Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

«Un saludo grande a todas las mulatas, ya estamos empezando», dice una voz a las 9:00 pm y miles de personas gritan, chiflan, aplauden.

«Este es el punto más caliente del carnaval de La Habana: 23 y Malecón», exclama el mismo hombre, que le habla a una multitud dispersa: hormigas bajo la lluvia.

Su voz sin rostro, que se escucha a través de enormes bafles, marcará los tiempos de la fiesta. Ha señalado el inicio y anunciará el final. La voz presentará cada una de las catorce carrozas y dieciocho comparsas que pasarán bailando cada noche de los dos fines de semana del carnaval 2018 para que el jurado tome nota y decida los ganadores.

La misma voz acompañará a las agrupaciones de música popular que tocarán mientras las carrozas desfilan y buscará levantar al público, al pueblo, con las clásicas frases de aliento: «mano pa´ arriba los hombres», «una bulla las mujeres».

El carnaval de La Habana es una pequeña favela que se levanta cada mes de agosto en el centro de la ciudad, entre la Piragua y el parque Antonio Maceo, a lo largo de un par de los ocho kilómetros que comprende el Malecón.

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Si se observa desde arriba, desde los jardines del Hotel Nacional, el carnaval de La Habana, echado sobre la suave curva de la avenida, es entonces un reptil hecho de carpas apiñadas donde se vende cualquier tipo de alimentos y bebidas.

Como todo en Cuba, en un mismo carnaval hay dos carnavales. Una verja divide dos zonas, precisa dos semblantes de la misma fiesta: uno oficial y otro popular. Al interior de la valla metálica está la pista por la que desfilan los concursantes y hay unas gradas de madera donde solo los trabajadores de instituciones estatales pueden sentarse para disfrutar de cerca del paso de las carrozas y las comparsas.

Por fuera queda el jolgorio, el furor, los no estatales, la verdadera fiesta. Aquí, la gente parece estar desatada, parecen todos poseídos. Los rostros son el rostro de la euforia, del desenfreno. La gente bebe alcohol, toma cerveza, come, baila. La gente aquí viene a perder los estribos.

Un taxista dice: «Yo no voy a los carnavales». Por qué, le pregunto. «Porque los carnavales son peligrosos», replica.

Hay cierto consenso social, o un mito de calle, que dice que adentrarse en el carnaval es arriesgarse a pasar una mala noche.

«Ha habido sus puñalaítas, sus cortaítas de cara», dice un teniente coronel del Ministerio del Interior que está en una esquina, alejado de la muchedumbre.

¿Pero el carnaval es solo esto, ver pasar las carrozas y ya? —le pregunto.

No puede haber fiesta después, estás loco; esto tiene que ser corto, si no, es candela —asegura el oficial.

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

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«Y por ahí ya viene, por ahí ya asoma: la comparsa “Cubaneando”, de Guanabacoa», anuncia la voz.

Varios tambores suenan con golpes secos: pum, pum, pum.

«A que tú no baila balleeet, con la punta del pieeee, a, que, tú, no, baila, balleeet, con la punta del pieeee», corean.

La comparsa está formada como un escuadrón militar, en tres filas. Se mueven a la derecha, se mueven a la izquierda, sincronizados, cruzando los pies y meciendo los hombros; se quiebran las cinturas; ahora cada bailador es un trompo macizo, una silueta que gira en su propio eje; brazos y pies estampan en el aire y sobre el pavimento el vertiginoso compás de la conga que viene sonando desde atrás. Los hombres visten pulóver azul oscuro y gorros de color anaranjado, el mismo que las sayas y las cortas blusas de las mujeres.

Delante van tres niñas: Yudeimis, Yindra y Yurisan. 14, 14 y 16 años respectivamente. Tres integrantes de la generación Y.

«Nosotros esperamos esto todo el año, nosotros damos la vida por esto», dice Yindra y me cuenta que estuvo a punto de perderse el carnaval. Seis meses atrás cuando arrancaron los ensayos de «Cubaneando», Yindra comenzó un romance con un chico de 26 años de la misma comparsa.

Alguien se lo informó a su madre y esta decidió sacarla de la agrupación. Yindra asegura que estuvo llorando hasta que sus amigas fueron a visitarla a la casa y le enseñaron los pasos nuevos que estaban montando en la comparsa. «Si no ensayaba me iban a sacar porque en la comparsa de adultos solo caben tres niñas y hay competencia. Tuve que prometerle a mi mamá que dejaría a mi novio para que me dejara volver», explica.

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Yurisan, la mayor de las tres muchachas, está bailando por quinta vez en el carnaval. Dice: «El carnaval, la conga, la rumba es mi vida, sin esto me muero». Yurisan aprendió a bailar en casa; sus padres y sus abuelos maternos son santeros de la religión yoruba y desde pequeña escuchó sonar los tambores batá.

«Yo nada más tengo que oír tucumpa tuccumpa —emite el sonido con palmadas y con los labios— y los pies se me van solos», dice.

Yudeimis está en su primer carnaval y el primer día que salió a bailar entró en pánico. «Me asusté porque era mucha gente mirándome, me dio pena y no me salían los pasos, me bloqueé, lo único que me acuerdo es que una luz se me metió en los ojos y por eso salí corriendo», dice.

Cuando hablo con las niñas ya «Cubaneando» ha desfilado frente al estrado principal. Ahora están fuera de la pista, pero siguen bailando y cantando: «Ábrete, ábrete, ábrete como un compás, ábrete, ábrete, ábrete como un compás».

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

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Las raíces del carnaval cubano se encuentran en las celebraciones del Corpus Christi, la Epifanía y el Día de Reyes. Desde el siglo XVI los esclavos africanos eran autorizados por sus amos a realizar danzas y marchas colectivas en los días festivos del calendario católico.

Así aparecieron los «Cabildos de Nación», grupos de negros africanos que durante estas celebraciones mostraban a los esclavos en la isla la cultura proveniente de su tierra natal. También germinó de este modo «La tumba francesa» de los esclavos haitianos.

El historiador y antropólogo cubano Fernando Ortiz sostuvo que «el carnaval forma parte del acervo espiritual de la nación». Tal amalgama de tradiciones y creencias bebería incluso de los emigrantes chinos en Cuba.

El carnaval cubano fue adquiriendo con el paso del tiempo su forma contemporánea, con el indudable protagonismo musical de la conga. La primera fiesta de este tipo que se celebró en La Habana data de febrero de 1895. La edición 2018 está dedicada a los 110 años de las comparsas de «El Alacrán» y «Los Componedores de Batea», las dos más antiguas de la isla.

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

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«Esto ya no es lo que era antes, esto es como Cuba, vamos pa atrás y pa atrás», dice Danilo Santos, 72 años. Danilo está bailando solo, lleva una guayabera y una gorra de Batman, entre frase y frase, suelta siempre un coro de alguna conga de lo que él llama «el tiempo del ambiente».

Le pregunto, Danilo, pero cuál es la diferencia de «antes» a «hoy». Responde: «hermano, déjate de abuso, atrevimiento no, respeta». Y luego me deja parado y se va detrás de una mujer que también baila sola y se le pega, mete su mano derecha en uno de los bolsillos del pantalón, saca un pañuelo rojo, lo agita en el aire y empieza a decirle al oído a la señora: «Niña, no seas mala, quédate conmigo hasta mañana».

Todo el Malecón huele a carbón, a pollo frito. Las carpas de comida no dejan de echar humo, las calderetas de grasa hirviente de donde emergen los pollos semejan pequeños volcanes.

Es pasada la media noche y hay muchos niños con sus padres, la mayoría va en brazos, dormidos, o están acostados sobre alguna bolsa en el césped; otros empinan papalotes o lanzan a la negrura de las nubes unos voladores de colores fosforescentes.

«Ahora llega la mítica comparsa “La Boyera”», avisa la voz por los altavoces.

«Yo vivo en el agua como el camarón, a nadie le importa cómo vivo yo», llegan tarareando los congueros con sus trajes amarillos.

Una de las bailarinas, que va en el centro de la formación, tiene 57 años. Su nombre es Ileana Roldán y es enfermera del hospital «Hermanos Amejeiras».

Ileana lleva en esta comparsa desde que tenía 19 años. «Ya no me siento igual, no soy la misma, el tiempo no pasa por gusto, vine este año porque quería traer a mi nieta, ella será mi relevo, pero estoy pensando retirarme», dice.

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Cuando habla de pasar la página del carnaval a Ileana se le aguan los ojos. «Va a ser difícil», afirma. «El tema es que trabajar en medicina en Cuba, y como enfermera, es desgastante, uno ve cada cosa que luego tiene que salir a despejar, por eso vine también», añade.

En menos de seis horas la enfermera Roldán tendrá que entrar a un turno de guardia. Dice que en dos de los pisos donde ella atiende a los pacientes hay tupiciones sanitarias. Las salas no tienen agua. En menos de seis horas comenzará un suplicio para Ileana.

«Uno llega a un momento en que ya no puede tolerar las cosas. Yo no entiendo que cosas así sucedan en este país, por eso me vengo a bailar, para no llorar, aunque horita tenga sueño”, comenta Ileana, y hace unos pasillos en compañía de su nieta.

Comienza a sentirse el paso de una carroza. «Aquí están “Las voluminosas”», informa la voz.

«Mira como bailan, mira como gozan, son “Las Canelas” con “Las voluminosas”»; es el coro que traen.

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

Carnavales de La Habana / Foto: Juan Cruz

La carroza es un tractor decorado con tablas, cartones y andamios. Un armatroste gigante que ha dejado los surcos y los sembrados, que ha dejado de embarrarse de fango. Ahora tiene las ruedas pintadas de rosado. Encima trae una tarima donde están las cantantes de la orquesta de salsa “Las Canelas” y las bailarinas de la comparsa “Las voluminosas”, muchachas bien entradas en libras que visten ajustadas licras y que mueven y muestran sus cuerpos sin prejuicio alguno.

El paso de “Las voluminosas” exacerba a la gente. Hay un grupo que comienza a meter los dedos en sus vasos con cervezas y empiezan a santiguarse, a echarse cerveza en el cuerpo, sobre la ropa, y a bailar. Hacen un círculo y dan vueltas. Al centro entra una mujer y meneando la cintura se sube el vestido y sigue bailando con el blúmer al aire.

«Es el turno de “La Giraldilla”, el símbolo de la ciudad», dice la misma incansable voz de toda la noche.

Y la comparsa entra cantando: «A la Giraldilla se le va la mano, como Messi, como Cristiano».