Foto: Agencia Efe

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En Cuba, “Revolución” es una palabra que, como “Dios” o “matrimonio”, ya no significa realmente nada, y cada quien usa para referirse a cosas distintas. Solemnemente, en el teatro Karl Marx, “Revolución”. Con la mirada perdida en el futuro, “Revolución”. Con la mirada perdida en el pasado, “Revolución”. Con roña, “Revolución”. Con lágrimas en los ojos, “Revolución”. Como Silvio Rodríguez, “Revolución”. Como los campeones olímpicos, “Revolución”. Con la voz como una pared pintarrajeada, “Revolución”. Como José Daniel Ferrer, “Revolución”. Con hambre, “Revolución”. Con hastío, “Revolución”. Como un copo de nieve, “Revolución”. Apunten, disparen, ¡fuego!, “Revolución”. Dame la R, “Revolución”. Todos, a coro, “Revolución”. Desde un punto de vista puramente académico, “Revolución”. Con ásperas dudas, “Revolución”. El pollo de dieta, “Revolución”. A propósito de Virgilio Piñera, “Revolución”. De pinga, “Revolución”. Ni pinga, “Revolución”. En Londres, “Revolución”. En una balsa en el mar, “Revolución”. En la Plaza de la Revolución, “Revolution”. En zigzag, “Re-vo-lu-ción”. Bajito, para que los vecinos no lo oigan, “Revolución”. Un tiro en la sien, “Revolución”. “A la Revolución y al socialismo debemos todo lo que somos”, con un guiño en los ojos. Lezamianamente, “las cenizas que retornan”. En el matutino, “Revolución”. Como los locos, “Revolución”.

Fidel insistió en llamar “Revolución” el sistema político que creó en Cuba después de 1959. “Revolución” significaba la guerrilla de la Sierra Maestra, Abel y Frank, el Partido Comunista, Girón, la Casa de las Américas, las ESBEC y las IPUEC, la zafra azucarera, la amistad indestructible entre Cuba y la Unión Soviética, Cuito Cuanavale, la Asamblea Nacional, Silvio y Pablo en la escalinata de la Universidad, Juantorena con el corazón, Alicia Alonso en Giselle y, sobre todo, Fidel mismo. La “Revolución” fue el reino que Fidel creó para sí en lugar del paisito ridículo que le había tocado, una isla deleznable, una paupérrima roca en el Caribe en la que él apenas podía ponerse de pie, tan chiquita le quedaba. La “Revolución”, en cambio, era más grande que Estados Unidos, más grande que Rusia, más grande que el Imperio Británico de la Reina Victoria, un millón de veces más grande que Cuba, la “Revolución” era un territorio simbólico tan vasto como la reputación y el poder del propio Fidel, el Gilgamesh de La Plata, el Alejandro del Jigüe, el Cid Campeador de la Segunda Batalla de Santo Domingo, el Lancelot del Central Australia. “Revolución” terminó siendo intercambiable con “Fidel”, cuando los cubanos decían “Fidel”, querían decir la “Revolución”, y viceversa, la “Revolución” era munificente y daba a los cubanos escuelas y hospitales, la “Revolución” era severa y perseguía y castigaba ejemplarmente a quienes querían destruirla, la “Revolución” era sabia y evitaba las trampas tendidas por el enemigo, la “Revolución” ocasionalmente cometía errores pero sabía rectificarlos, la “Revolución” era solidaria y ofrecía la carne y la sangre de Cuba a los revolucionarios de todo el mundo, la “Revolución” podía sufrir momentáneos reveses pero los convertía, gloriosamente, en victorias. En lugar de “Cuba”, o de “República”, “Revolución”.

Con tal de no ser asociado con esa horrible palabra, “República”, para que los locutores del Noticiero de Televisión nunca dijeran “República” después de su nombre, Fidel se tomó el trabajo de escribir toda una Constitución, creó nuevos títulos de poder y no cambió el nombre oficial del país porque, quién sabe, quizás alguien le dijo que “Revolución Cubana” no podía ser el nombre oficial de Cuba, se vería mal en los tratados internacionales, se iban a reír de él en Nueva York y en Ginebra. Formalmente, la “República de Cuba” siguió existiendo, pero Fidel dejó claro que de república no tenía nada. La insistencia en el uso de “Revolución” era un truco retórico, indicaba la excepcionalidad cubana, la diferencia entre la isla y sus corruptos enemigos capitalistas, por una parte, y por la otra, sus lúgubres aliados socialistas, que insistían en llamarse a sí mismos repúblicas populares y democráticas como si lo fueran de verdad. A la vez, la palabreja “Revolución”, repetida ad infinitum, justificaba la debilidad institucional de Cuba, el borroso trazado de su gobierno, su parlamento y su judicatura, señalaba la concentración del poder en la entrepierna de Fidel, el templo supremo de la “Revolución”, su Partenón, su Vaticano.

Cada vez que un cubano se refería a la “Revolución” en vez de a la “República” o al gobierno del país, o, simplemente, a “Cuba”, en cualquiera de las contradictorias acepciones de ese nombre, se despojaba de su calidad de ciudadano y se convertía en soldado, en un guerrillero del Primer Frente Oriental “José Martí”, o del Segundo, “Frank País”, bajo las órdenes directas del Comandante en Jefe o de su hermano, con la misma obligación de hacer sin chistar lo que le mandaran a hacer, y como único, inalienable derecho, el de enfrentar la muerte en el paredón de fusilamiento sin una venda en los ojos. La anáfora “Revolución, blah, Revolución, blah, Revolución, blah” era la asmática respiración de un país en estado de permanente, infinita emergencia, la aceptación de la normalidad de la pobreza y la represión, su insolente continuidad. Vivir eternamente en “Revolución” no solo justificaba las privaciones y sufrimientos de los cubanos, presentándolas como inevitables, sino que las glorificaba, el hambre, el hacinamiento y la infelicidad eran útiles y honrosos, una prueba crucial para comprobar la fortaleza del supuesto “espíritu de sacrificio” de los “revolucionarios”, ya fueran estos sinceros, o solo en apariencias. Por supuesto, todos los que osaran llamar a la “Revolución” por otro nombre, por ejemplo, “Dictadura”, o siquiera sugirieran que en el fondo de la “Revolución” debía haber algo, aunque fuera un poco, de “República”, eran automáticamente adscritos a la “Contrarrevolución”, otra palabra mágica que también llegó a significar en Cuba tantas cosas, la CIA, Miami, Kennedy, los bandidos del Escambray, la quema de cañaverales, los grupúsculos, Virgilio Piñera, Celia Cruz, la guerra bacteriológica, Salvador el de Para Bailar, el Duque Hernández, que la gente terminó por no saber exactamente a qué se refería, como “invierno”, o “trabajar”.

Por supuesto, hubo una magnífica, frondosa Revolución Cubana, verde como las palmas, aunque quizás no tan verde y no tan alta, y también, inevitablemente, porque no hay revolución que no la tenga, una contrarrevolución, pero ambas terminaron hace tanto tiempo que ahora parece que tuvieron lugar en la misma época que la rebelión de Hatuey y la toma de La Habana por los ingleses. La Revolución Cubana se saldó con la doble victoria de Fidel Castro y sus seguidores sobre el ejército de Fulgencio Batista, primero, y después sobre un tenaz movimiento contrarrevolucionario apoyado por Estados Unidos. Pero ya a mediados de los sesenta la energía transformativa de la Revolución Cubana se había extinguido, se había completado un cambio fundamental de la política, la economía y la vida social cubanas, y la contrarrevolución había sido ampliamente derrotada, a esas alturas un cañaveral quemado o una bomba en un avión no iban a hacer a Fidel siquiera parpadear. Quizás el fin de la Revolución Cubana pueda ser marcado en octubre de 1962, cuando Kennedy le prometió a Jrushchov no invadir Cuba a cambio de evitar una guerra nuclear, algo que ofendió terriblemente a Fidel, estrepitosamente ninguneado por las dos potencias, tratado no como un Alejandro o un Napoleón sino como un guajiro ignorante y terco, pero que fue lo mejor que le pasó jamás, porque le permitió acomodarse en el poder con la aparente garantía, jamás dada antes al gobernante de un país tan insignificante como Cuba, de que cualquier intento norteamericano de deshacerse de él iba a conducir a la extinción irremediable de toda la humanidad.

O tal vez sea más correcto poner el fin de la Revolución Cubana en la amarga reunión de Fidel y Ernesto Guevara en marzo de 1965, pocos días después del furioso discurso del Ché en Argel criticando a la Unión Soviética y denunciándola como imperialista. De aquella reunión salió el Ché trasquilado, y sin sitio en Cuba, dejándosela entera a Fidel, aunque su sitio en la “Revolución”, Caballero Bayardo, Ché Comandante, amigo, fusil contra fusil, fuera celosamente conservado, e incluso convertido en el santuario de la única otra religión aceptada además del culto de Fidel, el franciscano, cursi guevarismo de los adolescentes y de la Nueva Trova. Quizás la Revolución no murió en esa rabiosa mejorana entre Fidel y el Ché, sino unos meses más tarde, en octubre, cuando los restos de los antiguos grupos revolucionarios completaron su unificación en el Partido Comunista de Cuba, de estilo estrictamente soviético, tanto, que los discursos de aquel congreso fundacional no fueron pronunciados en ruso solo porque todavía no había demasiados cubanos que conocieran el idioma de Leonid Brezhnev, las clases de ruso en televisión comenzarían después. Si algún acontecimiento prueba sobradamente el agotamiento de la energía creativa y la originalidad de la Revolución Cubana y su disolución en el miasma del socialismo real, es la creación del Partido único, que fue una doble catástrofe, porque con el Partido también fue creado su periódico, Granma, diario del reino mitológico de la “Revolución” y no de Cuba, lo que explica la glacial diferencia entre los contenidos de ese periódico y la verdad.

Al mes siguiente, noviembre, en una reunión entre Fidel y varios jefes militares, fue propuesta la idea de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, puesto que si Cuba iba a ser soviética, bien podía tener su propio Archipiélago Gulag. Ese podría ser escogido como el fin de la Revolución, el momento en que Fidel dio su consentimiento a la propuesta de encerrar en campos de trabajo a ciudadanos cubanos que no habían cometido ningún delito. Pero quizás la Revolución Cubana no concluyó firmemente en 1962 ni en el devastador 1965, sino en la noche del 23 de agosto de 1968, de la que se cumplieron hace unos pocos días cincuenta años. Esa noche, Fidel apareció en televisión y justificó la invasión de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia, que había comenzado dos días antes. Fue aquel quizás el más difícil discurso que Fidel jamás pronunciara, el más arriesgado ejercicio retórico que intentaría en una larga carrera rica en giros y piruetas ideológicos, la abyecta aceptación del derecho de la Unión Soviética a impedir la independencia de uno de sus satélites, violando, descaradamente, el derecho internacional. Casi confundiendo a su audiencia, y al Embajador soviético, Fidel admitió que la invasión había sido ilegal. “Visos de legalidad no tiene, francamente, absolutamente, ninguno”, dijo. Pero aquella admisión era solo el preámbulo del crimen político que Fidel iba a cometer en un instante, no contra Checoslovaquia, sino contra Cuba y la Revolución. “Lo esencial que se acepta o no se acepta”, dijo sin que le temblara la voz, “es si el campo socialista podía permitir o no el desarrollo de una situación política que condujera al desgajamiento de un país socialista y su caída en brazos del imperialismo”. Casi sin respirar, siguió: “Nuestro punto de vista es que no es permisible y que el campo socialista tiene derecho a impedirlo de una forma o de otra”. Esas palabras pusieron fin a la Revolución Cubana, lo que quedaba de ella murió mientras Fidel denunciaba a los líderes de la Primavera de Praga y daba la absolución de Cuba a los invasores. Mirando a su país a través de las cámaras, Fidel canceló formalmente la soberanía de Cuba y aceptó explícitamente el derecho de la Unión Soviética a invadir la isla si alguna vez hubiera peligro de que una Primavera de La Habana fuera aprovechada por “el imperialismo” para destruir la “Revolución”. Por toda su bravuconería, desplegada exuberantemente en aquel largo discurso, Fidel, esa infausta noche de agosto de 1968, lució más pequeño que nunca, no más un Gilgamesh, sino solo un tiranuelo tropical.

Fidel lleva dos años muerto, y por hábito, por pereza, por ignorancia, por agria terquedad, o por oportunismo, muchos cubanos siguen hablando de la “Revolución” como si todavía fuera 1968. En el reciente congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, un delegado condenó, histéricamente, a quienes escriben para “publicaciones alineadas con la subversión contra Cuba” creyendo “que van a tumbar la Revolución con una gacetilla de cinco párrafos”. En la Asamblea Nacional, en el debate del anteproyecto de Constitución, una diputada defendió la introducción del matrimonio homosexual, porque, dijo, muy en serio, como si Cuba hubiera sido gobernada durante sesenta años por Virgilio Piñera y no por Fidel Castro, que “estaría acorde con la ética de la Revolución… en correspondencia con el concepto de Revolución”. Cinco iglesias protestantes declararon su oposición al matrimonio homosexual arguyendo que no tiene relación con la cultura cubana, “ni con los líderes históricos de la Revolución”. Entrevistada por Juventud Rebelde, una jovencita dijo “estar segura” de que la discusión pública de los cambios constitucionales “constituirá una pauta, no solo con relación a la dirección del país, sino con la continuidad histórica de la Revolución”. Granma, por su lado, dijo que la discusión del proyecto de Constitución en algunos círculos de emigrados cubanos en Estados Unidos y Europa será un “proceso inédito en la historia de la Revolución”, aunque no ha sido confirmada la participación en esos debates del Duque Hernández ni la de Salvador el de Para Bailar. El boxeador Lázaro Álvarez, campeón de los pesos ligeros en los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, dedicó su triunfo al “pueblo cubano y a la Revolución”. Desafortunadamente, Cuba terminó segunda en el medallero de los Juegos, muy atrás de México, a pesar del esfuerzo de Álvarez y sus compañeros.

Las palabras pierden su significado, se mueren, cuando no tienen nada específico a qué referirse, cuando son usadas, recurrentemente, sin exactitud, con negligencia, como, en Cuba, “transporte”, o “periodismo”. Pero pueden recuperar su referencia súbitamente, de un golpe pueden volver a significar, férreamente, lo que significaban antes. Como José Martí, “Revolución”. Que te raspe la garganta, “Revolución”. En serio, “Revolución”.