Michèle Alderete / Foto: Fernando Prats

Michèle Alderete / Foto: Fernando Prats

Con 17 años, en 1993 Michèle Alderete se convirtió en la tercera voz del cuarteto vocal femenino Gema 4, fundado dos años antes a instancias de Elena Burque por cuatro jóvenes, tres de ellas cantantes del Coro Nacional de Cuba.

En 1998 el cuarteto se mudó a Barcelona, donde se ha mantenido activo en la escena musical europea hasta el día de hoy.

Alderete estudiaba el último año de dirección coral en el conservatorio Amadeo Roldán, en La Habana, cuando se unió a Laura Flores, Odette Tellería y Estela Guzmán, quien falleció en Barcelona en el año 2004.

Esta entrevista fue realizada por correo electrónico.

Portada del primer disco de Gema 4 «Grandes boleros a capella», 1994

¿Cómo llegaste a Gema 4, siendo aún estudiante?

Yo estudiaba el último año de la especialidad de Dirección Coral en el conservatorio Amadeo Roldán. Conocía a Odette porque ella estaba en tercer año cuando yo entré en primero. Una vez pasó por la escuela con un casete de Calle Latina, el disco de José Feliciano donde participaba un cuarteto vocal femenino que ella había creado. Yo le dije que, si un día se le ocurría ampliar el grupo a quinteto, contara conmigo. Supongo que se lo dije como una forma de elogio, porque me gustó lo que escuché. No creo que lo hubiera pensado en serio. Para mi sorpresa, Odette me llamó algunas semanas después y me pidió que estudiara unas partituras que me entregaría para probarme como tercera voz.

Así que cuando empecé en Gema 4 aún era una estudiante de música. Por suerte ensayábamos a muy pocas calles del [conservatorio] Amadeo. Al acabar las clases, me iba, toda contenta yo, con mi uniforme y mi mochila para el ensayo. Solo supe que aquel barrio que zapateaba diariamente era el famoso Los Sitios, sobre el que cantó NG La Banda, muchísimo tiempo después. Eso lo digo para que tengas una idea del nivel de ensueño naif en el que yo levitaba por aquella época.

Cuando imaginaste por primera vez que serías cantante, ¿con qué ropa te viste?

La verdad es que no iba para cantante, iba para directora de coro. Así que lo que imaginaba era aquella especie de bata blanca cubana con volantes y tiras bordadas, larga hasta casi tocar el suelo. Hice mi concierto de graduación vistiendo una [bata] así, confeccionada por una señora que las hacía por encargo. En la época en que pasé a formar parte de Gema 4, mi cabeza solo pensaba en música. Mi ropa se reducía al uniforme de la escuela, y el resto del tiempo me ponía los pantalones de pliegues, prelavados, de mi hermano, que por suerte para mí estaba becado y no se enteraba de que yo le cogía la ropa. Arriba de ese pantalón me ponía lo que hubiera, ya fuera un pullover o una camisa de Telarte. Y a morirse de calor. Espero que, si mi hermano lee esto, ya no le importe enterarse a estas alturas.

Con otras estudiantes del conservatorio Amadeo Roldán, La Habana, 1993

¿Estamos hablando de principios de los años noventa?

Sí. Mi mamá siempre estaba atenta a cualquier aviso sobre ropa o zapatos que pudiera estar vendiendo alguien, cuando se podía. Aparecía un par de zapatos, un pullover, pero no se podía escoger. Se compraba lo que te ofrecieran.

Algún tiempo atrás habíamos pasado, como mucha gente, por la loca experiencia que fue la Casa del oro y la plata. Recuerdo a mi familia destrozando una gargantilla de plata mexicana porque las piedras que llevaba engarzadas no interesaban. De aquello sacamos una radiocasetera Sony, una caja de casetes, un ventilador y las dos piezas de ropa menos afortunadas que me puse en la vida: dos vestidos-pullover (uno blanco que traía a Mickey Mouse, y otro amarillo con Los Picapiedra). En esa época yo estaba en la secundaria, y se usaban aquellos zapatos de plástico calado con acabado perlado. Si te cogía el sol del mediodía con aquellos zapatos en la calle, te quedaban los pies dibujados. Tremendo.

Integrantes de Gema 4 (Michèle Alderete, Laura Flores, Estela Guzmán, Odette Tellería). La Habana, años 90

Han pasado casi tres décadas desde que te incorporaste a Gema 4, en 1993. ¿Qué estilo de vestir ha definido al grupo durante ese periodo?

Creo que hemos ido remando con las épocas, haciendo lo que hemos sentido. No hemos sido nunca demasiado transgresoras, ni hemos mirado revistas para enterarnos de las tendencias. Nada de eso. 

Las Gemas de la primera época éramos personajes totalmente diferentes en cuanto a la ropa y las modas. Estela era la que más se preocupaba por lucir bien. Era una mujer muy coqueta, que se maquillaba y llevaba el pelo siempre impecable. Odette y Laura eran (y siguen siendo) la típica pesadilla de cualquier diseñador, porque todo les parece bien, nunca protestan y en las pruebas de vestuario se la pasan riéndose una de la otra delante del espejo.

En cuanto a mí, por aquellos tiempos cualquier cosa que me hicieran ponerme para cantar no tenía nada que ver conmigo. No sabía caminar con zapatos de tacón ni coger un micrófono. Yo me hubiera tirado encima el look de Fito Páez sin que me temblara el pulso. Obviamente, no me lo permitieron.

Se dio el caso de que a muy pocos meses de mi incorporación al cuarteto nos fichó una discográfica de Barcelona, y en escasos días estábamos ya en aquella ciudad, metidas en un estudio tratando de grabar y escribiendo los arreglos allí mismo, porque ni siquiera teníamos suficiente repertorio para llenar un disco. Una total locura, contra reloj.

El sello llamó a una modelo para que nos creara una imagen con vistas a la promoción del disco, las presentaciones en televisión y los conciertos, lo que sería hoy una personal shopper. Ella nos llevaba a tiendas y a talleres de confección, siempre corriendo y con tremendo estrés, eso no variaba. Pero nosotras éramos muy disciplinadas, y todo aquel quita y pon de ropa, zapatos, complementos y espejuelos para las miopes nos parecía muy divertido y novedoso, la verdad. Nos quedaron varios conjuntos realmente muy acertados para diferentes ocasiones. Había uno más cabaretero que fue el que se usó para la portada del disco. Había también unos trajes de chaqueta y pantalón negros que recordaban el look de Madonna en el videoclip de Vogue, que creaban una imagen muy potente. Todos eran de diseñadores, con detalles especiales (el traje mío era Synonyme, de Georges Rech, recuerdo), sin camisa por debajo y con bastante escote. Luego había otros looks más informales para ocasiones más relajadas.

Alderete en una de las primeras giras por Francia, años 90.

Todo aquel ensueño tuvo un despertar agridulce el día que nos leyeron el primer estado de liquidación de royalties por las ventas del disco, que habían ido bastante bien. Ahí nos enteramos de que todo aquel gasto en vestuario, en el cual nosotras no habíamos pinchado ni cortado en cuanto a la toma de decisiones, corría a cuenta nuestra. El sello simplemente había adelantado el dinero, y nosotras no solo nos quedamos sin cobrar una peseta, sino que además estábamos en deuda con la disquera porque todo aquello había sido realmente carísimo. Me imagino que la modelo también desconocía el detallito de que todo lo pagábamos nosotras. Supongo que, de haberlo sabido, y de haber sabido también el montón de necesidades que tenían cuatro habaneras en los años noventa, no nos hubiera metido en el departamento de alta costura de El Corte Inglés con el entusiasmo con que lo hizo.

Aquella experiencia fue bastante reveladora. Aprendimos que hay que leer siempre con cuidado la letra pequeña para que no te embarquen, y también aprendimos la importancia de la imagen que proyectábamos cuatro mujeres en un escenario solas con sus voces.

A partir de ahí, la idea de una cierta coherencia en el vestuario de las cuatro primó entre nosotras. Por un tiempo recurrimos al color negro como elemento unificador. Al perder a Estela y entrar Tula, pienso que ella pasó por el mismo proceso que pasé yo al comienzo, solo que Tula mantuvo una cierta independencia en el vestir y al elegir su estilo. Eso hizo que el resto también empezáramos a vestir un poco más según nuestras preferencias individuales. También decidimos buscar más colores.

Cuando Gema 4 se presentaba en Cuba, antes de salir de gira por primera vez, ¿cómo adquirían la ropa con que salían a escena?

Básicamente, era ropa prestada o regalada la mayor parte del tiempo. Pero ese periodo fue bastante corto, y el cuarteto apenas se presentó en escenarios. Nos pasábamos la vida cantando de casa en casa y de fiesta en fiesta. Las excepciones yo no las viví porque aún no había entrado al grupo. Una fue el concierto de aniversario de Elena Burke, en el teatro Mella, donde Elena presentó a Gema 4 en público por primera vez. Los vestidos eran prestados, esos vestidos transparentes de algodón indio con hilitos dorados. El detalle de la transparencia salió cuando las enfocaron con las luces del teatro. Así que tanto aplauso fue a lo mejor porque prácticamente cantaron desnudas.

La otra excepción fue el espectáculo Timba Suicida, en el hotel Habana Libre, dirigido por Santiago Alfonso. Ahí las vestían de divas de los años cincuenta, con brillo, plumas, guantes y tocado. Hubiera dado cualquier cosa por vivir eso, porque los cuentos son de morirte de la risa. Ojalá un día te cuenten ellas mismas lo que pasaba cuando el show se demoraba y el cierre rozaba la hora de la confronta. No te puedes levantar del piso cuando te cuentan eso.

Gema 4 en el Habana Café, años 90.

¿Recuerdas con qué ropa te presentaste la primera vez que cantaste en un escenario? ¿Y en la televisión?

La verdad es que no me acuerdo de la primera vez, ni de qué vestía. Eso pertenece a la infancia, y a lo mejor me lo invento. Aunque es muy probable que llevara puesto el uniforme de la escuela.

La primera vez [que nos presentamos] en la televisión fue en el programa Mi salsa, cantando como invitadas de Ernán López-Nussa. Estela nos cosió de madrugada unos shorcitos negros, de una especie de tela de bambula, con unos trocitos de cadenita dorada que imagino habrá arrancado de alguna cartera suya. La pobre, nos había puesto a cada una a coser el suyo, y cuando vio lo que estábamos perpetrando dijo: «Dejen, olvídense de eso. Yo lo hago». El short lo combinamos con una blusa de mangas largas, unos zapatos que a mí particularmente me quedaban bailando, porque no eran míos, y unas medias de red de las que usan las bailarinas de cabaret. Yo era la única que no había podido conseguir unas, y una muchacha de Tropicana me las regaló. Éramos puro hueso y pelo en ese programa y en esa época.

Es posible que antes ya hubiéramos hecho un video acompañando a Tanya en su canción del festival de la OTI. Pero el realizador estaba en modo Queen en «Bohemian Rapsody», creo recordar, así que el vestuario no se vio. Por poco ni nos vemos nosotras.

¿Cómo fue la relación de Gema 4 con los escenarios y la televisión cubana, y que papel jugó el vestuario en ella?

Hicimos bastante televisión. La verdad es que durante nuestra carrera en Cuba nos tuvieron siempre muy en cuenta. Y nos cuidaron mucho.

Si pensamos en las carencias materiales de aquellos estudios, la gente hacía un esfuerzo increíble. Por aquellos tiempos nosotras ya teníamos bastante trabajo en Europa, y me temo que caíamos en el ICRT como si viniéramos de otra galaxia. No era una sensación muy cómoda en medio de la escasez de aquellos años. Colaboramos en lo que pudimos: una plancha para el pelo, base de maquillaje, un neceser para guardar el material. Hacía falta de todo.

El vestuario a veces no lucía, a causa de la poca iluminación. En cuanto al maquillaje, había lo que había. Todo eso influía en el resultado. Pero guardo muy buenos recuerdos de aquellos programas y de tanta gente querida.

Definitivamente, la televisión fue lo que nos acercó a la gente en Cuba. Todavía hoy me parece mentira con qué naturalidad aceptaron a cuatro muchachas que cantaban a capella música que para muchos ya estaba olvidada. Tampoco faltó la señora que te paraba en la calle: «Mijita, qué lindo cantaron anoche en el programa… pero qué mal te quedaba ese moñoooo!». O el asere que te miraba fijamente y luego soltaba un flamante «¡yo te conozco del vidrio!».

Con la ropa nos pasaba de todo, siempre había un tacón que se encajaba en un hueco del escenario, o cualquier otro percance, con su correspondiente carcajada. En una de aquellas ocasiones en que participábamos en un festival en una provincia (puede que fuera un Benny Moré), al final de nuestro concierto salieron al escenario unas modelos a entregarnos unos ramos de flores. Eran muy altas y llevaban vestidos tejidos a crochet con un poco de cola. Estábamos en aquello del saludo y los aplausos cuando sentimos que había algo de energía extraña a nuestra derecha, en el escenario, que era el sitio que Estela ocupaba habitualmente.

Odette se giró a mirar, y nos hizo saber discretamente a Laura y a mí que aquello merecía atención. Resulta que Estela, que adoraba llevar zapatos de tacón de aguja con plataforma (para que tengas una idea, siempre le decíamos que, si estornudaba, se caía para adelante), había pisado sin querer la cola del vestido de «su modelo», y el tacón se le había quedado enganchado en un hueco del tejido. Y, bueno, la muchacha se quería marchar por la pata del escenario, pero, claro, se llevaba con ella a Estela, que en total desacuerdo forcejeaba para quedarse. El resto del cuarteto se retiró de la escena ramos en mano y guardando la compostura lo mejor que pudo, para poder descuajeringarse de la risa confortablemente en el camerino.

Te podría escribir un libro con los episodios extremos que el vestuario provocaba. Y casi siempre la protagonista era Estela, porque era muy despistada. Y cada vez que ella contaba su versión, exageraba un poco más el percance de turno, ahí ya llorabas de risa hasta el cansancio.

Hicimos también conciertos en teatros, no muchos, en el interior del país. Siempre encontramos un público muy respetuoso, agradecido y conocedor. Y también muy sincero. Recuerdo especialmente unos conciertos que hicimos durante un tiempo corto en la Casa del Té, en La Habana Vieja. Eran por la tarde, bastante informales. Ese patio se llenaba de gente muy joven, como nosotras, que no creo tuvieran muchas referencias del filin ni de los cuartetos cubanos que hicieron historia. Sencillamente se sentaban a escuchar en silencio. Eran grupos de amigos, parejas de novios.  La magia duró hasta que alguien de arriba mandó a suspender aquello, y no pudimos seguir. De esos conciertos guardo un recuerdo más entrañable que de grandes escenarios.

Ibrahím Ferrer y Alderete en los estudios EGREM de La Habana

¿Tuviste alguna vez que hacer concesiones estilísticas —con relación al vestuario— para poder presentarte en escenarios o en la televisión cubanos?

Nunca, que yo recuerde. Íbamos como nos parecía mejor, y nadie nos preguntaba. En España, sí. En una gala de televisión nos quisieron poner unos vestidos horrendos, mal cortados y sin terminar. Nos negamos, y nos penalizaron luego cortando parte de nuestra actuación. La verdad es que ni nos importó. Lo único bueno de aquella experiencia fue conocer a Celia Cruz el día de la grabación, y cantar con ella. Lo demás pasó al olvido.

¿Qué significa el vestuario para ti, en tanto artista?

Supongo que es parte de lo que proyectas, de tu personalidad. Nunca me he parado a pensar en ello, la verdad, pero la ropa bonita me gusta. Me imagino que hay un aire de familia en ello. Mi abuela materna era una mujer muy elegante de joven. Era de familia humilde, pero en las fotos siempre salía impecable, con peinado, falda de tubo, tremenda. Parecía una actriz. Fue vendedora de Avon en La Habana, y costurera en Nueva York. Me contaba que, si no había dinero para las medias, las muchachas se pintaban la raya en la pierna con el lápiz de ojo. Y el tacón no faltaba. Así que, si mi abuela podía sufrir para llevar un vestido difícil, por qué no yo.

¿En quién o qué te inspiras para construir tu vestuario?

Me dejo llevar por la intuición, básicamente. Si veo algo que me gusta, me lanzo. Me enamoro fácil. A veces no funciona, y el vestido se queda años colgando en el armario, hasta que alguien lo hereda. Pero casi siempre quedo contenta. También tomo muchos consejos de la gente que sabe.

¿Recibiste clases de vestuario escenográfico como parte de tu preparación académica?

No, nunca recibí ninguna educación al respecto durante mis estudios. Tuve una formación inesperada e inapreciable hace unos años, trabajando en la televisión catalana en un concurso de agrupaciones vocales, donde yo era la coach vocal de los concursantes.

Estuve ahí varias temporadas. Como se grababa en exteriores y ensayos, y luego se hacía la gala en plató, mi personaje tenía mucho vestuario para las diferentes ocasiones, ropa informal y ropa de gala, por ejemplo. Ese vestuario lo elegía Fina Correcher, una estilista con quien me pasaba horas y horas probando combinaciones de todo tipo hasta ir configurando mi estilo.

Por supuesto que acabamos siendo uña y carne. Ella es una grande, y tiene pasión por su trabajo, y a mí, que no hay que llamarme dos veces para probarme un vestido… éramos el team perfecto. Me decía: «Niña, aquí hasta la presentadora más flaca que tú veas se pone faja para salir en cámara. ¡Venga!».

Con Fina aprendí un montón acerca de mi cuerpo, de cómo una prenda determinada te puede favorecer o desgraciarte la imagen. Es muy generosa cuando te aconseja, pero siempre termina diciendo: “Si no te gusta, lo descartamos, ningún problema”. Todavía hoy le pregunto, porque ella sabe cuáles son mis tallas según la marca. Acabé robándomela para los estilismos de Gema 4, cuando hay que grabar un concierto o hay una sesión de fotos. ¡Fina mete a todo el mundo en cintura, y nadie protesta!

Foto de portada del disco VEINTICINCO (concierto en directo por el veinticinco aniversario de Gema 4)

En muchas de las fotografías de Gema 4, sus integrantes aparecen vestidas de blanco o tonos similares. Desde la época republicana, las corrientes más nacionalistas en la moda cubana han dado preferencia a ese color —y a los tejidos naturales— por entender que es el más adecuado para las condiciones climáticas del trópico. ¿La preferencia por la ropa de color blanco por parte de Gema 4 responde a un interés en apelar a una cubanidad que respalde su repertorio bolerístico?

Me parece que te refieres a unas fotos que han dado mucha vuelta por ahí. Fue algo fortuito. No teníamos asesoría de vestuario en esa sesión, y elegimos prendas que unificaran. Lo más fácil es decir: «hacemos unas de negro, y otras, de blanco», y casi siempre puedes sacar de ahí algo que funcione.

La sesión fue bastante especial: nosotras estábamos sin acabar de soltarnos con el fotógrafo, que era además un muchacho bastante tímido. Cuando este se marchó, la dueña de la casa donde nos hicimos las fotos cogió su cámara y empezó a probar, entre chistes y risas. Aquello se convirtió en una pachanga tremenda, y salieron las Gemas verdaderas. El vestuario se volvió algo secundario. Esas fotos me gustan mucho.

En la galería de fotos que puede verse en la página en línea del cuarteto Gema 4 hay una en donde solo se observan los pies de las integrantes, calzados con sandalias de tacón, sobre un piso de losas decoradas que recuerda los de las casas coloniales cubanas. ¿Qué buscaban transmitir con esa foto, y qué papel juegan los zapatos en ella?

Efectivamente, el suelo de la casa nos recordaba las viejas casas cubanas. En Barcelona encuentras muchas casas con esos suelos de mosaicos hidráulicos que te recuerdan a La Habana, y nos pareció bonito como homenaje a nuestras raíces. Luego esa foto se usó para la contraportada de nuestro disco For a New Dream. Al diseñador y a la ilustradora les gustó tanto que la usaron como idea para todo el arte del disco.

Lo de los zapatos nos pareció divertido, porque no se sabe quién es quién ahí, y daba mucho juego. Hay dos pares de zapatos míos en esa foto.

¿Cuánto y cómo se diferenciaba la ropa que usabas para salir a escena en Cuba de la ropa que usabas a diario? ¿Sucede igual en Barcelona?

La ropa de calle en Cuba tiene que ser ligera y transpirable porque, si no, te mueres. Igual el zapato. En La Habana, con un vestidito de algodón de colores ligero y unas sandalias sencillas yo resolvía. El escenario era otra cosa, te ponías lo que fuera preciso, porque el sacrificio dura lo que dura el concierto. Y tu estado de ánimo para ese momento te ayuda a que te pongas una escafandra de astronauta si es preciso.

Recuerdo que una firma canadiense que había en La Habana por aquellos tiempos nos regaló o nos vendió, no recuerdo bien, unos vestidos payeteados de arriba a abajo. Eran vestidos hermosos para la escena, porque el payet hacía dibujos que brillaban, y era maravilloso. El problema era que el vestido pesaba una barbaridad con todo aquel material y, por supuesto, el forro interior, y cuando te caían encima las luces del escenario se convertía en una sauna mortal. En la segunda canción ya habías perdido tres libras sudando.

Súmale a eso que, cuando cantas a capella, sin ningún instrumento que te acompañe más que tu propia voz, no hay un momento de descanso, pues no tienes orquesta que toque un tema para que salgas a tomar agua. El esfuerzo físico es constante. No sé cómo acababan las demás, pero mi vestido se podía exprimir al terminar el concierto. Era llegar al hotel corriendo y colgarlo en el baño inmediatamente para que se secara, porque cuando estás de gira de una ciudad a otra no hay tiempo para llevar un vestido a que te lo limpien.

Pues ese vestido se lo compró a mi abuela una muchacha que cantaba en un grupo en La Habana, cuando ya llevaba tiempo jubilado en un armario.

Barcelona tiene un clima variado, con estaciones más definidas. Puedes variar los tejidos, el tipo de calzado. Y en invierno hay que sacar el abrigo con todo el arsenal que desespera al cubano: bufanda, gorro, medias, guantes y mucha paciencia para ponerse y quitarse todo eso.

¿Cuándo fue la primera vez que viajaste al extranjero, y qué impacto tuvieron las giras internacionales en tu manera de vestir, tanto cotidiana como artística?

Imagínate con 18 años en una ciudad como Barcelona, con tiendas de cualquier cosa por todas partes, con dinero en el bolsillo y sin tener idea de nada. Acabé, me compré todo lo que vi. Desde una pamela hasta una gorra de los New York Yankees, incluyendo cámaras de fotos, trusas.

Cuando llegué a La Habana y vi todo aquello, pensé: «¿quién carajo se va a poner esa pamela aquí, Michèle, dime?». Nunca me la puse. Volví a Cuba sin un centavo en el bolsillo, porque para colmo el poco dinero que me quedó de todo aquel despilfarro me lo tuve que gastar en el aeropuerto comprándome otro pasaje Barcelona-Madrid. Supongo que el billete de avión que tenía se habrá quedado en el hotel, quizás debajo de la cama, y no lo vi entre tanta bolsa vacía y el desorden que había. Cuando nos acercamos al mostrador de Iberia, y dijeron «saquen los billetes», yo empecé a repetir, como un mantra budista, «¿qué billete?… yo no tengo ningún billete», y me alejé, caminando para atrás.

Como enseñanza no estuvo mal. Después de aquello, supongo que maduré, y en mi maleta lo mismo veías un par de botas, aplastadas por una tapa de inodoro, que un vestido de Mango metido dentro de una olla de presión.

Las giras europeas nos abrían los ojos a lo que estaba de moda, a la posibilidad de escoger, de comparar. Te permitía crearte poco a poco un stock para el escenario y para la vida cotidiana con cierta libertad.

Nosotras viajamos a Miami en 1998 para el estreno de la película de Los Zafiros. Antes de la proyección, cantamos un arreglo de Habana que escribimos para la ocasión. La gente nos veía, llegadas de Cuba con nuestros trajes sastre europeos, y no entendían nada. Nos preguntaban: «¿pero ustedes de verdad vienen de Cuba?». Y nos tocaban la tela de los trajes.

Festival Veus, Cataluña / Foto: Martí Albesa

Cuando vivías en Cuba, ¿tenías familia en el extranjero? ¿Recibías ropa de tus familiares en el extranjero?

Tenía familia, que no conocía apenas, en los Estados Unidos. Primos y tíos de mi mamá. Cuando nací, ya hacía mucho tiempo que habían emigrado. No recibí ropa por esa vía.

¿Qué es lo más loco o excéntrico que te has puesto para actuar?

Ahí me matas, no sabría decirte… muchas cosas que me puse podrían parecer excéntricas para la época y ahora son perfectamente normales.

¿Cuál es el estilo de Michèle Alderete hoy?

Lo que me guste. Si me enamoro de un par de sandalias simples, me verás con ellas mucho tiempo. También soy capaz de comprarme el vestido con cristales de Swarovski que llevé en una gala de televisión. Espero que eso conteste a tu pregunta.

¿Pudiste alguna vez vestirte como Michèle Alderete en Cuba?

Sí. Solo que hace mucho tiempo que no soy esa Michèle. Muchas cosas cambian con la madurez. La jovencita que yo era se preocupaba muchísimo por cómo la veían los demás. La Michèle que soy ahora me gusta más, sinceramente.

¿Cómo te ves dentro de diez años?

Francamente no lo sé. Pero habrá un par de tenis por ahí, seguramente.