situación del país, encontrar muy pocos amigos, tener que atrapar en unos pocos días la ausencia de tantos años, no poder ayudar a mi familia en lo económico, porque el gobierno cubano apenas permitía traer dinero.

¿Y su madre?

Ella lloraba mucho, quería que estuviera siempre a su lado. Nos sentábamos en la sala o en alguno de los cuartos y allí nos cogían las horas, conversando sin parar. Hablábamos de todo: de los estudios, del trabajo, de los Estados Unidos, de Cuba. A veces yo no entendía algo de acá y se lo preguntaba, y ella trataba de responderme, buscaba la manera más fácil de explicarme, de hacerme entender cómo el país había llegado al punto en que se encontraba, pero al final se rendía porque era todo muy absurdo.

Y después, casi como en confesión:

Yo no solo la quise mucho, sino que siempre le estaré muy agradecido por ese acto de desinterés y amor tan profundo que tuvo conmigo. Ella prefirió dejarme ir, sin saber siquiera cuándo nos veríamos de nuevo, por tal de que yo tuviese una vida mejor, de que no fuese indoctrinado, de que no corriese peligro de ir a la cárcel por pensar o querer algo diferente, de que fuera libre.

¿Qué es para usted ser libre?

Tener libertad para pensar, decir, conocer, reunirme, creer, no creer. Ser libre es tener opciones, ese es mi credo.

Entonces no hubiese querido quedarse en Cuba.

Para nada. Habría sido muy infeliz. A mí no me interesan los regímenes socialistas, mucho menos el cubano, donde no hay democracia.

¿Por qué lo cree?

Porque democracia es partidos múltiples, prensa diversa y contestataria, libertad de expresión, de asociación, de creencia, y las libertades en Cuba están muy cercenadas: la prensa es la misma, los cubanos apenas pueden viajar, casi no tienen acceso a Internet, los padres no pueden escoger la enseñanza que quieren para sus hijos, hasta hace poco les prohibían quedarse en un hotel y no por falta de dinero, sino por ser cubanos. Yo no hubiese querido vivir en un lugar así.

¿Qué cree de la Operación?

Que fue exitosísima para la gran mayoría. Todos los años me reúno y converso con suficientes de nosotros y hasta ahora no he conocido a ninguno que hubiese preferido no formar parte de ella, aunque imagino los haya y sus razones tendrán. Sí conozco a muchos que nunca harían algo igual con sus hijos y los entiendo, porque estuvieron en orfelinatos y pasaron por etapas duras, lejos de sus familias siendo apenas unos niños, pero gracias a la decisión de nuestros padres nosotros no fuimos afectados políticamente por el comunismo, ni por una escuela única, ni por ser como el Che, ni por el servicio militar obligatorio. Por eso digo que, en general, los Pedro Pan hemos sido felices y logrado éxito en la vida.

Y más en lo personal.

Una bendición, lo mejor que me ha sucedido en la vida. Tuvo parte de trauma, pero también mucho de aventura. Digo trauma por el dolor inmenso que vi reflejado en mi madre, por los momentos y las amistades que perdí, por la ruptura enorme que sentí con mi pasado. Aventura, porque todo cuanto he logrado en la vida se lo debo al hecho de haber salido de Cuba mediante la Operación. No puedo quejarme, esa es la verdad. Nunca fui maltratado, ni despreciado, ni obligado a hacer nada que no quisiera. En cambio, he logrado cumplir mis metas y hacer con mi vida lo que no hubiese podido acá.

***

Desde entonces, Cueto ha seguido viajando regularmente a Cuba, aun después de las muertes de su madre y de su hermana. En ocasiones viene hasta tres y cuatro veces en un mismo año. En todo este tiempo, a pesar de las diferencias políticas, ha apostado por convertirse en una suerte de embajador cultural entre ambos países, organizando exhibiciones y conciertos, impartiendo conferencias, escribiendo un puñado de libros, haciendo donaciones a museos y caminando el país completo.

También, por supuesto, ha seguido alimentando la Emilioteca. Lo hace con piezas que compra directamente durante sus viajes a la Isla –ya en ferias de artesanía o a vendedores de antigüedades-, y con otras que adquiere online. Así ha llegado a tener cosas tan increíbles como ediciones del New York Daily Herald de 1873 con noticias frescas de Cuba, tickets de lotería emitidos en el Brooklyn de finales del XIX, cuyos fondos eran destinados a apoyar las luchas mambisas, una polvera de marfil de casi dos pies de largo utilizada durante la invasión británica a La Habana y un par de piezas rescatadas del mar tras la explosión del acorazado Maine.

Emilioteca / Foto: Cubadebate

Emilioteca / Foto: Cubadebate

La Emilioteca es la metáfora de lo que quiero para mi país –dice-, una Cuba entera, donde no falte nada ni nadie, como debiera ser. Allí están las obras de José Martí, pero también las de Carpentier, que se negó a darme una visa para ver a mi madre, o las de Fidel Castro y Che Guevara, hombres a los que desprecio pero a quienes tengo que aceptar como parte de mi historia. En ese sentido diría que es muy especial, porque está la Cuba entera, la de aquí y la de allá, la que aquí quisieron y la que aquí despreciaron. Yo he rescatado ambas y lo seguiré haciendo mientras pueda, porque nada cubano me es ajeno.

¿Y Cuba, qué es? ¿Una obsesión?

Quizás, porque me la quisieron quitar, arrebatar, me negaron la entrada física. Este, con todos sus defectos, es el trozo de tierra donde me tocó nacer y el que he asumido como mío, y aunque a lo largo de los años haya adoptado muchas cosas de los Estados Unidos, Cuba es el país al que pertenezco, el que conozco, el que amo, el que quisiera que siempre fuera mejor.

Y al que regresará dentro de poco, ya de manera definitiva, como también la Emilioteca. Ese es el plan. La única condición es que esta sea reubicada en un único sitio, como hasta ahora, para que no pierda su esencia. Será sin dudas un momento hermoso: Cuba que regresa a sí misma, de donde no debió haber salido nunca.

Esa fue siempre la intención: regresar en algún momento, ya para siempre, y lo haré probablemente en unos cinco años, no mucho más. La razón es sencilla. Yo quiero que mi obituario diga “La Habana 1944 – La Habana dos mil tanto”.