Sara

Sara / Foto: Cortesía de José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado

Uno de los signos que indican el fin de una época en Cuba es la creciente revisión crítica de la memoria histórica de la Revolución que ha tenido lugar en los últimos años. Este ejercicio, emprendido de modo desigual por distintas generaciones políticas, está lleno aún, como es lógico, de imprecisiones, tanteos, relatos en conflicto y disputas ideológicas de distinta índole. Algunos episodios son muy enriquecedores y apuntan, desde un compromiso radical con la verdad, sin falsos olvidos deliberados, hacia un posible momento de reconciliación nacional, como pueblo que sería capaz también de enfrentar la imagen que le devuelve el espejo de su horror. Otros eventos no pasan del exhibicionismo de turno de las miserias personales de siempre.

Entre los documentos que ya resultan ineludibles para ese recuento ideal de nuestra historia, se encuentra Sueños al pairo, el excelente documental sobre el trovador cubano Mike Porcel de los realizadores José Luis Aparicio y Fernando Fraguela. Censurado en la Muestra Joven ICAIC, Sueños al pairo cuenta cómo Porcel, luego de querer emigrar por el puerto del Mariel en 1980, fue sometido por sus compañeros de arte a mítines de repudio, para sufrir luego una larga y espantosa muerte civil de nueve años.

En esta serie de tres entrevistas que El Estornudo ha tenido el privilegio de publicar, algunos testigos de la vida de Porcel cuentan con contundente sencillez de qué se trataron tales mítines y esa muerte civil del trovador, o sobrevida en las sombras.

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«Mi nombre es Sara. Vivo aquí desde 1973. Desde el 1 de abril. Y mi juventud fue aquí, vaya, la adolescencia rica esa… y conocí a Mike Porcel. Lo veía muy poco, porque él era poco comunicativo. Era una gente que inspiraba mucha confianza a pesar de que no era muy sociable, pero cuando te miraba… había que respetarlo. Yo lo apreciaba mucho.»

Sara luce distinta a la primera vez, aquel día en que anduvimos el barrio de Mike preguntando por ella. Algún que otro compañero, con edad suficiente para saber, nos regaló el performance depurado de hacerse el sueco. Para la memoria cederista, la amnesia selectiva es la primera causa de muerte. El Alzheimer voluntario. Solo par de vecinas confesaban el recuerdo. Señoras mayores, prestas y simpáticas, aún niñas en el momento en que dejaron de verlo. Aquel momento cero en la calle 0 cuando Mike Porcel se convirtió en un fantasma.

Estábamos cerca de La Puntilla, donde se acaba Playa y comienza el mar. Íbamos de ghostbusters entre edificios segmentados por el salitre, tratando de anclar los espacios a la historia, de encontrar en esa relación un atisbo de sentido. Sara parecía sincera y su candidez era una buena promesa. El día de la entrevista nos recibió bien vestida y maquillada, con una sonrisa y lista para contar. No había distancia ni pose en su mirada. Se adivinaba un testimonio sin ensayo previo, no simulado, sin filtros.

Sara

Sara / Foto: Cortesía de José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado

«Mike se casó con una muchacha. Ella ya vivía ahí, él vino a vivir con ella. Siempre se la pasaba escribiendo… Eso sí, saludaba a todo el mundo. Porque él siempre iba cabizbajo, pero cuando levantaba la mano era para saludar. Yo a ella no la conocí mucho, porque ellos se fueron enseguida. Él apenas molestaba.

«Lo que sí nosotros veíamos los artistas que venían, que hablaban con él y salían. Y nosotros, la juventud: ‘mira, los artistas’, cómo nos poníamos, pero ya. Pablito Milanés, yo vi a Pablito… vi a Carlos Ruiz de la Tejera. Venía un grupo, era bien grande. Eso fue en el XI Festival. Venían ahí porque fue su canción la elegida. Por eso venían todos. De verdad, yo vi mucho regocijo con eso. Hasta que pasó que él dijo que se iba y ya más nunca lo pudimos ver.

«Desde el día en que se fue para allá, que vino una guagua para que los vecinos… pero como eran artistas, todo el mundo… yo misma fui. Yo no quería, yo nunca fui a ninguno, pero como eran los artistas me apunté en la guagua. Y cuando vi eso salí bien disgustada. Las cosas que se decían, que hacían… se falló mucho allí. No con él, con todo el mundo que quiso irse y se fue.

«Sabíamos que era músico. Él se oía a veces. Componía con su guitarrita y era lo que oíamos. Cuando el Festival, fue que nosotros: ‘¡mira, si es Mike! ¡qué rico!’ Y nos dio una alegría eso. Sí, se escuchó enormemente. Si eso era el himno nacional… Todo el mundo la cantaba. Eso fue una cosa muy rica en la juventud. Yo, mi recuerdo tan lindo, que me da tristeza hablar de eso. Lo disfrutamos mucho.

«Ese tiempo fue difícil. Y cuando vi que cayó Mike también. ¡Uf, señor! Nos dimos cuenta de que era con Mike cuando vimos a los artistas. Que él estaba allá, porque su familia vivía en 42, fuimos y ahí fue donde se hizo. Bien feo, fue feo-feo. Salió un señor de al lado, de la casa de al lado, tiró una botella prendida, para que no lo mortificaran más. A las personas… Porque Mike jamás salió. Él no salió. Si yo decía: ‘¡ay, qué pena!’ Esto es vergonzoso. Pero él no salió jamás.

«Después yo no fui más, porque no quería ir. Y un día pasé en una guagua y vi que estaban otra vez haciéndole lo mismo. Fue en esa semana, porque yo fui y después como a los tres o cuatro días pasé y estaban otra vez. Y ya después no supe más nada, si se fue, si no se fue. No hay información, no decían nada. Más nunca, más nunca… Nosotros decíamos: ‘ay, ¿qué será de la vida de él?’ Quisiera hasta saber cómo está. De verdad… No sabemos nada. Porque ni por la televisión, por ninguna parte, no hay información. Y la verdad que era querido. Lo poquito que tuvimos aquí de él, a pesar de su carácter, que era bien calladito, pero se hacía querer.

«Algunos vecinos, los que fuimos (en realidad iban personas, más o menos, de 40), pero más la juventud, fue por la guagua. Yo misma, que no quería ir a ninguna parte ni le grité a nadie, yo fui por ver a los artistas. Fuimos allá por el embullo ese. Que después yo le decía a mi papá: ‘¡qué pena! ¿por qué me monté?’ Había mujeres también, creo. Te estoy diciendo una guagua llena de artistas. Era un bullicio, entre tanta gente… y más, porque iba una guagua adelante y otra con nosotros atrás. Yo fui en la de ellos, que fue por eso que me monté, porque si no, no voy. Si me tenía que ir en la otra no me iba.

«La juventud lo cogió como una fiesta, como una diversión. De verdad que yo decía: ‘caballero, si fuera uno de nosotros’… Que lo comprobé cuando le pasó a una amiga mía. Se les tiraba huevos, las casas embarradas… Había unos gays al lado. No donde ellos vivían en 42, sino en 60. Porque ya eso era, donde quiera tú veías… ‘a ver, déjame ver este show’. Porque eran shows. Bien triste. Cuando yo decía: ‘caballero, ¿y si es un familiar de uno?’ Eso es penoso. Salía un gay, que eso fue una noche que la pasamos de risa, porque él salía y hacía… (contoneo), en 60.

«Me parece que empezaron a recapacitar que eso no se debía hacer. Porque el que se quiera ir que se vaya. Mi papá amaba las cosas de la Revolución y él decía: ‘eso no se debe hacer, hay que decirlo, pero no así’. Mucha gente lo hacía… no sé ni por qué lo hacían. Si era por ira o si era porque mandaban. Aquí de día se hacía también, con un micrófono. ‘¡Gerano, ratón, asómate en el balcón!’ Eso daba risa, de verdad. Ya nosotros lo cogíamos como baile y después nos daba pena. Fue bien triste ese tiempo. Esa época fue bien difícil pa’ quien la pasó.

«A mí él me gustaba como cantaba. Nosotros en el parque, el XI Festival se hizo en este parque también. Venían todos los artistas de afuera… buenísimo. Eso ahí se llenaba. Desde aquí desde 3ra, desde A, desde 0, todo ese parque completo. Se llenaba, desde los pinos. Allí mismo yo conocí artistas, japoneses, de todos los países… Pero rico. Eso fue divino. Que lo disfrutemos y que después pase eso. Daba pena, de verdad que daba disgusto eso. Cuando tú aprecias una gente así, que tú lo admiras y ves que pasan cosas, porque pasan. Cada cual tiene sus ideas.

«Mi misma familia… mira, mis hijas se fueron. Y son mis hijas. Pero en esa época era difícil. Porque era una época en que se empezaba, y se había luchado por tener y por hacer… Entonces fue triste decir: ‘concho, Mike, si se nos va’… Pero por qué se iba, no me importaba. Nada de política ni nada de eso. Como persona, de verdad, lo admiraba mucho. No se veía. Si preguntábamos y nadie nos informaba. Y me decían: ‘¡cállate la boca! ¡ni hables!’ ¿Será malo hasta preguntar por él?

«De verdad que quisiéramos que viniera otra vez, sentirlo. Al menos saber de él. Por lo menos aquí en el barrio, muchas personas sé que lo quieren. La casa un tiempo estuvo sellada. Ya eso después se olvidó. De vez en cuando: ‘caballero, ¿qué será de la vida de él?, ¿se habrá muerto?, ¿dónde estará?, ¿habrá triunfado por fuera?, ¿se fue?, ¿qué pasó con él?’ Y lo que sí quisiéramos saber, si ustedes saben, ¿él va a venir?, ¿él pregunta por Cuba, por las amistades, por sus vecinos…? Él quizás ni se acuerde de mí, tantos años… El apartamento era ese mismo que se ve de ahí.»