Leo a Jorge Ferrer desde el otro lado del Atlántico. Nuestros relojes marcan siete horas de diferencia. Él en España, yo en México. No he tenido la posibilidad de entrevistarlo, digamos, de manera «formal», por lo que no podré describir su apartamento o el café donde habríamos conversado. El ambiente del lugar, sus gestos o su enojo o aprobación, el arqueo de sus cejas antes ciertas preguntas incómodas, o no. Ahora, mientras repaso sus respuestas, pienso el posible escenario: estamos sentados en cualquier lugar de Barcelona, Guadalajara o La Habana, nos hemos presentado hace apenas unos minutos. Escucho su conversación armónica y elegante, como lo es su escritura, e imagino la complicidad, que habría sido, sin dudas, el mayor bien.

Antes de escribirle a Ferrer, ya lo había leído, ya había viajado a bordo del transiberiano, ya me había sumergido en El libro negro e, igualmente, bordeado el dolor y los horrores vividos por Grossman e Ilyá. Ya había sufrido por Zuleijá y ya había terminado de examinar la papelería de PAIDEIA y de conversar con algunos de sus protagonistas. Todo ese proceso me permitió sosegar la distancia y me ayudó a transitar por este ejercicio espiritual —como aconsejara Bourdieu— mediante el olvido de mí misma, mediante una verdadera conversión de la mirada. «El talante acogedor —escribió el sociólogo francés—, que inclina a hacer propios los problemas del encuestado, la aptitud para tomarlo y comprenderlo tal como es, en su necesidad singular, es una especie de amor intelectual: una mirada que consiente en la necesidad»[1]. Y así, exactamente, me he sentido con el resto de mis entrevistados y con Jorge, aunque no pudiera decírselo al término de nuestro diálogo en un banco improbable, deslocalizado tanto en tiempo como en lugar. Un efecto de revelación se suscita con cada trabajo. Me parece que he estado allí, que lo he vivido.  

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Jorge Ferrer (La Habana, 1967) engrosa, también, la no-lista de escritores cubanos si hurgamos en las documentos oficiales. Su participación activa en el proyecto PAIDEIA, impulsado —como él mismo ha dicho— por un espíritu de democratización y libertad que vivió en la URSS, pareciera haberse convertido en un estigma con el que el gobierno cubano marcó a disímiles intelectuales de la isla, una vez el derrumbe del Muro de Berlín mostró una realidad incoveniente, subversiva.

Su firma, su nombre y su protagonismo, centrales en PAIDEIA, aparecen en la carta a Carlos Aldana con fecha del 4 de agosto de 1990. Ahí, el grupo reclama el derecho a dialogar directamente con el poder, que los había vetado sin posibilidad de contribuir a la sociedad que les pertenecía. Ferrer también está presente en «Tesis de mayo», textos emitidos ante la inminente celebración del IV Congreso del Partido para el que se había convocado a un debate previo con la exclusión de ciertas voces incómodas. Se repite entonces la fórmula conocida: la invisibilidad como mecanismo preponderante en una esfera pública violentada, en un escenario donde lo público y lo social fueron convertidos en territorios y extensiones del Estado.

No existía en la Cuba de los noventa —como no existe ahora— ese sitio, ámbito de construcción —según la calificación de Nora Rabotnikof—, donde se reconozcan las tácticas de fabricación ciudadana, se hagan visibles los conflictos o se permita incluir las demandas; donde la accesibilidad sea para todos y tenga una expresión institucional. En una estructura de ese tipo no puede importar la carrera profesional de Jorge Ferrer, sus traducciones de Svetlana Aleksiévich, de George Soros o de Alexander Herzen, su novela Minimal Bildung y ni siquiera sus premios. Pareciera este un asunto trivial y una crítica desmedida, pero no lo es. El simple hecho de que una cúpula decida barrer hombres y obras constantemente y que a su antojo quite, ponga, suba y baje esos nombres que están por derecho en el rico caudal intelectual cubano, es un juego sórdido y una calamidad.

¿Cómo se produjo su integración con el proyecto PAIDEIA?

Volví a La Habana desde la URSS a finales del verano de 1989, poco después de la puesta de largo de PAIDEIA el 4 de agosto de ese año en la conocida reunión del Centro de Promoción Cultural Alejo Carpentier. A la URSS me había llevado en 1981, con catorce años y a sacudirme el polvo del barrio de Marianao, la carrera de mi padre en el Banco Nacional de Cuba. Allá en Moscú cursé el bachillerato y comencé a leer en serio, en ruso y en español. Desde la puesta en marcha de la Perestroika y la Glásnost en 1985 me vi zambullido de lleno en la fiebre de la democratización. A ello ayudó que ese mismo año comenzara a estudiar periodismo en el Instituto de Relaciones Internaciones de Moscú (MGuIMO), un centro de estudios adjunto al Ministerio de Exteriores soviético que acogió y asimiló enseguida los aires de cambio traídos por Mijaíl Gorbachov al gris paisaje del estancamiento económico y mental del socialismo tardío. 

Allá en Moscú se me habían acercado, en momentos y por razones distintas, Ernesto Hernández Busto y Víctor Fowler, de modo que a mi vuelta a La Habana me vi inmerso en el círculo de PAIDEIA de manera natural. La primera imagen que me viene a la mente es la de la artista Quisqueya Henríquez, mujer de una belleza extraordinaria, en cuya casa de la 1ra. (o tal vez la 3ra.) avenida en Miramar mantuve el primer encuentro con algunos de los integrantes del proyecto. Nada se parecía más en la Cuba de entonces, ni se parecería después en ninguna de las Cubas que conocí, a lo que yo deseaba vivir.

Supongo que yo, al venir del Moscú hinchado de ganas de libertad, aportaba la certeza de que ganarla también en Cuba era posible. O, al menos, hacía las veces de talismán. Pero esos cálculos demostraron ser erróneos para desgracia de todos y probablemente también de Cuba.

 

Jorge Ferrer, Barcelona / Foto: Laura Ceccaci. Cortesía del entrevistado.

¿Desde su experiencia personal cuáles fueron las desavenencias individuales o enfrentamientos directos con el poder estatal que sufrió a consecuencia de su vinculación con PAIDEIA? 

Éramos un grupo de veinteañeros que se proponían desafiar el sistema cultural e ideológico de un régimen autoritario que nos superaba en edad. Al menos a la mayoría de nosotros. Tamaña insolencia no podía dejar de suscitar en el poder una suerte de incredulidad y estupefacción. Mucho se ha escrito ya sobre el hecho de que fuéramos hijos natos de esa revolución quienes organizáramos ese conato de subversión, que ya se había iniciado, por cierto, en el movimiento de la plástica de los 80. 

En diciembre de 1989, después de unos meses absorbido por PAIDEIA, volví a Moscú, donde sólo me quedaba graduarme. Pero ya entonces César Mora, mi compañero de estudios, había sido expulsado de la carrera y la situación era insoportable para los estudiantes abiertamente anticastristas. Me sentí vigilado y tomé la decisión de volver inmediatamente a La Habana. Ahí se produjo una escena deliciosa, que me divirtió durante mucho tiempo. Como nadie estaba avisado de mi regreso, llegué al aeropuerto de Rancho Boyeros de noche, con un par de rublos en el bolsillo y sin saber muy bien cómo conseguiría llegar a casa. Pero la suerte vino en mi auxilio y dentro de la terminal me di de bruces con una amiga de mis padres, oficial de alto rango del Ministerio del Interior, que estaba allí por asuntos de su oficio y debidamente uniformada. Y quiso su generosidad que fuera ella la que me llevara a casa, desembarcándome cuando caía la noche en el portal de la calle 102 esquina a 51. El momentáneo susto de todos fue que me estuvieran conduciendo detenido, como habían hecho unas semanas antes con César, pero en mi caso todo fue escenificación. Un mero ensayo de la película que me ahorré, adelantándome al destino. Así fue mi vuelta a la Cuba donde viví los siguientes cuatro años hasta que me largué delgado y doblegado como una duela.  

En La Habana, gracias a esforzados ejercicios de palanca, conseguí retomar los estudios de Periodismo y acabé graduándome de esa carrera en 1992. El poder empujaba; yo empujé cuanto pude también: un cursillo sobre postestructuralismo que impartí en la facultad fue una de mis pírricas victorias contra el tedio académico. Tuve tanto miedo como alguna astucia. La dictadura jugaba con enorme ventaja, eso sí. Rozó a mi padre por mí. Me intimidó. Al final, supongo que se mostró magnánima conmigo más allá de algún interrogatorio fuerte, amenazas que nunca cesaban y una agresión a la casa en la que viví durante mi último tramo habanero en Línea y L que acabó conmigo en la Estación de policía de Malecón. De allí me sacó Marlene. Esa agresión se produjo una mañana al volver de la Embajada de Francia, donde yo gestionaba ya un visado para viajar a Europa. No había que ser un lince para entender el aviso: vete y no vuelvas. 

Y recuerdo bien cómo me armé de la certeza de que marchaba para no volver, cuando pasábamos junto al edificio López Serrano de vuelta de la estación. Y así fue hasta que la vejez de mi madre me llamó de vuelta y en lo adelante, gracias a gestiones con el Ministerio de Cultura de Cuba, fui provisto de un excepcional visado humanitario que me permitió volver a visitarla hasta el final de su vida. 

Después en mi novelita Minimal Bildung colé al López Serrano como lo vi aquel día de un tiempo cuando todos los días parecían decisivos: un vendedor de libros exponía su mercancía en la acera y entre ella los libros de Antonio Gramsci de la argentina editorial Lautaro que tanto trasegamos en los seminarios de PAIDEIA, junto a lecturas que ya no se separaron nunca de mí: de los Presocráticos a Kolakowski, de Werner Jaeger a Walter Benjamin, de Adorno a Deleuze, de Hegel a Derrida. Y Michel Foucault, sobre todo Michel Foucault, que fue, y permíteme la serie, mi segundo Marx. 

Puede que algún día accedamos a los archivos de la Seguridad del Estado. Entonces veremos todas las mañas del gato. Y nosotros, ratones, sabremos cuán ratones fuimos.

¿Existió algún momento de separación concreta suya de PAIDEIA o se originó de manera paralela a la desintegración forzada del mismo?

PAIDEIA se comenzó a acabar creo recordar que después de la reunión aquella con la Unión de Jóvenes Comunistas de orden «provincial» o tal vez «nacional». Tal como lo recuerdo ahora en la distancia de treinta años, conseguir ese encuentro parecía una gran victoria. La oportunidad de ser escuchados, de ser reconocidos como interlocutores. ¡Ah, la vanidad y sus vocecitas! El día en que se celebró aquella reunión era el cumpleaños de alguien. Salimos deshechos, el Muro nos había enseñado su solidez impermeable. Salimos a una suerte de patio que había allí y alguien preguntó si nos íbamos a comer el cake que habíamos traído para celebrar aquel cumpleaños. Entonces el poeta Omar Pérez dijo con esa estupenda habilidad que siempre ha tenido para las ocurrencias: «Bueno, ¡el cake ya nos lo comimos!» Todos reímos y pensé siempre que ese fue el funeral de PAIDEIA. El gozoso funeral de PAIDEIA. Yo venía de la URSS, recordemos, donde los funerales llevan mesa y trago y tarta.

A partir de ahí, hasta donde alcanza mi memoria, se mantuvo la inercia de la biblioteca circulante de PAIDEIA de cuya gestión me ocupé desde la salida de Ernesto Hernández Busto a México, en un apartamento de la calle Rayo, primero, en mi casa de Marianao, después, y en el mencionado apartamento del Vedado, por último, hasta que al marchar de Cuba la biblioteca dejó de existir. 

Paralelamente, un barco zarpó hacia la Tercera Opción y en él no me embarqué más que para apoyar a sus firmantes en la vida. La terrible apuesta de César Mora por dar la suya, si la dictadura quería cobrársela, por ejemplo. También tengo recuerdos hermosos del regreso de Rolando Prats de su gira por Europa y Norteamérica, cuando a instancias de la Embajada de Francia lo recogí en el aeropuerto donde lo esperaba la policía política y alquilé un apartamento donde nos alojamos los dos y convivimos unas semanas en la fraternidad de la conversación y el miedo, la experiencia más cercana a la clandestinidad que he tenido jamás. 

Después me ha tocado ver a Prats llorando la muerte del dictador y siendo reo de otras miserias, pero qué se le va a hacer a la biografía de los hombres, tantas veces más pequeños que sus legítimas, aunque pueriles, ambiciones. 

¿Puede referirse a su relación con La Azotea, en casa de Reina, y si desde allí fue testigo de algún episodio de vigilancia, censura o intento de cerrar aquellos encuentros?

Reina María Rodríguez es, probablemente, la poetisa cubana de mi vida en el sentido en que uno dice de una mujer que es la mujer de su vida. No es la única, naturalmente. Pero leer a Reina, comprenderla y disfrutar de su compañía en la distancia desde hace décadas ha dejado una marca profunda en mí. ¡Y va más allá de las lecturas! Imagínate, por ejemplo, que Reina buscó obstetra a Marlene para que ayudara a nuestra hija a nacer. El doctor Pedro Sastrique. La azotea fue un espacio de cultura, cariño y sosiego para los animalitos que pastábamos en los terrenos de la dictadura protestando por la calidad de la hierba. Lo de que allí en su casa se vigilara, lo podrá contar Reina. Yo la vigilaba a ella con los ojos y el corazón. Entonces y ahora. Entre otras razones porque ambos, por caminos distintos, hemos desarrollado una gran pasión por el Este de Europa y la poesía rusa. 

¿Podría afirmarse que su exilio fue inducido u obligatorio, como les sucedió a otros miembros del proyecto?

¿Obligatorio? ¡¿Obligatorio?! No, eso no. Todos pudimos quedarnos a vivir en la Cuba autoritaria. Escapar de allá fue una elección. ¿Inducida? ¡Pues, claro! ¡Empujada, incluso! Pero yo bien podría ser un hombre que jugara ahora en Marianao a imaginar un país, una literatura o una cola del pollo menos concurrida. Podría ser un hombre que viviera una vida indigna en esa Cuba. O una vida muy digna. Otros las viven: lo mismo de las primeras que de las segundas. 

Abandoné Cuba en junio de 1994 porque no quería seguir viviendo en lo que se había convertido en un estercolero físico y moral. Mis proyectos personales o colectivos no podían ser conducidos allá. Quería comprar periódicos por las mañanas. Y vivir sin miedo a un poder grosero en medio de una cultura política sorda e irreformable. También me comenzaba a hartar de esa ridícula situación en la que se coloca a los disidentes del campo intelectual en Cuba: la de ser figuritas a las que acuden los visitantes extranjeros con caramelos, preguntas y grandes dosis de sesgo de confirmación. 

Y aparte de periódicos, quería comprar cruasanes. Entre 1981 y 1990 había vivido en la URSS viajando a Cuba solo de vacaciones. Marchar otra vez en el noventa y cuatro fue menos una ruptura que la recuperación de mi condición de extranjero, una que ejerzo en muchas ventanillas aparte de las de las aduanas. 

De Cuba me fui sin PAIDEIA, pero con mi Minimal Bildung, la novela que Rolando Prats editó después en Miami con tanto mimo en una suerte de venturoso spin-off de los tiempos de PAIDEIA, con sus documentos escritos, reescritos, revisados, pulidos hasta el infinito en el Parque Almendares, la casa de Graciela Mateo en Brisas del Mar o nuestros apartamentos repartidos por La Habana del Período especial, tan especial.  

Usted narró en una ocasión que antes de trasladarse a España en 1994, tradujo unas cartas de Dostoyevski para El Caimán Barbudo que nunca fueron publicadas, ¿conoce el por qué no salieron a la luz?, ¿existe algún otro episodio similar que le ocurriera en la isla con su trabajo como traductor o como autor?

Hasta donde recuerdo, si no llegaron a publicarse fue porque antes echaron de la revista a Omar Pérez, que era entonces su jefe de redacción. (Por cierto, en aquella casona de la calle Paseo donde se hacía El Caimán se produjo una de las reuniones más definitorias y espectaculares de PAIDEIA.) Pero nada más recuerdo de mi trasiego entonces con Dostoyevski, a quien por cierto no había traducido nunca hasta, precisamente, estos días en los que me ocupa uno de los fragmentos de su Diario de un escritor. De los rusos del XIX, creo que sólo han pasado por mi mesa de traductor Aleksandr Herzen y Nikolái Leskov. Del primero traduje de la mano de Mario Muchnik sus extraordinarias memorias El pasado y las ideas, que me valieron un premio muy hermoso. De Leskov, un escritor fino y tembloroso como un jarrón en el borde de una mesa, traduje Una familia venida a menos también por encargo de Mario.

Por cierto, aparte del periodismo y otros afanes, mis traducciones del ruso me han mantenido próximo a muchos lectores cubanos a lo largo de estos años. Una saga de vampiros de Serguei Lukyanenko que traduje de corrido poco después de 2000 despertó enorme interés, según me contó Víctor Fowler entonces. Y, sobre todo, mi traducción de El fin del homo sovieticus, de la Nobel Svetlana Aleksiévich, ese gran fresco del mundo soviético y el colapso postsoviético, que ha sido muy leída allá. Estos días tengo además la alegría de ver el eco que está despertando allá mi libro sobre el confinamiento por la COVID-19, Días de coronavirus. Un itinerario, que acaba de publicar Hypermedia. 

Por otra parte, en un género al que volví sólo una vez después y con nota de fracaso, el cine documental, sí viví un colorido momento de censura en 1991, cuando un documental que hice con Jamila Castillo, una condiscípula de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, fue censurado con celo. El documental, un repaso del estado del periodismo en aquella Cuba al hilo del poema de Julio Cortázar Subir hacia atrás, que fue también su título, consiguió alzarse en medio de una polémica feroz con un premio creado ad hoc en la 4ta. Muestra de Cine Joven. Después desapareció de archivos y muestras. Aún hoy, tantos años después, no dispongo de una copia de aquel material, editado en la Escuela de Cine internacional de San Antonio, y me temo que a pesar de su premio y efímera fama ya esté perdido para siempre. Por sorprendente que parezca todavía me encuentro a gente, me pasó hace unos meses con una colega en Madrid, que recuerda aquel documental y una frase que en él digo a cámara, que es una frase 100% PAIDEIA: «El problema de este país es que su vanguardia política no coincide con su vanguardia epistemológica». 

Con todo, el éxito de los censores cubanos sobre mi obra fue episódico y escaso. A mí no me censuraron en Cuba, prefiero pensar. Fui yo quien se dio el gusto de censurarla a ella dejándola ahí habitada por mujeres y hombres con más paciencia, astucia o aguante que los míos. 

Me sobrecogió leer este pasaje suyo en «Una escaramuza en las líneas de la Guerra Fría (ya finalizada ésta)»: «recuerdo el miedo, el dolor compartido, la certeza de que podíamos acabar en la cárcel, la decisión de no confraternizar jamás con los empalagosos esbirros: la divisa “Sólo hablo con ustedes si estoy detenido”, que hube de ensayar una vez ante dos atónitos oficiales»; y me hace pensar en lo inaudito que pudiera parecerle a alguien, tal vez, que un proyecto cultural y humanista de esta índole provocara reacciones punitivas desde el Estado, reacciones que, además, tuvieron un impacto real, violento y transformador en la vida de los intelectuales vinculados a este.

A estas alturas, ya todo el mundo habrá oído lo que entonces parecía inaudito. Otra cosa es que importe poco. O nada importe. 

Hay una situación curiosa en el trasiego de Cuba con la verdad. Y tiene que ver con su resistencia al influjo exterior y con su capacidad para asir del pelo al bebé Kairós, esa oportunidad que a veces pintan calva. Con su aguante y con el timing. Cuando los berlineses echan abajo el Muro y una ola de democratización recorre a las mal llamadas democracias populares del Este de Europa, el régimen autoritario de Cuba consigue aguantar. Fueron los años en los que PAIDEIA y después Tercera Opción intentaron moverle el suelo. Los tiempos en los que Willy Chirino compuso aquella canción que se convirtió en himno, antes de ser un ejemplo paradigmático de falsa profecía de los cubanólogos. Ya viene llegando, se titulaba, y tal vez aún se la recuerde. Ya antes el régimen de La Habana había visto otra ola democratizadora, la que sacudió a América Latina y llevó la democracia a la práctica totalidad del continente. Pero Cuba supo esperar agazapada, encerrada dentro de sí misma, sorda y ciega, a que las olas pasaran. Ahora, con la crisis de la democracia, los populismos y nacionalismos, la Cancel culture y el desafío a los ideales ilustrados desde el seno mismo de las universidades y academias, ¿qué importa una subdemocracia más flotando en el Caribe? ¡Sobre todo si nadie le disputa el poder más allá del campo de batalla de YouTube con sus regimientos de pulgares enhiestos y hashtags

Una vez que sale usted de Cuba era previsible —por como ha actuado tradicionalmente el poder gubernamental— que no fuera reconocido dentro de la isla como autor cubano, que no fuera mencionado o visibilizado por ningún mérito de su carrera, ¿ha conocido, además del silencio y el borrado de memoria, alguna acción concreta por demeritarlo dentro de la isla? 

No debería uno atender a una pregunta así, por pudor y economía. Pero lo he hecho y me ha tocado bingo. 

Me he ido a escuchar el eco de lo único que yo habría hecho por la cultura cubana, entendida como acumulación de momentos únicos. Su hit parade cantado en clave de qanun. Ese canon cubensis que tiene tanto fijador y tan elusiva fragancia. Y eso que habría hecho yo es cumplirle un deseo a José Lezama Lima. Recordarás su lamento de lo que a los cubanos «nos faltaba». Que si no teníamos esto o lo otro y tampoco un sermón de Tristán de Jesús Medina: «no conocemos ni siquiera un sermón de Tristán de Jesús Medina, brillante y sombrío como un faisán de Indias», escribió. 

Yo me di a la tarea de buscarlo, di con uno en la Biblioteca Nacional de Madrid y lo publiqué en la editorial Colibrí que Víctor Batista, a quien lloramos hace muy poco, dirigió. Concretamente, el sermón «María-Esperanza», que el apóstata bayamés, una de las figuras más distintas de la literatura y la vida cubanas y españolas, distinguido por Menéndez Pelayo en la Historia de los heterodoxos españoles, pronunció el 15 de agosto de 1861 en la parroquia de Santa María, precisamente en Madrid.

Pues bien, ese hallazgo y su publicación sí parecen haberme sido «reconocidos». Se los vio en La Siempreviva, una revista publicada en Cuba, y hasta se alcanzó a ver la cubierta del libro en el programa de televisión Escriba y lea. Mamá aún vivía y me avisó alborozada. 

Veo ahora que Tristán me ha llevado también hasta la enciclopedia en línea de la cultura digamos oficial cubana, la llamada Ecured. No porque exista entrada con mi nombre propio, no. Pero sí por una alusión que me es aún más propia por apropiada. Así, al pie de la entrada que se le dedica a Tristán de Jesús Medina en esa enciclopedia hay una bibliografía de cuatro ítems de los que el último dice:

Ferrer Jorge, Retrato de apóstata con fondo canónico.

Sólo una de esas ocho palabras lleva más allá, mediante link. Es la palabra «apóstata». Poniéndole el cursor encima se abre una ventanita con todo lo que de mi relación con Cuba podría decir la cultura cubana crestomática, reunida, indizada y en justicia. A saber:

«Apostasía. Es más un “dar la espalda” o “volverse en contra” que un simple alejamiento por negligencia.»

¡Exacto! No hay negligencia, dice la enciclopedia. Al menos, mía no la ha habido. 

Notas:

[1] Bourdieu, Pierre (1999) La miseria del mundo, Fondo de Cultura Económica, Argentina.