Foto: Cortesía del autor

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Norma va y viene. A cada rato cruza la calle, de un lado a otro, bajo un sol implacable. Increíblemente, no suda. Hay cerca de 30 grados Celsius en La Habana y a sus 76 años lleva una gorra beige de tela y un camisón negro carmelita de mangas largas para no quemarse.

A la sombra de un árbol ha colocado una guataca, una escoba, un recogedor, una manta, una lata metálica pequeña con cal diluida y una esponja. Norma es la responsable de una de las circunscripciones del municipio Plaza de la Revolución y ella, sola, intenta engalanar el barrio para la elección de delegados a las asambleas municipales del Poder Popular.

Barre la calle, despoja la yerba mala de los canteros, aceras y jardines, pinta con cal los contenes de los canteros, aceras y jardines, y clava banderitas cubanas, pósters de Fidel y Raúl Castro y el Che Guevara, o cualquier otra figura de renombre para el país, en canteros, aceras y jardines.

Norma toma la guataca, la deja caer en la hierba y rastrilla. Forma pequeñas lomas de tierra. Mete la esponja dentro de la lata metálica y la saca enchumbada en cal, luego la rueda por los contenes del vecindario y los quicios pasan del gris sucio de la calle al blanco de los días de festejos políticos en Cuba.

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Foto: Cortesía del autor

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Norma y los electores de esta circunscripción, el pueblo, tendrán su última participación real en las elecciones 2018. Ellos, que pertenecen a uno de los 24300 colegios electorales que abrirán sus puertas en todo el país, tienen la encomienda de elegir a quienes los representarán en la Asamblea Municipal.

Porque los electos que lleguen a la Asamblea Municipal, más la selección de las comisiones de candidaturas, elegirán a su vez a los representantes del pueblo en la Asamblea Provincial. Y los que ahí lleguen elegirán a los representantes del pueblo en la Asamblea Nacional. Y los que ahí lleguen elegirán o nuevamente a Raúl Castro o a su sucesor. Es decir, después de estas elecciones primarias, el pueblo no pintará nada más en el enrevesado e inocuo sistema político de la isla, según recoge la ley número 72 vigente desde 1976 en la Constitución de la República.

Se espera que Raúl Castro entregue la presidencia del Consejo de Estado y de Ministros tras sus dos mandatos de cinco años, y que por primera vez el cargo repose en los hombros de alguien que no lleve su apellido, aunque algunos, sin embargo, apuestan por la candidatura del inefable Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y jefe de la Comisión de Seguridad Nacional del Parlamento.

En todo este andamiaje, las campañas políticas están prohibidas y los candidatos no podrán proclamar, por ejemplo, la posibilidad de construir una nueva comunidad para ayudar a erradicar el gran déficit de viviendas en el país o de restaurar una escuela primaria que se cae a pedazos. Los hombres que representarán los intereses del pueblo durante dos años en las Asambleas Municipales, y los que lo hagan por cinco años en las Asambleas Provinciales y Nacional, van a desempeñar su mandato popular sin el cumplimiento obligatorio de una cartilla de propuestas.

Quizás por ello, un mediodía antes de las elecciones, sea Norma en solitario quien se deje derretir por el sol e intente embellecer el vecindario. O quizás Norma esté en solitario porque ya se acerca el día tan esperado para el gobierno cubano, donde, según la prensa estatal, “le demostrarán al mundo lo que es la participación ciudadana en un ejercicio transparente de democracia verdadera”, y en el colegio electoral de esta circunscripción del municipio Plaza de la Revolución aún no han publicado ni los listados de los electores ni las biografías de los candidatos propuestos.

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Cuando faltan unas horas para las elecciones, los encargados de la comisión electoral de la zona que está ubicada en el barrio de Nuevo Vedado cuelgan los listados en un edificio que tiene en su planta baja un consultorio médico.

Foto: Cortesía del autor

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Durante la mañana siguiente, la gente, el pueblo, los electores, todos, da igual la etiqueta, llegan al consultorio médico y preguntan quién es el último en la fila. Norma se encarga de organizarlos correctamente. Mientras la fila avanza, se produce un impasse decisivo: los electores se detienen delante de las biografías, leen, descubren en ese momento a los candidatos y deciden por quién votar.

Primero se enteran de que uno de los candidatos tiene 53 años y el otro 28, pero, según cuentan sus biografías, ambos “crecieron en el seno de una familia humilde y revolucionaria”. Luego se percatan de que también ambos tienen formación militar. El señor de 53 años pasó por las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y, lógicamente por su edad, tiene una hoja de servicio más destacable que la del joven, que ahora comienza a labrar su camino dentro del Ministerio del Interior.

Además de resaltarse las condecoraciones militares en la biografía de los dos candidatos, del señor mayor se dice que “es cederista y cumple con las actividades programadas”, y del más joven, que “se caracteriza por ser responsable y organizado ante todas las tareas que se le asignan”.

Después de decidir o comenzar a decidir, los electores se despegan de las biografías y vuelven a la fila hasta que les llegue su turno de pasar a la urna y marcar la cruz.

Dentro del consultorio médico, hay una mesa con una enorme cantidad de papeles con listados y bolígrafos y cartabones plásticos, y cuatro personas sentadas alrededor. El elector en turno entrega el carnet de identidad, recoge su boleta y pasa a votar a un cuarto pequeño resguardado por una cortina de bolas de colores, amarrada con un cordón a un palo de madera. En el cuarto hay una mesa metálica de enfermería y un lápiz rojo.

Después de colocar la cruz en una de las dos casillas, o en ambas, o en ninguna, o después de hacer un dibujo y burlarse del performance de las elecciones, el elector deposita el voto en la urna custodiada por dos pioneritos, quienes visten uniforme escolar y dicen, al unísono, “votó”, cada vez que pasa un elector, mientras ensayan un saludo militar.

Foto: Cortesía del autor

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Los rostros que ahora se ven impresos en todos los colegios electorales del país, unos 27221 candidatos, fueron elegidos en un proceso de nominación que comenzó el pasado mes de octubre y donde participó el 78 % de los 11 millones de habitantes del país, según cifras de la Comisión Nacional Electoral.

En la circunscripción 13 de la zona 13 del propio municipio Plaza de la Revolución, al que pertenece el colegio electoral donde Fidel Castro ejercía su voto, la noche en la que se elegía al presidente de uno de los CDR no tuvo un final feliz.

A la cita solo acudieron personas de la tercera edad y ni siquiera la presidenta anterior se presentó para deponer su cargo. Los miembros de la comisión electoral de la zona que dirigían la elección vieron cómo los minutos pasaron y ninguno de los ancianos se autopostuló o eligió candidato alguno.

Días antes, las autoridades de base encargadas de llevar a cabo el proceso electoral recibieron la noticia de que la presidenta anterior no tenía intención de continuar en su cargo. El piso se les movió y salieron en busca de relevos. Fueron casa por casa para intentar persuadir a los jóvenes, pero no encontraron apoyo. Así llegó la noche de elegir y nadie quedó elegido.

–¡Vamos señores, alguien tiene que dar el paso al frente! ¡Que no se diga! –les dijo Normita De los Santos, hija de Norma y una de las miembro de la Comisión Electoral, que había logrado reunir alrededor de 25 ancianos del vecindario, quienes bajo la luz opaca de un poste de electricidad se habían agolpado cerca de una de las antiguas residencias de Fidel Castro en el barrio del Vedado.

Silencio, nadie del otro lado se inmutó.

–¡Esto es increíble! –sentenció Normita con lágrimas en los ojos.

Según el anuario estadístico de Cuba de 2017, en los últimos cinco procesos electorales se ha registrado una curva de aumento en los índices de abstención. Los datos declaran que en 2005 el 3.3 % de la población cubana dejó de votar, que en 2007 la cifra llegó al 3.5 %, que en 2010 aumentó al 4.1 %, que en 2012 subió hasta el 5.8 % y que en 2015 el salto fue tal que el 10 % de los cubanos no acudieron a las urnas.

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Foto: Cortesía del autor

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Una noche lluviosa de octubre, en el barrio de Colón en Centro Habana, en la circunscripción 98, un hombre entrado en años grita a toda voz en medio de en una cuadra:

–¡Vamos, compañeros! ¡A la asamblea! ¡Vamos, que esto es rápido!

El hombre empina la cabeza, se lleva las dos manos en forma de bocina a la boca y su voz ronca sale más hermética y rebota entre los edificios derruidos. Son las 8:02 p.m y hace dos minutos que la asamblea debió haber empezado, pero en la calle San Miguel no hay ningún vecino, solo tres jóvenes vestidos con camisas a cuadros que evidentemente son de la Seguridad del Estado y han venido a supervisar el proceso electoral en este vecindario.

Mientras el hombre que grita sigue soltando alaridos hacia los balcones y toca las puertas de las casas que están a ras de calle, dos hombres más y una mujer colocan en la puerta de la bodega estatal una bandera cubana. Minutos después, los vecinos han dejado por un momento lo que han estado haciendo en sus casas para acudir a la asamblea de nominación de candidatos a delegados municipales del Poder Popular.

Afuera del solar, enfrente de la bodega, hay un perro que se rasca una oreja con una de sus patas delanteras, hay dos niños cerca del perro que juegan a pelearse, y en la esquina de la calle hay un grupo de jóvenes veinteañeros que le han hecho caso omiso a los gritos de atención, y que poco les importa la asamblea, y por eso están enredados en una enconada discusión futbolera donde unos les dicen a los otros que Paul Pogba, el mediocentro francés del club inglés Manchester United, es más completo que el mediocampista chileno Arturo Vidal, del club alemán Bayer Munich.

Cuando ya hay cerca de 20 vecinos reunidos, uno de ellos, que ha salido de un solar, dice que él no sabía nada, que le tenían que haber avisado con tiempo y que, si no es por los gritos, no se hubiese enterado de la asamblea. El hombre que gritaba le responde que ellos, las autoridades encargadas, habían llenado el vecindario de carteles con la información necesaria.

Hay mujeres en batas de casa, en shorts cortos y con pañuelos en la cabeza. Hay hombres en camisetas sin mangas y en shorts de nylon. Todos están en chancletas y ahora cantan el himno nacional.

La gente hace silencio. Por detrás de la multitud pasa un negro rasta de la mano de una mulata despampanante que va moviendo todo su cuerpo ajustado a una licra. El hombre grita la frase más emblemática de Fidel Castro y la Revolución cubana: “¡Patria o muerte! ¡Venceremos!”. Todos lo miran, hay risas. El hombre dice: “Yo no he dicho nada malo”, y sigue caminando al mismo paso de la mulata, que también ríe.

La asamblea comienza con la lectura del documento rector que emitió la Comisión Electoral Nacional para los comicios de 2018. Luego se abren las propuestas. Marta, una señora que no pertenece a la circunscripción, pero que es miembro de la Comisión Electoral Municipal de Centro Habana, pide la palabra y propone a Omar. Muchos de los vecinos no conocen a Omar y se miran y comentan bajito.

Alguien dice en alta voz: “¡Caballero, Omar es el gordo que siempre está fumando tabaco!”. Unos lo identifican, la mayoría no. “Otra propuesta”, dice el hombre que gritaba y ahora guía la asamblea.

El presidente del CDR, Rafael, propone también a Omar. “Otra propuesta”, vuelve a decir el hombre y ahora nadie habla.

Segundos después se pasa a la votación. “¿Quién está de acuerdo con Omar?”, pregunta el hombre, y menos de la mitad levanta la mano derecha. El resto la deja a medias o abajo y se miran confundidos. Hay una indecisión absoluta. “¿Quién en contra?”, vuelve a preguntar el hombre. Manos abajo todo el mundo. “Bien, perfecto, por unanimidad Omar queda aprobado, hemos culminado”.

La asamblea dura 7 minutos y 47 segundos. Una rubia, desde la escalera de su casa, pregunta:

–¿Y nadie del acueducto vino a la reunión? Porque llevamos tres meses con la tupición.

–Amor, esto es para elegir, no para quejarse –le responden.

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Foto: Cortesía del autor

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Durante el proceso electoral, varias plataformas de la oposición como “#Otro18” y “Candidatos por el cambio” intentaron aglutinar fuerzas para presentar candidatos a los puestos en las asambleas municipales. Según cifras dadas a conocer por sus voceros, las cuales aún no se han podido comprobar, alrededor de 180 candidatos se postularon pero ninguno de ellos llegó a entrar en boletas.

En declaraciones a agencias y medios extranjeros, los disidentes dicen que el fracaso se debe a tácticas represivas de las autoridades políticas cubanas.

El gobierno violó la ley electoral para impedirlo, utilizando causas inventadas para inhabilitarlos, detenciones momentáneas e intimidación de electores. Hubiéramos ganado alrededor de 25 nominaciones”, le dijo a El País Manuel Cuesta Morúa, promotor de “#Otro18”.

Meses atrás, en un video que se filtró a las redes, el vicepresidente Miguel Díaz-Canel dijo en un conversatorio con militantes comunistas que había “seis proyectos orientados a las elecciones del 2018 que buscan postular a gente contrarrevolucionaria…y ahora estamos dando todos los pasos para desacreditar eso”.

En 2015, tres disidentes lograron llegar a la postulación, pero perdieron en los sondeos.

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Dos noches antes de las elecciones en el bar-restaurante Mar Adentro, a dos cuadras del malecón, una de las voces de Buena Vista Social Club, y su esposo, también cantante de agrupaciones importantes dentro de la música popular bailable en Cuba, comparten tragos con amigos. En un momento las risas se exacerban y se empiezan a escuchar más alto de lo que se habían escuchado hasta entonces.

¿El motivo? El cantante imita a la perfección la voz y los gestos de Fidel Castro. Levanta la mano derecha y recoge todos los dedos menos el anular. Engola la voz y todos hacen silencio: “Este añoooo, le daremos para todo el pueblo dos sacos de arroz”. Los amigos ríen a carcajadas y el cantante hace como si el pueblo aplaudiera. “El puebloooo, con esos dos sacos, este año podrá hacerse ropa”.

Los chistes se suceden uno detrás del otro, las risas en el grupo son un alud indetenible. Un día después de conmemorarse el primer aniversario de la muerte de Fidel Castro y de celebrarse las elecciones, la voz del Buena Vista Social Club saldrá en una entrevista en el noticiero del mediodía de la Televisión Nacional y dirá: “Estas elecciones han sido un ejemplo de democracia y libertad de este país”.