Ilustración: Frank Isaac García

Ilustración: Frank Isaac García

Cuando me dijeron por primera vez que no era blanca, yo me ofendí. Porque me lo hicieron saber como si se tratara de una ofensa. Entonces estaba en la primaria, como en cuarto o quinto grado, y una amiguita me dijo, muy confidencialmente, que otra estaba hablando mal de mí, que decía que yo tenía el pelo malo, que era mulata, mulata blanconaza. Y el blanconaza lo soltó como quien suelta un consuelo, como si hubiera querido decir que, a pesar de todo, la cosa no era tan terrible.

A mí aquella categoría me sonaba demasiado agresiva, más idónea para clasificar yeguas en un establo que a personas. El “blanconaza” significaba que podía pasar por blanca, que parecía blanca, pero que no lo era, es decir, que yo vendría siendo como una negra desteñida.

Mi piel era un engaño, una estafa, y mi pelo contaba la verdad: yo tenía sangre de negra. Por supuesto, también tenía sangre de blanco, pero eso no era relevante.

No entendía cómo era posible que la condición del pelo tuviera tanta importancia, que marcara una diferencia entre ser blanca, negra, mulata, mulata blanconaza, mulatica clara, mora, javá o javá capirra. Me preguntaba qué sucedería si estuviera rapada o si sería distinto con los varones. Pero menos entendía cuál era el problema con ser mulata. ¿Por qué era algo que ameritaba hablarse a mis espaldas?

Antes de ese descubrimiento, yo nunca había pretendido ser ni blanca ni negra. Yo solo pretendía ser una niña. Me hacía todos los peinados que se me ocurrieran, siempre con tortas de gel para que no se me pararan los pelos y sobresalieran las diez o quince mariposas de distintos colores y con purpurina que me enganchaba en la cabeza. Cuando no: trenzas. Las auxiliares docentes adoraban tejerme trenzas pegadas al cráneo a la hora del almuerzo. Y yo las adoraba más todavía.

No podía llevar mi pelambre suelta y rizada. Primero, porque no sabía cómo peinar mis rizos una vez secos, no sin deshacerlos y convertirme en el león de la Metro Goldwyn Mayer. Segundo, porque debía cuidarme de piojos. Siempre había alguien con piojos en el aula.

En mi familia inmediata no hay personas negras. La mayoría es mestiza. Mi abuelo paterno era quien más oscura tenía la piel y cuando yo nací ya estaba muerto. No tenía idea de dónde me venía, nos venía, la sangre negra. Tampoco, de dónde la blanca, de dónde el mestizaje.

Sin embargo, a partir de que me dijeron que era mulata blanconaza, empecé a reñir con mi pelo. Lo convertí en un trauma. Quise tenerlo lacio contra viento y marea. Quise ser blanca o al menos dejar una duda razonable.

Con doce años me estiré por primera vez el pelo con un cepillo redondo y una secadora. Aprendí a ponerme rolos, a hacerme torniquetes y a aguantar una hora por semana debajo de un secador en una peluquería.

Mi hermana, cuatro años mayor, siempre llevaba el pelo rizado y un día me rizó el mío para una fiesta. Fue un acontecimiento. Recuerdo hasta la ropa que me puse. A todo el mundo le encantó mi estilo. Excepto a mí.

Sentía que me faltaba actitud, carácter, osadía para ir por ahí con una melena rizada. Pero me faltaba algo mucho más complicado: superar mis complejos. Solo empecé a enorgullecerme de mis rizos en la medida en que empecé a enorgullecerme de mis orígenes.

De la primera que supe fue de Paula, la abuela de mi abuela materna. En mi familia hay quien dice que vino de Haití y hay quien dice que vino del Congo, aunque, en rigor, Paula no vino de ninguna parte por libre y espontánea voluntad. A Paula Miranda la trajeron a la fuerza y la esclavizaron en Pinar del Río y antes de ser Paula Miranda fue otra mujer de la que nadie nunca supo nada, ni siquiera el nombre.

Los parientes que la conocieron, mi madre incluida, explican que ella no hablaba de su pasado y que en esos años los niños no hacían preguntas de ese tipo. Nada sobre la esclavitud, nada sobre su tierra natal.

Saben que su apellido era el apellido de su esposo, Leoncio Miranda, mi tatarabuelo, que era el hijo del amo, pero se enamoró de Paula. Nadie sabe si esto ocurrió mientras aún era esclava o cuando por fin consiguió su libertad. Saben que tuvieron seis hijos y una de las mejores casas de Río del Medio.

La casa de Paula fue la primera en la zona que tuvo lozas. Sin embargo, el cuarto donde dormía siempre fue de tierra. Creía que el cemento, al igual que la electricidad, hacía daño a la gente. Murió en 1965, a los 114 años, convencida de que nada era mejor que tener los pies en la tierra y alumbrarse con la luz del fuego. Y si salía de noche, solo necesitaba el bastón de guao, la luna y las estrellas.

También se cuenta que conocía las propiedades curativas de todas las yerbas y que era una partera legendaria. A la hora que fueran a buscarla ella salía a partear. Fue gracias a su sabiduría que, el 9 de diciembre de 1923, mi abuela Leocadia Isabel no acabó en la basura sino en sus brazos.

Mi abuela vino al mundo dentro de un zurrón de agua y precedida por una hermana. Nadie hubiera imaginado una segunda criatura, oculta. Que un bebé nazca sin romper el saco amniótico es un evento excepcional. Se calcula que solo ocurre en uno de cada 80 mil partos. Paula, sin embargo, vio que algo se movía entre los desechos de la placenta. Tomó aquello en sus manos, lo desbarató y sacó a mi abuela, débil y diminuta, pero con vida.

De mi otra tatarabuela, por la que recibí el apellido Baró, no quedan muchos recuerdos. Su nombre era Rosario y fue esclava doméstica en el Ingenio Santa Rita de Baró, en Matanzas. Tuvo tres hijos: dos hombres y una mujer. Al mayor, mi bisabuelo, lo llamó José, como el dueño del ingenio, y salió mulato.

El único miembro de mi familia que la conoció y aún vive, un tío abuelo de 94 años, no recuerda que Rosario tuviera esposo. Recuerda que era una mujer altísima, muy callada y de carácter recio. No puede precisar si nació en Cuba o la trajeron. Mi padre, que todavía carga con el José, asegura que ella era de Nigeria; aunque no sé de dónde sacó eso, la verdad.

En Cuba, la mayoría de las personas que yo he conocido con el apellido Baró descienden de esclavos del Ingenio Santa Rita de Baró y tienen la piel negra. No he conocido aquí a ningún Baró que descienda de catalanes, porque es un apellido de origen catalán, y a pesar de que yo no tengo la piel negra, tampoco recibí mi apellido porque a mi bisabuelo lo reconociera un padre blanco sino porque su madre le puso el suyo de esclava.

No pocas veces yo me he presentado y alguien me ha dicho con asombro: “Pero los Baró son negros”. Como si el color de mi piel fuera incompatible con mi nombre.

Es probable que, en mi caso, el mestizaje sea más el resultado de una historia de violencia que de amor. No es algo bueno ni malo; es algo que es y ya, que forma parte de mi identidad y me enorgullece.

Más que descendiente de mujeres esclavas, yo me identifico como descendiente de mujeres que sobrevivieron a uno de los genocidios más brutales de la historia de la humanidad. Reivindicar hoy mi mestizaje significa reivindicar mi historia de vida. Cuando digo que soy mestiza pretendo decir, sobre todo, que mis orígenes son una mezcla de elementos culturales más poderosa que cualquier mezcla de genes.

¿Cuántas cosas no debieron enfrentar mis tatarabuelas solo por ser negras y mujeres? ¿Cuántas veces derrotaron a la muerte? Y sus madres, ¿quiénes fueron? ¿En qué lengua aprendieron a decir te amo y en qué lengua soñaban? ¿Qué las hacía felices? ¿Amaron a alguien; fueron amadas? ¿En cuánto las vendieron? ¿Cuáles fueron sus nombres verdaderos? ¿Qué sintieron cuando pudieron vivir en libertad? Y yo: ¿habrá algo en lo que me parezca a ellas?

Yo quisiera parecerme a ellas. Ser ese tipo de mujer que no está en el mundo por azar sino porque luchó y no se rindió ante las circunstancias que no pudo controlar o cambiar. Tener su coraje, su resistencia, su dignidad. Quisiera saber cómo es posible perderlo todo, o nacer con tan poco, y seguir.

Desde hace años, no riño con mi pelo. A veces lo estiro, otras veces lo rizo, otras veces lo trenzo, según mi ánimo, no mis complejos. No siento que mi pelo defina quién soy ni mi lugar en la sociedad. Cómo llevarlo se ha convertido en una decisión estética.

Ser estrictamente natural no es la única manera de demostrar que te enorgullecen tus orígenes. Una mujer negra puede pintarse el pelo de rubio y alisarlo, y continuar sintiéndose orgullosa de ser una mujer negra. No existe una única manera de ser bella, tampoco de ser blanca, negra, o mestiza.

El problema no se circunsribe al ámbito de la apariencia física. Podemos ser muy naturales y muy racistas. Hay muchísimos más escenarios, muchísimo más complejos, donde se pueden poner de manifiesto el racismo.

Yo, después de haber asumido mi identidad mestiza, iba por la vida pensando que ya había superado todos mis prejuicios, hasta que me gustó un hombre negro. El primer hombre negro. No mulato, no moreno: negro. Y lo primero que me pasó por la cabeza fue: ¿cómo me puede gustar un negro?

Sí, yo era una mujer reconciliada con sus orígenes, universitaria, feminista, desacomplejada, defensora de los derechos humanos universales, con un acumulado de miles de páginas de lectura sobre pensamiento crítico y cientos de horas de discusiones intelectuales, y no lograba imaginarme besando a un hombre negro. Pero lo más difícil no fue admitir que me gustaba sino admitir que, si me costaba admitir que me gustaba, era porque yo seguía siendo racista.

Para mí, antes de ese hombre, había negros y había hombres. No decía eso, ni siquiera lo pensaba, porque mi discurso era muy antirracista, pero en la práctica, de manera inconsciente, así funcionaba. A los hombres negros no los miraba como hombres que pudieran gustarme, que pudieran enamorarme, con quienes pudiera crear una familia. No los miraba.

Afirmaba que eso se debía a que no me gustaban, como mismo hay quien dice que no le gustan los rubios, y sentía que no había nada malo en ello. Estaba en mi derecho. No me lo cuestionaba. Es válido que cada quien tenga sus preferencias. Sin embargo, no se trataba de una preferencia casual, espontánea, ingenua, aunque yo la sintiera así, sino de prejuicios racistas naturalizados.

Es lo complicado de las distintas formas de discriminación: que están naturalizadas en nosotros. Y, muchas veces, hasta que no vivimos algo que las confronta, no nos damos cuenta de que están ahí; a lo mejor no haciendo daño a otras personas pero sin dudas sí a nosotros mismos, porque nos impiden vivir con plenitud, ser auténticamente libres.

Por suerte, mis prejuicios no fueron más fuertes que mis sentimientos. Hubo un primero, un segundo, un tercero, un cuarto… Nunca me privé de hacer nada que quisiera hacer. Aprendí a mirar de manera distinta a los hombres en general. Sentí que mi mente se expandió, que había derribado barreras que ni sospechaba que existían. Descubrí en mí otras sensibilidades.

Y seguí estando con hombres blancos y mestizos. El mito racista de que “de ahí nunca se sale” es solo eso: un mito racista. Porque creer que una persona que tiene relaciones amorosas con un hombre negro nunca más podrá sentir placer con un hombre blanco es creer que el único motivo por el que una persona estaría con un hombre negro es por las dimensiones de su pene, lo cual sería tremendamente racista, o creer que no existen hombres blancos y mestizos con penes grandes ni hombres negros con penes pequeños, lo cual sería tremendamente falso, o creer que solo se siente placer si hay un pene grande o un pene, a secas, en la ecuación sexual y/o amorosa, lo cual sería sumamente trágico.

No quiero decir que quienes no han tenido relaciones sexuales con hombres o mujeres de piel negra son racistas; menos, que un racista dejaría de serlo si las tuviera, porque eso implicaría otra forma de discriminación. O una estupidez, que es más o menos lo mismo. Lo que quiero decir es que es importante cuestionarse todo el tiempo las preferencias, actitudes, decisiones, todas las verdades establecidas como templos.

¿Existirá un punto en que se pueda decir que hemos superado nuestros prejuicios raciales, sean basados en el color de la piel, el género o la orientación sexual? Sospecho que no. Todos podemos ser un poco estúpidos alguna que otra vez. Somos resultado de una cultura contaminada de estupideces. El reto es darse cuenta a tiempo y atrevernos a ser, si no buenas, al menos personas inteligentes. Dejarse el pelo rizado una que otra temporada podría ser un buen comienzo.