Foto: AFP

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El profesor Jorge Domínguez, que lleva medio siglo escribiendo agudamente sobre Cuba sin jamás encontrarle una explicación, ha anunciado su retiro al final del actual semestre. La Universidad de Harvard, en la que Domínguez ha impartido cursos de historia y política desde 1972, había decidido suspenderlo tras recibir un rosario de acusaciones contra él por conducta sexual inapropiada, en incidentes que supuestamente han tenido lugar a lo largo de más de treinta años. Domínguez no se ha referido en su anuncio de retiro a esas acusaciones ni a las 18 mujeres que muy contundentemente lo han denunciado, pero es imposible creer que su jubilación no tenga nada que ver con una campaña que no sólo tiene convicción y propósito sino hasta un hashtag, #DominguezMustGo. Con su inopinado retiro, Domínguez parece admitir tácitamente su culpa, o, al menos, la probabilidad de que cuando las autoridades de Harvard examinen su conducta, lo hallen culpable, aunque él ha negado con vehemencia, en declaraciones a The Chronicle of Higher Education, la publicación que primero reportó esta sórdida historia, que sus acciones puedan ser clasificadas como acoso sexual. “Yo no ando por ahí acosando mujeres”, le dijo al Chronicle. “Ha habido un terrible malentendido”. 

El ignominioso final de la carrera académica del profesor Domínguez, uno de los más conocidos y prolíficos latinoamericanistas de Estados Unidos, ha sido reportado por numerosos periódicos, The New York TimesThe Washington PostThe Boston GlobeThe Miami Herald, hasta el odioso Daily Mail de Londres, que no puede resistir la tentación de celebrar la caída en desgracia de cualquier figura pública, particularmente si la causa es un escándalo sexual, e incluso si el villano es un profesor universitario de 72 años de origen cubano del que los lectores del periódico nunca han oído hablar, y no Brad Pitt. Muy correctamente, esos periódicos han clasificado el affaire Domínguez como un nuevo episodio de la radical rectificación moral que ha recibido como título otro hashtag, #MeToo, la caótica, furiosa sucesión de denuncias contra hombres prominentes que habrían cometido, según los que los denuncian, crímenes tan imperdonables como violación y asalto, y otros legalmente menos graves, aunque sus consecuencias puedan ser devastadoras, acoso, proposiciones sexuales agresivas, abuso de poder. #MeToo ha puesto fin a las tropelías del infame Harvey Weinstein, el más exitoso productor de Hollywood de los últimos treinta años, y a las de otros tenebrosos depredadores sexuales, aunque de momento se le ha escapado el más notorio de todos, el presidente Trump, y también ha castigado en exceso, en público, a algunos famosos que merecían, si acaso, una simple reprimenda privada, un rapapolvos, no una humillación universal y el probable final de sus carreras.

Desgraciadamente, las justísimas reivindicaciones de #MeToo se han mezclado ocasionalmente en Twitter y en otros foros públicos con el extremismo ideológico, la estridente ignorancia, el medieval puritanismo, la maldad, el oportunismo o la flagrante bobería de miles de personas para las cuales no parece haber distinción entre una acusación y una condena y creen que, en general, todos los acusados son culpables aunque se pruebe su inocencia o no se pruebe su crimen. A galope sobre Twitter, esa hidra de Lerna, #MeToo ha irrumpido rabiosamente en ciudadelas nunca antes tan amenazadas por meras mujeres, los estudios de Hollywood, el Congreso de los Estados Unidos y la Cámara de los Comunes, las más reputadas universidades de ambos lados del Atlántico. Por primera vez, muchos bárbaros que trataban a las mujeres con la misma consideración que a un cenicero, un objeto con una sola, aunque útil función, tienen miedo de ser expuestos y ejecutados. Ya era hora de que, cuando menos, tuvieran miedo. Pero sin precisión o astucia política, sin líderes ni organización, sin ruta o propósito claro, viendo en cualquiera que recomiende orden, sensatez y rigor legal un enemigo, trocando el veredicto de una corte de justicia por la sentencia instantánea, implacable, malévola y frecuentemente errónea de Twitter, la simplísima causa de #MeToo, que la dignidad, los derechos y la integridad física de las mujeres y los hombres no deben nunca ser vulnerados, amenazados o siquiera puestos en cuestión por la violencia, la lujuria o la chirriante misoginia de un sátiro, corre el peligro de ahogarse en su propia incandescente indignación, ser repelida por sus excesos y errores.

Por el profesor Domínguez no hay que preocuparse, él no es realmente tan famoso como para que Twitter lo triture antes de que pueda decir media palabra para defenderse, y Harvard ha prometido continuar la investigación de su conducta profesional y privada, aunque el investigado haya decidido jubilarse. Si ha hecho lo que dicen que ha hecho, ya se sabrá, categóricamente. Si es verdad, sería todo muy penoso, que tantas mujeres hayan visto sus carreras y su seguridad personal amenazadas por Domínguez, y que un hombre tan brillante y tan útil no haya sido capaz de entender algo tan simple como que no es no. Nadie va a salir ganando del affaire Domínguez, aunque las mujeres que alegan haber sido acosadas por él obtendrían, si la investigación les da la razón, una pizca de justicia. Comoquiera que este caso concluya, Domínguez ha sufrido ya la infamia de ser el primer hombre cubano prominente alcanzado por #MeToo. O el segundo, si se cuenta al profesor Roberto González Echevarría, el distinguido hispanista de la Universidad de Yale, que fue denunciado también por acoso sexual, aunque en 2015, bastante antes de que estallara el affaire Weinstein. Domínguez y Echevarría no son exactamente cubanos, sino cubano-americanos, esa estupenda, fértil combinación, pero son, de momento, lo más cerca de Cuba que ha llegado #MeToo, que podrá haber entrado en el Senado de Estados Unidos y en los Oscars, pero no podría entrar en la isla aunque llegara en las tres carabelas de Colón.

No es que en Cuba no haya hombres que se comporten como dicen que se comportaban Domínguez y González Echevarría, sino que hay tantos, que si llegara un día en que sus víctimas los denunciaran públicamente, caerían ministros, directores de empresas, generales, profesores universitarios, escritores, actores, coreógrafos, cantantes de salsa, trova y reguetón, directores de cine, teatro y televisión y quizás hasta Elpidio Valdés y el Capitán Plin. Lo que las mujeres que acusan al profesor Domínguez dicen que él hizo, besarlas y tocarlas sin su consentimiento, seguirlo haciendo después de haber sido claramente rechazado, hacerles entender que sus carreras se beneficiarían si consentían en tener una relación sexual con él, es lo que muchos hombres cubanos hacen con rampante normalidad, y sin jamás pensar que están haciendo algo mal. Quizás, si se les echara en cara su conducta, dirían lo mismo que Domínguez, que todo fue un malentendido. En una llamada Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género, realizada en la isla en 2016, 27 por ciento de casi mil mujeres participantes dijeron haber sido víctimas de actos de violencia sexual. Pero, increíblemente, 52 por ciento del total de participantes, hombres y mujeres, dijeron que en la isla había poca violencia, y 10 por ciento dijeron que no había violencia alguna, unas cifras que habría que atribuir a la ignorancia, la insensibilidad, la hipocresía o la chocante inocencia de esos individuos, que o bien no saben que acosar sexualmente a una mujer, o a un hombre, si vamos al caso, es un acto de violencia, un crimen, o bien se hacen los suecos y pretenden que nunca han oído que semejantes cosas ocurran, y mucho menos las han hecho ellos. Ese patético 10 por ciento deben ser los mismos que creen que Cuba es el país más culto del mundo y el más democrático.

La primera barrera contra la que se estrellaría un movimiento como #MeToo en Cuba sería, obviamente, la inexistencia de verdaderas redes sociales de comunicación, y periódicos que merezcan ese nombre, que no haya un foro público donde los participantes puedan hablar con libertad, discutir, gritar, chillar, insultarse cruelmente, denunciar a sus enemigos y proclamar como verdad la verdad o las más egregias mentiras. Primero tendría que llegar el siglo 21 a Cuba, o la democracia, uno de los dos, para que llegue después algo como #MeToo. Pero incluso si hubiera en Cuba extensas redes sociales, y democracia, y periódicos como The Chronicle of Higher Education, capaces de investigar una denuncia contra una encumbrada figura pública por un incidente ocurrido 37 años atrás, un #MeToo cubano tendría que chocar contra una cultura sexual en la que toquetear trumpianamente a una mujer, agarrarle una nalga o un seno sin su aceptación, o peor, hacerle saber que su carrera o su seguridad personal dependen de su disponibilidad para fornicar, es tan común que muchas mujeres lo aceptan como una simple, menor inconveniencia, algo con lo que deben aprender a lidiar sin muchos aspavientos desde que dejan de ser niñas, y si antes, mejor. Cuba necesitaría no solo un #MeToo, necesitaría una verdadera, arrasadora revolución de mujeres que comience por convencer a las propias mujeres de que no tienen que aguantar lo que ningún hombre aguantaría, y luego ponga a los hombres en su lugar, que no es arriba o debajo de las mujeres, sino al lado, o de frente, o atrás, depende de qué hombre y de qué mujer.

Cierto rasposo puritanismo anglosajón, que encuentra malicia y abuso en las más anodinas e inocentes expresiones de interés sexual, y ve falta en la celebración de los cuerpos magníficos y en las declaraciones del deseo, que son a menudo, inevitablemente, torpes exabruptos, debe ser detenido y repudiado. Esa santurronería tiene un agrio fondo conservador, y si se le deja extenderse, va a terminar desexualisando completamente la vida social, entorpeciendo las aproximaciones entre hombres y mujeres, o entre mujeres y mujeres, o entre hombres y hombres, y todas las demás fabulosas variantes, y comenzará un asalto contra la historia y el arte, ya hay signos de ello, proscribiendo y refutando todo lo que no se ajuste al rígido código de una nueva, tiránica mayoría moral, la colérica nación de Twitter. Ese puritanismo se ha filtrado a ciertas secciones de #MeToo, disfrazado de flamígero feminismo, aunque no tenga ni la fineza intelectual ni la brutal sinceridad del feminismo más radical y generoso. No hay peligro inmediato de que esa moralina llegue a Cuba, puesto que el gobierno cubano no deja que entre a la isla ninguna idea nueva, sea mala o buena, y también porque a los cubanos se les puede prohibir todo, incluso comer o pensar, pero es inútil prohibirles que forniquen en todas las direcciones, afanosamente. Si los cubanos dejaran de mirarse, desearse descaradamente, tocarse, besarse, entrar unos dentro de otros cada vez que se les presente la oportunidad, no serían cubanos, serían ingleses. Cuba se beneficiaría inmensamente, sin embargo, si llegara a ella, tan pronto como se abran las puertas del país, y las mentes y los corazones de su gente, la parte más afilada, justa y progresista de #MeToo, que también en la isla se ahínque una cultura del consenso, de milimétrico respeto y severa igualdad, que a ninguna mujer y a ningún hombre los manoseen si ellos no quieren ser manoseados y no han hecho nada para que nadie crea que puede manosearlos impunemente. Y que el que se atreva a hacerlo, termine en los tribunales, en la primera plana de los periódicos, si es famoso, o con la cara marcada por un bofetón. Que no haya malentendidos.