Foto: El Estornudo

Foto: El Estornudo

Ariel, de 25 años, ni tiene pensado votar Sí ni tiene pensado votar No. Vive en paz con eso, busca novia, busca enamorarse. Va de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, pero le da roña no saber, en las paradas de transporte de La Habana, cuál es el ómnibus que se va y si ese ómnibus le sirve. En el panel led de rojas letras encendidas de la parte trasera de los ómnibus ahora no se lee el número de la ruta, sino un «Yo voto Sí» que las autoridades cubanas imponen sin competencia haciendo uso de todo su control político.

Todavía quedan carros de la red estatal cuyos choferes no han colocado el eslogan. Verlos pasar junto a otros ómnibus sin el voto sugerido es como ver a esos ciclistas primerizos del Tour de Francia que de pronto se escapan del pelotón y se permiten una corta fuga hasta que el resto de los competidores lo tolere. Sobre todo porque al espíritu de colmena del pelotón de ciclistas, es decir, los dirigentes cubanos, lo moviliza una noción de «nada es suficiente» y de «no cejar» y de «no menospreciar» al enemigo. Y de ocupar todos los espacios posibles.

El corazón de esa versión oficial de la Patria, sin retórica sofisticada, sin pudores, anima a los votantes a aprobar la nueva Constitución.

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En julio del 2018 la Asamblea Nacional del Poder Popular debatió por primera vez el proyecto de una nueva Constitución en Cuba. Regresaron entonces los vendavales de cambio que tantas veces han surcado el país en los últimos diez años para al final disiparse en simples brisas.

Pero una Constitución es más que un discurso, un capricho o una simple ley. Es, como han dicho algunos, un bote que nos llevará por mar durante muchos años; y más vale ajustar cada una de sus tablas si no queremos naufragar. La Ley de leyes busca cifrar el orden social en un código legal supremo. Nace, dice la doctrina, de quien ostenta la soberanía de una nación, quien, también según la doctrina, es el pueblo.

El primer borrador de la nueva Carta Magna se debatió en su etapa inicial en 133 681 asambleas de barrio. De ahí salió un boceto que la Asamblea Nacional revisó y aprobó como propuesta de la nueva Constitución.

Este 24 de febrero tres acciones sencillas van a decidir sobre 229 artículos, sumados a las disposiciones especiales, transitorias y finales: votar Sí, votar No o, simplemente, No Votar.

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Reinaldo Escobar / Foto: El Estornudo

Reinaldo Escobar / Foto: El Estornudo

«Fui periodista oficial, independiente, bloguero y ahora soy jefe de redacción de un periódico digital», dice Reinaldo Escobar, orgulloso a sus 71 años de haber dado tumbos por los lugares más disímiles del periodismo cubano. Primero en la revista Cuba Internacional, después en Juventud Rebelde, y luego en medios independientes hasta que, finalmente, junto a su pareja Yoani Sánchez fundó en 2014 el diario 14ymedio. Allí, en abril de 2018, cuando la Constitución era apenas un rumor, publicó un texto titulado El monosílabo rebelde. Entonces, como ahora, defendía la posición del No.

Pensar el No como la opción correcta le parece algo exagerado. Reinaldo desconfía de «lo correcto». En su lugar prefiere «lo adecuado, lo pertinente, porque las ausencias se pueden confundir con indiferencia o con imposibilidad física de ir a votar y eso diluye la definición de una postura política. En cambio el que marque No está explicitando que no quiere esa Constitución, y eso tiene una fuerza mayor».

Viejos conocidos suyos de la oposición política han llamado a no votar. Para Reinaldo se trata de una postura igualmente válida, y pese a sus diferencias con este grupo reconoce que «se necesita una mayor dosis de valor para señalarse y no ir que para marcar el No en la intimidad de la urna».

La campaña por la abstención cree que la presencia en las urnas significa el reconocimiento implícito a un gobierno que va a maquillar los resultados. Reinaldo defiende la idea de que al gobierno le costaría mucho trabajo cometer fraude. Confía en que las personas que contabilizarán los votos no se conocen entre sí y ninguno se atrevería a proponer una alteración de los resultados por temor a que los otros le delaten.

Además, asegura, cada vez se hace más común que vayan personas a supervisar ese proceso. Luego, las boletas, más los resultados de cada colegio electoral, van al municipio, donde otro grupo de personas se encarga de sumar y enviar a la provincia. Finalmente, el conteo de cada provincia y el conteo a nivel nacional se publican en la prensa. Según su criterio, el largo camino de las boletas parece tener pocos descansos oportunos para una alteración de la estadística.

«Yo creo que en el gobierno son unos hijoeputas. Ahora, que yo crea que son unos hijoeputas no quiere decir que sean imbéciles. Tal vez eso sea incluso una matriz de opinión que han sembrado ellos y que sirve para desestimular el No», dice Reinaldo.

La idea de una nueva Constitución representa para él una necesaria adaptación que se debe tanto a los cambios subjetivos en la lógica política e ideológica del país como a las transformaciones económicas ocurridas en los últimos diez años. De tal forma, el contenido de la nueva Constitución vendría a sustituir la semidisuelta autoridad simbólica que alguna vez tuvo la figura de Fidel Castro. Su contenido propone una apertura a medias, visible en el reconocimiento de la propiedad privada y en las pregonadas garantías a la inversión extranjera, pero discreta en los cambios en las estructuras de poder. Para Reinaldo «ellos [el gobierno] abren, pero establecen las anclas».

Quizás el contenido constitucional que más polémica causó en la esfera pública cubana fue aquel que estableció primeramente el artículo 68, reconvertido ahora en el 82. La posibilidad del matrimonio igualitario aún causa alegrías y descontentos en distintos sectores de la población. Sin embargo, para Reinaldo fue solo un arma de doble filo mal calculada por el gobierno, un intento malogrado de desvirtuar el debate hacia cuestiones más específicas y menos relacionadas con la estructuración del poder estatal. Tras el enfrentamiento de opiniones referidas a este artículo, el panorama electoral no sería tan favorable al Sí, pues el disgusto de muchos grupos evangélicos y de buena parte de la comunidad LGBTIQ pudiera desembocar en una cifra importante de votos negativos.

A su juicio, el segundo tema más polémico de la nueva Constitución es el reconocimiento de la propiedad privada en un contexto normativo fluctuante alrededor de los términos de concentración de la propiedad y de la riqueza. Las mayores preocupaciones, en cambio, las reserva para el Artículo 4, el cual le otorga a las personas el derecho luchar contra “cualquiera” que intente derribar el sistema.

Este derecho justifica el uso de las armas solo “cuando no fuera posible otro recurso”, especificidad esta un tanto ambigua. Por otro lado, el Artículo 4 también instituye como un deber la defensa de la patria socialista. «¿Cómo que socialista?», dice Reinaldo. «La Patria no tiene apellidos. Solo con eso, digan lo que digan los demás capítulos, me es suficiente para votar en contra».

Luego continúa: «También hay cosas positivas y avances que deben decirse. Yo veo bien que nos sigamos llamando República de Cuba, ¡porque hay quien quiso que nos llamáramos República Socialista de Cuba! También está la introducción del Habeas Corpus, que no estaba, y el tema del derecho que tiene un acusado de contar con un abogado desde que se le inicia el proceso». En la visión de Reinaldo Escobar sobre el cuerpo completo de la nueva Constitución hay más puntos negros que blancos. Contempla el documento como una especie de paisaje gris oscuro… muy oscuro.

De cara al próximo 24 de febrero no se desanima. Sostiene que el Sí puede no alcanzar más de un 50 por ciento en las votaciones y justifica sus esperanzas en la Ley Electoral vigente, la cual establece que para aprobar el proyecto los votos positivos deben superar el 50 por ciento del padrón electoral, no de los votos válidos. En tal sentido, los ciudadanos cubanos en el exterior pudieran haber sido una variable decisiva en el futuro de la nueva Constitución.

La Ley Electoral vigente menciona solo la posibilidad de abrir colegios electorales en el extranjero durante los referendos. Su artículo 164 establece que la Comisión Electoral Nacional, en coordinación con el Ministerio de Relaciones Exteriores, debe disponer «lo necesario para garantizar el ejercicio del voto por los electores que se encuentran fuera del territorio nacional».

Sin embargo, esta legislación, anterior a la reforma migratoria de 2013, contempla apenas dos formas de estancia en el extranjero: la salida definitiva, sin derecho a voto, y la misión oficial.

En todo caso, los rejuegos estadísticos sostienen hoy las esperanzas de Reinaldo, sustentadas en un simple cálculo: Los votos por el No + las abstenciones + las boletas anuladas + las boletas en blanco > 50 por ciento del padrón electoral.

«Ese es mi deseo», dice. «Querer un No mayor al 50 por ciento es soñar. Lo que creo es que va a haber un número récord de acciones ciudadanas frente a la urna que serán negativas para el gobierno. De eso estoy seguro. Ahora nos están dando la oportunidad de decir que No, y las oportunidades las pintan calvas. El número del No ya veremos cuál es, pero si llega al 20 por ciento creo que haré una fiesta».

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Durante los juegos de béisbol de la Serie del Caribe, además de los comentarios de los locutores a favor del Sí, no cesaron las cápsulas en la que un campeón olímpico cubano dejaba claro cuál era su intención de voto. Sí por el deporte y la salud para todos, por seguir siendo campeones.

La mediofondista Ana Fidelia Quirot, el saltador de altura Javier Sotomayor, el luchador multicampeón Mijaín López, todos alegaron más o menos que votaban por la patria, por la unidad, como esos deportistas que en medio de un torneo se acercan a sus entrenadores y acatan distraídamente las recomendaciones, mirando al vacío. El nuevo documento no les preocupaba en lo absoluto, si algo les preocupaba de corazón era esa entrega al entrenador que los ponía a salvo de sí mismos y sus veleidades.

La parrilla televisiva ha emitido materiales similares en su programación regular. Esta vez con el clip que aporta el Instituto Cubano de la Música en representación del Ministerio de Cultura. Una canción colectiva, filmada en estudio, donde aparecen figuras que suelen colaborar en campañas similares: Cándido Fabré, Juan Guillermo, Pupy Pedroso, El Noro, Pachito Alonso, Mayito Rivera, Manolito Simonet, Alexander Abreu, entre otros no tan conocidos.

En la canción, el voto al Sí se equipara al triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959. Como resulta impensable que se refiera al derrocamiento de cualquier cosa que se haya erigido en Cuba bajo el mandato de Fidel Castro, la canción parece sugerir que con ese voto se vuelve a derrocar a Batista. La frase de Walter Benjamin, «se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados», nunca pareció mejor dicha. Asimismo la canción coloca el voto junto a elementos como «mi bandera» o «por la tierra en que vivimos». Un son bailable, pegajoso, que concluye con un inspirado solo de trompeta de Alexander Abreu, que emociona e inflama el alma.

En esas iglesias evangélicas de zonas populares y bajo nivel educativo también se inflama el alma a través de la música. El pastor desiste, comprende que Dios no entrará por la inteligencia sino por la emoción, entonces apenas habla y da paso a consignas espectaculares y a un tema musical tras otro, provocando lágrimas, vivas, mueras, temblores, e hincadas en las ovejas de la congregación.

Las ovejas confunden la emoción que desencadena la música con el toque de Dios («tócame, papá, tócame», declaran hermanitas y varones) y rompen a llorar, y se quebrantan. Un efecto similar consigue el solo de Abreu. Se cree que la emoción proviene del Voto por el Sí, del voto por la Patria, del voto por la Gloria, y no del talento artístico del músico y su dominio intensivo de la afinación y las figuras melódicas.

La actitud de Fabré explica la de sus colegas y viceversa. Ha sido crítico con los apagones que, según él, funden los equipos electrodomésticos de los barrios de Oriente, y con las arbitrariedades de la aduana (que son las del gobierno) cuando ha viajado, pero ha querido dejar claro en sus canciones que es del bando de Raúl y que le gusta ver la Mesa Redonda, el espacio televisivo mediante el cual el gobierno orienta a las masas.

La nueva Carta Magna no les causa la menor insatisfacción a estas celebridades de la música popular cubana, que además probablemente serían reducidas a cero sin la venia del Instituto Cubano de la Música. Pagados por este último, van a espacios estatales y privados para ofrecer bailables, asisten a fiestas populares, giras nacionales, y logran, aislados como conviene, vivir por encima de la media de la mayoría de los cubanos.

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Osmel Balmaseda se define, en primera instancia, como anticastrista. En su lista de apelativos para referirse al gobierno figuran expresiones fuertes como «dictadura» o »clan mafioso», las que suele usar en cada uno de sus argumentos a favor de la abstención ante el referendo constitucional del 24 de febrero.

Surgió como figura dentro de la oposición cubana en 2017, cuando presentó una denuncia pública por corrupción a la empresa militar GAESA, donde trabajaba. Actualmente labora como constructor en una cooperativa llamada COREMA, función que alterna con sus quehaceres de activista político.

Osmel Balmaseda / Foto: Facebook

Osmel Balmaseda / Foto: Facebook

Su postura abstencionista se fundamenta en el no reconocimiento de un referendo que se aleja de su ideal de país. Su aspiración, cuenta, puede resumirse en una democracia pluralista donde convivan pensamientos de derecha, centro e izquierda, y los militares no ejerzan el poder político.

«Cuba necesita una constitución, no estatutos para defender los intereses de la familia Castro. Necesita poderes separados, una justicia que funcione y que respete el gobierno, partidos opuestos para que también existan fuerzas que obliguen a dirigir con transparencia. Al carecer de todo esto vivimos bajo gobiernos ilegales desde que Batista rompió con nuestro Estado de Derecho en 1952, y por eso apoyo el mensaje de no votar, dejar de reconocer a quien no reconoce nuestra voluntad».

Para Osmel ausentarse no representa solamente la opción correcta, sino la única. Y argumenta: «Desde el punto de vista ético asistir a la farsa se presta para una serie de trucos elaborados desde la Seguridad para lograr su objetivo. Me explico con una pregunta: ¿Cuántos agentes infiltrados detrás de la campaña por el No van a marcar Sí cuando emitan su voto en secreto?»

Su postura es de resignación ante un destino ya conocido. Votar No, o Sí, o No Votar son ecuaciones similares, partes invariables de un mismo resultado: la aprobación del texto constitucional. La abstención le parece la única opción cívica que pudiera despertar el interés de la comunidad internacional. Es decir No sin escribirlo, una resistencia a algo que va más allá de la Constitución.

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Manuel Cuesta Morúa / Foto: Facebook

Manuel Cuesta Morúa / Foto: Facebook

Manuel Cuesta Morúa, graduado de Historia en la Universidad de La Habana y fundador de la organización Arco Progresista, tiene claro que el 24 de febrero va a votar No en el referendo, pero con la salvedad de que dejará claro en su boleta el núcleo totalitario de la Constitución, es decir, los artículos 5, 4 y 1.

«A una democracia se le hacen dos preguntas evaluativas», dice: «¿Dónde quedan las libertades fundamentales una vez que las mayorías se pronuncian?, y: ¿Qué lugar queda en el sistema político para las minorías?»

Por otra parte, Cuesta Morúa cree que las elecciones podrían volverse un momento esencial para un nuevo empoderamiento de la ciudadanía, es decir, que expresar la disonancia con el poder establecido puede también ir quebrando el miedo social.

La campaña por el No, en su opinión, forma parte de un cambio de mentalidad política dentro de la sociedad cubana, y también refleja la necesidad de un cambio en las leyes y la Constitución. El gobierno cubano, que siempre ha desacreditado todo intento de campaña electoral en el sentido más directo de la expresión, ha tenido que echar mano de esa herramienta. De alguna forma, piensa Cuesta Morúa, esto es un síntoma de los nuevos tiempos.

Sin embargo, plantearse un No absoluto como respuesta cívica a la Constitución es convertir el referendo en un plebiscito, que es lo que querría el gobierno para demostrar que tiene un respaldo de la mayoría del pueblo cubano. Por esta razón se ha decantado por escribir en la boleta el número de los artículos más problemáticos, aunque corre el riesgo de que anulen su voto.

Con el No total, dice Cuesta Morúa, «se camina hacia un suicidio cívico porque nos desarmaría institucionalmente para impulsar los cambios necesarios. Si decimos No a todo, nos colocamos fuera del juego, negando, de paso, ciertos derechos constitucionales que el Partido Comunista ha reconocido. Entonces, ¿qué nos quedaría como herramienta institucional para articular acciones cívicas y políticas?»

A su vez, el líder opositor considera que el abstencionismo es también un derecho que no cabe impugnar, y que en el contexto cubano esto podría valorarse como un equivalente al No, aun cuando «la abstención desmoviliza al ciudadano en todo tiempo y lugar, y creo que lo más importante es movilizar a los ciudadanos cada vez que se pueda para que se motiven y formen parte de la toma de decisiones, aunque sea indirectamente».

¿Qué sucederá el 24 de febrero? La visión de Cuesta Morúa es optimista en un sentido salomónico. El Sí, el No y el abstencionismo obtendrán una victoria.

«El Sí porque el gobierno va a lograr una mayoría en medio de la represión a la comunidad cívica y pro democrática cubana, el apoyo a una Constitución elaborada en sus puntos fundamentales a la medida del Partido Comunista, y un respaldo plebiscitario indirecto».

«El No más el abstencionismo ganarán también porque se va a consolidar la legitimidad social de la minoría política, logrando demostrar, como consecuencia, la legitimidad débil con la que nace la nueva Constitución. Una que no representa, refleja ni expresa el sentir de toda la nación.»

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Por un raro arte el locutor más contenido de la televisión nacional, Marino Luzardo, es también el más popular. Raras veces dice algo eminentemente político, salvo en esas fechas donde la mención baja por guión y por asesoría. Rara vez se emociona o emociona a la audiencia, no pasa gato por liebre. Marino es la neutralidad, el oasis, no tiene ejércitos ni policía. Lo interesante en Mediodía en TV, su programa estelar, es cómo él, Bárbara Sánchez y el resto del equipo, han logrado mantener la compostura. Sentados y quietos en el sofá del set, han proclamado con cierta sordina de maniquíes que el próximo 24 de febrero votarán Sí.

La radio cubana hace lo mismo en emisoras nacionales y locales. En todos los programas se transmiten cápsulas, y los locutores mencionan el voto Sí. En la Feria Internacional del Libro de la Habana los pequeños comprobantes de compra venían acompañados con el eslogan de turno. Las vallas públicas han sido actualizadas con carteles al respecto, tanto como las vitrinas de todos o casi todos los organismos e instituciones estatales cubanas.

En los spots no se barajan argumentos concretos sino una terminología difusa y retórica. Por ejemplo, José Alejandro Rodríguez, periodista del diario Juventud Rebelde, dice en esta cápsula: «Voto sí, por muchas razones profundas, muchas razones esenciales, que no tienen que ver con una campaña por votar… que tienen que ver con cosas esenciales de mi país, de mi sociedad, y voto sí porque creo que aun cuando uno pueda tener diferencias con un articulado de la Constitución, lo más importante es que la Constitución es la brújula, la bitácora del país, y voto Sí porque quiero que esta Constitución, después de que la votemos, señores, la respetemos todos los días».

Ricardo Ronquillo Bello, presidente de la Unión de Periodista de Cuba (UPEC), alega: «Este no es el proyecto de una élite política que consagra los privilegios de un Olimpo para elegidos. Ensancha, en las condiciones del siglo XXI, la posibilidad de hacer posible los sueños fundacionales de la Revolución, en el sentido de hacer crecer el sentido de la libertad, de la justicia, de la prosperidad, de la democracia popular, y del derecho».

Ni Rodríguez ni Ronquillo dicen de qué modo la nueva Constitución podría ser la brújula del país, o cómo podría convertirse en un documento sagrado que todos respetarían. En los temas más complejos, la nueva Carta Magna remite a las leyes. Es una Constitución temerosa de decir una última palabra, y que evita conflictos de intereses. Se parece a las Ciencias Sociales cubanas, ensayos que no dicen nada, o dicen muy poco y describen apenas, para no perder piernas y brazos en el campo minado de la Historia políticamente incorrecta.

Ambos periodistas no dicen a qué precio se ensanchará la «posibilidad de hacer posible los sueños fundacionales de la revolución». ¿Conocen planes secretos que el resto de la sociedad no? Simplemente reproducen el error: apretar los ojos mientras saltan al vacío, dejándole a los gobernantes la tarea de jalar el cordón del paracaídas, y animando al resto de la sociedad a hacer lo mismo.

En el paquete de spots de periodistas miembros de la UPEC, Francisco Rodriguez Cruz, reportero del periódico Trabajadores, bloguero y activista gay por los derechos de la comunidad LGBTIQ, probablemente fue quien único dijo algo concreto a favor del Sí.

«La nueva Constitución es muy revolucionaria», comentó, «muy progresista, es para ahora y para el futuro, es el resultado de la inteligencia colectiva. En mi caso, por ejemplo, de 15 propuestas que hice, 12 fueron tenidas en cuenta en la consulta popular; además, por primera vez se proscribe la discriminación por la orientación sexual e identidad de género y nos equipara a todas las familias, incluyéndonos a las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans. Por todo eso, yo voto Sí por la Constitución».

Francisco parece haber medido cada palabra. Para completar el discurso lleva puesto un pulóver de familia igualitaria. Pero pocos han visto su cápsula en televisión. Como mismo el Paquete Semanal se cuida de colgar contenido político o porno en su parrilla, el gobierno se cuida de no azuzar a las abejas del evangelismo. Los evangélicos no toleran el matrimonio igualitario, se jalarían los pelos.

Han dicho abiertamente que simpatizan con el marxismo, con el leninismo, sí, pero que se oponen a lo que consideran el desmadre de la familia, que para ellos es como ese tornillo que, de extraerlo, todo el edificio se vendría abajo.

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Entre los diferentes grupos de la sociedad civil y la oposición política hay una gran diversidad de criterios sobre cómo encarar el referendo del 24 de febrero. Estado de SATS, un proyecto surgido en 2010 y liderado por Antonio Rodiles con la idea de unir a distintos grupos opositores y voces críticas del arte y la intelectualidad cubana, ha sido uno de los que con más fuerza ha demandado a los ciudadanos que no acudan a las urnas.

Ailer González Mena y Claudio Fuentes son dos de las figuras más visibles dentro de este proyecto. Desde el caserón de Miramar, fastuoso y derruido a la vez, que se ha convertido en una especie de búnker para ellos, Claudio comenta apasionadamente que hay un grupo de reformistas dentro de la oposición, miembros de organizaciones que no son radicales con el castrismo, que apoyan las políticas de acercamiento bilateral con Estados Unidos impulsadas por la administración Obama y que son los mismos que llaman a votar No. Él, aclara, ha sufrido un proceso de radicalización a partir de los golpes que ha recibido y que han acelerado una especie de toma de conciencia.

Ailer González Mena y Claudio Fuentes / Foto: El Estornudo

Ailer González Mena y Claudio Fuentes / Foto: El Estornudo

Ailer alega que no tiene sentido contabilizar los votos, porque más que un referendo lo que se va a llevar al cabo es un «reglamento de prisiones para los que vivimos en este gran albergue que es Cuba, donde la gente se levanta, busca su comida y regresa a su litera a dormir».

Esto no es más que una maniobra política, cree Ailer, un lavado de imagen porque el gobierno se ha visto obligado a vender una imagen maquillada de democracia y apertura política ante el mundo. «Que conmigo no cuenten para eso», dice Ailer, «simplemente por una cuestión de honestidad y decencia. Yo pienso que la manera más visible de demostrar un descontento es desobedeciendo de manera silenciosa. La imagen de los colegios vacíos sería muy poderosa».

Tanto Ailer como Claudio se muestran enfadados con el hecho de que buena parte de la oposición política ha llamado a votar No. Ausentarse, señalarse ante los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), les resulta una especie de deber ciudadano, una cuestión de principios. «Que se marquen y asuman el costo de la libertad», dice Ailer. «El síndrome de Liliput que tienen los cubanos hay que romperlo, y eso la oposición tiene que entenderlo».

Por su parte, Claudio se pregunta: «¿Cómo quedo ante las víctimas del régimen si voy allí? Como decía Martí, la bailarina es bellísima, pero está en una zona donde yo no puedo entrar. Amén de eso, técnicamente, el sistema de elecciones en Cuba es una farsa. Desde el plano científico, sociológicamente hablando, no hay manera de ganar ahí».

El momento de pelea para Claudio no es el referendo constitucional, sino lo que podría venir después. Ahí la oposición debería promover un aislamiento del régimen, «políticamente, diplomáticamente, económicamente. Algo como lo que sucede en Venezuela. Decirle al exilio que, a la familia, el mínimo dinero para sobrevivir. Entonces ahí correr la bola de nuestro programa, que la gente lo conozca y se sumen los que se sientan identificados. Hay muchas formas de boicotear, y la de quitarle los fondos a la dictadura es pacífica y digna».

Sobre la posibilidad y el significado real que tendría un alto porciento de votos en contra, Ailer se muestra escéptica: «Da igual, no hay manera. A nosotros nos parece que lo más honesto es no participar del circo. No asistir. Vivimos en un país secuestrado».

«Son casi 25 000 mesas electorales», interviene Claudio. «En la oposición no hay ahora mismo 50 000 personas para colocar dos en cada colegio. Además, cuando esas urnas salen de ahí ya no las puede supervisar nadie».

Estado de SATS ha llevado una campaña a través de una serie de videos, mensajes en redes sociales y textos de análisis con los cuales se exhorta a no votar, y cuenta con que, además de motivos políticos, influya la desconfianza o la desconexión que tienen cada vez más los ciudadanos cubanos con las élites políticas del país.

La unidad de la oposición política en una circunstancia estratégica como esta no le parece a Ailer una cuestión imprescindible. El momento puede servir para que el mapa político se esclarezca, para que cada quien fije sus posiciones, y ella no considera posible que los que abogan por el fin del castrismo se unan con los que creen que un proceso de reformas es la solución.

«Tal vez no votar no sea tan masivo», dice Claudio. «Votar No puede serlo más, pero será en vano. Entonces a nivel simbólico creo que nosotros vamos a ganar más. La cosa viene después del 24. Nosotros sabemos que vamos a recoger a mucha gente del No, que comprenderán que esa no era la manera».

Ailer comenta: «La jugada ya está cantada. El 25 ellos van a anunciar que se aprobó y van a dar un porciento de abstención creíble, el que les convenga, porque tienen que demostrar al mundo que este es un país normal donde la mayoría ratifica la Constitución».

Sobre las principales polémicas surgidas en los últimos meses, como el Decreto 349 o el artículo 68, opinan que no han sido más que distracciones. Que antes de discutir el tema del matrimonio igualitario hay un colchón de libertades que aún debemos conquistar, y que la censura en la cultura cubana viene desde Palabras a los intelectuales. Lo demás es un intento de controlar a los reguetoneros y el flujo de dinero que se mueve en el mundo del arte.

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Como suele haber pocos argumentos redondos y concretos, el Sí cuantifica la masividad del proceso. El medio digital Cubadebate publica un párrafo escolástico luego de declarar en negritas que la Constitución «ya está en todos los formatos posibles: impresa, digital y aplicación móvil».

«De este modo», dice el medio, «se abren las opciones que tiene cada cubano para conocer, leer y estudiar de manera consciente la futura Carta Magna, y ello —sin dudas— contribuirá a votar por el Sí con sentido de pertenencia».

En la misma noticia se lee que un millón 531 mil 149 ejemplares fueron vendidos como «muestra del extraordinario interés que despierta el proceso de reforma de la nueva Carta Magna». Hacen recordar los mensajes publicitarios que cubren cajas de jabones, máquinas lavadoras, lejías. La marca adelanta en sus promocionales la satisfacción del consumidor: «Nuevo por fuera, increíble por dentro».

En la discusión del anteproyecto participaron casi nueve millones de cubanos entre el 13 de agosto y el 15 de noviembre del 2018. De ahí se recogieron 9 mil 595 «propuestas tipo», que no han sido publicadas en su totalidad. El 50.1 por ciento fueron aceptadas y el resto, el 49. 9 por ciento, se desestimaron porque, según Homero Acosta, secretario del Consejo de Estado y quien ha timoneado los debates, «no son contenidos constitucionales, detalles que no tienen sentido en la lógica constitucional, como dudas y preguntas».

Durante el proceso de discusión del anteproyecto los medios de difusión cubanos se hicieron eco de los planteamientos más comunes: el matrimonio igualitario, el trabajo obligatorio, no limitar temporalmente la presidencia. Eran acaso los únicos planteamientos en la mayoría de las reuniones en centros laborales y comunidades (es cierto que la calidad aumentaba con la prolijidad intelectual del foro).

Pero al mismo tiempo, como una bola de nieve, los medios promovían esos temas. Y la bola pasaba por encima de otros asuntos más problemáticos como la discriminación por ideas políticas o el comprometimiento constitucional de la Patria con las ideas socialistas, excluyendo así a quienes piensan diferente hasta considerarlos traidores absolutos, un cargo que podría acarrear severas sanciones.

¿Resultado? El matrimonio igualitario en una sociedad cerrada, machista y paulatinamente evangelizada fue aplastado en los debates. El apoyo a la presidencia sin límites de tiempo fue abrumador, y también la iniciativa de declarar obligatorio el trabajo. Tres perlas harto reaccionarias que ni los redactores del propio documento estaban en ánimo de reconocer, pero que revelan el hombre nuevo que llegó al nuevo siglo.

Todos parecen saber que el Sí ganará por KO contra un rival amordazado. Pero, ¿por qué la campaña sigue entonces igual de agresiva? Los gobernantes conocen el poder persuasivo de sus medios de propaganda y el respaldo del que gozan gracias a la caja de aire que genera su sistema doctrinario vigilado. Sin embargo, también parecen conocer que hay una parte de la sociedad cuya ideología no controlan. A saber, los evangélicos, el sector cuentapropista, o el campo abierto de las redes sociales que cada día incide en más cubanos.

¿Les preocupa el trozo de pastel que no votará Sí? O quizá esta campaña es simplemente otra demostración de fuerza. La prueba de fuego para Díaz-Canel, o para el Partido Comunista, o para el que sea que esté detrás de este maratón, no ha sido la serie de desastres fortuitos o voluntarios que el gobierno ha tenido que afrontar en los últimos tiempos: la caída en el aeropuerto José Martí de un avión rentado por Cubana de Aviación a una decadente empresa de fletes mexicana; la famosa gaceta con el impopular decreto 349 y las regulaciones que pusieron en huelga silente, tibia, a miles de transportistas privados en la Habana; el tornado que arrasó en diferentes municipios de la capital y que a la larga sirvió para demostrar la generosidad ciudadana. Esas fueron pruebas pequeñas. El reto gigante es el actual voto por la nueva Constitución.

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Norges Rodríguez es un joven cubano graduado de Ingeniería en Telecomunicaciones que se ha desempeñado más como activista en temas tecnológicos y de Derechos Humanos, sobre todo en defensa de la comunidad LGBTIQ. Durante los últimos meses ha tenido una presencia activa en los debates en redes sociales sobre la nueva Constitución.

«Este proyecto no salió de una Asamblea Constituyente con representación de todos los sectores de la sociedad», dice. «Los redactores del proyecto fueron designados por la Asamblea Nacional a partir de una recomendación del Partido Comunista y, a pesar de que se realizó una consulta popular, muchas de las peticiones de la ciudadanía no fueron tomadas en cuenta para redactar el texto final». De ahí que votar No le parezca la mejor manera de expresarse.

Norges Rodríguez / Foto: Cortesía del entrevistado

Norges Rodríguez / Foto: Cortesía del entrevistado

El referendo constitucional le parece un enfrentamiento deportivo que bien pudiera plantearse como Ciudadanía vs. Gobierno. De tal forma, abstenerse sería perder el juego por no presentación. No votar implicaría desperdiciar una oportunidad única para ejercer una participación política real.

A Norges le preocupa poco la posibilidad de un fraude en el proceso de votación. En última instancia, opina, cambiar una estadística negativa a la Constitución sería una victoria; silenciada, pero victoria al fin. Basta que quienes ostentan el poder político comprueben que existe una ciudadanía activa, menos temerosa y dispuesta a luchar por una sociedad más diversa.

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Podemos plantearlo así. Se convocó a un partido de fútbol en nombre del deporte (la democracia) y luego comenzó la propaganda a favor del equipo preferido. Se inflamó a los fanáticos, incluso, diciendo que era un partido del bien contra el mal. Ningún representante del discurso oficial pone sobre la mesa que no se vota No en contra de la Patria, sino a favor de modificaciones que volverían el proyecto constitucional un documento más justo, enfocado al desarrollo económico, a las libertades individuales universales y no al control político.

Un tuit del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) cita una declaración resumida de Gerardo Hernández Nordelo, uno de los cinco agentes cubanos devueltos al país tras la reapertura de relaciones diplomática con Estados Unidos en diciembre de 2014.

La página de Facebook del MINREX replica la declaración completa: «#YoVotoSí porque estoy convencido de que la Constitución que vamos a aprobar es muy superior a la actual y nos dará los instrumentos legales para construir una Cuba mejor. Pero además #YoVotoSí porque pienso que hay dos bandos nada más: el Sí y el No. Y del lado del no, son precisamente los enemigos tradicionales de Cuba, los que han apoyado el Bloqueo Criminal, el terrorismo, los que han causado tanta muerte y tanto dolor a nuestro país. Del lado de esa gente yo no puedo estar en nada. El #24Feb #YoVotoSí»

Probablemente el costo de esta campaña se sienta en el futuro y sea un boomerang. El río crecido del Sí podría llevarse por delante el halo favorable que precede a algunas figuras importantes del gobierno o del relato de la Revolución. Gerardo juzga como enemigos a una porción importante de ciudadanos que cree que la Constitución ha sido mal escrita, y no sería retórico decir que muchos de los que así piensan hicieron algo por su devolución a Cuba durante más de una década.

Todo indica que reescribir la Constitución sería, para quienes la redactaron, una prueba de debilidad. Es esta, pues, una campaña similar a las anteriores. No ha habido un punto de giro con Miguel Díaz-Canel, quien está a punto de demostrar que puede cumplir con honores su promesa: ser continuidad.

Autores: Mario Luis Reyes, Carlos Melián y Darío Alejandro Alemán.