Legna Rodríguez de niña sobre Caballero o Pinguita/Foto: Cortesía de la autora

Legna Rodríguez de niña sobre Caballero o Pinguita/Foto: Cortesía de la autora

Desde que el mundo es mundo existe la mula. El mundo de Miami es un mundo fascinante y también tiene su mula. Una mula con mayúsculas. Una mula suprema. Una mula necesaria y buena, y como la mayoría de las mulas, medio sonriente medio cabizbaja. La mula de todas las mulas. Desde que Miami es Miami existe el mundo. Un mundo sin Miami no es posible.

Hace treinta años yo tenía tres años y vi una mula por primera vez. También vi un burro y un caballo. Ese era mi mundo y era mío. Los vi de cerca. Los caté y manipulé porque fueron ofrecidos a mis padres como medios de transporte para trasladarse de un lugar a otro en la Sierra Maestra. Mis padres eran los ingenieros agrónomos recién graduados que debían dirigir la producción de café en una misión llamada El Plan Turquino.

La Sierra Maestra es un lugar intrincado en las montañas de Santiago de Cuba. No veía el mar pero sí los ríos. Había un sitio llamado Segundo Frente Oriental y Tercer Frente Oriental. Son lugares que sirvieron de estrategia militar en los tiempo de la lucha de guerrillas cuando existían en Cuba unos hombres llamados revolucionarios que querían cambiar el mundo.

Volviendo a la mula, al burro y al caballo, ellos me ayudaron con mis rodillas, que habían nacido mal formadas, montadas una sobre la otra. La actividad motora de caminar con las piernas abiertas fue a esa edad mi primera ley de vida. Así que andar a horcajadas sobre estos animalitos constituyó el éxito de esos días. Mis padres me dieron a mí la tarea de nombrar los animales. Al caballo le pusimos Caballero y al burro le pusimos Pinguita. No recuerdo el nombre de la mula. ¿Existió esa mula o la estoy imaginando?

Casi treinta años después, Miami logró que me convirtiera en mula. Pero no estaba sola en el mundo. Fui una insignificante mula en un rincón de la enorme finca de mulas llamada Miami. Hay pasto para todas en la finca. El pasto sobra. El pasto no es el problema. Las mulas son felices. Las mulas no tienen problemas. Si hubiera un problema sería el deseo de no ser mula.

Según el Diccionario de Dudas y Dificultades, una mula no tiene significado. Montar sí tiene significados, varios: montar a caballo, en burro, en mula, en bicicleta; montar en cólera. Según la Wikipedia: La mula o mulo es un«animal híbrido estéril que resulta del cruce entre una yegua y un burro o asno. Comparte algunas características con los burdéganos (resultantes del cruce entre un caballo y una burra o asna), pero difiere en otras debido a ciertos genes, que varían su efecto en función de si se reciben de la madre o del padre. Una mula es generalmente más grande, fuerte y fácil de criar que un burdégano, por lo que ha sido el preferido de los criadores».

Pero ese no es el significado que atañe aquí. En Miami una mula es algo simple. En Miami una mula es un ser humano. Ese ser humano, por cierto, no es autóctono de Miami, sino que ha emigrado a Miami porque en Miami se vive mejor. Y ese ser humano, antes, no sabía nada de mulas, ni de burros, ni de caballos, hasta que, poniendo un pie en Miami, empieza a darse cuenta de sus opciones reales. En Miami una mula es una opción.

En dramaturgia, los personajes de una pieza tienen sus objetivos y su súper objetivo. Para una mula no es diferente. Aunque una mula no es un personaje, tampoco. Una mula es una entidad suficientemente real y autosuficientemente capacitada. Desde que la persona acepta convertirse en mula, su aceptación la capacita, la protege y avala. El currículo de una mula es serlo. Dígase mula y ya se habrá dicho todo.

Se reconoce a una mula por su manera de andar. Va lento, como sorteando piedras del río o de la vereda. Va paso a paso, para no perder la carga. Se reconoce a una mula por la carga. La carga es grande y pesada y ecléctica. Una mula está apta para cargar cualquier cosa. Objetos de mucho valor y objetos de ningún valor. Cosas enormes y miniaturas. Cosas sólidas, líquidas y gaseosas. Cosas antiguas y muy modernas. Cosas ilegales y legales. Una mula corre peligro, siempre. ¡Run, mula, run!

Una mula no está sola. Las zonas donde se mueve (salones de espera, interior de avión, pista de aterrizaje, etc) son zonas de congregación. Hay allí, con alto grado de probabilidad, otras mulas, pero esa mula singular que ya entregó sus maletas y no ha sido reconocida por nadie, no lo sabe, ni lo sabrá. Una mula es ignorante por antonomasia. Ignora, sobre todo, el peligro al que se expone.

¿Cuándo se convierte una persona en mula? Sencillo. Cuando necesita algo. Hasta ese momento solo ha necesitado respirar, comer y tomar agua. De pronto necesita algo con lo que no había contado, algo humano, algo de vida o muerte. Sentimientos. Arraigamiento. Y por casualidad conoce a una mula que conoce a una mula que conoce a una mula que puede darle el contacto del dueño de la agencia o compañía o empresa o negocio. Y llama por teléfono a este hombre que le dice enseguida que sí, que claro que sí, que la irá a visitar cuanto antes para copiar sus datos y convertirla en mula, una mula oficial.

El hombre llega y mira a la persona que no es mula todavía de arriba abajo, le pide el pasaporte y copia su nombre en la lista de contactos de su teléfono y le dice entre otras cosas que de ahora en lo adelante necesita que esté disponible para cuando sea. La nueva mula asiente y le dice que sí, que ella estará disponible para cuando sea.

La agencia, que se llama Piedra Travel y no es ningún homenaje a Samuel Beckett, le avisará a partir de ahora las próximas fechas y horarios, los próximos requisitos, el próximo día de viaje. Integrada a la fila de las mulas, la nueva mula se echa a dormir soñando con que todo está resuelto.

Ya en el aeropuerto y con mínimo equipaje, la mula recibe orientaciones: Llevar las siguientes maletas, entregarlas a la siguiente persona, no dejar que las maletas sean abiertas, si las maletas llegan a abrirse lograr cerrarlas, pagar por adelantado para que las maletas no sean abiertas, decir que en las maletas hay comida, zapatos y ropas (como en cualquier maleta), decir que en las maletas hay cemento blanco y unos regalos para mi tía, decir que llevo cosas de la familia para sus familias pero no sé lo que ellos echaron. Seguir diciendo infinitas palabras, palabras, palabras, con voz de mula inteligente y persuasiva y darle veinte dólares al oficial de aduana para que me ayude. Porque si el oficial de aduana no ayuda a la mula y las maletas le son confiscadas, la agencia Piedra Travel, que no es ningún homenaje a Samuel Beckett, se irá a la ruina y se lo cobrará muy caro a la mula.

Las diez debilidades que una mula no puede permitirse, en mi humilde opinión, son las siguientes:

1 Miedo. Es imposible que una mula sienta miedo. El miedo tiene un olor como ya sabemos característico, intenso y dulce. La mula podrá sentir miedo solo si sabe esconderlo en el hondo agujero negro de su corazón de mula. El jefe de las mulas es el primero en oler el miedo de su mula súbdita, siendo el primero en cortarlo de raíz, quitándole a la mula su noción de mula, sacándola de la vereda, anulándola.

2 Dudas. Para que una mula sienta dudas debe ser una persona muy insegura y con muy poca autoestima, lo que no es apropiado ni idóneo. De todas las personas reunidas en un aeropuerto, la mula es quizás la única segura de sí misma. Se requiere seguridad en las acciones y seguridad en las palabras. No habrá titubeo a la hora de dirigirse a alguien, a través de los gestos o de las palabras, incluso cuando haya dudas de que alguien se esté dirigiendo a ti.

3 Confianza. La mula desconfía del resto de las personas como mismo se desconfía del fuego, de los fenómenos naturales y de los animales salvajes. No hay que confiar en nadie, ni de cerca ni de lejos. El ejemplo de lo que alguien puede llegar a hacer en una circunstancia dada es uno mismo, y eso es suficiente para no confiar en el resto.

4 Enamoramiento. No existe el amor en el corazón de mula que una mula lleva en el pecho. Existe un músculo que se agita si la mula camina rápido o que se relaja si la mula se sienta a esperar las maletas, los gusanos y las bolsas, llenos, pesados y ricos en atrezo, variedades, porquerías.

5 Amabilidad. Si nadie es amable con la mula, ¿por qué tendría la mula que ser amable con alguien?

6 Lástima. Si nadie le tiene lástima a la mula, ¿por qué tendría la mula que tenerle lástima a alguien?

7 Nostalgia. Lo mejor que puede hacer una mula, convertida en mula y valiente, exquisita y atractiva para el nuevo mundo histriónico al que pertenece, es tratar de no recordar. No hay nada que recordar y sí mucho que desear. El deseo moverá a la mula. Los recuerdos la paralizarán. El deseo de lograr sus metas y de vencer sus propias batallas, consistentes en pasar desapercibida y lograr una entrega cien por ciento completa.

8 Cansancio. Contra el cansancio, la mula tiene a su favor la indiferencia. A una mula le es indiferente todo, incluso su propio cuerpo y su propia mente, que en este caso son sinónimos de peso. Uno de los mayores obstáculos que una mula tiene delante es el cansancio. El cansancio humano y el cansancio moral, esa abotargamiento de su cerebro cuando empieza a pensar en el tiempo, en el espacio, en lo que sí y en lo que no, en lo que tal vez y en lo que hubiera. Vemos a la mula cansándose poco a poco, deteriorándose poco a poco, prestándole atención a sus pensamientos, y es cuando la sacamos de ahí, la arrastramos de vuelta a sus labores, la ponemos a pasar por las puertas eléctricas, los censores y las pistolas de láser. La devolvemos a lo que vino.

9 Enfermedad. Si una mula se enferma debe avisar previamente. A su jefe y al jefe de su jefe. A una mula compañera de viaje y a su jefe. Casi siempre las enfermedades nos agarran por sorpresa, pero no, a una mula la agarra por sorpresa ni siquiera la lluvia, ni siquiera una enfermedad. Una mula está disponible para el viaje las veinticuatro horas del día. Una mula no se enferma.

10 Honestidad. De qué me estás hablando ahora. No conozco esa palabra. Háblame de maletas, libras, kilogramos, peso neto, soborno, chantaje, risitas, ofrecimientos, mentirillas, una taza de café, un capuccino, café con leche, lo que sea. Pero no de honestidad. Esa palabra queda exiliada, como una mula, del diccionario.

Fui el resultado del cruce entre mi madre y mi padre. Los miro y me parecen de la misma especie. En mi adolescencia, al contrario de mis amigas de escuela, nunca les pedí cadenas de oro, ni maquillaje, ni ropas modernas. Yo solo quería los pantalones que mi mamá había usado en los años setenta para ajustarlos a mi talla y ponérmelos. Recuerdo que eran acampanados y de poliéster. Y también quería las fotos viejas de cuando yo andaba montada sobre Caballero o Pinguita para hacer collages que incluían postales de Miró y sellos de filatelia. No fui grande, ni fuerte, ni fácil de criar, pero Miami es más fuerte que una definición.

Respecto a correr, no puedo apartarme de la poesía. La definición de un poeta que ofrece Pessoa en uno de sus famosos poemas puede aplicarse a una mula de manera literal: Una mula es un fingidor/ finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente. La he llamado mula poética (el corrector puso proteica).

Y me gusta pensar, por supuesto, que fui una mula poética. Pequeña mula de un metro y medio en los salones de espera de los aeropuertos de Fort Lauderdale y Miami. Sinuosa mula de 99 libras atravesando aduanas, oficinas de emigración, oficiales recién graduados, sabuesos detectores de marihuana. Esmirriada mula sin desayunar, acabada de bañar y de dormir abrazada entre las piernas de alguien desconocido. Poderosa mula con botas, mochila Fjallraven verde, y cuatro gusanos de cuatro colores distintos llenos hasta el cuello de mercancía ajena.

Y me gusta pensar, por supuesto, que fui la Jackie Brown blanca del sur de la Florida. Si no fuera porque sé que el sur de la Florida tiene una Jackie Brown por cada 5 mujeres, o más. Si no fuera porque sé que el sur de la Florida está súper poblado y que todas, desde hace años, nos llamamos, a veces, Jackie Brown.