Silla para un interrogatorio

Foto: La Carta China

La citación ocurrió el 18 de julio último, y duró desde las 9:20 am hasta las 3:45 pm aproximadamente. Eran dos oficiales. Un Capitán de 45, de estatura y extremidades ordinarias, y un Teniente Coronel de unos 55, alto y con manos enormes. El Periodista tiene una memoria en esencia perezosa para los nombres y las fechas, súmese que los nombres de la policía política son más humo que nombres. En las noticias de detenciones o interrogatorios que emite la prensa independiente se leen piezas gaseosas como Capitán Alejandro, teniente David, mayor Adrián, primer teniente Silvia, sin apellidos. Cabezas en la niebla.

La identidad de «Fong», el que rondaba los 55, no obstante, le pareció real. Como sugerían el apellido y los ojos rasgados, tenía un antepasado chino-mulato. El día anterior una voz, acaso la suya, la de un hombre con nietos, había llamado por teléfono al Periodista. Fong se identificó y dijo que debía presentarse en la unidad de operaciones policiales de Versalles, cita frente al Hotel Versalles. Fong sonaba cansado, como el que tacha los días para el retiro.

Preguntó por Amílcar de forma lejana y negligente, o supuestamente de forma lejana y negligente, y el Periodista contestó que era él mismo. Nadie le llamaba así nunca, solo quienes le conocían en exclusivo de Facebook, que son pocos y ninguno su amigo real. Fong le citó para el día siguiente y el Periodista, nervioso, le dijo que sí, luego se hizo un silencio en el diálogo… «¿Es muy grave?», preguntó el Periodista.

–No… Es en todo caso para un análisis.

A priori la llamada telefónica le causó curiosidad. Una estructura. Un punto de giro. Así que el asunto le provocaba una mezcla de turbación civil y entusiasmo estético. Por la ventana de su cuarto entraba poca luz. Eran más de las cuatro de la tarde y los objetos enviaban mensajes en claroscuro. ¿Qué sentía un perseguido… la misma curiosidad? ¿Qué era él en la realidad real, un perseguido, un acusado, un clandestino, un metiche? Y si lo encerraban, ¿qué sucedería con su familia? Iba de un tema más cercano a otro más abstracto. Si quienes ahora lo llamaban para interrogarlo decían que representaban el orden, la paz y el bien común, ¿quiénes representaban el bien y quiénes el mal? El Periodista se aglomeraba ¿A los poderosos, a los que detentan el poder, les asiste siempre el mal, y a los débiles necesariamente el bien? Estaba ensimismado, estaba pleno, su hija le habló y no la escuchó. Olvidó el nombre del oficial.

***

En la unidad de Versalles, Santiago de Cuba, no supo decir quién lo había citado. La caseta de espera de la unidad de operaciones policiales de Versalles es un local bien ventilado, rodeado de persianas miami, que recuerda un salón de juego de campamento de boy scouts, o de campismo popular, que recuerda un local reorientado a otro uso, con insuficientes asientos plásticos para las personas que esperan, con ventiladores, con un par de misteriosas puertas de madera manchadas de humedad que dan a un par de tristes baños de una sola pieza sanitaria.

De vez en cuando el soldado de posta se acercaba y les pedía a los que se estacionaban afuera del local, unas 20 o 30 personas bajo una cámara de vigilancia (acaso acusados o testigos de procesos judiciales), que debían entrar. «Pasen», rogaba, «que si me regañan me quitan el pase». Y la gente entraba como si afuera lloviese o tronase, concentrándose unos demasiado cerca de otros en pleno julio, pleno verano, pleno sol. Y obedecían como toca: mostrando buena voluntad y cooperación ante la Ley.

Luego de presentarse sin éxito ante el Recepcionista, el Periodista se agachó frente a la amiga que lo acompañaba. La amiga estaba sentada, y leía algo en su móvil, y el Periodista pensaba en una solución para ella, para no tenerla ahí. Nada le aseguraba que la llamada recibida fuese verdadera o falsa, podría haber sido un chistoso. Pero irse en el caso de que fuera real sería leído como antipatía, desdén. La Ley, la ley de Cuba, comenzaba y terminaba en alguna parte: en su bolsillo, en la copa de los árboles, en la sopa pobre y desabrida de su casa, en las luz led de los faroles públicos que seguían encendidas en pleno día y que no alumbraban nada y lo alumbraban todo, en todas, en cualquier parte; y era un animal que mordía y amenazaba.

Su nombre no estaba en la lista. Preguntó dos veces esperando algún error de lectura y ninguna de las dos veces apareció. Cuando se le ocurría alguna manera de identificar al hombre de la llamada, regresaba de nuevo al Recepcionista, un hombre vestido de civil que se comportaba con la humildad de un sobreviviente de cáncer.

– Tiene una «o» atravesada. ¿Podría ser un tal Soto? ¿El mayor Soto?

El Recepcionista decía que no.

–¿De qué se le acusa? –le preguntó en algún momento el Recepcionista.

–No sé –dijo el Periodista.

***

El Periodista estaba casi seguro que tanto el chistoso como el supuesto oficial que lo llamó iban en serio, profundamente en serio como una de estas tardes tapadas de nubes negras que van en serio en cualquier cosa que signifiquen. Le dijo a su amiga que se irían en 15 minutos en caso de que no apareciera el oficial. Su coartada ya era firme: no tener prueba alguna de una citación real.

A eso de las 9:18 sonó el teléfono. El Recepcionista alzó la vista, miró al Periodista. El Periodista se puso de pie. Fong apareció casi de inmediato desde el otro lado de las persianas y al verlo el Periodista sintió –¿para qué complejizarlo?– una inexplicable alegría.

Se dieron la mano cordialmente y caminaron por debajo de los arbolitos que ornamentan la unidad de Versalles. Entraron en una serie de monótonos edificios de una sola planta, sobre aceras y jardineras cuidadas y pintadas con carburo. El carburo con que suelen estar cuidadas y ornamentadas las unidades militares llevaron al Periodista a otras unidades militares en las que había convivido. Iba, digamos, asimilando que volvía a situarse bajo régimen. Dicho régimen se repetía infinito hacia delante, hacia detrás, hacia los lados, como en un cuarto de espejos.

Le preguntó a Fong cómo sabían su teléfono fijo. Fong contestó con una sonrisa que ellos eran LA SEGURIDAD DEL ESTADO. Luego miró de arriba abajo al Periodista y le preguntó si traía su teléfono encima. El Periodista dijo que no. Lo había dejado en casa. A los policías le pican las grabaciones, las fotos, los videos.

Fong le preguntó por el embarazo de su mujer. El Periodista le respondió que cómo sabía eso también. Fong dijo que ellos lo sabían todo. Ya dentro de la oficina, y dándole seguimiento al interés de Fong por la familia inmediata del Periodista, el Periodista le dijo que su hijo se debería llamar Monte, Monte Ignacio, pero que su mujer se oponía.

Era una oficina estrecha y pintada de un color claro, quizá verde o azul; tres burós, cascos de moto, alguna computadora, documentos amarillentos y manoseados por doquier. Una oficina sin alma. Entre dos muebles bajos de bagazo prensado había un dinosaurio de papel maché del tamaño de un pavo. Mirándolo, el Periodista recordó la historia de que en Versalles había un cocodrilo sin dientes. A los criminales, a los gusanos, a los rateros, a los asesinos, a los violadores los metían en un cuarto oscuro con el cocodrilo sin dientes y salían cooperando, confesándolo todo y había que taparles la boca para que callaran.

El Periodista le dibujó en el aire lo que puede ser un buen nombre. Fong lo observaba con paciencia. Un buen nombre era algo que uno tendría que escalar, como la Cordillera de los Andes. El Periodista había tenido la oportunidad de ver la cordillera nevada de los Andes, sus nieves perpetuas, sabía de lo que hablaba. Les dijo que sabía que ponerle Monte a un niño podría ser un disparate, pero un nombre alto como Monte podría ser un buen comienzo.

El Capitán que acompañaba a Fong no hablaba, no levantaba las cejas, no arqueaba la boca, era una salamandra, desaparecía al tomar el color del aire. Miraba a través de unos espejuelos de cristales color sepia y tenía la frente y las mejillas manchadas. El Periodista le preguntó por qué las tenía manchadas, el Capitán respondió que por el sol. Pasaba horas bajo el sol. Su silencio era el mensaje, un mensaje bajo el sol. Somos más de lo que te «imaginas», decía sin decir. «Conocemos al ser humano». Digamos que desaparecía y solo aparecía cuando se movía para tomar nota diligente de todo lo que decía el Periodista.

Afuera hacía ese calor de julio que pudre mangos, infesta ñáñaras y desvía la voluntad hacia cifras por debajo de cero. Adentro los dos agentes conversaban con el Periodista. El aire acondicionado roncaba, se esforzaba por mantenerse en 17 grados o algo parecido. Se deslizaban sobre toboganes de conversaciones circulares cuyos tripulantes se saludaban infinitas veces al pasar. Fong era un interrogador hábil, apasionado. No le entraba hambre, no miraba el reloj, no era, digamos, como esos empleados del sector estatal que llegan cansados y se van cansados de sus puestos laborales, amaba su trabajo sin tener que sentir que amaba algo. El Periodista conoció gente como Fong en su etapa militar, algunos de sus amigos eran como él. Si el Periodista estaba empeñado en explicar por qué hacía periodismo libre, Fong tenía más jugo a su favor, y una parte del partido ganado. Si el Periodista, creyéndose el listo, hablaba de una jirafa o un zapato, Fong soplaba, hacía que abundara más sobre el tema hasta que preparaba una emboscada, un enroque, un jaque, que avergonzaba al Periodista.

Sobre la cabeza de Fong había un retrato en PVC de Fidel Castro. En este no tenía la usual postura de «te estoy vigilando» que multiplican los afiches de propaganda más recientes, sino la sonrisa arrugada, desinflada, de sus últimos años. A un lado, pero en el mismo cuadro, tipografiado por un curso básico de Photoshop, se apiñaba su concepto de Revolución, que la hija del Periodista se había aprendido de memoria en la escuela. A su derecha había otro cuadro de Raúl Castro con una cita de sus ideas más frecuentes: trabajen sin fanfarria, trabajen en silencio, sin criticar. La postura ladeada del General, y las gafas polarizadas que lo acompañaban desde siempre, de alguna manera decían: «Te veo y te pienso». El Periodista intuyó que las gafas que usaba el Capitán imitaban o respaldaban las que usaba Raúl. Te miro y te pienso, decían ambos.

Mientras leía el mensaje que le enviaba el retrato de Raúl, el Periodista escuchaba la voz de Fong acusándole de escribir cosas destructivas, de escribir cosas que no eran objetivas, de escribir con desconocimiento y que eso era lesivo para el país. Eso era contenido utilizado por extranjeros para atacar a la Patria. Insistía una y otra vez en que el Periodista generaba armas contra la Patria. Fong colocaba las palmas de las manos hacia arriba, como si los textos del Periodista pesaran.

Fong dijo que en lugar de crear esas armas contra la Patria, debía intentar hablar del bloqueo económico, por ejemplo. Pero los que pagaban al Periodista no lo permitirían, y si no le creía, que hiciera la prueba, que se propusiera hablar sobre el bloqueo, le dirían que no. El Periodista razonaba lo que decía Fong, no era una mala idea, pero reconocerlo no le resultaba cómodo. La cobertura al bloqueo que reclamaba era una de esas historias que sus padres hacían tres veces a la semana, y de tanto repetirlas se convertían en síntomas, en derivas.

Vaya cosa, pensaba el Periodista. En Casa tomada, el cuento de Julio Cortázar, dos hermanos, hombre y mujer, solterones, aferrados a una casa que los influye y atrapa, comienzan a sentir ruidos dentro de las habitaciones. Aterrorizados, van saliendo y desocupando cada espacio hasta que ya no les queda sino la sala, y la puerta por donde se largarán al final. El bloqueo es ese ruido, acaso un pequeño rumor que a fuerza de alimentarse y maximizarse irá sacando poco a poco a los hermanos de la casa.

La figura del bloqueo como pretexto, pensaba el Periodista, la búsqueda de un enemigo externo en naciones descolonizadas, está igual desglosado en toda la obra de V.S Naipaul con una agudeza o eficacia escalofriante, aun cuando nunca hable de Cuba ni de embargo o bloqueo. El enemigo externo era un mal endémico, un destino manifiesto, una noche de la cual no se salía.

El Periodista evocaba el bloqueo, su metafísica, todos los objetos raros que movía, todos los conejitos que sacaba del sombrero. Les dijo que no le parecía una mala idea escribir sobre eso. No le creyeron. No les era importante en cualquier caso.

***

Tus artículos, le dijo Fong, han sido estudiados por especialistas en contenido subversivo del Minint y la Universidad de Oriente. En ellos habían encontrado material escondido. El Periodista le dijo que no, que siempre trataba de decirlo todo. Fong dijo que no, no lo decían todo. Que había contenido oculto, y deslizaba de forma horizontal su enorme mano derecha como si se tratara de deslizar una llave por debajo de una alfombra.

La primera vez que el Periodista oyó hablar públicamente de deslizar contenido bajo la alfombra fue en el curso de Universidad para Todos que impartían Eduardo Heras León y Francisco López Sacha.

A principios de los dos mil, Fidel Castro se propuso hacer de Cuba el país más culto del mundo y abrió su primer programa televisivo con un taller de formación literaria. En una de sus clases los escritores Eduardo Heras o Francisco López Sacha hablaban de un cuento de Ernest Hemingway, llamado Colinas como elefantes blancos, donde una pareja de novios conversaba sobre un par de colinas blancas que tenían ante sí. Parecía una conversación intrascendente. Pero había algo resplandeciente en sus silencios, en sus énfasis. Hablaban de un aborto y del leve malestar que precede o envuelve al desencanto. La pareja anunciaba el fin de una relación sentimental.

Todo relato, dijo el escritor americano, funciona como un iceberg. «Hay nueve décimas partes bajo el agua por cada parte que se ve de él.» Las herramientas de las que hablan los virtuales especialistas en contenido subversivo de la Universidad de Oriente y el Ministerio del Interior son propias del oficio de escribir, y pertenecen no a los bandos que perviven de la Guerra Fría, sino a la tradición literaria, si cabe, y a la belleza de las palabras y los silencios.

Por usar esas mismas herramientas literarias, al viejo Heras se le había acusado en su momento de deslizar contenido bajo la alfombra, de entregar armas al enemigo, y fue confinado a trabajos en los hornos de Antillana de Acero. El caso Heras era la punta de un iceberg, y Fong también.

***

El Periodista publicó en esta revista un ensayo sobre el transporte urbano en Bogotá. Fong tuvo a bien imprimirlo. Comenzó a analizar cada párrafo leyendo en voz alta. Al Periodista le parecía que el Transmilenio (nombre del sistema de transporte público-privado en Bogotá) era un oscuro complot que llevaba a los bogotanos a un envejecimiento prematuro, a una suerte de efervescente matadero armado por políticos que también iban al matadero por coimas y desvío de fondos.

En Cuba, por su parte, el transporte colaboraba en llevar a sus ciudadanos a una lenta presencia que era a su vez una lenta muerte. Fong dijo que la manera en que el Periodista describía la agonía en una parada cubana era tendenciosa y expresaba desconocimiento. «Si un vecino en Cuba sale a comprar un litro de aceite al mercado, que le queda a tres kilómetros de distancia, es muy probable que pierda media mañana en el asunto, aderezado con sol, adormecimiento, sudor, mal humor.»

Fong trataba de explicar, moviendo sus largas manos, que no hacía falta llegar a esos detalles. Al final de la primera cuartilla encontró el primer crimen contundente: «En el caso de Bogotá el TM mueve a millones diariamente y tres veces más rápido. En comparación con el pasajero cubano, el bogotano vive tres vidas más en una sola vida en dirección hacia alguna parte. Y si algo interrumpe esta dinámica puede que lluevan neumáticos quemados, gases lacrimógenos, tropas antimotines, balas de goma cruzando de un lado a otro, hasta que la combinación privado-estatal busca una solución y aparecen nuevos vehículos que vuelven a reducir la espera en las rutas, y el usuario no se siente totalmente estafado.

«El cubano simplemente espera, no protesta ni cierra vías ni se lanza a la calle como sucedería en el sector popular bogotano (situado al sur, donde las casas son bajas y de ladrillos rojos sin repellar, y los perros engordan con sobras que bucean entre la basura o que les prodigan los mendigos sin hogar). El transporte urbano en la isla no es solo tres veces más lento, sino que parece un elemento adormecedor más en el orgánico y total mecanismo de lentitud del país. Una lentitud que en Cuba se podría vender de souvenir, en pisapapeles de ámbar.»

El Periodista incitaba a la rebeldía social, dijo Fong. El Periodista comentó que intentaba llevar al lector a la parada de ómnibus, haciéndole sentir lo que él sentía, que por lograr eso, un trozo de vida, escribía, era su vocación, le gustaba su trabajo. Fong insistía en que eso no hacía falta, y que por eso podría ir a la cárcel, por eso había un castigo previsto en el sistema de leyes cubano.

En algún momento de la conversación el Teniente Coronel reconoció –acaso culpando al bloqueo americano– que el transporte en Cuba generaba estadías largas y pesadas, pero en ese caso propuso: «¿Por qué no poner el transporte está maloʼ, y ya, malo y ya?»

***

A Fong, como a la Seguridad del Estado, le preocupan los intercambios de los ciudadanos cubanos con personas extranjeras, principalmente si se trata de intercambios no filiales, o no amorosos. Los extranjeros confunden, contaminan a los ciudadanos cubanos.

Sobre el buró de Fong había unas hojas impresas con expedientes de familiares, amigos y conocidos extranjeros del Periodista. Cada expediente tenía dos hojas. Sobre la parte superior de cada una se leía «Secreto». Fong confiaba en el Periodista. Se cuidaba de que pudiera leer lo que decía. En la primera página los extranjeros aparecían clasificados como «Emisarios». También había cosas escritas sobre sus padres y su mujer. No decían nada que el Periodista no supiera: que sus amigos o conocidos eran periodistas, o que en algún momento habían escrito textos críticos sobre la falta de libertades en Cuba. Escritos donde el trabajo de Fong era protagonista. Fong dijo que eran personas que trabajaban en secreto al servicio de los intereses de los Estados Unidos. El Periodista pidió pruebas. Fong dijo que se las daría en su momento, más adelante.

Fong le pidió nombres de quienes habían ido junto a él a eventos periodísticos en otros países. Por citaciones parecidas a otros colegas, el Periodista sabía que ya tenían registrados esos nombres. El Periodista sintió pudor, recordó la historia de Cuba enseñada en las clases de sus maestros, recordó la película Clandestinos, de Fernando Pérez, sintió que se convertiría en delator. Dijo que no se sentiría bien diciendo esos nombres, le dijo que él sabía que ellos sabían, y le pidió que hablara con los periodistas oficiales que habían asistido, o que en todo caso confiara directamente en su palabra, que confiara en lo que él iba a decirles en ese momento: en-ningún-evento-habían-recibido-entrenamiento-de-nada-ni-se-le-había-adoctrinado-sobre-nada.

El Periodista explicó que no se adoctrina a adultos graduados en universidades cubanas. Estaban en toda su capacidad de discernir o dudar de qué creer o adónde asistir. Criminalizar un artículo o a personas que asisten a un taller convocado por instituciones que el estado cubano no controla, es como mandar a la cárcel a hombres por crímenes que no cometieron, pero que cometerían. El Periodista les recomendó ver Minority Report, la película que Steven Spielberg había donado a Cuba acaso con toda intención. El Capitán tomó nota. Se trata de un sistema de predicciones de crímenes que manda a la cárcel a hombres que supuestamente los cometerán. El sistema se va abajo cuando uno de sus promotores es encontrado culpable de un futuro crimen, el acusado, por defenderse, hace todo lo posible por destruirlo.

El Periodista preguntó si conocían al checo Franz Kafka. Fong le dijo que sí, que conocía a Kafka, por supuesto. Fong quiso dejar claro que él conocía La metamorfosis. Soplaba, Fong soplaba, viendo hasta dónde Kafka lo llevaba río adentro del Periodista. El Periodista les dijo que dado el caso de que conocieran a Kafka, era importante que notaran que la circunstancia de su estancia allí, en esa oficina, luego de recibir una llamada y no una citación por escrito, que le ordenaba asistir al día siguiente a una unidad de operaciones policiales donde no tenían registrado su nombre, y luego rendir cuenta por descripciones y opiniones escritas en artículos periodísticos, siendo amenazado de ir a la cárcel, era una circunstancia que lo empequeñecía como individuo frente al poder enorme que ellos concentraban, y que eso era una circunstancia kafkiana. Se hizo un silencio en la conversación.

El tiempo como que se detuvo y el Periodista dio unos pasos atrás y pudo verse a sí mismo hablando con Fong y el Capitán. A la policía política, a la policía en general, a los cuadros dirigentes, salvo excepciones que el Periodista no conoce, no les mueve el piso en absoluto que le pregunten por Kafka. El Periodista quería avisarles, básicamente, que ellos habían sido retratados en la obra de Kafka. O sea, habían sido juzgados, parametrados por la literatura, la cultura y los mitos del siglo XX.

El Capitán rompió el silencio y dijo: «Bueno, Amílcar, después de esa catarsis suya…»

***

Fong dio una larga disertación sobre la injerencia de invasiones americanas en Venezuela y el Medio Oriente. Repetía con minuciosidad el punto de vista de los noticiarios de la Televisión Cubana, Telesur y Russia Today. Era una pieza perfecta y sin fisuras. Giraría infinitamente hasta romperse o presentar defectos, y en ese caso sería sustituido por otras piezas a las que no le tocaba otra cosa que girar en círculos a la velocidad que le ordenara el motor central.

Fong vinculó las invasiones preventivas americanas y los niños muertos en Siria con el dinero que recibían los eventos a los que asistió el Periodista fuera de Cuba, y al leer este artículo no sentirá duda o pudor propio, sino orgullo. Sin embargo, quienes podrían estar de acuerdo con Fong, quienes alimentaban su imaginación desde las salas de redacción de esos medios de información antes citados, no eran piezas perfectas. Los periodistas oficiales que asistieron a esos eventos, algunos aprovechando vacaciones para no pedir permisos a sus superiores, ya eran en sí mismos piezas no perfectamente redondas. No encajaban en el gran mecanismo necesitado de absoluta aquiescencia, simplemente porque reconocían que estaban en todo su derecho de ir a donde les pareciera necesario o divertido.

La curiosidad, la libertad o el oportunismo los llevaba más allá del oscuro sueño anticapitalista en que se había convertido Cuba luego de los primeros años de la década del sesenta. Muchos de ellos, que alimentaban el firme edificio de Fong, querían conocer por sí mismos, como el Periodista, a qué demonios sabía una hamburguesa McDonald’s. Los hombres y mujeres libres que asistían a talleres no administrados por instituciones cubanas eran piezas rotas, algunos incluso ya habían sido corregidas o sustituidas.

En un momento que Fong salió de la oficina el Periodista habló con el Capitán. Le preguntó cuál era el último libro de ficción que había leído. El Capitán respondió con convicción de hierro, como si hablara del Corán, que él solo leía libros de Historia. El periodista le recomendó a Eric Hobsbawm. Historia del Siglo XX, editada por la editorial Félix Varela del Ministerio de Educación Superior, le ayudaría a comprender mejor el trabajo que él y Fong hacían.

***

Como a la una de la tarde Fong regresó y redactó la declaración del Periodista. El Periodista pidió que le dieran un papel que dejara constancia de esa citación. Fong musitó algo. No dio documento alguno.

Las manos y los dedos de Fong eran cada vez más largos, sus otras extremidades habían crecido un poco más también, pero aun así se las arreglaba no solo para entrar en la silla y sentarse como un ser humano normal, sino para teclear sin que las rodillas le toparan en la barbilla, ni que la cabeza quedara ordinariamente alejada de la pantalla de la computadora. ¿Cómo podría sostener unos dedos tan largos o escribir sin tocar dos o tres teclas a la vez?

Fong descubrió que el Periodista intentaba demostrar que escribía por vocación. El Periodista insistió en que colaboraba con medios oficiales, Fong vio una hendija ahí, interpretó que intentaba lavarse con ese dato o que el Periodista se afincaba en una noción universal de derechos humanos inexistente para Cuba y que él (Fong) podría usar a su favor.

Fong comenzó pidiendo los nombres de los medios oficiales con los que el Periodista había trabajado. Cuando estos se agotaron, pidió los nombres de los medios no oficiales, luego pidió nombres de colegas con los que el Periodista había viajado fuera de Cuba. El Periodista suspiró y dijo que no hablaría más. Preguntaron por qué. El Periodista les dijo que no confiaba en ellos. Levantaron la cabeza, las orejas, miraron a la vez al Periodista. Esperaban que el Periodista confiara en ellos. El Periodista les explicó. Le dijeron que la citación era para analizar algunos hechos, luego que era para advertir, luego habían armado una declaración que estaban poniendo por escrito.

El Periodista bajó la cabeza y cerró los ojos, estaba agotado, le agotaba mantenerse en perpetua atención. Fong y el Capitán eran un ejército a la espera de que la fortaleza abriera, o de que el jabón cayera al piso. Querían entrar, decapitar al Rey, violar a las princesas. Los largos dedos de Fong entraban y subían por las escaleras, por las duchas, por las alcobas de las princesas. Vigilaban en todo momento, entre dos palabras, entre un gesto de asombro, entre una molestia. Cualquier ademán espontáneo era una moneda que Fong y el Capitán recogían sin emoción alguna, y echaban en un portafolios. Fong le lanzó una profecía al Periodista: «Tus amigos te traicionarán, tus amigos desearán a tu mujer».

La noción de estar entre roedores que le devoraban la pierna, soplando para que no le doliese, le recordaba al Periodista las unidades militares, las delaciones de sus compañeros, las reglas de los cuarteles, el olor a carburo mojado del largo muro que hubo de pintar durante casi una década en unidades militares. Le recordaban que detrás de ese muro estaba la libertad, podía escuchar la lejana risa de la libertad y el severo acorde del órgano autoritario. El Periodista dijo: «Me voy de este país. Estoy en el país equivocado. Este país es de ustedes».

El Capitán lo incorporó en sus anotaciones. Luego le dijo que esa actitud, la de no colaborar, la de no decir nombres, lo llevaría a la cárcel. En la declaración final que leyó Fong no figuraban ninguno de los medios oficiales que había tecleado o fingido teclear y de forma inculpatoria solo aparecieron los medios no oficiales en los que escribía el Periodista.

***

Fong habló de un compromiso que el Periodista debía firmar. Se dispuso a redactarlo pidiendo su colaboración. El Periodista dijo que se comprometía a escribir bien y a hacer un periodismo constructivo. Fong hizo un gesto de decepción, luego una mueca de «me estás jodiendo, ¿no?», luego se armó de paciencia y dijo que eso no decía nada, quería un compromiso de buena conducta. Esto es renunciar a descripciones incómodas, a largas enumeraciones sobre el sopor, la desesperación, el conformismo de la gente en las paradas.

Quería que comenzara desde cero, a contar el mundo feliz que Cuba era. Quería un periodismo séptico y constructivo del modo en que es constructiva y séptica la prensa oficial cubana, orgullo de sus políticos. Quería que el Periodista fuera un hombre de confianza, un reflejo condicionado que ganara el Premio 26 de julio, el José Martí y el Félix Elmuza. El Periodista no se reconocía en lo que Fong tenía destinado para él.

El Periodista dictó su declaración de buena conducta: «Me comprometo a escribir un periodismo comprometido, bien escrito». Fong dijo que veía al Periodista regresando a esa oficina. Está bien, dijo el Periodista. «Me comprometo a hacer un periodismo comprometido con mi país, constructivo, y que esté bien escrito». Fong dijo que eso tampoco decía nada. Ok, dijo el Periodista. «Me comprometo a hacer un periodismo comprometido con mi país, constructivo, que no use adjetivos, que use símiles, metáforas, sustantivos…»