Foto: Cortesía del autor

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Mi papá odiaba a Los Van Van.

No sentía la misma indiferencia que con los discursos de Fidel.

O, para ser exactos, ante esos fragmentos que, casi al azar, interrumpían el final de la película o el concierto grabado en el casete de video, donde aparecía Fidel y hablaba. Él lo miraba serio por unos breves instantes y después hacía un gesto o una mueca o un comentario aplastante, e, inmediatamente, la imagen desaparecía como por arte de magia.

Ante Los Van Van sentía real repulsión. Él entendía perfectamente lo que había hecho musicalmente Juan Formell junto a los padres fundadores. Pero eso ya él lo había visto en Los Beatles. Y ante la puerta al carnaval, el trago de ron, y el baile del buey cansao, mi papá prefería otra puerta, la que le abriera su mente de otra manera y no el cuerpo.

Mi papá y su generación pudieron sentir cómo era viajar con un psicodélico sin probarlo. Quizás era más fácil en el mundo donde esa música estaba surgiendo, donde la experimentación sin límite de la libertad mental proporcionada por el consumo de sustancias, algunas naturales y algunas químicas, te permiten viajar y entender que la existencia va más allá del relato en el que está incluida.

Pero en la Cuba socialista de los sesenta y los setenta escuchar The Doors, Led Zeppelin, Pink Floyd o Emerson, Lake and Palmer, sin saber jamás qué es la marihuana, el hongo o el ácido, era tremenda locura.

Mi papá, que estudiaba medicina, estoy seguro que entendía perfectamente el efecto que esas sustancias provocan en el cerebro. Y no necesitaba consumirlas porque las entendía. Eso lo puede pensar mucha gente igual, sin estudiar medicina o leer mucho. Gente que haya vivido en Cuba en esa época o gente de cualquier parte del mundo.

Pero igual hay puertas. Y si algo bueno tiene experimentar esas sustancias es que uno entra a la puerta que quiera entrar. En algunas, los relatos no existen.

Mi papá, fanático de los relatos, necesitaba la música para escapar de ellos.

Él pudo ver, adolescente, la trayectoria de Los Beatles, desde que empezaron a experimentar con la música hasta que experimentaron con las letras. En su cuarto tenía una colección de recortes, fotos, discos, casetes, libretas y diarios sobre Los Beatles y sobre el resto de los grupos que le gustaban.

Yo crecí rodeado de esas caras y esa información y del sonido del profesor cuando en Another Brick In The Wall Part II da los latigazos.

Era un momento de pocas cosas y muchos tesoros.

Mi papá era especialista en grabar de un LD a un casete y de un casete a otro casete y después de un CD a un casete y después de un CD a otro CD hasta que aparecieron los mp3 y las memorias. Había en el centro del país una red de fanáticos a los mismos grupos. Se pasaban la música, las buenas copias, las portadas para ser fotocopiadas, el libro o la revista. La mayoría eran diestros en el manejo de las agujas y los cabezales. Cuando el cabezal se estaba gastando, se jorobaba la cinta de lata con el algodoncito que pegaba la cinta al cabezal, y así el sonido mejoraba muchísimo.

Existía otra red, a veces la misma, con casetes Beta, casetes VHS y después con el DVD. La ceremonia de los premios Oscar recuerdo verla muchos meses después, si aparecía, y las películas premiadas, aproximadamente con un año de atraso.

Luego apareció una tienda estatal, donde había que inscribirse y pagar una cuota anual en divisa por cada película que uno rentaba. En Santa Clara la tienda se llamaba Video Centro. Todos los fines de semana traían películas nuevas. Pasado un tiempo, vendían los casetes y uno podía tenerlos para siempre, así, con una fotocopia impresa en Cuba y una cajita de plástico.

Era muy difícil tener todas estas cosas de mi papá.

Él las había acumulado poco a poco. En 1984 estuvo de misión en Nicaragua, y pudo traer algunos efectos eléctricos, entre ellos un tocadiscos Sanyo con dos bocinas enormes; bocinas que se conservaron hasta el final y aún existen.

Después mis abuelos se decidieron a vender algunas prendas de oro de mi abuela, cuando se abrieron aquellas casas de cambio o casas del oro que en el centro de Cuba estaban solo en Cienfuegos. En ese momento apareció el video Beta.

Mi papá nunca fue a otra misión, ni tuvo otro salto monetario en la vida. Pero se las ingeniaba para cambiar algunas cosas por otras, vender algunas y ahorrar el dinero de su salario. Por suerte, siempre estuvo actualizado.

Después del divorcio, él iba a mi casa a ver conmigo las aventuras que ponían en la televisión cubana y yo los sábados me iba a su casa a ver alguna película con él. En el hospital le dieron una bicicleta burro, pintada de azul celeste, que él me dio a mí y yo monté gracias a mi tía Mireya. A él le habían dado, antes del divorcio, un Lada azul que por un momento se usó, pero que después rentó y fue otra entrada de dinero. Así pudo actualizarse en el universo del CD y el DVD.

Nunca entendí por qué mi papá había estudiado medicina y no otra cosa. Él me dijo que esa era una buena opción en aquella época y que a él le gustaba mucho su carrera. De hecho, fue profesor en la Facultad de Ciencias Médicas e hizo muchos artículos relacionados con el embarazo porque trabajó siempre en el Hospital Materno de Santa Clara.

De todas formas era un excelente maestro de música, literatura, cine y pelota.

Y tenía un gran sentido del humor.

Mi hermana y yo somos fanáticos a él.

Mi hermana es hija de la mujer que estuvo en su vida después de mi mamá.

Y siempre tuvo con mi papá la relación carnal que yo no tuve.

Pero era demasiado niña para tener la relación teórico cultural que yo tenía con él y, aunque a veces hacía un esfuerzo, se aburría.

Cuando mi padre murió mi hermana quedó desconsolada.

Yo asumí las cosas que había que hacer sin miedo alguno. Y escribí algo de eso en algunos textos que hice para el teatro. Llevé el cadáver a la funeraria, sosteniéndole los pies. Cuando hubo que entrarlo, le dije a la persona encargada de arreglar el cuerpo deteriorado por el cáncer que quería tirar unas fotos, antes y después. En ese momento se me ocurrió decir que lo hacía porque mi papá era fanático a Seis pies bajo tierra y él hubiera querido que yo tirara esas fotos. Pero solo fue algo que me salió. El que quería las fotos era yo, porque sentía que no iba a ver más a mi padre el resto de mi vida.

Mi prima Ibis, a la que yo siempre fui fan porque de niño me hablaba como a un hombre, me dijo que esas fotos no debía conservarlas porque siempre me iban a torturar y aunque no las viera iba a sentir su peso.

Y fue así. Fue un peso que sentí, y que mi cabeza concretó en ese disco duro, en esa carpeta que decía «NO MIRAR».

Yo estaba en Santa Clara en un aniversario de la muerte de mi papá y mi hermana quiso que fuéramos al cementerio juntos por primera vez. Lo hicimos. Sentí que había sido una experiencia única. Pasamos por mi casa y yo pensé que era el momento de ver aquellas fotos juntos, de una vez, y borrarlas.

Cuando puse las fotos algo cambió.

El otro aniversario de la muerte de papá fue totalmente distinto.

Mi hermana y yo éramos almas gemelas. Nos conocíamos mejor y sentíamos que algo se completaba en el aire cuando estábamos juntos y hablábamos.

Ella había visto el tatuaje en la espalda de mi amiga Roxana Macías que dice «Let it be». Y desde entonces sintió que eso se lo quería tatuar. Porque cuando ella iba desconsolada a llorar o a quejarse con mi papá, él la calmaba diciéndole: «Let it be».

Yo empecé a planear el tatuaje con ella. Y también me embullé.

En mi caso quería tatuarme Here Comes The Sun, no porque fuera una canción en específico que me recordara a mi padre, sino porque era la que yo hubiera querido oír o ponerle cuando lo estaban enterrando. Lo que más recuerdo de ese momento era que yo estaba cantándome a mí mismo Here Comes The Sun. Yo igual sabía que ese disco él lo adoraba y, a la vez, era el disco de Los Beatles que más me gustaba a mí.

A él lo había marcado otro y una vez me dijo: «En mi lecho de muerte yo pondría Rubber Soul y después Revolver». Pero en su leche de muerte no se puso nada, y él, muy enfermo, no quería escuchar música. Yo, como estaba viviendo su muerte, quería escuchar el sonido del sol. Es una canción alegre. Sentía tan horrible todo. Si vivir ese dolor es necesario, uno tiene que pensar que es para bien. Que por mucha oscuridad que haya en nuestra mente, por muchos golpes que uno se dé y muchos gritos ahogados, uno solo tiene que esperar por el sol, que siempre saldrá, porque uno vive en el trópico. Y la luz también pesa.

Mi hermana y yo decidimos buscar la letra de nuestro padre y tatuárnosla tal cual. Fue fácil, solo encontrar la libreta en que nuestro papá desglosa los discos por canciones y tirarle una buena foto a la letra.

Así lo hicimos y nos buscamos un tatuador en Santa Clara, que terminó siendo un muchacho bastante atractivo, con la piel caliente, básico, pero que mi hermana y yo supimos disfrutar, principalmente ella, por primera vez marcada.

Entonces fuimos al cementerio y pusimos el principio de Rubber Soul y después nuestras canciones preferidas y yo leí, a mi papá, pero más a mi abuela, un poema de Julián del Casal, «Flores de éter». También le decía a mi hermana: «Rosalina, qué fuerte esto y qué bonito». Nos hicimos fotos con nuestros tatuajes y en la tumba y las pusimos en las redes sociales, porque los dos estábamos bellos y la belleza hay que celebrarla.

Por eso Dalia, mi sobrina, quiso ir al cementerio también.

Ella creció obsesionada con la muerte de su abuelo, porque nació justamente cando él murió.

Yo se lo expliqué muy básico: «No, Dalila, tú naciste primero, él estaba muy enfermo, ustedes se conocieron y él te cargó. Un tiempo después murió, pero ya tú tenías muchos meses de nacida».

Esto sucede el día en que juego a hacer un documental con ella. Estábamos filmando unos planos en el Parque Zoológico de Santa Clara, que queda justo frente al cementerio. A mí me interesaba el Zoológico para el documental porque se llamaba Camilo Cienfuegos. Pero a Dalila le interesaba ese lugar porque ahí descansa su abuelo. Ella quería aprovechar el momento de libertad con el tío y, con el pretexto de la película, que le cruzara la calle y la llevara al cementerio.

A mí, por supuesto, la imagen me encantó y lo hice. Tuve que decirle que a esa hora no se podía entrar a los niños y por eso la reja estaba cerrada. Una mentira que ella fue deconstruyendo hasta que le tuve que confesar la verdad: «Lo que pasa, Dalila, es que la decisión de traerte al cementerio tiene que ser de tu mamá, que para eso es tu mamá. Si ella quiere que yo te traiga, yo lo hago, pero si ella no lo sabe, yo no te puedo entrar».

Ahí fue cuando me dijo lo que pensaba: que mi papá había muerto porque ella había nacido y yo le expliqué que no.

En el otro aniversario de la muerte fuimos los tres.

Dalila no habló mucho, hizo algunas preguntas y eso fue todo.

Mi relación musical con Dalila no puede ser mejor.

Un día estaba dibujando y jugando en mi casa y yo puse Callaíta, de Bad Bunny. Ella no hizo nada, solo dibujar. Después, ya en su casa, me pidió que le pusiera la canción. Mi hermana odia a Bad Bunny, tiene ganas de caerle a galletas. Pero aceptó que yo pusiera Callaíta porque yo le insisto mucho: «Mija, esta es muy bella».

La puse. Dalia se sabía la letra y se empezó a mover. Para colmo, mi versión de la canción es la que usa las palabras originales. Y fue una sorpresa total, con el resultado final de que si Dalila quería oír la canción en lo adelante, tenía que ser la otra, porque Dalila estaba acabando.

Y es así.

Y yo estoy muy orgulloso de mi sobrina.

Dalila almacena muchas películas en distintas carpetas de la laptop y elige qué escena quiere ver, qué canción quiere oír y qué historia completa echarse hasta el final. A veces se mete en otras carpetas y ve videos o fotos. Las fotos se las tira a ella misma y a las cosas que le gustan. Ha sabido reconocer y usar objetos viejos que ha visto a su alrededor y tiene, por ejemplo, una mayor memoria de Peter Pan que la que tengo yo. Porque la historia es muy grande, tío. Y no se sabe bien dónde empieza el país y dónde el planeta.

Nada, en estos días del virus escuché Eso que anda de Los Van Van y pensé, de golpe, todo esto.