Pasillo de hospital

Foto: FivePrime

Hace como un año, en un vuelo Madrid-Habana fui testigo de una experiencia bien triste y desagradable. En el asiento delantero tenía a una mujer cubana, morena, de unos cincuenta años, que por ocho o nueve horas estuvo tranquilita, sin llamar la atención, sin molestar a nadie. Aunque solo veía su pelo, sabía que estaba como pegada al asiento, para nada se levantó.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto José Martí, la mujer no aguantó más y antes de que apagaran la señal de los cinturones de seguridad se levantó y empezó a llorar. Una azafata, extranjera, empezó a ofenderla y a tratarla como el culo. Para no hacer largo el cuento, la mujer, que había aguantado estoicamente todas esas horas, llegó y se quebró porque venía a enterrar a su hijo que se había matado en un accidente de moto. Según lo que entendí entre sus gritos, el muchacho estaba desbaratado, solo en una nevera, a la espera de que ella llegara.

La garganta se me cerró, por la imagen tan dura, pero los sentimientos mutaron al ver lo mal que fue tratada esa mujer por la azafata, quien llegó incluso, en tono de burla, a criticar los llantos, los gritos, las muestras de dolor. Me quedé pensando mucho, y por meses esto se me ha quedado en la cabeza. ¿Por qué la extranjera la trató tan mal? ¿Era una cuestión de racismo con los cubanos? ¿Tenía que ver con que los cubanos siempre venimos cargados, hacemos bulla? Quizá la azafata, por alguna razón, se sentía con más derecho en suelo cubano que cualquiera de aquí.

La cosa es que el otro día, por casualidades de la vida, volví a ver a la cubana. Yo estaba en el cuerpo de guardia de un hospital de provincias porque un amigo tenía un problema respiratorio y lo habían ingresado. Era de noche, cerca de las once, el edificio era aplastado y ancho y había un pasillo iluminado con una luz blanca y cuartos a los costados. Al final había una puerta abierta hacia la oscura pradera, donde de vez en cuando asomaba la cabeza un caballo blanco.

A esa hora ya la mayoría de la gente, los familiares y visitantes, se habían ido. Solo quedaban los enfermos en las camas, los médicos, las enfermeras y tres o cuatro acompañantes. En los bancos de madera estábamos yo, concentrado en mi celular, esperando una señal; una mujer rubia, gorda, de unos sesenta años, que esperaba por su padre; un anciano que tenía una obstrucción intestinal, y estaba la morena del avión, callada.

Yo la verdad no me atreví a decirle que la conocía de antes. Me parecía de mal gusto recordar una situación tan fea. Aunque ahora, pensándolo bien, si me hubiera puesto fino y diplomático, podría haberle hecho saber que estaba de su lado. Que la azafata era una desgraciada. Una fresca. Una nazi.

Tenía muchas dudas, porque había pasado un año, o sea, esa mujer no estaba aquí de vuelta por su hijo. A esa cubana la desgracia le había tocado de nuevo la puerta. Estaba en un hospitalito perdido, esperando por un familiar, o por un marido o por un amigo. En fin.

No sabía cómo iba a hacer que las horas pasaran. No tenía mucha señal para los datos móviles y para colmo de males la mujer rubia no paraba de hablar. Era una tipa de estas de cara dura, que se ve que no tuvo una vida fácil, y que disfrutaba demasiado hablar y comentar los casitos que estaban en el cuerpo de guardia. Con un morbo extremo habló del que se había muerto hacía unas horas, del viejito de la cama 3, al que le tenían que sacar todas las tripas y lavarlo con una manguera (según sus palabras), de la mujer que estaba con cáncer. Y así siguió por un buen rato.

Ni la mujer del avión ni yo hablábamos.

En un momento la rubia se interesó en mi caso y para hacer tiempo le seguí la rima. Le conté lo que me había dicho el médico, en qué películas había actuado mi amigo y le hablé por arribita de mi filmografía. Por supuesto que no había visto mis películas. Sin tocar mucho el tema, le hablé de la censura, etc…

La palabra censura hizo que se alterara. Ella también estaba censurada, me dijo. Y me empezó a contar que después de treinta años de trabajar en el comité militar de su zona, el jefe le hizo una cama para sacarla y así poder poner a trabajar a su mujer. El desgraciado ese, me decía, había despachado a una buena trabajadora para poder conseguirle un salario extra a su mujer, que era una descarada.

Ella también estaba censurada, pero no tenía problemas con eso, porque sabía que cuando «allá arriba» se enteraran (refiriéndose a los generales, a los coroneles, yo qué sé), la iban a mandar a buscar de nuevo y le iban a pedir disculpas. Ella estaba esperando ese momento.

En ese instante, la mujer que compartió vuelo conmigo empezó a sacar unos panes y unos refrescos para repartirlos entre las enfermeras y los médicos. Después de dar toda la vuelta, nos brindó una merienda a mí y a la rubia del comité militar. Comimos los tres. En silencio. Mirando una luz blanca que parpadeaba. Mirando la oscuridad. A la espera de buenas noticias.

No aguanto la situación. Saco el celular y tomo notas para una futura película.

Cuba entera cabe en el cuerpo de guardia de un hospital de provincias. Unos enfermos convalecientes. Unos acompañantes esperando noticias del «más allá». Esperando con fe. La solución no está en sus manos, tienen que esperar pacientemente. Lo asocio al pueblo de Cuba esperando por sus gobernantes o por el presidente de turno de Estados Unidos. Mucha gente a la espera, a la espera de algo mejor. Me imagino a un dios callado, que decide quién se mejora y quién va para la tumba. Un dios al que no le importamos.

La rubia rompe el silencio y le pregunta a la morena cuál es su situación. La mujer nos cuenta que tiene a una tía grave y que lleva varios días allí, porque ni la suben a la sala ni le dan el alta. Los tres ponemos cara de situación y murmuramos casi al unísono: «no es fácil».

El caballo blanco asoma la cabeza. Una enfermera vestida con ropa holgada, bonita, pasa moviendo las caderas. Pienso esa noche como un paréntesis que lo abarca todo: amor, muerte, espera y necesidad de que algo o alguien nos pida perdón. Ojo, la palabra no es perdón, solo me causa curiosidad esa sensación rara en la que uno se cree que alguien de más arriba va a resolver una injusticia que se cometió. Una injusticia grave, que debe ser sanada (sabemos que eso nunca pasará, a todos les damos igual).

El egocéntrico censurado en espera de hacer su nueva película.

La cubana maltratada en su propio país por una extranjera.

La rubia del comité militar, que, a pesar de haberle hecho la vida imposible a un millón de gente, espera que un jefe se ilumine y la llame: «Tamara, este país no puede avanzar sin ti, perdónanos, regresa a la oficina».

Mucha gente distinta, con una existencia fragilísima, que en cualquier momento se puede morir y, sin embargo, los rencores, achaques, frustraciones, no los dejan respirar en paz. Todos, sin diferencia de edad, sexo, color, habíamos sido jodidos por alguien. Todos podíamos morirnos en cualquier momento, es tan delgada la línea.

Cerca de las dos de la mañana pasa algo. Hay alguien muy grave, lo mueven en una camilla de un lado al otro. En ese momento, en la sala del cuerpo de guardia, siento la fragilidad. La noche enfría, somos tres personas que se ven pequeñitos en un pasillo largo. Poca cosa más.

A duras penas recuerdo aquel poema que decía algo así como: «la gente bailando, gozando, indiferente… y el país acostado en la camilla metálica del cuarto de autopsia».

El teléfono agarra la señal. Me conecto a Internet. Voy al Messenger. Busco entre muchos rostros… tiene que haber alguien que se deje amar.